El Culto A Los Mártires Nazis. Alemania (1920-1939) — Jesús Casquete / The Cult Of Nazi Martyrs. Germany (1920-1939) by Jesús Casquete (spanish book edition)

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Un libro muy interesante sobre conceptos que no son muy frecuentes a ser relatados en los libros.
El 30 de enero de 1933 un movimiento de alma totalitaria, ideario racista y ánimo genocida se aupó a la cabeza del Estado alemán. No era el único movimiento fascista que pujaba esos años por arrumbar el orden liberal-democrático. Desde España a Rumanía o Hungría, integrantes de esa familia ideológica se abrían paso por doquier en Europa. Los nacionalsocialistas ni siquiera fueron los primeros en hacerse con las riendas de un país; los camisas negras italianos les habían tomado la delantera en 1922. La singularidad histórica del nacionalsocialismo radica más bien en que en un lapso de tiempo meteórico, y con la aquiescencia y la complicidad de una parte sustancial de la sociedad alemana manifestada en elecciones libres, fue escribiendo algunos de los capítulos más ignominiosos de la historia de la humanidad: suya es la responsabilidad por la Segunda Guerra Mundial, y suya la responsabilidad del asesinato burocratizado e industrial de masas, el Holocausto.
Para comprender y explicar la conquista nazi de la sociedad y el Estado resulta inexcusable atender a los factores antedichos, pero no basta. Se trata de dimensiones estructurales, frías, que corren el riesgo de vaciar la agencia humana, esto es, la capacidad del ser humano de intervenir en el decurso de los procesos sociales, políticos y culturales que enmarcan su existencia. Para desentrañar la ruta que facilitó a los nazis el camino al poder urge atender al mundo de las emociones y, en particular, a las estrategias discursivas y prácticas litúrgicas empleadas por los emócratas (como denominamos a los manipuladores de emociones) para que su audiencia, en este caso la opinión pública alemana, abrazase un programa fundamentalista étnico y expulsase del campo de obligación moral a quienes no cumpliesen los requisitos raciales «arios». Una audiencia entendida no como un consumidor pasivo de mensajes diabólicos e inciviles (es decir, irrespetuosos de los derechos humanos fundamentales que clasificaban a los individuos en «mejores» y «peores», esto es, de diferente valor), sino como un actor en el que resonaban, y que procesaba, mensajes de naturaleza ultranacionalista y excluyente.
La apoteosis de los mártires en la plantilla de la propaganda nazi no es una cuestión anecdótica en la historia del nacionalsocialismo. Por el potencial movilizador y cohesionador de su comunidad de sentido y de memoria, el «recurso a la sangre» constituye un pilar fundamental de la estrategia comunicativa nazi que apenas ha recibido atención.
La glorificación de los mártires es un vector de la hagiografía y propaganda nacionalsocialista sobre el que sus emócratas insistieron hasta el paroxismo. Pocos años después de ver la luz la obra de autoficción y programática de Hitler, un libreto sobre pautas de comportamiento de los responsables de las SA recogía una declaración que condensaba la visión de los nazis sobre quienes sacrificaban su vida por la patria: «Una muerte ejemplar tiene aún más valor que una vida ejemplar». La consigna no dejaba lugar a dudas sobre la ruta a seguir. El devoto de la causa aria, para serlo, no podía descuidar una vida de acuerdo con las directrices sentadas por el movimiento. Valores como el honor (a la patria), la obediencia (a los mandos que corporeizaban la patria) o la generosidad (para con la patria) figuraban en el frontispicio de su moral, una moral marcial presidida por el imperativo nacionalista de patriae totus et ubique.

Junto con el fascismo italiano y el estalinismo soviético, el nacionalsocialismo es una variante clásica del totalitarismo. Grosso modo , el totalitarismo es un tipo ideal para referirse a aquella forma de dominación que lamina el pluralismo intrínseco a toda sociedad por medio del ejercicio discrecional de la violencia o, lo que viene a ser lo mismo en sus consecuencias, de la amenaza crónica y plausible de su ejercicio. Con carácter previo y necesario al recurso a la violencia, los totalitarios señalan a sus enemigos internos, alimentan y movilizan el resentimiento y el odio, y exigen de sus súbditos y seguidores una obediencia y conformidad acríticas.
El régimen nazi asesinó a unas 16.500 personas antes de comenzar la guerra, pero una vez en curso se convirtió en la maquinaria de exterminio masivo más rápida de la historia, mientras que Stalin fue más letal cuando la Unión Soviética estuvo en paz. El tercer totalitarismo clásico, el fascismo italiano, no fue antisemita, al menos hasta 1938 con la proclamación de leyes racistas, y tampoco abrió campos de concentración o de exterminio, ni deportó a su población o la condenó a la hambruna.
Disimilitudes al margen, la visión unitarista del orden social, esto es, el anhelo de anular el pluralismo con todos los medios a su alcance, constituye la clave para agrupar a todos estos experimentos históricos bajo un mismo concepto analítico. Hablar de totalitarismos equivale a hablar de una orgía de la violencia para erradicar la diversidad étnica, religiosa, ideológica o social (o una combinación de varias de esas fuentes del pluralismo) en el seno de una sociedad.
Los totalitarismos descansan en una visión organicista de la sociedad según la cual cada individuo presta servicio a un todo al que está subordinado, desempeñando funciones de valor asimétrico según adscripción de etnia, género, clase social o afección y grado de compromiso.
Los nazis no fueron los únicos liberticidas de la época que abrazaron la idea de reducir al individuo a la categoría de medio para un fin. Para Mussolini, «El fascismo parte de la premisa de que la sociedad es el fin, y el individuo un medio, y que la función de la sociedad consiste en obligar a los individuos a convertirse en un instrumento de los fines sociales» (en Kracauer, 2013). La delimitación del interés general competía al líder carismático de turno (Hitler, Stalin, Mussolini), objeto de culto cuasi-religioso por quintaesenciar el proyecto totalitario.
Los totalitarismos avanzan mediante contraposiciones binarias de elementos opuestos, donde un polo condensa el Bien más excelso y el otro el Mal absoluto. Su visión del mundo descansa en «contraconceptos asimétricos», una relación antagónica entre un intragrupo y un exogrupo que se concreta históricamente en polarizaciones dicotómicas y excluyentes del estilo de griegos/bárbaros, cristianos/paganos o superhombres/infrahombres, remitiendo las últimas etiquetas de cada par a «conceptos radicalizados del enemigo» (Koselleck, 2006).
Los totalitarismos fascistas concibieron la patria o el Volk como un hiperbién, como «bienes que no solo son incomparablemente más importantes que otros, sino que además proporcionan el punto de vista desde el que aquellos han de ser ponderados, juzgados, y sobre los que hay que decidir» (Taylor, 1989). Dichos movimientos sostenían remitir toda su actividad y su mismo proyecto al bienestar de la patria, pero obviando la opinión de quienes integraban dicha patria: los individuos.
El totalitarismo parte de la imperfección del ser humano en su especificidad espacio-temporal, un ser que está lejos de asumir ese rol subordinado a la comunidad y a quien es preciso reconducir constantemente en aras de la armonía soñada del conjunto. En la medida que se propone reeducar al individuo hasta ponerlo al servicio de la comunidad y reducir así (según su interpretación) el grado de estridencia y colorido social, nos hallamos ante una modalidad de pensamiento utópico y revolucionario que se proyecta hacia un futuro sin conflicto social digno de tal nombre.

1) Una ideología oficial volcada en la conquista de un nuevo orden perfecto y con una impronta milenarista.
2) Un partido único organizado de forma jerárquica bajo la égida de un dictador omnipotente y omnisciente.
3) El control policial y la aplicación arbitraria del terror.
4) El monopolio casi completo de los medios de comunicación de masas por el partido 19 .
5) El monopolio de los medios de violencia.
6) Una planificación centralizada de la economía.
La mentira moderna pergeñada en el laboratorio totalitario se fabrica en serie, y tiene a la masa como destinataria. La siguiente afirmación condensa la consideración que le merece a Koyré ese «arte» manipulador, intencional y sistemático propio de los totalitarismos: «Así como no hay nada más refinado que la técnica de la propaganda política moderna, no hay tampoco nada tan burdo como el contenido de sus aserciones, que manifiestan un desprecio tan absoluto y total por la verdad» (Koyré). Los totalitarismos recurren sistemáticamente a la mentira para forjar una nueva realidad que pasa indefectiblemente por ajustarse al «espíritu de la raza, de la nación o de la clase», bien hablemos de los alemanes y su apoteosis de la pureza racial, de los soviéticos que supeditaban toda su actividad al principio de la clase o de ambos a la vez, puesto que tanto uno como otro apelaban a la patria como altar supremo de sus respectivos despropósitos, ejecutados de forma diferente pero con un proceder compartido: la degradación del ser humano y la violación de su dignidad hasta límites irreversibles. Su mentira apunta a la manipulación de las emociones del público más que a la provisión de argumentos racionales al intelecto. En la política totalitaria, el dominio de la técnica propagandística garantiza al emócrata de turno el control de las leyes de dirección de las masas, control que descansa en elementos no racionales de la conducta.
La propaganda jugó un papel fundamental en la movilización del apoyo para la causa nazi cuando el movimiento pujaba por abrirse camino, pero sobre todo para el mantenimiento del régimen una vez alcanzado el poder. En ambos momentos jugó un papel fundamental Goebbels. Tanto en su fase de máximo dirigente (Gauleiter ) del partido en la capital (desde noviembre de 1926) como más adelante en calidad de director de propaganda del partido (abril de 1930) y luego además ministro de Propaganda (marzo de 1933), Goebbels fue el difusor incansable y manipulador virtuoso de las máximas hitlerianas en todo lo relacionado con el arte de la ilustración de las masas.
El principal responsable de la degeneración del país, y pilar de la propaganda del régimen, era la «conspiración judía mundial» o, de forma más eufemística, la «cuestión judía» que constituyó la base del «fundamentalismo étnico» nazi.
El antisemitismo no fue ninguna invención nazi, sino un prejuicio alimentado en el pesebre antisemita cristiano. Sin embargo, gracias a ellos el antijudaísmo ancestral de matriz cristiana se vio desplazado por un odio visceral de nuevo cuño a los judíos, ahora por motivos raciales. Es importante subrayar el salto de uno a otro, porque tendrá consecuencias letales cuando llegue el turno de los nazis. Mientras que la reserva religiosa frente a los judíos se solventaba con el bautizo y la conversión, la «tara» fundada en la raza no tenía cura, y por esa misma razón solo cabía su erradicación.
Conviene ahora detenerse en otro tracto propagandístico que no ha merecido excesiva atención por parte de los investigadores: aquel que glorificó la disposición martirial de los militantes nazis que, en los años terminales de la república de Weimar y durante el Tercer Reich, derramaron su sangre y dieron su vida por la «Idea» y por quien la personificaba, por Hitler. Un recurso ideacional de primera magnitud al servicio de los emócratas para atraerse a la población alemana fue la explotación de la sangre derramada en aras de su proyecto palingenésico.
El nacionalsocialismo cultivó un espíritu heroico ya desde los primeros años de la República de Weimar. El imperativo épico se encuentra documentado muy pronto en los textos doctrinales nazis.
La propaganda nazi se sirvió de la sangre derramada por los devotos de la causa como factor integrador de su comunidad de seguidores, tanto en su fase de movimiento hasta 1933 como después de alcanzar el poder ese año. Los muertos caídos por la causa archinacionalista no fueron, sin embargo, los únicos objetos de culto de la propaganda en la religión política nacionalsocialista. Propaganda y mentira aplicadas a la construcción discursiva y social del mártir en el proyecto totalitario nazi constituyen, pues, los vectores que articulan la presente investigación. Las SA fue la organización a la que, desde su particular división del trabajo, perteneció una mayoría de los cruzados patrios que sacrificaron su vida por el proyecto racial del movimiento nacionalsocialista.

Un rasgo distintivo de la mentalidad totalitaria es la simplificación del universo moral en dos polos enfrentados, presentados como irreconciliables y absolutizados. En la cosmovisión de Hitler, Múnich representaba el Bien, una ciudad a la que se sentía «más unido» que «a cualquier otro trozo de tierra en este mundo» (Kubizek, 2006). Desde su traslado a Alemania, el lugar de Viena en tanto que condensación del Mal lo ocupará Berlín como epicentro de la «república judía» y bastión del «marxismo». A esta conclusión llega Goebbels a mediados de 1931.
Que tanto el partido como la formación paramilitar naciesen en la capital bávara y precisamente en esa tesitura histórica no fue fruto del azar. A finales de 1918 Múnich sumaba 603.000 habitantes, y 735.000 en 1933, lo que representaba alrededor de la décima parte de la población de toda Baviera. En cualquiera de los casos, se trataba de la cuarta ciudad de Alemania en cuanto a número de habitantes, por detrás de Berlín, Hamburgo y Colonia. En el agitado clima político de los años inmediatamente posteriores a la Primera Guerra Mundial, con las desastrosas consecuencias humanas y económicas de la contienda omnipresentes, y un orden político democrático recién instaurado pero impugnado a derecha e izquierda, Múnich se convirtió en terreno abonado para la movilización política de todos los colores.
Igual que ocurre con el NSDAP, el origen de las SA hay que trazarlo en la capital bávara. Sus vidas discurren de forma paralela. Con el objeto de dotar de protección a sus actos públicos, a partir de 1919-1920 los diferentes partidos y organizaciones políticas de todos los colores políticos activos en la ciudad empezaron a organizar sus propios servicios de orden. Se trataba de una necesidad surgida de la experiencia, toda vez que los altercados eran moneda corriente cuando unos grupos intentaban reventar los actos de sus adversarios y/o enemigos. Pero era algo más que una necesidad autoimpuesta; era además una obligación administrativa, dado que la ley obligaba a los organizadores a velar por el orden en el interior de las salas donde discurrían sus mítines, aunque no en los aledaños, misión esta encomendada a la policía. Ni la disposición de los diferentes protagonistas ni el contexto sociopolítico facilitaban su discurrir pacífico. El clima de encanallamiento político inducía a los diferentes contendientes a contemplar al adversario como un enemigo al que expulsar de la arena política más que como un interlocutor con quien entablar debates presididos por la discusión racional, vale decir, civilizada, alrededor de la palabra y el argumento.
El NSDAP no fue la única fuerza política en dotarse de un servicio de autoprotección para sus actos públicos; se trataba de una práctica habitual de la época en Múnich.
Las Tropas de Asalto, las SA, eran tropas de orden, eran el puño del movimiento contra policías y marxistas. Su misma forma de organización se asemejaba a los comunistas. Secciones en vez de grupos locales, sistema de células, publicidad en prensa y propaganda reflejaba bien a las claras su modelo» (en Gailus y Siemens, 2011). Después de su asesinato a principios de 1930, un correligionario de Wessel insistió en presentarlo como un soldado de la idea nazi: «El hombre de las SA es el tipo moderno de soldado político, el primer servidor de un movimiento popular de masas» (Reitmann, 1933). El tránsito de Wessel por otras formaciones paramilitares hasta recalar en las SA no resultaba original en el espectro ultranacionalista de la época, como muestra un pormenorizado estudio de las SA en Hamburgo.
Las SA sufrieron una reestructuración después de la excarcelación de Hitler. El nuevo encargado de llevar las riendas de las SA fue Franz von Pfeffer, bien que supeditado al Führer de acuerdo con el principio jerárquico fundamental del movimiento, según el cual todas las decisiones importantes eran fruto de su voluntad.
¿Cuáles eran los cometidos concretos asignados a las fuerzas de choque en las que sus miembros arriesgaban la vida? El escrito se ocupó de detallarlos:
I. Seguimiento de personas concretas del lado enemigo y seguimiento de los partidos, organizaciones paramilitares, sindicatos y prensa marxistas. Todo aquello que parezca relevante será trasladado hacia «arriba»; artículos de prensa y convocatorias serán recortados, clasificados y valorados. De este modo conseguiremos estar orientados en todo momento acerca de los métodos e intenciones del enemigo. ¡Esto es fundamental!
II. Reparto de hojas volantes y folletos de mano, pegada de carteles propios y destrucción de panfletos y similares del enemigo.
III. Publicidad de suscripciones para nuestra prensa, anuncios, recaudación de dinero, proselitismo, etc.
IV. Protección de actos propios.
V. Marchas de propaganda en ciudades y pueblos.
VI. Reventar actos del enemigo.
Los «soldados políticos» revolucionarios, jóvenes y varones confluyeron en las SA para practicar un «machismo en uniforme» (Bessel, 1984). Todo SA en «acto de servicio» portaba un uniforme, un símbolo visible al mundo exterior de su filiación ideológica. Por él dieron y quitaron la vida en los enfrentamientos con sus enemigos. Conviene, pues, detenerse en este elemento indisociable al movimiento hitleriano.
El uniforme era una «prenda de honor», y no solo por la función obvia de manifestar al mundo exterior la pertenencia en tanto que «representante en la esfera pública de nuestro movimiento.
La esvástica incorporada en la bandera, en tanto que simbolización del racismo, soliviantaba a sus adversarios. También la apropiación del color rojo, sentido como propio por el movimiento obrero, contribuyó a encender las pasiones hasta el extremo de dar la vida por defenderla (o por atacarla). El escritor Jan Petersen resumió tras el ascenso nazi al poder el estado de ánimo de muchos socialdemócratas y comunistas al ver vampirizado el color rojo en la bandera nazi: «Nuestra calle [una calle en Berlín de hegemonía comunista. Nota: J. C.] siempre ha tenido banderas. Rojas. No como otras, que han robado su rojo» (2013). Y ante el robo del color solo cabía la autodefensa para restituirlo al lugar que le correspondía: al campo simbólico de las izquierdas.
Goebbels fue algo más explícito que Hitler al apuntar a la bandera como símbolo condensador del proyecto totalitario nazi. Con ocasión de una «consagración de la bandera» celebrada en el Ministerio de Ilustración Pública y Propaganda el 4 de julio de 1933.

Tan pronto como los nazis accedieron al poder, los Ringvereine fueron severa y (como amplios sectores de la sociedad), a menudo, también arbitrariamente perseguidos. El hecho de que estuviesen registrados como asociaciones facilitó su persecución. Fueron oficialmente prohibidos como asociaciones culturales el 1 de enero de 1934. Muchos de sus miembros terminaron sus días en campos de concentración o abatidos en «intentos de fuga»; pocos fueron los que sobrevivieron al experimento totalitario en suelo alemán (Hartmann y Von Lampe, 2008).
Hemos identificado una serie de paralelismos entre las SA y un Ringverein, el Immertreu, al respecto de sus prácticas simbólicas, litúrgicas y de comportamiento. Los estatutos de dicha organización criminal dan pie a esbozar una serie de analogías que, sin embargo, dado nuestro estado de conocimiento actual, no estamos en disposición de generalizar. Sin embargo, se trata de unos estatutos en cierto modo excepcionales, puesto que los estatutos de otros Ringvereine consultados en el Archivo Provincial de Berlín resultan indistinguibles de los de otras asociaciones de fines similares y fuera de toda sospecha.

El movimiento nacionalsocialista arrancó su andadura como un pequeño grupúsculo más de los que pujaban por abrirse paso en el rico y dinámico panorama ultranacionalista bávaro. Como es siempre el caso con todo movimiento político y social, en sus inicios atrajo a un pequeño núcleo de activistas, o «emprendedores de movimiento», congregados alrededor de la figura de Hitler, su figura carismática (Herbst, 2010), para crecer a partir de ahí a golpe de fe y entrega a la causa de la palingenesia nacional.
El relato nazi sobre la construcción discursiva de los «mártires» discurrió según unas líneas maestras resumidas del modo siguiente: en la mayor de las adversidades, una minoría activa de patriotas, exponente de lo mejor de su juventud y encarnación misma del hombre nuevo —el «nacionalsocialismo hecho cuerpo»—, fue capaz de mantener contra viento y marea su fe en la idea de la regeneración nacional frente a un enemigo fiel a la causa internacionalista que fue además, hasta los años finales de Weimar, infinitamente superior en número. La determinación y el espíritu de lucha de esos patriotas «fanáticos» fue lo que condujo a la victoria final, culminada en enero de 1933.
La noción nazi del mártir como «testigo de sangre» por la regeneración nacional bebe de la tradición griega, en la que la inmolación del héroe acontecía por amor a una gloria todavía vacía de trascendencia (García Gual, 2016), pero también, de forma paradójica y seguramente inadvertida, del judaísmo, donde la locución empleada para designar el martirio, Kidush ha-shem, significa en hebreo «santificación del Nombre (de Dios)».
Igual que el judío está rodeado por un mar de enemigos de su fe, por la que está dispuesto a sacrificar su vida sin consideración de los obstáculos que se interpongan en su camino, el nazi de primera hora, desde su manifiesta inferioridad numérica y practicando el apostolado por propagar la fe verdadera, no tiene reparo en ofrendar su vida en aras de la regeneración nacional. Mártir religioso es quien «abraza de obra y palabra la causa de Dios» hasta las últimas consecuencias (O. Michel, en Dehandschutter y Van Henten, 1989); mártir nazi sería, según la misma lógica, quien abraza de obra y palabra la causa de Alemania hasta su inmolación según las líneas raciales marcadas por el movimiento hitleriano.
La reconstrucción de los mártires nazis a partir de publicaciones y discursos en contextos diversos (mítines, actos funerarios, etc.) trasluce que los interfectos estaban avisados y eran conscientes de que abrazar la causa hitleriana podía precipitar el momento de la muerte, adelantarla a su decurso natural.
Nadie en Alemania, ni siquiera cuando el movimiento balbuceaba, pudo alegar desconocimiento de esta cláusula. El programa del NSDAP de febrero de 1920 concluía del siguiente modo: «Los responsables del partido juran consagrarse sin desmayo y, si fuera necesario, sacrificar su vida para lograr el cumplimiento de los puntos precedentes».

Comprender el experimento totalitario pasa por atender a las dimensiones inmateriales de la historia.
Los nazis (como, por lo demás, los fascistas de toda Europa durante los años de entreguerras) fomentaron en sus filas paramilitares la sensación de vivir en un continuo noviazgo con la muerte que, con frecuencia, acabó en funeral. La intencionalidad nazi al explotar la sangre como recurso movilizador estaba clara: despertar un sentimiento de identificación con un otro sufriente víctima de ataques, de forma no excepcional con resultado de muerte, por defender desinteresada y pacíficamente los colores patrios y mantener enhiesta la bandera de la regeneración nacional.
Las fuerzas paramilitares nazis nacieron en 1920 en Múnich para desempeñar labores de propaganda del movimiento, para prestar un servicio de orden en sus actos públicos y —last, but not least — para reventar los actos de organizaciones «enemigas». Fueron el principal semillero de los varones elevados al altar de los «mártires del movimiento», muy por delante de las HJ y de las SS. Durante Weimar fueron además un núcleo difusor de violencia.
Los «mártires» construidos como tales con el auxilio del aparato de propaganda nazi, alimentado con mentiras al servicio de la «verdad» propia y según un troquel con tres pivotes: una retórica de los pocos contra los muchos, un lustrado póstumo y la presentación del interfecto como varón consciente de los riesgos que acarreaba su empresa y, pese a todo, dispuesto a arrostrarlos. Todo ello en el nombre de la pureza racial de Alemania, de una nueva comunidad nacional purgada de sus elementos espurios, de sus «otros morales». Para que el mártir resultase ejemplar y digno de réplica, para servir de modelo al hombre nuevo de la comunidad nacional del futuro, era imperativo reconstruir las circunstancias de su muerte como rodeadas de épica. Modelado sobre la figura del «soldado político» de las SA, el mártir debía ser presentado como inmaculado, sin aristas que distorsionasen su presentación de cara a la opinión pública. Se imponía retratarlo como un ciudadano desinteresado, valiente, honorable, obediente, varonil, en suma: ejemplar e impoluto. El aparato de propaganda nazi se aplicó a la tarea de la reconstrucción épica agitando la coctelera emocional de la población.

En el panorama político mundial actual, de Estados Unidos a Alemania, desde Venezuela hasta Turquía, la política aparece protagonizada, o en todo caso condicionada de forma preocupante, por políticos que se arrogan en exclusiva la representación del pueblo. Resulta, pues, urgente atender a los mecanismos a disposición de los emócratas de hoy para conquistar los corazones de la ciudadanía. Ayer se etiquetaba como demagogos o charlatanes políticos a esos mismos políticos a los que hoy se denomina populistas. El pueblo se declina en plural, y esa pluralidad merece protección y respeto. La versión alemana del totalitarismo durante el Tercer Reich representó, sin duda, una variante extrema de laminación de la pluralidad de la sociedad en nombre de un proyecto racial excluyente.
La pulsión populista e invasiva del movimiento nacionalsocialista por apropiarse de la categoría de pueblo y excluir del ámbito de obligación moral a una parte de la población ofrece enseñanzas para la política y el orden de convivencia de nuestras sociedades en las que merece la pena abundar.

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A very interesting book on concepts that are not very frequent to be related in books.
On January 30, 1933, a movement with a totalitarian soul, racist ideology and genocidal spirit rose to the head of the German state. It was not the only fascist movement that pushed those years to ruin the liberal-democratic order. From Spain to Romania or Hungary, members of that ideological family made their way everywhere in Europe. The National Socialists were not even the first to take over the reins of a country; the Italian black shirts had taken the lead in 1922. The historical uniqueness of National Socialism lies rather in that in a meteoric period of time, and with the acquiescence and complicity of a substantial part of German society manifested in free elections, it was writing some of the most ignominious chapters in human history: his is the responsibility for World War II, and hers the responsibility for the bureaucratized and industrial murder of the masses, the Holocaust.
To understand and explain the Nazi conquest of society and the State, it is inexcusable to attend to the above factors, but it is not enough. These are cold, structural dimensions that run the risk of emptying human agency, that is, the ability of human beings to intervene in the course of the social, political and cultural processes that frame their existence. To unravel the route that facilitated the Nazis’ path to power, it is urgent to attend to the world of emotions and, in particular, to the discursive strategies and liturgical practices employed by the emocrats (as we call the emotion manipulators) so that their audience, in this case the German public opinion, embraced an ethnic fundamentalist program and expelled from the field of moral obligation those who did not fulfill the racial «Aryan» requirements. An audience understood not as a passive consumer of diabolical and uncivil messages (that is, disrespectful of fundamental human rights that classified individuals as «better» and «worse», that is, of different value), but as an actor in the one that resounded, and that processed, messages of an ultra-nationalist and exclusive nature.
The apotheosis of the martyrs in the Nazi propaganda template is not an anecdotal issue in the history of National Socialism. Due to the mobilizing and cohesive potential of its community of meaning and memory, the “resort to blood” constitutes a fundamental pillar of the Nazi communication strategy that has received little attention.
The glorification of the martyrs is a vector of National Socialist hagiography and propaganda on which their emocrats insisted to the point of paroxysm. A few years after Hitler’s self-fiction and programmatic work came to light, a libretto on behavioral patterns of those in charge of the SA included a statement that condensed the vision of the Nazis about those who sacrificed their lives for the homeland: «A death Exemplary has even more value than an exemplary life. The slogan left no room for doubt about the route to follow. The devotee of the Aryan cause, to be one, could not neglect a life in accordance with the guidelines set by the movement. Values such as honor (to the homeland), obedience (to the commands that embodied the homeland) or generosity (to the homeland) figured at the frontispiece of their morality, a martial moral presided over by the nationalist imperative of patriae totus et locate.

Along with Italian fascism and Soviet Stalinism, National Socialism is a classic variant of totalitarianism. Roughly speaking, totalitarianism is an ideal type to refer to that form of domination that laminates the intrinsic pluralism of every society through the discretionary exercise of violence or, what amounts to the same in its consequences, of the chronic threat and plausible of your exercise. Prior to and necessary to resort to violence, totalitarians point out their internal enemies, feed and mobilize resentment and hatred, and demand uncritical obedience and conformity from their subjects and followers.
The Nazi regime murdered some 16,500 people before the war began, but once it was underway it became the fastest mass extermination machine in history, while Stalin was most lethal when the Soviet Union was at peace. The third classical totalitarianism, Italian fascism, was not anti-Semitic, at least until 1938 with the proclamation of racist laws, and neither did it open concentration or extermination camps, nor did it deport its population or condemn it to famine.
Dissimilarities aside, the unitarian vision of social order, that is, the desire to nullify pluralism with all the means at its disposal, constitutes the key to grouping all these historical experiments under the same analytical concept. To speak of totalitarianisms is to speak of an orgy of violence to eradicate ethnic, religious, ideological or social diversity (or a combination of several of these sources of pluralism) within a society.
Totalitarianism rests on an organicist vision of society according to which each individual serves a whole to which he is subordinate, performing functions of asymmetric value according to ethnicity, gender, social class or affection and degree of commitment.
The Nazis weren’t the only liberticides of the time who embraced the idea of reducing the individual to the category of means to an end. For Mussolini, «Fascism starts from the premise that society is the end, and the individual a means, and that the function of society is to force individuals to become an instrument of social ends» (in Kracauer , 2013). The delimitation of the general interest competed with the current charismatic leader (Hitler, Stalin, Mussolini), an object of quasi-religious cult for quintessential totalitarian project.
Totalitarianisms advance through binary oppositions of opposite elements, where one pole condenses the highest Good and the other absolute Evil. His vision of the world rests on «asymmetric counter-concepts», an antagonistic relationship between an intragroup and an outgroup that is historically specified in dichotomous and exclusive polarizations in the style of Greeks / barbarians, Christians / pagans or supermen / inframen, referring to the last labels of each for «radicalized concepts of the enemy» (Koselleck, 2006).
Fascist totalitarianisms conceived the homeland or the Volk as a hypergood, as «goods that are not only incomparably more important than others, but also provide the point of view from which those have to be weighed, judged, and on which there are to decide ‘(Taylor, 1989). These movements claimed to refer all their activity and their very project to the welfare of the homeland, but ignoring the opinion of those who made up that homeland: individuals.
Totalitarianism starts from the imperfection of the human being in its space-time specificity, a being that is far from assuming that role subordinate to the community and who must be constantly redirected in the interests of the harmony dreamed of as a whole. To the extent that it is proposed to re-educate the individual to put him at the service of the community and thus reduce (according to his interpretation) the degree of stridency and social color, we find ourselves before a utopian and revolutionary way of thinking that is projected towards a future without conflict social worthy of the name.

1) An official ideology focused on the conquest of a new perfect order and with a millennial stamp.
2) A single party organized in a hierarchical manner under the aegis of an omnipotent and omniscient dictator.
3) Police control and the arbitrary application of terror.
4) The almost complete monopoly of the mass media by the 19 party.
5) The monopoly of the means of violence.
6) A centralized planning of the economy.
The modern lie concocted in the totalitarian laboratory is manufactured in series, and has the mass as its addressee. The following statement summarizes the consideration that Koyré deserves that manipulative, intentional and systematic «art» characteristic of totalitarianisms: «Just as there is nothing more refined than the technique of modern political propaganda, there is also nothing so crude as the content of their assertions, which manifest such an absolute and total disregard for the truth ”(Koyré). Totalitarianisms systematically resort to lies to forge a new reality that inevitably adjusts to the «spirit of the race, the nation or the class,» well let’s talk about the Germans and their apotheosis of racial purity, of the Soviets who They subordinated all their activity to the beginning of the class or to both at the same time, since both one and the other appealed to the homeland as the supreme altar of their respective absurdities, executed differently but with a shared procedure: the degradation of the human being and the violation of their dignity to irreversible limits. His lie aims at manipulating the audience’s emotions rather than providing rational arguments to the intellect. In totalitarian politics, the mastery of propaganda technique guarantees the emocrat on duty control of the laws of leadership of the masses, control that rests on non-rational elements of behavior.
Propaganda played a fundamental role in mobilizing support for the Nazi cause when the movement struggled to make its way, but above all for the maintenance of the regime once it reached power. In both moments, Goebbels played a fundamental role. Both in his phase as maximum leader (Gauleiter) of the party in the capital (from November 1926) and later as director of party propaganda (April 1930) and then also Minister of Propaganda (March 1933), Goebbels He was the tireless diffuser and virtuous manipulator of Hitler’s maxims in everything related to the art of illustration to the masses.
The main culprit for the degeneration of the country, and the mainstay of the regime’s propaganda, was the «world Jewish conspiracy» or, more euphemistically, the «Jewish question» that formed the basis of Nazi «ethnic fundamentalism».
Anti-Semitism was no Nazi invention, but a prejudice nurtured in the Christian anti-Semitic manger. However, thanks to them, ancestral anti-Judaism with a Christian matrix was displaced by a visceral hatred of a new kind for Jews, now for racial reasons. It is important to underline the jump from one to the other, because it will have lethal consequences when the Nazis’ turn comes. While the religious reservation against the Jews was resolved with baptism and conversion, the «defect» founded on race had no cure, and for that same reason it was only possible to eradicate it.
It is now appropriate to stop at another propaganda tract that has not received much attention from researchers: the one that glorified the martyrdom of the Nazi militants who, in the terminal years of the Weimar Republic and during the Third Reich, shed their blood and They gave their lives for the «Idea» and for the person who personified it, for Hitler. An ideational resource of the first magnitude at the service of the emocrats to attract the German population was the exploitation of the spilled blood for the sake of their palingenetic project.
National Socialism cultivated a heroic spirit already from the early years of the Weimar Republic. The epic imperative is very early documented in Nazi doctrinal texts.
Nazi propaganda used the blood spilled by the devotees of the cause as an integrating factor in its community of followers, both in its phase of movement until 1933 and after reaching power that year. The fallen dead for the arch-nationalist cause were not, however, the only objects of propaganda cult in the National Socialist political religion. Propaganda and lies applied to the discursive and social construction of the martyr in the Nazi totalitarian project constitute, then, the vectors that articulate this research. The SA was the organization to which, from their particular division of labor, a majority of the national crusaders belonged, who sacrificed their lives for the racial project of the National Socialist movement.

A distinctive feature of the totalitarian mentality is the simplification of the moral universe into two opposing poles, presented as irreconcilable and absolutized. In Hitler’s worldview, Munich represented the Good, a city to which he felt «more attached» than «to any other piece of land in this world» (Kubizek, 2006). Since its transfer to Germany, the place of Vienna as a condensation of Evil will be occupied by Berlin as the epicenter of the «Jewish republic» and the bastion of «Marxism.» Goebbels reached this conclusion in mid-1931.
That both the party and the paramilitary formation were born in the Bavarian capital and precisely in that historical situation was not the result of chance. At the end of 1918, Munich had 603,000 inhabitants, and 735,000 in 1933, which represented about a tenth of the population of all Bavaria. In any case, it was the fourth city in Germany in terms of number of inhabitants, behind Berlin, Hamburg and Cologne. In the turbulent political climate of the years immediately following the First World War, with the disastrous human and economic consequences of the war pervasive, and a newly established but contested democratic political order on the right and left, Munich became fertile ground for the political mobilization of all colors.
As with the NSDAP, the origin of the SA must be traced in the Bavarian capital. Their lives run in parallel. In order to provide protection to their public acts, from 1919-1920 the different political parties and organizations of all political colors active in the city began to organize their own services of order. It was a need arising from experience, since altercations were commonplace when groups tried to explode the acts of their adversaries and / or enemies. But it was more than a self-imposed need; It was also an administrative obligation, since the law obliged the organizers to ensure order inside the rooms where their meetings were held, although not in the surrounding areas, a mission that is entrusted to the police. Neither the disposition of the different protagonists nor the socio-political context facilitated their peaceful flow. The climate of political entanglement led the different contenders to see the adversary as an enemy to be expelled from the political arena rather than as an interlocutor with whom to engage in debates presided over by rational, that is, civilized discussion, around the word and the argument.
The NSDAP was not the only political force to provide itself with a self-protection service for its public acts; it was a common practice of the time in Munich.
The Assault Troops, the SA, were troops of order, they were the fist of the movement against policemen and Marxists. Their very form of organization resembled the communists. Sections rather than local groups, cell system, press advertising and propaganda clearly reflected his model ”(in Gailus and Siemens, 2011). After his assassination in the early 1930s, a fellow Wesselman insisted on presenting him as a soldier of the Nazi idea: «The SA man is the modern type of political soldier, the first servant of a mass popular movement» (Reitmann , 1933). Wessel’s journey through other paramilitary formations until he ended up in the SA was not original in the ultra-nationalist spectrum of the time, as a detailed study of the SA in Hamburg shows.
The SA underwent a restructuring after Hitler’s release from prison. The new person in charge of taking the reins of the SA was Franz von Pfeffer, although he was subordinate to the Führer in accordance with the fundamental hierarchical principle of the movement, according to which all important decisions were the result of his will.
What were the specific tasks assigned to the shock forces in which their members risked their lives? The writing took care of detailing them:
I. Monitoring of specific people on the enemy side and monitoring of Marxist parties, paramilitary organizations, unions and press. Everything that seems relevant will be moved «up»; Press articles and announcements will be cut, classified and valued. In this way we will be able to be oriented at all times about the enemy’s methods and intentions. This is essential!
II. Distribution of flyers and hand brochures, sticking of own posters and destruction of pamphlets and the like of the enemy.
III. Advertising of subscriptions for our press, advertisements, fundraising, proselytizing, etc.
IV. Protection of own acts.
V. Propaganda marches in cities and towns.
SAW. Burst acts of the enemy.
Young and male revolutionary «political soldiers» converged in the SA to practice «machismo in uniform» (Bessel, 1984). Every SA in «act of service» wore a uniform, a symbol visible to the outside world of their ideological affiliation. For him they gave and took their lives in the confrontations with their enemies. It is convenient, therefore, to dwell on this element inseparable from the Hitler movement.
The uniform was a «garment of honor», and not only for the obvious function of showing to the outside world our belonging as «representative in the public sphere of our movement.
The swastika incorporated into the flag, as a symbol of racism, roused its adversaries. Also the appropriation of the color red, felt as its own by the labor movement, contributed to ignite the passions to the point of giving one’s life to defend it (or to attack it). After the Nazi rise to power, the writer Jan Petersen summed up the mood of many social democrats and communists when they saw the color red in the Nazi flag vampirized: “Our street [a street in Berlin of communist hegemony. Note: J. C.] has always had flags. Red. Not like others, who have stolen their red ”(2013). And in the face of the theft of color, there was only room for self-defense to restore it to its rightful place: the symbolic field of the left.
Goebbels was somewhat more explicit than Hitler in pointing to the flag as a condensing symbol of the Nazi totalitarian project. On the occasion of a «consecration of the flag» held at the Ministry of Public Enlightenment and Propaganda on July 4, 1933.

As soon as the Nazis came to power, the Ringvereines were severely and (like broad sectors of society) often arbitrarily persecuted as well. The fact that they were registered as associations facilitated their prosecution. They were officially banned as cultural associations on January 1, 1934. Many of their members ended their days in concentration camps or killed in «escape attempts»; few were those who survived the totalitarian experiment on German soil (Hartmann and Von Lampe, 2008).
We have identified a number of parallels between the SA and a Ringverein, the Immertreu, regarding their symbolic, liturgical and behavioral practices. The statutes of this criminal organization give rise to outlining a series of analogies that, however, given our current state of knowledge, we are not in a position to generalize. However, they are somewhat exceptional statutes, since the statutes of other Ringvereines consulted in the Berlin Provincial Archives are indistinguishable from those of other associations with similar purposes and beyond all suspicion.

The National Socialist movement began its journey as one more small group of those who struggled to break through the rich and dynamic Bavarian ultra-nationalist panorama. As is always the case with every political and social movement, in its beginnings it attracted a small nucleus of activists, or «movement entrepreneurs», congregated around the figure of Hitler, his charismatic figure (Herbst, 2010), to grow up from there on a stroke of faith and dedication to the cause of national palingenesis.
The Nazi account of the discursive construction of the «martyrs» proceeded according to some outlines summarized as follows: in the greatest of adversities, an active minority of patriots, exponent of the best of their youth and the very embodiment of the new man – the «National Socialism made body» -, was able to maintain through thick and thin his faith in the idea of national regeneration in the face of an enemy faithful to the internationalist cause that was also, until the final years of Weimar, infinitely superior in number. It was the determination and fighting spirit of these «fanatical» patriots that led to the final victory, culminating in January 1933.
The Nazi notion of the martyr as a «witness of blood» for national regeneration draws on the Greek tradition, in which the immolation of the hero occurred out of love for a glory still devoid of transcendence (García Gual, 2016), but also paradoxically and surely inadvertent, of Judaism, where the phrase used to designate martyrdom, Kiddush ha-shem, means in Hebrew «sanctification of the Name (of God)».
Just as the Jew is surrounded by a sea of enemies of his faith, for which he is willing to sacrifice his life regardless of the obstacles that stand in his way, the first-time Nazi, from his manifest numerical inferiority and practicing the apostolate for propagating the true faith, he has no qualms about offering his life for the sake of national regeneration. A religious martyr is one who «embraces the cause of God by word and deed» until the last consequences (O. Michel, in Dehandschutter and Van Henten, 1989); Nazi martyr would be, according to the same logic, who embraces the cause of Germany in deed and word until its immolation according to the racial lines marked by the Hitler movement.
The reconstruction of the Nazi martyrs from publications and speeches in various contexts (rallies, funeral acts, etc.) shows that the interfected were warned and were aware that embracing the Hitler cause could hasten the moment of death, anticipate its death. natural course.
No one in Germany, not even when the movement was babbling, could claim ignorance of this clause. The NSDAP program of February 1920 concluded as follows: «The party leaders swear to consecrate themselves without fainting and, if necessary, to sacrifice their lives to achieve the fulfillment of the preceding points».

Understanding the totalitarian experiment requires paying attention to the immaterial dimensions of history.
The Nazis (as, moreover, the fascists throughout Europe during the interwar years) fostered in their paramilitary ranks the feeling of living in a continuous courtship with death that often ended in funerals. The Nazi intention to exploit blood as a mobilizing resource was clear: to awaken a feeling of identification with another suffering victim of attacks, in a non-exceptional way with the result of death, for selflessly and peacefully defending the national colors and keeping the flag of the country upright. national regeneration.
The Nazi paramilitary forces were born in 1920 in Munich to carry out propaganda work for the movement, to provide a service of order in its public events and – last, but not least – to blow up the acts of «enemy» organizations. They were the main hotbed of the men raised to the altar of the «martyrs of the movement», far ahead of the HJ and the SS. During Weimar they were also a nucleus for spreading violence.
The «martyrs» built as such with the help of the Nazi propaganda apparatus, fed with lies in the service of their own «truth» and according to a die with three pivots: a rhetoric of the few against the many, a posthumous gloss and the presentation of the victim as a man aware of the risks that his company entailed and, despite everything, willing to face them. All this in the name of the racial purity of Germany, of a new national community purged of its spurious elements, of its «other morals.» For the martyr to be exemplary and worthy of replication, to serve as a model for the new man of the national community of the future, it was imperative to reconstruct the circumstances of his death as surrounded by epics. Modeled on the figure of the «political soldier» of the SA, the martyr had to be presented as immaculate, without edges that would distort his presentation in the face of public opinion. It was necessary to portray him as a disinterested, brave, honorable, obedient, manly citizen, in short: exemplary and unpolluted. The Nazi propaganda apparatus applied itself to the task of epic reconstruction by shaking the emotional shaker of the population.

In the current world political landscape, from the United States to Germany, from Venezuela to Turkey, politics appears to be the protagonist, or in any case conditioned in a worrying way, by politicians who exclusively represent the people. It is, therefore, urgent to attend to the mechanisms at the disposal of today’s emcrats to win the hearts of citizens. Yesterday those same politicians who today are called populists were labeled as demagogues or political charlatans. The people decline in the plural, and that plurality deserves protection and respect. The German version of totalitarianism during the Third Reich undoubtedly represented an extreme variant of laminating the plurality of society in the name of an exclusive racial project.
The populist and invasive drive of the National Socialist movement to appropriate the category of the people and exclude part of the population from the sphere of moral obligation offers lessons for politics and the order of coexistence of our societies that are worth elaborating.

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