Fanáticos Insulsos. Liberales, Raza E Imperio — Pankaj Mishra / Bland Fanatics: Liberals, the West, and the Afterlives of Empire by Pankaj Mishra

4F345458-3C61-498B-A681-282D5C8BC7E5
Se trata de una colección de ensayos con un tema coherente dedicado a criticar a las figuras liberales dominantes y el entorno que las promueve. Mishra es un polemista fuerte y es más fuerte cuando toma los argumentos de sus sujetos y los analiza con más detalle y con más conocimiento que la persona que hace el argumento. Está en su punto más débil cuando, en lugar de entablar un debate, lanza ataques ad hominem, generalmente sobre las opiniones de sus sujetos o comentarios sobre la raza o la nacionalidad. No hace mucho esto y la mayoría de los ensayos son extremadamente reflexivos.
* Párrafo final sobre Niall Ferguson: «» El poder duro occidental «, dice Ferguson en Civilización,» parece estar luchando «; y el libro ejemplifica un estado de ánimo, a la vez arrogante, frustrado, vengativo y desesperado, entre hombres de cierta edad, clase y educación en el Upper East Side y el West End. Es poco probable que la civilización occidental vaya a la quiebra en el corto plazo, pero la pandilla neoimperialista bien podría enfrentarse al despido. En ese sentido, las metáforas de Ferguson en la última década – desde animador, sucesivamente, del imperio, anglobalización y Chimerica hasta exponente de la teoría del colapso y detallista de relatos emolientes sobre el pasado glorioso – han resaltado amplios cambios políticos y culturales con mayor precisión que sus escritos. Su siguiente movimiento no debe perderse».
* Su ensayo, “Cultura del miedo”, sobre la islamofobia es un buen ejemplo de cómo desmantela una serie de libros y escritores a través del humor, la cantidad de conocimiento y la fuerza de la argumentación:
* “La idea de un ‘Islam’ monolítico en Europa parece un fantasma especialmente lamentable cuando se examinan los diferentes orígenes nacionales, antecedentes lingüísticos y legales, y prácticas culturales y religiosas de los musulmanes europeos. Muchos de los supuestos musulmanes de la Turquía secularizada o sincrestistas de Sindh y Java serían condenados como apóstatas en Arabia Saudita, cuyo wahabismo fundamentalista informa la mayoría de las visiones occidentales del Islam ”.
* “En realidad, las elecciones diarias de la mayoría de los musulmanes en Europa están dictadas más por su experiencia de las economías y culturas globalizadas que por sus lecturas del Corán o la sharia. Junto con sus pares hindúes y sij, muchos musulmanes en Europa padecen las patologías habituales de las comunidades rurales tradicionales en transición a culturas seculares urbanas; el encuentro con el individualismo social y económico provoca inevitablemente una crisis de control en las familias nucleares, así como males como el matrimonio forzado, el mal trato a las mujeres y el sectarismo militante. Sin embargo, en la práctica, millones de musulmanes, muchos de ellos con amargas experiencias de estados autoritarios, coexisten fritionales y agradecidos con regímenes comprometidos con la democracia, la libertad de religión y la igualdad ante la ley”.
* Posiblemente una de las partes más agradables de leer esta colección es que Mishra es despiadado con su tratamiento de los mitos históricos o incluso de figuras a las que las élites liberales de izquierda tienen en alta estima, como Obama, Ta Nahesi Coates y Salman Rushdie.
* Sobre la Primera Guerra Mundial: “la historia moderna de la violencia muestra que los enemigos ostansiblemente acérrimos nunca han sido reacios a tomar prestadas ideas asesinas unos de otros. Para tomar solo un ejemplo, la crueldad de la élite estadounidense con los negros y los nativos americanos impresionó enormemente a la primera generación de imperialistas liberales alemanes, décadas antes de que Hitler también admirara las políticas inequívocamente racistas de los Estados Unidos de nacionalidad e inmigración. Los nazis buscaron inspiración en la legislación de Jim Crow en el sur de los Estados Unidos … A la luz de esta historia compartida de violencia racial, parece extraño que sigamos retratando la Primera Guerra Mundial como una batalla entre la democracia y el autoritarismo, como una etapa fundamental y Calamidad inesperada … muchos pueblos subordinados simplemente se dieron cuenta … de que la paz en el Occidente metropolitano dependía demasiado de la subcontratación de la guerra a las colonias».
* “Hubo señales durante la campaña de Obama, en particular su entusiasmo por reclamar la aprobación de Henry Kissinger, de que decepcionaría cruelmente las esperanzas de transformación histórica de sus jóvenes partidarios de izquierda. Sus acciones en el cargo pronto hicieron que quede claro que se había producido alguna versión de bain y switch. Obama había condenado la guerra aérea en el sur de Asia como inmoral debido a su elevado número de víctimas civiles; pero tres días después de su investidura ordenó ataques con aviones no tripulados en Pakistán, y en su primer año supervisó más ataques con un alto número de bajas civiles de los que Bush había ordenado en toda su presidencia. Su belicoso discurso al aceptar el Premio Noble de la Paz señaló que fortalecería en lugar de desmantelar la arquitectura de la guerra abierta contra el terror, mientras descartaba parte de su retórica fatua. Durante sus ocho años en el cargo, amplió las operaciones encubiertas y las bases militares aéreas, expuso gran parte de ellas a la violencia, la anarquía y el control tiránico. No solo expandió la vigilancia masiva y las operaciones gubernamentales de extracción de datos en casa, y procesó sin piedad a los denunciantes, sino que invirtió su oficina con el poder letal de ejecutar a cualquiera, incluso a ciudadanos estadounidenses, en cualquier parte del mundo … deportó a millones de inmigrantes: Trump está luchando para alcanzar el pico de 2012 de Obama de 34.000 deportaciones al mes».
* La falta de mierda de Mishra sobre ofender a alguien se muestra cuando escribe que Ta Nahesi Coates complace al «imperialismo liberal … [y] sus patrocinadores»: «‘Mi presidente era negro’, un perfil de 17.000 palabras en el Atlántico, es notable por sus interrogatorios desaparecidos del presidente negro por sus asesinatos con drones; el despojo de Libia, Yemen y Somalia; deportación masiva; y ansia ante los titanes de las finanzas que arruinaron la vida de millones de negros y blancos. Coates ha sido acusado de mistificar la raza y «esencializar» la blancura. Sin embargo, en ninguna parte su visión de la identidad racial parece tan estática como en su ternura crítica por un miembro negro del 1%. Mientras Coates sea indiferente a los vínculos entre la raza y la economía política internacional, es más probable que induzca alivio que culpa entre sus fanáticos liberales blancos. Pueden aceptar, incluso abrazar, una explicación de que los balmes inventan fanáticos en el corazón de Estados Unidos para Trump. Se resistirían absolutamente a la sugerencia de que el legatario del movimiento de derechos civiles defendió un orden racista-imperialista del siglo XIX al arrogar al presidente de Estados Unidos el derecho de matar a cualquiera sin el debido proceso; retrocederían ante la idea de que un negro en sus ocho años en el poder profundice el legado jurídico de la supremacía blanca antes de traspasarlo a un sucesor imprudente”.

Las fábulas sobre los mercados libres coincidían casualmente con los objetivos del Banco Mundial, el FMI y otras instituciones de gestión económica internacional, cuyas prioridades de alivio de la pobreza y desarrollo del sector público habían cedido el paso, a principios de los ochenta, a la privatización, la desregulación del comercio, la reducción de las subvenciones a los precios y la relajación de las limitaciones a la inversión extranjera. Para cuando implosionó la Unión Soviética y un ejército de americanizadores invadió Rusia, los defensores del libre mercado se sentían lo suficientemente envalentonados como para pensar que tenían el poder de «empezar el mundo de nuevo», como dice la frase de Thomas Paine favorita de Reagan. Saul Bellow, en una carta de 1992 a un amigo, advertía de que «los teóricos de la economía de libre mercado han tenido demasiado éxito. Le han enseñado al país que el laissez faire ganó la Guerra Fría». La difusión agresiva de una nueva forma de lo que Albert Hirschman llamó «monoeconomía» estuvo acompañada por la apabullante hipótesis de que el colapso del comunismo había inaugurado una benéfica era postideológica.
Ni siquiera los atentados del 11-S sacudieron tales convicciones. La sospecha de que el «islamofascismo» había declarado la guerra al liberalismo incluso animó a muchos intelectuales angloamericanos a recomenzar el mundo aún con más vigor, adaptándolo a su imagen favorita de Angloamérica. Los teóricos de la modernización, respetuosos con la longue durée en la historia, habían encomendado la tarea de cuidar la democracia a las clases medias beneficiarias del capitalismo. Pero una generación «postideológica» de internacionalistas liberales y neocons comenzó a pensar que, en sociedades sin tradición democrática, la democracia podía implantarse por medio de una terapia de shock and awe , es decir, de conmoción y pavor.
En su discurso dominante, el «otro», desde un punto de vista racial o religioso, sólo podía ser dos cosas: bien una bestia imposible de redimir, lo opuesto de los americanos racionales y guiados por el interés individual, que se debía exterminar en todo el mundo con una guerra infatigable contra el terrorismo; o bien un Homo economicus del tipo estadounidense a quien políticos e instituciones inadecuados impedían perseguir sus intereses individuales y racionales. En la fantasía que impulsó la invasión y ocupación de Irak, la libertad se materializaría milagrosamente cuando se derribase el Estado despótico y cuando el libre mercado, al que por fin se permitiría florecer, armonizase espontáneamente los intereses y los deseos de los individuos.
Aún más significativo es que los atentados terroristas del 11 de septiembre provocaron una reivindicación de la identidad y solidaridad de la civilización occidental, que despejaría el camino hacia manifestaciones más explícitas del supremacismo blanco. Un pequeño grupo de criminales y fanáticos no suponía una amenaza mortal para las sociedades más poderosas y ricas de la historia.
Al final, los desengañados y desencantados en el corazón de la modernidad liberal convirtieron en su salvador a un acosador en serie. Como reveló la victoria de Donald Trump en noviembre de 2016, el consenso de Washington había producido demasiadas víctimas en el mismo Washington, el área metropolitana del DC. Mientras en el Mediterráneo oriental la batalla por la democracia y el capitalismo hacía estragos, ambos eran constantemente socavados al oeste del Potomac por la concentración extraordinaria de riqueza, la criminalización incansable de los pobres, políticas disfuncionales, unos medios de comunicación negligentes y un establishment que se inventaba amenazas externas para sus propios fines.

En la actualidad asistimos a una corrección drástica en la que se cuestiona el relato de la excepcionalidad británica y estadounidense con tanto rigor como se hizo en el pasado con las protestas de virtud en la época poscolonial.
Se está desmoronando ese mundo anterior que había sido moldeado tanto por los beneficiarios del imperialismo occidental como por el nacionalismo antiimperialista. Muchas de las ideas más halagadoras que teníamos de nosotros mismos se han venido abajo. Las reivindicaciones de excepcionalidad que hacía India para sí han resultado tan poco fundadas como las de Estados Unidos. Y ya se adivinan nuevas y más amplias contiendas por la libertad, la igualdad y la dignidad.
Décadas de este engañoso discurso, profundamente ideológico, habían dejado a muchas de nuestras mentes más brillantes paralizadas ante las bufonadas de Trump y Johnson, a un tiempo consternadas por la virulencia de las críticas de una izquierda renacida e incapaces por completo de entender que sus supuestos amigos del extranjero fuesen quienes estaban destruyendo la democracia.
La vulnerabilidad de la democracia occidental había resultado evidente mucho tiempo atrás a los ciudadanos asiáticos y africanos del Imperio británico.
Lo que ha quedado claro es que las democracias occidentales han dado tumbos durante décadas hacia la bancarrota moral e ideológica, sin que sus propios propagandistas las prepararan para afrontar los desastres políticos y medioambientales que provoca sin cesar el capitalismo no regulado, también a los vencedores de la historia, como el Reino Unido y Estados Unidos. Tras esforzarse por sofocar el tufo a etnocidio, esclavismo y racismo del pasado –y el hedor actual de la corrupción empresarial– imponiendo una noción perfumada de la superioridad angloamericana, los fanáticos insulsos no han sabido ventear a los enemigos verdaderos de la democracia.

Niall Ferguson es el Homo atlanticus redivivo. Esa visión nostálgica de un imperio en el que no se ponía el sol tenía un defecto evidente. Subestimaba burdamente –de hecho, la ignoraba por completo– la fuerza creciente del movimiento anticolonial en toda Asia, el cual, independientemente de lo que estuviese sucediendo en Europa, habría socavado las posibilidades cada vez menores que tenía el Reino Unido de administrar sus vastos feudos de ultramar.
La «anglobalización» del mundo propuesta por Ferguson no era mucho más que una versión actualizada de la «teoría de la modernización» estadounidense, que se había propuesto inicialmente durante la Guerra Fría como alternativa al comunismo y que ahora iría de la mano de una violencia revolucionaria similar a aquella por la que se había denostado a los regímenes comunistas.
“Ferguson no ignoró por completo los más notorios crímenes del imperialismo: el tráfico de esclavos, el trato a los aborígenes australianos o las hambrunas que mataron a millones por toda Asia. Pero ofreció una firme defensa de las motivaciones británicas, que al parecer eran tanto humanitarias como económicas. El traslado de millones de trabajadores forzosos asiáticos a colonias remotas (indios a la península de Malasia, chinos a Trinidad) fue terrible, «pero no podemos hacer como si esta movilización de mano de obra asiática barata y probablemente subempleada, para cosechar caucho y extraer oro, no hubiese tenido un valor económico». Y cuestionó la afirmación «de moda» de que «las autoridades británicas no hicieron nada para aliviar las hambrunas provocadas en aquel tiempo por la sequía». De cualquier forma, «cuando los británicos se comportaron de forma despótica, la sociedad británica casi siempre hizo una crítica liberal a tal comportamiento».
Las metamorfosis de Ferguson en la última década –sucesivamente hincha del imperio, de la anglobalización y de Chimérica para luego convertirse en defensor de la teoría del hundimiento y en buhonero de cuentos sobre un pasado glorioso– ha puesto de relieve amplias transformaciones políticas y culturales más de lo que ha hecho con sus obras. No deberíamos perder de vista sus próximos pasos.

Ningún país musulmán ha hecho tanto como Turquía para adaptarse a la imagen de un Estado nación europeo; la élite occidentalizada del país impuso el laicismo de forma brutal, entre otros a una población piadosa de campesinos. A pesar de haberse adentrado en todos los caminos prescritos para alcanzar la modernidad occidental, Turquía tiene la impresión de que Europa prefiere usarla como contraste. Según el Partido de la Libertad austriaco, de extrema derecha, el viejo rival de la cristiandad no es bienvenido en Europa porque «no hubo ni Ilustración ni Renacimiento en Turquía» y «uno de los valores preponderantes en Europa, la tolerancia, no es apreciado en Turquía».
Sería comprensible que los turcos recordasen que en la historia reciente Austria fue uno de los principales colaboradores del proyecto nazi de asesinar y esclavizar a millones de europeos.
Desempleo, discriminación y diversas desorientaciones psicológicas de los inmigrantes de segunda o tercera generación vuelven vulnerables a los musulmanes de Europa frente a formas globalizadas de islamismo político, muchas de cuyas versiones militantes venden el afrodisíaco de la restauración del islam a individuos que se sienten impotentes. Pero sólo una minoría minúscula acaba siendo atraída a la violencia terrorista o está dispuesta a disculparla. No es de sorprender que la mayoría de esos musulmanes viva en el Reino Unido, el país europeo más contaminado por la «guerra contra el terrorismo», que ahora tanto David Miliband como Barack Obama confiesan que posiblemente se entendió como una guerra contra los musulmanes.
Los cuerpos de seguridad y los servicios de inteligencia europeos han mostrado más eficacia contra los grupos terroristas islámicos que contra muchas organizaciones de militantes nacionales.
Desde los atentados del 11 de septiembre se ha ido fraguando en Europa una paranoia generalizada, avivada por la prensa amarilla y por políticos oportunistas, que vincula a los musulmanes con el extremismo.
En la actualidad, las decisiones cotidianas de la mayoría de los musulmanes en Europa vienen dictadas más por su experiencia de las economías y culturas globalizadas que por sus lecturas del Qur’an o de la sharía . Igual que los hindús y los sijs, muchos musulmanes en Europa sufren las patologías frecuentes entre comunidades rurales tradicionales en proceso de transición a culturas urbanas laicas: el encuentro con el individualismo social y económico provoca inevitablemente una crisis de control en las familias nucleares, y también males como matrimonios forzosos, tratamiento injusto de las mujeres y sectarismo militante. Sin embargo, en la práctica, millones de musulmanes, muchos con experiencias amargas en Estados autoritarios, coexisten sin roces y agradecidos con regímenes comprometidos con la democracia, la libertad religiosa y la igualdad ante la ley.
Para muchos de esos musulmanes que aspiran a la ciudadanía plena y en igualdad de condiciones, lo más urgente es saber si el liberalismo de viejo cuño vigente en muchos Estados nación europeos, que tradicionalmente ha dado por supuesta la homogeneidad cultural, puede acoger identidades minoritarias, y si las comunidades mayoritarias pueden tolerar en Europa la expresión de diferencias culturales y religiosas.

El resurgir de estas visiones supremacistas en Occidente, junto con la estigmatización mucho más extendida de poblaciones enteras como culturalmente incompatibles con los pueblos occidentales blancos, debería decirnos que en realidad la Primera Guerra Mundial no supuso una profunda ruptura con la historia de Europa. Era más bien, como insistía ya en 1918 el más destacado intelectual chino, Liang Qichao, «un puente que conecta el pasado y el futuro».

Lo que nunca entendieron ni los políticos pragmáticos ni los intelectuales a los que embaucaron fue cómo se recibió en el mundo colonizado la retórica del liberalismo y la democracia. Desde luego a Wilson, inmerso en un mundo dirigido por y para hombres blancos, podía pasarle desapercibido el sentimiento de amargura y desilusión de sus admiradores «morenitos». Pero quienes no podían escudarse en su aislamiento racial o intelectual eran los periodistas y políticos en apariencia liberales que reproducían estridentemente la retórica de Wilson, también tras la caída del comunismo, cuando el mundo parecía estar en la situación más favorable desde 1919 para ser reedificado, más dispuesto a asumir los valores de Occidente y a la vez satisfacer sus intereses.
Es China la que plantea el reto mayor a los angloamericanos que aún esperan encauzar la conversación de la humanidad. Los comunistas chinos remodelaron sistemáticamente el cuerpo político 20 para exigir lealtad de la gente, aplastando cualquier cuestionamiento de los individuos al poder a menudo arbitrario del Estado centralizado. Los herederos de Mao, que concedieron a los ciudadanos chinos más posibilidades de iniciativa económica, no rompieron con las exigencias que había identificado Liang Qichao: movilizar los recursos de China para volverla realmente autónoma y segura, y aplazar la ampliación de las libertades individuales. Hoy, a pesar del protagonismo creciente del mercado, el Estado maneja el timón de la economía globalizada, fomentando las empresas de propiedad estatal y manteniendo el control de las industrias estratégicas.

Se derrumbaban así nada menos que los cimientos del conocimiento y de la ética, de la política y de la ciencia, desencadenando a la larga los regímenes totalitarios y el Holocausto. No es una exageración afirmar que estamos en medio un derrumbe intelectual y moral parecido, uno que parece presagiar un enorme desastre. Peterson lo llama, con razón, «disolución psicológica y social». Pero él mismo es un síntoma preocupante de la enfermedad que promete curar.
El atractivo de la igualdad como exigencia jurídica y como norma democrática ha aumentado sin parar y, paradójicamente, dan testimonio de ello las protestas antiestablishment que se han intentado desprestigiar como amenazas «populistas» a la democracia liberal. Es poco probable que se pueda desactivar intentando reconstruir el orden liberal con un populismo yuppie al estilo del de Macron, aunque incluya el nacionalismo, el patriotismo pragmático o cualquiera de los recursos de un centrismo insolvente desde el punto de vista intelectual, por bien dotado que esté desde el material.
Las humillaciones en aventuras neoimperiales en el extranjero, seguidas de la calamidad actual del Brexit en el propio país, han destapado cruelmente las supercherías de quienes Hannah Arendt llamó «los locos quijotescos del imperialismo». Ahora que la partición llega al Reino Unido, con la amenaza de derramamiento de sangre en Irlanda y Escocia, y con la amenaza de un caos inimaginable si se llega a un Brexit sin acuerdo, serán los británicos de a pie quienes sufran por las heridas incurables de la salida que en otro tiempo los ineptos compícratas infligieron a los asiáticos y los africanos. Otras desagradables ironías históricas acechan al Reino Unido en su traicionero camino hacia el Brexit . Pero podemos decir con seguridad que la élite británica tanto tiempo consentida ya no va a poder seguir siendo lo que ha sido hasta hoy.

No cabe duda de que The Economist es sincero en cuanto a su deseo de estar más atentos a los problemas que afectan a la sociedad. Tras haberse lanzado a las barricadas en 2002 en defensa de Bjorn Lomborg, el escéptico del calentamiento global, este otoño ha dedicado un número completo a la emergencia climática. También busca más lectoras, según unas instrucciones de 2016 para sus anunciantes, y está deseoso de disipar la impresión de que la revista es «un manual arrogante y aburrido para señores anticuados». Y sin embargo a la revista le puede resultar más difícil revisar sus privilegios que a muchos otros en el establishment angloamericano. Sus limitaciones no sólo provienen de su desafiante falta de diversidad y de su cultura intelectual localista, sino también del estilo de la casa poco dado a aceptar que le lleven la contraria. Una reseña publicada en The Economist en 2014, del libro The Half Has Never Been Told: Slavery and the Making of American Capitalism , acusaba a su autor de falta de «objetividad» y lamentaba que «casi todos los negros en este libro son víctimas, casi todos los blancos villanos». Tras una serie de protestas, la revista se retractó de la reseña. Sin embargo, un titular reciente –«Jair Bolsonaro is a Dangerous Populist, with Some Good Ideas»– que encabezaba un artículo en el que se apoyaban los planes de desregulación y privatización del presidente brasileño, confirma que resulta difícil atenuar lo que el periodista James Fallows describió como «el estilo de argumentación de Oxford Union»: una actitud demasiado «soberbia y convencida de llevar la razón y de su superioridad».
Esta insolencia ha sido generada por la certidumbre de haber construido el mundo moderno, lo que parece inevitablemente una incongruencia en las sociedades rencorosamente polarizadas del Reino Unido y de Estados Unidos. Los dos demagogos de peinados absurdos que gobiernan las democracias «liberales» más antiguas del mundo confirman que una clase dirigente que ha sido incapaz de prever, y que incluso posibilitó ideológicamente, una crisis financiera mundial, que estuvo al mando sin inmutarse mientras se producían niveles intolerables de desigualdad y que saqueó grandes regiones de Oriente Medio, Asia Central y África del Norte con intervenciones militares chapuceras, ha dilapidado su autoridad y su legitimidad.
Sobre todo para los jóvenes, los viejos marcos del liberalismo parecen restringir las posibilidades de la política. Hay que recordar, sin embargo, que estos nuevos críticos del liberalismo no pretenden destruir sino cumplir su promesa de libertad individual. Su objetivo es encontrar, como hizo John Dewey, formas adecuadas de política y economía en un mundo que cambia con rapidez: un liberalismo para la gente, no sólo para sus bien relacionados dirigentes. En ese sentido, no es tanto que el liberalismo esté en crisis como que lo están sus autoproclamados propagandistas, a quienes muchos ven, y no les falta razón, como cómplices del desmantelamiento del mundo moderno.

Lo inglés ha sido siempre una forma de teatro, escrito y representado en primer lugar en las colonias inglesas. V. S. Naipaul descubría sus huellas en Kipling y en India, lo que le llevó a señalar que «en la cumbre de su poder, los británicos daban la impresión de ser personas actuando, personas que fingían ser ingleses, que fingían ser ingleses de una clase determinada». Hoy, en el Reino Unido postimperial dirigido por chicos de colegio privado con pocas luces, el «carácter» inglés parece aún más, como escribió Naipaul, «un producto de la fantasía».
Quienes no se dejaban engañar por esa fantasía solían sentir embarazo, como Orwell.
Como no se cansa de repetir Boris Johnson: a por el Brexit . Nada como una dosis de Brexit duro, sugiere, para reforzar la mente y el cuerpo nacionales para la escalada vigorizadora hacia las cumbres soleadas del «Imperio 2.0». Al igual que Powell, John­son se presenta como el salvador del destino sin igual de Inglaterra frente a los indecisos; como el parroquiano de Mont Pelerin, cree que una dosis elevada de desregulación y privatización hará Inglaterra grande de nuevo. Más deshonesto que el brigadier, John­son ridiculiza a esa gente de piel oscura y a las peligrosas extranjeras con burka, a las que llamó buzones, e intenta ganarse a las gentes de orden de las regiones al sur y al este de Londres con sus promesas de encerrar a los inmigrantes criminales y tirar la llave. No hay equívoco posible con los cultos neofascistas de unidad y potencia que defiende y las formas insidiosas que adoptan en la Inglaterra de la prensa sensacionalista al estilo Murdoch.
El auge también político de los defensores del Brexit ha dado al powellismo la victoria total. Pero, por usar una expresión de la administración Bush, podríamos encontrarnos ante «un éxito catastrófico». Pues incluso en su momento de hegemonía el powellismo sigue siendo más un síntoma que una medicina para la crisis, al parecer insoluble, diagnosticada por Orwell: la base material menguante de un país eximperialista que, en un mundo globalizado, es incapaz de deshacerse de sus ideas antiguas de poder y autosuficiencia; se ha roto el modelo político –de un cinismo muy bagehotiano, en el que la voluntad de unos pocos se hacía pasar por la voluntad de la mayoría– de un país que ahora es incapaz de innovar y de afrontar los cambios o de desactivar la ira de quienes han sido durante mucho tiempo las víctimas de la desigualdad social y económica.
Pero las naciones imaginadas de forma demasiado extravagante pagan un precio muy elevado por su sistema de autoengaños. Al estallar en pedazos su sueño de poder y gloria, la India poscolonial se vuelve contra sí misma en su rabia y su frustración. El balance que ha realizado Inglaterra de su realidad postimperial parece más duro sobre todo porque fue postergado tanto tiempo y porque los recuerdos del poder y la gloria son tan difíciles de erradicar. Entretanto se acercan las elecciones más importantes de nuestra vida y, como advirtió Orwell, «una generación de gente incapaz de aprender cuelga sobre nosotros como un collar de cadáveres.

Ahora que Estados Unidos y el Reino Unido se enfrentan a defunciones masivas y a la destrucción del sustento de muchos, ya no es posible seguir desoyendo las señales de alarma cada vez más insistentes que avisan de que el poder cultural absoluto provoca el provincianismo o incluso corrompe, al aumentar el desconocimiento de la realidad política y económica tanto en el extranjero como en el propio país. La Covid-19 ha hecho pedazos lo que John Stuart Mill llamó «el sueño profundo de la opinión ya admitida» al obligar a muchos a aceptar que están viviendo en una sociedad rota, con un Estado que ha sido minuciosamente desmantelado.
La pandemia, que ha matado a 130.000 personas en Estados Unidos, incluyendo a un número desproporcionado de afroamericanos, ha mostrado ahora, de forma aún más explícita de lo que hicieron Katrina en 2005 o la crisis financiera de 2008, que el modelo Reagan-Thatcher, que privatizaba el riesgo y descargaba la responsabilidad del Estado sobre el individuo, condena a un número desorbitado de personas a una muerte prematura o a la lucha desesperada por la vida. Pero hay un descubrimiento aún más profundo y devastador: que la democracia, la principal exportación angloamericana, el pilar de su prestigio moral, nunca ha sido lo que pretendía ser. La democracia no garantiza el buen gobierno, ni siquiera en sus países de origen. Ni las decisiones individuales que toman periódicamente los ciudadanos de las democracias –sea en referéndums, sea durante las elecciones– otorgan la sabiduría política a los elegidos. Incluso pueden empujarlos a fantasías delirantes de omnipotencia, como confirman Johnson y Trump. En ningún lugar se cumple el ideal de la democracia.
La desigualdad económica existente, por no mencionar las servidumbres de los representantes políticos, lo vuelven imposible. Lo que es más perturbador: un cuarto poder mentiroso o ávido de clicks ha privado regularmente a los votantes de la capacidad de identificar o de buscar el interés público. En otras palabras, la democracia moderna guarda muy poco parecido con la forma de gobierno que llevaba el mismo nombre en la Grecia Antigua. Y en ningún lugar se parece más la democracia a un zombi que en India, el alumno más diligente de Angloamérica, donde un movimiento supremacista hindú tremendamente popular distrae la atención de los niveles grotescos de desigualdad y de su propia torpeza criminal avivando el odio asesino contra los musulmanes.
Mientras los buhoneros de libres mercados, democracia, el fin de la historia, el neoimperialismo y la Tierra plana se colocaban con su propia mercancía, China surgió como el ejemplo más formidable de poder estatal planificado que se hubiese visto jamás. Justo cuando los salarios comenzaban a estancarse en Estados Unidos en los años setenta…
Tienen que imponerse», dijo el 1 de junio Trump a los gobernadores de los estados, y amenazó con lanzar «perros rabiosos» y «armas terribles» contra sus enemigos políticos. Es comprensible que personas que deben su primacía a la fortuna del nacimiento, la clase y la nación encuentren difícil, e incluso imposible, descartar sus ideas sobre sí mismos y sobre el mundo. Pero es imprescindible concluir con éxito este severo aprendizaje si los promotores principales de la civilización moderna quieren evitar deslizarse sin remedio hacia el abismo de la historia.

—————

3306B387-D23B-48A5-8697-FCFA99AB2097

This is a collection of essays with a consistent theme dedicated to criticising mainstream liberal figures, and the environment which promotes them. Mishra is a strong polemicist and he is at his strongest when he takes the arguments of his subjects and analyses them in more detail and with more knowledge than the person making the argument. He is at his weakest when rather than engaging in debate he hurls ad hominem attacks, usually about his subjects views or comments on race or nationality. He doesn’t do this a lot and the majority of the essays are extremely thoughtful.
* Concluding paragraph on Niall Ferguson: “‘Western hard power’ Ferguson blurts out in Civilisation, ‘seems to be struggling’; and the book exemplifies a mood, at once swaggering, frustrated, vengeful and despairing, among men of a certain age, class and education on the Upper East Side and the West End. Western civilisation is unlikely to go out of business any time soon, nbut the neo-imperialist gang might well face redundancy. In that sense, Ferguson’s metaphormposes in the last decade – from cheerleader, successively, of empire, Angloglobalisatoin and Chimerica to exponent of collapse theory and retailer of emollient tales about the glorious past – have highlighted broad political and cultural shifts more accurately than his writings have. His next move shouldn’t be missed.”
* His essay, “Culture of Fear”, about Islamophobia is a good example of how he dismantles a series of books and writers through humour, quantum of knowledge, and strength of argument:
* “The idea of a monolithic ‘Islam’ in Europe appears an especially pitiable bogey when you rgard the varying national origins, linguistic and legal backgrounds, and cultural and religious practices of European Muslims. Many so-called Muslims from secularised Turkey or syncrestistic Sindh and Java would be condemned as apostates in Saudi Arabia, whose fundamentalist Wahhabism informs most Western visions of Islam.”
* “In actuality, the everyday choices of most Muslims in europe are dictated more by their experience of globalised economies and cultures than by their readings in the Qur’an or sharia. Along with their Hindu and Sikh peers, many Muslims in Europe suffer from the usual pathologies of traditional rural communities transitioning to urban secular cultures; the encounter with social and economic individualism inevitably provokes a crisis of control in nuclear families, as well as such ills as forced marriage, the poor treatment of women and militant sectarianism. However, in practice, millions of Muslims, many of them with bitter experiences of authoritarian states, coexist fritionalessly and gratefully with regimes committed to democracy, freedom of religion and equality before the law.”
* Possibly one of most enjoyable parts of reading this collection is that Mishra is merciless with his treatment of historical myths or even figures whom left-leaning liberal elites hold in high regard, like Obama, Ta Nahesi Coates, and Salman Rushdie.
* On World War one: “the modern history of violence shows that ostansibly staunch foes have never been reluctant to borrow murderous ideas from one another. To take only one instance, the American elite’s ruthlessness with blacks and Native Americans greatly impressed the earliest generation of German liberal imperialists, decades before Hitler also came to admire the US’s unequivocally racist policies of natinoality and immigration. The Nazis sought inspiration from Jim Crow legislation in the US South…. In light of this shared history of racial violence, it seems odd that we continue to portrary the First World War as a battle between democracy and authoritariansim, as a seminal and unexpected calamity…. many subordinate peoples simply realised … that peace in the metropolitan West depended too much on outsourcing war to the colonies».
* “There were signs during Obama’s campaign, particularly his eagerness to claim the approbation of Henry Kissinger, that he would cruelly disappoint his left-leaning young supporters’ hopes of epohcal transformation. His acitons in office soon made is cleare that some version of bain and switch had occurred. Obama had condemned the air war in South Asia as immoral because of its high civilian toll; but three days after his inauguration he ordered drone strikes in Pakistan, and in his first year oversaw more strikes with high civilian casualities than Bush had ordered in his entire presidency. His bellicose speech accepting the Noble Peace Prize signalled that he would strengthen rather than dismantle the architecture of the open-ended war on terror, while discaring some of its fatuous rhetoric. During his eight years in office, he expanded covert operations and air military bases, he exposed large parts of it to violence, anarchy and tyrannical rulke. He not only expanded mass surveillance and government data-mining operations at home, and ruthlessly prosecuted whistleblowers, but invested his office with the lethal power to execute anyone, even American citizens, anywhere in the world… he deported millions of immigrants – Trump is struggling to reach Obama’s 2012 peak of 34,000 deportations a months».
* Mishra’s lack of fuck-giving about offending anyone is on display when writing that Ta Nahesi Coates panders to “liberal imperialism… [and] its patrons”: “‘My President Was Black’, a 17,000 word profile in the Atlantic, is remarkable for its missing interrogations of the black president for his killings by drones; despoliation of Libya, Yemen and Somalia; mass deportation; and craveness before the titans of finance who ruined millions of black as well as white lives. Coates has been accused of mystifying race and ‘essentialising’ whiteness. Nowhere, however, does his view of racial identity seem as static as in his critical tenderness for a black member of the 1 per cent. As long as Coates is indifferent to the links between race and interntional political economy, he is more likley to induce relief than guilt among his white liberal fans. They may accept, even embrace, an explanation that balmes inveterate bigots in the American heartland for Trump. They would absolutely baulk at the suggestion that the legatee of the civil rights movement upheld a nineteenth-century racist-imperialist order by arrogating to the US president the right to kill anyone without due process; they would recoil from the idea that a black man in his eight years in power deepend the juridicial legacy of white supremacy before passing it on to a reckless successor».

Fables about free markets coincidentally coincided with the goals of the World Bank, IMF, and other international economic management institutions, whose priorities for poverty alleviation and public sector development had given way, in the early 1980s, to the privatization, deregulation of trade, reduction of price subsidies, and relaxation of restrictions on foreign investment. By the time the Soviet Union imploded and an army of Americanizers invaded Russia, free market advocates were emboldened enough to think they had the power to «start the world over,» as Reagan’s favorite Thomas Paine phrase goes. . Saul Bellow, in a 1992 letter to a friend, warned that «theorists of free market economics have been too successful. They have taught the country that laissez faire won the Cold War. The aggressive diffusion of a new form of what Albert Hirschman called «monoeconomics» was accompanied by the overwhelming hypothesis that the collapse of communism had inaugurated a beneficial post-ideological era.
Even the 9/11 attacks did not shake such convictions. The suspicion that «Islamofascism» had declared war on liberalism even encouraged many Anglo-American intellectuals to restart the world even more vigorously, adapting it to their favorite image of Anglo-America. The theorists of modernization, respectful of the longue durée in history, had entrusted the task of caring for democracy to the beneficiary middle classes of capitalism. But a «post-ideological» generation of liberal internationalists and neocons began to think that, in societies without democratic tradition, democracy could be implanted through shock and awe therapy, that is, shock and awe.
In his dominant discourse, the «other», from a racial or religious point of view, could only be two things: either an impossible beast to redeem, the opposite of rational Americans and guided by individual interest, who should be exterminated in the whole world with an indefatigable war on terrorism; or an American-type Homo economicus who was prevented from pursuing his individual and rational interests by inadequate politicians and institutions. In the fantasy that prompted the invasion and occupation of Iraq, freedom would miraculously materialize when the despotic state was overthrown and when the free market, which would finally be allowed to flourish, spontaneously harmonized the interests and desires of individuals.
Even more significant is that the terrorist attacks of September 11 provoked a vindication of the identity and solidarity of Western civilization, which would clear the way for more explicit manifestations of white supremacism. A small group of criminals and fanatics posed no mortal threat to the most powerful and wealthiest societies in history.
In the end, the disillusioned and disenchanted at the heart of liberal modernity made a serial stalker their savior. As Donald Trump’s victory in November 2016 revealed, the Washington consensus had produced far too many casualties in Washington itself, the DC metropolitan area. While in the eastern Mediterranean the battle for democracy and capitalism raged, both were constantly undermined west of the Potomac by the extraordinary concentration of wealth, the relentless criminalization of the poor, dysfunctional politics, a negligent media and an establishment that he invented external threats for his own ends.

We are currently witnessing a drastic correction in which the account of British and American exceptionality is questioned with as much rigor as was done in the past with virtue protests in the post-colonial era.
That previous world that had been shaped by both the beneficiaries of Western imperialism and anti-imperialist nationalism is crumbling. Many of the most flattering ideas we had of ourselves have fallen apart. India’s claims of exceptionality for itself have been as unfounded as those of the United States. And new and broader contests for freedom, equality and dignity are already being guessed.
Decades of this deeply ideological deceptive speech had left many of our brightest minds paralyzed by the antics of Trump and Johnson, both dismayed by the virulence of criticism from a reborn left and completely unable to understand that their assumptions friends from abroad were the ones who were destroying democracy.
The vulnerability of Western democracy had long ago been apparent to the Asian and African citizens of the British Empire.
What has become clear is that Western democracies have stumbled towards moral and ideological bankruptcy for decades, without their own propagandists preparing them to face the political and environmental disasters that unregulated capitalism constantly causes, including the victors of history, like the United Kingdom and the United States. Having struggled to quell the stench of ethnocide, slavery and racism of the past – and the current stench of corporate corruption – by imposing a perfumed notion of Anglo-American superiority, bland fanatics have failed to vent the true enemies of democracy.

Niall Ferguson is the revived Homo atlanticus. That nostalgic vision of an empire where the sun never set had an obvious flaw. It grossly underestimated – indeed completely ignored it – the growing strength of the anti-colonial movement across Asia, which, whatever was happening in Europe, would have undermined the diminishing possibilities for the UK to manage its vast fiefdoms. overseas.
Ferguson’s ‘Anglobalization’ of the world was not much more than an updated version of the American ‘theory of modernization’, which had initially been proposed during the Cold War as an alternative to communism and which would now go hand in hand with violence revolutionary similar to that for which the communist regimes had been reviled.
“Ferguson did not completely ignore the most notorious crimes of imperialism: the slave trade, the treatment of Aboriginal Australians or the famines that killed millions throughout Asia. But he offered a strong defense of British motivations, which were apparently both humanitarian and economic. The transfer of millions of Asian forced laborers to remote colonies (Indians to the Malaysian peninsula, Chinese to Trinidad) was terrible, “but we cannot pretend this mobilization of cheap and probably underemployed Asian labor to harvest rubber and extract gold, would not have had an economic value. And he questioned the «fashionable» claim that «the British authorities did nothing to alleviate the famines caused at the time by the drought.» In any case, «when the British behaved despotically, British society almost always made a liberal critique of such behavior.»
The metamorphoses of Ferguson in the last decade – successively a fan of empire, Anglobalization and Chimérica, and then a defender of the theory of collapse and a peddler of tales about a glorious past – has highlighted broad political and cultural transformations more of what he has done with his works. We should not lose sight of your next steps.

No Muslim country has done as much as Turkey to fit the image of a European nation-state; the westernized elite of the country brutally imposed secularism, among others, on a pious peasant population. Despite having embarked on all the prescribed paths to achieve Western modernity, Turkey has the impression that Europe prefers to use it as a contrast. According to the far-right Austrian Freedom Party, Christendom’s old rival is not welcome in Europe because «there was neither the Enlightenment nor the Renaissance in Turkey» and «one of Europe’s prevailing values, tolerance, is not appreciated. in Turkey».
It would be understandable for the Turks to recall that in recent history Austria was one of the main collaborators in the Nazi project to murder and enslave millions of Europeans.
Unemployment, discrimination and various psychological disorientations of second or third generation immigrants make Europe’s Muslims vulnerable to globalized forms of political Islamism, many of whose militant versions sell the aphrodisiac of the restoration of Islam to individuals who feel powerless. But only a tiny minority end up being drawn to terrorist violence or willing to excuse it. Not surprisingly, most of these Muslims live in the UK, the European country most contaminated by the «war on terror», which now both David Miliband and Barack Obama confess was possibly understood as a war against Muslims.
European security and intelligence services have been more effective against Islamic terrorist groups than against many national militant organizations.
Since the attacks of September 11, a generalized paranoia has been brewing in Europe, fueled by the yellow press and opportunist politicians, linking Muslims with extremism.
Today, the day-to-day decisions of most Muslims in Europe are dictated more by their experience of globalized economies and cultures than by their readings of the Qur’an or Sharia. Like the Hindus and Sikhs, many Muslims in Europe suffer from the common pathologies among traditional rural communities in the process of transitioning to secular urban cultures: the encounter with social and economic individualism inevitably provokes a crisis of control in nuclear families, and also evils such as forced marriages, unfair treatment of women, and militant sectarianism. Yet in practice, millions of Muslims, many with bitter experiences in authoritarian states, coexist seamlessly and gratefully with regimes committed to democracy, religious freedom, and equality before the law.
For many of those Muslims who aspire to full and equal citizenship, the most urgent question is whether the old-fashioned liberalism in force in many European nation-states, which has traditionally taken cultural homogeneity for granted, can embrace minority identities, and whether the majority communities in Europe can tolerate the expression of cultural and religious differences.

The resurgence of these supremacist views in the West, coupled with the much more widespread stigmatization of entire populations as culturally incompatible with white Western peoples, should tell us that World War I did not actually represent a profound break with European history. It was rather, as the leading Chinese intellectual Liang Qichao insisted as early as 1918, «a bridge connecting the past and the future.»

What neither the pragmatic politicians nor the intellectuals they duped ever understood was how the rhetoric of liberalism and democracy was received in the colonized world. Of course, to Wilson, immersed in a world run by and for white men, the feeling of bitterness and disappointment of his «dark» admirers could go unnoticed. But those who could not hide behind their racial or intellectual isolation were the apparently liberal journalists and politicians who stridently reproduced Wilson’s rhetoric, also after the fall of communism, when the world seemed to be in the most favorable situation since 1919 to be rebuilt, more willing to assume the values of the West and at the same time satisfy its interests.
It is China that poses the greatest challenge to Anglo-Americans who still hope to direct the conversation of humanity. The Chinese Communists systematically reshaped the body politic 20 to demand allegiance from the people, squashing any questioning by individuals to the often arbitrary power of the centralized state. Mao’s heirs, who gave Chinese citizens more possibilities of economic initiative, did not break with the demands that Liang Qichao had identified: to mobilize China’s resources to make it truly autonomous and secure, and to postpone the expansion of individual freedoms. Today, despite the growing prominence of the market, the state is at the helm of the global economy, fostering state-owned companies and maintaining control of strategic industries.

In this way nothing less than the foundations of knowledge and ethics, of politics and science were crumbled, eventually unleashing totalitarian regimes and the Holocaust. It is not an exaggeration to say that we are in the midst of a similar intellectual and moral collapse, one that seems to presage an enormous disaster. Peterson rightly calls it «psychological and social dissolution.» But he himself is a troubling symptom of the disease that he promises to cure.
The appeal of equality as a legal requirement and as a democratic norm has grown steadily and, paradoxically, this is borne out by anti-establishment protests that have been tried to discredit as «populist» threats to liberal democracy. It is unlikely that it can be defused by attempting to rebuild the liberal order with Macron-style yuppie populism, even if it includes nationalism, pragmatic patriotism, or any of the devices of an intellectually insolvent centrism, however gifted it may be. be from the material.
The humiliations in neo-imperial adventures abroad, followed by the current calamity of Brexit at home, have cruelly exposed the tricks of what Hannah Arendt called «the quixotic madmen of imperialism.» Now that partition is coming to the UK, with the threat of bloodshed in Ireland and Scotland, and with the threat of unimaginable chaos if a no-deal Brexit is reached, it will be ordinary Britons who suffer from incurable injuries. of the departure that the inept compatriots once inflicted on Asians and Africans. Other unsavory historical ironies stalk the UK on its treacherous Brexit path. But we can safely say that the long-pampered British elite will no longer be able to continue being what they have been until today.

There is no doubt that The Economist is sincere in its desire to be more attentive to the problems that affect society. Having taken to the barricades in 2002 in defense of Bjorn Lomborg, the global warming skeptic, this fall he devoted an entire issue to the climate emergency. He’s also looking for more female readers, according to 2016 instructions to his advertisers, and he’s keen to dispel the impression that the magazine is «an arrogant and boring manual for old-fashioned gentlemen.» And yet the magazine may find it more difficult to review its privileges than many others in the Anglo-American establishment. Its limitations come not only from its defiant lack of diversity and its local intellectual culture, but also from the style of the house that is not very receptive to being opposed. A review published in The Economist in 2014, of the book The Half Has Never Been Told: Slavery and the Making of American Capitalism, accused its author of a lack of «objectivity» and lamented that «almost all blacks in this book are victims, almost all white villains. After a series of protests, the magazine retracted the review. However, a recent headline – «Jair Bolsonaro is a Dangerous Populist, with Some Good Ideas» – leading an article supporting the Brazilian president’s deregulation and privatization plans, confirms that it is difficult to tone down what journalist James Fallows described it as «the Oxford Union style of argumentation»: an attitude too «arrogant and convinced of being right and superior».
This insolence has been generated by the certainty of having built the modern world, which inevitably seems incongruous in the spitefully polarized societies of the United Kingdom and the United States. The two absurdly coiffed demagogues who rule the world’s oldest ‘liberal’ democracies confirm that a ruling class that has been unable to foresee, and even ideologically made possible, a global financial crisis, which was in command unperturbed while levels were being produced intolerable of inequality and looting large regions of the Middle East, Central Asia and North Africa with botched military interventions, it has squandered its authority and legitimacy.
Especially for the young, the old frameworks of liberalism seem to restrict the possibilities of politics. It must be remembered, however, that these new critics of liberalism do not seek to destroy but to fulfill their promise of individual freedom. His aim is to find, as John Dewey did, appropriate forms of politics and economics in a rapidly changing world: a liberalism for the people, not just for their well-connected leaders. In that sense, it is not so much that liberalism is in crisis as that of its self-proclaimed propagandists, whom many see, and they are right, as accomplices in the dismantling of the modern world.

English has always been a form of theater, written and performed primarily in the English colonies. VS Naipaul discovered his footprints in Kipling and in India, which led him to point out that ‘at the height of their power, the British gave the impression of being people acting, people pretending to be English, pretending to be English of a certain class ». Today, in post-imperial Britain run by dimly lit private school boys, the English «character» seems even more, as Naipaul wrote, «a figment of fantasy.»
Those who weren’t fooled by that fantasy were often embarrassed, like Orwell.
As Boris Johnson never tires of repeating: go for Brexit. Nothing like a dose of hard Brexit, he suggests, to bolster the national mind and body for the invigorating climb to the sunny peaks of «Empire 2.0.» Like Powell, Johnson presents himself as the savior of England’s unequaled fate in the face of the undecided; like the Mont Pelerin parishioner, he believes that a high dose of deregulation and privatization will make England great again. More dishonest than the brigadier, Johnson ridicules these dark-skinned people and the dangerous burqa-clad foreigners, whom he called mailboxes, and tries to win over the people of order in the regions to the south and east of London with his promises to lock up criminal immigrants and throw away the key. There is no mistaking the neo-fascist cults of unity and power that he espouses and the insidious forms they take in Murdoch-style tabloid England.
The also political rise of the defenders of Brexit has given Powellism the total victory. But, to use an expression of the Bush administration, we could be faced with «catastrophic success.» For even in its moment of hegemony, Powellism remains more a symptom than a medicine for the crisis, apparently insoluble, diagnosed by Orwell: the waning material base of an ex-imperialist country that, in a globalized world, is incapable of getting rid of its old ideas of power and self-reliance; the political model has been broken – of a very Bagehotian cynicism, in which the will of a few was impersonated by the will of the majority – of a country that is now incapable of innovating and facing changes or defusing anger of those who have long been the victims of social and economic inequality.
But too extravagantly imagined nations pay a heavy price for their system of self-deception. As its dream of power and glory explodes, postcolonial India turns on itself in anger and frustration. England’s assessment of its post-imperial reality seems harsher especially because it was postponed for so long and because the memories of power and glory are so difficult to eradicate. Meanwhile the most important choices of our lives are approaching and, as Orwell warned, “a generation of people incapable of learning hangs over us like a necklace of corpses.

3361/5000
Now that the United States and the United Kingdom face massive deaths and the destruction of the livelihoods of many, it is no longer possible to ignore the increasingly insistent alarm signals that absolute cultural power provokes provincialism or even corrupts, by increasing ignorance of the political and economic reality both abroad and at home. Covid-19 has shattered what John Stuart Mill called «the deep sleep of admitted opinion» by forcing many to accept that they are living in a broken society, with a state that has been painstakingly dismantled.
The pandemic, which has killed 130,000 people in the United States, including a disproportionate number of African Americans, has now shown, even more explicitly than Katrina did in 2005 or the financial crisis of 2008, that the Reagan-Thatcher model , which privatized risk and unloaded the responsibility of the State on the individual, condemns an exorbitant number of people to premature death or the desperate struggle for life. But there is an even more profound and devastating discovery: that democracy, the main Anglo-American export, the mainstay of its moral prestige, has never been what it purported to be. Democracy does not guarantee good governance, not even in their home countries. Not even the individual decisions that the citizens of democracies make periodically – be it in referendums or during elections – grant political wisdom to the elected. They can even push them into delusional fantasies of omnipotence, as Johnson and Trump confirm. Nowhere is the ideal of democracy fulfilled.
The existing economic inequality, not to mention the easements of the political representatives, make it impossible. Most disturbingly, a liar or click-hungry fourth estate has regularly deprived voters of the ability to identify or pursue the public interest. In other words, modern democracy bears little resemblance to the form of government that bore the same name in Ancient Greece. And nowhere is democracy more like a zombie than in India, Anglo-America’s most diligent pupil, where a wildly popular Hindu supremacist movement distracts attention from grotesque levels of inequality and its own criminal clumsiness by stoking murderous hatred against the Muslims.
As the peddlers of free markets, democracy, the end of history, neo-imperialism, and the flat Earth stood with their own merchandise, China emerged as the most formidable example of planned state power ever seen. Just when wages were starting to stagnate in America in the 1970s …
They have to prevail, «Trump told state governors on June 1, threatening to throw» mad dogs «and» terrible weapons «at his political enemies. It is understandable that people who owe their primacy to the fortune of birth, class, and nation find it difficult, or even impossible, to dismiss their ideas about themselves and the world. But a successful conclusion of this severe apprenticeship is imperative if the main promoters of modern civilization are to avoid slipping hopelessly into the abyss of history.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.