La Amenaza Más Letal: Nuestra Guerra Contra La Pandemia Y Cómo Evitar La Próxima — Michael T. Osterholm, Mark Olshaker / Deadliest Enemy: Our War Against Killer Germs by Michael T. Osterholm, Mark Olshaker

Publicado en 2017, este libro del exepidemiólogo del estado de Minnesota y experto en salud pública anticipó bastante de lo que estamos viviendo ahora (especialmente nuestra falta de preparación). Advertencia: este libro no es una lectura ligera. Los capítulos sobre tuberculosis, viruela, paludismo, dengue, fiebre amarilla, ébola, virus zika, instancias anteriores de virus corona (SARS, MERS), resistencia a los antimicrobianos e influenza resultan desalentadores, pero también reveladores y clarificadores. esclarecedora lectura.
En el camino, obtendrá una mejor comprensión de lo que hacen los epidemiólogos, una mejor comprensión de la economía de las vacunas y las razones por las que el proceso de aprobación de nuevos medicamentos es tan exigente, riguroso y estricto. (¿Qué tan cómodo se sentiría al saber que la Administración que está acelerando el uso de un medicamento contra la malaria para el tratamiento de COVID-19 está dirigida por un hombre que es dueño de parte de la compañía que fabrica el medicamento en los EE.UU.?)
En el curso de la pandemia actual, los errores son reales. Realmente matan. Una comunidad puede parecer saludable un día y ser diezmada al final del siguiente. Muchas más personas murieron en varios meses en la pandemia de 1918-19 que en los cuatro años de la Primera Guerra Mundial (las estimaciones van desde 50 millones de personas hasta aproximadamente el doble de esa cantidad).
A veces se acusa a Osterholm de alarmista, pero nunca lo había considerado así. Termina el libro con una cita de cuento de navidad de Charles Dickens:

“Los cursos de los hombres presagiarán ciertos fines, a los que, si perseveran, deben conducir”, dijo Scrooge. “Pero si se apartan los rumbos, los fines cambiarán. Di que así es con lo que me enseñas”.

Osterholm advierte que el fin del mundo será una plaga a menos que hagamos algo sobre la preparación. Describe las principales amenazas tal como las ve (gripe pandémica, resistencia a los antibióticos, enfermedades transmitidas por mosquitos, etc.), así como algunos cursos de acción, y termina con un ejercicio de mesa aterrador que describe las consecuencias de una gripe. pandemia con nuestro nivel actual de preparación. (El mundo no se acaba, pero mucha gente muere).
No estoy seguro de para quién escribió esto. ¿Criaturas del Congreso? ¿El público en general con conocimientos científicos? No es un buen momento para estar vivo si su osito personal se está preparando para desastres de salud pública, entre los anti-vacunas, el uso excesivo masivo de antibióticos y la sensación general de “bueno, ese es su problema” con respecto a las personas de raza negra y muriendo de enfermedades que “nosotros” no tenemos “aquí”. El gobierno tampoco está mostrando una cara fuerte, perdiendo credibilidad entre desastres como el huracán Katrina, la crisis del agua de Flint y “los internos de los campos de concentración no necesitan jabón”; además, los CDC básicamente se escabullen para financiar cosas mientras esperan que Trump no se dé cuenta de ellos.
Una buena descripción de las cosas que razonablemente se puede esperar que maten a muchas personas en los próximos cincuenta años. Osterholm es interesante y debido a su experiencia y cómo su educación y carrera se alinearon con las últimas décadas del siglo XX, tiene bastantes anécdotas de “no jodas, ahí estaba yo” que vale la pena leer.

La primera pregunta clave que tenemos que responder es: ¿cómo hemos llegado a esta crisis? Como en buena parte de los desastres, confluyen varios factores. En las casi dos décadas que han transcurrido desde el SRAS, el mundo ha pasado a depender muchísimo más de los recursos de fabricación de China.
Hoy en día, nuestra cadena de suministro y fabricación y el sistema de entregas siguen un modelo JIT. No poder comprar los últimos televisores o teléfonos inteligentes que se nos antojan porque una fábrica de la provincia de Hubei o de Cantón ha cerrado por culpa de un brote de enfermedad es una cosa. Pero otra cosa bien distinta es que no podamos obtener los medicamentos de primera necesidad que hay en los carros de paradas de los hospitales y que cuidan del bienestar diario de los millones de individuos con enfermedades o problemas de salud crónicos, o que no podamos adquirir los equipos de protección individual (EPI) que amparan a los sanitarios que están en contacto directo con los pacientes del covid-19.
En los Estados Unidos se suelen usar más de ciento cincuenta medicamentos de primera necesidad, sin los cuales muchos pacientes morirían en cuestión de horas. Todos son genéricos y muchos de ellos —o sus principios activos farmacéuticos— se fabrican fundamentalmente en China o en la India. Aun en condiciones normales, como al comienzo del brote de covid-19, ya había sesenta y tres que eran difíciles de obtener si se pedían con poca antelación o en periodos de escasez… Es solo un ejemplo de lo vulnerables que somos. Y como las enfermedades y cuarentenas vacían las fábricas chinas y alteran o cierran las rutas de suministro.
Además, los principios económicos de la sanidad moderna dictaminan que la mayoría de los hospitales tengan existencias sumamente limitadas de EPI, entre ellos de respiradores, como las mascarillas N95. ¿Cómo responderemos en caso de que no podamos —o cuando no podamos— proteger al personal sanitario del que dependemos para tratar a todos los enfermos? Porque, a buen seguro, esos pacientes pondrán al límite a unas instituciones sanitarias ya bastante saturadas… En verdad, lo que suceda con nuestro personal sanitario será el indicador histórico de cómo respondimos a esta y a posibles futuras crisis. En este sentido, si no hacemos todo lo posible para protegerlos, pasarán enseguida de ayudantes a pacientes, con lo que añadirán todavía más estrés a unas instalaciones ya de por sí sobrepasadas.
El mundo nunca previó que China fuera a paralizarse prácticamente durante meses y fuera a ser incapaz de suministrar tantas cosas esenciales. Por desgracia, viendo la realidad actual, esta es una excusa barata. Si de veras queremos prevenir esta clase de amenazas en el futuro, los gobiernos deben suscribir el compromiso internacional de repartir y diversificar la fabricación de fármacos, suministros y equipos clave.
No solo necesitamos aumentar la capacidad de fabricación e instalar plantas de refuerzo en todo el mundo, sino que los gobiernos deben invertir grandes sumas en nuevos fármacos y antibióticos para los que no hay ningún modelo de negocio comercial real. No podemos esperar que las compañías farmacéuticas, que tienen ánimo de lucro, inviertan miles de millones de dólares en fármacos que solo se usarán en casos de emergencia. Tras el brote del ébola de 2014-16, a instancias de los gobiernos se esprintó para sintetizar una vacuna. La CEPI (siglas en inglés de Coalición para la Innovación en Preparación para las Epidemias) se creó como una iniciativa internacional para estimular y acelerar el desarrollo de vacunas contra enfermedades infecciosas emergentes y ponerlas a disposición de la gente durante los brotes. Y aunque se han hecho progresos con la vacuna del ébola, sobre todo por medio de otros proyectos, se ha avanzado muy poco con otras vacunas. Lo cierto es que hay muy poco mercado.

Ante cualquier posible pandemia, necesitamos ser creativos con lo que puede llegar a pasar —y pasará— y con las cosas para las que deberemos estar preparados. Por ejemplo, se deben crear planes para que la asistencia sanitaria, el gobierno y la actividad empresarial sigan funcionando. Necesitamos repartir estratégicamente por el mundo las existencias de diversos recursos, como los medicamentos de primera necesidad y los respiradores para los pacientes, así como equipos de protección individual para el personal sanitario.
Las enfermedades infecciosas son la amenaza más letal de toda la humanidad. Es cierto que la infección no es ni mucho menos la única clase de enfermedad que nos afecta a todos y cada uno de nosotros, pero es la única que nos afecta colectivamente y, en ocasiones, a gran escala. La cardiopatía, el cáncer e incluso el alzhéimer pueden tener efectos individuales devastadores, por lo que toda investigación que busque una cura es encomiable. Pero estas enfermedades no tienen realmente el potencial de alterar el funcionamiento diario de la sociedad, ni de detener el movimiento de personas, el comercio y la industria, ni tampoco de alimentar la inestabilidad política.

El sida puede servirnos como una grave advertencia de lo que puede suceder: el cisne negro de una enfermedad infecciosa que salió aparentemente de la nada y desató un sufrimiento inimaginable en un mundo desprevenido. Por tanto, es un ejemplo clásico de la tensión que subsiste entre caballos y cebras, una tensión que ha marcado mi carrera profesional y que ha afectado de manera permanente mi filosofía como epidemiólogo.
El sida es una historia de terror que hostiga a todos los que trabajamos en este sector. Cuando entendimos a qué nos enfrentábamos y cómo se transmitía, no fuimos capaces de detener o advertir contra los comportamientos o hábitos que ocasionaban su propagación. Los indicios, el saber y la lógica no siempre bastan.

Si la bata blanca es el símbolo de la ciencia médica de hospitales y laboratorios, la suela del zapato agujereado es el símbolo del epidemiólogo de campo. De hecho, es el emblema del EIS, cuyo lema es «La epidemiología es recorrerse las calles». Al igual que la investigación criminal, la salud pública efectiva necesita tanto personal de laboratorio como detectives que vayan a la escena del crimen.
En el siglo XXI , considero que las enfermedades infecciosas son las que tienen un mayor potencial de generar una crisis repentina que abarque a todo el mundo a la vez: una pandemia, o una epidemia mundial.
Por ahora, nuestro principal problema colectivo debería ser la gripe pandémica, aunque, como hemos aprendido del VIH/sida, pueden aparecer otros agentes microbianos de manera inesperada.
Una pandemia azota a muchos sitios a la vez, de modo que todos ellos necesitan ayuda urgente. Tiene un efecto «bola de nieve»: primero golpea a las personas, luego a la autoridad civil, luego a las empresas y luego al comercio interestatal o internacional, o a ambos. Los efectos son inmediatos y devastadores; las consecuencias, a largo plazo.
Cuando todo el mundo es víctima de una pandemia, a nadie le sobran ayuda, suministros, alimentos ni medicinas para repartir, salvo que se hubiera planeado con suficiente anticipación. Hay quien ingenuamente cree que los tipos de suministros que necesitamos para responder a una pandemia, como productos sanitarios, medicamentos, vacunas y respiradores N95 —conocidos popularmente como mascarillas—, se pueden comprar por internet en un pispás. Para nada.
Actualmente vivimos en una economía de entregas JIT, en la que casi nada se guarda en el almacén para las futuras ventas; y menos aún se acumula para una situación de crisis. Ni siquiera las piezas y los componentes necesarios para fabricar esos suministros vitales se almacenan o se acumulan. Si una grave pandemia mundial diezma la población trabajadora de una ciudad de Asia, por ejemplo, no habrá los productos y suministros que llegan de dicha urbe —quizás vengan solo de allí— y que necesitamos para hacer frente a la rápida propagación. No hay ninguna suma de dinero que pueda comprar algo que no existe. Es por esto que el recién creado Mecanismo de Financiamiento de Emergencia para Casos de Pandemia (MFEP) del Banco Mundial, que pretende proporcionar financiamiento global para responder a las pandemias, no servirá para una emergencia internacional.

Una pandemia puede detener el comercio regional, nacional o incluso internacional y desatar el caos económico, hecho que puede acabar minando la confianza en gobiernos inestables. Si una autoridad gubernamental ya no era muy sólida, puede que la tensión de una pandemia resulte en un Estado fallido, lo cual puede dar pie al anarquismo y al terrorismo. Al mismo tiempo, mientras ocurre la pandemia hay otras enfermedades endémicas y no infecciosas que afectan a la población, cuya combinación puede acabar poniendo a prueba (o hasta quebrando) el sistema sanitario.
En los tres países del África occidental afectados por el brote de ébola de 2014, no se recolectaron las cosechas, se clausuraron las escuelas, se cerraron las fronteras y el Cuerpo de Paz repatrió a trescientos cuarenta voluntarios. Al no recibir atención médica durante el brote, murieron prácticamente las mismas personas de infecciones como el VIH, la tuberculosis y la malaria que de ébola.
Desde el 11-S hemos invertido una cantidad ingente de dinero y de recursos humanos en derrotar a un enemigo que ha llenado a la perfección el vacío de liderazgo dejado por las enfermedades pandémicas.

Con una perspectiva holística, que abarcará desde el desarrollo inicial de vacunas a su aplicación, la CEPI se centrará en las lagunas esenciales del proceso debidas al colapso del mercado. El acento inicial se pondrá en acompañar las nuevas vacunas a lo largo de todo el procedimiento, desde el estadio preclínico a la prueba de principio en humanos y la creación de plataformas que se puedan usar para el desarrollo rápido de vacunas contra patógenos desconocidos. Pero ¿cómo encontraremos una fuente de financiación sostenida para este proyecto? Esta sigue siendo la pregunta del millón. Con todo, creo que este grupo nos brinda la mejor oportunidad de la historia para crear una respuesta internacional sostenible y para generar un pipeline viable y fiable de vacunas clave, así que todos deberíamos estar atentos al progreso de la CEPI. Algún día, nuestras vidas podrían estar en sus manos.

Quizás el mayor misterio médico del brote de SRAS fuera por qué algunas personas, como el doctor Liu y el señor Chen, pasaron la enfermedad a tanta gente con la que se cruzaron, aunque fuera solo de paso, mientras que otros contagiados enfermaron, pero apenas infectaron a nadie más. Por razones que aún no comprendemos del todo, ciertos individuos con coronavirus se convierten en «supercontagiadores».
En el mundo de las enfermedades infecciosas y de la salud pública, las enfermedades que más nos preocupan son las que tienen altos índices de mortalidad y que pueden transmitirse de forma efectiva por vía respiratoria; dicho de otro modo, enfermedades mortíferas que puedes contraer simplemente respirando el mismo aire que una persona o animal infectados. Para la mayoría de las enfermedades infecciosas, la probabilidad de que alguien transmita una infección a otra persona se llama «número reproductivo, (R0 )». Este número tiende a ser bastante parecido en casos de la misma enfermedad cuando todos los contactos del afectado son vulnerables, es decir, no han sido vacunados ni tuvieron la enfermedad con anterioridad.
En conjunto, el SRAS causó 44 víctimas mortales en Canadá, de un total de 438 casos probables. A escala mundial, la mortalidad estimada fue de 916, un 11 % de los infectados. Este es un índice de mortalidad bastante aterrador para una enfermedad infecciosa con un potencial de transmisión mundial. Las pérdidas del sector turístico en Toronto se estimaron en alrededor de 350 millones de dólares, con otros 380 millones de pérdidas en el comercio minorista.
El Banco Mundial ha calculado que la epidemia de SRAS provocó unas pérdidas económicas mundiales de 54.000 millones de dólares. La mayor parte de esta cifra no procede de los costes de la atención médica directa, sino de los «comportamientos de evitación» de parte de la sociedad.
El brote de SRAS ha dejado al mundo un legado que aún sigue asustándonos. Varias empresas de investigación, desarrollo y fabricación de vacunas dieron un paso al frente en los primeros días del brote de SRAS en 2003 a petición de la OMS e invirtieron muchos millones de dólares para trabajar en una vacuna contra la enfermedad. No tengo constancia de que nadie sepa exactamente cuánto se invirtió en el sector farmacéutico, pero es probable que se alcanzaran los cientos de millones de dólares. La industria quería hacer lo correcto ayudando al mundo a responder a aquella crisis de salud pública y aprovechar una oportunidad de inversión.
Cuando se puso fin al brote a finales de verano de 2003, el interés de las agencias públicas y de las organizaciones benéficas para que se prosiguiera la investigación sobre la vacuna del SRAS prácticamente se desvaneció. En ese momento no se registró ningún interés en llegar a comprar la vacuna. Se dejó a las empresas con la carga de los costes de la investigación inicial. Como hemos señalado, este «recuerdo» empresarial seguirá siendo una gran preocupación para la inversión relacionada con las vacunas.

Hemos llegado a la conclusión de que hay cuatro prioridades que deben abordarse inmediatamente para frenar la crisis de la resistencia a los antibióticos tanto en humanos como en animales. Algunas de ellas tienen un coste elevado, mientras que otras no supondrían prácticamente coste alguno, pero todas son realistas y viables. Deben implantarse en su totalidad y son las siguientes:
1-Prevenir infecciones que requieran tratamiento antibiótico.
2-Preservar la eficacia de los antibióticos de los que disponemos actualmente.
3-Investigar y desarrollar nuevos agentes antibióticos.
4-Buscar nuevas soluciones que alivien la presión de necesitar antibióticos.

Calculamos que hoy en día se destina un máximo de 35-40 millones de dólares de fondos públicos y privados a desarrollar nuevas vacunas antigripales, una cifra mucho menor a los 1.000 millones que se destinan anualmente a la vacuna del VIH. Imaginad todo lo que podríamos hacer si recibiéramos financiación al mismo nivel que el VIH y este proyecto de encontrar una vacuna revolucionaria contra la gripe se abordara con el mismo espíritu de coordinación y colaboración.
Conocemos bien la tendencia actual a la austeridad fiscal. Sin embargo, tal como hemos demostrado, no podemos ignorar las consecuencias sociales, económicas y políticas de una gran pandemia gripal en todo el mundo debida a la ausencia de una vacuna efectiva de la que disponer inmediatamente. Nuestro objetivo principal debería ser conseguir que cada persona del planeta Tierra pueda disponer de esa vacuna.
La empresa londinense de servicios profesionales a nivel mundial Willis Towers Watson vende 3.000 pólizas a altos directivos de la industria al año para cubrirse frente a lo que ellos consideran el mayor riesgo de la industria, es decir, lo que les costaría más dinero.
El punto 1 de la lista es «Pandemias: una nueva enfermedad fatal y altamente infecciosa se expande entre los humanos, fauna o flora a nivel mundial».
Y esa pandemia de la que se habla probablemente llegará en forma de cepa mortal de la gripe.

Repasemos las principales amenazas a las que nos enfrentamos:
– Patógenos potencialmente pandémicos: básicamente las gripes y las consecuencias de la resistencia antimicrobiana.
– Patógenos críticos en zonas determinadas: el ébola, coronavirus como el SRAS o el SROM, otros virus como el Nipah o la fiebre de Lassa, y enfermedades transmitidas por mosquitos como el dengue, la fiebre amarilla o el virus del zika.
– Bioterrorismo, investigaciones de doble uso (DURC) y ganancia de función (GOFRC).
– Enfermedades endémicas que siguen teniendo un gran impacto en la salud mundial, especialmente en países en vías de desarrollo: la malaria, la tuberculosis, el sida, la hepatitis viral, las enfermedades diarreicas en niños y la neumonía bacteriana.

En lo que respecta al liderazgo, no creo que los profesionales de la salud pública tradicionales puedan despertarnos de este estado de complacencia en el que nos encontramos respecto a las enfermedades infecciosas. Necesitamos gente capaz de ver —y prever— el panorama general y saber distribuir los recursos gubernamentales, científicos y del sector privado para hacer frente a esos retos. Los líderes de este Programa Anticrisis deben conocer en profundidad la política nacional, regional y mundial y tener experiencia sobre el terreno, además de estar dotados de los conocimientos científicos necesarios para llevar a cabo el programa.
Si empezamos a cuestionar y demandar como es debido y nuestros líderes empiezan a estar a la altura de sus responsabilidades en cuanto a salud pública, ¿todo lo que hemos propuesto neutralizará por completo la amenaza de las enfermedades infecciosas y su severo y terrorífico impacto en todo el mundo? Claro que no. Pero lo que sí podemos conseguir con la voluntad colectiva y el compromiso de los recursos necesarios es regalar a mucha más gente en el mundo — especialmente a nuestros hijos y nietos— la oportunidad de vivir una vida más normal, feliz y productiva. Y podemos cambiar un sinfín de muertes malas por buenas.

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Published in 2017, this book by former Minnesota State Epidemiologist and expert in public health foresaw quite a bit of what we’re living through now (especially our unpreparedness). Warning: this book is not light reading. The chapters on tuberculosis, smallpox, malaria, dengue fever, yellow fever, ebola, zika virus, earlier instances of corona viruses, (SARS, MERS), anti-microbial resistance, and influenza make for some grim – but also eye-opening and enlightening – reading.
Along the way, you get a better understanding of what epidemiologists do, a better understanding of the economics of vaccines, and the reasons that the process of approval for new medicines is so demanding, rigorous and strict. (How comfortable would you be to learn that the Administration that is fast-tracking use of a malaria drug for treatment of COVID-19 is headed by a man who owns part of the company that manufactures the drug in the U.S.?)
In the course of the current pandemic, these bugs are real. They really kill. A community may appear to be healthy one day, and be decimated by the end of the next. Many more people died in several months in the 1918-19 pandemic than died in the four years of WW1 (estimates range from 50 million people to roughly twice that number).
Osterholm is sometimes accused of being alarmist, but I’ve never thought of him that way. He ends the book with a quote from The Christmas Carol by Charles Dickens:

“Men’s courses will foreshadow certain ends, to which, if persevered in, they must lead,” said Scrooge. “But if the courses be departed from, the ends will change. Say it is thus with what you show me”.

Osterholm warns that the end of the world will consist of plague unless we do something about preparedness. He outlines the major threats as he sees them (pandemic flu, antibiotic resistance, mosquito-borne disease, etc.), as well as a few courses of actions, and winds things up with a terrifying tabletop exercise that describes the consequences of a flu pandemic with our current level of preparedness. (The world doesn’t end, but lots of people die.)
I’m…not sure who he wrote this for? Congress critters? The science-literate general public? It’s not a great time to be alive if your personal bugbear is preparing for public health disasters, between the anti-vaxxers, the massive overuse of antibiotics, and the general sense of “well, that’s their problem” with regards to black and brown people dying of diseases “we” don’t have “here”. The government’s not showing a strong face either, losing credibility between disasters like Hurricane Katrina, the Flint water crisis, and “concentration camp internees don’t need soap”; plus the CDC’s basically sneaking around funding things while hoping Trump doesn’t take notice of them.
A good overview of stuff you can reasonably expect to kill lots of people in the next fifty years. Osterholm’s engaging and because of his experience and how his education and career lined up with the last few decades of the 20th century, he’s got quite a few, “no shit, there I was” anecdotes that are worth reading.

The first key question we have to answer is: how did we get to this crisis? As in many disasters, several factors converge. In the nearly two decades since SARS, the world has become dramatically more dependent on China’s manufacturing resources.
Today, our manufacturing and supply chain and delivery system follow a JIT model. Not being able to buy the latest TVs or smartphones that we crave because a factory in Hubei or Guangzhou province has closed due to an outbreak of disease is one thing. But another very different thing is that we cannot obtain the essential medicines that are in the carts of hospital stops and that take care of the daily well-being of the millions of individuals with chronic illnesses or health problems, or that we cannot acquire them. personal protective equipment (PPE) that protects health workers who are in direct contact with covid-19 patients.
More than 150 essential drugs are commonly used in the United States, without which many patients would die within hours. They are all generic and many of them – or their active pharmaceutical ingredients – are manufactured primarily in China or India. Even under normal conditions, such as at the beginning of the covid-19 outbreak, there were already sixty-three that were difficult to obtain if ordered on short notice or in periods of scarcity … It is just one example of how vulnerable we are. And how diseases and quarantines empty Chinese factories and disrupt or close supply routes.
Furthermore, the economic principles of modern healthcare dictate that most hospitals have extremely limited stocks of PPE, including respirators, such as N95 masks. How will we respond if we cannot – or when we cannot – protect the healthcare personnel we depend on to treat all the sick? Because, surely, those patients will put already saturated health institutions to the limit … In truth, what happens to our health personnel will be the historical indicator of how we respond to this and possible future crises. In this sense, if we do not do everything possible to protect them, they will quickly go from assistants to patients, adding even more stress to an already overwhelmed facility.
The world never anticipated that China would practically paralyze for months and be unable to supply so many essential things. Unfortunately, in today’s reality, this is a cheap excuse. If we really want to prevent these kinds of threats in the future, governments must make an international commitment to spread out and diversify the manufacture of key drugs, supplies and equipment.
Not only do we need to increase manufacturing capacity and install booster plants around the world, but governments must invest heavily in new drugs and antibiotics for which there is no real commercial business model. We cannot expect for-profit pharmaceutical companies to invest billions of dollars in drugs that will only be used in emergencies. Following the 2014-16 Ebola outbreak, at the behest of governments, they sprinted to synthesize a vaccine. The CEPI (Coalition for Epidemic Preparedness Innovation) was created as an international initiative to stimulate and accelerate the development of vaccines against emerging infectious diseases and make them available to people during outbreaks. And while progress has been made with the Ebola vaccine, especially through other projects, very little progress has been made with other vaccines. The truth is that there is very little market.

In the face of any possible pandemic, we need to be creative with what can happen – and will happen – and with the things that we must be prepared for. For example, plans must be created to keep healthcare, government, and business going. We need to strategically distribute the stock of various resources around the world, such as essential drugs and respirators for patients, as well as personal protective equipment for healthcare personnel.
Infectious diseases are the deadliest threat to all of humanity. It is true that infection is by no means the only kind of disease that affects each and every one of us, but it is the only one that affects us collectively and sometimes on a large scale. Heart disease, cancer, and even Alzheimer’s can have devastating individual effects, so any research seeking a cure is commendable. But these diseases do not really have the potential to disrupt the day-to-day functioning of society, or to stop the movement of people, commerce, and industry, or to fuel political instability.

AIDS can serve as a dire warning of what may happen: the black swan of an infectious disease that came seemingly out of nowhere and unleashed unimaginable suffering on an unsuspecting world. Therefore, it is a classic example of the tension that exists between horses and zebras, a tension that has marked my professional career and that has permanently affected my philosophy as an epidemiologist.
AIDS is a horror story that haunts all of us who work in this sector. When we understood what we were up against and how it was transmitted, we were unable to stop or warn against the behaviors or habits that caused it to spread. Clues, knowledge and logic are not always enough.

If the white coat is the symbol of medical science in hospitals and laboratories, the sole of the pierced shoe is the symbol of the field epidemiologist. In fact, it is the emblem of the EIS, whose motto is “Epidemiology is walking the streets.” Like criminal investigation, effective public health needs both laboratory personnel and detectives to go to the crime scene.
In the 21st century, I consider infectious diseases to have the greatest potential to generate a sudden crisis that encompasses the whole world at once: a pandemic, or a global epidemic.
For now, our main collective problem should be pandemic flu, although, as we have learned from HIV / AIDS, other microbial agents can appear in unexpected ways.
A pandemic hits many sites at once, so they all need urgent help. It has a “snowball” effect: first it hits people, then civil authorities, then companies, and then interstate or international commerce, or both. The effects are immediate and devastating; the consequences, long term.
When everyone is the victim of a pandemic, no one has plenty of help, supplies, food, or medicine to give out, unless planned well in advance. Some naively believe that the kinds of supplies we need to respond to a pandemic, such as medical devices, drugs, vaccines, and N95 respirators – popularly known as face masks – can be purchased online in no time. Not at all.
We currently live in a JIT delivery economy, in which almost nothing is kept in warehouse for future sales; and even less accumulates for a crisis situation. Not even the parts and components needed to make these vital supplies are stored or accumulated. If a serious global pandemic decimates the working population of a city in Asia, for example, there will not be the products and supplies that come from that city – perhaps they only come from there – and that we need to cope with the rapid spread. There is no sum of money that can buy something that does not exist. This is why the World Bank’s newly created Pandemic Emergency Financing Mechanism (MFEP), which aims to provide global financing to respond to pandemics, will not serve an international emergency.

Taking a holistic perspective, spanning from initial vaccine development to application, CEPI will focus on critical gaps in the process due to market collapse. The initial accent will be placed on accompanying the new vaccines throughout the entire procedure, from the preclinical stage to the proof of principle in humans and the creation of platforms that can be used for the rapid development of vaccines against unknown pathogens. But how will we find a sustained source of funding for this project? This is still the million dollar question. All in all, I believe this group provides us with the best opportunity ever to create a sustainable international response and to generate a viable and reliable pipeline of key vaccines, so we should all keep an eye on the progress of CEPI. Someday, our lives could be in his hands.

Perhaps the biggest medical mystery of the SARS outbreak was why some people, like Dr. Liu and Mr. Chen, passed the disease on to so many people they crossed paths with, even if only in passing, while others who were infected got sick, but hardly they infected no one else. For reasons that we do not yet fully understand, certain individuals with coronavirus become “super contagious.”
In the world of infectious diseases and public health, the diseases that concern us most are those that have high mortality rates and that can be transmitted effectively through the respiratory route; In other words, deadly diseases that you can catch simply by breathing the same air as an infected person or animal. For most infectious diseases, the probability that someone will pass an infection to another person is called the “reproductive number, (R0).” This number tends to be quite similar in cases of the same disease when all the affected person’s contacts are vulnerable, that is, they have not been vaccinated or had the disease before.
Altogether, SARS caused 44 fatalities in Canada, out of a total of 438 probable cases. Worldwide, the estimated mortality was 916, 11% of those infected. This is a pretty scary death rate for an infectious disease with a potential for global transmission. Losses from the tourism sector in Toronto were estimated at around $ 350 million, with another $ 380 million in losses in retail.
The World Bank has estimated that the SARS epidemic caused global economic losses of $ 54 billion. Most of this figure does not come from direct health care costs, but from “avoidance behaviors” on the part of society.
The SARS outbreak has left the world a legacy that continues to haunt us. Several vaccine research, development and manufacturing companies stepped up in the early days of the SARS outbreak in 2003 at the request of the WHO and invested many millions of dollars to work on a vaccine against the disease. I am not aware of anyone knowing exactly how much was invested in the pharmaceutical sector, but it was likely to be in the hundreds of millions of dollars. The industry wanted to do the right thing by helping the world respond to that public health crisis and seize an investment opportunity.
When the outbreak ended in late summer 2003, interest from public agencies and charities in further research on the SARS vaccine virtually waned. At that time there was no interest in buying the vaccine. The companies were left with the burden of the costs of the initial investigation. As we have noted, this corporate “memory” will continue to be a major concern for vaccine-related investment.

We have come to the conclusion that there are four priorities that must be addressed immediately to curb the crisis of antibiotic resistance in both humans and animals. Some of them have a high cost, while others would have practically no cost, but all are realistic and feasible. They must be implemented in their entirety and are as follows:
1-Prevent infections that require antibiotic treatment.
2-Preserve the effectiveness of the antibiotics that we currently have.
3-Research and develop new antibiotic agents.
4-Find new solutions that relieve the pressure of needing antibiotics.

We estimate that today as much as $ 35-40 million in public and private funds are spent on developing new influenza vaccines, much less than the 1 billion spent annually on the HIV vaccine. Imagine what we could do if we received funding at the same level as HIV and this project to find a revolutionary flu vaccine was approached in the same spirit of coordination and collaboration.
We are well aware of the current trend towards fiscal austerity. However, as we have shown, we cannot ignore the social, economic and political consequences of a major influenza pandemic around the world due to the absence of an effective vaccine that is immediately available. Our main objective should be to ensure that every person on planet Earth has this vaccine.
London-based global professional services company Willis Towers Watson sells 3,000 policies to senior industry executives a year to hedge against what they consider to be the industry’s highest risk – that is, what would cost them the most money.
Item 1 on the list is “Pandemics: a new fatal and highly infectious disease spreads among humans, fauna or flora worldwide.”
And that pandemic being talked about will likely come in the form of a deadly strain of the flu.

Let’s review the main threats we face:
– Potentially pandemic pathogens: basically the flu and the consequences of antimicrobial resistance.
– Critical pathogens in certain areas: Ebola, coronaviruses such as SARS or MRMS, other viruses such as Nipah or Lassa fever, and diseases transmitted by mosquitoes such as dengue, yellow fever or the Zika virus.
– Bioterrorism, Dual Use Investigations (DURC) and Gain of Function (GOFRC).
– Endemic diseases that continue to have a great impact on global health, especially in developing countries: malaria, tuberculosis, AIDS, viral hepatitis, diarrheal diseases in children and bacterial pneumonia.

When it comes to leadership, I don’t think traditional public health professionals can wake us up from this complacent state we find ourselves in with infectious diseases. We need people who can see – and foresee – the big picture and know how to allocate government, scientific and private sector resources to meet these challenges. The leaders of this Anti-Crisis Program must have an in-depth knowledge of national, regional and global politics and experience in the field, as well as be equipped with the scientific knowledge necessary to carry out the program.
If we begin to question and sue properly and our leaders begin to live up to their public health responsibilities, will everything we have proposed completely neutralize the threat of infectious diseases and their severe and terrifying impact on everything? the world? Of course not. But what we can achieve with the collective will and the commitment of the necessary resources is to give many more people in the world – especially our children and grandchildren – the opportunity to live a more normal, happy and productive life. And we can exchange countless bad deaths for good ones.

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