Los Lunes Nos Querrán — Najat El Hachmi / Mondays They Will Love Us by Najat El Hachmi (spanish book edition)

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Esta novela fue la ganadora del premio Nadal de novela 2021 y como toda novela premiada esperaba bastante más. La he leído con gusto. Las presiones de las adolescentes marroquíes que ejercen tanto su entorno tribal como la cultura a la que intentan integrarse es descrita con precisión y dolor. Comprendes como se van quebrando, inevitablemente. No me acaba de convencer el estilo en general y un final un tanto brusco pero reconozco que los diarios adolescentes son así, tremendistas, obsesivos, melodramáticos, decepcionados…
Esta novela habla de la falta de libertad. Presenta a dos mujeres que luchan por revelarse a lo impuesto, a lo socialmente correcto. La reflexión que la autora hace en las ultimas páginas es profunda e imperdible.
Una historia de mujeres, de opresión y de lucha. Personajes femeninos complejos, destripándose a través de un argumento que pasa por los condicionantes de una cultura y de una religión. Sin embargo, creo que ciertas limitaciones, clichés y exigencias femeninas abordadas son independientes de la religión y comunes en una generación que sí, que pensaban en ese lunes nos querrán. Creo que no nos hemos encontrado en el mejor momento este libro y yo.

Los lunes pasaron a ser nuestro día favorito de la semana. Era el día en que habíamos podido dormir toda la noche, estábamos despejadas y descansadas. Cogíamos a los niños, los metíamos en el coche y nos íbamos a Barcelona con la música a todo volumen, bailando y riéndonos con ellos. O a la playa si era verano, a patinar sobre hielo, al parque de atracciones. Entrábamos en todas las tiendas, nos probábamos vestidos que valían el sueldo de un mes, nos hacíamos fotos con ellos puestos y los devolvíamos suspirando, pensando en el día en que nos podríamos llevar alguno a casa. Nos maquillábamos con los productos que había para probar mientras los niños lo tocaban todo y las dependientas acababan por regañarnos. Nos agarrábamos del brazo la una a la otra y coqueteábamos con los hombres con los que nos cruzábamos por la calle y que nos decían cosas. Nos atiborrábamos de hamburguesas, helados y pasteles, nos tomábamos una cerveza y luego comíamos montones de chicles para llegar a casa sin oler a alcohol.

Conocerte a ti y saber que tu madre era distinta, que ya había cambiado, me abrió las puertas a la esperanza de poder conciliar todos nuestros mundos. Tu madre creía que teníamos que aprovechar todas las oportunidades que tuviéramos. Ella hacía algo que nadie en mi casa hacía: me preguntaba por mis notas y me felicitaba por mis buenos resultados, me animaba a seguir por ese camino. Te podrás imaginar que te envidié hasta la madre que tenías. Ella decía que había que progresar económicamente y que para ello teníamos que formarnos.

Tuvimos que mandarle un trozo de tela manchada de sangre a mi padre para demostrarle que estaba como mi madre me había traído al mundo. Pero no se lo creyó, porque decía que la sangre podía ser de cualquier lado. De todas formas, cumplimos con el ritual aunque fuera denigrante, para acallar los rumores. Me sentí una hipócrita y no supe ver que esa primera concesión traería muchas otras. A la mañana siguiente de la boda me levanté por primera vez sin los puños agarrotados como llevaba despertándome siempre desde hacía años. Ni tenía las piernas endurecidas. Al abrir los ojos no sabía si estaba en un sueño: me despertaron los distintos olores de la casa, el silencio extraño y la calidez de un cuerpo que respiraba a mi lado. Yamal me contó que me había pasado toda la noche llorando, sollozando sin parar, y que no sabía si era porque me había hecho daño. Que después me agarré a él y ya no lo solté ni un instante. Y esa mañana me dijo: no te preocupes, a partir de ahora todo será distinto, seremos felices y yo cuidaré de ti, seremos como los dedos de una mano. Había cumplido dieciocho años y era una mujer casada.

Yamal y yo salimos cogidos de la mano a la mañana siguiente de casarnos. Yo metía mi mano en el bolsillo trasero de sus tejanos y me sentía como una adolescente. Una adolescente casada. Nuestros pasos se sincronizaron, y yo alzaba la vista para mirar el cielo como si no hubiera obstáculo alguno en este mundo, como si entre el infinito, la eternidad y yo no hubiera ningún impedimento, ninguna frontera. Nuestra relación salía de la clandestinidad, era legal y al fin sabría lo que era estar todo el tiempo con Yamal, dormir con él, aburrirme con él. La vida conyugal de la que se quejaban tantos escritores cuyo malestar yo no podía comprender.
Cuando mi madre me vio entrar en el piso con el pelo corto, los tejanos ajustados y los labios pintados me miró como si viera a un monstruo.
Mientras Raquel empezaba un Interrail por toda Europa y me iba mandando postales, yo leía todos los libros de crianza que podía y asistía a las clases de preparación al parto, donde era la única mora. Las otras madres me miraban por eso, pero también porque todas eran mayores de treinta y cinco años y yo les parecía muy joven. La comadrona nos enseñaba a respirar y también a hacer ejercicios para mantener el pecho en su sitio, decía su sitio cuando contraía los pectorales.
Estaba ensimismada con todo lo que le estaba pasando a mi cuerpo, de repente seguía su curso sin que yo tuviera ningún poder sobre él. Lo cual era extraño después de haber pasado tantos años intentando controlarlo.
Cuantos más libros leía sobre embarazo y crianza, más confundida me sentía. Unos decían una cosa, los otros la contraria. Las mujeres hemos tenido hijos toda la vida, repetía mi madre, y no nos ha hecho falta leer libros para saber lo que teníamos que hacer.
Tenía veinte años cuando empezaron los dolores. Tenía veinte años, estaba muerta de miedo y pensaba en todas las niñas de nuestro pueblo que parían siendo aún más jóvenes, sin epidural…

Al final creo que voy comprendiéndolo todo, voy poniendo orden, y dejarlo todo escrito aquí ha aliviado mi rabia, mi tristeza, mi sensación de impotencia. Nada de lo que cuento sirve para cambiar el pasado, pero sí para que quede constancia de lo ocurrido. La verdad profunda de nuestra historia era mucho más simple de lo que imaginábamos. No tenía que ver con el choque de culturas, con la integración, ni con estar entre dos mundos ni ninguna de las cosas que nos han ocupado tanto tiempo. Lo único que queríamos era ser amadas. Tal como éramos, sin más. Sin tener que recortarnos ni adaptarnos ni someternos. Con nuestros pensamientos y nuestras emociones y nuestras heridas, las cicatrizadas y las abiertas. Nada más.

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This novel was the winner of the 2021 Nadal novel prize and, like all prize-winning novels, I expected much more. I have read it with pleasure. The pressures of Moroccan adolescents who exert both their tribal environment and the culture to which they try to integrate is described with precision and pain. You understand how they inevitably break. The style in general and a somewhat abrupt ending did not quite convince me, but I recognize that teenage newspapers are like that, tremendous, obsessive, melodramatic, disappointed …
This novel talks about the lack of freedom. It presents two women who struggle to reveal themselves to what is imposed, to what is socially correct. The reflection that the author makes in the last pages is deep and unmissable.
A story of women, of oppression and of struggle. Complex female characters, gutting themselves through an argument that goes through the conditions of a culture and a religion. However, I believe that certain limitations, clichés and feminine demands addressed are independent of religion and common in a generation that yes, who thought that Monday they will love us. I think this book and I have not met in the best moment.

Mondays became our favorite day of the week. It was the day we had been able to sleep through the night, we were clear and rested. We would take the children, we would put them in the car and we would go to Barcelona with the music at full volume, dancing and laughing with them. Or to the beach if it was summer, to ice skating, to the amusement park. We went into all the stores, we tried on dresses that were worth a month’s salary, we took pictures with them on and we returned them sighing, thinking about the day we could take some home. We put on makeup with the products we had to try while the children touched everything and the shop assistants ended up scolding us. We held each other’s arms and flirted with the men we met on the street who said things to us. We gorged ourselves on hamburgers, ice cream, and cakes, had a beer, and then ate loads of gum to get home without smelling alcohol.

Knowing you and knowing that your mother was different, that she had already changed, she opened the doors to the hope of being able to reconcile all our worlds. Your mother believed that we had to take every opportunity we got. She did something that nobody in my house did: she asked me about my grades and she congratulated me on my good results, she encouraged me to continue on that path. You can imagine that I envied you even the mother you had. She said that we had to progress economically and that for that we had to train ourselves.

We had to send a piece of blood-stained cloth to my father to show him that she was like my mother had brought me into the world. But she didn’t buy it, because she said the blood could be from anywhere. In any case, we comply with the ritual, even if it was degrading, to silence the rumors. I felt like a hypocrite and did not know how that first concession would bring many others. The morning after the wedding I woke up for the first time without the clenched fists as I had always awakened for years. Nor did he have stiff legs. When I opened my eyes I did not know if I was in a dream: I was awakened by the different smells of the house, the strange silence and the warmth of a body that breathed next to me. Yamal told me that I had spent the whole night crying, sobbing without stopping, and that he did not know if it was because he had hurt me. That later I held on to him and didn’t let go of him for a moment. And that morning he told me: don’t worry, from now on everything will be different, we will be happy and I will take care of you, we will be like the fingers of a hand. She had turned eighteen and she was a married woman.

Yamal and I went out hand in hand the morning after we were married. I would put my hand in the back pocket of his jeans and I felt like a teenager. A married teenager. Our steps were synchronized, and I raised my eyes to look at the sky as if there were no obstacles in this world, as if between infinity, eternity and me there were no impediments, no borders. Our relationship came out of hiding, it was legal and at last I would know what it was like to be with Yamal all the time, to sleep with him, to be bored with him. The married life of which so many writers whose discomfort I could not understand complained.
When my mother saw me walk into the apartment with short hair, tight jeans and lipstick she looked at me as if she saw a monster.
While Raquel started an Interrail throughout Europe and was sending me postcards, I read all the parenting books that she could and attended the childbirth preparation classes, where she was the only blackberry. The other mothers looked at me for that, but also because they were all over thirty-five and I seemed very young to them. The midwife taught us to breathe and also to do exercises to keep the chest in her place, she said her place when she contracted her pectorals.
She was engrossed in everything that was happening to my body, suddenly he was following her course without me having any power over him. Which was strange after having spent so many years trying to control it.
The more books I read about pregnancy and parenting, the more confused I became. Some said one thing, others the opposite. Women have had children our entire lives, my mother repeated, and we didn’t need to read books to know what to do.
She was twenty years old when the pains began. She was twenty years old, she was scared to death and she was thinking of all the girls in our town who gave birth even younger, without epidurals …

In the end I think that I am understanding everything, I am putting order, and leaving everything written here has alleviated my anger, my sadness, my feeling of helplessness. Nothing I tell is used to change the past, but it does serve to make a record of what happened. The deep truth of our story was much simpler than we imagined. It had nothing to do with the clash of cultures, with integration, or with being between two worlds or any of the things that have occupied us for so long. All we wanted was to be loved. Just as we were, without more. Without having to cut back or adapt or submit. With our thoughts and our emotions and our wounds, the healed ones and the open ones. Nothing more.

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