Todo En Su Sitio: Primeros Amores Y Últimos Escritos— Oliver Sacks / Everything in Its Place: First Loves and Last Tales by Oliver Sacks

C8B7EFA4-2426-4734-A24D-289F7B57490D
Aprecio mucho la atención de Sacks a los detalles bioquímicos diminutos cuando se trata de curiosidades médicas. Estoy asombrado de su habilidad para ser tan técnico, y aun así escribir sin sonar pomposo.
Realmente se presenta a sí mismo como un erudito, lo que puede ser inspirador o intimidante. A veces me llegaba un límite, pero en general me inspira a aprender más, en lugar de intimidarme y hacerme pensar «¡uf, nunca podría saber tanto!»
Con mis propias empresas en mente, Historias Clínicas fue entonces mi sección favorita en general, y el ensayo de Humphry Davy obtuvo una mención de honor. ¡Qué pena, nunca antes había oído hablar de su historia! Tan interesante. Sacks hizo un trabajo fantástico al representar, a lo largo de la vida de Davy, cómo la ciencia puede tener pasión y ser romantizada y poética (aunque la escritura de Sacks en sí misma presenta esto).
Saludos desde la isla de la estabilidad también fue muy bueno. Creo que, personalmente, tengo curiosidad por lo que ya existe. Esta es una mentalidad que desearía no tener … mi tendencia a decir «¿Por qué? ¿Cuál es el punto?» Entonces, aunque era interesante leer sobre la INVENCIÓN (no el descubrimiento) de nuevos elementos, seguía pensando «¿Por qué todo el esfuerzo? ¿Para qué?» Casualmente, Sacks comentó hacia el final «Uno nunca puede decir de antemano cuál podría ser el uso práctico … de algo nuevo». Tendré que tener esto en cuenta a medida que avanzo.
Varias veces se refirió a la naturaleza de los libros / lectura: Bibliotecas, Leer la letra pequeña, La vida continúa. Estos son mis próximos favoritos. Agradezco que me animen a recoger ese libro polvoriento y esotérico en la parte trasera de la biblioteca. Sacks hizo esto, y obviamente encontró formas de usarlo en su vida, aunque solo sea para mencionar los títulos de los libros en sus ensayos. Nunca tendré tanto uso para los libros polvorientos que leo. Yo leeré un libro y me olvidaré de todo la próxima semana. Pero todavía deseo leerlo con alegría que trae el momento. Creo que Sacks entendió esto y lo alentó. Leer solo para leer.
Debo admitir, incluso como bibliófilo y alguien que personalmente se prohíbe publicar demasiado [de mi vida] en línea, sentí que él estaba un poco quejándose por el auge de la tecnología y los libros electrónicos. Dijo que no quería un libro digital, a pesar de que podría haberlo beneficiado. Como todo, requiere usarlo con determinación y con buena intención. Pero este puede ser un argumento con el que alguien se escapará, a menos que ya tenga una postura parcial en su contra para empezar. Quizás por eso Sacks fue firme en sus quejas.

La colección de ensayos póstumos de Oliver Sacks Todo en su sitio es definitivamente una caja de sorpresas: esta es una colección dispersa de ensayos sobre todo tipo de temas, desde la natación hasta el arenque, sin ningún tema unificador real que no sea el considerable entusiasmo de Sacks.
Lo que resulta ser suficiente, al menos para mí. Después de todo, he sido un admirador del trabajo del Dr. Sacks durante décadas, y este libro expone facetas de su personalidad que me sorprendieron, posiblemente más de las que deberían. En la década de 1960, por ejemplo, Sacks era un motociclista, un espíritu libre, que compró un BMW con dinero prestado y tomó esa bicicleta al este de San Francisco, recorriendo los Estados Unidos, y finalmente recorrió más de 100,000 millas sobre dos ruedas antes de renunciar a esa parte de su vida.

Mi padre decía que nadar era «el elixir de la vida», y sin duda parecía serlo para él: nadaba cada día, y solo el tiempo le hizo aminorar ligeramente sus brazadas, hasta la provecta edad de noventa y cuatro años.

Me encantaba la sensación de habitar un mundo no viviente: la belleza de los cristales, la sensación de que estaban construidos de retículas atómicas idénticas, perfectas. Por otro lado, si bien eran perfectas, la matemática encarnada, también me excitaban con su belleza sensual. Me pasaba horas estudiando los cristales amarillo claro del azufre y los cristales color malva de la fluorita –aglomerados, como gemas, igual que una visión efecto de la mescalina–, y, al otro extremo, las extrañas formas orgánicas de la hematita, que en inglés se denomina kidney ore («piedra riñón»), por lo mucho que se parece a los riñones de los animales gigantes, hasta el punto de que por un momento me preguntaba en qué museo me hallaba en ese momento.
Pero al final siempre regresaba al Museo de Ciencias, pues era el primero que había visitado.

Cuando era niño, el lugar favorito de mi casa era la biblioteca, una gran habitación forrada de roble cuyas cuatro paredes estaban recubiertas de estanterías, con una mesa sólida para escribir y estudiar en medio. Era allí donde mi padre guardaba su colección especial de libros, en cuanto erudito hebreo; allí también estaban todas las obras de Ibsen (mis padres se habían conocido en la sociedad Ibsen de estudiantes de medicina); también allí, en un solo anaquel, estaban los jóvenes poetas de la generación de mi padre, muchos de los cuales murieron en la Primera Guerra Mundial; y allí, en los estantes inferiores para que los tuviera a mi alcance, estaban los libros de historia y aventuras que pertenecían a mis tres hermanos mayores. Fue allí donde descubrí El libro de la selva de Kipling; me identificaba enormemente con Mowgli, y utilizaba sus aventuras como punto de partida para mis propias fantasías.
(1990) Yo no tenía ni idea de lo que estaba ocurriendo, no solo en la biblioteca Einstein, sino en las bibliotecas universitarias y públicas de todo el país. Me quedé horrorizado cuando hace poco visité la biblioteca y encontré las estanterías, antaño a rebosar, ahora apenas ocupadas. Al parecer, a lo largo de los años habían tirado casi todos los libros sin que nadie pusiera demasiados reparos. Me pareció que se había cometido un asesinato, un crimen: la destrucción de siglos de conocimiento. Al ver mi desazón, un bibliotecario me tranquilizó diciendo que todo lo que «valía la pena» se había digitalizado. Pero yo no uso ordenador, y me entristece profundamente la pérdida de los libros, incluso de las revistas encuadernadas, pues un libro físico tiene algo irreemplazable: su aspecto, su olor, su peso. Me acordé de cómo la biblioteca antaño atesoraba los libros «antiguos», tenía un sitio especial para los libros antiguos y raros; y de cuando, en 1967, rebuscando entre los montones, me encontré con un volumen de 1873, Megrim de Edward Liveing, que inspiró la escritura de mi primer libro.

El sueño excesivo, excesivo tanto en viveza sensorial como en la activación del contenido psíquico inconsciente –en ciertos aspectos el sueño se parece a la alucinación–, es común en la fiebre o el delirio, en la reacción a muchas drogas (opiáceos, cocaína, anfetamina, etc.), y en el síndrome de abstinencia o rebote del REM. Un onirismo desenfrenado semejante puede aparecer al comienzo de alguna psicosis, donde un sueño inicial enloquecido u obsesivo, como el rugido de un volcán, puede ser la primera insinuación de la erupción inminente.
Para Freud, soñar era el «camino real» al inconsciente. Soñar, para un médico, puede que no sea un camino real, pero sí un desvío a diagnósticos y descubrimientos inesperados, y a inesperadas intuiciones de cómo les va a nuestros pacientes. Es un desvío lleno de fascinación, y no deberíamos ignorarlo.
Las alucinaciones, ya sean reveladoras o banales, no son de origen sobrenatural, sino que forman parte del ámbito normal de la conciencia y la experiencia humanas. Ello no significa que no puedan desempeñar un papel en la vida espiritual o no tengan un gran significado para un individuo. Pero aunque es comprensible que se le pueda atribuir un valor, y a partir de ellas arraigar creencias o construir relatos, las alucinaciones no pueden ser la prueba de la existencia de seres o lugares metafísicos. Solo prueban la capacidad del cerebro para crearlos.

Antes incluso de estudiar medicina, mis padres, ambos médicos, me enseñaron una verdad esencial a la hora de ejercer: que ser médico es mucho más que emitir diagnósticos y recetar tratamientos; te hace partícipe de algunas de las decisiones más íntimas de la vida de un paciente, y eso exige una delicadeza y una sensatez considerables, por no hablar de buen juicio y conocimientos médicos. Cuando nos encontramos con una enfermedad grave, que podría amenazar o alterar la vida de un paciente, ¿qué debemos decirle a este, y cuándo? ¿Cómo decírselo? Y, ante todo, ¿debemos decírselo? Toda situación es compleja, pero, por lo general, los pacientes quieren saber la verdad, por terrible que sea. Pero quieren que se les revele con tacto, transmitiendo, si no esperanza, al menos el consejo de cómo vivir lo que les queda de la manera más digna y satisfactoria posible.
Decirle la verdad a un paciente cuando este padece demencia entraña una complejidad mucho mayor, pues no solo se está insinuando una sentencia de muerte, sino un futuro de declive mental, confusión y, finalmente, hasta cierto punto, pérdida de la identidad.

Tras haber trabajado de neurólogo en residencias de ancianos y hospitales de enfermedades crónicas durante casi cincuenta años, he visto miles de pacientes con la enfermedad de alzhéimer y otras demencias, y lo que más me sorprende es la inmensa diversidad de su presentación clínica, a pesar del hecho de que casi todos estos pacientes sufren procesos que son patológicamente parecidos. Se puede observar una disposición caleidoscópica de síntomas y disfunciones que nunca se repiten exactamente en dos personas cualesquiera. Las disfunciones neurológicas interactúan con todo lo que es específico y único en un individuo: sus puntos fuertes y débiles preexistentes, sus capacidades intelectuales, sus aptitudes, su experiencia vital, su carácter, su manera de ser habitual y las situaciones concretas de su vida.
La enfermedad de alzhéimer a veces se presenta como un síndrome completo, pero más a menudo comienza con unos síntomas aislados tan concentrados que al principio se puede sospechar que se trata de un pequeño ictus o un tumor; solo posteriormente se hace evidente la naturaleza generalizada de la enfermedad (de ahí que muchas veces no se consiga diagnosticar el alzhéimer al principio). Los primeros síntomas, aparezcan individualmente o en grupo, suelen ser sutiles. Puede tratarse leves problemas de lenguaje o memoria: por ejemplo, dificultades a la hora de recordar los nombres propios; sutiles problemas perceptivos, como ilusiones o percepciones erróneas momentáneas; o sutiles problemas intelectuales, como dificultades a la hora de entender un chiste o seguir un argumento. Pero en general las primeras funciones que suelen quedar afectadas son las de evolución más reciente: las complejas funciones asociativas.
En estas primeras fases, las disfunciones suelen ser fugaces y momentáneas (como ocurre con los cambios electroencefalográficos: a veces hay que analizar una hora de registros encefalográficos para encontrar un segundo de anormalidad). Pero no tardan en aparecer alteraciones más llamativas de la cognición, la memoria, el comportamiento y el discernimiento, así como desorientación en el espacio y en el tiempo, hasta que todas convergen en una demencia generalizada profunda. A medida que la enfermedad avanza, suelen aparecer alteraciones sensoriales y motoras, junto con espasticidad y rigidez, mioclono y a veces ataques, y en ocasiones parkinsonismo. En algunas personas puede provocar preocupantes cambios de personalidad e incluso un comportamiento violento.

Tenemos tendencia a considerar los hospitales mentales como pozos de serpientes, infiernos de caos y sufrimiento, sordidez y brutalidad. Ahora casi todos están destruidos y abandonados, y nos sacude un estremecimiento de terror cuando pensamos en las personas que alguna vez se vieron confinadas en sitios así. Por lo tanto, resulta saludable escuchar la voz de una interna, una tal Anna Agnew, a la que se declaró loca en 1878 (en aquellos días, esas decisiones las tomaba un juez, no un médico) y se la «recluyó» en el Hospital para Enfermos Mentales de Indiana. Anna ingresó en el hospital después de haber llevado a cabo varios intentos de suicidio cada vez más enloquecidos e intentado matar a uno de sus hijos con láudano. La mujer se sintió profundamente aliviada cuando la institución la encerró como protección, y sobre todo cuando se reconoció su propia locura.

Escribir debería ser accesible en el mayor número de formatos posibles: George Bernard Shaw llamaba a los libros la memoria de la raza. No deberíamos permitir que desaparezca ningún tipo de libro, pues todos somos singulares, y tenemos necesidades y preferencias altamente individualizadas, preferencias integradas en nuestro cerebro a todos los niveles, y nuestras estructuras y redes neuronales individuales crean un vínculo profundamente personal entre autor y lector.

Está claro que la naturaleza apela a algo muy profundo en nosotros. La biofilia, el amor a la naturaleza y a las cosas vivas, es una parte esencial de la condición humana. La hortofilia, el deseo de interactuar con la naturaleza, manejarla y atenderla, es algo también muy arraigado en nosotros. El papel que desempeña la naturaleza en la salud y la curación es todavía más vital en el caso de personas que trabajan largas jornadas en oficinas sin ventanas, o para aquellos que viven en barrios sin acceso a espacios verdes, para los niños de las escuelas urbanas o para aquellos que residen en instituciones como puede ser una residencia de ancianos. Los efectos de la naturaleza sobre la salud no son solo espirituales y emocionales, sino también físicos y neurológicos. No me cabe duda de que reflejan profundos cambios en la fisiología del cerebro, y quizá incluso en su estructura.

A medida que se acerca la muerte, uno podría consolarse pensando que la vida continuará…, no la suya, sino la de sus hijos, o la de lo que ha creado. Al menos podemos depositar nuestras esperanzas en ello, aunque no haya ninguna esperanza para nuestro yo físico ni (para aquellos que no son creyentes) ninguna conciencia de supervivencia «espiritual» tras la muerte del cuerpo.
Pero puede que no sea suficiente crear, aportar, haber influido en los demás, si uno considera, como me ocurre en la actualidad, que la propia cultura que lo ha alimentado y a la que uno ha correspondido dando lo mejor de sí se ve amenazada.

Libros del autor comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2016/03/22/en-movimiento-una-vida-oliver-sacks/

https://weedjee.wordpress.com/2019/06/03/el-rio-de-la-conciencia-oliver-sacks-the-river-of-consciousness-by-oliver-sacks/

https://weedjee.wordpress.com/2021/04/23/todo-en-su-sitio-primeros-amores-y-ultimos-escritos-oliver-sacks-everything-in-its-place-first-loves-and-last-tales-by-oliver-sacks/

—————–

EDFC4892-A717-4F8E-AA42-E856BAD56B1D

I greatly appreciate Sacks’ attention to the minute, biochemical details when it comes to medical curiosities. I’m amazed at his ability to be so technical, yet still write without sounding pompous.
He truly presents himself as a polymath, which can either be inspiring or intimidating. It bordered sometimes for me, but overall he inspires me to learn more, instead of intimidating me into thinking «ugh, I could never know this much!»
With my own ventures in mind, the Clinical Tales then was thus my favorite section overall, with the Humphry Davy essay getting an honorable mention. Shame, I’ve never heard of his story before! So interesting. Sacks did a fantastic job depicting, through Davy’s life, how science can have passion and be romanticized and poetic (though, Sacks’ writing itself presents this).
Island of Stability was also very good. I think I, personally, possess a curiosity for what already exists. This is a mindset I wish I didn’t possess… my tendency to say «Why? What’s the point?» So, while interesting to read of the INVENTION (not discovery) of new elements, I kept thinking «Why all the effort? For what?» Coincidentally, Sacks commented toward the end «One can never tell in advance what the practical use… of anything new might be». I’ll have to keep this in mind as I go on myself.
Several times he touched on the nature of books/reading: Libraries, Reading the Fine Print, Life Continues. So these are my next favorites. I appreciate being encouraged to pick up that dusty, esoteric book way in the back of the library. Sacks did this, and he obviously found ways to use it in his life, even if just to mention the books’ titles in his essays. I’ll never have such use for the dusty books I read. Me, I’ll read a book and forget everything about it the next week. But I still desire to read it for joy it brings in the moment. I believe Sacks understood this and encouraged this. Reading just to read.
I must admit, even as a bibliophile and someone who personally forbids herself to post too much [of my life] online, I felt he was a little gripe-y about the rise of technology and ebooks. He said he didn’t want an ereader, even though it could have benefited him. As with everything, it requires using it purposefully and with good intention. But this may be an argument that someone will run away with, unless they already have a partial stance against it to begin with. Maybe that’s why Sacks’ was staunch in his complaints.

Oliver Sacks’ posthumous essay collection Everything in Its Place is definitely a grab-bag—this is a scattershot collection of essays on all sorts of topics, from swimming to herring, with no real unifying theme other than Sacks’ own considerable enthusiam.
Which turns out to be enough, at least for me. I’ve been an admirer of Dr. Sacks’ work for decades, after all, and Everything in Its Place exposes facets of his personality that surprised me—possibly more than they should have. In the 1960s, for example, Sacks was a motorcyclist—a free spirit, who bought a BMW with borrowed money and took that bike east from San Francisco, touring the U.S., eventually putting in more than 100,000 miles on two wheels before relinquishing that part of his life.

My father said that swimming was «the elixir of life,» and it certainly seemed to be for him: he swam every day, and only time slowed his strokes slightly, until he was ninety-four years old.

I loved the feeling of inhabiting a non-living world: the beauty of the crystals, the feeling that they were made of identical, perfect atomic grids. On the other hand, although they were perfect, the embodied mathematics, they also turned me on with their sensual beauty. I spent hours studying the light yellow crystals of sulfur and the mauve crystals of fluorite – agglomerated, like gems, like an effect vision of mescaline – and, at the other extreme, the strange organic forms of hematite, which in English is called kidney ore («kidney stone»), because it resembles the kidneys of giant animals, to the point that for a moment I wondered which museum I was in at that time.
But in the end he always returned to the Science Museum, as it was the first one he had visited.

When I was a child, my favorite place in my house was the library, a large oak-lined room whose four walls were lined with bookshelves, with a solid table for writing and studying in the middle. It was there that my father kept his special collection of books, as a Hebrew scholar; there were also all the works of Ibsen (my parents had met in the Ibsen society of medical students); Also there, on a single shelf, were the young poets of my father’s generation, many of whom died in the First World War; and there, on the lower shelves for me to have at my fingertips, were the history and adventure books that belonged to my three older brothers. It was there that I discovered Kipling’s The Jungle Book; I greatly identified with Mowgli, and used his adventures as a starting point for my own fantasies.
(1990) I had no idea what was happening, not only in the Einstein library, but in university and public libraries across the country. I was horrified when I recently visited the library and found the bookshelves, once overflowing, now barely occupied. Apparently, over the years they had thrown away almost all of the books without much objection. It seemed to me that a murder had been committed, a crime: the destruction of centuries of knowledge. Seeing my unease, a librarian reassured me that everything «worthwhile» had been digitized. But I don’t use a computer, and I am deeply saddened by the loss of books, even bound magazines, because a physical book has something irreplaceable: its appearance, its smell, its weight. I remembered how the library once housed «old» books, it had a special place for old and rare books; and from when, in 1967, rummaging through the piles, I came across an 1873 volume, Edward Liveing’s Megrim, which inspired the writing of my first book.

Excessive sleep, excessive both in sensory vividness and in the activation of the unconscious psychic content – in certain aspects the dream resembles hallucination – is common in fever or delirium, in the reaction to many drugs (opiates, cocaine, amphetamine, etc.), and in REM withdrawal or rebound syndrome. Such unbridled dreaming may appear at the beginning of some psychosis, where an initial maddening or obsessive dream, like the roar of a volcano, may be the first hint of an impending eruption.
For Freud, dreaming was the «royal road» to the unconscious. Dreaming, for a doctor, may not be a royal road, but it is a detour to unexpected diagnoses and discoveries, and unexpected insights into how our patients are doing. It is a detour full of fascination, and we should not ignore it.
Hallucinations, whether revealing or banal, are not supernatural in origin, but are part of the normal realm of human consciousness and experience. This does not mean that they cannot play a role in spiritual life or do not have great significance for an individual. But although it is understandable that a value can be attributed to it, and based on them to root beliefs or build stories, hallucinations cannot be proof of the existence of metaphysical beings or places. They only test the brain’s ability to create them.

Before even studying medicine, my parents, both doctors, taught me an essential truth when it comes to practicing: that being a doctor is much more than making diagnoses and prescribing treatments; it makes you a participant in some of the most intimate decisions in a patient’s life, and that requires considerable finesse and good sense, not to mention good judgment and medical knowledge. When we encounter a serious illness, which could threaten or alter the life of a patient, what should we say to him, and when? How to tell them? And above all, should we tell them? Every situation is complex, but in general, patients want to know the truth, no matter how dire. But they want it to be tactfully revealed to them, conveying, if not hope, at least advice on how to live what remains to them in the most dignified and satisfying way possible.
Telling the truth to a patient when he or she suffers from dementia involves a much greater complexity, as not only is a death sentence being hinted at, but a future of mental decline, confusion and, finally, to some extent, loss of identity.

Having worked as a neurologist in nursing homes and chronic disease hospitals for almost fifty years, I have seen thousands of patients with Alzheimer’s disease and other dementias, and what strikes me most is the immense diversity of their clinical presentation, despite from the fact that almost all of these patients suffer from processes that are pathologically similar. A kaleidoscopic arrangement of symptoms and dysfunctions can be observed that are never exactly repeated in any two people. Neurological dysfunctions interact with everything that is specific and unique in an individual: their pre-existing strengths and weaknesses, their intellectual capacities, their aptitudes, their life experience, their character, their habitual way of being and the concrete situations of their life.
Alzheimer’s disease sometimes presents as a complete syndrome, but more often it begins with isolated symptoms so concentrated that at first it may be suspected that it is a small stroke or tumor; only later does the generalized nature of the disease become apparent (hence, many times it is not possible to diagnose Alzheimer’s at first). The first symptoms, appearing individually or in groups, are usually subtle. Mild language or memory problems can be treated: for example, difficulties in remembering proper names; subtle perceptual problems, such as momentary illusions or misperceptions; or subtle intellectual problems, such as difficulties understanding a joke or following an argument. But in general the first functions that are usually affected are those of more recent evolution: the complex associative functions.
In these early stages, the dysfunctions are usually fleeting and momentary (as with EEG changes: sometimes an hour of encephalographic recordings have to be analyzed to find one second of abnormality). But it doesn’t take long for more striking alterations in cognition, memory, behavior, and discernment, as well as disorientation in space and time, to appear, until they all converge in profound generalized dementia. As the disease progresses, sensory and motor disturbances often appear, along with spasticity and rigidity, myoclonus and sometimes seizures, and occasionally parkinsonism. In some people it can cause worrying personality changes and even violent behavior.

We tend to regard mental hospitals as snake pits, hells of chaos and suffering, squalor and brutality. Now almost all of them are destroyed and abandoned, and we are shaken by a shudder of terror when we think of the people who were once confined to places like this. Therefore, it is healthy to hear the voice of an inmate, one Anna Agnew, who was declared insane in 1878 (in those days, those decisions were made by a judge, not a doctor) and «confined» to the hospital. Indiana Hospital for the Mentally Ill. Anna was admitted to the hospital after having made several increasingly maddened suicide attempts and attempted to kill one of her children with laudanum. The woman was deeply relieved when the institution locked her up for protection, and especially when her own madness was recognized.

Writing should be accessible in as many formats as possible: George Bernard Shaw called books the memory of the race. We should not allow any type of book to disappear, as we are all unique, with highly individualized needs and preferences, preferences embedded in our brains at all levels, and our individual neural structures and networks create a deeply personal bond between author and reader.

It’s clear that nature appeals to something very deep in us. Biophilia, the love of nature and living things, is an essential part of the human condition. Horticulture, the desire to interact with nature, manage it and take care of it, is also something very ingrained in us. The role that nature plays in health and healing is even more vital for people who work long hours in windowless offices, or for those who live in neighborhoods without access to green space, for children in urban schools or for those who reside in institutions such as a nursing home. The effects of nature on health are not only spiritual and emotional, but also physical and neurological. I have no doubt that they reflect profound changes in the physiology of the brain, and perhaps even its structure.

As death draws near, one might console oneself with the thought that life will go on … not his own, but his children’s, or what he has created. We can at least pin our hopes on it, even if there is no hope for our physical selves or (for those who are not believers) any consciousness of «spiritual» survival after the death of the body.
But it may not be enough to create, contribute, have influenced others, if one considers, as it happens to me today, that the very culture that has fed it and to which one has responded by giving the best of oneself is threatened.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2016/03/22/en-movimiento-una-vida-oliver-sacks/

https://weedjee.wordpress.com/2019/06/03/el-rio-de-la-conciencia-oliver-sacks-the-river-of-consciousness-by-oliver-sacks/

https://weedjee.wordpress.com/2021/04/23/todo-en-su-sitio-primeros-amores-y-ultimos-escritos-oliver-sacks-everything-in-its-place-first-loves-and-last-tales-by-oliver-sacks/

10 pensamientos en “Todo En Su Sitio: Primeros Amores Y Últimos Escritos— Oliver Sacks / Everything in Its Place: First Loves and Last Tales by Oliver Sacks

  1. Wow David, this post is just so beautifully written. I think I enjoyed this one the most….the language, the emotions all so beautiful and profound….I loved the part where you mentioned your dad and how he felt swimming was the elixir of life…..I love the way you describe/narrate things. It’s really very very very good….

  2. Genial el artículo. Yo escribí una breve historial de la medicina psiquiátrica en mi web, aunque Sacks era neurólogo, donde intento mostrar la evolución de esta ciencia tan compleja. Creo que gracias a su talante tolerante y curioso él se asemeja más a un psicólogo que a un psiquiatra, ya que los primeros trabajamos con la conducta y los segundos con patologías puras, y Sacks constantemente explora el porqué del comportamiento; en cualquier caso, un mezcla maravillosa de ciencia y humanismo.
    Weedjee eres un crack!

    Psiquiatría: breve historia de los médicos de las enfermedades mentales (historia de las psi, Parte 2)

  3. Encantado David, yo soy muy aficionado a los libros también, te diría que me produce casi más placer comprarlos y mirarlos casi que leerlos (me pasa igual con los instrumentos musicales) 🙂 Saludos desde el sur!

    • Te entiendo perfectamente Mario, con los libros me sucede eso también, a veces una portada, en fin es una droga de atracción incalificable a todo ello instrumentos musicales. Eres un polifacético, la verdad yo siempre quise tocar la guitarra como Mark Knopfler pero no pude… fue una frustración pero… Saludos David

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.