Ruta De Escape — Philippe Sands / The Ratline: Love, Lies, and Justice on the Trail of a Nazi Fugitive by Philippe Sands

Se le quebró la voz y, por un momento, dejó escapar unas lágrimas.
«No es verdad».
«¿Qué no es verdad?»
«Que mi padre muriera de una enfermedad.»
Los troncos de la estufa chisporrotearon. Observé la condensación de su aliento.
Hacía cinco años que conocía a Horst. Y él eligió ese momento para compartir conmigo un secreto, la creencia de que su padre había sido asesinado.
«¿Cuál es la verdad entonces?».

Para mí, fue sorprendente leer sobre el régimen nazi de una manera que no centraba a Hitler. Él todavía está allí, por supuesto, en su papel de honor en el corazón de todas las cosas, apareciendo en las fotos familiares y adorado por Charlotte en particular. Pero el valor en este tipo de historia es la falta de distancia. Cuando lees libros académicos sobre el período, ves los nombres de los líderes nazis, lees sobre sus roles y las decisiones que tomaron, te muestran las horribles consecuencias. más claro que estos hombres fueron amados. Tenían familia, vivían vidas con altibajos personales completamente separados del “trabajo”. Hay una diferencia real entre ver las formas en que se desarrolló el culto público al Führer y mirar detrás de las cortinas. Horst tiene fotos de sí mismo cuando era niño con los grandes jugadores en los días fuera o durante las celebraciones. Mientras los judíos y otros “indeseables” eran “reasentados” [encarcelados / exterminados], esposas como Charlotte Wächter van al teatro o a la ópera. En una ocasión va de compras a un gueto judío. ¿Cuál fue su poder adquisitivo allí, me pregunto? ¿Efectivo, influencia o amenaza? Obliga a un cambio de perspectiva y es extremadamente incómodo. Obviamente, hay cuestiones de privilegio, riqueza y poder, la familia Wächter estaba bastante bien conectada, pero es un recordatorio de que la vida “normal” todavía estaba sucediendo para algunos. Es fácil caer en la trampa de ver a los nazis como a menudo se los retrata en las películas y en la televisión. En cambio, lo que vemos aquí es mucho peor, la “banalidad del mal” de Hannah Arendt en plena exhibición.
La burocracia es un escudo, una excusa para esconderse detrás, y es algo que Horst usa repetidamente. Está tan desesperado por creer que su padre no era un monstruo que tiene una respuesta para cada prueba de lo contrario. Es frustrante verlo. Pero si hay una lección en esto, es que nadie sale limpio. Las acciones de algunos dentro de la Iglesia Católica para ayudar a escapar a los nazis prominentes son relativamente bien conocidas, la medida en que los gobiernos de Estados Unidos y el Reino Unido participaron quizás menos. Sabes cuando ves un programa de crímenes y la gente consigue un trato si se da la vuelta con otra persona o ayuda de alguna manera … imagina eso a gran escala, pero con personas que han cometido el tipo de atrocidades que no te imaginas. alguna vez salirse con la suya. Si tenían algo que pudiera ayudar a la nueva guerra contra el poder soviético cada vez más aterrador, bueno … La política del poder triunfa sobre la justicia. Qué pequeñas cosas han cambiado.
En esta historia bien investigada, compleja e íntimamente detallada, Sands muestra una vez más el poder y la relevancia de la gran erudición histórica. Pero su relato no termina aquí. Increíblemente, este entrelazamiento de su vida con la de sus súbditos continúa a través de la línea telefónica a Argentina y la acusación y arresto de Pinochet en Londres. Un último libro para completar la trilogía.

1. ¿Por qué se presta tan poca atención a los asesinatos en masa y los crímenes de lesa humanidad cometidos por Otto Waechter? El escritor es abogado, seguramente podría haber compartido su valoración jurídica. No tengo ninguna duda de que el señor Waechter es tan culpable como puede serlo, pero el libro realmente no entra en detalles. Hay referencias a Waechter creando guetos en Krakau y Lviv, pero cuán involucrado estaba, qué pensó y contribuyó, es un autógrafo suficiente, cómo funciona el principio legal de responsabilidad de mando en la práctica, si hubiera sido llevado a Nuremberg qué ¿Se habría presentado evidencia?
2. La psicología del hijo. Habría sido interesante saber qué explica por qué Horst, el hijo del criminal nazi, sigue sin estar convencido de la culpabilidad de su padre, incluso frente a pruebas indiscutibles.

Otto no era el cerebro que estaba detrás del golpe de julio, y que este había sido planeado por miembros de las SS austriacas de manera incompetente y sin el liderazgo adecuado. Otto intentó acceder al Ballhaus al menos tres veces, pero no pudo entrar. Sin embargo, en otra conversación, Charlotte le dio una versión distinta a su tía Lola Matsek. Sí, Otto estaba «metido» en la trama, y solo una serie de desafortunadas circunstancias se confabularon para impedirle entrar en el Ballhaus. La muerte de Dollfuss fue involuntaria. «Si tienes una pistola y ves a alguien salir corriendo, disparas».
Otto había cruzado por tercera vez la frontera de la delincuencia. Acusado de alta traición por el Estado austriaco, se convirtió en un hombre perseguido, y desapareció, dejando a Charlotte sola con dos niños pequeños.

A Otto le ofrecieron un nuevo trabajo en la Hauptamt –la Oficina Principal– del Sicherheitsdienst des Reichsführers-SS (o SD), el servicio de inteligencia de las SS. En su expediente constaba que tenía un carácter abierto e inteligente, perfecto para la «oficina de servicios de espionaje y vigilancia», como la llamaba Charlotte. Empezó a trabajar, pues, en la División Criminal del SD, en el número 8 de Prinz-Albert-Strasse, un edificio que el servicio de inteligencia compartía con la Gestapo y las SS.
Fue allí donde Otto entró en la órbita de Reinhard Heydrich, el director del SD, y Heinrich Himmler, recientemente nombrado por Hitler jefe del servicio de policía alemán. El SD era un lugar de trabajo para individuos distinguidos y altamente cualificados que, en su momento, estaban destinados a alcanzar los niveles superiores del poder en los territorios ocupados por el Reich. En el archivo federal de Berlín encontré el Directorio de Personal de la Oficina Principal del SD correspondiente a enero de 1937, donde aparecía el nombre de Otto. Entre sus colegas en aquella reducida organización con un propósito tan claramente definido figuraban el SS-Hauptscharführer Adolf Eichmann y el SS-Unterscharführer Karl Hass.
No había ningún indicio de que Otto no estuviera encantado de trabajar allí, aunque posteriormente Charlotte afirmaría que en realidad a él nunca le había gustado mucho ese trabajo.
En 1937, Otto fue ascendido a SSObersturmbannführer , y asimismo procuró dar otros pasos necesarios para allanar el camino hacia los estamentos superiores. Cuando examiné su historial personal en las SS, tuve ocasión de leer una carta que escribió en abril de ese año, en la que se ponía plenamente al servicio del Führer: «Por la presente informo de que el día 15 de este mes he presentado mi renuncia a la Iglesia católica romana.» Y firmaba: «Heil Hitler ! Wächter.» Se declaraba gottgläubig , es decir, comprometido con una vida de piedad y moralidad pero sin afiliarse a ninguna religión formal. Se trataba de una idea promovida por Heinrich Himmler para reflejar una dedicación total a los ideales del SD y las SS, y al Führer.

… Su padre tuvo un papel en los terribles acontecimientos acaecidos en la Polonia ocupada durante la guerra. Pero no, él no tenía ninguna culpabilidad penal por los horrores que ocurrieron, de los que no era ni podía ser responsable dado su «carácter decente». Es cierto que había documentos incriminatorios del período de su mandato como gobernador en Cracovia y Lemberg, pero la firma de Otto no aparecía en ellos.
El 17 de octubre, por recomendación de Seyss-Inquart, Otto fue nombrado administrador jefe del distrito de Cracovia. Él se mostró encantado, al igual que Charlotte. «Llena de alegría por el cambio de puesto, con la esperanza de tener un cometido mejor».
Otto se convirtió en gobernador de Cracovia unos días después de la famosa Sonderaktion Krakau. En respuesta a una exhibición pública de carteles prohibidos para conmemorar el día nacional de la independencia de Polonia –de la que Otto informó puntualmente al gobernador general–, Frank ordenó que en cada casa donde hubiera colgado un cartel se detuviera a un residente varón y luego se le fusilara. Como «medida preventiva», Otto detuvo a ciento veinte «rehenes».
El decreto de Otto exigía que todos los judíos que quedaban en Cracovia se mudaran al gueto, bajo pena de muerte si no lo hacían. Miles de ellos fueron obligados a abandonar sus hogares en el distrito de Kazimierz, al otro lado del Vístula, para trasladarse al de Podgorze. Los residentes no judíos que vivían en el área del gueto fueron reubicados en otros lugares. Los feligreses de la iglesia católica de San José, situada justo en la parte exterior del muro del gueto, manifestaron su oposición, pero Otto rechazó todas sus solicitudes. Otto le dijo al párroco que tenía suerte de que no se hubiera incluido su iglesia en el gueto.

¿Tenía Otto algún reparo sobre su trabajo en Cracovia? Si fue así, no quedó reflejado en ninguna de las numerosas cartas y postales que envió a Charlotte y a otros.
Una de ellas, escrita poco después de ordenar la construcción del gueto de Cracovia, confirmaba su compromiso con los principios que encarnaba su gobierno. Era una respuesta a una misiva de su padre, Josef, que recababa su atención sobre las tribulaciones de un conocido. La hija de Herr Otto Schremmer se había casado con un judío y tenía una niña pequeña que estaba sometida a las leyes judías.
En la primavera de 1945, Otto Wächter desapareció por segunda vez. Setenta años después, un festival celebrado en Nueva York albergó el estreno del documental en el que su hijo desempeñaba un destacado papel. Una escena de la película, y la reacción de Horst ante ella, actuarían como catalizadores de una cadena de acontecimientos que finalmente harían que este me diera acceso a los papeles de Charlotte.

Otto obtuvo un carné de afiliado a Freies Österreich («Austria Libre»), una organización clandestina que había sido declarada ilegal durante el período nazi. El documento, sin fecha, llevaba el nombre del doctor Werner, un profesor de idiomas de Viena. La foto, sin embargo, era del joven Otto en uniforme, y se hizo en la década de 1930, cuando este tuvo que huir tras el golpe de julio. Wächter tenía un segundo documento de identidad a nombre de Werner, este expedido por la sede de la policía de Viena el 4 de febrero de 1946. La fotografía era más reciente: una foto de perfil de Otto con ropa civil y la mirada baja. La tarjeta llevaba el sello de las policías de Viena y de Salzburgo, en los cuatro idiomas de control: alemán, inglés, francés y ruso. Según declaraba el documento, Oswald medía un metro setenta y ocho de estatura –cuatro centímetros menos que la estatura mencionada en su expediente de las SS–, y tenía el cabello rubio, ojos azules y rostro «ovalado», sin rasgos distintivos. La identificación probaba su ciudadanía austriaca, pero era «Válida solo en Austria».

La vida de Otto terminó la noche del 13 de julio de 1949. Dos días después Charlotte llegaba a Roma, y la mañana del día siguiente, 16 de julio, conocía al hombre en cuyos brazos había muerto su esposo. Este le entregó una nota en un membrete oficial, con su escudo –cuya divisa rezaba Ecclesiae et Nationi, «Por la Iglesia y la Nación»–, una dirección y un sello, «Assistenza Austriaca». «Yo confirmo que el Dr. Otto Gustav Freiherr von Wächter el 13 de julio a las 23 horas, en el Hospital del Espíritu Santo, dejó esta vida en mis brazos y en paz con el Señor.» La nota llevaba la firma del «Obispo Alois Hudal» escrita con trazo amplio y firme.
Otto había sido retirado del cementerio de Campo Verano unas semanas antes, a petición de su viuda, para que los restos pudieran ser transferidos a un mausoleo en Palermo, la capital de Sicilia. Las autoridades italianas dieron su aprobación, y a continuación alguien exhumó el ataúd, lo cargó en un automóvil y se lo llevó. El destino autorizado era Sicilia, pero los restos jamás llegaron allí. La policía italiana sospechaba que Frau Wächter se había llevado el automóvil y los restos a Berlín, para su posterior enterramiento en dicha ciudad. Pero las autoridades alemanas negaban tal pretensión: nadie había pedido ni obtenido los permisos necesarios para ello, por lo que resultaba imposible que Otto hubiera sido enterrado en Alemania.
Esta era la tercera desaparición de Otto, después de las de 1934 y 1945. Horst me explicó lo que había sucedido.

El último entierro de Otto Wächter, el de 1974, tuvo lugar veinticinco años después de que Charlotte regresara de Roma a Salzburgo. Hizo ese viaje con el corazón destrozado y los papeles que Otto había dejado en el Hospital del Espíritu Santo y en el monasterio de Vigna Pia: un dietario de 1949, una lista de contactos en Roma, y varias notas sobre las personas con las que había mantenido encuentros y la correspondencia que había enviado y recibido durante los setenta y seis días que había permanecido en Roma. Charlotte conservó los papeles, que tras su muerte pasaron a Horst.
Entre los documentos se incluía una carta de una sola página escrita por Otto: era su testamento, firmado como «Alfredo Reinhardt». «Roma, según fecha del matasellos», había mecanografiado en el documento, que iba dirigido a un tal «Apreciado doctor».
En las cartas de Otto a Charlotte también se mencionaba a «Ladurner», un antiguo apellido del Tirol del Sur. No pude encontrar a nadie con ese nombre que estuviera activo en Roma o el Tirol del Sur en 1949, aunque sí descubrí que Buko tenía a un joven camarada con ese nombre en la División Karstjäger. Gracias a los papeles de Charlotte, era posible comparar la escritura de «Ladurner» con las de otras personas, y esta exhibía una asombrosa similitud con la de Walter Rafelsberger, el antiguo camarada de Otto y comisario de Estado como él tras el Anschluss. Así pues, mi conclusión es que «Ladurner», muy probablemente, era Rafelsberger.

«El Vaticano protege a los criminales fascistas», declaraba el periódico comunista L’Unità . El cuerpo de Wächter, informaba el artículo, era «como un fénix árabe»: sin duda existía, pero nadie sabía dónde estaba; el diario añadía que Otto había muerto en la cama número nueve de la Sala Baglivi del Hospital del Espíritu Santo, y que monseñor Hudal le había «administrado los sacramentos». Presuntamente, tales hechos eran prueba de connivencia entre los fascistas, los nazis y la jerarquía católica. Se decía que Wächter había estado viviendo tranquilamente en el Instituto Anima, * que había disfrutado de «generosos subsidios» del Vaticano e incluso había compartido varias comidas con sus anfitriones.
Varios periódicos identificaban la causa de la muerte como una afección hepática. Otto se había bañado en unas instalaciones próximas al foro de Mussolini, informaba uno de ellos, ignorando las «órdenes categóricas» de no nadar en el río Tíber. Muerte debida a la práctica de la natación, por hepatitis ictérica, concluía otro periódico, agravada por la contaminación de las aguas del río.
L’Unità ofrecía detalles del funeral, al que había asistido «la flor y nata de las SS». Mencionaba dos nombres en concreto, ninguno de los cuales aparecía en las cartas que yo había leído hasta entonces: el comandante Wilhelm Friede, un alto mando de las SS, y un alemán llamado Lauterbacher, del que se decía que vivía en un «instituto religioso» en Roma. Este último era el nombre del lugarteniente del jefe de las Juventudes Hitlerianas, Baldur von Schirach, antiguo camarada de Otto, que, tras ser juzgado en Núremberg, pasaría veinte años en la cárcel de Spandau.

El obispo Hudal acabaría renunciando dos años más tarde a causa del asunto Wächter.
Pero ¿quién era el obispo Hudal y cuál fue exactamente su relación con Otto? Esa era la pregunta a la que ahora iba a dedicar mi atención.
Los documentos que dejó Otto contenían numerosas referencias al obispo Hudal. Algunas eran explícitas; otras estaban en clave.
En la entrada de su dietario correspondiente a las «13 h» del viernes 29 de abril, Otto escribió «Excel.», subrayando el término. Esta era muy probablemente una referencia a Su Excelencia el obispo Hudal. Por separado, mantenía una lista de direcciones y contactos en Roma, con un total de treinta y cinco nombres escritos en cuatro hojas de papel amarillo. Había dos entradas para el obispo Hudal, con la dirección de via della Pace, 20 –correspondiente al Instituto Anima–, y un número de teléfono, el 51130. En un tercer documento, Otto enumeraba a todas las personas a las que había conocido en Roma desde su llegada el 29 de abril. El nombre del obispo Hudal aparecía varias veces.
En 1960, el secuestro de Adolf Eichmann en Argentina suscitó un renovado interés en el papel de Hudal y provocó una tremenda atención en torno a Otto. Entre los papeles de Charlotte figuraba un artículo periodístico en el que se informaba de que el obispo Hudal había conocido a Josef Wächter, y otro donde se sugería que Otto había muerto por envenenamiento, que había sido un asesinato. El mismo artículo planteaba también otra posibilidad: que Otto Wächter no estuviera realmente muerto, que se hubiera utilizado a un doble para permitirle escapar. Cuando se lo mencioné a Horst, se le escaparon las lágrimas.
El obispo Hudal murió en mayo de 1963, y la prensa austriaca se hizo eco de su muerte. Charlotte había conservado los artículos. Die Presse señalaba que el réquiem por el obispo Hudal había sido celebrado por el obispo auxiliar de Viena, su sucesor en el puesto de rector del Anima. Otro periódico señalaba, erróneamente, que entre los asistentes al funeral del obispo se encontraba el cardenal Pizzardo, que había sido quien el 20 de julio de 1933 había negociado el concordato entre el Vaticano y el Reich alemán, en el que también había participado el obispo. Alois Hudal fue enterrado en el Vaticano.
Pasaron trece años. En 1976 se publicaron en Austria las memorias póstumas del obispo Hudal. Römische Tagebücher: Lebensbeichte eines alten Bischofs («Diarios de Roma: confesiones de un viejo obispo») presentaba una autentica letanía de quejas sobre los papas Pío XI y Pío XII.

¿Cree que Otto Wächter pudo haber sido envenenado?»
Le formulé la pregunta al profesor David Kertzer, en cuyo despacho de la Universidad Brown de Providence, Rhode Island, estaba sentado en aquel momento. Kertzer es un antropólogo e historiador con un profundo conocimiento de la historia italiana en los años de la guerra, y había acudido a él por consejo de un amigo tras leer su libro sobre Mussolini y el papa Pío XI, una obra que le valió un Premio Pulitzer. El contexto es importante, y yo esperaba aprender más sobre la situación política en Roma en la primavera de 1949 a fin de poder calibrar mejor la situación de Otto, incluyendo a qué peligros se enfrentaba y en quién podía o no confiar. Para desentrañar el misterio de lo que hizo en los últimos tres meses de su vida, y las circunstancias de su inesperada muerte, podría ser útil empezar por aquellas personas con las que compartió su tiempo y los contactos que estas tenían.
¿Cree usted que Otto Wächter fue envenenado?», me preguntó el profesor Kertzer.
No supe qué decirle: todavía estaba digiriendo el material.
«¿Y pudo haber sucedido allí, en casa de Wollenweber?»
Le expliqué lo que se sabía sobre los acontecimientos del primer fin de semana de julio de 1949, cuando Otto fue a visitar a un «viejo y amable camarada» en las inmediaciones del lago Albano. La palabra «camarada» sugería que era alemán o austriaco, y nazi, pero Otto no lo identificaba por su nombre. Yo quería averiguar a quién había ido a ver exactamente cuando cayó enfermo, ya que un nombre podría ayudar a determinar las circunstancias –y la causa– de su muerte.
¿Asesinado? Era posible, me aclaró el profesor Goda, aunque improbable. Es cierto que a veces los soviéticos habían cometido asesinatos (me mencionó el caso de Stepan Bandera, un líder nacionalista ucraniano envenenado en la puerta de su casa en Múnich con la punta de un paraguas), pero eso no sucedería hasta muchos años después. Él dudaba de que los soviéticos hubieran envenenado a Otto debido a sus actividades durante la guerra, aunque podrían haberlo hecho si creían que en aquel momento estaba «involucrado en maquinaciones políticas».
En realidad, los soviéticos preferían capturar a los antiguos nazis, «convertirlos» y luego utilizarlos contra los alemanes occidentales o los estadounidenses. El profesor Goda me puso el ejemplo del oficial de las SS Friedrich Panzinger, que fue capturado por los soviéticos, pero no sometido a juicio.

En julio de 1949, cuando Otto Wächter huía de la justicia, aceptó una invitación para hacer una visita a Karl Hass en el lago Albano. En aquel momento, Hass vivía con Angela, con quien había tenido recientemente una hija llamada Enrica.
En julio de 1949, Hass trabajaba en secreto para los estadounidenses. Respondía ante Thomas Lucid, del CIC, la organización que buscaba a Wächter. No había indicios de que Otto estuviera al tanto de la relación de Hass con los estadounidenses; de hecho, recientemente había escrito a Charlotte para advertirle de que se había enterado de que algunos de sus correligionarios alemanes que estaban en Roma trabajaban para ellos, y, por lo tanto, debían evitarlos.
Eso significaba que había dos posibilidades: o bien los estadounidenses sabían que Wächter estaba en Roma porque Hass se lo había dicho, tal como se esperaba que hiciera en calidad de fuente principal del Proyecto Los Ángeles; o bien los estadounidenses ignoraban que Wächter estaba allí porque Hass no se lo había dicho.
Lo cual a su vez planteaba una nueva pregunta: si Hass no informó a los estadounidenses de que estaba en contacto con Wächter, ¿por qué no lo hizo?.
«El 9 de julio de 1949 ingresa un paciente apellidado Reinhardt.» Alguien había añadido el nombre de pila del paciente, a mano, en letra no del todo legible, probablemente «Alfred».
El documento contenía una serie de detalles personales que resultaban contradictorios. En la primera página se indicaba que el paciente era «soltero», mientras que en la segunda se hacía constar que estaba «casado, con cinco hijos».
El paciente indica que desde el 1 de julio no puede comer; que el 2 de julio desarrolló fiebre alta y el 7 de julio mostró síntomas de ictericia. El paciente es diabético, y el examen clínico ha revelado una afección hepática: atrofia hepática amarilla aguda (icterus gravis) .
A continuación el documento declaraba: «Tras declarársele una uremia, el paciente fallece el 14 de julio.»
La fecha de la muerte difería de la que daba el obispo Hudal, que era un día antes, el 13 de julio. Supuse que ello se debía a que Otto había muerto a altas horas de la noche. El documento continuaba:
El mismo día (como es la práctica estándar para todos los fallecimientos ocurridos en el hospital) se practica una autopsia. Esta revela indicios de la enfermedad de Weil (Leptospirosis icterohemorrágica).
Horst no aceptaba el diagnóstico. Estaba convencido de que se trataba de un asesinato, aunque ahora admitía que no por parte de los estadounidenses. Él pensaba más bien que habían sido los soviéticos, o quizá Simon Wiesenthal, el famoso cazanazis, del que creía que sentía animadversión por su padre.

El Hospital del Espíritu Santo redactó un documento en el que se hacía referencia a «atrofia hepática amarilla» e «icterus gravis» (ictericia grave), indicios de una posible leptospirosis. Esta afección, más conocida popularmente como enfermedad de Weil, debe su nombre a Adolf Weil, un médico judío alemán que fue el primero en identificarla en un artículo publicado en 1886 (un año después, el doctor Weil perdería la voz para siempre tras contraer una tuberculosis de laringe).
El informe del Espíritu Santo también mencionaba que Otto era diabético. «Eso quiere decir que sufrió un fallo pancreático», me explicó el profesor Pinzani. A consecuencia de la infección perdió las células beta y se convirtió instantáneamente en diabético; no significaba que tuviera un historial clínico de diabetes.
Mientras leía el documento del Espíritu Santo, el profesor Pinzani reflexionó en voz alta. Él creía que había tres posibles tipos de infección.
El primero era el tifus. Este resultaba poco probable, ya que faltaban otros síntomas aparte de la fiebre.
Otro era una hepatitis fulminante derivada de una hepatitis A, posiblemente contraía nadando en el río Tíber o el lago Albano. El profesor también la descartó.
La tercera posibilidad era la leptospirosis, la enfermedad de Weil. «Esta encaja en todo.» Los médicos que lo trataban llegaron a esa conclusión, lo que indicaba que en el Hospital del Espíritu Santo conocían la enfermedad. De hecho, añadió el profesor, por entonces era endémica en Italia, y, por lo tanto, nada infrecuente. El noventa por ciento de los casos eran leves, como una gripe fuerte, mientras que el diez por ciento restante podían ser graves, incluso mortales, especialmente si no se protegía al paciente de un posible fallo multiorgánico.
La enfermedad de Weil se contrae entrando en contacto con agua contaminada. Podría ser agua de río o de lago, contaminada por la orina de una rata o de un perro que tuvieran la enfermedad. El animal podría ser portador, pero no enfermar necesariamente. Otto podría haberla contraído fácilmente nadando en un río o un lago. Puede que tragara un poco de agua, o que esta entrara en contacto con su conjuntiva al salpicarle la cara. También es posible que tuviera una herida abierta.
«Si tuviera que apostar, diría que tuvo leptospirosis; es el diagnóstico clínico más probable.» Eso cuadraba también con la opinión de los médicos de Roma. «Dudo mucho que alguien le echara un cultivo de Leptospira en la sopa.» Podría hacerse, pero se necesitaría un laboratorio bacteriológico para crear un cultivo de alta concentración, que luego tendría que tragarse en un líquido que no estuviera demasiado caliente.

«Yo no diría que mi padre mató a ochocientos mil judíos ni nada similar. No lo haría. Yo no estaría de acuerdo con Wiesenthal.» Volvió a recurrir a un argumento familiar, las exigencias del deber filial. «Tengo que hacerlo por mis padres, encontrar cosas buenas».

—————–

Her voice broke, and for a moment she let out a few tears.
“Is not true”.
“That is not true?”
That my father died of an illness.
The logs of the stove sizzled. I watched the condensation on his breath.
She had known Horst for five years. And he chose that moment to share with me a secret, the belief that his father had been murdered.
“What is the truth then?”.

For me, it was striking to read about about the Nazi regime in a way which didn’t centre Hitler. He’s still there, of course, in his honoured role at the heart of all things, turning up in family photos and adored by Charlotte in particular. But the value in this kind of history is the lack of distance. When you read academic books about the period, you see the names of Nazi leadership, you read about their roles and the decisions they made, you are shown the horrific consequences.Yet there’s something about seeing them as their private selves that makes it all the more clear that these men were loved. They had family, they lived lives with personal highs and lows entirely separate from ‘work’. There’s a real difference between seeing the ways in which the public cult of the Führer played out and peeking behind the curtains. Horst has photos of himself as a boy with the big players on days out or during celebrations. While Jewish people and other ‘undesirables’ were being ‘resettled’ [imprisoned/exterminated], wives like Charlotte Wächter are going to the theatre or the opera. On one occasion she goes shopping in a jewish ghetto. What was her purchasing power there I wonder? Cash, influence, or threat? It forces a perspective shift and it’s discomforting in the extreme. Obviously there are issues of privilege, of wealth and power, the Wächter family were pretty well connected, but it’s a reminder that ‘normal’ life was still happening for some. It’s easy to fall into the trap of seeing the Nazis the way they are often portrayed in films and on tv. Instead, what we see here is much worse, Hannah Arendt’s ‘banality of evil’ on full display.
Bureaucracy is a shield, an excuse to hide behind, and it’s one that Horst uses repeatedly. He’s so desperate to believe that his father was no monster that he has an answer for every piece of evidence to the contrary. It’s frustrating to see. But if there’s a lesson in this, it’s that nobody comes out clean. The actions of some within the Catholic Church in aiding prominent Nazis to escape is relatively well-known, the extent to which US and UK governments were involved perhaps less so. You know when you watch a crime show and people get a deal if they roll over on someone else or help out in some way … imagine that on a grand scale, but with people who have committed the kind of atrocities you wouldn’t imagine them ever getting away with. If they had something that could help the new war against the ever more frightening Soviet power, well… Power politics trumps Justice. How little things have changed.
In this well researched, complex, and intimately detailed story, Sands shows once again the power and relevance of great historical scholarship. But his tale doesn’t finish here. Incredibly, this interweaving of his life with his subjects’ continues via the ratline to Argentina and the indictment and arrest of Pinochet in London. One final book to complete the trilogy.

1. Why is so little attention given to the actual mass murder and crimes against humanity carried out by Otto Waechter? The writer is a lawyer, surely he could have shared his legal assessment. I have no doubts that Mr Waechter is as guilty as can be, but the book does not really go into detail. There are references to Waechter creating ghettos in Krakau and Lviv, but how involved was he, what did he think and contribute, is an autograph enough, how does the legal principle of command responsibility work in practice, if he had been brought to Nuremberg what evidence would have been presented?
2. The psychology of the son. It would have been interesting to learn what explains why Horst, the son of the nazi criminal, remains unconvinced of his father’s guilt even in the face of undisputable evidence.

Otto was not the mastermind behind the July coup, and that it had been planned by members of the Austrian SS incompetently and without proper leadership. Otto tried to enter the Ballhaus at least three times, but was unable to enter. However, in another conversation, Charlotte gave a different version to her aunt Lola Matsek. Yes, Otto was “into” the plot, and only a series of unfortunate circumstances conspired to prevent him from entering the Ballhaus. Dollfuss’s death was involuntary. “If you have a gun and you see someone run away, you shoot.”
Otto had crossed the border of crime for the third time. Charged with high treason by the Austrian state, he became a hunted man, and disappeared, leaving Charlotte alone with two young children.

Otto was offered a new job at the Hauptamt – the Main Office – of the Sicherheitsdienst des Reichsführers-SS (or SD), the SS intelligence service. It was in his file that he was open and intelligent, perfect for the “Bureau of Espionage and Surveillance Services,” as Charlotte called it. So he began to work in the SD Criminal Division at 8 Prinz-Albert-Strasse, a building that the intelligence service shared with the Gestapo and the SS.
It was there that Otto entered the orbit of Reinhard Heydrich, the director of the SD, and Heinrich Himmler, recently appointed by Hitler as head of the German police service. The SD was a workplace for distinguished and highly skilled individuals who, in their time, were destined to reach the highest levels of power in Reich-occupied territories. In the federal archive in Berlin I found the SD Main Office Personnel Directory for January 1937, where Otto’s name appeared. His colleagues in this small organization with such a clearly defined purpose included SS-Hauptscharführer Adolf Eichmann and SS-Unterscharführer Karl Hass.
There was no indication that Otto was not delighted to work there, although Charlotte later claimed that he had never really liked the job very much.
In 1937 Otto was promoted to SSObersturmbannführer, and he also sought to take other steps necessary to pave the way to the higher ranks. When I examined his personal record in the SS, I had the opportunity to read a letter that he wrote in April of that year, in which he put himself fully at the service of the Führer: “I hereby report that on the 15th of this month I presented my He renounces the Roman Catholic Church. ” And he signed: «Heil Hitler! Wächter. » He declared himself gottgläubig, that is, committed to a life of piety and morality but not affiliated with any formal religion. It was an idea promoted by Heinrich Himmler to reflect a total dedication to the ideals of the SD and the SS, and the Führer.

… His father played a role in the terrible events in occupied Poland during the war. But no, he had no criminal guilt for the horrors that occurred, for which he was not and could not be responsible given his “decent character”. It is true that there were incriminating documents from the period of his tenure as governor in Krakow and Lemberg, but Otto’s signature did not appear on them.
On October 17, on the recommendation of Seyss-Inquart, Otto was appointed chief administrator of the Krakow district. He was delighted, as was Charlotte. “Overjoyed at the change in position, hoping for a better job”.
Otto became governor of Krakow a few days after the famous Sonderaktion Krakau. In response to a public display of banned posters to commemorate Poland’s National Independence Day – which Otto promptly informed the Governor General – Frank ordered that a male resident be detained in each house where he had hung a placard and then he will be shot. As a “preventive measure”, Otto detained 120 “hostages.”
Otto’s decree required all remaining Jews in Krakow to move to the ghetto, under pain of death if they did not. Thousands of them were forced to leave their homes in the Kazimierz district, on the other side of the Vistula, to move to Podgorze. Non-Jewish residents living in the ghetto area were relocated elsewhere. The parishioners of St. Joseph’s Catholic Church, located just outside the ghetto wall, voiced their opposition, but Otto rejected all their requests. Otto told the priest that he was lucky his church had not been included in the ghetto.

Did Otto have any qualms about his work in Krakow? If so, he was not reflected in any of the numerous letters and postcards he sent to Charlotte and others.
One of them, written shortly after ordering the construction of the Krakow ghetto, confirmed his commitment to the principles embodied in his rule. It was a reply to a letter from his father, Josef, calling his attention to the tribulations of an acquaintance. Herr Otto Schremmer’s daughter had married a Jew and had a little girl who was subject to Jewish laws.
In the spring of 1945, Otto Wächter disappeared for the second time. Seventy years later, a festival in New York hosted the premiere of the documentary in which his son played a prominent role. A scene from the movie, and Horst’s reaction to it, would act as catalysts for a chain of events that would ultimately lead to Horst giving me access to Charlotte’s roles.

Otto obtained a membership card for Freies Österreich (“Free Austria”), an underground organization that had been declared illegal during the Nazi period. The undated document was named after Dr. Werner, a Vienna language professor. The photo, however, was of young Otto in uniform, taken in the 1930s, when he had to flee after the July coup. Wächter had a second identity document in Werner’s name, this one issued by the Vienna Police Headquarters on February 4, 1946. The photograph was more recent: a profile photo of Otto in civilian clothes and eyes downcast. The card bore the stamp of the Vienna and Salzburg police, in the four control languages: German, English, French and Russian. According to the document, Oswald was five feet eight inches tall – four inches shorter than the height mentioned in his SS file – and had blond hair, blue eyes, and an “oval” face with no distinctive features. The ID proved his Austrian citizenship, but it was “Valid in Austria only.”

Otto’s life ended on the night of July 13, 1949. Two days later Charlotte arrived in Rome, and the next morning, July 16, she met the man in whose arms her husband had died. He handed her a note on an official letterhead, with her coat of arms – whose motto read Ecclesiae et Nationi, “For the Church and the Nation” – an address and a stamp, “Assistenza Austriaca.” “I confirm that Dr. Otto Gustav Freiherr von Wächter on July 13 at 11:00 pm, at the Hospital del Espíritu Santo, left this life in my arms and at peace with the Lord.” The note bore the signature of “Bishop Alois Hudal” written in a broad and firm line.
Otto had been removed from the Campo Verano cemetery a few weeks earlier, at the request of his widow, so that the remains could be transferred to a mausoleum in Palermo, the capital of Sicily. The Italian authorities gave their approval, and then someone exhumed the coffin, loaded it into a car and took it away. The authorized destination was Sicily, but the remains never made it there. The Italian police suspected that Frau Wächter had taken the car and the remains to Berlin, for her later burial in that city. But the German authorities denied such a claim: no one had requested or obtained the necessary permits for it, so it was impossible that Otto had been buried in Germany.
This was Otto’s third disappearance, after those of 1934 and 1945. Horst explained to me what had happened.

Otto Wächter’s last funeral, in 1974, took place 25 years after Charlotte returned from Rome to Salzburg. She made that trip with a broken heart and the papers that Otto had left at the Hospital del Espíritu Santo and at the Vigna Pia monastery: a diary from 1949, a list of contacts in Rome, and several notes on the people with whom she had he had meetings and the correspondence he had sent and received during the seventy-six days he had been in Rome. Charlotte kept the papers, which were passed on to Horst after her death.
The documents included a one-page letter written by Otto: it was his will, signed “Alfredo Reinhardt.” “Rome, as dated on postmark,” she had typed on the document, which was addressed to a certain “Dear Doctor.”
In Otto’s letters to Charlotte, ‘Ladurner’, an old surname from South Tyrol, was also mentioned. I couldn’t find anyone by that name who was active in Rome or South Tyrol in 1949, although I did find out that Buko had a young comrade by that name in the Karstjäger Division. Thanks to Charlotte’s papers, it was possible to compare “Ladurner’s” handwriting with other people’s, and it was strikingly similar to that of Walter Rafelsberger, Otto’s former comrade and state commissioner like him after the Anschluss. So my conclusion is that “Ladurner” was most likely Rafelsberger.

“The Vatican protects fascist criminals,” declared the communist newspaper L’Unità. Wächter’s body, the article reported, was “like an Arabian phoenix”: he certainly existed, but no one knew where he was; The newspaper added that Otto had died in bed number nine in the Baglivi Room of the Hospital del Espíritu Santo, and that Monsignor Hudal had “administered the sacraments.” Presumably, such events were evidence of collusion between the fascists, the Nazis and the Catholic hierarchy. Wächter was said to have been living quietly at the Anima Institute, * that he had enjoyed “generous subsidies” from the Vatican and had even shared several meals with his hosts.
Several newspapers identified the cause of death as a liver disease. Otto had bathed in a facility near Mussolini’s forum, one of them reported, ignoring “categorical orders” not to swim in the Tiber River. Death due to the practice of swimming, due to jaundice hepatitis, concluded another newspaper, aggravated by the contamination of the river waters.
L’Unità offered details of the funeral, which had been attended by “the cream of the crop of the SS.” He mentioned two names in particular, neither of which appeared in the letters I had read so far: Major Wilhelm Friede, a high command of the SS, and a German named Lauterbacher, who was said to live in a “religious institute ” in Rome. The latter was the name of the deputy chief of the Hitler Youth, Baldur von Schirach, Otto’s former comrade, who, after being tried in Nuremberg, would spend twenty years in Spandau prison.

Bishop Hudal would end up resigning two years later because of the Wächter affair.
But who was Bishop Hudal and what exactly was his relationship to Otto? That was the question to which I was now going to devote my attention.
The documents left by Otto contained numerous references to Bishop Hudal. Some were explicit; others were in code.
In his diary entry for “1 pm” on Friday, April 29, Otto wrote “Excel.” Underlining the term. This was most likely a reference to His Excellency Bishop Hudal. Separately, he kept a list of addresses and contacts in Rome, with a total of thirty-five names written on four sheets of yellow paper. There were two entries for Bishop Hudal, with the address of via della Pace, 20 – corresponding to the Anima Institute – and a telephone number, 51130. In a third document, Otto listed all the people he had met in Rome since his arrival on April 29. Bishop Hudal’s name appeared several times.
In 1960, the kidnapping of Adolf Eichmann in Argentina sparked renewed interest in the role of Hudal and sparked tremendous attention around Otto. Charlotte’s papers included a newspaper article reporting that Bishop Hudal had met Josef Wächter, and another suggesting that Otto had died of poisoning, which was murder. The same article also raised another possibility: that Otto Wächter was not really dead, that a double had been used to allow him to escape. When I mentioned it to Horst, tears escaped him.
Bishop Hudal died in May 1963, and the Austrian press reported his death. Charlotte had kept the items. Die Presse pointed out that the requiem for Bishop Hudal had been celebrated by the auxiliary bishop of Vienna, his successor in the position of rector of the Anima. Another newspaper erroneously pointed out that among those attending the bishop’s funeral was Cardinal Pizzardo, who on July 20, 1933 had negotiated the concordat between the Vatican and the German Reich, in which the bishop had also participated. . Alois Hudal was buried in the Vatican.
Thirteen years passed. In 1976 the posthumous memoirs of Bishop Hudal were published in Austria. Römische Tagebücher: Lebensbeichte eines alten Bischofs (“Rome Diaries: Confessions of an Old Bishop”) presented a veritable litany of complaints about Popes Pius XI and Pius XII.

Do you think Otto Wächter may have been poisoned? ”
I put the question to Professor David Kertzer, in whose office at Brown University in Providence, Rhode Island, he was sitting at the time. Kertzer is an anthropologist and historian with a deep knowledge of Italian history in the war years, and had come to him on the advice of a friend after reading his book on Mussolini and Pope Pius XI, a work that earned him a Pulitzer Prize. Context is important, and I was hoping to learn more about the political situation in Rome in the spring of 1949 so that I could better gauge Otto’s situation, including what dangers he faced and whom he could or could not trust. To unravel the mystery of what he did in the last three months of his life, and the circumstances of his unexpected death, it might be helpful to start with those people with whom he shared his time and the contacts they had. .
Do you think Otto Wächter was poisoned? ”Professor Kertzer asked me.
I didn’t know what to say to him: he was still digesting the material.
And could it have happened there, at Wollenweber’s house?
I explained what was known about the events of the first weekend in July 1949, when Otto went to visit a “kind old comrade” near Lake Albano. The word “comrade” suggested that he was German or Austrian, and a Nazi, but Otto did not identify him by his name. I wanted to find out who he had gone to see exactly when he fell ill, as a name could help determine the circumstances – and the cause – of his death.
Murdered? It was possible, Professor Goda clarified, although unlikely. It is true that the Soviets had sometimes committed assassinations (he mentioned the case of Stepan Bandera, a Ukrainian nationalist leader who was poisoned at the door of his house in Munich with the tip of an umbrella), but that would not happen until many years later. . He doubted that the Soviets had poisoned Otto because of his activities during the war, although they might have done so if they believed that at the time he was “involved in political machinations.”
In reality, the Soviets preferred to capture former Nazis, “convert” them, and then use them against West Germans or Americans. Professor Goda gave me the example of the SS officer Friedrich Panzinger, who was captured by the Soviets, but not put on trial.

In July 1949, when Otto Wächter was on the run from justice, he accepted an invitation to pay a visit to Karl Hass at Lake Albano. At the time, Hass was living with Angela, with whom he had recently had a daughter named Enrica.
In July 1949, Hass was secretly working for the Americans. He reported to Thomas Lucid of the CIC, the organization that was looking for Wächter. There was no indication that Otto was aware of Hass’s relationship with the Americans; in fact, he had recently written to Charlotte to warn her that she had found out that some of her fellow Germans who were in Rome were working for them, and therefore they should avoid them.
That meant there were two possibilities: either the Americans knew that Wächter was in Rome because Hass had told them, just as he was expected to do as the primary source for Project Los Angeles; Or the Americans were unaware that Wächter was there because Hass hadn’t told them.
Which in turn raised a new question: If Hass did not inform the Americans that he was in contact with Wächter, why did he not?
“On July 9, 1949, a patient named Reinhardt was admitted.” Someone had added the patient’s first name, by hand, in not quite legible handwriting, probably “Alfred.”
The document contained a number of personal details that were contradictory. The first page indicated that the patient was “single,” while the second indicated that he was “married, with five children.”
The patient indicates that since July 1 he cannot eat; that on July 2 he developed a high fever and on July 7 he showed symptoms of jaundice. The patient is diabetic, and the clinical examination has revealed a liver condition: acute yellow liver atrophy (icterus gravis).
The document then stated: “After declaring uremia, the patient died on July 14.”
The date of death differed from that given by Bishop Hudal, which was a day earlier, July 13. He assumed it was because Otto had died late at night. The document continued:
On the same day (as is the standard practice for all hospital deaths) an autopsy is performed. This reveals signs of Weil’s disease (icterohemorrhagic leptospirosis).
Horst did not accept the diagnosis. He was convinced that it was a murder, although he now admitted that it was not by the Americans. He thought rather that it had been the Soviets, or perhaps Simon Wiesenthal, the famous cazanazis, whom he believed he had animosity towards his father.

The Hospital del Espíritu Santo (Holy Ghost Hospital) drafted a document referring to “yellow liver atrophy” and “icterus gravis” (severe jaundice), indications of possible leptospirosis. This condition, more popularly known as Weil’s disease, owes its name to Adolf Weil, a German Jewish doctor who was the first to identify it in an article published in 1886 (a year later, Dr. Weil would lose his voice forever after contracting a tuberculosis of the larynx).
The Holy Spirit report also mentioned that Otto was diabetic. “That means he suffered from pancreatic failure,” Professor Pinzani explained to me. As a result of the infection, he lost his beta cells and instantly became diabetic; it did not mean that he had a medical history of diabetes.
As he read the document of the Holy Spirit, Professor Pinzani reflected aloud. He believed there were three possible types of infection.
The first was typhus. This was unlikely, as symptoms other than fever were missing.
Another was fulminant hepatitis derived from hepatitis A, possibly contracted by swimming in the Tiber River or Lake Albano. The professor also discarded it.
The third possibility was leptospirosis, Weil’s disease. “This one fits everything.” The doctors who treated him reached this conclusion, which indicated that at the Hospital del Espíritu Santo they knew about the disease. In fact, the professor added, it was endemic in Italy at the time, and therefore not uncommon. Ninety percent of the cases were mild, like a strong flu, while the remaining ten percent could be severe, even fatal, especially if the patient was not protected from possible multi-organ failure.
Weil’s disease is contracted by coming into contact with contaminated water. It could be river or lake water, contaminated by the urine of a rat or dog that has the disease. The animal could be a carrier, but not necessarily sick. Otto could have easily contracted it by swimming in a river or lake. He may swallow some water, or it may come in contact with his conjunctiva as it splashed on his face. It is also possible that he had an open wound.
“If I had to bet, I’d say he had leptospirosis; it is the most likely clinical diagnosis. ” That also squared with the opinion of the doctors in Rome. “I highly doubt anyone would put a Leptospira culture in his soup.” It could be done, but it would take a bacteriological lab to create a high-concentration culture, which would then have to be swallowed in a liquid that wasn’t too hot.

“I would not say that my father killed 800,000 Jews or anything similar. He wouldn’t. I would not agree with Wiesenthal. ” He again resorted to a family argument, the demands of filial duty. “I have to do it for my parents, find good things”.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .