Oro, Petróleo Y Aguacates. Las Nuevas Venas Abiertas De America Latina — Andy Robinson / Gold, Oil And Avocados. The New Open Veins of Latin America by Andy Robinson

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Teniendo como guía la obra de Galeano sobre las heridas abiertas en América Latina, nos adentra en un interesante punto de vista sobre los problemas de America Latina con las materias primas.

El Dorado siempre fue una empresa de avaricia, delirio y destrucción. Y aunque ahora sus protagonistas eran multinacionales mineras con sede en Vancouver, dotadas con eficientes departamentos de responsabilidad social corporativa, o desesperados buscadores de fortuna en Colombia o Brasil, la fiebre del oro del siglo xxi seguía el mismo camino que aquel primer frenesí de extracción y muerte, quinientos años atrás, en tiempos de Cortés y Pizarro. Pero quizás otro factor explicaba el nuevo gold rush que yo había presenciado en los ríos teñidos de sangre y mercurio de la Antioquia colombiana y las grandes minas a cielo abierto en Centroamérica. En los años de crisis, el oro fue un refugio del miedo y el caos que, desde Wall Street, se extendía al mundo entero. Los barequeros y garimpeiros escarbaban en el barro latinoamericano en busca de su potosí o, al menos, de una minúscula pepita para ganarse los frijoles. Pero en los países del norte global el oro se perseguía en una búsqueda neurótica de seguridad financiera y psicológica. «El oro siempre ha justificado los actos más atroces y la resistencia humana más extraordinaria porque aniquila la incertidumbre», dice Peter Bernstein.
Tras la crisis global iniciada en el año 2008, el miedo no escaseaba en la economía mundial. Durante el colapso del sistema financiero, el precio de la onza troy de oro (460 gramos), que se había mantenido estable en torno a los quinientos dólares durante las décadas anteriores, alcanzó los mil novecientos dólares en 2011. La destrucción de billones de dólares de valores bursátiles —aunque pronto se recuperarían para restaurar las fortunas de la plutocracia global— elevó el atractivo del metal amarillo. Una expansión monetaria sin precedentes y el desplome de los tipos de interés a cero reforzaron la huida hacia la trinchera dorada.
Pero el miedo escénico no lo explicaba todo. En la sociedad de ostentación globalizada y extrema desigualdad, tan perfectamente personificada por Donald Trump y sus torres en forma de gigantescos lingotes, el oro representaba también el deseo de presumir de estatus social. La demanda crecía en las nuevas clases medias de la India y China.
Al mismo tiempo, el oro se convirtió en el negocio predilecto de las grandes redes internacionales del crimen organizado, que competían —y, a veces, se asociaban— con las multinacionales de la minería, que cotizaban en la Bolsa de Toronto, para alcanzar el liderazgo empresarial de El Dorado 2.0. El oro era un activo financiero fiable y cada vez más líquido, idóneo para blanquear los ingresos ilícitos de las McMafias . Tras extorsionar a millones de mineros artesanales, responsables nada menos que del 20% de la producción global en condiciones próximas a la esclavitud, estas mafias vigilaban la venta del oro a intermediarios instalados en remotas ciudades de los Andes o en la selva tropical. Se llevaban su tajada y lo exportaban a un mundo mucho más civilizado, a Suiza, cuyas cuatro refinerías procesaban el 50% del oro producido a escala global.
El billonario libertario de Silicon Valley Peter Thiel, que no solo invierte millones en nanotecnología e investigación genética en busca de la inmortalidad, sino que también defiende con la pasión de un rey medieval el patrón oro porque «conectaría el mundo virtual con el mundo real». El nuevo El Dorado resulta irresistible para conservadores libertarios como Thiel porque el oro no depende de ningún Estado.
La Bolsa de Toronto ya era la principal fuente de capital de las multinacionales mineras, y sus ingenieros, disfrazados de protectores del medio ambiente, recorrían la región en busca de metales. Greystar, en un cambio de marca ecológicamente correcto, después de abrir varias minas en Colombia, pasó a llamarse Eco Oro. «El mercurio está causando estragos en la salud, de modo que se tiene que regularizar la situación de los mineros artesanales en Colombia»…

Bento, de cerca de seiscientos habitantes, fue el epicentro del desastre ecológico más grande de la historia de Brasil, en noviembre de 2015. Aunque nadie lo imaginaría, dado el escaso interés mediático por la catástrofe, eclipsada por otras noticias de Brasil como la epidemia de zika, la violencia en las favelas del Río olímpico o el último peinado de Neymar. Tras borrar a Bento Rodrigues del mapa, la ola de cincuenta millones de toneladas de lodo tóxico, equivalente a veinticuatro mil piscinas olímpicas, contaminó el río Doce (el segundo en tamaño por detrás del Amazonas) hasta llegar a su desembocadura en Espíritu Santo, 850 km hacia el este. Diecinueve personas murieron, dos en Bento Rodrigues. La causa del derrumbamiento de los diques, según la policía federal brasileña, fue al aumento de la cantidad de agua en los residuos fangosos de la mina, agravado por la negligencia de los técnicos de la empresa Samarco. Empresa participada por dos gigantes multinacionales mineras: la brasileña Companhia Vale do Rio Doce y la angloaustraliana BHP Billiton. Un pequeño movimiento sísmico fue el detonante del desastre.
Merced a la demanda china, los violentos avatares y vaivenes de la dependencia externa parecían cosa del pasado. El precio del hierro se había quintuplicado en los años de la primera presidencia de Lula (2003-2010), de treinta dólares la tonelada métrica pasó a ciento cincuenta dólares, y el valor de las exportaciones brasileñas de hierro se quintuplicó también. No parecía ser el típico aumento volátil del precio de las commodities que había conducido al desastre tantas veces en América Latina. Se trataba de un llamado superciclo que llevaba más de diez años en fase alcista y no daba señales de agotamiento. El hierro parecía haber forjado la base inquebrantable del nuevo desarrollismo extractivista de la izquierda brasileña. Las exportaciones de Vale y los correspondientes ingresos millonarios de divisas facilitaron un aumento espectacular de la renta de las clases bajas. Mediante los subsidios de Bolsa Familia, los créditos baratos y las subidas del salario mínimo, treinta y seis millones de brasileños salieron de la pobreza extrema en la primera década del nuevo siglo y cuarenta y dos millones se incorporaron a lo que Lula denominó la nueva clase media brasileña.
Otras empresas mineras de hierro y aluminio pisarían la selva amazónica. El multimillonario brasileño Eike Batista, nacido en Minas Gerais e hijo del presidente de Vale durante la junta militar, llegaría a tener la octava fortuna del mundo gracias a lo que extrajo del subsuelo de la Amazonia. La gigantesca compañía estadounidense del alumino Alcoa ya excavaba en la selva también. Necesitadas de enormes cantidades de energía, Vale y Alcoa hicieron lobby para construir el gran proyecto hidroeléctrico de Tucuruí, a finales de los años setenta, que inundó miles de kilómetros cuadrados de territorio indígena y obligó a desplazarse a comunidades milenarias. Años después, Vale participaría en el polémico proyecto de Belo Monte, en Altamira, necesitado de más energía para su vertiginosa expansión. La construcción de la inmensa represa anegaría mil quinientas hectáreas de selva, secaría un río vital para la existencia de diversas comunidades indígenas y desplazaría a decenas de miles de habitantes, tanto fueran indígenas de la etnia kayapó como ribereños y colonos pobres que vivían de la pesca a orillas del río.
El único político al que nadie tachaba de Judas en Ouro Preto era aquel excapitán, apologista de los crímenes de la dictadura militar y de los muertos del golpe de 1964. El diputado Jair Bolsonaro, misógino, homófobo, racista, despectivo con el medio ambiente, cuyos incendiarios discursos incluían siempre la defensa acérrima del derecho a extraer todo lo que quedara en las machacadas vetas de Minas Gerais y los prometedores depósitos de la selva amazónica.

No se pueden fabricar aviones de guerra sin aluminio y no se puede fabricar aluminio sin bauxita, y Estados Unidos no tiene bauxita», escribió el joven Eduardo en Las venas abiertas . Cincuenta años después, muchos pensaban que lo mismo valía para el niobio de Raposa Serra do Sol.
En Brasil, que posee más del 80% de las reservas mundiales, había quienes consideraban el niobio un tesoro nacional desaprovechado. Algunos especulaban que el valor de los depósitos podía ascender a veintidós billones (con B) de dólares, más que todo el PIB de la superpotencia estadounidense y diez veces más que el de Brasil. El niobio era uno de los treinta y cinco elementos considerados críticos para las necesidades de crecimiento de Estados Unidos, a tenor de aquel estudio geológico norteamericano que Galeano identificó con acierto como un arma secreta de hegemonía planetaria tras la Segunda Guerra Mundial. Hasta la fecha, la explotación de niobio se había concentrado en Minas Gerais, donde la familia Salles, dueña del poderoso Banco Itaú, se había hecho multimillonaria gracias a la mayor mina de niobio del mundo, cerca del pueblo de Araxá, al norte del estado minero, a trescientos kilómetros de Ouro Preto, el escenario de la primera fiebre del oro. El propio Walter Salles, el famoso cineasta director de Central do Brasil , debía su fortuna al niobio.
Durante décadas de consenso neoliberal, los Salles y su empresa CBMM parecían tener suficiente niobio en su mina para satisfacer todas las necesidades industriales del feliz «mundo plano» de Thomas Friedman. Pero ya bien entrado el siglo xxi , contra todos esos sesudos pronósticos de globalización benigna, crecía en Washington y Pekín una paranoia digna de un remake malo de la película Dr. Strangelove , de Stanley Kubrick. Se desataban tensiones geopolíticas entre las dos potencias jamás imaginadas desde que Nixon fue a Pekín en 1972.
En suma, que el niobio sería la solución para todos los problemas del maltrecho ciudadano brasileño. Solo hacía falta que les dejaran explotarlo. En sus diatribas contra los controles antiminería y la protección de la selva, Bolsonaro apelaba a las frustraciones de un millón de desesperados garimpeiros , héroes de la mitología brasileña del noble buscador de fortuna. Aunque lo cierto era que los pobres más desesperados no votaban a Bolsonaro. El niobio se convirtió en materia de portada de revistas como Superinteressante y de las recalentadas redes sociales bolsonaristas, atascadas de falsas noticias como las cloacas abiertas de Río de Janeiro.
Muy pronto Bolsonaro anunció que las competencias sobre la demarcación del territorio indígena pasarían al Ministerio de Agricultura, donde los lobbies de la agroindustria tenían la primera y la última palabra. El nuevo presidente del Funai, un militar nombrado por Bolsonaro semanas antes, dimitió tras acusar a un alto funcionario de este ministerio de «salivar odio contra los indígenas» y fue sustituido por un alto mando de la policía federal que había solicitado «medidas persecutorias» contra los indígenas.
Según muchos expertos, en las minas de los Salles existían cantidades de sobra del mineral para atender la demanda mundial, incluso después del auge de China. Bastaba con echar una ojeada al último informe de la US Geological Society. En su edición de 2018, aseguraba que «las reservas existentes estimadas de niobio parecen ser más que suficientes para la demanda de los próximos quinientos años». Solo existía un escenario en el que el niobio pudiera agotarse. Según una ponencia de John Hebda, ingeniero especializado en niobio de Allegheny Technologies Incorporated de Pittsburgh: «Haría falta un fuerte impulso externo para crear un aumento significativo del uso [del niobio]; algo por el estilo de […] una amenaza para la paz internacional que supusiera un correspondiente proceso de rearme […] con aplicaciones para vuelos hipersónicos».

Un mineral de gran valor estratégico en esas montañas de la Gran Sabana venezolana, cerca de la frontera con Brasil, era el torio, un elemento radiactivo que se utilizaba en la industria nuclear y en la construcción aeronáutica. Había también una serie de tierras raras, de esas que el senador estadounidense Marco Rubio, en su embestida contra China, iba buscando por el Brasil de Bolsonaro y en otros países latinoamericanos aliados del amo del norte. Sin embargo, lo más importante en ese momento de hipertensión geopolítica, plasmada en la crisis venezolana del último intento de golpe de Estado, se escondía en el subsuelo del estado de Bolívar. Ahí se encontraba un depósito enorme, valorado en decenas de miles de millones de dólares, de coltán, el denominado «oro azul», un mineral muy cotizado por su uso en telefonía celular, sistemas de GPS y satélites. Como el niobio, el coltán es un excelente conductor de la electricidad, incluso en condiciones climáticas adversas, debido a su extraordinaria resistencia y a un punto de fusión de 3.017 °C. Molido hasta reducirse a polvo, constituye el elemento esencial para construir los capacitadores eléctricos que regulan el flujo de electricidad desde las baterías a las pantallas. Sin el coltán los teléfonos inteligentes, las tabletas, los aparatos de DVD, las plataformas de videojuegos, los ordenadores portátiles y muchos artilugios más no existirían. Incluso este metal aumenta la eficiencia energética de los paneles solares.
Pero quizá lo que más preocupaba a Washington respecto a la nueva minería del coltán en el territorio de su enemigo venezolano era la importancia del metal para construir motores de turbopropulsión, bombas y misiles inteligentes. A fin de cuentas, algunas de las empresas invitadas por Maduro a participar en el gran proyecto minero eran chinas y rusas. Los viejos y ahora nuevos adversarios de Estados Unidos de una Guerra Fría versión 2.0.
Una crítica demoledora al Gobierno de Maduro. Pero quienes «piensen» que los jóvenes neoliberales de Juan Guaidó quieren salvar la fauna de la Gran Sabana, deben desengañarse. Cuando hablé con Marco Aurelio Quiñones, un joven diputado de Voluntad Popular, excompañero de Guaidó en el movimiento estudiantil que inició diez años antes la lucha callejera contra Chávez, comenzó a despotricar contra «la dictadura» que había destruido Venezuela, para luego añadir: «Este es un país rico. Fíjese, tenemos coltán en el subsuelo por valor de cien mil millones de dólares».

Si subastar una concesión minera en un territorio protegido parece contradictorio, fue un caso típico en México por parte de un Gobierno que, en su deseo de cumplir con las normas internacionales de inversión y comercio plasmadas en el TLC, chocaba frontalmente con las garantías de la Constitución revolucionaria de 1917. Para su enorme frustración, First Majestic aún no había podido iniciar las excavaciones ocho años después de la adjudicación. Se había limitado a abrir un museo en la vieja mina de Santa Ana, en La Luz, un pequeño pueblo en el valle a cinco kilómetros de Real de Catorce.
Al enfrentarse a los huicholes las mineras canadienses habían topado con uno de los adversarios más tenaces. Quizá gracias a las propiedades envalentonadoras del peyote, los huicholes se consideraban, aún a principios del siglo xxi , el pueblo mejor organizado de las cincuenta etnias indígenas de México. Acostumbrados ya a blandir la pluma en vez de la flecha, muchos jóvenes de la tribu habían asistido a universidades en México y Estados Unidos para estudiar lingüística y defender su lengua y su escritura. Lógicamente, First Majestic no estaba acostumbrada a lidiar con indios universitarios. Pero las multinacionales mineras contaban con muchas otras venas de plata por explotar gracias a concesiones de hasta cien años de duración y con royalties casi inexistentes. Unas condiciones más generosas para las empresas mineras que en tiempos de la colonia. Las inversiones de First Majestic formaban parte de una auténtica invasión de capital minero canadiense en toda América Latina impulsada por un gran pool de capital especulativo en la Bolsa de Toronto, que proporcionaba capital riesgo a las empresas júnior de exploración para la búsqueda frenética de oro, plata, cobre y zinc. Las multinacionales canadienses habían invertido unos veinte mil millones de dólares en la extracción de oro, plata, cobre, zinc, platino y otros metales en México, el 70% del total de las inversiones mineras en el país. Felipe Calderón, el presidente que declaró la guerra contra los narcos y la perdió, entregó concesiones por nada menos que veinte millones de hectáreas a un puñado de empresas mineras, entre ellas varias canadienses. Entre 2018 y 2020 Peña Nieto había pactado otros sesenta y cinco nuevos proyectos, en su mayor parte minas a cielo abierto con un fuerte impacto medioambiental. El 25% de la tierra mexicana ya estaba licitada en concesiones mineras.
El nuevo presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador (AMLO), pertenecía a la generación de la izquierda latinoamericana que había devorado Las venas abiertas en los años setenta. Sus planes para recuperar algunos elementos del desarrollismo estaban inspirados en las ideas de economistas heterodoxos de la CEPAL que, a su vez, inspiraron a Galeano. AMLO defendía la reindustrialización de México, en lugar del fracasado modelo maquilador que había creado una importante base manufacturera fundamentada en el ensamblaje de piezas importadas por multinacionales estadounidenses, europeas y asiáticas que luego exportarían el producto final a Estados Unidos.
Las ONG antimineras también proponían el turismo como un modelo de desarrollo alternativo. Además, era obvio que sin la demanda del turismo cultural, el increíble arte psicodélico de los huicholes habría muerto. Los coleccionistas europeos y estadounidenses, lejos de prostituir el arte huichol, lo habían mejorado. «Los cuadros encargados por coleccionistas de Estados Unidos y Europa son más auténticos en el sentido occidental», advierte la antropóloga Rozen Lémur.

Calama constituía un microcosmos del desencanto chileno. «Hay una gran decepción. La sensación que se tiene en la calle es que somos los primeros del cobre, pero exportamos concentrados sin industrialización y sin desarrollo. Extractivismo, nada más que sacar piedras. Tal vez sea una exageración, pero es la percepción que hay. El superciclo y Calama ya están medio agotados», me explicó Iván Valenzuela, un ingeniero de Codelco que había trabajado para una empresa consultora en Calama. «Existían los ingredientes para no repetir los errores del pasado, pero no se hizo nada», resumió. Calama era el Potosí del siglo xxi , un símbolo perfecto de las nuevas venas abiertas de América Latina. «Aquí en Calama, tienes el distrito de cobre productivo más grande del mundo. Hay una decena de minas de capital público y privado. Es decir, se trata de una zona world class de la minería de cobre», dijo Valenzuela. «Pero mira, está vinculada a una ciudad como Calama, que es una ciudad de mierda. ¿Cómo es posible que con más de un siglo de explotación de las minas de cobre más grandes del mundo y tras un ciclo de precios altísimos no hayamos sido capaces de crear una ciudad de verdad?», añadió.
Un trabajador boliviano que arreglaba el jardín en el Park Hotel me regaló a mí aquella visión esclarecedora que la pareja obrera le dio en su momento al joven Che en Chuquicamata. Envuelto en un traje protector, tal vez por el calor despiadado del desierto, tal vez por el veneno que desprendía la tierra excavada, resumió la sensación de que el milagro chileno había pasado de largo de esta ciudad y de todo el país: «¡Fíjense, mi madre en Bolivia es una mujer pobre, pero cobra tres veces más de pensión de lo que se cobra aquí! ¡Es increíble». Su comentario sería el perfecto enlace para contar la historia del litio boliviano. Porque no solo explicaba el motivo de las épicas revueltas en Chile contra el modelo neoliberal, sino también el golpe de Estado contra Evo Morales que se preparaba en esos mismos momentos al otro lado de la frontera.

Moss calificaba la patata chip —supuestamente inventada en Saratoga Springs (estado de Nueva York) en 1853— como el «producto más icónico» de la estrategia de la industria de alimentos industriales, conocida como big food , de cargar sus productos con azúcar, sal y grasa en busca de la adicción masiva, de los beneficios en aumento constante y de las subidas de precios bursátiles. La estrategia coincidía con la explosión de obesidad en Estados Unidos. Casi el 40% de los estadounidenses son obesos. Tras quebrar la salud pública en Estados Unidos, las patatas chip emprendieron la conquista del planeta, con el snacking como avanzadilla militar o misión jesuita o templo evangélico. Y América Latina, cuyo vibrante castellano aportó al inglés las palabras y los diminutivos hechos a la medida del chip irresistible, crujiente, picante, adictivo como la cocaína de Colombia, definitivamente latinos, los Doritos, los Fritos, los Tostitos, todos de Frito Lay, sería la tierra de la verdadera carne de cañón. Ya se extendía por todas las Américas, con fuertes epidemias de obesidad, diabetes y enfermedades coronarias provocadas por las dosis explosivas de sal y azúcar.
Frito Lay era un maestro del marketing de responsabilidad corporativa. Su entonces consejera delegada Indra Nooyi, una mujer india seleccionada al inicio de la expansión internacional para combatir las acusaciones que inevitablemente llegarían, se convirtió en la maestra del greenwashing (propaganda verde). El catalán Ramón Laguarta, que sustituyó a Nooyi en 2018, mantendría la apuesta de PepsiCo de ser una empresa que, mientras enganchaba al mundo al azúcar y a la sal, haría todo lo posible para proteger al mundo del peligro de la obesidad, la diabetes, el cáncer, la tensión arterial y las enfermedades cardíacas. PepsiCo participaba en cientos de proyectos de apoyo a la salud pública latinoamericana. Hasta anunció una campaña con el Banco Interamericano de Desarrollo denominada Proyecto Cuchara para combatir la obesidad infantil en Guatemala, México, Colombia y Perú.
«La patata chip es el producto que más engorda», resumió Moss. Tal vez la expansión vertiginosa del consumo de snacks explicaría que en 2017 en América Latina, una región en la que cuarenta y dos millones de ciudadanos aún sufrían hambre, el 56% de la población padecía sobrepeso y el 23% era obeso.
En cuanto al otro ingrediente adictivo, la sal, los 180 miligramos de sodio de una bolsa pequeña de patatas Frito Lay rebasan el máximo consumo diario de sodio recomendado. Mientras que los Gobiernos de países como México y Brasil legislaban para que los restaurantes dejasen de poner saleros en la mesa, las bolsas de Sabritos y Tostitos y demás snacks se amontonaban en los hipermercados de Carrefour y Wal-Mart en grandes pilas colocadas estratégicamente por donde pasaban los niños llorosos reclamando a sus padres. El consumo diario de sal en América Latina ya duplicaba los cinco gramos recomendados.
Solo la Pepsi-Cola y el ondulado crujiente sabor a pollo frito podría salvar la cultura milenaria de la patata en los Andes. Fue lógico, pero perverso. Aún más cuando Alberto Salas, como el detective que descubre el cadáver, puso una postdata al final de nuestra entrevista que no le sentó nada bien a un adicto como yo: «La patata es un alimento extraordinario, eso lo supieron los incas, pero tienes que incluir en tu reportaje algo muy importante. La industria no lo quiere reconocer, pero nosotros ya sabemos con absoluta seguridad que la patata frita es cancerígena».

Los aguacates ya empezaban a extenderse en otro sofocante monocultivo que tapizaba de arbustos las montañas alrededor del sagrado lago de Pátzcuaro. Aquí la gran civilización de los purépechas había cultivado maíz, amaranto, frijol, calabaza, cacao, algodón, tomate, decenas de clases de chile y mucho más antes de la llegada de los primeros emisarios de Hernán Cortés. Ahora el «oro verde» aguacatero se extendía por todo el estado de Michoacán.
El aguacate se había convertido en la estrella de la huerta mexicana de los tiempos del Tratado de Libre Comercio (TLC o NAFTA). Lideraba la explosión de ventas de hortalizas mexicanas en Estados Unidos, de tres mil a veinte mil millones de dólares, desde 1994. El 60% de los aguacates consumidos en Estados Unidos provenían ya de México, cuyos productores vendían dieciséis veces más aguacates que los anteriormente dominantes aguacateros californianos. La fruta hasta podía considerarse un símbolo de la integración cultural, o al menos gastronómica. Quien conducía por la América interior, donde la diáspora hispana llegaba hasta las montañas de Montana y los pantanos de Mississippi, entendía que la taquería y su aperitivo de guacamole con cilantro y cebolla era el único restaurante de carretera en Estados Unidos que no llevaba la marca corporativa del fast food globalizado. El aguacate se consideraba, además, un alimento milagroso lleno de grasas nutritivas que no amenazaban la salud coronaria, sino que la mejoraban. Contiene vitaminas B, C, E y K, esta última crucial para prevenir la osteoporosis.
Cada vez más productores del estado mexicano de Michoacán lograron pasar las inspecciones sanitarias que darían acceso al anhelado mercado del gigante del Norte. Cuando la liberalización total se anunció en 2007, Michoacán representaría una competencia imbatible para los productores de California. Se había especializado en la variedad Haas, más carnosa que el aguacate que los purépechas habían comido a lo largo de los siglos y con una cáscara gruesa que los protegía en los camiones refrigerados que salían para El Paso y Tijuana a dos mil kilómetros de distancia y luego a los centros de consumo en Estados Unidos.
El llamado altepetl (el cerro de agua) fue la unidad fundamental de la geografía de los purépechas, me explicó. Mantener el equilibrio entre la tierra alta, los lagos y los acuíferos bajo la tierra era el objetivo de su filosofía de vida. «Lograron mantener este equilibrio en esas condiciones durante siete mil años. Incluso después de la llegada de los cultivos y la trashumancia de los castellanos, pero en el contexto actual el horizonte de tiempo se reduce al próximo semestre. Ya no existe una cosmovisión mágica de la naturaleza y los altepetl se están destruyendo. Vamos a alcanzar un pico de producción de aguacate y luego, sin agua, todo se irá a la debacle». Y como si estuviera hablando el fantasma de Eduardo Galeano, Guillermo añadió: «Luego los estadounidenses dirán de repente ¡adiós!, y se marcharán a otro lugar».

Los mundurukus, en su lucha contra el proyecto hidroeléctrico en Tapajós, entendían perfectamente la importancia de su ejemplo. Jairo Saw Munduruku y otros líderes viajaron a Alemania, Austria y Estados Unidos para reunirse con los ingenieros de las multinacionales que participaban en el proyecto hidroeléctrico: Voith Hydro (una filial de Siemens), Andritz Hydro y General Electric. Estas empresas «hablan de desarrollo y de tecnología sostenible, pero las turbinas que fabrican facilitarán la destrucción del Amazonas», dijo Jairo Saw antes de viajar a Los Ángeles para hablar con representantes de General Electric. Decenas de residentes de las aldeas de los mundurukus habían asistido a una proyección de El abrazo de la serpiente en plena selva, coordinada por Fernanda Moreira, una joven antropóloga de São Paulo que había elegido vivir en Itaituba para aprender de los mundurukus y terminar su tesis doctoral. Todos coincidieron en algo, me dijo Fernanda después: «La tecnología es buena o mala según quien la controle».

Libros del autor comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2018/05/19/un-reportero-en-la-montana-magica-como-la-elite-economica-de-davos-hundio-el-mundo-andy-robinson-a-reporter-on-the-magic-mountain-how-the-economic-elite-of-davos-sinked-the-world-by-andy/

https://weedjee.wordpress.com/2021/03/30/oro-petroleo-y-aguacates-las-nuevas-venas-abiertas-de-america-latina-andy-robinson-gold-oil-and-avocados-the-new-open-veins-of-latin-america-by-andy-robinson/

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Taking Galeano’s book on open veins of Latin America as a guide, he takes us into an interesting point of view on Latin America’s problems with raw materials.

El Dorado was always a company of greed, delusion and destruction. And although now its protagonists were multinational mining companies based in Vancouver, staffed with efficient departments of corporate social responsibility, or desperate fortune seekers in Colombia or Brazil, the gold rush of the 21st century followed the same path as that first frenzy of extraction and death, five hundred years ago, in the time of Cortés and Pizarro. But perhaps another factor explained the new gold rush that I had witnessed in the blood and mercury rivers of Colombian Antioquia and the large open-pit mines in Central America. In the crisis years, gold was a refuge from fear and chaos that, from Wall Street, spread to the entire world. The barequeros and garimpeiros dug in the Latin American mud in search of their potosí or, at least, of a tiny seed to earn their beans. But in the countries of the global north, gold was being pursued in a neurotic search for financial and psychological security. «Gold has always justified the most heinous acts and the most extraordinary human resistance because it annihilates uncertainty», says Peter Bernstein.
After the global crisis that began in 2008, fear was not in short supply in the world economy. During the collapse of the financial system, the price of a troy ounce of gold (460 grams), which had been stable around five hundred dollars during the previous decades, reached nineteen hundred dollars in 2011. The destruction of trillions of dollars Stocks – although they would soon rally to restore the fortunes of the global plutocracy – heightened the appeal of the yellow metal. Unprecedented monetary expansion and the drop in interest rates to zero reinforced the flight into the golden trench.
But stage fright didn’t explain everything. In the society of globalized ostentation and extreme inequality, so perfectly personified by Donald Trump and his towers in the form of gigantic bars, gold also represented the desire to boast of social status. Demand was growing in the new middle classes in India and China.
At the same time, gold became the business of choice for large international organized crime networks, competing – and sometimes partnering – with multinational mining companies, which were listed on the Toronto Stock Exchange, to achieve the El Dorado 2.0 business leadership. Gold was a reliable and increasingly liquid financial asset, ideal for laundering the illicit proceeds of the McMafias. After extorting millions of artisanal miners, responsible for no less than 20% of global production in conditions close to slavery, these mafias monitored the sale of gold to intermediaries installed in remote cities in the Andes or in the tropical jungle. They took their slice and exported it to a much more civilized world, Switzerland, whose four refineries processed 50% of the gold produced on a global scale.
Silicon Valley libertarian billionaire Peter Thiel, who not only invests millions in nanotechnology and genetic research in pursuit of immortality, but also defends with the passion of a medieval king the gold standard because it would «connect the virtual world with the real world.» . The new El Dorado is irresistible to libertarian conservatives like Thiel because gold does not depend on any state.
The Toronto Stock Exchange was already the main source of capital for multinational mining companies, and their engineers, disguised as environmental protectors, scoured the region in search of metals. Greystar, in an ecologically correct rebrand, after opening several mines in Colombia, was renamed Eco Oro. «Mercury is wreaking havoc on health, so the situation of artisanal miners in Colombia has to be regularized» …

Bento, with about 600 inhabitants, was the epicenter of the largest ecological disaster in Brazil’s history, in November 2015. Although no one would imagine it, given the scant media interest in the catastrophe, overshadowed by other news from Brazil such as the epidemic of Zika, the violence in the favelas of the Olympic River or Neymar’s latest hairstyle. After erasing Bento Rodrigues from the map, the wave of fifty million tons of toxic sludge, equivalent to twenty-four thousand Olympic swimming pools, contaminated the Doce River (the second in size behind the Amazon) until it reached its mouth in Espíritu Santo, 850 km to the east. Nineteen people died, two in Bento Rodrigues. The cause of the collapse of the dikes, according to the Brazilian federal police, was the increase in the amount of water in the mine’s muddy waste, aggravated by the negligence of the technicians of the Samarco company. Company owned by two multinational mining giants: the Brazilian Companhia Vale do Rio Doce and the Anglo-Australian BHP Billiton. A small seismic movement was the trigger for the disaster.
Thanks to Chinese demand, the violent ups and downs of external dependence seemed a thing of the past. The price of iron had increased fivefold in the years of Lula’s first presidency (2003-2010), from thirty dollars a metric ton to one hundred and fifty dollars, and the value of Brazilian iron exports also increased fivefold. It did not appear to be the typical volatile rise in commodity prices that had led to disaster so many times in Latin America. It was a so-called supercycle that had been in a bullish phase for more than ten years and showed no signs of exhaustion. Iron seemed to have forged the unshakable base of the new extractivist developmentalism of the Brazilian left. Vale’s exports and the corresponding millionaire foreign exchange earnings facilitated a spectacular increase in the income of the lower classes. Through the subsidies of Bolsa Familia, cheap loans, and increases in the minimum wage, thirty-six million Brazilians emerged from extreme poverty in the first decade of the new century and forty-two million joined what Lula called the new class Brazilian average.
Other iron and aluminum mining companies would set foot in the Amazon rainforest. The Brazilian billionaire Eike Batista, born in Minas Gerais and son of Vale’s president during the military junta, would have the eighth fortune in the world thanks to what he extracted from the subsoil of the Amazon. The giant American aluminum company Alcoa was already digging in the jungle, too. In need of enormous amounts of energy, Vale and Alcoa lobbied to build the great Tucuruí hydroelectric project in the late 1970s, which flooded thousands of square kilometers of indigenous territory and forced millenary communities to displace. Years later, Vale would participate in the controversial Belo Monte project in Altamira, needing more energy for its vertiginous expansion. The construction of the immense dam would flood 1,500 hectares of jungle, dry up a river vital to the existence of various indigenous communities, and displace tens of thousands of inhabitants, both indigenous from the Kayapó ethnic group, riverside and poor settlers who lived off fishing on the banks of the river.
The only politician who nobody called Judas in Ouro Preto was that former captain, an apologist for the crimes of the military dictatorship and those killed in the 1964 coup. Deputy Jair Bolsonaro, misogynist, homophobic, racist, contemptuous of the environment, whose inflammatory speeches always included staunch defense of the right to extract whatever was left in the crushed veins of Minas Gerais and the promising deposits of the Amazon rainforest.

You cannot make warplanes without aluminum and you cannot make aluminum without bauxite, and the United States has no bauxite, ”wrote the young Eduardo in Open Veins. Fifty years later, many thought that the same was true for the niobium of Raposa Serra do Sol.
In Brazil, which holds more than 80% of the world’s reserves, there were those who considered niobium an untapped national treasure. Some speculated that the value of the deposits could amount to 22 trillion (with B) of dollars, more than all the GDP of the American superpower and ten times that of Brazil. Niobium was one of the thirty-five elements considered critical for the growth needs of the United States, according to that North American geological study that Galeano correctly identified as a secret weapon of planetary hegemony after World War II. To date, the exploitation of niobium had been concentrated in Minas Gerais, where the Salles family, owner of the powerful Banco Itaú, had become a multimillionaire thanks to the largest niobium mine in the world, near the town of Araxá, in the north of the state. miner, three hundred kilometers from Ouro Preto, the scene of the first gold rush. Walter Salles himself, the famous filmmaker director of Central do Brasil, owed his fortune to niobium.
During decades of neoliberal consensus, the Salles and their company CBMM seemed to have enough niobium in their mine to meet all the industrial needs of Thomas Friedman’s happy «flat world.» But well into the twenty-first century, against all those wise forecasts of benign globalization, a paranoia worthy of a bad remake of Stanley Kubrick’s Dr. Strangelove was growing in Washington and Beijing. Geopolitical tensions were unleashed between the two powers never imagined since Nixon went to Beijing in 1972.
In short, that niobium would be the solution to all the problems of the battered Brazilian citizen. They just needed to let them exploit it. In his tirades against the anti-mining controls and the protection of the jungle, Bolsonaro appealed to the frustrations of a million desperate garimpeiros, heroes of the Brazilian mythology of the noble seeker of fortune. Although the truth was that the most desperate poor did not vote for Bolsonaro. Niobium became the subject of the cover of magazines such as Superinteressante and the overheated Bolsonarista social networks, clogged with false news such as the open sewers of Rio de Janeiro.
Very soon Bolsonaro announced that the powers over the demarcation of indigenous territory would pass to the Ministry of Agriculture, where the agribusiness lobbies had the first and last word. The new president of Funai, a military officer appointed by Bolsonaro weeks before, resigned after accusing a senior official of this ministry of «salivating hatred against the indigenous people» and was replaced by a high command of the federal police who had requested «persecutory measures» against the indigenous.
According to many experts, surplus quantities of the mineral existed in the Salles mines to meet global demand, even after the rise of China. Just take a look at the latest report from the US Geological Society. In its 2018 edition, it stated that «the estimated existing reserves of niobium appear to be more than sufficient for the demand for the next five hundred years.» There was only one scenario in which niobium could be depleted. According to a presentation by John Hebda, a niobium engineer at Allegheny Technologies Incorporated in Pittsburgh: “It would take a strong external push to create a significant increase in [niobium] use; something along the lines of […] a threat to international peace that would involve a corresponding rearmament process […] with applications for hypersonic flights”.

A mineral of great strategic value in those mountains of the Venezuelan Gran Sabana, near the border with Brazil, was thorium, a radioactive element that was used in the nuclear industry and in aeronautical construction. There was also a series of rare earths, the kind that US Senator Marco Rubio, in his onslaught against China, was looking for in Bolsonaro’s Brazil and in other Latin American countries allied to the master of the north. However, the most important thing at that time of geopolitical hypertension, reflected in the Venezuelan crisis of the last coup attempt, was hidden in the subsoil of the state of Bolívar. There was a huge deposit, valued at tens of billions of dollars, of coltan, the so-called «blue gold», a mineral highly valued for its use in cell phones, GPS systems and satellites. Like niobium, coltan is an excellent conductor of electricity, even in adverse weather conditions, due to its extraordinary strength and a melting point of 3,017 ° C. Ground to powder, it is the essential building block for the electrical capacitors that regulate the flow of electricity from the batteries to the displays. Without coltan, smartphones, tablets, DVD players, video game platforms, laptops, and many other gadgets would not exist. Even this metal increases the energy efficiency of solar panels.
But perhaps what worried Washington most about the new mining of coltan in the territory of its Venezuelan enemy was the importance of the metal to build turboprop engines, pumps and smart missiles. After all, some of the companies invited by Maduro to participate in the great mining project were Chinese and Russian. America’s old and now new adversaries of a Cold War version 2.0.
A devastating criticism of the Maduro government. But those who «think» that the young neoliberals of Juan Guaidó want to save the fauna of the Gran Sabana must be disappointed. When I spoke with Marco Aurelio Quiñones, a young deputy from Voluntad Popular, a former colleague of Guaidó in the student movement that began the street fight against Chávez ten years before, he began to rant against «the dictatorship» that had destroyed Venezuela, and then added: » This is a rich country. Look, we have coltan in the subsoil worth a hundred billion dollars».

If auctioning a mining concession in a protected territory seems contradictory, it was a typical case in Mexico by a government that, in its desire to comply with the international investment and trade standards set out in the FTA, was in direct conflict with the guarantees of the Revolutionary constitution of 1917. Much to its frustration, First Majestic had not yet been able to begin excavations eight years after the award. He had simply opened a museum in the old Santa Ana mine in La Luz, a small town in the valley five kilometers from Real de Catorce.
In facing the Huichols, the Canadian miners had encountered one of the most tenacious adversaries. Perhaps thanks to the emboldening properties of peyote, the Huichols were considered, even at the beginning of the 21st century, the best organized people of the fifty indigenous ethnic groups in Mexico. Already accustomed to brandishing the pen instead of the arrow, many young people from the tribe had attended universities in Mexico and the United States to study linguistics and defend their language and writing. Logically, First Majestic was not used to dealing with college Indians. But multinational mining companies had many other silver veins to exploit thanks to concessions of up to 100 years and almost non-existent royalties. More generous conditions for mining companies than in colonial times. First Majestic’s investments were part of a veritable invasion of Canadian mining capital throughout Latin America fueled by a large pool of hot money on the Toronto Stock Exchange, which provided venture capital to junior exploration companies in the frenzy of their search for gold, silver, copper and zinc. Canadian multinationals had invested some twenty billion dollars in the extraction of gold, silver, copper, zinc, platinum and other metals in Mexico, 70% of the total mining investments in the country. Felipe Calderón, the president who declared the war against drug traffickers and lost it, gave concessions for no less than 20 million hectares to a handful of mining companies, including several Canadians. Between 2018 and 2020 Peña Nieto had agreed to another sixty-five new projects, mostly open-pit mines with a strong environmental impact. 25% of the Mexican land was already tendered in mining concessions.
The new Mexican president, Andrés Manuel López Obrador (AMLO), belonged to the generation of the Latin American left that had devoured Open Veins in the 1970s. His plans to recover some elements of developmentalism were inspired by the ideas of heterodox economists at ECLAC who, in turn, inspired Galeano. AMLO defended the reindustrialization of Mexico, instead of the failed maquiladora model that had created an important manufacturing base based on the assembly of parts imported by American, European and Asian multinationals that would then export the final product to the United States.
Anti-mining NGOs also proposed tourism as an alternative development model. Furthermore, it was obvious that without the demand for cultural tourism, the incredible psychedelic art of the Huichols would have died. Far from prostituting Huichol art, European and American collectors had improved it. «The paintings commissioned by collectors in the United States and Europe are more authentic in the western sense,» notes anthropologist Rozen Lemur.

Calama was a microcosm of Chilean disenchantment. «There is a great disappointment. The feeling on the street is that we are the first in copper, but we export concentrates without industrialization and without development. Extractivism, nothing more than removing stones. It may be an exaggeration, but it is the perception there is. The supercycle and Calama are already half exhausted ”, explained Iván Valenzuela, a Codelco engineer who had worked for a consulting company in Calama. «The ingredients existed to avoid repeating the mistakes of the past, but nothing was done,» he summarized. Calama was the Potosí of the 21st century, a perfect symbol of the new open veins of Latin America. “Here in Calama, you have the largest productive copper district in the world. There are a dozen mines of public and private capital. In other words, it is a world class area for copper mining, ”said Valenzuela. But look, it is linked to a city like Calama, which is a shitty city. How is it possible that with more than a century of exploitation of the largest copper mines in the world and after a cycle of very high prices we have not been able to create a real city? «, He added.
A Bolivian worker who was tidying up the garden at the Park Hotel gave me that enlightening vision that the working couple gave to young Che in Chuquicamata at the time. Wrapped in a protective suit, perhaps because of the merciless heat of the desert, perhaps because of the poison that the excavated earth gave off, he summed up the feeling that the Chilean miracle had passed by in this city and throughout the country: «Look! My mother in Bolivia is a poor woman, but she earns three times more pension than she does here! Is incredible». Your comment would be the perfect link to tell the story of Bolivian lithium. Because it not only explained the reason for the epic revolts in Chile against the neoliberal model, but also the coup against Evo Morales that was being prepared at the same time on the other side of the border.

Moss called the potato chip – supposedly invented in Saratoga Springs, New York in 1853 – as the «most iconic product» of the strategy of the industrial food industry, known as big food, to load its products with sugar, salt and fat looking for massive addiction, steadily rising profits and rising stock prices. The strategy coincided with the obesity explosion in the United States. Almost 40% of Americans are obese. After breaking the public health in the United States, the potato chips undertook the conquest of the planet, with snacking as a military outpost or Jesuit mission or evangelical temple. And Latin America, whose vibrant Spanish brought to English the words and diminutives made to measure of the irresistible, crunchy, spicy, addictive chip like Colombian cocaine, definitely Latin, the Doritos, the Fritos, the Tostitos, all from Frito Lay It would be the land of true cannon fodder. It was already spreading throughout the Americas, with strong epidemics of obesity, diabetes, and heart disease caused by explosive doses of salt and sugar.
Frito Lay was a master of corporate responsibility marketing. Its then CEO Indra Nooyi, an Indian woman selected at the beginning of the international expansion to combat the accusations that would inevitably come, became the master of greenwashing (green propaganda). The Catalan Ramón Laguarta, who replaced Nooyi in 2018, would maintain PepsiCo’s commitment to being a company that, while hooking the world on sugar and salt, would do everything possible to protect the world from the danger of obesity, diabetes, cancer, blood pressure, and heart disease. PepsiCo participated in hundreds of Latin American public health support projects. He even announced a campaign with the Inter-American Development Bank called Proyecto Cuchara to combat childhood obesity in Guatemala, Mexico, Colombia and Peru.
«The potato chip is the most fattening product,» summarized Moss. Perhaps the vertiginous expansion of the consumption of snacks would explain that in 2017 in Latin America, a region in which 42 million citizens were still hungry, 56% of the population was overweight and 23% were obese.
As for the other addictive ingredient, salt, the 180 milligrams of sodium in a small bag of Frito Lay potatoes is above the recommended maximum daily sodium intake. While the governments of countries like Mexico and Brazil were legislating for restaurants to stop putting salt shakers on the table, bags of Sabritos and Tostitos and other snacks were piled up in Carrefour and Wal-Mart hypermarkets in large piles strategically placed where weeping children passed by claiming their parents. Daily salt consumption in Latin America was already double the recommended five grams.
Only Pepsi-Cola and the wavy crunchy flavor of fried chicken could save the ancient potato culture in the Andes. It was logical, but perverse. Even more so when Alberto Salas, like the detective who discovered the corpse, put a postscript at the end of our interview that did not sit well with an addict like me: «Potatoes are an extraordinary food, the Incas knew that, but you have to include something very important in your report. The industry does not want to recognize it, but we already know with absolute certainty that the potato chip is carcinogenic.

Avocados were already beginning to spread in another suffocating monoculture that covered the mountains around the sacred Lake of Pátzcuaro with shrubs. Here the great Purepecha civilization had cultivated corn, amaranth, beans, squash, cocoa, cotton, tomato, dozens of kinds of chili and much more before the arrival of the first emissaries of Hernán Cortés. Now the «green gold» avocado tree spread throughout the state of Michoacán.
The avocado had become the star of the Mexican orchard at the time of the Free Trade Agreement (NAFTA). It led the explosion of sales of Mexican vegetables in the United States, from three thousand to twenty thousand million dollars, since 1994. 60% of the avocados consumed in the United States already came from Mexico, whose producers sold sixteen times more avocados than previously dominant California avocado trees. The fruit could even be considered a symbol of cultural, or at least gastronomic integration. Anyone driving through interior America, where the Hispanic diaspora reached into the mountains of Montana and the swamps of Mississippi, understood that the taqueria and its appetizer of guacamole with cilantro and onion was the only roadside restaurant in the United States that did not carry the brand. corporate global fast food. The avocado was also considered a miracle food full of nutritious fats that did not threaten coronary health, but rather improved it. It contains vitamins B, C, E and K, the latter crucial to prevent osteoporosis.
More and more producers from the Mexican state of Michoacán managed to pass the sanitary inspections that would give access to the long-awaited market of the northern giant. When full liberalization was announced in 2007, Michoacán would represent unbeatable competition for California producers. He had specialized in the Haas variety, meatier than the avocado that the Purepecha had eaten over the centuries and with a thick skin that protected them in the refrigerated trucks that left for El Paso and Tijuana two thousand kilometers away and then to consumption centers in the United States.
The so-called altepetl (the hill of water) was the fundamental unit of the geography of the Purépecha, he explained to me. Maintaining the balance between high ground, lakes, and underground aquifers was the goal of his philosophy of life. “They managed to maintain this balance under those conditions for seven thousand years. Even after the arrival of the crops and the transhumance of the Castilians, but in the current context the time horizon is reduced to the next semester. There is no longer a magical worldview of nature and the altepetl are being destroyed. We are going to reach a peak of avocado production and then, without water, everything will go to debacle. And as if the ghost of Eduardo Galeano were speaking, Guillermo added: «Then the Americans will suddenly say goodbye! And they will go to another place».

The Mundurukus, in their fight against the hydroelectric project in Tapajós, fully understood the importance of their example. Jairo Saw Munduruku and other leaders traveled to Germany, Austria and the United States to meet with engineers from the multinationals involved in the hydroelectric project: Voith Hydro (a Siemens subsidiary), Andritz Hydro and General Electric. These companies «talk about development and sustainable technology, but the turbines they manufacture will facilitate the destruction of the Amazon,» said Jairo Saw before traveling to Los Angeles to speak with representatives of General Electric. Dozens of residents of the Munduruku villages had attended a screening of The Embrace of the Serpent in the Jungle, coordinated by Fernanda Moreira, a young anthropologist from São Paulo who had chosen to live in Itaituba to learn from the Mundurukus and finish her thesis. doctoral. They all agreed on something, Fernanda told me later: «Technology is good or bad depending on who controls it».

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2018/05/19/un-reportero-en-la-montana-magica-como-la-elite-economica-de-davos-hundio-el-mundo-andy-robinson-a-reporter-on-the-magic-mountain-how-the-economic-elite-of-davos-sinked-the-world-by-andy/

https://weedjee.wordpress.com/2021/03/30/oro-petroleo-y-aguacates-las-nuevas-venas-abiertas-de-america-latina-andy-robinson-gold-oil-and-avocados-the-new-open-veins-of-latin-america-by-andy-robinson/

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