Así Empieza Todo: La Guerra Oculta Del Siglo XXI — Esteban Hernández Jiménez / So It All Begins: The Hidden War Of The 21st Century by Esteban Hernández Jiménez (spanish book edition)

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Un interesante libro que debe ser leído para que no se nos olviden las reglas del juego en el cual estamos inmersos. Buena jugada…
En la época del imperialismo, todos los países tenían en mente la elevada probabilidad de que una guerra estallase, por lo que configuraban escenarios muy detallados acerca de las posibilidades de acción si las hostilidades se desatasen. La inestabilidad social, la red de intrincados intereses nacionales y el aumento de las tensiones entre las potencias construyeron la seguridad de que tarde o temprano el deseo bélico prendería, y la anticipación resultaba crucial.
Como detalla Tuchman, sobre ese suelo analítico crecieron dos ideas particularmente extrañas. La primera, que causó gravísimas consecuencias, fue la convicción de que la guerra sería corta. Los planes que se habían diseñado, y los distintos escenarios que estos preveían, aseguraban que en unos cuantos meses las batallas habrían cesado; si no se obtenía una victoria completa, al menos se habría ganado la posición de fuerza suficiente como para negociar muy favorablemente.

Los casos más graves en la infección causada por el coronavirus están causados por lo que se denomina «tormenta de citoquinas», unas proteínas que segrega el sistema inmunitario como reacción a la amenaza que supone el virus. Esa respuesta forma parte de su función, ya que cuando identifica agresiones provenientes del exterior, ya sean bacterias o virus, o del interior, como células degeneradas o tumorales, genera antígenos con el objetivo de combatir el peligro.
El sistema inmunitario es sorprendentemente eficaz, ya que es capaz de detectar toda clase de sustancias dañinas para el organismo y de responder fabricando anticuerpos específicos. Su eficacia proviene también de su memoria, que registra las amenazas sufridas, lo que le permite reaccionar rápidamente frente a una segunda exposición. El perfeccionamiento continuo de los mecanismos de respuesta es lo que permite a los seres humanos combatir esa enorme cantidad de peligros potenciales que alberga nuestro entorno.
El sistema, no obstante, tiene tres clases de fallos: puede reconocer los patógenos pero reaccionar débilmente frente a ellos, lo que causa las inmunodeficiencias, que agravan las enfermedades; puede señalar como amenazantes células que son necesarias para el cuerpo, activando así un ataque que daña a organismos necesarios, lo que provoca las llamadas «enfermedades autoinmunes»; y puede que reconozca como amenazante aquello que es inocuo, como ocurre en las alergias. En este caso, la reacción del sistema inmunitario provoca una enfermedad que de otro modo no existiría. Es también la lógica que subyace en los ataques de pánico o en algunas fobias: frente a una situación que objetivamente no es peligrosa, o que resulta perturbadora pero no causa riesgo real, el cuerpo y la mente actúan del mismo modo que si estuvieran frente a una amenaza gravísima.
Esto es lo que ocurre con las peores situaciones del covid-19. La reacción desproporcionada del sistema inmunitario genera una tormenta de citoquinas, que provoca una elevada inflamación en los pulmones, lo que dificulta todavía más la respiración del enfermo.
Este mal funcionamiento de los sistemas inmunitarios sociales no es exclusivo de nuestra época, ha ocurrido con frecuencia en la historia y se ha dado en toda clase de órdenes políticos. El último gran régimen en caer, el comunismo soviético, fue particularmente torpe a la hora de afrontar los cuerpos extraños en el sistema. Desde Stalin, cualquier conato de resistencia era entendido como un peligroso virus que podría infectar a la totalidad del cuerpo social; quienes mantenían posturas divergentes eran en realidad células dañinas cuyo objetivo era enfermar a la sociedad en su conjunto. La URSS lidió con esas resistencias desde una perspectiva de combate continuo, en algunas épocas muy sangriento, pero que permitía mantener firme la organización. Sin embargo, nada de ello generó un cuerpo más sano. Y no sólo porque provocase efectos contraproducentes en la adhesión de los ciudadanos al régimen, cuyo alejamiento se manifestaba de formas mucho más pragmáticas que las de la oposición política.

En la última noche de 2019, Xi Jinping se dirigió al pueblo chino. Su mensaje de año nuevo mezcló imágenes futuristas del país con conceptos como solidez, seguridad, desarrollo, alta calidad, progreso y éxito. Su repaso a los logros tecnológicos, desde los avances en el espacio hasta las redes de comunicación, fue complementado con la descripción de las mejoras en el nivel de vida generalizado y con la incitación a sus ciudadanos a que «trabajasen para ser dignos de una época magnífica». Durante quince minutos, el presidente chino desgranó los grandes avances de China en todos los terrenos y concluyó que su acción no sólo era relevante en términos internos, sino que resultaba esencial para un desarrollo pacífico global y para la salvaguarda de la paz mundial: «Tenemos amigos en cada rincón del mundo».
Trump inició su felicitación de fin de año con una broma («mientras yo estoy en la Casa Blanca trabajando ustedes están de fiesta»)…
Sus intervenciones no sólo dejaban traslucir dos estilos de liderazgo fuerte, uno más tecnocrático y otro más atrevido, sino que transparentaron la disposición con que ambos afrontaban la época. Xi transmitió la imagen de un país que crecía, que estaba desarrollándose tecnológicamente, que construía infraestructuras en todo el mundo y que abogaba por la cooperación internacional y por relaciones globales más sólidas. Trump subrayó la importancia de su presidencia, insistió en el buen momento del país gracias a su gestión y señaló, mediante la metáfora del muro, que su nación estaba sometida a peligros de los que debía defenderse. La diferencia entre ambos mensajes era la existente entre un país en expansión y otro en repliegue.
La globalización abrió durante los años ochenta las puertas a un mundo diferente: las facilidades para la circulación de capital, bienes, información y personas, la irrupción de las nuevas tecnologías y la mejora en los transportes presagiaban grandes oportunidades en un entorno en el que existía mucho líquido buscando nuevas formas de rentabilidad. Un buen número de empresas buscaron el crecimiento a través de su expansión en otros mercados, una fórmula típica de incremento de beneficios a través del tamaño, y encontraron inversores dispuestos a apostar en esa dirección. Pero ese movimiento tradicional se acompañó de otro en sentido opuesto, el de la reestructuración de las organizaciones, que obligó a mirar hacia dentro: se podía crecer también mediante el adelgazamiento. Las empresas comenzaron a operar en red, se articularon alrededor de un núcleo que conservaba las partes estratégicas de la compañía, y externalizaron las menos rentables. La producción fue una de ellas.
Cuando llegó la pandemia, el régimen de Xi fue puesto en el foco. Antes de que Trump comenzase a hablar del virus chino, de que se señalase al país asiático como el principal responsable del covid-19 y de que el diario alemán Bild reclamase una indemnización a Pekín por los daños causados, Occidente se dio cuenta dolorosamente de que había olvidado lo real.
La fábrica del mundo tenía los medios, los instrumentos y la decisión para combatir la pandemia de manera eficiente, así como para sacar partido de las debilidades ajenas. Aprovechó su posición para enviar ayuda a países de todo el mundo como gesto de buena voluntad y al mismo tiempo hizo negocio con la urgencia global para conseguir el material de protección y los medicamentos que se precisaban. El coronavirus fue la constatación de que Occidente no sólo había deslocalizado su producción, sino su misma capacidad de respuesta. Una lección que era aplicable en terrenos muy diversos: Occidente había dejado en manos ajenas todo aquello que le había hecho fuerte.
«Uno de los mayores errores cometidos por las grandes potencias a lo largo de la historia es dar por sentado que son invulnerables, en especial cuando están en lo más alto de su poder.
El siglo XXI ha consistido en una frecuente intervención estatal para salvar los problemas que sucesivas burbujas construidas en la necesidad de rentabilidad causaban a la sociedad occidental, y nada hace pensar que esa tendencia vaya a detenerse. En ese contexto, el temor de las élites de los países democráticos por el ascenso chino suena demasiado impostado: los regímenes hegemónicos dejan de serlo, muy a menudo, por sus propias equivocaciones, de modo que bastaría con corregir las debilidades internas para continuar en la posición dominante. Pero eso obligaría a reconfigurar el sistema, y es justo lo que se está tratando de evitar.

Las recriminaciones a Occidente respecto de su escasa aceptación de la autoridad y su acrecentado individualismo, en comparación con el colectivismo arraigado en Asia, les parecerían extrañas a las generaciones que vivieron en los Estados democráticos tras la Segunda Guerra Mundial. España es un caso especial por su peculiaridad política, pero una mirada al resto de Europa del Oeste o a Estados Unidos constataría que los colectivos conformistas, respetuosos de las normas sociales y organizados a través de grandes estructuras jerárquicas eran dominantes, y la aceptación de lo establecido era imprescindible para encontrar un lugar en la comunidad.
El gran cambio acontecido en las costumbres a partir de los años sesenta, que cristalizó en décadas posteriores, no fue fruto de una contracultura que terminó por cambiar los valores, sino la consecuencia de una doble presión, ejercida tanto desde el lado conservador como desde el progresista. Los primeros creían, como corresponde con su visión del mundo, en los valores tradicionales, en esos elementos del pasado que estaban siendo arrojados por la borda y que seguían siendo necesarios a la hora de construir la sociedad. El amor por la patria, el deseo de trascendencia o la fidelidad a las raíces constituían aspectos que no podían ausentarse de la comunidad humana. Del mismo modo, los progresistas querían conservar parte de lo existente, como era la protección que el Estado otorgaba a sus ciudadanos, algo en lo que debía profundizarse, ya que el bienestar material suponía una condición indispensable para una vida decente.
Pero, al mismo tiempo, conservadores y progresistas se volcaban intensamente en el futuro y aspiraban a lograr transformaciones sustanciales.
Esa división entre valores conservadores y progresistas, así como sus frecuentes interacciones hostiles, ocultaba los puntos de conexión: ambas ideologías se orientaban hacia la construcción de nuevos valores más que hacia su conservación, y por eso se iban desprendiendo de toda clase de lastres del pasado; ambas abrazaron el cambio, la innovación, lo abierto y lo fluido, aunque desde posiciones diferentes; y ambas encontraron barreras que debían derribar, unos desde el lado estatal que impedía que fluyera todo el talento individual, centrando la libertad en el aspecto económico, los otros acabando con esas pequeñas estructuras cotidianas que conformaban espacios de opresión.
Tales puntos de conexión configuraron un debate público hostil, con enfrentamientos habituales, en los que cada parte no sólo ofrecía una propuesta muy distinta de lo que debía promoverse, sino que encontraba un responsable claro de lo que funcionaba mal. En realidad, no había dos ideas del mundo en colisión, sino dos formas de culpabilización y afeamiento.
Los grandes males de la época, como las fantasías de grandeza, el deseo de poder o la avaricia que tensa permanentemente el sistema, son producto de esa ausencia estructural, y es lo que impide que la estabilidad y la continuidad estén presentes. Era difícil que ocurriese de otra forma: cuando el mundo es hobbesiano, surgen nuevas estructuras informales, que suelen ser mucho más exigentes que las organizadas, y que constituyen una suerte de poder indómito que tiende a desprenderse de las reglas.

En los últimos años, y el contexto presente es un paso adelante más en ese camino, las cosas han cambiado sustancialmente. Las empresas nacionales fueron alejándose de los territorios y adquiriendo un carácter global (crecieron o desaparecieron), y el poder político comenzó a ofrecer menos ventajas que en el pasado a menos actores, en parte por nuestra plena inserción en la UE, en parte por el rediseño del orden global, que dejaba un margen estrecho a la gran mayoría de los Estados.
Las élites españolas no han sido inmunes a estas transformaciones. Un modelo que se basa en el acceso al dinero, con el predominio de los fondos de inversión globales, no sólo perjudica a las clases con menos recursos, también reconstruye las estructuras de propiedad. Los grandes fondos internacionales han penetrado en las firmas españolas, las más grandes y las más pequeñas, vía participación en el accionariado o vía deuda, y condicionan en gran medida su recorrido.
BlackRock está presente en los seis grandes bancos españoles, y es el primer accionista de Santander, BBVA y Sabadell, el segundo de CaixaBank y Bankia y el tercero de Bankinter, además de ser partícipe de varias firmas del sector energético (Iberdrola, REE, Enagás) y en el de las telecomunicaciones (Telefónica, Cellnex, MásMóvil).
Blackstone es el mayor propietario hotelero de España, tras la compra de HI Partners y de Hispania, y es también la empresa que más viviendas en alquiler posee (50.000, repartidas en distintas sociedades como Testa, Aliseda, Anticipa y Fidere). Desde 2008 hasta principios de 2020 había comprado inmuebles por valor de 20.000 millones de euros. También está presente en otro tipo de sectores: en 2018 adquirió Cirsa, la primera firma de apuestas de España, por 2.560 millones.
El 50 % de las acciones de la bolsa española está en manos de inversores foráneos, firmas emblemáticas llevan ya bandera extranjera y hay capital rastreando continuamente oportunidades de negocio en empresas españolas de toda clase y de todo tamaño.
No es el momento final, sino parte de un proceso en marcha. Todas las crisis son aprovechadas por quienes logran conservar su capital, y esta no es distinta. Los grandes fondos globales, así como los ligados al Estado chino, tendrán numerosas oportunidades de expandirse. Al mismo tiempo, las compañías tecnológicas aprovecharán el impulso del confinamiento para entrar en áreas en las que tenían una presencia minoritaria, como el sector bancario, el educativo, el sanitario o de los seguros. Ambas tendencias empujan fuera del mercado a empresas cuya fortaleza es territorial: un conocido ejemplo español es El Corte Inglés, pero los movimientos de los fondos abarcan muchísimos ámbitos, tanto en grandes como en medianas empresas, en agricultura, ganadería, retail , ocio o servicios de transporte. El siguiente paso será la explotación de los datos y de la inteligencia artificial, un sector oligopolizado cuyo dominio tendrá efectos transversales y muy amplios.
El problema será el mismo que entonces: para que esa economía financiarizada se sostenga, la economía real tiene que volver a funcionar. Sin embargo, para que esto ocurra, tendría que producirse un cambio estructural: habría que invertir el orden, de forma que la economía productiva y la financiera volvieran a conectarse de un modo que beneficiase a la primera, y no a la inversa, como ocurre ahora. Sólo por ese camino, que provocaría que las clases medias y trabajadoras volvieran a tener recursos, se produciría el crecimiento.
Pero esto es muy difícil de realizar, porque supone que el dinero de las «minas» regrese a la producción y al impulso local, lo que genera resistencias notables.

La gran confrontación que da forma a nuestro mundo, la que ha estado desarrollándose de forma larvada pero incesante, la que se ha articulado a través de las diferencias entre las ciudades globales y los territorios rurales, las guerras comerciales, el globalismo y el nacionalismo o los valores conservadores y los progresistas, puede sintetizarse en un nuevo tipo de enfrentamiento entre lo productivo y lo financiero. Constituyen dos mundos diferentes, en cuanto a sus formas de pensar, los medios que utilizan, los objetivos de sus acciones, sus perspectivas vitales y los lugares sociales que ocupan sus integrantes. Los primeros quedan conformados por una amalgama de posiciones a menudo separadas entre ellas, una pluralidad amplia y dispar: personas que realizan una tarea y pretenden cobrar un salario por ella, empresarios que organizan la producción de un bien o la prestación de un servicio, profesionales que ofertan su conocimiento o su habilidad o pensionistas y parados que esperan recibir la prestación del Estado. Los segundos intermedian en la esfera del capital con cada vez mayor fortuna y con una llamativa desvinculación de los vínculos comunes, incluidos los de una extraña separación de la suerte final de los instrumentos financieros que crean. Los primeros han sido los grandes perjudicados de la batalla subterránea que está permanentemente librándose entre quienes realizan las actividades y quienes median en ellas; los segundos son los grandes capitanes de nuestra época.
De modo que, al final del camino, nos encontramos con dos versiones modificadas de los sistemas que temían Pollock y Burnham, por una parte, y Neumann por la otra: el capitalismo de Estado representado por China, y el capitalismo monopolista que se impone al Estado, representado por Estados Unidos y buena parte de las democracias occidentales.

Quizá la inversión en infraestructura verde suponga el gran impulso de los Estados hacia una economía sostenible, pero también existe la fundada posibilidad de que el plan de reconversión se convierta en un paso adelante hacia el capitalismo liderado por los nuevos capitanes de la economía financiera; quizá suponga una oportunidad de negocio para el exceso de capital mucho más que una reorganización productiva a la altura de los tiempos. La ecología y la digitalización, caracterizados como una nueva clase de activos, puede que no conduzcan hacia la recuperación, sino hacia la consolidación del capitalismo monopolista; hacia un poder más concentrado y más vigilante.

Si no hay contrapesos internos que sean capaces de controlar la insensatez de las élites occidentales, el horizonte que nos espera no es en nada distinto de aquel que puede dibujar cualquier «halcón» de las relaciones internacionales. La construcción de fuerzas sociales internas es imperiosa, aunque sólo sea como airbag: estamos gobernados por una élite anticapitalista y culturalmente antioccidental que ha decidido pelear contra las bases que asentaban su dominio, que no cree en el sistema ni en los equilibrios que había establecido y que pugna por derribarlos para ampliar su ámbito de poder.
Más que nunca, la cultura y el pensamiento son relevantes: frente a un mundo que se sustancia en un documento Excel, introduce una dimensión trascendente; frente a un sistema que sólo toma en consideración aquello cuyo valor puede medirse y multiplicarse, subraya la existencia de aquello que no puede subsumirse en un número, desde el amor hacia la pareja o los hijos, la belleza, los lazos que nos unen a los demás, el sentido de la historia, el rechazo de la injusticia, el deseo de un futuro mejor, la intuición de lo eterno y tantos otros valores que van más allá del ser humano individualmente considerado. El pensamiento y la cultura rompen esa perversión que detiene el tiempo, y nos arrojan a otras épocas, nos unen a otros seres humanos y nos conducen hacia otras posibilidades personales y sociales. Cuando se manifiestan libremente, constituyen actos radicales de autonomía que son, a la larga, indispensables para que las sociedades no colapsen.
De ese acto de libertad, de negación de los valores dominantes, de la rebelión contra la injusticia y contra un mundo escasamente humano, pero también del deseo de conservar aquello que nos da solidez, surgen los cambios. Sun Tzu advertía de que «la guerra es una contienda moral que se gana en los templos antes que en los campos de batalla«. Así empieza todo.

Libros del autor comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2018/09/12/el-porque-de-los-populismos-fran-carrillo-the-reasons-of-the-populisms-by-fran-carrillo-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2021/04/06/asi-empieza-todo-la-guerra-oculta-del-siglo-xxi-esteban-hernandez-jimenez-so-it-all-begins-the-hidden-war-of-the-21st-century-by-esteban-hernandez-jimenez-spanish-book-edition/

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An interesting book that must be read so that we do not forget the rules of the game in which we are immersed. Good draw…
At the time of imperialism, all countries had in mind the high probability of a war breaking out, so they con fi gured very detailed scenarios about the possibilities of action if hostilities were to break out. Social instability, the web of intricate national interests, and heightened tensions between the powers built the assurance that sooner or later the warlike desire would catch on, and anticipation was crucial.
As Tuchman details, on that analytical soil grew two particularly strange ideas. The first, which caused dire consequences, was the conviction that the war would be short. The plans that had been designed, and the different scenarios that they anticipated, ensured that in a few months the battles would have stopped; if a complete victory was not obtained, at least the position of sufficient strength would have been won to negotiate very favorably.

The most serious cases of infection caused by the coronavirus are caused by what is called a «cytokine storm», proteins secreted by the immune system in reaction to the threat posed by the virus. This response is part of its function, since when it identifies aggressions from outside, whether bacteria or viruses, or from inside, such as degenerated or tumor cells, it generates antigens in order to combat danger.
The immune system is surprisingly effective, since it is capable of detecting all kinds of substances that are harmful to the body and responding by making specific antibodies. Its effectiveness also comes from its memory, which records the threats suffered, allowing it to react quickly to a second exposure. The continuous improvement of response mechanisms is what allows human beings to combat this enormous number of potential dangers that our environment harbors.
The system, however, has three kinds of flaws: it can recognize pathogens but react weakly to them, causing immunodeficiencies, which aggravate disease; it can signal as threatening cells that are necessary for the body, thus activating an attack that damages necessary organisms, causing so-called «autoimmune diseases»; and it may recognize harmlessness as threatening, such as allergies. In this case, the immune system reaction causes a disease that would not otherwise exist. It is also the logic that underlies panic attacks or some phobias: faced with a situation that is not objectively dangerous, or that is disturbing but does not cause real risk, the body and mind act in the same way as if they were facing a very serious threat.
This is what happens with the worst situations of covid-19. The disproportionate reaction of the immune system generates a cytokine storm, which causes high in fl ammation in the lungs, making it even more difficult for the patient to breathe.
This malfunction of the social immune systems is not exclusive to our time, it has occurred frequently in history and has occurred in all kinds of political orders. The last great regime to fall, Soviet Communism, was particularly clumsy in dealing with the foreign bodies in the system. Since Stalin, any attempt to resist was understood as a dangerous virus that could infect the entire social body; those who held divergent positions were actually harmful cells whose aim was to make society as a whole sick. The USSR dealt with these resistances from a perspective of continuous combat, at times very bloody, but which allowed the organization to remain firm. However, none of this created a healthier body. And not only because it caused counterproductive effects on the adherence of citizens to the regime, whose withdrawal was manifested in much more pragmatic ways than those of the political opposition.

On the last night of 2019, Xi Jinping addressed the Chinese people. His New Year’s message mixed futuristic images of the country with concepts such as soundness, security, development, high quality, progress and success. His review of technological achievements, from advances in space to communication networks, was complemented by the description of improvements in the general standard of living and by encouraging his citizens to «work to be worthy of an era magnificent ”. For fifteen minutes, the Chinese president described the great advances of China in all fields and concluded that its action was not only relevant in internal terms, but was essential for a peaceful global development and for the safeguarding of world peace: “We have friends in every corner of the world.
Trump began his congratulations for the end of the year with a joke («while I’m in the White House working, you guys are celebrating») …
Their interventions not only revealed two styles of strong leadership, one more technocratic and the other more daring, but they also revealed the disposition with which both faced the time. Xi conveyed the image of a country that was growing, developing technologically, building infrastructure around the world, and advocating for international cooperation and stronger global relationships. Trump underlined the importance of his presidency, insisted on the good moment of the country thanks to his management and pointed out, through the metaphor of the wall, that his nation was subject to dangers from which it had to defend itself. The difference between the two messages was that between a country in expansion and another in retreat.
Globalization opened the doors to a different world during the eighties: the facilities for the circulation of capital, goods, information and people, the emergence of new technologies and the improvement in transport heralded great opportunities in an environment in which it existed a lot of liquid looking for new forms of profitability. A good number of companies sought growth through their expansion into other markets, a typical formula for increasing profits through size, and found investors willing to bet in that direction. But this traditional movement was accompanied by another in the opposite direction, that of the restructuring of organizations, which forced us to look within: you could also grow through thinning. The companies began to operate in a network, were articulated around a nucleus that conserved the strategic parts of the company, and outsourced the least profitable. Production was one of them.
When the pandemic hit, Xi’s regime was brought into focus. Before Trump started talking about the Chinese virus, the Asian country was singled out as the main culprit for COVID-19 and the German newspaper Bild demanded compensation from Beijing for the damage caused, the West painfully realized that I had forgotten the real.
The world’s factory had the means, the instruments, and the resolve to fight the pandemic efficiently, as well as to take advantage of the weaknesses of others. He took advantage of his position to send aid to countries around the world as a gesture of goodwill and at the same time did business with the global urgency to obtain the necessary protective equipment and medicines. The coronavirus was the realization that the West had not only relocated its production, but its very capacity to respond. A lesson that was applicable in many different fields: the West had left everything that had made it strong in foreign hands.
“One of the biggest mistakes made by great powers throughout history is assuming that they are invulnerable, especially when they are at the top of their power.
The 21st century has consisted of frequent state intervention to save the problems that successive bubbles built on the need for profitability caused Western society, and there is nothing to suggest that this trend will stop. In this context, the fear of the elites of democratic countries for the rise of China sounds too imposing: hegemonic regimes are no longer so, very often, due to their own mistakes, so that it would be enough to correct internal weaknesses to continue in the dominant position. But that would force to reconfigure the system, and it is exactly what is being tried to avoid.

The recriminations of the West for its low acceptance of authority and its heightened individualism, compared to the entrenched collectivism in Asia, would seem strange to generations that lived in democratic states after World War II. Spain is a special case due to its political peculiarity, but a look at the rest of Western Europe or the United States would confirm that conformist groups, respectful of social norms and organized through large hierarchical structures, were dominant, and acceptance of what was established it was essential to find a place in the community.
The great change that took place in customs from the sixties, which crystallized in subsequent decades, was not the result of a counterculture that ended up changing values, but the consequence of a double pressure, exerted both from the conservative side and from the progressive. The former believed, as befits their vision of the world, in traditional values, in those elements of the past that were being thrown overboard and that were still necessary when building society. Love for the homeland, the desire for transcendence or loyalty to the roots were aspects that could not be absent from the human community. In the same way, progressives wanted to preserve part of what already existed, such as the protection that the State granted its citizens, something that had to be deepened, since material well-being was an indispensable condition for a decent life.
But, at the same time, conservatives and progressives were intensely focused on the future and aspired to achieve substantial transformations.
This division between conservative and progressive values, as well as their frequent hostile interactions, hid the points of connection: both ideologies were oriented towards the construction of new values rather than towards their preservation, and that is why they were shedding all kinds of burdens from the past. ; both embraced change, innovation, openness and fluidity, albeit from different positions; and both found barriers that they had to tear down, some from the state side that prevented all individual talent from flowing, focusing freedom on the economic aspect, the others ending those small daily structures that formed spaces of oppression.
Such connection points con fi gured a hostile public debate, with regular clashes, in which each party not only offered a very different proposal of what should be promoted, but also found a clear person responsible for what was wrong. In reality, there were not two ideas of the world in collision, but two forms of blame and ugliness.
The great evils of the time, such as the fantasies of greatness, the desire for power or the greed that permanently strains the system, are the product of this structural absence, and it is what prevents stability and continuity from being present. It was difficult for it to happen otherwise: when the world is Hobbesian, new informal structures emerge, which tend to be much more demanding than organized ones, and which constitute a kind of indomitable power that tends to break away from the rules.

In recent years, and the current context is one more step forward on that path, things have changed substantially. National companies were moving away from the territories and acquiring a global character (they grew or disappeared), and political power began to offer fewer advantages than in the past to fewer actors, partly due to our full insertion in the EU, partly due to the redesign of the global order, which left a narrow margin to the vast majority of states.
The Spanish elites have not been immune to these transformations. A model that is based on access to money, with the predominance of global investment funds, not only hurts the classes with fewer resources, it also rebuilds ownership structures. The large international funds have penetrated Spanish firms, the largest and smallest, through participation in shareholders or through debt, and largely condition their path.
BlackRock is present in the six large Spanish banks, and is the first shareholder in Santander, BBVA and Sabadell, the second in CaixaBank and Bankia and the third in Bankinter, as well as being a participant in several firms in the energy sector (Iberdrola, REE, Enagás ) and in telecommunications (Telefónica, Cellnex, MásMóvil).
Blackstone is the largest hotel owner in Spain, after the purchase of HI Partners and Hispania, and it is also the company that owns the most rental homes (50,000, divided into different companies such as Testa, Aliseda, Anticipa and Fidere). From 2008 until the beginning of 2020 he had bought properties worth 20,000 million euros. It is also present in other types of sectors: in 2018 it acquired Cirsa, the leading betting firm in Spain, for 2,560 million.
50% of the shares in the Spanish stock market are in the hands of foreign investors, emblematic firms already carry a foreign flag and there is capital continually searching for business opportunities in Spanish companies of all kinds and sizes.
It is not the final moment, but part of an ongoing process. All crises are taken advantage of by those who manage to conserve their capital, and this is no different. Large global funds, as well as those linked to the Chinese state, will have numerous opportunities to expand. At the same time, technology companies will take advantage of the momentum of confinement to enter areas where they had a minority presence, such as the banking, education, healthcare or insurance sectors. Both trends push companies whose strength is territorial out of the market: a well-known Spanish example is El Corte Inglés, but the movements of funds cover many areas, both in large and medium-sized companies, in agriculture, livestock, retail, leisure or services Of transport. The next step will be the exploitation of data and artificial intelligence, an oligopolized sector whose dominance will have very broad and transversal effects.
The problem will be the same as then: for this fi nanced economy to be sustained, the real economy has to work again. However, for this to happen, a structural change would have to take place: the order would have to be reversed, so that the productive and financial economies were reconnected in a way that benefited the former, and not the other way around, as is the case. now. Only in this way, which would cause the middle and working classes to have resources again, would growth occur.
But this is very difficult to do, because it means that the money from the «mines» returns to production and local impulse, which generates notable resistance.

The great confrontation that shapes our world, the one that has been unfolding in a larval but incessant way, the one that has been articulated through the differences between global cities and rural territories, trade wars, globalism and nationalism o Conservative and progressive values can be synthesized in a new type of confrontation between the productive and the financial. They constitute two different worlds, in terms of their ways of thinking, the means they use, the objectives of their actions, their vital perspectives and the social places that their members occupy. The former are made up of an amalgam of positions often separated from each other, a wide and disparate plurality: people who carry out a task and seek to collect a salary for it, businessmen who organize the production of a good or the provision of a service, professionals that offer their knowledge or their ability or pensioners and unemployed who expect to receive the benefit of the State. The latter mediate in the sphere of capital with increasing fortune and with a striking dissociation from common bonds, including those of a strange separation from the final fate of the financial instruments they create. The former have been the great losers of the underground battle that is constantly being waged between those who carry out the activities and those who mediate in them; the latter are the great captains of our time.
So, at the end of the road, we find two modified versions of the systems that Pollock and Burnham feared on the one hand, and Neumann on the other: state capitalism represented by China, and monopoly capitalism imposed on it. State, represented by the United States and a good part of the western democracies.

Perhaps investment in green infrastructure represents the great impulse of the States towards a sustainable economy, but there is also the well-founded possibility that the reconversion plan will become a step forward towards capitalism led by the new captains of the financial economy; perhaps it represents a business opportunity for excess capital much more than a productive reorganization to match the times. Ecology and digitization, characterized as a new asset class, may not lead to recovery, but to the consolidation of monopoly capitalism; towards a more concentrated and vigilant power.

If there are no internal counterweights capable of controlling the folly of the Western elites, the horizon that awaits us is not at all different from that which can be drawn by any «hawk» of international relations. The construction of internal social forces is imperative, if only as an airbag: we are governed by an anti-capitalist and culturally anti-Western elite that has decided to fight against the bases that established its dominance, that does not believe in the system or in the balances that it had established and that struggles to bring them down to expand its scope of power.
More than ever, culture and thought are relevant: faced with a world that is substantiated in an Excel document, it introduces a transcendent dimension; Faced with a system that only takes into consideration that whose value can be measured and multiplied, it underlines the existence of that which cannot be subsumed into a number, from love towards one’s partner or children, beauty, the ties that unite us to others, the sense of history, the rejection of injustice, the desire for a better future, the intuition of the eternal and many other values that go beyond the individual human being. Thought and culture break that perversion that stops time, and throw us into other times, unite us with other human beings and lead us towards other personal and social possibilities. When they are manifested freely, they constitute radical acts of autonomy that are, in the long run, indispensable so that societies do not collapse.
From that act of freedom, from denial of dominant values, from rebellion against injustice and against a scarcely human world, but also from the desire to preserve that which gives us strength, changes arise. Sun Tzu warned that «war is a moral contest that is won in temples rather than on battlefields.» This is how it all begins.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2018/09/12/el-porque-de-los-populismos-fran-carrillo-the-reasons-of-the-populisms-by-fran-carrillo-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2021/04/06/asi-empieza-todo-la-guerra-oculta-del-siglo-xxi-esteban-hernandez-jimenez-so-it-all-begins-the-hidden-war-of-the-21st-century-by-esteban-hernandez-jimenez-spanish-book-edition/

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