La Prosperidad Del Mal: Una Introducción (Inquieta) A La Economía — Daniel Cohen / La Prospérité Du Vice. Une Introduction (Inquiète) à L’économie by Daniel Cohen

Este libro leído con la esperanza de comprender finalmente la economía, sin embargo, me dejó un poco triste porque esperaba un análisis en profundidad cuando se trata de una descripción bastante superficial de la historia de las teorías económicas y la crisis actual (que usted y yo acabamos de financiar con un gran gasto cuando no tenemos nada que ver con eso, vale la pena recordarlo).
¿Cómo es que la especie humana parece entender el Universo infinitamente mejor que los mercados? Cualquier respuesta relevante a esta pregunta ganará toda mi consideración, así como una caja de chocolates suizos si es realmente convincente.
Para un «economista pragmático» que se define a sí mismo, Cohen es terriblemente soñador mientras reflexiona sobre cómo las «nuevas» potencias en Asia pueden aprender del éxito y el fracaso europeos.
Una de sus propuestas centrales es que China, en su auge, debe evitar iniciar una Guerra Mundial, porque Europa fue diezmada por las Guerras Mundiales del siglo XX, y Cohen ve las grandes guerras como inevitables venideros maltusianos. Pero China y gran parte de Asia sufrieron enormemente durante la Segunda Guerra Mundial, sin mencionar las guerras de Corea y Vietnam. No entiendo cómo estas batallas y hambrunas específicas ilustran los principios maltusianos de control de la población y gestión de la riqueza. Tampoco estoy de acuerdo en que las hambrunas africanas se deban a la superpoblación; Pensé que estaba bien establecido que los recursos de África central no podían mantener ni siquiera a una pequeña población en una economía capitalista.
Si todavía anhela el filosofismo francés de Daniel Cohen, busque su libro sobre globalización, que no es tan ridículo, o navegue por los archivos de periódicos en línea para sus artículos de opinión.

Lo que en el pasado sucedió en Europa se repite hoy a escala mundial. Millones de campesinos chinos, indios o de otros lugares abandonan el campo y se dirigen a las ciudades: la sociedad industrial sustituye a la sociedad rural. Aparecen nuevas potencias, ayer eran Alemania y Japón, hoy son la India y China. Las rivalidades se recrudecen, sobre todo por el control de las materias primas. Las crisis financieras se repiten como en los peores tiempos de un capitalismo que se creía caduco. No es muy tranquilizador. Al contrario de lo que dicen los partidarios del «choque de civilizaciones», el peligro más importante del siglo XXI no es tanto la confrontación de las culturas o las religiones como una repetición, a nivel planetario, de la historia del propio Occidente.
Europa no ha salido indemne de la revolución industrial. Si hoy día, a pesar de la crisis actual, pensamos que es el continente de la paz y la prosperidad, es a costa de una amnesia colosal de su pasado reciente.
Algunos sostienen que la adicción enfermiza al crecimiento del homo consumerus explica que éste sea fuerte, lo que a fin de cuentas sería una buena cosa. De este modo, y desde un punto de vista distinto, neomaltusiano, se restablecerían las sendas desconocidas y contradictorias de la prosperidad del vicio. Tal vez. Pero las consecuencias de este apetito insaciable se presentan en términos totalmente inéditos cuando llega la hora de la globalización.
La globalización inmaterial no ha hecho más que empezar. Lejos de ser sosegado, el nuevo espacio de la comunicación mundial está tan lleno de amor y odio como el antiguo. En Internet prosperan tanto los lazos entre los amantes de la música como las redes pedófilas o terroristas. El «cuarto de hora de fama» para todos que prometió Andy Warhol se convierte en el nuevo horizonte, siempre tan lejano, que esperan los jóvenes que frecuentan las redes de Facebook, así como los que se sienten atraídos por Al Qaeda.
Sin embargo, la gran esperanza del siglo XXI es que en el seno de este cibermundo se cree una conciencia nueva de la solidaridad, de modo que en lo sucesivo sirva para unir a los humanos entre ellos.

Europa ha inventado un modelo político nuevo, el del Estado-nación, a medio camino entre los dos grandes modelos anteriores: el de la ciudad, cuyo ejemplo perfecto es Atenas, y que sobrevive en Venecia o Florencia o en las ciudades hanseáticas; y el del imperio, cuyo modelo es Roma y que permanecerá mucho tiempo en las conciencias europeas como una ficción potente, por ejemplo en el Imperio romano germánico (que Napoleón no abolirá hasta 1806). Ninguna potencia europea conseguirá nunca restaurar el orden imperial. Todas deberán aprender a vivir en el interior de sus fronteras, compitiendo con otras situadas al otro lado de un mar o una montaña. Esta tensión permanente será uno de los fundamentos del dinamismo europeo. Europa deberá aprender a conjugar la idea del Imperio universal presente principalmente a través de la fe cristiana y el carácter singular de cada nación.
El cruce de esas tensiones, militares y morales, provocará el auge del pensamiento humanista y científico. El proceso de Galileo asfixiará durante un tiempo la ciencia italiana, pero la antorcha pasará sin problemas a la Inglaterra de Newton porque ninguna idea, por muy revolucionaria que sea, podrá reprimirse durante mucho tiempo.
El progreso tecnológico no es el cómplice amistoso del trabajador. Éste ya no es el esclavo de un amo, como en otros tiempos, pero no por eso se convierte en el amo de unos humanoides que trabajan gratis para él, como ha sugerido Solow. El obrero del mundo moderno es esclavo de una incertidumbre nueva que pesa sobre su destino. El progreso técnico es a la vez creación y destrucción, y es fácil pasar de una a otra. Todo va bien mientras el crecimiento sea lo bastante fuerte como para curar las heridas que abre constantemente en el cuerpo social. Si disminuye o, peor, si se torna negativo por efecto de una depresión, el equilibrio puede saltar en mil pedazos.

La entrada de la India y China en el juego del capitalismo mundial no puede disociarse de otro episodio importante: la desaparición de la URSS. A medida que su crisis se hacía patente, los países que se habían adherido a la idea de «otra vía», la del socialismo de Estado, fueron poco a poco cambiando de estrategia. La caída del Muro de Berlín hizo pensar a algunos que el mundo había llegado, en palabras de Hegel recogidas por Francis Fukuyama, al «fin de la historia». Según esta teoría, cada pueblo se encaminaría en lo sucesivo hacia el mismo destino: la economía de mercado y la democracia representativa. La paz universal que soñaba Kant se convertía por fin en una posibilidad real.
Sin embargo, unos años después, el 11 de septiembre de 2001, el atentado contra las Torres Gemelas del World Trade Center inauguraba el siglo XXI tan ruidosamente como había cerrado el XX la caída del Muro de Berlín el 9 de noviembre de 1989.
El tercer nivel de la violencia es el del imaginario, actualmente el de la violencia posmoderna: la que habita en el campo de lo virtual, en las películas de terror o en los videojuegos, la que encontramos por todas partes, pero principalmente en los países ricos. Es la violencia del siglo XXI . El atentado contra las Torres Gemelas es a este respecto el ejemplo perfecto. Grabado por las cámaras del mundo entero, atañe al imaginario colectivo mucho más que los bienes o el poder material de Estados Unidos. Los Tenebras y los Zigomares cambian de nombre y de registro, pero el efecto que se busca sigue siendo el mismo.

La industrialización del mundo altera las reglas que predominaban cuando aquélla estaba restringida a los países occidentales y a Japón. Una nueva amenaza planea por encima de las naciones: la que pesa sobre el propio planeta, último bien común que, poco a poco, los hombres descubren que está amenazado. A este terreno se trasladan desde ahora los riesgos de suicidio colectivo.
Los países emergentes toman los caminos que cogió Occidente porque consideran que así se beneficiarán a su vez de las promesas del crecimiento económico moderno. Este proceso de convergencia está presente sobre todo en Asia. Extrapolando las tendencias actuales, los países emergentes podrían alcanzar de aquí a 2050 un nivel de desarrollo medio de 40.000 dólares per cápita, es decir, más o menos el nivel de Estados Unidos en 2005. Un crecimiento semejante permitiría que los países emergentes multiplicaran por cuatro sus rentas per cápita. Suponiendo que la renta de los países ricos siga creciendo al ritmo actual, los países pobres pasarían de un diferencial medio de 1 a 5 a otro de 1 a 2,5. Teniendo en cuenta el aumento de la población mundial, que habría de pasar de seis a nueve mil millones de habitantes, la riqueza que salga de las entrañas del mundo se multiplicaría entonces por un factor 6, pasando de 70 billones de dólares en 2005 a 420 billones en 2050. El impacto ecológico que la humanidad va a infligir al planeta también aumentaría en la misma proporción.
El diagnóstico se ha hecho ya a menudo en numerosos recintos. Hoy día el problema reside en su puesta en práctica. Hace más de una década, la mayoría de los países se unieron a un tratado internacional, el convenio marco de las Naciones Unidas sobre los cambios climáticos, con vistas a «empezar a considerar lo que podría hacerse para reducir el calentamiento global».

El debate enfrenta a menudo a los partidarios del crecimiento con los del decrecimiento. Si el crecimiento es el mecanismo que permite producir al menor coste unos bienes determinados o crear unos nuevos que mejoren la vida humana, da la impresión de que es más la solución que el problema. Pero también es necesario que tome un camino socialmente útil. Ahora bien, existe un malentendido sobre el crecimiento moderno que es el siguiente. Éste mejora constantemente la producción industrial, lo que reduce el número de horas necesarias para la producción de objetos y, consecuentemente, sus precios. Pero la cantidad de objetos no decrece en absoluto. Sus precios son más bajos, pero de este modo su cantidad sigue aumentando a un ritmo veloz. La reducción constante del precio explica el auge de una economía de lo desechable». Antaño teníamos un reloj para toda la vida, ahora lo cambiamos según el color de la camisa. Lo mismo pasa con los aparatos electrónicos baratos que dan de regalo por la compra de una revista y que ni siquiera se abren.
Ahora bien, «esta economía de lo desechable se encuentra en una trayectoria de colisión frontal con los límites geológicos del planeta.
La producción de riqueza exige materias primas, trabajo y capital. La globalización tiende a dar una definición geográfica de esas categorías: el trabajo está en Asia, las materias primas en África y Oriente Medio, y el capital sigue siendo patrimonio de los países ricos. En lenguaje de Marx, el capital tiene un doble sentido: el de un adelanto de fondos necesarios para comprar las máquinas y contratar mano de obra, y el del control sobre el proceso de producción. Esta idea sigue siendo profunda, pero ha cambiado la forma de ejercerla. Actualmente, el capital se ha vuelto un bien «inmaterial»: es la investigación y el desarrollo (I+D), la publicidad, la moda, la banca. Ellos son los que gobiernan hoy el mundo de la producción.
Si los países pobres desempeñan un papel creciente en la producción de bienes materiales, los países ricos mantienen la mano férrea sobre la producción inmaterial. El I+D, sólo por poner este ejemplo característico, es cosa todavía de los países ricos en un 95 por ciento. Se hace todo por curar las enfermedades que los afectan: cáncer, diabetes, Alzheimer…, pero las enfermedades como la malaria no encuentran solución a falta de clientes solventes. El hecho de que los países ricos gestionen los flujos inmateriales obedece a una lógica que desgraciadamente no prejuzga en absoluto el bien público mundial. En el lenguaje de los economistas, los rendimientos privados no coinciden necesariamente con los rendimientos sociales.
La crisis de las subprimes, puesto que de ella se trata, ha demostrado la incapacidad en la que se encuentra el capitalismo financiero, forma suprema de los flujos inmateriales, para valorar los peligros en los que ha puesto al planeta.
En el caso de los mercados financieros, los comportamientos uniformes han sido la regla. Todos los actores han querido hacer lo mismo. Las cooperativas de crédito quisieron convertirse en bancos, los bancos comerciales en bancos de inversiones, éstos en fondos especulativos, los hedge funds . Ya nadie era capaz de juzgar, desde fuera, la conveniencia de las estrategias adoptadas. Y todos han sucumbido, al mismo tiempo, a la misma enfermedad.
Y ahí estamos. El mundo capitalista se impone desde ahora como la civilización que sustituye a todas las demás, sin una mirada exterior que juzgue su pertinencia. La interconexión económica y cultural es la regla y somete a cada uno al riesgo de una disfunción global.

El mundo virtual no siempre es un buen guía. El cibermundo es una escuela de la esquizofrenia, entre la vida soñada y la vida real, entre la violencia virtual y la violencia a secas. Al concluir un videojuego, las leyes de la vida normal le parecen penosas a un adolescente. Cruzar una calle se vuelve aburrido cuando ya no se pueden desafiar las leyes de la gravedad [149] . La juventud debe prepararse para aprender los nuevos límites del planeta. El Imperio romano murió por haberse encerrado en «una concha de indiferencia cognitiva» al mundo de la producción. Hoy día, lo que está en juego es conservar el contacto entre el cibermundo y el mundo sin más y sus límites reales. Para numerosos jóvenes que aplauden la película de Al Gore o militan en las ONG mientras aporrean sus consolas, este vínculo parece evidente. En su opinión, está en marcha una nueva construcción mental que vincula el mundo virtual al ecosistema. De la fuerza de esta reflexión dependerá el futuro del siglo XXI.
Pero la historia actual no es más que una repetición. Abre una nueva frontera, la del cibermundo, creada por las nuevas tecnologías. Las propias guerras se vuelven virtuales. La «tercera guerra mundial», la guerra fría, la ganó Estados Unidos en ese terreno del nuevo mundo posindustrial. La guerra de las galaxias desatada por Ronald Reagan demostró simbólicamente a la URSS que había perdido la guerra tecnológica contra Estados Unidos. Como se sabía incapaz de aceptar ese nuevo desafío, la URSS se hundió sola, sin mediar combate.
El 11 de septiembre demuestra que las violencias del cibermundo no son menos mortíferas que las otras. Pero eso no es lo peor. El asunto fundamental que plantea la nueva era de la comunicación planetaria es saber si será capaz de responder a la cuestión más importante del siglo XXI : gestionar la crisis ecológica anunciada y transformar las normas de consumo occidentales de modo que las haga compatibles con su generalización al conjunto del mundo.
Desde el momento en que la humanidad intenta evadirse en el cibermundo, debe hacer un esfuerzo cognitivo tan enorme como el realizado durante la revolución neolítica o la revolución industrial para aprender a vivir dentro de los límites de un planeta solitario. Por primera vez en su historia, ya no puede permitirse corregir después sus errores. Debe recorrer mentalmente el camino inverso al que ha seguido Europa desde el siglo XVII , y pasar de la idea de un mundo infinito a la de un universo cerrado. Este esfuerzo no es imposible, ni siquiera improbable, simplemente es incierto. Esta misma incertidumbre se ha convertido en el factor opresor de la historia humana ahora que, por primera vez, apuesta su destino al devenir de una civilización única.

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This book read in the hope of finally understanding economics, however, left me a little sad because I was expecting an in-depth analysis when it comes to a rather cursory description of the history of economic theories and the current crisis (that you and I We just financed at a great expense when we have nothing to do with it, it is worth remembering).
How is it that the human species seems to understand the Universe infinitely better than the markets? Any relevant answer to this question will win all my consideration, as well as a box of Swiss chocolates if it is truly convincing.
For a self-defined «pragmatic economist,» Cohen is awfully dreamy while pondering how «new» powers in Asia can learn from European success and failure.
One of his central proposals is that China, in its rise, must avoid starting a World War, because Europe was decimated by its 20th-century World Wars, and Cohen sees huge wars as inevitable Malthusian comeuppances. But China and much of Asia suffered hugely during WWII, not to mention the Korean and Vietnam wars. How these specific battles and famines illustrate Malthusian principles of population control and wealth management, I don’t grok. I also don’t agree that African famines are due to overpopulation; I thought it was well-established that central Africa’s resources could not support even a small population in a capitalist economy.
If you still long for French philosophe-ism from Daniel Cohen, go for his book on globalization which is not quite this goofy, or cruise the archives of newspapers online for his op-eds.

What happened in the past in Europe is being repeated today on a global scale. Millions of Chinese, Indian or other peasants leave the countryside and head for the cities: industrial society replaces rural society. New powers appear, yesterday they were Germany and Japan, today they are India and China. Rivalries are intensifying, especially for control of raw materials. Financial crises are repeated as in the worst times of a capitalism that was believed to be out of date. It is not very reassuring. Contrary to what advocates of the «clash of civilizations» say, the most important danger of the 21st century is not so much the confrontation of cultures or religions as a repetition, on a planetary level, of the history of the West itself.
Europe has not emerged unscathed from the industrial revolution. If today, despite the current crisis, we think that it is the continent of peace and prosperity, it is at the cost of a colossal amnesia of its recent past.
Some argue that the unhealthy addiction to the growth of homo consumerus explains why it is strong, which in the end would be a good thing. In this way, and from a different point of view, neo-Malthusian, the unknown and contradictory paths of the prosperity of vice would be reestablished. Perhaps. But the consequences of this insatiable appetite are presented in completely new terms when the time for globalization arrives.
Intangible globalization has only just begun. Far from being calm, the new space of world communication is as full of love and hate as the old. On the Internet, ties between music lovers and pedophile or terrorist networks flourish. The «quarter hour of fame» for all that Andy Warhol promised becomes the new horizon, always so distant, awaited by young people who frequent Facebook networks, as well as those who are attracted to Al Qaeda.
However, the great hope of the 21st century is that within this cyberworld a new consciousness of solidarity is created, so that from now on it will serve to unite humans among themselves.

Europe has invented a new political model, that of the nation-state, halfway between the two previous great models: that of the city, the perfect example of which is Athens, and which survives in Venice or Florence or in the Hanseatic cities; and that of the empire, whose model is Rome and which will remain for a long time in European consciousness as a powerful fiction, for example in the Germanic Roman Empire (which Napoleon did not abolish until 1806). No European power will ever succeed in restoring imperial order. All must learn to live within their borders, competing with others located on the other side of a sea or a mountain. This permanent tension will be one of the foundations of European dynamism. Europe must learn to combine the idea of the universal Empire present mainly through the Christian faith and the unique character of each nation.
The crossing of these tensions, military and moral, will provoke the rise of humanist and scientific thought. Galileo’s process will suffocate Italian science for a time, but the torch will pass smoothly to Newton’s England because no idea, however revolutionary, can be repressed for long.
Technological progress is not the friendly accomplice of the worker. This is no longer the slave of a master, as in other times, but this does not mean that he becomes the master of some humanoids who work for him for free, as Solow has suggested. The worker of the modern world is the slave of a new uncertainty that weighs on his destiny. Technical progress is both creation and destruction, and it is easy to move from one to the other. All is well as long as growth is strong enough to heal the wounds it constantly opens in the social body. If it decreases or, worse, if it turns negative due to a depression, the balance can jump into a thousand pieces.

The entry of India and China into the game of world capitalism cannot be dissociated from another important episode: the disappearance of the USSR. As their crisis became apparent, the countries that had adhered to the idea of «another way», that of state socialism, gradually changed their strategy. The fall of the Berlin Wall made some think that the world had come, in Hegel’s words collected by Francis Fukuyama, to «the end of history.» According to this theory, each people would henceforth head towards the same destination: the market economy and representative democracy. The universal peace that Kant dreamed of was finally becoming a real possibility.
However, a few years later, on September 11, 2001, the attack on the Twin Towers of the World Trade Center inaugurated the 21st century as loudly as the fall of the Berlin Wall had closed the 20th on November 9, 1989.
The third level of violence is that of the imaginary, currently that of postmodern violence: that which inhabits the virtual field, in horror films or video games, which we find everywhere, but mainly in countries rich. It is the violence of the 21st century. The attack on the Twin Towers is the perfect example in this regard. Recorded by cameras around the world, it concerns the collective imagination much more than the material power or property of the United States. Tenebras and Zygomares change names and register, but the desired effect remains the same.

The industrialization of the world alters the rules that prevailed when it was restricted to Western countries and Japan. A new threat hovers over the nations: the one that weighs on the planet itself, the last common good that, little by little, men discover that it is threatened. From now on the risks of collective suicide are transferred to this terrain.
Emerging countries are taking the paths taken by the West because they believe that this will in turn benefit from the promises of modern economic growth. This process of convergence is present above all in Asia. Extrapolating current trends, emerging countries could reach an average development level of $ 40,000 per capita by 2050, which is roughly the level of the United States in 2005. Such growth would allow emerging countries to multiply by four their income per capita. Assuming that the income of rich countries continues to grow at the current rate, poor countries would go from an average differential of 1 to 5 to another of 1 to 2.5. Taking into account the increase in the world population, which would go from six to nine billion inhabitants, the wealth that comes out of the bowels of the world would then multiply by a factor of 6, going from 70 billion dollars in 2005 to 420 trillion in 2050. The ecological impact that humanity is going to inflict on the planet would also increase in the same proportion.
The diagnosis has already been made often in numerous settings. Today the problem lies in its implementation. More than a decade ago, most countries joined an international treaty, the United Nations Framework Convention on Climate Change, with a view to «starting to consider what could be done to reduce global warming.»

The debate often pits supporters of growth against those of degrowth. If growth is the mechanism that allows certain goods to be produced at the lowest cost or to create new ones that improve human life, it gives the impression that it is more the solution than the problem. But you also need to take a socially useful path. Now there is a misunderstanding about modern growth which is the following. This constantly improves industrial production, which reduces the number of hours required for the production of objects and, consequently, their prices. But the number of objects does not decrease at all. Their prices are lower, but in this way their quantity continues to increase at a rapid rate. The constant reduction in price explains the rise of a throwaway economy. Once we had a watch for life, now we change it according to the color of the shirt. The same goes for cheap electronic gadgets that are given as a gift for the purchase of a magazine and that are not even opened.
Now, “this economy of the disposable is in a frontal collision trajectory with the geological limits of the planet.
The production of wealth requires raw materials, labor, and capital. Globalization tends to give a geographical definition of these categories: work is in Asia, raw materials in Africa and the Middle East, and capital continues to be the heritage of rich countries. In Marx’s language, capital has a double meaning: that of an advance of funds necessary to buy machines and hire labor, and that of control over the production process. This idea is still profound, but the way of exercising it has changed. Today, capital has become an «immaterial» asset: it is research and development (R&D), advertising, fashion, banking. They are the ones who rule the world of production today.
If poor countries play an increasing role in the production of material goods, rich countries keep an iron hand on intangible production. R&D, just to give this characteristic example, is still a matter for 95 percent rich countries. Everything is done to cure the diseases that affect them: cancer, diabetes, Alzheimer’s …, but diseases like malaria do not find a solution in the absence of solvent clients. The fact that rich countries manage immaterial flows follows a logic that unfortunately does not in any way prejudge the global public good. In the language of economists, private returns do not necessarily coincide with social returns.
The subprime crisis, since it is about it, has demonstrated the inability of financial capitalism, the supreme form of immaterial flows, to assess the dangers in which it has placed the planet.
In the case of financial markets, uniform behaviors have been the rule. All the actors have wanted to do the same. Credit cooperatives wanted to become banks, commercial banks into investment banks, the latter into hedge funds, hedge funds. No one was able to judge, from the outside, the appropriateness of the strategies adopted. And all have succumbed, at the same time, to the same disease.
And there we are. The capitalist world imposes itself from now on as the civilization that replaces all the others, without an outside look to judge its relevance. Economic and cultural interconnection is the rule and subjects each to the risk of global dysfunction.

The virtual world is not always a good guide. The cyberworld is a school of schizophrenia, between dream life and real life, between virtual violence and plain violence. At the conclusion of a video game, the laws of normal life seem painful to a teenager. Crossing a street becomes boring when the laws of gravity can no longer be defied [149]. Youth must prepare to learn the new limits of the planet. The Roman Empire died for having enclosed itself in «a shell of cognitive indifference» to the world of production. Today, what is at stake is maintaining contact between the cyberworld and the world without further ado and its real limits. For many young people who applaud the Al Gore film or join NGOs while pounding on their consoles, this link seems obvious. In his opinion, a new mental construction is underway that links the virtual world to the ecosystem. The future of the 21st century will depend on the strength of this reflection.
But the current story is but a repetition. It opens a new frontier, that of the cyber world, created by new technologies. The wars themselves become virtual. The «Third World War,» the Cold War, was won by the United States on this terrain of the new post-industrial world. The Star Wars unleashed by Ronald Reagan symbolically demonstrated to the USSR that it had lost the technological war against the United States. As it was known incapable of accepting this new challenge, the USSR sank alone, without fighting.
September 11 shows that cyberworld violence is no less deadly than the others. But that’s not the worst. The fundamental question posed by the new era of planetary communication is whether it will be able to respond to the most important question of the 21st century: to manage the announced ecological crisis and transform Western consumer norms so that they are compatible with their generalization to the whole world.
From the moment that humanity tries to escape into the cyberworld, it must make a cognitive effort as enormous as that made during the Neolithic Revolution or the Industrial Revolution to learn to live within the limits of a lonely planet. For the first time in his history, he can no longer afford to correct his mistakes later. He must mentally walk the reverse path that Europe has followed since the seventeenth century, moving from the idea of an infinite world to that of a closed universe. This effort is not impossible, not even improbable, it is simply uncertain. This same uncertainty has become the oppressive factor in human history now that, for the first time, it is betting its destiny on becoming a unique civilization.

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