Perdiendo La Tierra: La Década En Que Podríamos Haber Detenido El Cambio Climático — Nathaniel Rich / Losing Earth: A Recent History by Nathaniel Rich

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Por alguna razón pensé que este libro trataría más de lo que realmente era. Tenía la esperanza de que este libro explicara no solo cómo no pudimos realizar cambios políticos significativos, sino también cómo podríamos hacer algunos cambios en la dirección correcta y ofrecer algo de esperanza.
En cambio, este libro cubre nuestros fracasos políticos para hacer cambios para combatir el cambio climático hasta aproximadamente 1990. Cuando llegamos a 1990, comienza el epílogo. Da una pequeña idea de lo que está sucediendo actualmente, pero hubiera apreciado muchos más detalles sobre lo que ha estado sucediendo más recientemente en lugar de las fallas que ocurrieron hace unos 30 años. Este libro no le da al lector un sentimiento feliz o incluso esperanzador. Parece que nuestros gobiernos actuales están amañados contra la lucha contra el cambio climático. Esencialmente, sacrificar nuestro futuro para que no tengamos que tomar decisiones difíciles aquí y ahora, eso nos hará retroceder económicamente.
Deseo que este libro sea más esperanzador. Anima al lector a tomar medidas al final, pero en realidad no da detalles sobre cómo. También hubiera preferido que entrara en más detalles sobre eventos más actuales en lugar de cubrir en detalle hasta 1990, y luego mencionar los asuntos de actualidad en el epílogo. El libro también se vuelve muy confuso, ya que se convierte en un quién es quién de las figuras políticas. Al no seguir la política de cerca, fue muy difícil mantener a las personas claras debido a la cantidad de personas involucradas y la frecuencia con la que salta de una persona a otra. No está seguro de si se mencionará a una persona de pasada o si volverá en un par de capítulos. También habría sido más agradable cubrir los intentos de cambio fuera de la política. Me sorprendió especialmente que no se mencionara a Rachel Carson y Silent Spring en los años 60.
Sin embargo, es una lectura muy rápida y entretenida. Tiene solo unas 200 páginas, pero parece aún más corto. Lo más importante que obtuve de este libro fue comprender por qué algunas políticas están en contra del cambio climático (no querer tomar decisiones impopulares en la corriente que afectarían su reelección) y los métodos que utilizan para luchar contra la ciencia (gastar miles de millones en cabildeo y enfatizar que los científicos no están 100% seguros de los impactos del cambio climático). También fue interesante verlo confirmado que la Casa Blanca hizo múltiples intentos de alterar no solo los testimonios sino también la ciencia subyacente. También es una locura saber cuánto tiempo hemos sabido sobre el cambio climático y cuánto tiempo los científicos han estado seguros de que el cambio climático ha estado ocurriendo o está pendiente.

MacDonald se había ido alarmando cada vez más al ver cómo la humanidad aceleraba su propósito de lograr su particular arma de destrucción masiva no de forma malintencionada, sino inconscientemente. La iniciativa del presidente Carter de desarrollar combustibles sintéticos con alto contenido en carbono —combustible líquido y gaseoso extraído de esquistos y arenas bituminosas—era una locura aterradora y suponía el equivalente a fabricar una nueva generación de bombas termonucleares. Durante la primavera de 1977 y el verano de 1978, los Jasons se reunieron en el Centro Nacional para la Investigación Atmosférica de Boulder (Colorado) para determinar qué ocurriría una vez la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera doblara sus niveles respecto a los que tenía en la época previa a la Revolución Industrial. Aquella cifra, la duplicación de la cantidad, era un hito arbitrario, pero marcaba el terrible punto a partir del cual la civilización humana habría vertido a la atmósfera, en unos años, la misma cantidad de carbono que todo el planeta había emitido durante los 4.600 millones de años anteriores.
MacDonald no encajaba en el papel de predicador del apocalipsis; tenía una presencia imponente y unos modales excesivamente decorosos.
Pomerance no percibió el alcance del prestigio de MacDonald entre las altas jerarquías del Gobierno de los Estados Unidos hasta que entró en el despacho de Press, situado en el antiguo edificio de la Oficina Ejecutiva, una fortaleza de granito que se encontraba en los terrenos de la Casa Blanca y que se proyectaba amenazante sobre el Ala Oeste.

Los fatalistas asistían a las reuniones más importantes sobre el tema, como, por ejemplo, la Conferencia Mundial sobre el Clima y el importante simposio sobre el dióxido de carbono organizado por el Departamento de Energía en la primavera de 1979. Pero cuando alzaban su voz, nadie parecía prestarles atención. Los físicos, que eran mayoría en estas reuniones, simplemente asentían, esperando la oportunidad de poder retomar el debate sobre la relativa influencia de la teoría del transporte radiativo y el albedo. Al fin y al cabo, ese era su campo de investigación: las nubes, los océanos, los bosques, el mundo invisible. Y, por tanto, lo que ocurrió fue que los economistas, los filósofos y los científicos políticos acabaron dándose cuenta de que, por mucho que insistieran en anunciar la catástrofe, también ellos acabarían siendo invisibles.
Parecía imprescindible aprobar algún decreto gubernamental que restringiese las emisiones de carbón. El informe de Charney había confirmado el diagnóstico del problema; un problema que Exxon había ayudado a crear y que ahora la propia Exxon ayudaría a solucionar.

Ronald Reagan fue elegido presidente de los Estados Unidos. Y Rafe Pomerance se encontró a sí mismo pensando si lo que parecía haber sido un comienzo realmente era un final.
Durante los meses siguientes, Reagan propuso planes para clausurar el Departamento de Energía, incrementar la producción de carbón en suelo estadounidense y liberalizar la explotación de minas de carbón en superficie. Nombró director del Departamento de Interior a James Watt, el presidente de una compañía de abogados que había luchado para abrir terrenos públicos a la minería y a la perforación petrolífera. El presidente de la Asociación Nacional del Carbón se declaraba a sí mismo como «profundamente feliz». Después de ciertos debates acerca del desmantelamiento de la EPA, Reagan pareció ceder y la mantuvo, pero entonces hizo otra jugada maestra: nombró como administradora del organismo a Anne Gorsuch, una fanática de la antirregulación que procedió a reducir la plantilla y el presupuesto de la agencia en una cuarta parte. En medio de esta carnicería, el Consejo de Calidad Ambiental realizó un informe para alertar al presidente de que los combustibles fósiles podrían alterar la atmósfera de la Tierra de «forma permanente y desastrosa», lo que llevaría a un «calentamiento global de la Tierra que podía tener graves consecuencias». El informe concluía que era urgente para el Gobierno dar alta prioridad al efecto invernadero en sus políticas energéticas y establecer un nivel máximo global de dióxido de carbono para la atmósfera. Reagan rechazó actuar según los consejos de sus asesores. En lugar de ello, consideró la posibilidad de eliminar el Consejo de Calidad Ambiental.
Lo que usted tiene que decir (Hansen) debe ser oído —le dijo Pomerance—. ¿Está preparado para ser testigo de la causa?.

Gore encontró una nueva oportunidad. Los miembros de su gabinete en el comité de ciencia se enteraron de que la Casa Blanca planeaba eliminar el programa para el dióxido de carbono del Departamento de Energía. Si conseguían organizar una audiencia conjunta lo suficientemente rápido, tal vez podrían poner en cuestión a la administración antes de que se pudiera llevar a cabo aquel plan. Un artículo de portada del Times acerca del papel de James Hansen probaba que sí que existía un público interesado en el problema del dióxido de carbono, simplemente había que saber cómo llegar a él. Hansen podría ocupar el puesto de héroe: un sensato científico que había visto el futuro y había pedido que el mundo se pusiese en acción.
La misión de Hansen era compartir esos signos de alarma y traducirlos al lenguaje común. No todo su trabajo, explicó, estaba relacionado con modelos computacionales. También utilizaba las bibliotecas. Analizando los registros de cientos de estaciones meteorológicas, se dio cuenta de que la temperatura superficial del planeta ya había aumentado cuatro décimas de grado centígrado. Los datos de cientos de estaciones mareógrafas mostraban que los océanos habían aumentado diez centímetros en el siglo anterior. Comparando los últimos registros antiguos del transporte marítimo con los actuales datos de satélite, se había dado cuenta de que desde 1930 la Antártida había perdido una franja de hielo de casi trescientos kilómetros de anchura. Lo más preocupante de todo era que las placas fotográficas que habían venido utilizándose en astronomía habían revelado un nuevo problema: algunos de los gases de efecto invernadero más oscuros —especialmente los clorofluorocarbonos (CFC), un tipo sintético de sustancias usado en la industria de la refrigeración y en los aerosoles— habían proliferado de forma incontrolada en los últimos años.
Hansen se preguntaba si habría otra forma de avanzar. Poco después de que se agotaran los fondos para su investigación sobre el modelaje climático, un importante simposio que él estaba ayudando a organizar en el campus de Lamont-Doherty, de la Universidad de Columbia, empezó a recibir propuestas de un socio capitalista más adinerado y menos inflexible ideológicamente que la administración Reagan: Exxon. Siguiendo la recomendación de Henry Shaw de ganar credibilidad ante las batallas legislativas que se avecinaban, Exxon había empezado a invertir grandes sumas en la investigación sobre el calentamiento global. Había donado decenas de miles de dólares a los programas de investigación más prominentes, incluyendo un programa internacional coordinado por las Naciones Unidas y otro en Woods Hole liderado por el ecologista George Woodwell, que había estado reclamando políticas serias sobre el clima desde mediados de los años setenta. En ese contexto, Shaw ofreció a Hansen financiar el simposio en Lamont-Doherty.
El tema del dióxido de carbono empezaba a preocupar a la opinión pública: los hallazgos de Hansen habían llegado al fin a las portadas de los periódicos. Lo que empezó como un relato científico se estaba convirtiendo en un relato político.

Pomerance comprendió que el agujero del ozono, a pesar de no ser más visible que el calentamiento global, alarmaba más a la gente porque era más fácil de comprender. Se podía plasmar su existencia en una simulación en vídeo; la metáfora de un agujero iba directa a la sensibilidad. El efecto invernadero, en cambio, no parecía tan negativo, ya que se asociaba a la imagen de un edificio de cristal que resguardaba las plantas de un tiempo meteorológico frío y donde «todo parecía florecer en su interior»; frente a eso, el agujero del ozono evocaba un desgarro del firmamento por el que se filtraba una radiación letal. Los periódicos advertían de que era necesaria una mayor prudencia en la aplicación de filtros solares. Los estadounidenses sentían que sus vidas, y las vidas de sus hijos, estaban en peligro. Un problema atmosférico abstracto había sido reducido lo suficiente para que cupiese en el ámbito de la imaginación humana. Se había hecho lo suficientemente pequeño y lo suficientemente importante para que fuese tenido en cuenta.

Los empresarios del petróleo estuvieron de acuerdo en reservar cierta cantidad de dinero para analizar nuevas políticas (unos cien mil dólares, una pequeña parte del presupuesto de treinta millones de dólares asignado al departamento de medioambiente). La API, por ejemplo, había invertido millones de dólares cada año para financiar estudios sobre los efectos del benceno en la salud. Pero incluso unos pocos miles de dólares servirían. Era suficiente con poner en marcha una campaña de prensa. Era suficiente con mostrar al mundo que la industria se preocupaba por el tema.
A finales de 1988, el presidente de la API empezó a prestar atención a los argumentos políticos relacionados con el negocio. En una sesión informativa celebrada en diciembre para analizar las políticas energéticas previstas por la administración Bush, DiBona convocó el fantasma de la legislación sobre el calentamiento global. «Mucha gente está preparada para usar la fiebre del “efecto invernadero” para impulsar planes basados en ideas extremistas sobre medioambiente y conservación —dijo—. A no ser que prevalezcan mentes más frías, menos sesgadas, la nación se alarmará y buscará una serie de objetivos casi imposibles de conseguir, que supondrán tremendos costes para la industria y la sociedad norteamericanas».
Los científicos no podían asegurar con exactitud cuán rápido ocurriría ese calentamiento. Era muy importante hacer hincapié en que, pasase lo que pasase más adelante, la industria tenía que permanecer unida. Los periodistas especializados en negocios anotaron diligentemente sus palabras.

Reilly, siempre conciliador, no culpaba enteramente a Sununu por la indecisión de Bush acerca del tratado sobre el clima. El presidente nunca había mostrado un verdadero interés por el calentamiento global. No había dedicado tiempo suficiente a discutir el tema a fondo con los científicos, y cuando estos se ofrecieron a hacer un informe para la Casa Blanca, tuvieron que hablar con Sununu. Bush había sacado a relucir el tema del calentamiento global durante el periodo de campaña porque era algo novedoso que pensó que podría generarle algún comentario positivo en la prensa. Cuando Reilly intentó convencerle de que pasara a la acción, Bush lo derivó a Sununu y a Baker. «¿Por qué no trabajáis vosotros tres en ello y me informáis luego sobre lo que hayáis decidido?», les exhortó el presidente.
Pregunté a William Reilly si creía que John Sununu era la única persona que se había interpuesto en el camino de intentar conseguir un tratado internacional vinculante para prevenir la catástrofe del calentamiento global.
—Sí y no —respondió.
La obstrucción de Sununu fue crucial, reconoció Reilly, pues en aquel momento no existía una oposición coordinada por parte de ningún sector, el apoyo público a las políticas climáticas era el más alto de todos los tiempos, el proceso del IPCC había recibido apoyo verbal de los dos partidos y un tratado vinculante sobre los términos ampliamente consensuados en Noordwijk habría limitado el calentamiento del planeta a 1,5 grados.
Pero la negociación del primer acuerdo del grupo de trabajo del IPCC sobre el cambio climático se alargó todavía dos años y medio más antes de concluir en la Cumbre de la Tierra de Río de 1992, la mayor reunión de líderes mundiales de la historia. (Reilly lideraba la delegación de los Estados Unidos, y George H. W. Bush, después de ciertos titubeos, también asistió).

Casi todas las conversaciones sobre el cambio climático que estamos teniendo en 2019 ya se tuvieron en 1979. Eso incluye no solo predicciones sobre el grado de calentamiento, la subida del nivel del mar o los conflictos geopolíticos, sino también especulaciones sobre técnicas de ingeniería climática, llamamientos para ayudar a los países en desarrollo a superar el hambre y las enfermedades sin depender del aumento masivo del consumo de carbón y los análisis de coste-beneficio, que siempre se decantan a favor de la inacción. Hace cuarenta años, los científicos políticos, los economistas, los teóricos sociales y los filósofos que habían estudiado la amenaza paulatina del cambio climático solían estar de acuerdo en que no podíamos confiar en nosotros mismos para salvarnos. Sus teorías compartían un principio común: que los seres humanos, tanto si representaban a organismos oficiales, democracias, industrias, partidos políticos o a individuos particulares, eran inapaces de sacrificar la comodidad del presente para evitar un castigo a las generaciones futuras. Si los seres humanos fuéramos realmente capaces de pensar a largo plazo —considerar seriamente el rumbo de la historia humana décadas o siglos después de nuestra propia muerte— nos veríamos abocados a aceptar la transitoriedad de todo lo que sabemos y de todo lo que amamos en relación con la enorme longitud del tiempo.
Una diferencia importante, cuatro décadas más tarde, es que existe una solución a nuestro alcance; en realidad, muchas soluciones. Estas tienden a implicar una combinación de varios factores, como son los impuestos sobre el carbono, las inversiones en energías renovables, la ampliación del uso de la energía nuclear, la reforestación, la mejora de las técnicas agrícolas y, ya en el campo de la especulación, el uso de máquinas capaces de succionar carbono de la atmósfera. «Desde el punto de vista tecnológico y económico —me dijo Jim Hansen—, todavía es posible mantenernos por debajo de 2 grados centígrados». Él mismo ha modelado una propuesta, para desarrollar en una década, que detendría el cambio climático y ahorraría miles de millones de dólares. William Nordhaus, después de ganar el Premio Nobel en 2018, hizo una declaración similar: «Se trata de un problema político, más que económico o de viabilidad». Podemos confiar en la tecnología y en la economía. Resulta más difícil, en cambio, confiar en el comportamiento humano.
El cálculo coste-beneficio está cambiando rápidamente. Los lejanos peligros del cambio climático ya no son tan lejanos; muchos ya están ocurriendo ahora de forma regular y flagrante. Cada supertormenta y superincendio son una premonición de convulsiones más aterradoras que están por venir. Pero los desastres por sí solos no ayudarán a revolucionar la opinión pública. No hay suficiente con apelar al mezquino interés particular, que, al fin y al cabo, es el que nos ha traído hasta donde estamos ahora.
La alternativa es esperar a que el sufrimiento se vuelva insoportable. Si mantenemos el statu quo durante los próximos doce años —la cantidad de tiempo que el IPCC nos da para limitar el calentamiento a 1,5 grados—, el miedo de los jóvenes continuará creciendo, al ritmo de tragedias cada vez mayores provocadas por el calentamiento mundial. En determinado momento, quizás no muy lejano, el miedo de los jóvenes superará al de los mayores. Algún tiempo más tarde, los jóvenes reunirán el suficiente poder para actuar. Si esperamos tanto, tal vez aún habrá tiempo para evitar los escenarios más apocalípticos, pero poco más.
Todo está cambiando en el mundo natural, y todo debería cambiar en la forma en que vivimos. Es fácil argumentar que el problema es demasiado vasto y que cada uno de nosotros es demasiado pequeño. Pero hay algo que cada uno de nosotros puede hacer en su hogar y a su propio ritmo. Algo más fácil que reciclar o bajar el termostato de la calefacción y que tiene mucho más valor. Podemos llamar a las amenazas del futuro por su nombre. Podemos llamar villanos a los villanos, héroes a los héroes, víctimas a las víctimas y cómplices a nosotros mismos. Podemos darnos cuenta de que toda esta palabrería acerca del destino de la Tierra no tiene nada que ver con la tolerancia del planeta hacia las temperaturas más altas, y en cambio tiene todo que ver con la gran tolerancia hacia el autoengaño de nuestra especie. Y podemos comprender que cuando hablamos de cosas como los estándares de eficiencia de los combustibles o los impuestos a la gasolina o la quema de metano, no estamos hablando de otra cosa que de lo que todos amamos y de lo que todos somos.

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For some reason I thought that this book would be about more than it actually was. I was hoping that this book would go into not only how we failed to make significant changes politically, but also how we could make some changes moving in the right direction and offer some hope.
Instead, this book covers our political failures to make changes to combat climate change until about 1990. When we get to 1990, the afterword begins. It does give a little bit of an insight into what is going on currently, but I would have appreciated much more details on has been happening more recently rather than the failures that happened around 30 years ago. This book does not give the reader a happy or even hopeful feeling. It seems that our current governments are rigged against combating climate change. Essentially sacrificing our future so that we don’t have to make hard decisions in the here and now that will set us back economically.
I wish that this book would be more hopeful. It does encourage the reader to take action at the end, but it doesn’t really give any specifics on how. I also would have preferred if it went into more details on more current events rather than covering in detail until 1990, and then mentioning the current affairs in the afterword. The book also gets very confusing as it becomes a who’s who of political figures. Not following politics closely, it was very hard to keep people straight because of the number of people involved and how frequently it jumps from person to person. You’re not sure if a person is just going to be mentioned in passing or if they are going to come back in a couple of chapters. It also would have been nicer to cover attempts at change outside of politics. Was especially surprised that there wasn’t any mention of Rachel Carson and Silent Spring in the 60s.
It is a very quick and entertaining read however. It’s only about 200 pages, but seems even shorter. The biggest thing I gained from this book is understanding why some politics are against climate change (not wanting to make unpopular decisions in the current that would affect their reelection) and methods they use to fight against science (spending billions on lobbying and stressing that scientists aren’t 100% certain on climate change impacts). It was also interesting to see it confirmed that the White House made multiple attempts to alter not only testimonies but also the underlying science. It’s also crazy to know how long we have known about climate change and for how long scientists have been confident that climate change has been occurring or pending.

MacDonald had grown increasingly alarmed as humanity accelerated its purpose to achieve its particular weapon of mass destruction not maliciously, but unconsciously. President Carter’s initiative to develop high-carbon synthetic fuels – liquid and gaseous fuel extracted from shales and tar sands – was terrifyingly insane and was the equivalent of making a new generation of thermonuclear bombs. During the spring of 1977 and the summer of 1978, the Jasons met at the National Center for Atmospheric Research in Boulder, Colorado, to determine what would happen once the concentration of carbon dioxide in the atmosphere doubled its levels from what it had in the days before the Industrial Revolution. That figure, the doubling of the amount, was an arbitrary milestone, but it marked the terrible point from which human civilization would have released into the atmosphere, in a few years, the same amount of carbon that the entire planet had emitted during the 4,600 millions of previous years.
MacDonald didn’t fit the role of preacher of the apocalypse; he had an imposing presence and excessively decorous manner.
Pomerance did not perceive the extent of MacDonald’s prestige in the upper echelons of the United States Government until he entered the Press office, located in the old Executive Office building, a granite fortress that stood on the grounds of the White House and looming over the West Wing.

The fatalists attended major meetings on the subject, such as the World Climate Conference and the major carbon dioxide symposium organized by the Department of Energy in the spring of 1979. But when they raised their voices, no one seemed to pay attention to them. Physicists, who were in the majority in these meetings, simply nodded, waiting for the opportunity to resume the debate on the relative influence of the theory of radiative transport and albedo. After all, that was his field of research: clouds, oceans, forests, the invisible world. And so what happened was that economists, philosophers, and political scientists came to realize that no matter how hard they insisted on announcing the catastrophe, they too would end up being invisible.
It seemed essential to pass some government decree that would restrict carbon emissions. Charney’s report had confirmed the diagnosis of the problem; a problem that Exxon had helped create and that Exxon itself would now help solve.

Ronald Reagan was elected President of the United States. And Rafe Pomerance found himself wondering if what seemed to have been a beginning was really an end.
Over the next several months, Reagan proposed plans to shut down the Department of Energy, increase coal production on US soil, and liberalize surface coal mining. He made James Watt, the chairman of a law firm that had fought to open up public land to mining and oil drilling, to the Interior Department director. The president of the National Coal Association declared himself «deeply happy.» After some debates about the dismantling of the EPA, Reagan seemed to give in and kept it, but then he made another masterful move: He appointed Anne Gorsuch, an anti-regulation fanatic, as the agency’s administrator who proceeded to reduce the staff and budget of the EPA. agency by a quarter. In the midst of this carnage, the Council on Environmental Quality issued a report to alert the president that fossil fuels could alter Earth’s atmosphere «permanently and disastrously», leading to «global warming of the Earth that it could have serious consequences. ‘ The report concluded that it was urgent for the Government to give high priority to the greenhouse effect in its energy policies and to establish a global maximum level of carbon dioxide for the atmosphere. Reagan refused to act on the advice of his advisers. Instead, he considered eliminating the Environmental Quality Council.
What you have to say (Hansen) must be heard, ”Pomerance told him. Are you ready to witness the cause?.

Gore found a new opportunity. Members of his cabinet on the science committee learned that the White House planned to eliminate the Department of Energy’s carbon dioxide program. If they could organize a joint hearing quickly enough, perhaps they could challenge the administration before that plan could be carried out. A Times cover story about James Hansen’s role proved that there was indeed an audience interested in the carbon dioxide problem, you just had to know how to get there. Hansen could fill the role of hero: a no-nonsense scientist who had seen the future and called for the world to take action.
Hansen’s mission was to share those warning signs and translate them into common language. Not all of his work, he explained, was related to computer modeling. He also used libraries. Analyzing the records of hundreds of weather stations, he realized that the planet’s surface temperature had already risen four tenths of a degree Celsius. Data from hundreds of tide gauges showed that the oceans had risen four inches in the previous century. By comparing the last ancient records of shipping with current satellite data, he had realized that since 1930 Antarctica had lost a strip of ice almost three hundred kilometers wide. Most worrying of all, the photographic plates that had been used in astronomy had revealed a new problem: some of the darkest greenhouse gases – especially chlorofluorocarbons (CFCs), a synthetic class of substances used in the automotive industry. refrigeration and aerosols – had proliferated uncontrollably in recent years.
Hansen wondered if there was another way forward. Shortly after funding for his research on climate modeling ran out, a major symposium he was helping to organize on the Lamont-Doherty campus of Columbia University began to receive proposals from a wealthier capitalist partner and less ideologically inflexible than the Reagan administration: Exxon. Following Henry Shaw’s recommendation to gain credibility in the face of looming legislative battles, Exxon had begun investing heavily in global warming research. He had donated tens of thousands of dollars to the most prominent research programs, including an international program coordinated by the United Nations and another in Woods Hole led by ecologist George Woodwell, who had been calling for serious climate policies since the mid-2000s. seventy. In that context, Shaw offered Hansen to fund the Lamont-Doherty symposium.
The issue of carbon dioxide was beginning to concern public opinion: Hansen’s findings had finally made the front page of newspapers. What started out as a scientific story was turning into a political story.

Pomerance understood that the ozone hole, despite being no more visible than global warming, alarmed people more because it was easier to understand. Its existence could be captured in a video simulation; the metaphor of a hole went directly to sensitivity. The greenhouse effect, on the other hand, did not seem so negative, since it was associated with the image of a glass building that sheltered the plants from cold weather and where «everything seemed to flourish inside»; In contrast, the ozone hole evoked a tear in the sky through which lethal radiation filtered. The newspapers warned that greater caution was necessary in the application of sunscreens. Americans felt that their lives, and the lives of their children, were in danger. An abstract atmospheric problem had been narrowed down enough to fit the realm of human imagination. It had been made small enough and important enough to be taken into account.

The oil entrepreneurs agreed to set aside a certain amount of money to analyze new policies (about $ 100,000, a small portion of the $ 30 million budget allocated to the environment department). The API, for example, had invested millions of dollars each year to fund studies on the health effects of benzene. But even a few thousand dollars would do. It was enough to launch a press campaign. It was enough to show the world that the industry cared about the issue.
In late 1988, the API president began to pay attention to the political arguments related to the business. In a December briefing to discuss the energy policies envisioned by the Bush administration, DiBona summoned the specter of global warming legislation. «Many people are prepared to use the ‘greenhouse effect’ fever to push for plans based on extreme ideas about the environment and conservation,» he said. Unless cooler, less biased minds prevail, the nation will be alarmed and will pursue a series of almost impossible goals that will entail tremendous costs for American industry and society.
Scientists could not be sure exactly how quickly that warming would occur. It was very important to emphasize that whatever happened later, the industry had to stay together. Business journalists diligently wrote down his words.

Reilly, always conciliatory, did not entirely blame Sununu for Bush’s indecision on the climate treaty. The president had never shown a real interest in global warming. He hadn’t spent enough time discussing the issue thoroughly with the scientists, and when they offered to do a report for the White House, they had to speak to Sununu. Bush had brought up the issue of global warming during the campaign period because it was something new that he thought might get him some positive comment in the press. When Reilly tried to convince him to take action, Bush referred him to Sununu and Baker. «Why don’t you three work on it and inform me later about what you have decided?» The president urged them.
I asked William Reilly if he believed that John Sununu was the only person who had gotten in the way of trying to get a binding international treaty to prevent the catastrophe of global warming.
«Yes and no,» he replied.
Sununu’s obstruction was crucial, Reilly acknowledged, because at that time there was no coordinated opposition from any sector, public support for climate policies was the highest of all time, the IPCC process had received verbal support from the two parties and a binding treaty on widely agreed terms in Noordwijk would have limited global warming to 1.5 degrees.
But the negotiation of the first agreement of the IPCC working group on climate change dragged on for another two and a half years before concluding at the 1992 Earth Summit in Rio, the largest gathering of world leaders in history. (Reilly led the United States delegation, and George H. W. Bush, after some hesitation, also attended.)

Almost all the conversations about climate change that we are having in 2019 already took place in 1979. That includes not only predictions about the degree of warming, sea level rise or geopolitical conflicts, but also speculations about climate engineering techniques, calls to help developing countries overcome hunger and disease without relying on massive increases in coal consumption and cost-benefit analyzes, which always favor inaction. Forty years ago, political scientists, economists, social theorists, and philosophers who had studied the gradual threat of climate change used to agree that we couldn’t trust ourselves to save ourselves. Their theories shared a common principle: that human beings, whether they represented official bodies, democracies, industries, political parties, or private individuals, were incapable of sacrificing the comfort of the present in order to avoid punishment for future generations. If human beings were truly capable of long-term thinking – seriously considering the course of human history decades or centuries after our own death – we would be forced to accept the transience of everything we know and everything we love in relation to with the enormous length of time.
An important difference, four decades later, is that there is a solution within our reach; actually many solutions. These tend to involve a combination of various factors, such as carbon taxes, investments in renewable energy, expanding the use of nuclear energy, reforestation, improving agricultural techniques and, already in the field of speculation, the use of machines capable of sucking carbon from the atmosphere. «From a technological and economic point of view,» Jim Hansen told me, «it is still possible to stay below 2 degrees Celsius.» He himself has modeled a proposal, to be developed within a decade, that would halt climate change and save billions of dollars. William Nordhaus, after winning the Nobel Prize in 2018, made a similar statement: «This is a political problem, rather than an economic or feasibility problem.» We can trust technology and the economy. Instead, it is more difficult to trust human behavior.
The cost benefit calculation is changing rapidly. The distant dangers of climate change are no longer so distant; many are already happening now on a regular and flagrant basis. Each superstorm and superfire are a premonition of scarier seizures to come. But disasters alone will not help revolutionize public opinion. It is not enough to appeal to petty private interest, which, after all, is what has brought us to where we are now.
The alternative is to wait for the suffering to become unbearable. If we maintain the status quo for the next twelve years – the amount of time the IPCC gives us to limit warming to 1.5 degrees – the fear of young people will continue to grow, at the pace of ever-increasing tragedies brought on by warming. world. At some point, perhaps not too far away, the fear of the young will overcome that of the older. Some time later, the young men will gather enough power to act. If we wait that long, perhaps there will still be time to avoid the most apocalyptic scenarios, but little else.
Everything is changing in the natural world, and everything should change in the way we live. It is easy to argue that the problem is too vast and that each of us is too small. But there is something that each of us can do at home and at our own pace. Something easier than recycling or lowering the heater thermostat and that has much more value. We can call the threats of the future by name. We can call villains villains, heroes heroes, victims of victims, and accomplices ourselves. We can see that all this talk about the fate of the Earth has nothing to do with the planet’s tolerance for higher temperatures, and instead has everything to do with the great tolerance towards self-deception of our species. And we can understand that when we talk about things like fuel efficiency standards or gasoline taxes or the burning of methane, we are not talking about anything other than what we all love and what we all are.

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