El País De Los Sueños Perdidos: Historia De La Ciencia En España — José Manuel Sánchez Ron / The Country of Lost Dreams: History of Science in Spain by José Manuel Sánchez Ron (spanish book edition)

Este es otro magnífico libro del autor, didáctico y que quien lo lea además de aprender disfrutará, lo cual es una doble gratificación en la lectura, como todos sus libros no defrauda.

La época visigótica es una especie de agujero negro en nuestro pasado por la escasez de información y la lentitud de los cambios; tuvo una duración aproximada de tres siglos, tanto como toda la Edad Moderna, pero si ésta ofrece información para llenar miles de volúmenes, todo lo que sabemos y podemos decir acerca del reino visigodo cabe en una docena; el arrasamiento causado por la invasión árabe se llevó por delante toda la documentación oficial. La privada debió ser muy poca; había tal escasez de soportes que se utilizaban láminas de pizarra para burilar toscamente unas palabras. La literatura visigoda, las fuentes de nuestra información, se reduce en lo esencial a unos escuálidos cronicones,
una importante compilación jurídica, el Fuero Juzgo, y documentación eclesiástica, en la que sobresalen por su interés los cánones de los concilios, ricos en detalles también sobre la situación de la población laica.
La era visigoda en la península Ibérica comenzó a mediados del siglo V , cuando una rama de los pueblos godos, procedentes de la Germania oriental, llegó a Hispania aprovechándose del declive del Imperio romano. Encabezados por Teodorico I, penetraron en la península en el año 427, pero fue durante el reinado de Eurico (466-484) cuando se completó la conquista de Hispania. A pesar de todas las limitaciones que existen para reconstruir la era visigoda, para Américo Castro (2001: 47) esta no fue tan oscura comparada con lo que sucedía en otros lugares: «Los siglos visigóticos no fueron de barbarie. A comienzos del siglo V florece un historiador importante, Paulo Orosio, y entre los siglos VI y VII , Isidoro de Sevilla. La ilustración hispana no hacía mal papel en el orbe desarticulado que surge a raíz de las invasiones germánicas. Hubo cronistas, historiadores y poetas, ni mejores ni peores que los que pululaban en la naciente Romania, y hasta hubo contactos entre España y el Imperio de Oriente. Mas llegaron los musulmanes en 711, y en breve tiempo se hicieron dueños de casi la totalidad de las tierras ibéricas. Venían sostenidos por dos admirables fuerzas, la unidad política y el imperio de una religión recién nacida, ajustada a cuanto podía anhelar el alma y el cuerpo del beduino».
Isidoro (c . 560-636), san Isidoro, adjetivado como «de Sevilla», ciudad en la que pudo nacer y de la que llegó a ser arzobispo tres décadas, aunque es posible que lo hiciera en Cartagena, de donde procedía su familia que se trasladó a la capital bética probablemente huyendo de los problemas producidos por la invasión bizantina, fue una luz en aquella Hispania. «La obra del santo —de nuevo en palabras de Domínguez Ortiz— se yergue como un monolito en medio del desierto.» «Objetivamente —añadía— sus obras numerosas y variadas no son de gran calidad, pero en una Europa donde los estudios conocían un profundo eclipse fueron estimadísimas.»
Etimologías es su obra más conocida, y la que más influyó (o fue conocida) en la Europa de su tiempo y de algunos siglos después. Ha llegado a decirse que fue «la obra que, después de la Biblia, se copió más veces durante la Edad Media.
Con justicia puede decirse que, en ella, Isidoro recopiló los saberes antiguos, estableciendo uno de los grandes puentes entre los conocimientos de la Antigüedad y la Edad Media. El título de Etimologías se explica porque Isidoro prestaba mucha atención a la etimología (en su versión) de muchas palabras; en realidad, esas etimologías eran algo así como una excusa para dar explicaciones acerca de todo tipo de conocimientos.

La Edad de Oro del islam coincide con la época abasida, o califato abasí (c .750-1258). La pasión de los abasidas por acceder al patrimonio cultural de bizantinos, persas e indios les llevó a adquirir un inmenso patrimonio cultural. En vez de extender su propia cultura, adquirieron la de los vencidos, traduciendo los textos que cayeron en sus manos y los que consiguieron mediante la negociación con sus enemigos. Fundada en 761 por el califa Al-Mansur (712-775), el segundo califa abasí, cerca de las ruinas de la antigua Babilonia, Bagdad se convirtió en la capital del islam, sucediendo a Damasco. Esta Edad de Oro comenzó a esbozarse en Bagdad a partir del califato de Harúm al-Rashid (c . 776-809), mencionado en varios lugares de Las mil y una noches , uno de cuyos logros históricos fue su participación en la sustitución del pergamino por el papel, gracias a la construcción en Bagdad de los primeros molinos, que redujeron radicalmente el gasto de la escritura. Fue, sin embargo, durante el reinado (813-833) de su hijo Al-Mamun (c . 786-833), cuando aquella Edad de Oro comenzó realmente, haciendo del mundo musulmán el centro intelectual de la ciencia, la medicina y la filosofía.
No fue el menor de los logros de Al-Mamun la creación (aproximadamente en el año 800) de la Casa de la Sabiduría, versión literal del término persa para «biblioteca», aunque añadía a esta función la de la traducción de los textos filosóficos y científicos en un centro dedicado a ello y la de servir de lugar de encuentro para los estudiosos de las diferentes materias. La primera época se caracterizó por el interés en la Matemática. Los autores indios les enseñaron los grandes avances en la teoría de los números: el valor posicional de los numerales y la introducción del cero como valor nulo. Al-Juarizmi (c . 780-850) introdujo el sistema decimal indio, sistematizó el uso del álgebra y revisó las coordenadas de la geografía ptolemaica. Bajo la dirección del médico Hunain ibn Ishaq (809-873) se estableció una escuela de traductores, en la que se vertieron del griego al árabe numerosos textos científicos y filosóficos que de otra manera —al menos algunos— se habrían perdido; textos entre los que se encuentran obras fundamentales como los Elementos de Euclides o el Almagesto de Ptolomeo. Uno de los asociados a la Casa de la Sabiduría, por ejemplo, fue el matemático y astrónomo Thabit ibn Qurra ibn Marwan al-Sabi al-Harrani (836-901), que revisó y tradujo la geografía de Ptolomeo y extendió la teoría de los números a la razón entre las magnitudes geométricas.
El fin del reino visigodo en el que vivió Isidoro de Sevilla comenzó a principios de abril de 711 cuando Tariq ibn Ziyad —lugarteniente del caudillo yemení, gobernador del califato damasquino omeya Musa ibn Nusayr (c . 640-716)— cruzó con las tropas árabes que comandaba el estrecho de mar que separa Ceuta de la costa sur de la península Ibérica, desembarcando en lo que hoy se conoce como «peñón de Gibraltar», topónimo que deriva del árabe Yabal Tariq, «la montaña de Tariq». Se dirigieron entonces hacia el norte, siguiendo el curso del río Baetis que denominaron al-Wadi-al-Kabir, «el gran río», el «Guadalquivir».
A partir del siglo IX , los árabes andalusíes intensificaron sus relaciones con sus hermanos de religión del islam.
La siempre necesaria Medicina y la Astronomía fueron las disciplinas que más se cultivaron en al-Ándalus. También prosperó la Botánica, relacionada, por un lado, con la Medicina y, por otro, indispensable para satisfacer la afición a los bellos jardines (como el del palacio de la Alhambra). Mención especial en este campo se debe a la traducción que se realizó al árabe en al-Ándalus del gran tratado farmacológico del siglo I , De materia medica (también denominado Materia medicinal ) de Pedacio Dioscórides Anazarbeo, en la que se describían seiscientas plantas y sus propiedades medicinales, así como animales, vinos y venenos.

De las ciencias cultivadas en al-Ándalus, la principal fue la astronomía. Era «necesaria para calcular correctamente los meses y los días del calendario lunar musulmán, incluidos el comienzo y el final de las fiestas religiosas, así como para determinar la auténtica quibla (la dirección de La Meca) para que la oración pudiera ser dirigida adecuadamente. El efecto del estudio de la astronomía puede verse en la orientación de las mezquitas de al-Ándalus. Los sirios que construyeron la gran mezquita de Córdoba en el siglo VIII , por ejemplo, no tuvieron en cuenta el hecho de que la tierra es esférica y, por tanto, asumieron que La Meca estaba al sur, como ocurría en el caso de Damasco, por lo que, en consecuencia, orientaron la mezquita hacia esa dirección.
Ahora bien, la astronomía debe conjugar la teoría y los cálculos matemáticos con la observación. Ambos campos, el teórico y el práctico, se cultivaron en al-Ándalus, donde se perfeccionaron o desarrollaron nuevos instrumentos de cálculo y de observación. Y para cumplir estas funciones, un instrumento destacaba: el astrolabio. Conocido en el mundo helénico (su primera presentación teórica se halla en el Planisferio de Ptolomeo, obra perdida en su original griego que se conoce a través de un comentario árabe que tradujo al latín Hermann el Dálmata), el astrolabio fue desarrollado en el islam. En al-Ándalus se fabricaron astrolabios con modificaciones que se adoptaron en el mundo islámico y en Occidente.
La astronomía teórica está íntimamente relacionada con la matemática, y por ello puede hablarse de «la matemática en al-Ándalus», pero en lo que se refiere a contribuciones a lo que ahora denominaríamos —con todas las limitaciones que se quieran introducir— «matemática pura», esas aportaciones fueron menores.

Uno de los más famosos reyes de la historia de España: Alfonso X, apodado El Sabio, que nació en Toledo en 1221 y falleció en Sevilla en 1284. Cuando Alfonso X accedió al trono, dominaba un territorio que se había expandido sustancialmente hacia el sur de la península Ibérica a costa de los musulmanes, una circunstancia que permitía a los cristianos acceder a la cultura andalusí más de lo que habían podido hacer sus antepasados en siglos anteriores. Alfonso X se benefició de este hecho.
Mucho se ha escrito sobre el rey Sabio, de los avatares políticos a los que se enfrentó y que no escasearon en su reinado (vivió en una época llena de convulsiones políticas y sucesorias que le llevaron a enfrentarse con su propia familia), de su obra jurídica, en la que destacan el Fuero Real , compuesta para unificar el derecho local de Castilla y León, el Espéculo (o Libro del espejo del derecho ) y Las Partidas , y de lo mucho que aportó al establecimiento del castellano; pero de lo que no hay duda es de que, fuesen cuales fuesen sus propios conocimientos y aportaciones en campos como los anteriores, su nombre ha quedado inscrito con letras perdurables en la historia de la astronomía, del estudio del cosmos, que ciertamente constituyó uno de sus grandes amores.
Sin embargo, no fue hasta el siglo XI cuando se dieron las condiciones para que los príncipes cristianos pusiesen en manos de los estudiosos las bibliotecas que habían caído en su poder. La capitulación de Toledo ante Alfonso VI de Castilla en 1085 puso a su disposición las bibliotecas de una ciudad con una importante población mozárabe, que hablaba árabe y conocía el latín; abundaban en ella, además, los libros árabes. De repente se ofrecía una posibilidad insospechada y la noticia movilizó a buen número de estudiosos que llegaban de todas partes de Europa, produciendo lo que se conoce como «Escuela de Traductores de Toledo», de cuyo carácter internacional dan idea los nombres por los que fueron conocidos algunos de los que trabajaron allí: Platón de Tívoli, Adelardo de Bath, Robert de Chester, Hermann el Dálmata, el judío converso hispano Mosé Sefardí de Huesca —quien tomó, al ser bautizado, el nombre de Pedro Alfonso—, Rodolfo de Brujas, Juan de Sevilla y Gerardo de Cremona.

En Córdoba nació uno de los dos grandes nombres de la cultura árabe, el médico, filósofo y astrónomo judío sefardí Maimónides (c . 1135-1204). Sin embargo, su vida fue complicada y su nombre no puede asociarse completamente a al-Ándalus. Cuando nació, Córdoba estaba gobernada por los almorávides, pero en 1147 estos fueron desplazados por los almohades, que eran puritanos e intolerantes y que expulsaron a los judíos, por lo que su familia tuvo que abandonar la ciudad. En algún momento cruzaron el estrecho de Gibraltar instalándose en Fez en 1158, ciudad donde probablemente estudió Teología, Filosofía y Medicina. Pero, como la situación en Marruecos no era demasiado estable, marchó a Acre en 1165, pasando luego a Jerusalén y, finalmente, a El Cairo, donde murió.

Lo normal al principio fue que las universidades contasen entre sus enseñanzas con al menos dos de las tres facultades superiores: Derecho, Teología y Medicina. Con respecto a la última, una de las más antiguas y notables fue la Universitas medicorum de Montpellier, que recibió sus primeros estatutos de Honorio III en 1220. La Constitución Quia Sapientia (1289) de Nicolás IV completó su perfil, al añadir otras tres facultades (Teología, Derecho y Artes liberales). En 1340, se introdujo la práctica de la disección, una cada dos años, y en 1376 un decreto real amplió este ejercicio al aprobar que se entregaran los cuerpos de los que habían sido ejecutados, mientras que en la correspondiente facultad de París no se realizó ninguna en todo el siglo. La enseñanza de la anatomía fue decisiva para el prestigio de aquella, que en 1554 fue dotada de un anfiteatro anatómico y en 1593 de un jardín botánico.
La fundación por Alfonso VIII, con el apoyo del obispo Tello Téllez, del Studium generale de Palencia (reino de Castilla), limitado a las Artes Liberales, se sitúa entre 1208 y 1210. Sus estudios y alumnado fueron básicamente clericales, vinculados a la Teología, y los profesores, canónigos. Esta desapareció, parece que por dificultades económicas, hacia 1243.
El Studium generale de Salamanca (reino de León), Studii Salmantini , fue fundado por Alfonso IX en 1218, incluía las facultades de Artes, Derecho y Medicina. Su condición de universidad regia fue ratificada por Fernando III en 1252, y en 1254 Alfonso X la dotó de estatutos, así como de seguridad económica estableciendo, asimismo, normativas de organización, con cátedras en Derecho canónigo y civil, Medicina, Lógica, Gramática y Música, condiciones que mantuvieron Sancho IV (1282) y Fernando IV (1300). Su consolidación llegó en 1255, cuando el papa Alejandro IV le otorgó la licentia ubique docendi , con reconocimiento universal de sus grados.
Cada universidad tenía sus propios planes de estudio y conferían títulos, que respondían a un modelo común.

En el siglo XVI , España era una potencia mundial, y la ampliación de los fines de la gestión política a que obligaba tanto el tener que administrar un imperio transoceánico como sus posesiones peninsulares y europeas significó la aparición de nuevas funciones de gobierno, directa o indirectamente relacionadas con el cultivo de la ciencia-técnica.
Un fenómeno parecido, por cierto, se dio en el siglo XIX y comienzos del XX en el Reino Unido, que tuvo que dedicar grandes recursos, humanos y económicos, para controlar sus colonias, especialmente la India.
En la España «oficial», y dada la importancia del asunto, no fueron pocos, y sí desde luego los mejores, los cosmógrafos del siglo XVI que intentaron dar con un método fiable para determinar la longitud. Uno de ellos fue el cosmógrafo mayor de la Casa de la Contratación, Alonso de Santa Cruz (1505-1567), un sevillano que viajó en 1526 a América, acompañando a la expedición que dirigía Sebastián Caboto y que su acomodada familia había ayudado a organizar. Allí, en la zona del Río de la Plata, pasó cinco años. Cuando regresó a España, entró a formar parte de la Casa de la Contratación, a partir de 1536 como cosmógrafo, con el encargo de preparar y supervisar mapas e instrumentos de navegación, y desde 1557 como cosmógrafo mayor, cargo que implicaba residir en la corte, lo más próximo posible al Alcázar Real. Este empleo tuvo, sin embargo, una vida breve, pues se mantuvo únicamente hasta 1567, pero sirvió como ejemplo y antecedente para la creación, en 1571, del cargo de cosmógrafo mayor del Real Consejo de Indias, cuyo primer titular fue Juan López de Velasco.
No hay duda alguna de que Felipe II fue un firme creyente católico. Aunque sus lecturas revelan que estuvo interesado en el conocimiento científico, mostró mayor afán por las obras de carácter religioso. La mayoría de los libros que adquirió en su juventud eran o de autores clásicos o de teología, lo que, por otra parte, no debe sorprendernos si consideramos que casi tres cuartas partes de las obras publicadas durante el primer siglo de existencia de la imprenta concernían a la religión. «De los 42 libros que el rey guardaba en un armario al lado de su cama —ha escrito Parker— todos menos uno eran religiosos.

No es posible entender la verdadera naturaleza de los problemas y logros de la ciencia española ¡de cualquier época! (o de cualquier otro país), si no se la compara con la situación en otras naciones. De manera que, antes de continuar con lo que aconteció en España, es conveniente hacer un alto para intentar ponerla en un contexto más amplio, internacional, aunque este sea limitado.
El interés por fomentar la enseñanza de las Matemáticas surgió con fuerza en distintos lugares de Europa durante el siglo XVI . Los humanistas del Renacimiento, con su devoción por recuperar el legado clásico, rescataron textos matemáticos griegos, que en nuevas ediciones empezaron a circular por las universidades europeas, al igual que en otros entornos intelectuales, hecho que incrementó en parte el interés por la Matemática.

La ciencia no se limita a la física y la matemática —o, si queremos ampliar su contexto, a la química—, sino que también es abrirse, incluir en sus teorías y problemática, a todo lo que se da en la naturaleza, y, en este sentido —el de las novedades—, desde 1492 no hubo nada comparable a lo que se encontró en América. Las ciencias naturales —botánica, zoología, geología—, la antropología y la lingüística tuvieron necesariamente que renovarse. La Revolución Científica también consiste en esto. O, si se prefiere, esto favoreció una dimensión esencial de esa revolución: la apertura de miras, la conciencia de que los viejos contextos teórico-experimentales que se utilizaban para representar la realidad no eran suficientes. Y ahí, España sí tuvo algo, mucho, que decir.
Al comenzar el siglo XVIII , solo dos instituciones podían canalizar la nueva ciencia —la newtoniana en especial— que se había producido y se estaba desarrollando, el Ejército y la Compañía de Jesús, que se prestaron a solucionar problemas como el de la formación de técnicos y la educación de elites. Al igual que en el caso de la náutica en los siglos XVI y XVII , que necesitaba de conocimientos astronómicos y matemáticos, especialmente para la navegación a América, al Ejército también le eran imprescindibles los saberes físicos y matemáticos. Las universidades, en franca decadencia en lo que se refiere a la enseñanza de las Ciencias, no podían suministrar a los militares esos conocimientos, aunque a partir de mediados del siglo se produjeron algunas iniciativas en la renovación de la docencia científica, en especial de la matemática.
Uno de los fines de la Sociedad de Vergara era la educación de la juventud, para lo cual esta institución tenía la intención de fundar varios centros de instrucción en diferentes localidades, prestando especial atención a las ciencias experimentales. Aunque no se formulara de manera explícita, también estaba presente el disponer de medios para que los hijos de los ilustrados vascos pudieran estudiar ciencias experimentales, junto con los clásicos de las humanidades, sin tener necesariamente que trasladarse al extranjero, lo que no es óbice para que algunos también se fueran; hay que tener en cuenta la mala situación existente entonces en las universidades hispanas, como vimos, en lo referente a la enseñanza de esas ciencias.
A tal fin, se elaboró en 1775 un plan de instrucción que dio origen el año siguiente a la creación de una escuela en Vergara, que recibió el título de Real Seminario Patriótico Bascongado, con autorización para enseñar las primeras Letras, Religión, Humanidades, Matemáticas y Ciencias Físicas. Su sede fue, por donación real, el viejo colegio que los jesuitas habían poseído en Vergara y que había pasado a ser propiedad de la Corona cuando estos fueron expulsados de España en 1767.
La Real Academia de la Historia, en 1738, y la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, en 1752. Para que se fundara una academia de ciencias con estatus similar al de estas hubo que esperar hasta 1847, cuando bajo el reinado de Isabel se creó la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales. Una vez más, las letras y las artes vencieron a las ciencias.
OBSERVATORIOS ASTRONÓMICOS EN CÁDIZ-SAN FERNANDO Y MADRID
El conjunto formado por el Jardín Botánico y el nuevo edificio proyectado en 1785 para el Real Gabinete de Historia Natural y Academia de Ciencias (finalmente, Museo del Prado) se completó con un tercer centro, en lo que debería constituir un eje científico ilustrado madrileño: un Observatorio Astronómico, enclavado en el cerrillo de San Blas, en uno de los límites del Parque del Retiro.

Las expediciones españolas en América fueron de índole diversa. Una particularmente famosa fue la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna —también conocida como «Expedición Balmis», en referencia al médico Francisco Javier Balmis (1753-1819), el promotor de la idea—, que recorrió entre 1803 y 1810 los dominios españoles en América y Filipinas con el objetivo de vacunar contra la viruela, que estaba causando estragos (la vacunación, introducida en especial por Jenner, era entonces un método relativamente reciente). En 1802, Santa Fe padeció una epidemia de viruela que duró dos años (diez años antes, había sufrido otra con una mortalidad del 13,7 por ciento). Al inicio de esta epidemia, el 19 de junio de 1802, el Ayuntamiento de Santa Fe solicitó ayuda a Carlos IV. Este remitió la petición al Consejo de Indias el 25 de diciembre de 1802, añadiendo la información de que se disponía sobre las epidemias que asolaban el Virreinato de Nueva Granada. Estudiado el asunto, el 13 de marzo de 1803 el Consejo de Indias declaró conveniente la difusión de la vacuna en América, y el 6 de junio de 1803 una real orden de Carlos IV dispuso que se organizase una expedición científica.

Si el siglo XVIII significó la consolidación de la ciencia newtoniana, el avance de su formalización gracias a las habilidades matemáticas de científicos como Euler, y su aplicación a dominios tan exigentes como la mecánica celeste, sin olvidar lo que representó desde el punto de vista social y cultural (ideológico, casi podríamos decir); el siglo XIX aportó novedades científicas extremadamente importantes. Por una parte, en naciones como Inglaterra, Francia, Alemania y, cuando la centuria llegaba a su fin, en Estados Unidos, se produjo la institucionalización de la ciencia, es decir, su configuración definitiva como una actividad profesionalizada, que mostraba, en apartados como la química orgánica y la física del electromagnetismo, la gran importancia que tenía para los estados. Es cierto que pueden identificarse hechos que muestran aspectos institucionales antes del ochocientos —pensemos, por ejemplo, en la atención que la Francia ilustrada dedicó a la enseñanza científico-técnica, creando escuelas como la École de Ponts et Chaussés (1715), la École des Mines (1783) o la École Polytechnique (1794)— pero, a poco que nos esforcemos, es difícil no advertir que a lo largo del siglo XIX la relevancia social de la ciencia llegó a adquirir un grado y una extensión en
su aplicabilidad, así como una inserción socioeconómica nunca antes alcanzadas.
La institucionalización científica del XIX fue consecuencia de las investigaciones.
Cierto que todavía se conserva la forma galénica en nuestros códigos; pero también lo es que el industrialismo farmacéutico se desarrolla más cada día y viene apoderándose de todos los medicamentos oficinales […]. Es […] la sencillez de la moderna materia médica, el refinamiento de la forma, la desvinculación del galenismo, la industria, en fin, que ha desmantelado nuestros laboratorios, dándonos ya, casi preparados, casi todos los medicamentos».
La producción de nuevos conocimientos científicos conduce, o puede conducir, a la innovación y al desarrollo tecnológico, y con ello a la creación de riqueza, pero para acceder a ese capital tecnológico y económico es necesario vencer costumbres y prejuicios firmemente arraigados en modos de entender la realidad, incluyendo la «realidad profesional», pero también dedicar medios suficientes, continuados en el tiempo, para que la formación de los científicos produzca resultados relevantes. Y este es un comentario que sirve tanto para hace un siglo como para hoy.

La relación de Echegaray con la física comenzó en 1905, con su acceso a la cátedra de Física Matemática de la Universidad Central. Recordemos que, aunque no son idénticas, la física matemática está estrechamente relacionada con la física teórica, una disciplina cuya importancia para el siglo XX es difícil ignorar.
La asignatura de Física Matemática formaba parte del programa general de estudios de la Facultad de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales aprobado por el real decreto del 11 de septiembre de 1858 con el que se había desarrollado la creación de esa facultad el año anterior (la ya citada ley del ministro de Fomento Claudio Moyano). Era una de las dos asignaturas (la otra era Astronomía Física y de Observación) que debían cursar los licenciados en Ciencias Exactas que aspirasen al doctorado. Un análisis superficial de los programas de las secciones de Exactas y de Físicas revela la idea que se tenía entonces de la física y de la matemática o, si se prefiere, la terminología que se empleaba; idea o terminología que son relevantes cuando se trata de la física matemática, y también cuando uno quiere orientarse, diacrónicamente, en la literatura de la época.
Aparentemente, Echegaray también analizó durante ese año (1912) la teoría de los cuantos, pero eliminó esa parte de sus conferencias al dar el texto a la imprenta. «La he suprimido, en primer lugar, para no destruir ni perturbar la unidad del programa, y, además, porque todos los problemas de la Física moderna, que he discutido, he de tratarlos, si me es posible, y con mucha más amplitud, en otros cursos.» No fue posible, y lo único que nos ha llegado son unos cuantos comentarios en los que, a modo de conclusión, hacía patente las aguas turbulentas y profundas en las que estaba navegando; el patético esfuerzo de un hombre educado en la ciencia clásica, por salvar algo de su mundo.

En la historia de la ciencia española no ha habido —hasta la fecha— un científico cuya obra pueda compararse, tanto en contenido como en repercusión internacional, con la de Santiago Ramón y Cajal (1852-1934). Siendo sus contribuciones científicas mayúsculas y perdurables (todavía continúa siendo profusamente citado en la bibliografía neurológica), tuvo además una dimensión añadida, una que afectó a España: la de servir como ejemplo de lo que había que hacer en ciencia. No olvidemos, asimismo, que Cajal fue un gran patriota, de manera que no desdeñó semejante magnitud ejemplificadora. Está justificado, por consiguiente, que dedique algo más de atención a Cajal de lo que he hecho con otros científicos. Pero antes, y como Cajal no fue una flor que surgió en un páramo desértico, es conveniente comentar brevemente la situación de la medicina en España durante el siglo XIX .
El Premio Nobel tuvo otras consecuencias para el científico español. En marzo de 1906, por ejemplo, el presidente del Gobierno liberal, Segismundo Moret, le ofreció la cartera del Ministerio de Instrucción Pública, que este rechazó.

El caso de José Fernández Nonídez es particularmente interesante por lo que significó para la internacionalización de la ciencia española.
En Estados Unidos, trabajó más como histólogo que como genetista, enseñando primero en la Universidad de Cornell y después en el Medical College de Georgia, como profesor de Anatomía Microscópica. Autor de textos como Histology and Embriology (1941), Variación y herencia en los animales domésticos y las plantas cultivadas (1946), y —su obra póstuma— Texbook of Histology (1949), junto con W. F. Windle, que llegó a alcanzar cinco ediciones, fue, por tanto, un caso de temprana «fuga de cerebros». Como también lo fue, aunque no perteneciera al campo de la genética, sino al de la microbiología, Francesc Duran Reynals (1899-1958) que obtuvo en 1925 una pensión de la JAE para trabajar un año en el Instituto Pasteur de París. Allí inició sus trabajos sobre los bacteriófagos y supo de las investigaciones de Alexis Carrel, del Instituto Rockefeller de Nueva York, sobre la relación entre virus y cáncer. Solicitó una nueva pensión de la Junta y, en 1926, se trasladó a Nueva York. Aquella beca fue renovada hasta que en 1928 fue contratado por el Instituto Rockefeller de Investigaciones Médicas de Nueva York, iniciando de esta manera una carrera en Estados Unidos que le llevaría en 1938 a dirigir un laboratorio de investigación sobre el cáncer en la Universidad de Yale, donde en la década de 1940 formuló una teoría vírica del cáncer.
Como se ve, aunque en la actualidad se tiende a pensar que la pérdida de científicos, la «fuga de cerebros» a otros países, es un fenómeno que se dio en España sobre todo a partir de la década de 1960 (al menos fue entonces cuando se empezó a hablar de esto con frecuencia), ya se daba antes de 1936.

Una ciencia con una significativa implantación en Cataluña, en general con un apoyo menos institucional (salvo el, ciertamente importante, proporcionado por el Observatorio del Ebro) y más, digamos, cultural, fue la astronomía.
Entre los nombres catalanes que es obligado recordar en este dominio, se hallan los de Josep Joaquim Landerer i Climent (1841-1922), Ricard Cirera (1864-1932), Josep Comas i Solà (1868-1937) y Eduard Fontserè Riba (1870-1970), pero también podríamos nombrar a Eduardo Lozano, catedrático de Física Superior de la Universidad de Barcelona y responsable del Observatorio Meteorológico universitario, aunque sus aportaciones fueron menos importantes.
Landerer nunca cursó una carrera oficial, fue un astrónomo aficionado, pero aun así realizó algunos trabajos de mérito, entre los que destacan sus observaciones de los satélites de Júpiter, un estudio sobre la polarización de la luz solar reflejada en la Luna, o la predicción con gran exactitud de la trayectoria de la sombra en los eclipses solares de 1900 y 1905. También se interesó en el campo de la geología, siendo autor de unos Principios de Geología y Paleontología , publicados en 1878 y que vieron varias ediciones ampliadas más. Obtuvo el Premio Jules Janssen de la Sociedad Astronómica de Francia y redactó más de una veintena de notas en las Comptes Rendus de la Academia de Ciencias de París.
El padre Ricard Cirera es otro buen ejemplo de los intereses científicos de la Compañía de Jesús. Después de finalizar sus estudios de Humanidades y Filosofía, fue destinado a la Misión de Filipinas, donde permaneció seis años colaborando en el Observatorio de Manila.
Más conocido que los anteriores es Josep Comas, que se licenció en Ciencias Físico-matemáticas en la Universidad de Barcelona (1889). No obstante, su carrera transitó fuera de los canales académicos más habituales para la investigación científica, iniciándose en esta gracias a medios privados. Entre 1896 y 1897, aproximadamente, trabajó en el observatorio privado de Rafael Patxot, en Sant Feliu de Guíxols, que, como otras iniciativas en Cataluña, prestaba especial atención a la meteorología. De sus contribuciones a la astronomía destacan, sobre todo, las observaciones que hizo de planetas del sistema solar, en particular de Marte, Júpiter y Saturno, que encontraron eco en el extranjero; por ejemplo, en la Sociedad Astronómica de Francia, dirigida entonces por Camille Flammarion, que incorporó algunas de las aportaciones de Comas en su libro Le planète Mars .
En el ámbito científico-tecnológico las iniciativas en Cataluña fueron también abundantes, como muestra el ejemplo de Esteban Terradas, que revela algunas de las conexiones entre ambos campos: fue un científico (físico y matemático) notable y uno de los técnicos más activos de la España de la primera mitad del siglo XX (además de ingeniero industrial y de caminos, fue doctor en Físicas y Matemáticas).
El rectorado de la Universidad Central y la Real Academia de Ciencias de Madrid, el Gobierno dictatorial lo nombró para el puesto en 1928. Al año siguiente era designado también director general de la Compañía Telefónica Nacional. En la capital, se incorporó a los trabajos del Laboratorio y Seminario Matemático de la Junta para Ampliación de Estudios, aunque su actividad en él no fue demasiado intensa ni continuada (llegó a convertirse en su codirector, junto con Julio Rey Pastor, buen amigo suyo). Continuando con su costumbre de simultanear diversos cargos, en 1929 se incorporó como profesor a la Escuela Superior Aerotécnica fundada por Emilio Herrera, instalada en Cuatro Vientos, no lejos de Madrid.

Julio Rey Pastor (1888-1962) es el gran nombre de la matemática española de la primera mitad del siglo XX . Cuando se considera esta disciplina en ese periodo, es difícil que su nombre no aparezca mencionado habitualmente con respeto. Y existen motivos para que el matemático riojano constituya un punto de referencia privilegiado en la historia de la matemática española contemporánea. Dotado de un gran talento, no supo, o no quiso, sin embargo, sacar de esas facultades todo lo que podía haber producido, tanto individual como, sobre todo, institucionalmente. Para mostrar que así fue, enmarcaré su biografía en una perspectiva a la que no sean ajenas cuestiones como su papel y responsabilidad en el desarrollo de esa misma matemática, o la manera en que aprovechó la formación que recibió y cómo desarrolló sus innegables cualidades científicas. Tratar estas cuestiones sirve no solo para entender la biografía de Rey Pastor, sino también para comprender la situación de la matemática española durante, aproximadamente, la primera mitad del siglo XX .
No cabe duda de que Julio Rey Pastor fue el mejor matemático español de su tiempo, y en este sentido ha sido repetida y justamente celebrado (aunque no puede ignorarse que a partir de un determinado momento, hacia la década de 1920, prácticamente dejaron de aparecer trabajos suyos en revistas matemáticas internacionales, mientras que aumentaba el número de libros de texto, algunos elementales, en los que han estudiado generaciones de alumnos de bachillerato). No obstante, un análisis más completo y documentado de su biografía, como el que se ha hecho en este capítulo, parece indicar que, a pesar de que contribuyera a elevar el nivel matemático de su patria, pudo hacerlo aún mucho más. Sus aceradas críticas a los peores y frecuentes aspectos de la realidad académica española que le tocó vivir —y a la que él mismo, con sus ausencias, también contribuyó—, con ser ciertas, no pueden ni deben hacer olvidar que pocos científicos españoles gozaron de la consideración y las oportunidades que él tuvo para intentar mejorar el oscuro ambiente que rodeaba a la matemática española de la primera mitad de nuestro siglo. Él habría dicho que lo intentó: algunos opinarán, sin embargo, que no lo hizo durante el tiempo suficiente.

Leonardo Torres Quevedo (1852-1936) fue para la tecnología en España lo más parecido a lo que Ramón y Cajal fue para la histología y las neurociencias. Si, como sostengo, es muy necesario recordar la situación de la tecnología, de la industria, en un país si se pretende comprender la historia de su ciencia, no es posible olvidar a Torres Quevedo, el ilustre ingeniero de caminos cántabro que sumó virtudes científicas a su excelencia tecnológica, como ningún otro español de su época (que solapó los siglos XIX y XX ). De hecho, si de muchas personas puede decirse que fueron «hijos de su tiempo» de Torres Quevedo sería más apropiado decir que «intentó ser padre del tiempo venidero».
Proyectó y construyó un pequeño funicular en el entorno de su casa, desde el prado de Vanbles hasta una pradera situada unos cuarenta metros más arriba, con una luz de doscientos metros. Y aunque era de tracción animal (una pareja de vacas) y tenía como barquilla una silla, la novedad técnica era la utilización de un sistema múltiple de cables-soporte liberando los anclajes de un extremo, que sustituía por contrapesos; de esta manera lograba que la tensión en los cables se mantuviese constante, independientemente de la carga, de la posición de esta a lo largo del recorrido y de que se rompiesen uno o más cables. Satisfecho de los resultados, solicitó una patente el 17 de septiembre de 1887, presentando al efecto una memoria titulada: Un sistema de camino funicular aéreo de alambres múltiples . Asimismo, pidió patentes extranjeras para Estados Unidos, Austria, Alemania, Francia, Reino Unido e Italia.
Sus transbordadores más conocidos tardarían algo en llegar: en 1903, construyó uno sobre el Ebro; en 1907, otro en el monte Ulía, cerca de San Sebastián; el 9 de agosto de 1916, se inauguró oficialmente el célebre transbordador del Niágara —que aún funciona—, de cuya construcción se encargó The Niagara Spanish Aerocar Company Limited, constituida a partir de la Sociedad Anónima Estudios y Obras de Ingeniería, encargada de desarrollar sus inventos. Este detalle muestra con claridad un rasgo destacado de su mentalidad: era un profesional de la tecnología, y las patentes y empresas formaban parte de su mundo.
El mundo de Torres Quevedo era más complejo, más variado y moderno, que el de otros ingenieros: era también el mundo científico. Con anterioridad a sus transbordadores se encuentran sus trabajos en máquinas algébricas, uno de los campos en el que más destacó. Para explicar en qué consisten estos aparatos, tomemos las palabras que pronunció en su discurso de entrada en la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales el 19 de mayo de 1901 (Torres Quevedo, 1901: 7): una «máquina algébrica es un aparato que impone entre los valores simultáneos de diferentes elementos las relaciones expresadas matemáticamente en una fórmula analítica. Todo aparato que permita reproducir a voluntad un fenómeno físico, cuyas leyes estén formuladas matemáticamente puede en rigor denominarse “máquina algébrica”».
En el ámbito personal, no hay duda de que Leonardo Torres Quevedo fue un hombre afortunado, en lo que a reconocimiento científico y tecnológico se refiere. En España, lo fue casi todo: académico de Ciencias, de la Real Academia Española; director de laboratorios —el de Mecánica Aplicada y el de Automática, expresamente creados para él por el Gobierno—; medalla Echegaray de la Real Academia de Ciencias (1916); pudo ser ministro de Fomento en 1918, cartera que le ofreció el marqués de Alhucemas y que rechazó; presidente de la Sociedad Española de Física y Química (1920) y de la Real Academia de Ciencias (1928). En el extranjero, entre otros honores, fue miembro del Comité Internacional de Pesas y Medidas de París (1921), y uno de los doce integrantes elegidos por el Consejo de la Sociedad de las Naciones de la denominada «Commission pour l’étude des questions internationales de coopération intellectuelle et d’éducation», o, más brevemente, «Comisión internacional de cooperación intelectual», junto con personas de la talla de Marie Curie, Henri Bergson, Albert Einstein, Gilbert A. Murray y George E. Hale (1922); doctor honoris causa por la Sorbona (1922)…

La Segunda República tuvo una existencia efectiva de ocho años, tres de los cuales se vieron sumergidos en una guerra civil. Fue la suya, por consiguiente, una vida breve. Semejante brevedad no fue obstáculo para que pusiese en marcha un buen número de iniciativas sociales, incluso de radicales novedades políticas. Sin embargo, en lo que a la ciencia se refiere sus aportaciones fueron mucho menores. En primer lugar, porque lo que la ciencia española necesitaba entonces era que se consolidase el incipiente rumbo que, especialmente a partir de comienzos de siglo, bajo el impulso de la llamada al regeneracionismo, había tomado la investigación científica. No se había prestado la atención y el apoyo, o puesto en marcha todo lo que urgía al país para acercarse a las grandes naciones de la ciencia y la técnica, pero aun así se habían instalado pilares y semillas que había que seguir cuidando. En ciencia, no hay recetas mágicas que conviertan a una nación de la noche a la mañana en potencia mundial; se necesita tiempo. Y si algo no tuvo la República fue, precisamente, tiempo.
Es por esto que la historia de la ciencia durante la Segunda República no es, en general una historia de grandes novedades, de puntos de ruptura con el pasado, sino una en la que no aparecen prácticamente instituciones o personajes nuevos.
El Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) fue el sustituto de la Junta para Ampliación de Estudios que creó el régimen salido de la Guerra Civil. Ya hemos tenido ocasión de comprobar la repulsa que la JAE suscitaba entre los vencedores, de manera que no es sorprendente que estos se apresurasen a disolverla. De hecho, lo hicieron antes de que terminase la contienda, el 19 de mayo de 1938, aprovechando un decreto firmado por Francisco Franco y preparado por el ministro de Educación Nacional, Pedro Sainz Rodríguez, con el que se conmemoraban los 26 años de la muerte de Marcelino Menéndez Pelayo.
El campus de Cantoblanco de la Universidad Autónoma de Madrid abrió sus puertas en octubre de 1971, con Nicolás Cabrera como director de la División de Física. Algunos de los nombres mencionados en los documentos previos —y, por supuesto, otros que no aparecían— estuvieron allí (Bel, García Moliner, Agulló), otros no (Galindo, Cardona, De Rafael, Canesa). Algunos de los «fundadores» (Bel, el físico nuclear Oriol Bohigas) regresaron unos pocos años después a los centros que habían abandonado. Y es que, en 1971, la Transición democrática estaba cerca (si lo miramos retrospectivamente), pero también, en muchos sentidos, lejos. Y los sucesores de Villar Palasí no siempre pudieron, o desearon, mantener los compromisos de su predecesor en el cargo. De hecho, la autonomía universitaria terminó diluyéndose. Pero aun así, la semilla estaba plantada, y el grupo que había reunido Nicolás Cabrera (que continuó hasta su muerte en la capital española) fructificó y se diversificó. Gracias a él, los departamentos de Física de la Universidad Autónoma de Madrid fueron mucho mejores de lo que habrían sido sin la participación del «hijo de un científico exiliado».

¿Favorece la democracia al desarrollo científico? Esta es una pregunta que ha sido formulada con cierta frecuencia. El ejemplo de Alemania durante el régimen nacionalsocialista parece, en principio, particularmente conveniente para intentar contestar a tal cuestión.
La ciencia, la investigación científica, el I+D (Investigación y Desarrollo) o el I+D+i (Investigación, Desarrollo e Innovación) han sido, crecientemente, los temas por los que se ha preocupado la democracia española. Sin embargo, ello no debe hacernos pensar que no se comenzase a avanzar en semejante camino en el régimen dictatorial anterior. Al ir cambiando la realidad económica en España, especialmente a comienzos de la década de 1960, la insatisfactoria situación en que se encontraba la ciencia nacional fue identificada como una de las principales responsables del escaso progreso económico. Pese a ello, poco se hizo para remediarlo. Así, la inversión en I+D respecto al producto interior bruto evolucionó muy lentamente desde mediados de la década de 1960 hasta 1974, pasando del 0,2 por ciento al 0,3. Ya en democracia, fue incrementándose con mayor rapidez —0,6 por ciento en 1984, 0,7 en 1987—, aunque estaba todavía muy lejos de los porcentajes que se daban en naciones más industrializadas, cuyos gastos en I+D llegaban incluso a pasar del 2 por ciento.
La insuficiente dotación previa a 1975 tampoco significa que no se crearan agencias específicas dedicadas a la planificación y concesión de financiación a proyectos de investigación.
La Agencia Nacional de Evaluación y Prospectiva (ANEP). Creada en 1986, el mismo año en que la ley fue promulgada, la ANEP se esforzó por introducir criterios rigurosos en la selección de proyectos de investigación financiados, que no solo dependiesen de la calidad científica del proyecto propuesto, sino también de su adecuación a los objetivos de la política científica gubernamental. Puede decirse que con la ley de la Ciencia se abría (o se intentaba abrir) un nuevo capítulo en la larga, cambiante y más agria que dulce, historia de la ciencia en España. Aunque existen elementos para juzgar algunos de sus momentos y resultados, es preferible dejar ese asunto. Al acercarse demasiado al presente, al ser los historiadores no solo observadores e intérpretes, sino también participantes, la historia, repito, puede perder una de sus mayores virtudes: la independencia de juicio.

Necesitamos de la ciencia, de la investigación científica, para ser algo más que un país de servicios, aunque sea un moderno y hasta cierto punto rico país de servicios. Nos va mucho en ello, porque no se trata solo del problema de la ciencia en España, sino también, y acaso sobre todo, del problema de España. Más aún para el futuro, que es lo verdaderamente importante. El pasado, pasado está. Aprendamos de él.

Libros del autor comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2020/08/30/el-jardin-de-newton-la-ciencia-a-traves-de-su-historia-jose-manuel-sanchez-ron-newtons-garden-science-through-its-history-by-jose-manuel-sanchez-ron-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2021/02/02/albert-einstein-su-vida-su-obra-y-su-mundo-jose-manuel-sanchez-ron-albert-einstein-his-life-his-work-and-his-world-by-jose-manuel-sanchez-ron-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2021/04/29/el-pais-de-los-suenos-perdidos-historia-de-la-ciencia-en-espana-jose-manuel-sanchez-ron-the-country-of-lost-dreams-history-of-science-in-spain-by-jose-manuel-sanchez-ron-spanish-book-ed/

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This is another magnificent book by the author, didactic and that whoever reads it in addition to learning will enjoy it, which is a double reward in reading, as all his books do not disappoint.

The Visigothic period is a kind of black hole in our past due to the lack of information and the slow pace of change; it lasted approximately three centuries, as long as the entire Modern Age, but if it offers information to fill thousands of volumes, everything we know and can say about the Visigoth kingdom fits into a dozen; the devastation caused by the Arab invasion took away all the official documentation. The private one must have been very little; there was such a shortage of supports that slate sheets were used to roughly score words. Visigoth literature, the sources of our information, is essentially reduced to squalid chronicles,
an important legal compilation, the Fuero Juzgo, and ecclesiastical documentation, in which the canons of the councils stand out for their interest, rich in details also on the situation of the lay population.
The Visigothic era in the Iberian peninsula began in the middle of the 5th century, when a branch of the Goth peoples, coming from eastern Germania, arrived in Hispania taking advantage of the decline of the Roman Empire. Led by Teodorico I, they penetrated the peninsula in 427, but it was during the reign of Eurico (466-484) that the conquest of Hispania was completed. Despite all the limitations that exist to reconstruct the Visigothic era, for Américo Castro (2001: 47) this was not so dark compared to what happened in other places: “The Visigothic centuries were not barbaric. At the beginning of the 5th century, an important historian, Paulo Orosio, flourished, and between the 6th and 7th centuries, Isidore of Seville. The Hispanic illustration did not play a bad role in the disjointed world that arises as a result of the Germanic invasions. There were chroniclers, historians and poets, neither better nor worse than those that swarmed in the nascent Romania, and there were even contacts between Spain and the Eastern Empire. But the Muslims arrived in 711, and in a short time they became owners of almost all of the Iberian lands. They were supported by two admirable forces, political unity and the rule of a newborn religion, adjusted to what the soul and body of the Bedouin could yearn for ».
Isidore (c. 560-636), Saint Isidore, adjective as «from Seville», the city where he was born and from which he became archbishop for three decades, although it is possible that he did so in Cartagena, where his family came That he moved to the Betic capital probably fleeing from the problems produced by the Byzantine invasion, was a light in that Hispania. «The work of the saint – again in the words of Domínguez Ortiz – stands like a monolith in the middle of the desert.» «Objectively,» he added, «his numerous and varied works are not of great quality, but in a Europe where the studios knew a profound eclipse they were highly esteemed.»
Etymologies is his best known work, and the one that most influenced (or was known) in the Europe of his time and of some centuries later. It has been said that it was “the work that, after the Bible, was copied most times during the Middle Ages.
With justice it can be said that, in it, Isidore compiled ancient knowledge, establishing one of the great bridges between the knowledge of Antiquity and the Middle Ages. The title of Etymologies is explained because Isidore paid a lot of attention to the etymology (in his version) of many words; in reality, these etymologies were something like an excuse to give explanations about all kinds of knowledge.

The Golden Age of Islam coincides with the Abbasid era, or Abbasid Caliphate (c. 750-1258). The passion of the Abbasids to access the cultural heritage of Byzantines, Persians and Indians led them to acquire an immense cultural heritage. Instead of spreading their own culture, they acquired that of the vanquished, translating the texts that fell into their hands and those they obtained through negotiation with their enemies. Founded in 761 by Caliph Al-Mansur (712-775), the second Abbasid caliph, near the ruins of ancient Babylon, Baghdad became the capital of Islam, succeeding Damascus. This Golden Age began to be outlined in Baghdad from the Caliphate of Harum al-Rashid (c. 776-809), mentioned in several places in The Thousand and One Nights, one of whose historical achievements was his participation in the replacement of the parchment for paper, thanks to the construction in Baghdad of the first mills, which radically reduced the cost of writing. It was, however, during the reign (813-833) of his son Al-Mamun (c. 786-833), that that Golden Age really began, making the Muslim world the intellectual center of science, medicine and science. philosophy.
Not the least of Al-Mamun’s achievements was the creation (around the year 800) of the House of Wisdom, a literal version of the Persian term for «library,» although he added to this function that of the translation of philosophical texts. and scientists in a center dedicated to it and serving as a meeting place for students of different subjects. The first period was characterized by interest in Mathematics. The Indian authors taught them the great advances in number theory: the place value of numerals and the introduction of zero as a null value. Al-Khuarizmi (c. 780-850) introduced the Indian decimal system, systematized the use of algebra, and revised the coordinates of Ptolemaic geography. Under the direction of the physician Hunain ibn Ishaq (809-873) a school of translators was established, in which numerous scientific and philosophical texts were translated from Greek into Arabic that otherwise — at least some — would have been lost; texts including fundamental works such as Euclid’s Elements or Ptolemy’s Almagest. One of those associated with the House of Wisdom, for example, was the mathematician and astronomer Thabit ibn Qurra ibn Marwan al-Sabi al-Harrani (836-901), who revised and translated Ptolemy’s geography and extended the theory of the numbers to the ratio between geometric quantities.
The end of the Visigothic kingdom in which Isidore of Seville lived began in early April 711 when Tariq ibn Ziyad – Lieutenant of the Yemeni leader, governor of the Damascene Umayyad Caliphate Musa ibn Nusayr (c. 640-716) – crossed with Arab troops who commanded the strait of sea that separates Ceuta from the southern coast of the Iberian Peninsula, landing on what is now known as the «Rock of Gibraltar», a place name derived from the Arabic Yabal Tariq, «the mountain of Tariq.» They then headed north, following the course of the Baetis River, which they called al-Wadi-al-Kabir, «the great river,» the «Guadalquivir.»
Starting in the 9th century, the Andalusian Arabs intensified their relations with their religious brothers of Islam.
The always necessary Medicine and Astronomy were the disciplines that were most cultivated in al-Andalus. Botany also prospered, related, on the one hand, to Medicine and, on the other, indispensable to satisfy the love for beautiful gardens (such as the palace of the Alhambra). Special mention in this field is due to the translation that was made into Arabic in al-Andalus of the great pharmacological treatise of the first century, De materia medica (also called Materia medicinal) by Pedacio Dioscorides Anazarbeo, in which six hundred plants and their medicinal properties, as well as animals, wines and poisons.

From the sciences cultivated in al-Andalus, the main one was astronomy. It was’ necessary to correctly calculate the months and days of the Muslim lunar calendar, including the beginning and end of religious festivals, as well as to determine the authentic quibla (the direction of Mecca) so that prayer could be directed properly. The effect of the study of astronomy can be seen in the orientation of the mosques of al-Andalus. The Syrians who built the great mosque of Cordoba in the 8th century, for example, did not take into account the fact that the earth is spherical and therefore assumed that Mecca was to the south, as in the case of Damascus, consequently, they oriented the mosque in that direction.
Now, astronomy must combine theory and mathematical calculations with observation. Both fields, the theoretical and the practical, were cultivated in al-Andalus, where new instruments of calculation and observation were perfected or developed. And to fulfill these functions, an instrument stood out: the astrolabe. Known in the Hellenic world (its first theoretical presentation is in Ptolemy’s Planisphere, a work lost in its original Greek that is known through an Arabic commentary that translated Hermann the Dalmatian into Latin), the astrolabe was developed in Islam. In al-Andalus, astrolabes were manufactured with modifications that were adopted in the Islamic world and in the West.
Theoretical astronomy is intimately related to mathematics, and for this reason we can speak of «mathematics in al-Andalus», but with regard to contributions to what we would now call —with all the limitations that we want to introduce— «mathematics pure ”, these contributions were minor.

One of the most famous kings in the history of Spain: Alfonso X, nicknamed El Sabio, who was born in Toledo in 1221 and died in Seville in 1284. When Alfonso X acceded to the throne, he dominated a territory that had expanded substantially to the south from the Iberian Peninsula at the expense of the Muslims, a circumstance that allowed Christians to access the Andalusian culture more than their ancestors had been able to do in previous centuries. Alfonso X benefited from this fact.
Much has been written about the Wise King, about the political vicissitudes he faced and that were not lacking in his reign (he lived at a time full of political upheavals and successions that led him to confront his own family), about his work juridical, in which the Royal Charter, composed to unify the local law of Castilla y León, the Speculum (or Book of the right mirror) and Las Partidas, and how much it contributed to the establishment of Castilian; But what there is no doubt is that, whatever his own knowledge and contributions in fields such as the previous ones, his name has been inscribed with lasting letters in the history of astronomy, of the study of the cosmos, which certainly constituted one of his great loves.
However, it was not until the eleventh century that the conditions were in place for Christian princes to put the libraries that had fallen into their power in the hands of scholars. The capitulation of Toledo before Alfonso VI of Castile in 1085 made available the libraries of a city with an important Mozarabic population, who spoke Arabic and knew Latin; Arabic books also abounded in it. Suddenly an unsuspected possibility was offered and the news mobilized a good number of scholars who came from all over Europe, producing what is known as the «Toledo School of Translators», of whose international character the names by which they were given give an idea. Some of those who worked there are known: Plato of Tivoli, Adelardo of Bath, Robert de Chester, Hermann the Dalmatian, the Jewish Hispanic convert Mosé Sefardí de Huesca —who took the name Pedro Alfonso when he was baptized—, Rodolfo de Brujas , Juan de Sevilla and Gerardo de Cremona.

In Córdoba, one of the two great names of Arab culture was born, the Sephardic Jewish doctor, philosopher and astronomer Maimonides (c. 1135-1204). However, his life was complicated and his name cannot be fully associated with al-Andalus. When he was born, Córdoba was ruled by the Almoravids, but in 1147 these were displaced by the Almohads, who were puritans and intolerant and who expelled the Jews, so his family had to leave the city. At some point they crossed the Strait of Gibraltar settling in Fez in 1158, a city where he probably studied Theology, Philosophy and Medicine. But as the situation in Morocco was not very stable, he went to Acre in 1165, then to Jerusalem and finally to Cairo, where he died.

A normal thing at the beginning was that the universities had among their teachings at least two of the three superior faculties: Law, Theology and Medicine. Regarding the latter, one of the oldest and most notable was the Universitas medicorum de Montpellier, which received its first statutes from Honorius III in 1220. The Constitution Quia Sapientia (1289) of Nicholas IV completed its profile, by adding three other faculties (Theology, Law and Liberal Arts). In 1340, the practice of dissection was introduced, one every two years, and in 1376 a royal decree extended this exercise by approving the delivery of the bodies of those who had been executed, while it was not carried out at the corresponding faculty in Paris. none in the whole century. The teaching of anatomy was decisive for the prestige of that, which in 1554 was endowed with an anatomical amphitheater and in 1593 with a botanical garden.
The foundation by Alfonso VIII, with the support of Bishop Tello Téllez, of the Studium generale de Palencia (kingdom of Castile), limited to the Liberal Arts, is situated between 1208 and 1210. His studies and students were basically clerical, linked to Theology , and the professors, canons. This disappeared, it seems that due to economic difficulties, around 1243.
The Studium generale de Salamanca (kingdom of León), Studii Salmantini, was founded by Alfonso IX in 1218, it included the faculties of Arts, Law and Medicine. Its status as a royal university was ratified by Fernando & nbsp; III in 1252, and in 1254 Alfonso X endowed it with statutes, as well as economic security, establishing, likewise, organizational regulations, with chairs in Canon Law and Civil Law, Medicine, Logic, Grammar and Music, conditions maintained by Sancho IV (1282) and Fernando IV (1300). Its consolidation came in 1255, when Pope Alexander IV granted it the licentia ubique docendi, with universal recognition of its degrees.
Each university had its own study plans and conferred degrees, which responded to a common model.

In the 16th century, Spain was a world power, and the broadening of the aims of political management required both by having to administer a transoceanic empire and its peninsular and European possessions meant the emergence of new government functions, directly or indirectly. related to the cultivation of science-technology.
A similar phenomenon, by the way, occurred in the 19th and early 20th centuries in the United Kingdom, which had to dedicate great resources, human and economic, to control its colonies, especially India.
In «official» Spain, and given the importance of the matter, there were not a few, and certainly the best, sixteenth-century cosmographers who tried to find a reliable method to determine longitude. One of them was the major cosmographer of the Casa de la Contratación, Alonso de Santa Cruz (1505-1567), a Sevillian who traveled to America in 1526, accompanying the expedition led by Sebastián Caboto and that his wealthy family had helped organize. . There, in the Río de la Plata area, he spent five years. When he returned to Spain, he became part of the Casa de la Contratación, from 1536 as a cosmographer, with the task of preparing and supervising maps and navigation instruments, and from 1557 as a major cosmographer, a position that implied residing at the court. , as close as possible to the Alcázar Real. This job had, however, a short life, as it lasted only until 1567, but it served as an example and antecedent for the creation, in 1571, of the post of major cosmographer of the Royal Council of the Indies, whose first holder was Juan López de Velasco .
There is no doubt that Philip II was a strong Catholic believer. Although his readings reveal that he was interested in scientific knowledge, he showed a greater desire for works of a religious nature. Most of the books he acquired in his youth were either by classical or theological authors, which, on the other hand, should not surprise us when we consider that almost three-quarters of the works published during the first century of the printing press concerned to religion. “Of the 42 books that the king kept in a closet next to his bed,” Parker wrote, “all but one were religious.

It’s not possible to understand the true nature of the problems and achievements of Spanish science of any age! (or of any other country), if it is not compared with the situation in other nations. So, before continuing with what happened in Spain, it is convenient to pause to try to put it in a broader, international context, even if it is limited.
The interest in promoting the teaching of Mathematics arose strongly in different parts of Europe during the 16th century. The humanists of the Renaissance, with their devotion to recovering the classical legacy, rescued Greek mathematical texts, which in new editions began to circulate through European universities, as well as in other intellectual environments, a fact that partly increased interest in Mathematics.

Science is not limited to physics and mathematics —or, if we want to broaden its context, to chemistry—, but is also to open up, include in its theories and problems, everything that occurs in nature, and, in this sense — that of novelties — since 1492 there was nothing comparable to what was found in America. The natural sciences – botany, zoology, geology – anthropology and linguistics necessarily had to renew themselves. The Scientific Revolution also consists of this. Or, if you prefer, this favored an essential dimension of that revolution: open-mindedness, the awareness that the old theoretical-experimental contexts that were used to represent reality were not enough. And there, Spain did have something, a lot, to say.
At the beginning of the 18th century, only two institutions could channel the new science – Newtonian in particular – that had been produced and was being developed, the Army and the Society of Jesus, which were able to solve problems such as the training of technicians. and the education of elites. As in the case of sailing in the sixteenth and seventeenth centuries, which needed astronomical and mathematical knowledge, especially for navigation to America, the Army was also essential physical and mathematical knowledge. Universities, in a frank decline in science teaching, could not provide the military with this knowledge, although from the middle of the century there were some initiatives in the renewal of scientific teaching, especially science. math.
One of the purposes of the Vergara Society was the education of the youth, for which this institution had the intention of founding several centers of instruction in different localities, paying special attention to experimental sciences. Although it was not formulated explicitly, the means were also present so that the children of the enlightened Basques could study experimental sciences, together with the classics of the humanities, without necessarily having to move abroad, which is not an obstacle to that some also leave; It is necessary to take into account the bad situation existing then in the Hispanic universities, as we saw, with regard to the teaching of these sciences.
To this end, an instruction plan was drawn up in 1775 that gave rise to the year following the creation of a school in Vergara, which received the title of Real Seminario Patriótico Bascongado, with authorization to teach the first Letters, Religion, Humanities, Mathematics and Physical Sciences. Its headquarters was, by royal donation, the old school that the Jesuits had owned in Vergara and which had become the property of the Crown when they were expelled from Spain in 1767.
The Royal Academy of History, in 1738, and the Royal Academy of Fine Arts of San Fernando, in 1752. In order for an academy of sciences with similar status to be founded, it was necessary to wait until 1847, when under the reign of Isabel the Royal Academy of Exact, Physical and Natural Sciences was created. Once again, the letters and the arts beat the sciences.
ASTRONOMIC OBSERVATORIES IN CÁDIZ-SAN FERNANDO AND MADRID
The complex formed by the Botanical Garden and the new building projected in 1785 for the Royal Cabinet of Natural History and the Academy of Sciences (finally, the Prado Museum) was completed with a third center, in what should constitute an illustrated scientific axis in Madrid: an Astronomical Observatory, located in the San Blas hill, in one of the limits of the Retiro Park.

The Spanish expeditions in America were of a diverse nature. One particularly famous was the Royal Philanthropic Expedition of the Vaccine – also known as the «Balmis Expedition», in reference to the doctor Francisco Javier Balmis (1753-1819), the promoter of the idea – which traveled between 1803 and 1810 the Spanish dominions in America and the Philippines with the aim of vaccinating against smallpox, which was wreaking havoc (vaccination, introduced especially by Jenner, was then a relatively recent method). In 1802, Santa Fe suffered a smallpox epidemic that lasted two years (ten years earlier, it had suffered another with a mortality of 13.7 percent). At the beginning of this epidemic, on June 19, 1802, the Santa Fe City Council requested help from Carlos IV. This sent the request to the Council of the Indies on December 25, 1802, adding the information that was available on the epidemics that ravaged the Viceroyalty of New Granada. After studying the matter, on March 13, 1803, the Council of the Indies declared the dissemination of the vaccine in America convenient, and on June 6, 1803, a royal order of Carlos IV ordered that a scientific expedition be organized.

If the 18th century meant the consolidation of Newtonian science, the advance of its formalization thanks to the mathematical skills of scientists like Euler, and its application to such demanding domains as celestial mechanics, without forgetting what it represented from the social point of view and cultural (ideological, we could almost say); the 19th century brought extremely important scientific novelties. On the one hand, in nations such as England, France, Germany and, when the century was coming to an end, in the United States, there was the institutionalization of science, that is, its definitive configuration as a professionalized activity, which showed, in sections like organic chemistry and the physics of electromagnetism, the great importance it had for states. It is true that facts can be identified that show institutional aspects before the 1800s – let us think, for example, of the attention that enlightened France devoted to scientific and technical education, creating schools such as the École de Ponts et Chaussés (1715), the École des Mines (1783) or the École Polytechnique (1794) – but, with little effort, it is difficult not to notice that throughout the nineteenth century the social relevance of science came to acquire a degree and an extension in
its applicability, as well as a socio-economic insertion never before achieved.
The scientific institutionalization of the 19th century was a consequence of research.
It is true that the Galenic form is still preserved in our codes; but it is also true that pharmaceutical industrialism is developing more every day and has been taking over all the official medicines […]. It is […] the simplicity of modern materia medica, the refinement of the form, the disengagement from Galenism, the industry, in short, that has dismantled our laboratories, giving us, almost ready, almost all the medicines ».
The production of new scientific knowledge leads, or can lead, to innovation and technological development, and with it to the creation of wealth, but to access this technological and economic capital it is necessary to overcome customs and prejudices firmly rooted in ways of understanding reality, including «professional reality», but also dedicating sufficient means, continued over time, so that the training of scientists produces relevant results. And this is a comment that serves as much for a century ago as for today.

Echegaray’s relationship with physics began in 1905, with his access to the chair of Mathematical Physics at the Central University. Let us remember that, although they are not identical, mathematical physics is closely related to theoretical physics, a discipline whose importance for the 20th century is difficult to ignore.
The subject of Mathematical Physics was part of the general study program of the Faculty of Exact, Physical and Natural Sciences approved by the royal decree of September 11, 1858 with which the creation of that faculty the previous year had been developed (the already mentioned law of the Minister of Public Works Claudio Moyano). It was one of the two subjects (the other was Physical Astronomy and Observation) that the graduates in Exact Sciences who aspired to the doctorate had to take. A cursory analysis of the programs in the Exact and Physics sections reveals the idea then of physics and mathematics or, if you prefer, the terminology that was used; idea or terminology that are relevant when it comes to mathematical physics, and also when one wants to orient, diachronically, in the literature of the time.
Apparently, Echegaray also analyzed quantum theory during that year (1912), but he eliminated that part of his lectures by giving the text to the press. «I have suppressed it, first of all, so as not to destroy or disturb the unity of the program, and, furthermore, because all the problems of modern Physics, which I have discussed, I have to deal with them, if possible, and with much more scope , in other courses. » It was not possible, and the only thing that has reached us are a few comments in which, by way of conclusion, he made clear the turbulent and deep waters in which he was sailing; the pathetic effort of a man educated in classical science, to save something in his world.

In the history of Spanish science there has not been —to date— a scientist whose work can be compared, both in content and in international repercussion, with that of Santiago Ramón y Cajal (1852-1934). His scientific contributions being capital and lasting (it is still widely cited in the neurological bibliography), he also had an added dimension, one that affected Spain: that of serving as an example of what had to be done in science. Let us also not forget that Cajal was a great patriot, so that he did not disdain such an exemplary magnitude. It is justified, therefore, that I devote a little more attention to Cajal than I have done to other scientists. But first, and as Cajal was not a flower that arose in a desert wasteland, it is convenient to briefly comment on the situation of medicine in Spain during the 19th century.
The Nobel Prize had other consequences for the Spanish scientist. In March 1906, for example, the president of the liberal government, Segismundo Moret, offered him the portfolio of the Ministry of Public Instruction, which he refused.

The case of José Fernández Nonídez is particularly interesting because of what it meant for the internationalization of Spanish science.
In the United States, he worked more as a histologist than a geneticist, teaching first at Cornell University and then at the Medical College of Georgia, as a professor of Microscopic Anatomy. Author of texts such as Histology and Embriology (1941), Variation and inheritance in domestic animals and cultivated plants (1946), and – his posthumous work – Texbook of Histology (1949), together with WF Windle, which reached five editions It was, therefore, a case of early «brain drain.» As it was, although he did not belong to the field of genetics, but to that of microbiology, Francesc Duran Reynals (1899-1958) who obtained a pension from the JAE in 1925 to work for a year at the Pasteur Institute in Paris. There he began his work on bacteriophages and learned about the research of Alexis Carrel, from the Rockefeller Institute in New York, on the relationship between viruses and cancer. He applied for a new board pension and, in 1926, he moved to New York. That scholarship was renewed until in 1928 he was hired by the Rockefeller Institute for Medical Research in New York, thus starting a career in the United States that would lead him in 1938 to direct a research laboratory on cancer at Yale University, where in the 1940s he formulated a viral theory of cancer.
As can be seen, although nowadays there is a tendency to think that the loss of scientists, the «brain drain» to other countries, is a phenomenon that occurred in Spain especially from the 1960s (at least it was then when they began to talk about this frequently), it was already before 1936.

A science with a significant presence in Catalonia, in general with less institutional support (except for the certainly important one provided by the Ebro Observatory) and more, let’s say, cultural, was astronomy.
Among the Catalan names that must be remembered in this domain are those of Josep Joaquim Landerer i Climent (1841-1922), Ricard Cirera (1864-1932), Josep Comas i Solà (1868-1937) and Eduard Fontserè Riba (1870 -1970), but we could also name Eduardo Lozano, Professor of Higher Physics at the University of Barcelona and head of the university Meteorological Observatory, although his contributions were less important.
Landerer never pursued an official career, he was an amateur astronomer, but even so he did some work of merit, among which his observations of the satellites of Jupiter, a study on the polarization of sunlight reflected on the Moon, or the prediction with great accuracy of the trajectory of the shadow in the solar eclipses of 1900 and 1905. He also became interested in the field of geology, being the author of Principles of Geology and Paleontology, published in 1878 and which saw several more expanded editions. He obtained the Jules Janssen Prize from the French Astronomical Society and wrote more than twenty notes in the Comptes Rendus of the Paris Academy of Sciences.
Father Ricard Cirera is another good example of the scientific interests of the Society of Jesus. After completing his studies in Humanities and Philosophy, he was assigned to the Philippine Mission, where he spent six years collaborating with the Manila Observatory.
Better known than the previous ones is Josep Comas, who graduated in Physical-mathematical Sciences at the University of Barcelona (1889). However, his career went outside the most common academic channels for scientific research, starting in this thanks to private media. Between 1896 and 1897, approximately, he worked at Rafael Patxot’s private observatory, in Sant Feliu de Guíxols, which, like other initiatives in Catalonia, paid special attention to meteorology. His contributions to astronomy include, above all, the observations he made of planets in the solar system, particularly Mars, Jupiter and Saturn, which found an echo abroad; for example, in the Astronomical Society of France, then directed by Camille Flammarion, who incorporated some of Comas’s contributions in his book Le planète Mars.
In the scientific-technological field, initiatives in Catalonia were also abundant, as shown by the example of Esteban Terradas, who reveals some of the connections between both fields: he was a notable scientist (physicist and mathematician) and one of the most active technicians in the Spain in the first half of the 20th century (in addition to being an industrial and civil engineer, he was a doctor in Physics and Mathematics).
The rector of the Central University and the Royal Academy of Sciences of Madrid, the dictatorial Government appointed him to the position in 1928. The following year he was also appointed general director of the National Telephone Company. In the capital, he joined the work of the Laboratory and Mathematical Seminary of the Board for Further Studies, although his activity in it was not too intense or continuous (he became its co-director, along with Julio Rey Pastor, a good friend of his ). Continuing with his habit of simultaneously holding various positions, in 1929 he joined the Escuela Superior Aerotécnica founded by Emilio Herrera, installed in Cuatro Vientos, not far from Madrid.

Julio Rey Pastor (1888-1962) is the great name of Spanish mathematics of the first half of the 20th century. When considering this discipline in that period, it is difficult that his name is not usually mentioned with respect. And there are reasons for the Riojan mathematician to constitute a privileged point of reference in the history of contemporary Spanish mathematics. Gifted with great talent, he did not know, or did not want, however, to draw from those faculties all that he could have produced, both individually and, above all, institutionally. To show that this was the case, I will frame his biography in a perspective that is not alien to issues such as his role and responsibility in the development of that same mathematics, or the way in which he took advantage of the training he received and how he developed his undeniable scientific qualities. Dealing with these questions serves not only to understand the biography of Rey Pastor, but also to understand the situation of Spanish mathematics during, approximately, the first half of the 20th century.
No cabe duda de que Julio Rey Pastor fue el mejor matemático español de su tiempo, y en este sentido ha sido repetida y justamente celebrado (aunque no puede ignorarse que a partir de un determinado momento, hacia la década de 1920, prácticamente dejaron de aparecer trabajos suyos en revistas matemáticas internacionales, mientras que aumentaba el número de libros de texto, algunos elementales, en los que han estudiado generaciones de alumnos de bachillerato). No obstante, un análisis más completo y documentado de su biografía, como el que se ha hecho en este capítulo, parece indicar que, a pesar de que contribuyera a elevar el nivel matemático de su patria, pudo hacerlo aún mucho más. Sus aceradas críticas a los peores y frecuentes aspectos de la realidad académica española que le tocó vivir —y a la que él mismo, con sus ausencias, también contribuyó—, con ser ciertas, no pueden ni deben hacer olvidar que pocos científicos españoles gozaron de la consideración y las oportunidades que él tuvo para intentar mejorar el oscuro ambiente que rodeaba a la matemática española de la primera mitad de nuestro siglo. Él habría dicho que lo intentó: algunos opinarán, sin embargo, que no lo hizo durante el tiempo suficiente.

Leonardo Torres Quevedo (1852-1936) fue para la tecnología en España lo más parecido a lo que Ramón y Cajal fue para la histología y las neurociencias. Si, como sostengo, es muy necesario recordar la situación de la tecnología, de la industria, en un país si se pretende comprender la historia de su ciencia, no es posible olvidar a Torres Quevedo, el ilustre ingeniero de caminos cántabro que sumó virtudes científicas a su excelencia tecnológica, como ningún otro español de su época (que solapó los siglos XIX y XX ). De hecho, si de muchas personas puede decirse que fueron «hijos de su tiempo» de Torres Quevedo sería más apropiado decir que «intentó ser padre del tiempo venidero».
Proyectó y construyó un pequeño funicular en el entorno de su casa, desde el prado de Vanbles hasta una pradera situada unos cuarenta metros más arriba, con una luz de doscientos metros. Y aunque era de tracción animal (una pareja de vacas) y tenía como barquilla una silla, la novedad técnica era la utilización de un sistema múltiple de cables-soporte liberando los anclajes de un extremo, que sustituía por contrapesos; de esta manera lograba que la tensión en los cables se mantuviese constante, independientemente de la carga, de la posición de esta a lo largo del recorrido y de que se rompiesen uno o más cables. Satisfecho de los resultados, solicitó una patente el 17 de septiembre de 1887, presentando al efecto una memoria titulada: Un sistema de camino funicular aéreo de alambres múltiples . Asimismo, pidió patentes extranjeras para Estados Unidos, Austria, Alemania, Francia, Reino Unido e Italia.
Sus transbordadores más conocidos tardarían algo en llegar: en 1903, construyó uno sobre el Ebro; en 1907, otro en el monte Ulía, cerca de San Sebastián; el 9 de agosto de 1916, se inauguró oficialmente el célebre transbordador del Niágara —que aún funciona—, de cuya construcción se encargó The Niagara Spanish Aerocar Company Limited, constituida a partir de la Sociedad Anónima Estudios y Obras de Ingeniería, encargada de desarrollar sus inventos. Este detalle muestra con claridad un rasgo destacado de su mentalidad: era un profesional de la tecnología, y las patentes y empresas formaban parte de su mundo.
El mundo de Torres Quevedo era más complejo, más variado y moderno, que el de otros ingenieros: era también el mundo científico. Con anterioridad a sus transbordadores se encuentran sus trabajos en máquinas algébricas, uno de los campos en el que más destacó. Para explicar en qué consisten estos aparatos, tomemos las palabras que pronunció en su discurso de entrada en la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales el 19 de mayo de 1901 (Torres Quevedo, 1901: 7): una «máquina algébrica es un aparato que impone entre los valores simultáneos de diferentes elementos las relaciones expresadas matemáticamente en una fórmula analítica. Todo aparato que permita reproducir a voluntad un fenómeno físico, cuyas leyes estén formuladas matemáticamente puede en rigor denominarse “máquina algébrica”».
En el ámbito personal, no hay duda de que Leonardo Torres Quevedo fue un hombre afortunado, en lo que a reconocimiento científico y tecnológico se refiere. En España, lo fue casi todo: académico de Ciencias, de la Real Academia Española; director de laboratorios —el de Mecánica Aplicada y el de Automática, expresamente creados para él por el Gobierno—; medalla Echegaray de la Real Academia de Ciencias (1916); pudo ser ministro de Fomento en 1918, cartera que le ofreció el marqués de Alhucemas y que rechazó; presidente de la Sociedad Española de Física y Química (1920) y de la Real Academia de Ciencias (1928). En el extranjero, entre otros honores, fue miembro del Comité Internacional de Pesas y Medidas de París (1921), y uno de los doce integrantes elegidos por el Consejo de la Sociedad de las Naciones de la denominada «Commission pour l’étude des questions internationales de coopération intellectuelle et d’éducation», o, más brevemente, «Comisión internacional de cooperación intelectual», junto con personas de la talla de Marie Curie, Henri Bergson, Albert Einstein, Gilbert A. Murray y George E. Hale (1922); doctor honoris causa por la Sorbona (1922)…

The Second Republic had an effective existence of eight years, three of which were plunged into a civil war. His was, therefore, a short life. Such brevity was not an obstacle for him to launch a good number of social initiatives, even radical political developments. However, as far as science is concerned, their contributions were much smaller. In the first place, because what Spanish science needed at that time was to consolidate the incipient course that, especially from the beginning of the century, under the impulse of the call to regenerationism, scientific research had taken. The attention and support had not been given, or everything that the country was urging to get closer to the great nations of science and technology had been put in place, but even so, pillars and seeds had been installed that had to continue to be cared for. In science, there are no magic recipes that will turn a nation into a world power overnight; It takes time. And if the Republic did not have something, it was precisely time.
This is why the history of science during the Second Republic is not, in general, a history of great novelties, of breaking points with the past, but one in which there are practically no new institutions or characters.
The Higher Council for Scientific Research (CSIC) was the substitute for the Board for Extension of Studies that created the regime that emerged from the Civil War. We have already had occasion to verify the rejection that the JAE aroused among the victors, so it is not surprising that they were quick to dissolve it. In fact, they did so before the end of the war, on May 19, 1938, taking advantage of a decree signed by Francisco Franco and prepared by the Minister of National Education, Pedro Sainz Rodríguez, which commemorated the 26 years of his death. scored by Marcelino Menéndez Pelayo when we have the information.
The Cantoblanco campus of the Autonomous University of Madrid opened its doors in October 1971, with Nicolás Cabrera as director of the Physics Division. Some of the names mentioned in the previous documents —and, of course, others that did not appear— were there (Bel, García Moliner, Agulló), others were not (Galindo, Cardona, De Rafael, Canesa). Some of the «founders» (Bel, the nuclear physicist Oriol Bohigas) returned a few years later to the centers they had abandoned. And it is that, in 1971, the Democratic Transition was close (if we look at it retrospectively), but also, in many ways, far away. And Villar Palasí’s successors were not always able, or willing, to maintain the commitments of their predecessor in office. In fact, university autonomy ended up being diluted. But even so, the seed was planted, and the group that Nicolás Cabrera had assembled (which continued until his death in the Spanish capital) bore fruit and diversified. Thanks to him, the Physics departments of the Autonomous University of Madrid were much better than they would have been without the participation of the «son of an exiled scientist».

Does democracy favor scientific development? This is a question that has been asked with some frequency. The example of Germany during the National Socialist regime seems, in principle, particularly convenient to try to answer this question.
Science, scientific research, R + D (Research and Development) or R + D + i (Research, Development and Innovation) have been, increasingly, the issues that Spanish democracy has concerned itself with. However, this should not lead us to think that progress was not made on such a path in the previous dictatorial regime. As the economic reality in Spain changed, especially in the early 1960s, the unsatisfactory situation in which national science found itself was identified as one of the main reasons for the scarce economic progress. Despite this, little was done to remedy it. Thus, investment in R&D relative to gross domestic product evolved very slowly from the mid-1960s to 1974, going from 0.2 percent to 0.3 percent. Already in democracy, it was increasing more rapidly — 0.6 percent in 1984, 0.7 in 1987 — although it was still far from the percentages that occurred in more industrialized nations, whose R&D expenditures were even as high as spend 2 percent.
The insufficient funding prior to 1975 does not mean that specific agencies dedicated to planning and granting funding to research projects were not created.
The National Agency for Evaluation and Foresight (ANEP). Created in 1986, the same year the law was promulgated, ANEP endeavored to introduce rigorous criteria in the selection of funded research projects, which not only depended on the scientific quality of the proposed project, but also on its adaptation to the objectives of government science policy. It can be said that the Law of Science opened (or was trying to open) a new chapter in the long, changing and more sour than sweet history of science in Spain. Although there are elements to judge some of your moments and results, it is preferable to leave that matter. By getting too close to the present, as historians are not only observers and interpreters, but also participants, history, I repeat, can lose one of its greatest virtues: independence of judgment.

We need science, scientific research, to be something more than a country of services, even if it is a modern and to a certain extent rich country of services. We are very interested in this, because it is not only about the problem of science in Spain, but also, and perhaps above all, the problem of Spain. Even more so for the future, which is what is truly important. The past is past. Let’s learn from him.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2020/08/30/el-jardin-de-newton-la-ciencia-a-traves-de-su-historia-jose-manuel-sanchez-ron-newtons-garden-science-through-its-history-by-jose-manuel-sanchez-ron-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2021/02/02/albert-einstein-su-vida-su-obra-y-su-mundo-jose-manuel-sanchez-ron-albert-einstein-his-life-his-work-and-his-world-by-jose-manuel-sanchez-ron-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2021/04/29/el-pais-de-los-suenos-perdidos-historia-de-la-ciencia-en-espana-jose-manuel-sanchez-ron-the-country-of-lost-dreams-history-of-science-in-spain-by-jose-manuel-sanchez-ron-spanish-book-ed/

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