La Anomalía Catalana: ¿Y Si El Problema Fuera Cataluña Y España La Solución? — Cristian Campos / The Catalan Anomaly: What if the problem were Catalonia and Spain the solution? by Cristian Campos (spanish book edition)

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Ha construido el libro con capítulos muy breves, algunos de página y media, que permiten una lectura vertiginosa. Algunos capítulos se hilan entre sí para perfilar la argumentación y otros son autónomos. No parece haber un orden, ni cronológico ni temático, lo que puede darle al libro cierta apariencia de caos. Al final resulta ser una apariencia falsa.
Mis reticencias. Aunque el capítulo es interesante y Campos lo hace más que entretenido, solamente se puede conjeturar sobre el devenir de los políticos imputados por el referéndum de octubre de 2017 en caso de que no hubiese sido Manuel Marchena el presidente de la sala segunda de lo penal del Tribunal Supremo. Lo importante es que la fláccida sentencia ha impedido marcar la senda de una posible solución al racismo catalán: si no valen las componendas ni las negociaciones, tampoco cabe la debilidad a la hora de castigar las acciones antidemocráticas. El golpe de Estado no fue una polución producida por las ensoñaciones de los encausados, como pretende la sentencia, sino un bukkake en regla sobre los ciudadanos españoles.
El libro, en definitiva, y como dice el propio autor, «presenta al nacionalismo catalán como un movimiento sentimental y xenófobo, pero sobre todo esperpéntico y capaz de ejecutar un golpe de Estado justificándolo de forma adolescente frente a los tribunales […]»
Es un libro con sus luces y sombras que tendrá sus seguidores, yo prefiero después de lector bastante sobre el tema otros pero es una interesante lectura.

«Un catalán es alguien que se ha pasado la vida siendo ciento por ciento español y le han dicho que tendría que ser otra cosa.» La frase es del catalán Josep Pla, entrevistado en 1976.
Dicho con otras palabras. Al viejo trastorno dismórfico identitario, los líderes políticos y civiles nacionalistas han añadido la xenofobia institucional. Y al resultado de la suma lo han llamado el procés.
Esos otros catalanes, que coinciden casi al milímetro con el grupo de los catalanes castellanohablantes, es decir con aproximadamente el 55 por ciento de la sociedad catalana, no existen en la cosmovisión nacionalista de la patria. No es que el nacionalismo los considere extranjeros. Lo que ocurre es que, para el nacionalismo, los catalanes castellanohablantes son (españoles) porque no están (catalanes).

La labor de ingeniería social ejecutada por el nacionalismo sobre los ciudadanos catalanes no ha tenido precedentes, ni en agresividad ni en arrogancia, en la Europa posterior a la Segunda Guerra Mundial. Que su éxito sólo pueda calificarse de tibio tras haber gozado del control absoluto del sistema educativo y de los medios de comunicación locales, abarrotados de guardianes de la moral lingüística con sueldo de ministro, demuestra que la excavadora nacionalista ha topado con roca dura.
La metáfora es precisa. El nacionalismo ha taladrado con furia bajo sus pies a la búsqueda del núcleo de la identificación de los ciudadanos españoles con su nación para drenarlo…
Entre lengua materna, lengua percibida como propia y lengua de uso habitual.
En la primera de esas categorías, el español supera al catalán en 21,2 puntos porcentuales (52,7 contra 31,5 por ciento).
En la segunda, en 10,3 puntos (46,6 contra 36,3 por ciento).
En la tercera, en 12,5 puntos (48,6 contra 36,1 por ciento).

El nacionalismo catalán nunca ha demostrado una inteligencia reseñable en el terreno de la cultura. En vez de fagocitar todo lo fagocitable apropiándose hasta del último fanzine efímero nacido en territorio catalán sin importar el idioma en que estuviera escrito, que habría sido lo avispado, el nacionalismo ha centrifugado a todo aquel que ha mostrado alguna discrepancia con la corte de mandarines de la parroquia local.
El resultado es una cultura institucional y cadavérica en manos de una gerontocracia regional cuyo concepto de la cosa va poco más allá del folclore comarcal y media docena de lugares comunes. Curiosamente, la Consejería de Cultura de la Generalidad es en la que con más entusiasmo han intercambiado fluidos socialistas catalanes y nacionalistas de toda la vida de Dios.

Hay dos caminos para vencer a tu enemigo. El primero es tener más poder que él. Poder militar, económico, religioso, cultural o incluso sexual. Pero Cataluña no tiene más poder que España. El segundo, debilitarle anulando el que él pueda tener sobre ti. Y no hay camino más rápido para ello que convertirte en alguien contra el que nadie en sus cabales ejercería la fuerza. En una víctima. Ésa es la opción catalana. Hasta el hombre más afortunado sobre la faz del planeta Tierra es susceptible de acabar considerándose una víctima si pones entre sus manos un relato que lo presente como un paria. El error de la Constitución del 78 fue convertir al nacionalismo en un pequeño emperador de su terruño sin dotarle de un relato que justificara su bienestar y su riqueza.
Lo que lleva trescientos años haciendo el Estado: intentar que un producto real, España, sea percibido como más atractivo que uno ideal, utópico y a la carta. ¿Quién podría ganar esa batalla? Y es más, ¿por qué deberíamos, siquiera, darla? ¿Es que la democracia y la convivencia entre libres e iguales no son suficiente atractivo para los nacionalistas catalanes?.
Lo que no ha hecho España jamás es, precisamente, permitir que las consecuencias fluyan. Es decir, que esa xenofobia institucional e institucionalizada que es el nacionalismo tenga un coste en las finanzas y las haciendas, no ya de sus cabecillas, sino del pueblo que lo vota y lo incita y lo excita. Hasta que el nacionalismo no sangre metafóricamente por las heridas de esos «beatos sanguinarios» que tanto despreciaba Juan Francisco Ferrer en vez de por las heridas de los catalanes no nacionalistas, el conflicto catalán no tendrá solución a la vista. Nadie escarmienta en lomo ajeno y nada excita más el ánimo de un populista que la sumisión de aquellos a los que desprecia y que cargan con las consecuencias de sus rauxas . Quizá ha llegado la hora, por primera vez en trescientos años, de intentar algo diferente. La mayor de todas las mentiras del nacionalismo es la de que España siempre ha dicho «no». Es radicalmente falso y la Cataluña actual es la prueba de ello. «No, lo que has hecho durante seis años no tiene ningún sentido. El procés independentista, todas tus movilizaciones, todo esto no ha valido para nada.» Exactamente, eso: «Para nada». Igual España se lleva una sorpresa y la única anomalía realmente existente es su incapacidad para decir «no» a los nacionalistas.

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He has written the book with very short chapters, some of a page and a half long, which allow for dizzying reading. Some chapters are spun together to outline the argument and others are autonomous. There does not seem to be an order, neither chronological nor thematic, which can give the book a certain appearance of chaos. In the end it turns out to be a false appearance.
My reluctance. Although the chapter is interesting and Campos makes it more than entertaining, one can only conjecture about the future of the politicians charged by the October 2017 referendum in the event that Manuel Marchena had not been the president of the second criminal chamber of the Supreme Court. The important thing is that the flaccid sentence has prevented setting the path of a possible solution to Catalan racism: if compromises and negotiations are not worth it, there is also no weakness when it comes to punishing anti-democratic actions. The coup was not a pollution produced by the dreams of the defendants, as the sentence claims, but a regular bukkake on Spanish citizens.
The book, in short, and as the author himself says, «presents Catalan nationalism as a sentimental and xenophobic movement, but above all grotesque and capable of executing a coup d’état justifying it in an adolescent way in front of the courts […]»
It is a book with its lights and shadows that will have its followers, I prefer after a reader a lot on the subject of others but it is an interesting read.

«A Catalan is someone who has spent his life being one hundred percent Spanish and has been told that he would have to be something else.» The phrase is from the Catalan Josep Pla, interviewed in 1976.
In other words. To the old identity dysmorphic disorder, nationalist political and civil leaders have added institutional xenophobia. And the result of the sum has been called the procés.
Those other Catalans, who coincide almost to the millimeter with the group of Castilian-speaking Catalans, that is to say with approximately 55 percent of Catalan society, do not exist in the nationalist worldview of the country. It is not that nationalism considers them foreigners. What happens is that, for nationalism, Castilian-speaking Catalans are (Spanish) because they are not (Catalan).

The work of social engineering carried out by nationalism on Catalan citizens has been unprecedented, neither in aggressiveness nor in arrogance, in post-World War II Europe. That its success can only be described as lukewarm after having enjoyed absolute control of the educational system and of the local media, packed with guardians of linguistic morality with minister’s pay, shows that the nationalist bulldozer has hit hard rock.
The metaphor is accurate. Nationalism has furiously drilled under its feet in search of the core of identification of Spanish citizens with their nation to drain it …
Between mother tongue, language perceived as one’s own and language of habitual use.
In the first of these categories, Spanish surpasses Catalan by 21.2 percentage points (52.7 versus 31.5 percent).
In the second, by 10.3 points (46.6 against 36.3 percent).
In the third, by 12.5 points (48.6 against 36.1 percent).

Catalan nationalism has never shown remarkable intelligence in the field of culture. Instead of engulfing everything that can be swallowed up by appropriating even the last ephemeral fanzine born in Catalan territory regardless of the language in which it was written, which would have been clever, nationalism has centrifuged anyone who has shown any discrepancy with the court of mandarins in the local parish.
The result is an institutional and cadaverous culture in the hands of a regional gerontocracy whose concept of the thing goes little beyond the local folklore and half a dozen common places. Curiously, the Ministry of Culture of the Generalitat is the one in which Catalan socialist and nationalist fluids of God’s entire life have exchanged with more enthusiasm.

There are two ways to defeat your enemy. The first is to have more power than him. Military, economic, religious, cultural or even sexual power. But Catalonia has no more power than Spain. The second, weaken him by nullifying what he may have on you. And there is no faster way to do this than to become someone against whom no one in their right mind would exert force. In a victim. That is the Catalan option. Even the luckiest man on the face of planet Earth is liable to end up being considered a victim if you put in his hands a story that presents him as an outcast. The mistake of the Constitution of 78 was to turn nationalism into a small emperor of its homeland without providing it with a story that justified its well-being and wealth.
What the State has been doing for three hundred years: trying to make a real product, Spain, be perceived as more attractive than an ideal, utopian and à la carte one. Who could win that battle? What’s more, why should we even give it? Is it that democracy and coexistence between free and equal are not attractive enough for Catalan nationalists?
What Spain has never done is, precisely, allow the consequences to flow. That is to say, that this institutional and institutionalized xenophobia that is nationalism has a cost in finances and estates, not only from its leaders, but from the people who vote for it and incite and excite it. Until nationalism metaphorically bleeds from the wounds of those «bloody blessed» that Juan Francisco Ferrer despised so much instead of the wounds of the non-nationalist Catalans, the Catalan conflict will have no solution in sight. Nobody lectures on someone else’s back and nothing excites the mood of a populist more than the submission of those he despises and who bear the consequences of his rauxas. Perhaps the time has come, for the first time in three hundred years, to try something different. The greatest of all the lies of nationalism is that Spain has always said «no.» It is radically false and today’s Catalonia is proof of it. No, what you’ve done for six years doesn’t make any sense. The procés independence, all your mobilizations, all this has been worthless. » Exactly that: «Not at all». Likewise, Spain is surprised and the only really existing anomaly is its inability to say «no» to the nationalists.

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