La Era Del Capitalismo De La Vigilancia: La Lucha Por Un Futuro Humano Frente A Las Nuevas Fronteras Del Poder — Soshana Zuboff / The Age of Surveillance Capitalism: The Fight for a Human Future at the New Frontier of Power by Shoshana Zuboff

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Este libro podría describirse como la contraparte pesimista y desesperada del trabajo de Harari. Abarca muchos de los mismos temas: el poder predictivo de Big Data, la pérdida de la libertad humana y la intrusión de la tecnología de vigilancia en cada rincón de nuestras vidas. Todas estas cosas son realmente malas y preocupantes.
Habiendo dicho eso, encontré el análisis de los autores de alguna manera demasiado sombrío. Existe una compensación fundamental en tener un servicio gratuito como Google Maps. Recibimos una asistencia poderosa y sin precedentes en la navegación. A su vez, obtienen nuestros datos que utilizan para refinar sus modelos de comportamiento humano predictivo. Esto probablemente no sea justo una vez que comprenda el alcance total de lo que está perdiendo y tal vez todos deberíamos exigir un nuevo modus vivendi. Sin embargo, el libro no lo describe como una compensación. En cambio, se nos describe como literalmente conquistados y esclavizados por una fuerza extranjera, repetidamente análoga a la conquista de los taínos por los conquistadores españoles. Esta hipérbole se entreteje a lo largo de la prosa generalmente densa del libro. Hay toneladas de información aquí. No dice necesariamente mucho que sea nuevo para una audiencia relativamente informada. Encontré esto un poco decepcionante dada la recepción sin aliento que ha recibido el libro. Las repetidas invocaciones de los filósofos y la poesía renacentista también se sintieron un poco sobrecargadas.
Habiendo dicho eso, simpatizo con gran parte del argumento del libro. Definitivamente hemos retrocedido a algún tipo de arreglo económico feudal, incluso conservando la mente y los deseos de la gente moderna. No es de extrañar que muchos se sientan infelices, a pesar de su relativa riqueza material. La omnipresente presencia de equipos sensoriales y de seguimiento de datos está preparando a los seres humanos para algo inimaginable. Cada movimiento, pensamiento e impulso está en camino de ser rastreado y registrado en un poderoso texto predictivo que solo pueden leer nuestros supervisores de la nueva industria tecnológica. Estamos en camino de convertirnos en ratas de laboratorio en un laberinto diseñado para afinar nuestro comportamiento, principalmente con el propósito de controlarnos y extraer nuestra riqueza. Cada nuevo dispositivo y aplicación, que a menudo se ofrece de forma gratuita o se vende a un precio de coste, es un nuevo espía destinado a capturar la mayor cantidad posible de datos de comportamiento. No es necesario disfrutar de la prosa espeluznante de la autora para ver que sus palabras contienen algo de verdad.
¿Hay alguna solución aquí? Solo un gesto vago hacia la necesidad de más democracia. Si bien eso puede ser cierto, me pareció una forma predecible y algo perezosa de concluir el libro. Creo que no está bien redactar cientos de páginas de información espantosa sin siquiera formular una solución plausible. Sí, los problemas que se articulan son reales y críticos. Sin embargo, como reconoce el autor, la marea es tan abrumadora que la mayoría se ha resignado a seguir su curso. ¿Cómo contrarrestamos este sentimiento de resignación? Esa sería una pregunta importante a responder.

Capitalismo de la vigilancia,
1. Nuevo orden económico que reclama para sí la experiencia humana como materia prima gratuita aprovechable para una serie de prácticas comerciales ocultas de extracción, predicción y ventas. 2. Lógica económica parasítica en la que la producción de bienes y servicios se subordina a una nueva arquitectura global de modificación conductual. 3. Mutación inescrupulosa del capitalismo caracterizada por grandes concentraciones de riqueza, conocimiento y poder que no tienen precedente en la historia humana. 4. El marco fundamental de una economía de la vigilancia. 5. Amenaza tan importante para la naturaleza humana en el siglo XXI como lo fue el capitalismo industrial para el mundo natural en los siglos XIX y XX . 6. Origen de un nuevo poder instrumentario que impone su dominio sobre la sociedad y plantea alarmantes contradicciones para la democracia de mercado. 7. Movimiento que aspira a imponer un nuevo orden colectivo basado en la certeza absoluta. 8. Expropiación de derechos humanos cruciales que perfectamente puede considerarse como un golpe desde arriba: un derrocamiento de la soberanía del pueblo.

La sensación de alejamiento o desaparición del hogar nos causa una añoranza insoportable. Los portugueses tienen una palabra para ese sentimiento: saudade , un término que, al parecer, capta la nostalgia y el anhelo que, desde hace siglos, produce en los emigrantes separarse de su patria. Ahora, las alteraciones propias del siglo XXI han convertido esas delicadas ansiedades y anhelos en un relato universal en el que estamos sumergidos todos y cada uno de nosotros.
El capitalismo de la vigilancia reclama unilateralmente para sí la experiencia humana, entendiéndola como una materia prima gratuita que puede traducir en datos de comportamiento. Aunque algunos de dichos datos se utilizan para mejorar productos o servicios, el resto es considerado como un excedente conductual privativo («propiedad») de las propias empresas capitalistas de la vigilancia y se usa como insumo de procesos avanzados de producción conocidos como inteligencia de máquinas , con los que se fabrican productos predictivos que prevén lo que cualquiera de ustedes hará ahora, en breve y más adelante. Por último, estos productos predictivos son comprados y vendidos en un nuevo tipo de mercado de predicciones de comportamientos que yo denomino mercados de futuros conductuales . Los capitalistas de la vigilancia se han enriquecido inmensamente con esas operaciones comerciales, pues son muchas las empresas ansiosas por apostar sobre nuestro comportamiento futuro.
Los productos y servicios del capitalismo de la vigilancia no son los objetos de un intercambio de valor. No establecen unas reciprocidades constructivas entre productor y consumidor. Son, más bien, los «ganchos» que atraen a los usuarios hacia unas operaciones extractivas en las que se rebañan y se empaquetan nuestras experiencias personales para convertirlas en medios para los fines de otros. No somos «clientes» del capitalismo de la vigilancia. Y aunque el dicho habitual rece que «cuando el producto es gratis, el producto erestú», tampoco esa es la forma correcta de verlo. Somos las fuentes del excedente crucial del que se alimenta el capitalismo de la vigilancia: los objetos de una operación tecnológicamente avanzada de extracción de materia prima a la que resulta cada vez más difícil escapar. Los verdaderos clientes del capitalismo de la vigilancia son las empresas que comercian en los mercados que este tiene organizados acerca de nuestros comportamientos futuros.
Eric Schmidt, comentó: «La realidad es que los buscadores, y Google entre ellos, sí conservan esa información durante un tiempo».
En realidad, los buscadores no conservan nada: es el capitalismo de la vigilancia el que lo hace. Aquellas declaraciones de Schmidt son un clásico ejemplo de desvío de la atención que confunde a la opinión pública al mezclar imperativos comerciales con la inevitabilidad tecnológica. Camuflan las prácticas concretas del capitalismo de la vigilancia y las decisiones específicas que impulsan que la forma de búsqueda de Google sea como es. Lo más significativo del caso es que hace que las prácticas del capitalismo de la vigilancia parezcan inevitables, cuando en realidad son unos medios meticulosamente calculados y generosamente financiados con los que alguien trata de alcanzar unos fines comerciales en provecho propio.

El milagro Apple y el capitalismo de la vigilancia deben sus respectivos éxitos a la colisión destructiva entre dos fuerzas históricas opuestas. Un vector corresponde a la ya larga historia de la modernización y de la también secular transición social desde la masa hacia el individuo. El vector opuesto corresponde a la elaboración e implementación desde hace décadas del paradigma económico neoliberal: su economía política, su transformación de la sociedad y, en especial, su pretensión de dar marcha atrás, a reprimir, a impedir e incluso a destruir el anhelo individual de autodeterminación psicológica, libertad y capacidad de acción (agencia) moral.
La mutación no es un cuento de hadas: es capitalismo racional, entrelazado con reciprocidades diversas con las poblaciones humanas de ese capitalismo a través de las instituciones democráticas. Las mutaciones cambian de manera fundamental la naturaleza del capitalismo porque lo desplazan orientándolo por la senda de aquellos públicos a los que se supone que da servicio. Esa forma de pensar no es ni de lejos tan enardecedora y excitante como aquella que se desprendería de una tesis como la de los «niños con sus juguetes», pero es la que se necesita para mover la aguja en el dial de la historia económica más allá del punto de colisión y en dirección a la tercera modernidad.
La domesticación del capitalismo de la vigilancia debe comenzar por un cuidadoso ejercicio de búsqueda y asignación de nombres adecuados.

Google es al capitalismo de la vigilancia lo que la empresa automovilística Ford y General Motors fueron al capitalismo gerencial basado en la producción en masa. Unas personas descubren una nueva lógica económica con sus correspondientes modelos comerciales en un momento y un lugar, y esa lógica y esos modelos se perfeccionan luego por ensayo y error. Pues bien, en nuestra época, Google se convirtió en la pionera, la descubridora, la elaboradora, la experimentadora, la principal practicante, el modelo y el foco difusor del capitalismo de la vigilancia . El emblemático estatus de General Motors y de Ford como pioneras del capitalismo del siglo XX hizo de ellas un objeto de estudio académico y de fascinación popular durante muchos años, porque el eco de las lecciones que nos enseñaron resonaba mucho más allá de esas empresas en concreto. Las prácticas de Google merecen un examen análogo, no solo a modo de crítica de esa empresa en concreto, sino también porque esta constituye el punto de partida de la sistematización de una nueva y poderosa forma de capitalismo.
En Google, el ciclo también estaba orientado al individuo como sujeto de este, pero sin un producto físico en venta: flotaba fuera del mercado y era una interacción con los «usuarios», más que una transacción mercantil con unos clientes.
Esto explica por qué no es correcto categorizar a los usuarios de Google como «clientes» de la compañía: no hay un intercambio económico, ni un precio, ni una ganancia. Tampoco puede decirse que los usuarios sean como unos trabajadores más de la empresa. Cuando un capitalista contrata personal y le facilita unos salarios y unos medios de producción, los productos que ese personal fabrica pertenecen al capitalista, que los vende con un margen de beneficio. No es el caso con Google. A los usuarios no se les paga por su trabajo, ni se les encarga el manejo de los medios de producción.
El hecho de que los usuarios necesitaran el buscador casi tanto como el buscador necesitaba a los usuarios favoreció un equilibrio de poder entre Google y sus públicos. Las personas eran tratadas como fines en sí mismas, como sujetos de un ciclo autónomo, no mercantil, que se alineaba a la perfección con la misión declarada por la propia Google de «organizar la información del mundo y hacer que sea universalmente accesible y útil».
Los líderes de Google se vieron favorecidos también por las circunstancias históricas. Tanto Google como el proyecto capitalista de la vigilancia en general fueron beneficiarios de dos fenómenos que propiciaron un hábitat singularmente cobijador de su particular mutación. El primero de ellos fue la toma neoliberal de la maquinaria estatal de supervisión y regulación de la economía estadounidense.
El Zeitgeist neoliberal también favoreció a los líderes de Google (y a sus posteriores compañeros de viaje en el proyecto de la vigilancia) cuando trataron de hallar un cobijo para sus invenciones apelando a los derechos de la libertad de expresión protegida por la Primera Enmienda de la Constitución estadounidense. Se trata de un terreno complejo y polémico en el que se entremezclan el derecho constitucional y la ideología política sin solución de continuidad, por lo que me limitaré a señalar unos pocos elementos que nos ayuden a entender mejor el hábitat del que se nutrió la nueva forma de mercado de la vigilancia.
La dinámica clave aquí es que la jurisprudencia sobre la Primera Enmienda, sobre todo en estas últimas dos décadas, ha reflejado una interpretación «libertario-conservadora» de los derechos incluidos en la Primera Enmienda.
La conclusión clave de todo lo anterior para la historia que aquí nos ocupa, en plena era del capitalismo de la vigilancia, es que sí, es cierto que la expansión de las oportunidades para la libertad de expresión asociada al nacimiento y a la consolidación de internet ha sido una verdadera fuerza emancipadora en muchos aspectos fundamentales, pero esto no debería impedirnos apreciar otra condición asociada: el fundamentalismo de la libertad de expresión ha bloqueado un escrutinio detallado de las operaciones sin precedentes que componen esa nueva forma de mercado y que explican su éxito espectacular. Se abusa de la Constitución para que dé cobijo a toda una serie de novedosas prácticas que persiguen finalidades (y tienen consecuencias) antidemocráticas, y que, en el fondo, acaban por destruir los duraderos valores que se incorporaron a la Primera Enmienda con el propósito de proteger al individuo frente a un poder abusivo.

¿Por qué sigue el capitalismo de la vigilancia funcionando sin prácticamente traba alguna —especialmente, en Estados Unidos— tantos años después de los acontecimientos que desencadenaron aquel frenesí por el dominio de la información? En los años transcurridos desde entonces, se ha producido toda una proliferación de miles de hechos institucionales que han normalizado las prácticas del capitalismo de la vigilancia y han hecho que parezcan necesarias y hasta inevitables: el descubrimiento del excedente conductual y las masivas acumulaciones de capital y material que ocurrieron a continuación, la proliferación de dispositivos y servicios, la integración de flujos de datos, y la institucionalización de los mercados donde se comercia en futuros de conducta humana.
Pero no por ello debemos sucumbir a la falacia naturalista y suponer que ese próspero florecimiento mismo es una prueba de la valía o la inevitabilidad inherente al capitalismo de la vigilancia.
La capacidad demostrada por el capitalismo de la vigilancia para mantener a raya la democracia fue el germen del que ha brotado esta cruda realidad. Dos señores de Google que no sienten aprecio por la legitimidad del voto popular, ni por la supervisión democrática, ni por las exigencias propias de la gobernanza de las empresas que se deben a sus accionistas, ejercen el control sobre la organización y la presentación de la información mundial. Un señor de Facebook que tampoco tiene en estima alguna la legitimidad del voto popular, ni la supervisión democrática, ni las exigencias propias de la gobernanza de las empresas que se deben a sus accionistas, ejerce el control sobre un medio de conexión social cada vez más universal, así como sobre la información que se oculta en sus redes.
Proyectos como Street View enseñaron a Google que podía asumir el papel de árbitro del futuro sin salir mal parada. Aprendió a perseverar hasta en las más controvertidas iniciativas de desposesión cuando estas sean necesarias para procurarle nuevas y vitales líneas de suministro.

Los éxitos sin precedentes de Google, Facebook y, más tarde, Microsoft ejercieron un palpable magnetismo sobre la economía global, especialmente sobre la estadounidense, donde más arraigada estaba aquella política de la alegalidad. Enseguida hubo empresas de sectores ya consolidados y originariamente ajenos a Silicon Valley que mostraron su determinación por competir por los ingresos derivados de la vigilancia. Entre las pioneras de esta segunda oleada estuvieron las operadoras de telecomunicaciones y servicios por cable que proporcionan conexiones de banda ancha a millones de personas y hogares. Aunque existe cierto debate en torno a si estas empresas pueden competir realmente con los grandes gigantes de internet ya consolidados, los datos sobre el terreno dan a entender que las compañías proveedoras de servicios de internet (ISP, por sus siglas en inglés) están decididas a intentarlo de todos modos.

La base para el proyecto general del capitalismo de la vigilancia y para su pecado original de la desposesión. Deben ser defendidas a toda costa por los promotores de ese proyecto, porque cada declaración está basada en la anterior. Si cae una, caen todas:
1-Declaramos que la experiencia humana es una materia prima que se puede tomar gratuitamente. Basándonos en esa declaración, podemos ignorar cualquier consideración sobre los derechos, los intereses de los individuos, o sobre su conocimiento o su comprensión de tal apropiación.
2-Basándonos en nuestra declaración anterior, nos declaramos en nuestro derecho de capturar la experiencia de un individuo para traducirla en datos conductuales.
3-Nuestro derecho de captura, basado en la declaración de nuestro derecho a una materia prima gratuita, nos otorga asimismo el derecho a ser propietarios de los datos conductuales derivados de la experiencia humana.
4-Nuestros derechos a la captura y a la propiedad de esa experiencia y de sus datos nos confieren el derecho a conocer lo que tales datos revelan.
5- Nuestros derechos a la captura, a la propiedad y al conocimiento de esos datos y sus revelaciones nos confieren el derecho a decidir cómo usar ese conocimiento adquirido.
6-Nuestros derechos a la captura, la propiedad, el conocimiento y la decisión nos otorgan también derecho a establecer las condiciones que mejor preserven nuestros derechos a la captura, la propiedad, el conocimiento y la decisión.

Así pues, la era del capitalismo de la vigilancia se inauguró con seis declaraciones que la definen como una era de conquista.

No podía haber un escenario más apropiado para que Eric Schmidt compartiera sus opiniones sobre el futuro de la web que el Foro Económico Mundial de Davos, Suiza. En 2015, durante una sesión en aquella especie de patio del recreo invernal para neoliberales —y para un número creciente de capitalistas de la vigilancia, por cierto—, alguien preguntó a Schmidt sobre sus ideas acerca del futuro de internet. Sentado junto a dos antiguas compañeras de trabajo suyas en Google, Sheryl Sandberg y Marissa Mayer, él no dudó en manifestarse convencido de que «internet desaparecerá. Habrá tantas direcciones IP, […] tantos dispositivos, tantos sensores, tantas cosas que llevaremos puestas, tantas cosas con las que interactuaremos, que ni las percibiremos. Formarán parte de nuestra presencia en todo momento. Imagínense que entran en una sala y la sala es dinámica». El público asistente boqueó asombrado. Y, casi al instante, titulares de prensa de todo el mundo anunciaron admirados a los cuatro vientos el dictamen oracular del antiguo director ejecutivo de Google: el fin de internet estaba a la vuelta de la esquina.
Schmidt no estaba describiendo, en realidad, el fin de internet, sino su definitiva liberación de ataduras en forma de dispositivos específicos, como el ordenador personal o el teléfono inteligente. Para los capitalistas de la vigilancia, esa transición no es opcional. La rentabilidad de la vigilancia despertó una intensa competencia por los ingresos que manan de los nuevos mercados de conductas futuras. Pero ni el más sofisticado de los procesos de transformación de excedente conductual en productos que pronostican con precisión el futuro funcionará si no dispone de materia prima de la calidad y la cantidad adecuadas. Los capitalistas de la vigilancia estaban obligados, pues, a preguntarse: «¿Qué formas de excedente permiten la fabricación de productos predictivos que pronostiquen el futuro con una mayor fiabilidad?». Y esta pregunta marcó un punto de inflexión crítico en la evolución (siguiendo un proceso de ensayo y error) del capitalismo de la vigilancia. Supuso la cristalización de un segundo imperativo económico, el imperativo predictivo , y puso de manifiesto la intensa presión que este ejerce sobre los ingresos de los capitalistas de la vigilancia.

Nos preocupa que las compañías acumulen nuestros datos personales y nos preguntamos por qué tienen que hacer negocio con ellos. «¿Quién es el dueño de los datos?», nos planteamos. Pero en cualquiera de nuestros debates o análisis sobre la protección o la propiedad de datos olvidamos hacernos la pregunta más importante de todas. Y es que, para empezar, ¿por qué nuestra experiencia es convertida en datos conductuales? Hasta ahora, hemos tendido a pasar por alto con demasiada facilidad ese trascendental paso en la cadena de hechos que conducen a la generación de un excedente conductual.
El sustantivo inglés rendition se deriva del verbo to render , una palabra muy poco común en esa lengua, en la que tiene un significado dual que describe una relación bidireccional entre los términos de significación que capta a la perfección lo que se produce en ese hueco que separa la experiencia humana de los datos conductuales. Desde la perspectiva de uno de los lados de la relación, el verbo to render describe un proceso en el que algo se forma a partir de otra cosa proporcionada originalmente. Designa, en definitiva, la acción causal de convertir una cosa en otra, como cuando se utiliza (en inglés) para referirse a la obtención (extracción) de aceite a partir de una grasa, o cuando se obtiene (se traduce) un texto en inglés a partir de un original en latín. Estas acepciones del verbo también han llegado al vocabulario de la tecnología digital. Por ejemplo, un «motor de renderizado » convierte el contenido codificado de una página HTML en un formato que se puede mostrar en pantalla e imprimir.
A su vez, desde la perspectiva del otro lado de la relación, el verbo to render también describe cómo el objeto que es cambiado se presta él mismo a ese proceso: se rinde . En inglés, el origen de ese verbo es el francés rendre , que aparece por primera vez en el siglo X con el significado de «devolver, regalar, ceder», como el que tiene en la expresión «rendir cuentas.
Los capitalistas de la vigilancia imponen su voluntad entre bastidores, mientras que los actores interpretan ante el público unas estilizadas y arrulladoras nanas sobre la revelación de información y el consentimiento.
El imperativo predictivo transforma las cosas que tenemos en cosas que nos tienen a nosotros con el único objetivo de transferirse toda la rica diversidad de nuestro mundo, nuestros hogares y nuestros cuerpos rendidos, convertidos en objetos conductuales para sus propios cálculos y elaboraciones en pos de la rentabilidad y los beneficios. Pero no concluyen ahí las crónicas de la rendición-conversión (la rendition ). El segundo acto nos obliga a viajar de nuestras salas de estar y nuestra calles a otro mundo que late bajo su superficie, y que no es otro que aquel donde se despliega nuestra vida interior.

Estos mercados no dependen de nosotros, salvo en un primer momento, como fuentes de la materia prima de la que se elabora el excedente y, posteriormente, como público objetivo de los resultados garantizados. No disponemos de control formal alguno porque no somos imprescindibles para la acción del mercado. En ese futuro, se nos habrá exiliado de nuestra propia conducta y se nos negará el acceso al conocimiento derivado de nuestra experiencia, y no digamos ya su control. El conocimiento, la autoridad y el poder descansarán en el capital de la vigilancia, para el que somos meros «recursos naturales humanos».
En el capitalismo de la vigilancia, los «medios de producción» están al servicio de los «medios de modificación conductual». Los procesos automáticos realizados por máquinas reemplazan a las relaciones humanas para que la certeza pueda sustituir a la confianza. Esta nueva cadena de producción descansa sobre un ingente aparato digital, unas concentraciones históricamente grandes de conocimientos y habilidades computacionales avanzados, y una inmensa riqueza.
El capitalismo de la vigilancia es el titiritero que mueve los hilos del omnipresente aparato digital e impone su voluntad a través de este. A partir de ahora, llamaré a ese aparato Gran Otro : este es el títere sensitivo, computacional y conectado que transfiere, convierte, monitoriza, computa y modifica la conducta humana. El Gran Otro combina esas funciones de conocimiento y de actuación para crear un medio de modificación conductual ubicuo y sin precedentes. La lógica económica del capitalismo de la vigilancia se orienta —a través de las ingentes capacidades del Gran Otro— a la producción de poder instrumentario: reemplaza así la ingeniería de las almas por la ingeniería de la conducta.
El poder instrumentario cultiva un inusual «modo de conocimiento» que compagina la «indiferencia formal» de la cosmovisión neoliberal con la perspectiva observacional del conductismo radical.

En esta colmena humana, la libertad individual se sacrifica en aras de la acción y del conocimiento colectivos. Los elementos no armoniosos son preventivamente blanco de unas altas dosis de afinación, «arreo» y condicionamiento, acompañadas de toda la fuerza seductora de la persuasión y la influencia sociales. Avanzamos por una senda de certeza, igual que las máquinas inteligentes. Aprendemos a sacrificar nuestra libertad ante el conocimiento colectivo impuesto por otros y en interés de los resultados garantizados que esos otros andan buscando. He ahí el sello distintivo de esa tercera modernidad que nos ofrece el capital de la vigilancia como respuesta a nuestra búsqueda de una vida eficaz juntos.
El instrumentarismo cambia la concepción de la sociedad, que pasa a ser una colmena que monitorizar y afinar en pos del objetivo de los resultados garantizados, pero eso no nos dice nada de la experiencia vital de sus miembros. ¿Cuáles son las consecuencias de vivir la vida en la colmena, donde cada uno de nosotros somos percibidos como un otro por los capitalistas de la vigilancia, los diseñadores y los afinadores que imponen sus instrumentos y métodos? ¿Cómo y cuándo nos convertimos cada uno y cada una en un organismo entre organismos, tanto para nosotros mismos como para los demás, y con qué resultado? No todas las respuestas a esas preguntas son meras conjeturas: basta con que preguntemos a nuestros hijos jóvenes. Y es que, sin saberlo, hemos enviado a los menos formados y más vulnerables a explorar la colmena y a colonizar sus ignotos territorios. Y ahora sus mensajes nos llegan, cual filtraciones, desde el otro lado de esa frontera.

La atracción magnética que las redes sociales ejercen sobre la gente joven la impulsan a conductas más automáticas y menos voluntarias. En el caso de demasiados de esos jóvenes, sus comportamientos rayan en la compulsión propiamente dicha. ¿Qué es lo que tanto fascina a los miembros más jóvenes de nuestra sociedad y los ata a ese mundo mediado a pesar del estrés y la desazón que en él encuentran?
La respuesta reside en una combinación de ciencia conductual y diseño de alto riesgo que está calibrada con precisión para ser muy incisiva en las necesidades que sienten los muchachos de esa edad y esa etapa de la vida: una maquinaria que se ajusta como un guante a la mano a la que trata de adaptarse. Las redes sociales están diseñadas para atraer y retener a personas de todas las edades, pero están principalmente amoldadas a la estructura psicológica de la adolescencia y la adultez emergente, cuando el individuo está orientado a los «otros» de un modo natural y, en especial, hacia las recompensas del reconocimiento.
Facebook tiene de su parte esa «visión de Dios» tan preciada por Pentland, un recurso sin parangón que emplea para reconvertir esa fusión que anhelamos por naturaleza en un espacio en el que no hay salida. Ciencia y capital están unidos en este proyecto de juego largo. Ayer era el botón «me gusta», hoy es la realidad aumentada y mañana serán las nuevas innovaciones que se añadan a este repertorio. El incremento de las cifras de la compañía en participación del usuario, captura de excedente y recaudación de ingresos es la prueba de que estas innovaciones han dado en la diana.
Los jóvenes tienen ansias de colmena y Facebook les procura una, si bien es una colmena de la que el capital de la vigilancia es dueño y gestor, y que ha sido diseñada científicamente para funcionar como una espiral continua de fusión creciente que cumple sobradamente con los cinco criterios mencionados por Shaffer para alcanzar un estado de compulsión adictiva. Su potencia responde a una fórmula dictada por los atributos ocultos de aquellos y aquellas que anhelan ser valorados por el grupo para llenar el vacío del yo que todavía no está ahí porque aún no se ha desarrollado.
En el interior de la colmena, es fácil olvidar que toda salida es una entrada también. Salir de la colmena significa entrar en ese territorio que hay más allá, donde podemos hallar refugio y resguardarnos de la artificialmente afinada presión social de los otros. La salida deja atrás el punto de vista del otro y nos acerca a un espacio en el que la mirada propia puede por fin establecerse en nuestro interior. Salir significa entrar en el lugar donde puede nacer y criarse un yo. La historia tiene un nombre para esa clase de lugar: asilo.
Nuestras sensibilidades están cada vez más entumecidas, más indiferentes a la monstruosidad del Gran Otro, mientras este va desarrollando, probando, elaborando y normalizando sus elementos y características. Nos volvemos sordos al arrullo de las paredes. Ocultarse de las máquinas y de sus amos va dejando de ser una obsesión de la vanguardia para convertirse en un tema normal del discurso social y, finalmente, hasta de nuestras conversaciones familiares durante la cena. Cada paso que damos por esa senda descendente está envuelto en algo muy parecido a la proverbial niebla de la guerra: fragmentos e incidentes dispersos que aparecen súbitamente, a menudo envueltos en la oscuridad. Hay poco margen para percibir el patrón general, y no digamos ya sus orígenes y su significado. No obstante, cada borrado de la posibilidad de asilo deja un vacío que llenan sin solución de continuidad (y sin levantar ruido) las nuevas condiciones del poder instrumentario.

El capitalismo de la vigilancia se aparta de la historia del capitalismo de mercado en tres sorprendentes sentidos. En primer lugar, hace hincapié en su derecho a la libertad y al conocimiento sin trabas. En segundo lugar, abandona las tradicionales reciprocidades orgánicas con las personas. En tercer lugar, el fantasma de la vida en la colmena delata un proyecto social colectivista sustentado por una indiferencia radical y por su expresión material en el Gran Otro.
El poder, si no es domesticado por la democracia, solo puede conducirnos al exilio y a la desesperanza. El ciclo de la opinión pública que precede a la ley duradera al que se refería Friedman retorna ahora al punto en el que nosotros somos los protagonistas: de nosotros depende usar nuestro conocimiento, recobrar el rumbo, espolear a otros a hacer eso mismo, y fundar un nuevo comienzo. Las víctimas de la conquista de la naturaleza emprendida por el capitalismo industrial no podían hablar. Pues bien, se trata de que quienes ahora intenten conquistar la naturaleza humana descubran que sus pretendidas víctimas están sobradas de voz, y perfectamente dispuestas a poner nombre al peligro y derrotarlo.

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This book could be described as the pessimistic and despairing counterpart to Harari’s work. It goes over many of the same themes: the predictive power of Big Data, the loss of human freedom and the intrusion of surveillance technology into every corner of our lives. These things are all genuinely bad and troubling.
Having said that I found the authors analysis to be somehow overly bleak. There is a fundamental trade-off in having a free service like Google Maps. We get powerful, unprecedented assistance in navigation. In turn, they get our data which they use to refine their models of predictive human behavior. This probably isn’t fair once you understand the full scope of what you are losing and maybe we should all demand a new modus vivendi. The book fails to describe it as a trade-off however. Instead it is depicted as us being literally conquered and enslaved by a foreign force, repeatedly analogized to the conquest of the Tainos by the Spanish conquistadors. This hyperbole is woven throughout the generally dense prose of the book. There is tons of information here. It doesn’t necessarily say much that will be new to a relatively informed audience. I found this a bit disappointing given the breathless reception that the book has received. The repeated invocations of philosophers and renaissance poetry also felt a bit overwrought.
Having said that, I am in sympathy with much of the book’s argument. We definitely have regressed to some sort of feudal economic arrangement, even while retaining the minds and desires of modern people. No wonder so many feel unhappy, despite their relative material wealth. The ubiquitous presence of sensory and data tracking equipment is setting human beings up for something unimaginable. Every movement, thought and impulse is on the way to being tracked and recorded in a powerful predictive text that can only be read by our new tech industry overseers. We are on the way to becoming laboratory rats in a maze designed to fine-tune our behavior, mainly for the purpose of controlling us and extracting our wealth. Every new gadget and app, often given for free or sold at cost price, is a new spy intended to capture as much behavioral data as possible. You don’t need to enjoy the author’s lurid prose to see that her words contain some truth.
Are there any solutions here? Only a vague gesture towards the need for more democracy. While that may be true I found it to be a predictable and somewhat lazy way to conclude the book. I feel it is not right to hammer out hundreds of pages of dire information without even formulating a plausible solution. Yes, the problems are articulated are real and critical. As the author acknowledges though, the tide is so overwhelming most have resigned themselves to drift along its course. How do we counteract this feeling of resignation? That would be a significant question to answer.

Surveillance capitalism,
1. New economic order that claims for itself human experience as a free raw material that can be used for a series of hidden commercial practices of extraction, prediction and sales. 2. Parasitic economic logic in which the production of goods and services is subordinated to a new global architecture of behavioral modification. 3. Unscrupulous mutation of capitalism characterized by great concentrations of wealth, knowledge and power that have no precedent in human history. 4. The fundamental framework of a surveillance economy. 5. A threat as important to human nature in the 21st century as industrial capitalism was to the natural world in the 19th and 20th centuries. 6. Origin of a new instrumental power that imposes its domination over society and poses alarming contradictions for market democracy. 7. Movement that aspires to impose a new collective order based on absolute certainty. 8. Expropriation of crucial human rights that can perfectly be considered as a blow from above: an overthrow of the sovereignty of the people.

The feeling of estrangement or disappearance from home causes us an unbearable longing. The Portuguese have a word for that sentiment: saudade, a term that apparently captures the nostalgia and longing that, for centuries, has produced in migrants to separate from their homeland. Now, the alterations typical of the 21st century have turned these delicate anxieties and yearnings into a universal story in which each and every one of us is immersed.
Surveillance capitalism unilaterally claims human experience for itself, understanding it as a free raw material that it can translate into behavioral data. Although some of this data is used to improve products or services, the rest is considered as a proprietary behavioral surplus («property») of the capitalist surveillance companies themselves and is used as an input for advanced production processes known as machine intelligence. , with which predictive products are manufactured that anticipate what any of you will do now, shortly and later. Ultimately, these predictive products are bought and sold in a new type of behavioral prediction market that I call behavioral futures markets. The surveillance capitalists have become immensely rich from these business operations, as many companies are eager to bet on our future behavior.
The products and services of surveillance capitalism are not the objects of an exchange of value. They do not establish constructive reciprocities between producer and consumer. Rather, they are the «hooks» that draw users into extractive operations in which our personal experiences are herded and packaged into means to others’ ends. We are not «clients» of surveillance capitalism. And although the common saying is that «when the product is free, the product is free,» that is not the correct way of looking at it either. We are the sources of the crucial surplus that surveillance capitalism feeds on: the objects of a technologically advanced raw-material extraction operation that is becoming increasingly difficult to escape. The real customers of surveillance capitalism are the companies that trade in the markets it has organized about our future behaviors.
Eric Schmidt, commented: «The reality is that search engines, and Google among them, do retain that information for a while.»
In reality, the searchers don’t keep anything – it’s surveillance capitalism that does. Those statements by Schmidt are a classic example of a diversion of attention that confuses public opinion by mixing commercial imperatives with technological inevitability. They camouflage the concrete practices of surveillance capitalism and the specific decisions that drive Google’s search to be the way it is. Most significantly, it makes the capitalist practices of surveillance seem inevitable, when in reality they are a meticulously calculated and generously funded means by which someone tries to achieve commercial ends for their own benefit.

The Apple miracle and surveillance capitalism owe their respective successes to the destructive collision between two opposing historical forces. One vector corresponds to the already long history of modernization and the also secular social transition from the mass to the individual. The opposite vector corresponds to the elaboration and implementation of the neoliberal economic paradigm for decades: its political economy, its transformation of society and, especially, its pretense of reversing, repressing, preventing and even destroying individual desire of psychological self-determination, freedom and capacity for moral action (agency).
The mutation is not a fairy tale: it is rational capitalism, intertwined with diverse reciprocities with the human populations of that capitalism through democratic institutions. Mutations fundamentally change the nature of capitalism because they displace it, orienting it along the path of those audiences it is supposed to serve. That way of thinking is nowhere near as rousing and exciting as that which would emerge from a thesis like that of «children with their toys,» but it is the one that is needed to move the needle on the dial of economic history most. beyond the point of collision and in the direction of the third modernity.
The domestication of surveillance capitalism must begin with a careful search and naming exercise.

Google is to surveillance capitalism what Ford and General Motors were to managerial capitalism based on mass production. Some people discover a new economic logic with its corresponding business models in a time and place, and that logic and those models are then refined by trial and error. Well, in our time, Google became the pioneer, the discoverer, the developer, the experimenter, the main practitioner, the model and the diffusing focus of surveillance capitalism. The iconic status of General Motors and Ford as pioneers of 20th century capitalism made them an object of academic study and popular fascination for many years, because the echo of the lessons they taught us resonated far beyond those specific companies. . Google’s practices deserve a similar examination, not only as a critique of that particular company, but also because it constitutes the starting point for the systematization of a powerful new form of capitalism.
In Google, the cycle was also oriented to the individual as its subject, but without a physical product for sale: it floated outside the market and was an interaction with «users» rather than a commercial transaction with customers.
This explains why it is not correct to categorize Google users as «customers» of the company: there is no cheap trade, no price, no profit. Nor can it be said that users are like some workers in the company. When a capitalist hires personnel and provides them with salaries and means of production, the products that these personnel manufacture belong to the capitalist, who sells them at a profit margin. This is not the case with Google. Users are not paid for their work, nor are they charged with managing the means of production.
The fact that users needed the search engine almost as much as the search engine needed users favored a balance of power between Google and its audiences. People were treated as ends in themselves, as subjects of an autonomous, non-mercantile cycle, perfectly aligned with Google’s own declared mission of «organizing the world’s information and making it universally accessible and useful».
The neoliberal Zeitgeist also favored Google leaders (and their later fellow travelers in the surveillance project) when they tried to find a safe haven for their inventions by appealing to the rights of free speech protected by the First Amendment to the Constitution. American. It is a complex and controversial terrain in which constitutional law and political ideology intermingle without a solution of continuity, so I will limit myself to pointing out a few elements that help us better understand the habitat from which the new form was nurtured. market surveillance.
The key dynamic here is that First Amendment jurisprudence, especially in the past two decades, has reflected a «libertarian-conservative» interpretation of the rights included in the First Amendment.
The key conclusion of all the above for the story that concerns us here, in the era of surveillance capitalism, is that yes, it is true that the expansion of opportunities for freedom of expression associated with the birth and consolidation of the internet has It has been a true emancipatory force in many fundamental respects, but this should not prevent us from appreciating another associated condition: the fundamentalism of freedom of expression has blocked close scrutiny of the unprecedented operations that make up this new form of market and that explain its spectacular success. . The Constitution is abused to provide shelter for a whole series of novel practices that pursue antidemocratic purposes (and have consequences), and that, ultimately, end up destroying the enduring values that were incorporated into the First Amendment for the purpose of protect the individual against abusive power.

Why does surveillance capitalism continue to function virtually unimpeded – especially in the United States – so many years after the events that triggered that frenzy for information dominance? In the years since then, there has been a proliferation of thousands of institutional events that have normalized the practices of surveillance capitalism and made them seem necessary and even inevitable: the discovery of behavioral surplus and the massive accumulations of capital and capital. material that followed, the proliferation of devices and services, the integration of data streams, and the institutionalization of markets where human-behaved futures are traded.
But we should not therefore succumb to the naturalistic fallacy and assume that this prosperous flourishing itself is proof of the worthiness or inevitability inherent in surveillance capitalism.
The capacity demonstrated by surveillance capitalism to keep democracy at bay was the germ from which this harsh reality has sprung. Two gentlemen from Google who do not appreciate the legitimacy of the popular vote, nor for democratic supervision, nor for the demands of the governance of companies that are due to their shareholders, exercise control over the organization and presentation of the world information. A man from Facebook who does not have any esteem for the legitimacy of the popular vote, or democratic supervision, or the demands of the governance of companies that are due to their shareholders, exercises control over a means of social connection more and more universal, as well as on the information that is hidden in their networks.
Projects like Street View taught Google that it could take on the role of referee of the future without going wrong. He learned to persevere with even the most controversial dispossession initiatives when they are necessary to secure him new and vital supply lines.

The unprecedented successes of Google, Facebook and, later, Microsoft exerted a palpable magnetism on the global economy, especially on the American one, where that policy of allegiances was most ingrained. Soon there were companies in already established sectors and originally outside Silicon Valley that showed their determination to compete for the income derived from surveillance. Among the pioneers of this second wave were the telecommunications and cable operators that provide broadband connections to millions of people and homes. Although there is some debate as to whether these companies can really compete with the established big internet giants, the data on the ground suggests that internet service providers (ISPs) are determined to try it anyway.

The basis for the general project of surveillance capitalism and for its original sin of dispossession. They must be defended at all costs by the promoters of that project, because each statement is based on the previous one. If one falls, all fall:
1-We declare that human experience is a raw material that can be taken for free. Based on that statement, we may ignore any consideration of the rights, interests of individuals, or of their knowledge or understanding of such appropriation.
2-Based on our previous statement, we declare our right to capture the experience of an individual to translate it into behavioral data.
3-Our right of capture, based on the declaration of our right to a free raw material, also gives us the right to own the behavioral data derived from human experience.
4-Our rights to capture and ownership of that experience and its data give us the right to know what such data reveals.
5- Our rights to capture, ownership and knowledge of this data and its disclosures give us the right to decide how to use this acquired knowledge.
6-Our rights to capture, property, knowledge and decision also give us the right to establish the conditions that best preserve our rights to capture, property, knowledge and decision.

Thus, the era of surveillance capitalism opened with six declarations that define it as an era of conquest.

There could be no more appropriate setting for Eric Schmidt to share his views on the future of the web than the World Economic Forum in Davos, Switzerland. In 2015, during a session in that kind of winter playground for neoliberals – and for a growing number of surveillance capitalists, by the way – someone asked Schmidt about his ideas about the future of the internet. Sitting next to two former co-workers of his at Google, Sheryl Sandberg and Marissa Mayer, he did not hesitate to express himself convinced that “the internet will disappear. There will be so many IP addresses, […] so many devices, so many sensors, so many things that we will wear, so many things that we will interact with, that we will not even perceive them. They will be part of our presence at all times. Imagine that you enter a room and the room is dynamic. The audience in attendance gasped in amazement. And almost instantly, headlines from around the world announced to the four winds the oracular opinion of the former CEO of Google: the end of the internet was just around the corner.
Schmidt was not really describing the end of the internet, but its definitive liberation from shackles in the form of specific devices, such as the personal computer or the smartphone. For surveillance capitalists, that transition is not optional. The profitability of surveillance has sparked intense competition for revenue from new markets for future behaviors. But even the most sophisticated of behavioral surplus into products that accurately forecast the future will not work without raw materials of the right quality and quantity. The surveillance capitalists were thus obliged to ask themselves: «What forms of surplus allow the manufacture of predictive products that forecast the future with greater reliability?» And this question marked a critical turning point in the evolution (following a process of trial and error) of surveillance capitalism. It brought about the crystallization of a second economic imperative, the predictive imperative, and revealed the intense pressure it exerts on the incomes of surveillance capitalists.

We are concerned that companies accumulate our personal data and we wonder why they have to do business with it. «Who is the owner of the data?» But in any of our discussions or discussions about data protection or ownership, we forget to ask the most important question of all. And is that, to begin with, why is our experience converted into behavioral data? Until now, we have tended to overlook too easily that momentous step in the chain of events that lead to the generation of a behavioral surplus.
The English noun rendition is derived from the verb to render, a very rare word in that language, in which it has a dual meaning that describes a bidirectional relationship between the terms of meaning that perfectly captures what is produced in that gap that separates human experience from behavioral data. From the perspective of one side of the relationship, the verb to render describes a process in which something is formed from something else originally provided. It designates, in short, the causal action of turning one thing into another, as when it is used (in English) to refer to the obtaining (extraction) of oil from a fat, or when a text is obtained (translated) in English from a Latin original. These meanings of the verb have also reached the vocabulary of digital technology. For example, a «rendering engine» converts the encoded content of an HTML page into a format that can be displayed and printed.
In turn, from the perspective of the other side of the relationship, the verb to render also describes how the object that is changed lends itself to that process: it surrenders. In English, the origin of this verb is the French rendre, which appears for the first time in the 10th century with the meaning of «to give back, to give away, to give up,» like the one in the expression «to render accounts.»
Surveillance capitalists impose their will behind the scenes, while actors perform stylized lullaby lullabies about disclosure and consent to audiences.
The predictive imperative transforms the things we have into things that have us with the sole objective of transferring all the rich diversity of our world, our homes and our surrendered bodies, converted into behavioral objects for their own calculations and elaborations in pursuit of the profitability and profits. But the chronicles of the surrender-conversion (the rendition) do not end there. The second act forces us to travel from our living rooms and our streets to another world that beats beneath its surface, and that is none other than the one where our inner life unfolds.

These markets do not depend on us, except at first, as sources of the raw material from which the surplus is made and, later, as a target audience for the guaranteed results. We do not have any formal control because we are not essential for market action. In that future, we will have been exiled from our own behavior and denied access to knowledge derived from our experience, let alone its control. Knowledge, authority and power will rest in the capital of surveillance, for which we are mere «human natural resources.»
In surveillance capitalism, the «means of production» serve the «means of behavioral modification.» Automatic processes performed by machines replace human relationships so that certainty can replace trust. This new production chain relies on a vast digital apparatus, historically large concentrations of advanced computational knowledge and skills, and immense wealth.
Surveillance capitalism is the puppeteer who pulls the strings of the omnipresent digital apparatus and imposes his will through it. From now on, I will call that apparatus the Big Other: this is the sensitive, computational and connected puppet that transfers, converts, monitors, computes and modifies human behavior. The Big Other combines these knowing and acting functions to create a ubiquitous and unprecedented means of behavior modification. The economic logic of surveillance capitalism is oriented – through the enormous capacities of the Big Other – to the production of instrumental power: it thus replaces the engineering of souls by the engineering of behavior.
Instrumental power cultivates an unusual «mode of knowledge» that combines the «formal indifference» of the neoliberal worldview with the observational perspective of radical behaviorism.

In this human hive, individual freedom is sacrificed for the sake of collective action and knowledge. Non-harmonious elements are preemptively the target of high doses of tuning, «herding,» and conditioning, accompanied by all the seductive force of social persuasion and influence. We are advancing on a path of certainty, just like intelligent machines. We learn to sacrifice our freedom before the collective knowledge imposed by others and in the interests of the guaranteed results that those others are looking for. This is the hallmark of that third modernity that surveillance capital offers us in response to our quest for an effective life together.
Instrumentarism changes the conception of society, which becomes a hive to monitor and refine in pursuit of the objective of guaranteed results, but that does not tell us anything about the life experience of its members. What are the consequences of living life in the hive, where each of us is perceived as one another by the surveillance capitalists, designers and tuners who impose their instruments and methods? How and when do we each become an organism among organisms, both for ourselves and for others, and with what result? Not all the answers to these questions are mere guesswork: we just have to ask our young children. And it is that, without knowing it, we have sent the least trained and most vulnerable to explore the hive and to colonize its unknown territories. And now their messages reach us, like leaks, from the other side of that border.

The magnetic attraction that social networks exert on young people impel them to more automatic and less voluntary behaviors. In the case of too many of these young people, their behaviors border on compulsion itself. What is it that fascinates the younger members of our society so much and ties them to that mediated world despite the stress and unease they find in it?
The answer lies in a combination of behavioral science and high-risk design that is precisely calibrated to be very incisive in the needs felt by boys of that age and stage of life: machinery that fits like a glove. hand to which it tries to adapt. Social networks are designed to attract and retain people of all ages, but they are mainly molded to the psychological structure of adolescence and emerging adulthood, when the individual is oriented towards «others» in a natural way and, especially , toward the rewards of recognition.
Facebook has on its side that «vision of God» so prized by Pentland, an unparalleled resource that it uses to reconvert that fusion we naturally yearn for into a space where there is no way out. Science and capital are united in this long game project. Yesterday it was the «I like» button, today it is augmented reality and tomorrow it will be the new innovations added to this repertoire. The increase in the company’s figures for user participation, surplus capture and revenue collection is proof that these innovations have hit their mark.
Young people are hungry for a hive and Facebook provides them with one, although it is a hive owned and managed by surveillance capital, and which has been scientifically designed to function as a continuous spiral of growing fusion that more than meets the requirements. five criteria mentioned by Shaffer to reach a state of addictive compulsion. Its potency responds to a formula dictated by the hidden attributes of those who yearn to be valued by the group to fill the void of the self that is not yet there because it has not yet been developed.
Inside the hive, it’s easy to forget that every exit is an entrance, too. Leaving the hive means entering that territory beyond, where we can find refuge and shelter from the artificially tuned social pressure of others. The exit leaves behind the point of view of the other and brings us closer to a space in which our own gaze can finally establish itself within us. Going out means entering the place where a self can be born and raised. History has a name for that kind of place: asylum.
Our sensibilities are more and more numb, more indifferent to the monstrosity of the Big Other, as it develops, tests, elaborates and normalizes its elements and characteristics. We go deaf to the lullaby of the walls. Hiding from the machines and their masters is ceasing to be an obsession of the avant-garde to becoming a normal topic of social discourse and, finally, even of our family conversations over dinner. Every step we take down that downward path is shrouded in something much like the proverbial fog of war: scattered fragments and incidents that appear suddenly, often shrouded in darkness. There is little room to perceive the general pattern, let alone its origins and significance. However, each erasure of the possibility of asylum leaves a void that is seamlessly filled (and without noise) by the new conditions of instrumental power.

Surveillance capitalism departs from the history of market capitalism in three surprising ways. First, it emphasizes your right to freedom and unimpeded knowledge. Second, it abandons traditional organic reciprocities with people. Third, the ghost of life in the hive reveals a collectivist social project sustained by a radical indifference and by its material expression in the Big Other.
Power, if not tamed by democracy, can only lead us to exile and hopelessness. The cycle of public opinion that precedes the durable law to which Friedman referred now returns to the point where we are the protagonists: it is up to us to use our knowledge, regain our bearings, spur others to do the same, and found a new beginning. The victims of the conquest of nature undertaken by industrial capitalism could not speak. Well, it is about those who now try to conquer human nature discover that their intended victims have a voice, and perfectly willing to name the danger and defeat it.

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