Franco Frente A Hitler: La Historia No Contada De España Durante La Segunda Guerra Mundial — Luis E. Togores / Franco Vs. Hitler: The Untold History of Spain During World War II by Luis E. Togores (spanish book edition)

FB67A59F-6E04-4084-9C8D-C76D7BD8B627
Me ha parecido una lectura interesante y donde se aportan detalles.
La simpatía de España por el Eje era en muchas cuestiones evidente, pero no total, el pragmatismo político de Franco y de sus ministros de Exteriores había permitido poner una vela a Dios y otra al diablo durante los cinco años de lucha, con el único y exitoso objetivo de evitar que España fueses arrastrada a una nueva guerra. Pero a la España nacional nunca se le perdonó su afinidad ideológica, más formal que real, con los fascismos. En marzo de 1944 se podía leer en el periódico España Popular , editado por el PCE en Méjico: «Un nuevo crimen del franquismo. Contingentes militares franquistas combaten contra las Naciones Unidas en los frentes de Italia». Era una maniobra política convertida en supuesta noticia, propaganda de guerra:
La noticia es exacta, la hemos recibido directamente de Argel. Y los mejor enterados son las autoridades militares norteamericanas, pues ellas son las que han descubierto este nuevo e importante aspecto de la beligerancia de Franco junto a Hitler. Hace aproximadamente dos meses los soldados norteamericanos capturaron a cinco soldados franquistas en el frente de Cassino (…)…

España, sin luchar, había perdido la guerra, aunque no había sufrido las destrucciones y calamidades que habría padecido de combatirse una vez más sobre su territorio. Se veía abocada a sufrir una posguerra de más de una docena de años, en la que los españoles pasarían las mismas penurias que muchos europeos, aunque menores y mucho menos duraderas que las que padecerían los que cayeron bajo la bota soviética. Los españoles fueron juzgados y tratados como los perdedores, pero sin recibir la ayuda de los vencedores, el cacareado Plan Marshall, que benefició a pueblos europeos que habían combatido en la Segunda Guerra Mundial.
España fue una de las pocas naciones que tuvo el privilegio de salir de la Segunda Guerra Mundial con su Régimen y su territorio intactos, a pesar de su debilidad y de su incuestionable posición estratégica.
Tesis con la que coincidía Churchill:
Durante la guerra, Franco tuvo una política totalmente egoísta y fría; pensó únicamente en España y en los intereses de los españoles; nunca se acordó de la gratitud que debía a Hitler y a Mussolini; tampoco guardó rencor a Inglaterra por la hostilidad de nuestros izquierdistas; taimado jefe, solo trataba de ahorrarle otra guerra a su desangrado pueblo (…). Así, con sutilezas, ardides y halagos, consiguió superar las dificultades y mantener a España fuera de la guerra, lo cual fue inestimablemente valioso para Inglaterra, cuando esta se hallaba completamente sola.

El ostracismo a que fue sometida la España franquista era fruto de una ficción política que no se ajustaba a la realidad de los hechos. Estados Unidos, como primera gran potencia del mundo libre, en muy pocos años encabezaría maniobras interesadas para estrechar lazos con España. El Régimen franquista era profundamente anticomunista, y el comunismo era el nuevo enemigo de Washington, era fiable, gobernaba en un espacio geográfico de incuestionable importancia estratégica y por todo esto suponía una pieza importante en la gran partida por el dominio mundial que se iba a jugar durante la Guerra Fría.
Hayes transmitió a Franco un mensaje de Roosevelt que se puede sintetizar en los siguientes puntos:
1. Estados Unidos respetaría la soberanía y fronteras de España junto a todas sus posesiones y su Protectorado de Marruecos.
2. Admitía el régimen de gobierno que España se daba a sí misma y sin dar apoyo a los grupos de exiliados «republicanos» en Estados Unidos.
3. Washington no ejercía coacción alguna sobre los países hispanoamericanos en sus relaciones con España.
Todo esto a pesar de que su país deseaba que España abandonase la «no beligerancia» para regresar a la «neutralidad», que terminase el trato de favor que ciertos sectores de la prensa daban al Eje en detrimento del prestigio de los Aliados, y, sobre todo, deseando la retirada de la División Azul del Frente Ruso. Hayes puso de manifiesto, como ha señalado Moreno Juliá, que Estados Unidos «compartía con las autoridades españolas el odio hacia el comunismo, tanto por anticatólico como por destructor de la humanidad», pero que, dado el cambio de signo de la guerra, el mantenimiento de la división en el Frente del Este situaba a España en una situación internacional difícil, por lo que «sería muy conveniente su retirada “cuanto antes», para que cuando, acabada la guerra, Rusia planteara posibles represalias, «Inglaterra y Estados Unidos pudiesen argumentar en favor de España».

En Villa Cisneros se estableció el contingente principal de norteamericanos, que llegó a estar compuesto por un centenar de militares de esta nacionalidad, mientras en Cabo Jubi había otros cincuenta mandados por el teniente Zanoli. Su misión consistía en dar apoyo a los aviones que volaban sobre las costas de Sahara, gracias a sus entonces muy modernos equipos de comunicaciones y dos radiofaros. La base de Villa Cisneros contaba con un radiogoniómetro omnidireccional de 1,2 kilovatios de potencia y de 359 kilociclos por segundo, modelo Adcock de tubos de rayos catódicos, de onda corta, con indicativo CD. En Cabo Jubi la estación norteamericana operaba en frecuencia modulada y el radiofaro solo tenía la potencia de medio kilovatio.
En los aeropuertos españoles solo aterrizaban los aviones con problemas. En ellos podían repostar queroseno y obtener lubricantes y repuestos. Fueron un centenar de aviones los que tuvieron que aterrizar en Villa Cisneros y en Cabo Jubi. Normalmente eran de transporte, pero se dio el caso de un bombardero B-17 que tuvo que aterrizar envuelto en llamas.
La presencia norteamericana en el Sahara español terminó el 30 de mayo de 1946. Cuando dejaron las bases españolas, el delegado del Gobierno en el África Occidental española, comandante Jorge Núñez Rodríguez, escribió al jefe americano en Casablanca: «Estoy seguro de interpretar los más exactos sentimientos del coronel gobernador del África Occidental española al decirles que lamentamos la marcha del destacamento de estas tierras españolas (…).

Gran Bretaña nunca suelta una presa y, como muy bien dijo Churchill, si Alemania hubiese ganado la guerra Inglaterra perdería Gibraltar y si la ganaba Londres no tendría que cumplir nada de lo prometido a España durante la contienda, pues la emergencia nacional que vivieron los ingleses entre 1939 y 1945 justificaba cualquier cosa.
Un decreto de 4 de julio concedía facilidades de paso y asentamiento en España a los gibraltareños que renunciasen a la nacionalidad británica en favor de la española, aunque Madrid las suprimió cuando más de mil gibraltareños solicitaron ser españoles.
Franco y sus ministros de Exteriores tuvieron en su mano la desaparición de la Unión Jack del Peñón, pero el precio era para los españoles demasiado alto. Nunca sabremos qué habría ocurrido si España hubiese sido menos comprensiva con Inglaterra en el Peñón durante la Segunda Guerra Mundial. Lo que sí sabemos es que muchos, muchísimos españoles soñaban en aquellos días turbulentos de guerra y de pasiones nacionalistas a flor de piel con la recuperación de Gibraltar a cualquier precio.
Si España no entró en guerra, y así Londres pudo conservar el Peñón durante todo el conflicto, fue sin lugar a dudas gracias a la voluntad neutralista de Franco y de sus ministros.

El gran problema de España radicaba en la decisión que debía tomar el propio Franco sobre entrar o no en la guerra a favor del Eje. Pronto cambió la naturaleza del problema que pasó a ser cómo mantener a España fuera de la guerra sin que las divisiones nazis cruzasen los Pirineos o los Aliados declarasen la guerra a nuestro país.
La neutralidad era la opción más deseable para España, pero Hitler presionaba con fuerza al gobierno español recordándole lo mucho que le debía. Sin la Legión Cóndor y el material de guerra alemán los nacionales podrían haber perdido la guerra. España no podía olvidar cómo Alemania se había anexionado Austria en 1938 y Checoslovaquia en 1939 y cómo había declarado la guerra e invadido Dinamarca, los Países Bajos y Noruega sin justificación alguna.
Alemania deseaba y necesitaba la entrada de España en guerra, fundamentalmente para arrebatar el control del Estrecho de Gibraltar a Gran Bretaña, lo que anularía una de las grandes rutas marítimas de comunicación del Imperio británico, convirtiendo el Mediterráneo verdaderamente en un mare nostrum del Eje, al tiempo que conseguir una fuente fiable, estable, segura y continua de las materias primas de la Península que su industria de guerra necesitaba de forma cada vez más apremiante. La guerra relámpago, que había sido un éxito incuestionable contra Francia, se prolongaba de forma incontrolable por culpa de la tozuda resistencia británica, gracias a su situación insular.
La pérdida de Gibraltar, con la entrada de España en guerra, que supondría la existencia de bases hispanoalemanas de la Luftwaffe y la Kriegsmarine en Canarias y en Marruecos habría obligado a los buques mercantes que fueran rumbo a Inglaterra a dar enormes rodeos. El control del Atlántico por submarinos y aviones habría sumido a los ingleses en una situación casi insostenible. La Alemania nazi nunca supo lo cerca que estuvieron sus submarinos de doblegar la voluntad de lucha de Inglaterra.
Vigón, entonces jefe del Estado Mayor Central del Ejército español, hombre de la total confianza de Franco, que le tenía en muy alta estima intelectual y le apreciaba por su sentido común, llegó al castillo de Acoz el 16 de junio de 1940, día en que pidió Francia el armisticio, con cartas para Hitler y Goering fechadas el 3 de junio cuando la derrota francesa y del cuerpo expedicionario británico era total. David Jato dice:
Vigón explicó a Hitler las dificultades que tenía Franco con la Iglesia católica, principalmente con el cardenal Segura y con Gomá, tema que era del agrado del Führer. Y puso de relieve, en una mezcla de argumentos contradictorios, la imposibilidad para España de entrar inmediatamente en la guerra, dada su delicada situación alimentaria. La respuesta de Hitler, «que España importe trigo por su cuenta» habría de ser útil en ocasiones futuras frente a las presiones alemanas. Como contrapunto, Vigón mostró a Hitler la total identificación de España con Alemania, cuyos enemigos eran sus enemigos. Si tenemos en cuenta que ese día Francia pedía el armisticio, debemos suponer que Hitler prestó escasa atención a cuanto le dijo el general español.

La entrada de España en la guerra supone el reconocimiento de las aspiraciones mínimas siguientes:
1.º Reincorporación de Gibraltar.
2.º Anexión por España de la provincia del Oranesado, de toda la zona francesa de Marruecos bajando hasta el desierto la frontera de España, y sin otra limitación que el trato de privilegio que, en orden a materias primas mineras y a la participación en propiedades mineras, se concertará con Alemania, bien en tratado especial, bien dentro del cuadro general de relaciones económicas de ambos países.
3.º Rectificaciones estratégicas en la frontera pirenaica y en el sur del Sahara español, cuya frontera será trazada al sur de la bahía del Galgo.
Las relaciones de Hitler y Ribbentrop con el futuro ministro de Exteriores español empezaron con mal pie, aunque en teoría todo estaba preparado para que llegasen a grandes acuerdos. El 20 de septiembre Ribbentrop aseguró a Ciano que España entraba en guerra de forma inminente.
Franco no era un iluminado ni tenía una opinión en estas fechas muy distinta del resto de la España nacional, aunque quizás, dados su situación y su carácter, era más prudente. A finales de agosto de 1940 afirmaba Franco en un discurso en Galicia: «No hay que buscar solamente los motivos de nuestra posición moral ante la guerra en los sentimientos de afecto y de gratitud hacia quienes nos asistieron como amigos en las horas de dificultad, ni tampoco exclusivamente en el proceso normal para las reivindicaciones de nuestro derecho y nuestra libertad. Se trata de la profesión de los principios de un nuevo orden y de creer estar en posesión de algunas singularidades de contenido que pueden enriquecer su misma entraña».

El 23 de octubre de 1940 se produjo la entrevista entre Franco y Hitler en Hendaya. En la estación de Hendaya, ahora en la Francia ocupada, bajo control directo de los alemanes. Franco, para entrevistarse con Hitler, iba a salir de España. Fue una de las poquísimas veces que lo hizo desde que alcanzó el poder, y fue solo a unos pocos kilómetros de la frontera española.
Ante de viajar a Hendaya Franco tenía en sus manos el informe devastador de Higinio Paris Eguilaz, asesor económico de Franco desde el comienzo de la Guerra Civil, en el que analizaba con total crudeza las grandes carencias de cereales, azúcar, abonos, el enorme paro obrero, la paralización de la agricultura y de la industria, etc., que padecía España y el descontento que todo esto producía, dado que varios millones de españoles pasaban hambre. Cuando Franco argumentó esta situación ante Hitler no hacía más que decir la verdad.
Hoy sabemos que Canaris, en una de sus visitas a Madrid, proporcionó a Franco, a través del general Martínez Campos, un pormenorizado informe sobre la situación real de Alemania en el otoño de 1940, al tiempo que garantizaba al general Vigón que ningún soldado alemán lograría poner un pie en Inglaterra. Franco estaba bien informado de la realidad de la marcha de la guerra cuando salió para Hendaya, aunque la fulminante derrota de Francia aún flotaba en un ambiente cargado de buenas premoniciones para las armas del Eje.
Canaris había transmitido a Franco que la industria alemana había dejado de fabricar obuses de 380 mm y que los existentes estaban en el Canal de la Mancha y que moverlos llevaría al menos tres meses. La industria alemana era ya en 1940 un gigante con los pies de barro. Franco, gracias a esta información, pedirá a Hitler la entrega de una docena de estos enormes cañones.

Al terminar la Guerra Civil las simpatías del nuevo gobierno de España continuaron depositadas en las mismas naciones que le habían apoyado durante la contienda. Franco y sus partidarios estaban, como era lógico, con Alemania, Italia y Portugal. ¿Iban los nacionales a cambiar de amigos para unir su suerte al Frente Popular francés o al débil y dubitativo Chamberlain? Los gobiernos de París y Londres nada hicieron para que la situación cambiase a partir el 1 de abril de 1939, último día de la guerra de España.
La Comisión de Fortificaciones de las Frontera Sur, mandada por el general de artillería Pedro Jevenois, que contaba con cuatro tenientes coroneles y un comandante. Esta comisión estuvo trabajando entre agosto de 1939 y febrero de 1940 en un posible ataque al Peñón. Sus objetivos eran:
1. Facilitar la defensa del territorio español ante un eventual avance británico, para asegurar la defensa del Peñón.
2. Crear una fuerza de artillería en el Estrecho capaz de rendir Gibraltar.
3. Cerrar a la navegación enemiga el Estrecho mediante el uso de la artillería y de campos de minas.
Se inició la puesta en práctica, dentro de lo posible, de estos planes mediante la construcción de diversas fortificaciones que fueron terminadas en diciembre de 1941 (que iban a estar dotadas de 495 fortificaciones en una línea de 120 km y de 10 km de profundidad, armadas con 400 cañones y 34 proyectores).
El interés del Reich por España era enorme. En la embajada de Madrid había 500 funcionarios, de los que solo 180 estaba adscritos a las misiones propias de una delegación diplomática; 200 eran miembros de los servicios secretos, del Abwehr, y otros 90 eran agregados militares, navales y de la Luftwaffe.
El recién nombrado embajador alemán en Madrid Stohrer era partidario de trabajar para mantener la neutralidad de España, pues pensaba que era mejor una España neutral que beligerante.
El 24 de agosto de 1940 Hitler aprobó un plan para tomar Gibraltar, ordenando en septiembre que se atendiese a las peticiones españolas por excesivas que pudiesen parecer, con el objetivo de que las divisiones alemanas pudiesen entrar en España. Cuando el Tercer Reich empezó a presionar por primera vez a España para que entrase en la guerra y tomase Gibraltar, a finales de septiembre de 1940, los planes españoles para la liberación del Peñón fueron puestos en conocimiento de los alemanes. Franco le escribía a Hitler:
Por nuestra parte, hemos estado preparando la operación en secreto durante largo tiempo, ya que la zona donde va a tener lugar carece de una red apropiada de comunicaciones. Respecto a las especiales características de la Roca, los puntos de resistencia pueden aguantar incluso los ataques más intensos desde el aire, por lo que deberán ser destruidos mediante certero fuego de artillería. La extraordinaria importancia de la empresa justificaría, a mi entender, una poderosa concentración de recursos.
Franco logró mantener a España fuera de la guerra a pesar de los planes de unos y otros, y pasada esta vital y última encrucijada se puede afirmar que las amenazas fueron desapareciendo. Tusell sostiene que cuando Hitler había renunciado a la entrada de España en la guerra, Mussolini, que ya veía la victoria como casi imposible, deseaba ahora la entrada de España en la guerra, como escribe el Duce al Führer en abril de 1943. Los italianos llegaron a presionar en la conferencia de Klessheim a los alemanes para que forzasen la entrada de España en la guerra. Ese tiempo ya había pasado.
La decisión de Franco de no intervenir en la guerra fue crucial para el desarrollo de la misma. Sus dudas finalmente se concretaron en una ambigua no beligerancia, que era la manera de conservar una neutralidad práctica y, sobre todo, viable. Esta actitud muy poca gente la comprendió en España y fue ampliamente criticada. Franco mantuvo a España en paz en los primeros años de la guerra contra la opinión de la mayoría de sus teóricos partidarios.
Con el difícil juego que Franco se trajo entre manos, primero con Serrano y luego con Jordana, dejó a España fuera de la guerra. El 5 de noviembre de 1937 Hitler afirmó ante sus colaboradores militares que no sería deseable una victoria total de Franco, Goering dedujo que era preciso disminuir, o hasta suprimir, la ayuda a los nacionalistas y Hitler ratificó su propuesta. Franco le pagó con su moneda.

En el belicismo de los sectores militares y azules tenía una enorme importancia la eficiencia militar demostrada por la División Azul y una tradición de germanofilia que se arrastraba desde el final de la guerra franco-prusiana. Los éxitos pírricos de los españoles en el Frente Ruso junto al prestigio militar que la Wehrmacht mantenía entre muchos españoles, contribuían, de forma fundamental, al deseo de algunos españoles de entrar en la guerra. Simultáneamente los juanistas, ahora aliadófilos, empezaron a postular que había llegado la hora de forzar a Franco a que se retirase del poder para dar paso a la monarquía en la figura del pretendiente Juan de Borbón.
A finales de 1942 y comienzos de 1943 en Madrid preocupaba más lo que estaba ocurriendo en Marruecos, Argel y Túnez que las alarmantes, pero muy lejanas, noticias de Rusia.
El 26 de septiembre se anunció el regreso a España de la División Azul, orden que se comunicó oficialmente a Esteban Infantes el 17 de noviembre de 1943.
Hoare presionó para cerrar la venta de minerales estratégicos —especialmente de wolframio—, de los que tan necesitada estaba Alemania, en varias de las entrevistas que tuvo con el Caudillo en el Pazo de Meirás. Los Aliados recrudecían su acción sobre España a pesar de que cada vez Franco y Jordana se mostraban más neutrales, pero ya era evidente la derrota del Eje y los Aliados solo iban a recordar la amistad de España con el Eje y no los innumerables favores que, de forma egoísta, España había hecho a Inglaterra y luego a Estados Unidos durante toda la guerra.
España retiró primero la División Azul y luego la Legión Azul. Con estoicismo, en Madrid se soportaban las violaciones de la soberanía por uno y otro bando. Cualquier cosa con tal de evitar la guerra. Pero desde 1943 España inició su acercamiento a Londres y Washington, o mejor su distanciamiento de Berlín. Un hecho que se apreciaba en la prensa: al igual que unos años antes la germanofilia brotaba en cada una de las líneas impresas, ahora ocurría lo contrario.

El gobierno de Franco se vio obligado a bregar y aguantar presiones de una y otra parte, amenazas directas o potenciales y todo tipo de agresiones «menores» sobre la soberanía española, que se soportaron para poder seguir manteniendo el juego diplomático que, al fin y al cabo, permitió a España no entrar en la Segunda Guerra Mundial.
Las agresiones y violaciones de la soberanía española por las potencias anglosajonas y por alemanes e italianos fueron una constante a lo largo de toda la guerra. Ninguna tuvo la importancia suficiente para hacer que en Madrid se perdiese de vista el objetivo final de conseguir que España no entrase en guerra, pero exigieron un enorme ejercicio de prudencia, paciencia y sangre fría por parte del gobierno, en especial de los responsables del Ministerio de Asuntos Exteriores, de la Armada y del Ejército de Tierra. Todo ello en un contexto de belicismo muy extendido entre amplios sectores de la sociedad española de la época, partidarios, de forma sin lugar a dudas equivocada, de que España entrase en la guerra.
En noviembre de 1944 Attlee, viceprimer ministro efectivo, sostuvo ante el gabinete de guerra británico la conveniencia de provocar la caída de Franco, idea en la que coincidía con Eden, ministro de Exteriores británico. Churchill, un estadista de indudable mayor capacidad que sus dos compatriotas, desde un principio comprendió por dónde se desarrollaría el futuro de Europa tras la derrota de Alemania, advirtiendo que quitar a Franco supondría provocar una nueva guerra civil en España, en la que muy posiblemente saldrían vencedores los comunistas. Un cambio que, sin lugar a dudas, arrastraría a Italia y Francia a la órbita de Stalin.
Barcos españoles hundidos, ametrallamiento de súbditos españoles, pérdida de mercancías y violaciones de las aguas y espacio aéreo español, agentes secretos de todo tipo conspirando contra los intereses de España, no eran motivos suficientemente importantes para que España entrase en guerra con uno u otro bando. Franco, frío y calculador, no perdía los nervios y seguía de forma constante el plan trazado en política exterior para su Régimen durante la Segunda Guerra Mundial.

Las compras hechas por España no llegaron nunca a entregarse en su totalidad. El material llegaba a España básicamente por ferrocarril, cruzando Francia de punta a punta. Llegaron sin problemas 24 de los 28 convoyes organizados, pero en los cuatro últimos se perdió mucho material o incluso no pudo salir alguno de Alemania.
El último material comprado a Alemania llegó por avión a España a partir de febrero de 1945. Los Aliados habían desembarcado en Normandía el 7 de junio de 1944, París fue liberado en agosto del 44 y los Sherman terminaron venciendo en la Batalla de las Ardenas entre diciembre del 44 y finales de enero del 45. El último vuelo a España con equipamiento se produjo en mayo de 1945, transportando material sanitario y de transmisiones, planos de patentes y bibliografía técnica. Los soviéticos entraron en Berlín ese mismo mes de mayo de 1945.
Las relaciones hispanoalemanas durante la Segunda Guerra Mundial siempre fueron complicadas. Junto a los temas estratégicos, estrictamente militares, hubo factores económicos que nos permiten vislumbrar, a veces con enorme claridad, la verdadera posición de la España de Franco con respecto al Tercer Reich.
Si la ayuda en asesores y material bélico, con un generoso y optimista crédito, resultó importante para la victoria de los nacionales, esto no supuso un compromiso ineludible para Franco.
Franco solo contempló la posibilidad real de entrar en guerra en el brevísimo tiempo que transcurrió entre la visita de su enviado el general Vigón a Hitler y la segunda entrevista del entonces ministro de la gobernación Serrano Suñer con el Führer. A partir de ese momento la acción exterior de España, de Franco y de sus ministros de Exteriores Serrano y Gómez Jordana, junto al poco estudiado ministro de Industria y Comercio y falangista Demetrio Carceller, se centró en lograr que España permaneciese fuera de la guerra, sorteando las presiones y amenazas de Alemania, de los Aliados anglosajones y de los movimientos y conspiraciones por parte de los sectores vencedores en la recién concluida contienda civil partidarios de ir a la guerra.

Las tensiones dentro del Régimen fueron muy fuertes. El descarado intervencionismo de los azules, su deseo de lograr el total control del estado, y el apoyo que recibían por parte de ciertos sectores de la milicia, hacía que las tensiones entre los nacionales en Madrid llevasen a dar la orden a los oficiales del Ejército, según Payne, de ir armados para protegerse de supuestas agresiones de falangistas. Unas agresiones que nunca se produjeron.
Canaris, seguramente el alemán que mejor comprendió los intríngulis de la política y la mentalidad española, tras hablar con Vigón, Martínez Campos y otros mandos militares, llegó a la conclusión de que Franco —y los españoles— solo permitirían pacíficamente la entrada de tropas alemanas en España en el único caso de producirse una invasión por parte de los Aliados.
Schellenberg, sustituto de Canaris al frente de los servicios de espionaje alemanes, hombre de Himmler, fue nombrado nuevo responsable de los asuntos relacionados con España. En caso de invasión alemana de la Península pensaba sustituir a Franco seguramente con Yagüe, aunque Hitler terminó poniendo los ojos en Muñoz Grandes. Lo que no sabía Hitler es que ni uno ni otro hubiesen aceptado el papel de gobernante títere de España al servicio de una potencia extranjera.
Hitler y sus torpes agentes no lograron que se convirtiese en realidad ninguno de sus planes. Los españoles se libraron por mucho que los servicios secretos, del que un tiempo parecía imposible de vencer Tercer Reich, intentasen arrastrarlos al conflicto.

España no entró en la Segunda Guerra Mundial, lo que se debió, sin lugar a dudas, a la voluntad y decidida actuación de Franco para evitar su participación en el conflicto.
La España nacional estuvo decidida a entrar en la guerra únicamente entre la visita de Vigón a Hitler en el castillo belga de Acoz (16 de junio de 1940) y las primeras visitas de Serrano Suñer a Hitler y Ribbentrop en Berlín (19 de septiembre de 1940). Tras la entrevista de Franco con Hitler España habría entrado en la guerra si el Führer hubiese sabido jugar sus cartas y ofrecido a los españoles lo que estos le pedían, pero que no quería ni podía conceder. En esas fechas Franco ya dudaba del interés que podía tener la participación en el conflicto.
En el invierno de 1942-1943 comenzó el declive del Tercer Reich. Las amenazas de Hitler de invadir España pasaron de ser un peligro cierto a casi una bravata. Franco necesitaba la ayuda que llegaba del otro lado del mar a través de los navicert que Gran Bretaña emitía como potencia que controlaba las grandes vías navales de comunicación casi a nivel mundial. España, de forma lenta pero segura, se fue separando de Alemania e incluso plantándole cara diplomática, como hemos visto, en la dura negociación del precio del armamento alemán que iba a comprar mediante el Programa Bär, en la retirada de la División Azul y en el incumplimiento de los acuerdos para la llegada de productores españoles al Reich que había firmado el defenestrado Gerardo Salvador Merino.
Mantener a España fuera de la guerra no fue fácil pues, junto a la presión de Berlín, Londres y Washington, desde dentro de España grupos militares, sectores importantes de Falange y los poco numerosos pero influyentes e intrigantes sectores juanistas intentaron forzar la intervención de los españoles casi a cualquier precio. Solo Franco, junto con sus ministros de Exteriores Serrano Suñer y Jordana, lograron sortear el temporal de la guerra.
España perdió la guerra sin combatir en ella. Londres no le agradeció los servicios prestados, al conservar Gibraltar. El Régimen sobrevivió contra todo pronóstico y Franco, tras casi cuarenta años de gobierno, dio paso a una monarquía constitucional en la persona del rey Juan Carlos I. El Generalísimo nunca perdonó al pretendiente Juan de Borbón su desmedida ambición de poder y su egoísmo.

—————-

I found it an interesting read and where details are provided here.
Spain’s sympathy for the Axis was evident in many matters, but not total, the political pragmatism of Franco and his foreign ministers had allowed to put one candle to God and another to the devil during the five years of struggle, with the only and successful objective of preventing Spain from being dragged into a new war. But national Spain was never forgiven for its ideological affinity, more formal than real, with fascism. In March 1944 one could read in the newspaper España Popular, edited by the PCE in Mexico: «A new crime of the Franco regime. Franco’s military contingents fight against the United Nations on the fronts of Italy. It was a political maneuver turned into supposed news, war propaganda:
The news is accurate, we have received it directly from Algiers. And the best informed are the US military authorities, since they are the ones who have discovered this new and important aspect of Franco’s belligerence with Hitler. About two months ago, American soldiers captured five Francoist soldiers on the Cassino front (…) …

Spain, without fighting, had lost the war, although it had not suffered the destruction and calamities that it would have suffered from fighting once again over its territory. It was doomed to suffer a postwar period of more than a dozen years, in which the Spanish would go through the same hardships as many Europeans, although less and much less lasting than those suffered by those who fell under the Soviet boot. The Spanish were judged and treated as the losers, but without receiving the help of the victors, the vaunted Marshall Plan, which benefited European peoples who had fought in World War II.
Spain was one of the few nations that had the privilege of exiting the Second World War with its regime and its territory intact, despite its weakness and its unquestionable strategic position.
Thesis with which Churchill agreed:
During the war, Franco had a totally selfish and cold policy; he thought only of Spain and the interests of the Spanish; He never remembered the gratitude he owed to Hitler and Mussolini; nor did he hold a grudge against England for the hostility of our leftists; devious boss, he was just trying to save his bleeding people another war (…). Thus, with subtleties, tricks and flattery, he managed to overcome difficulties and keep Spain out of the war, which was inestimably valuable to England, when it was completely alone.

The ostracism to which Franco’s Spain was subjected was the result of a political fiction that did not conform to the reality of the facts. The United States, as the first great power in the free world, in a few years would lead self-interested maneuvers to strengthen ties with Spain. The Franco regime was deeply anti-communist, and communism was Washington’s new enemy, it was reliable, it ruled in a geographical space of unquestionable strategic importance and for all this it was an important piece in the great game for world domination that was to be played. during the Cold War.
Hayes transmitted to Franco a message from Roosevelt that can be summarized in the following points:
1. The United States would respect the sovereignty and borders of Spain along with all its possessions and its Protectorate of Morocco.
2. The government regime admitted that Spain gave itself and without giving support to the groups of «republican» exiles in the United States.
3. Washington did not exert any coercion on the Spanish-American countries in their relations with Spain.
All this despite the fact that his country wanted Spain to abandon «non-belligerence» to return to «neutrality», to end the favorable treatment that certain sectors of the press gave the Axis to the detriment of the prestige of the Allies, and, above all, looking forward to the withdrawal of the Blue Division from the Russian Front. Hayes showed, as Moreno Juliá has pointed out, that the United States «shared with the Spanish authorities the hatred of communism, both for being anti-Catholic and for destroying humanity», but that, given the change of sign of the war, the Maintaining the division in the Eastern Front placed Spain in a difficult international situation, so «it would be very convenient to withdraw it» as soon as possible «, so that when, after the war, Russia would pose possible reprisals,« England and the United States could argue in favor of Spain».

In Villa Cisneros the main contingent of North Americans was established, which came to be composed of a hundred soldiers of this nationality, while in Cabo Jubi there were another fifty commanded by Lieutenant Zanoli. Its mission was to support the planes flying over the Sahara coast, thanks to its then very modern communications equipment and two radio beacons. The Villa Cisneros base had an omnidirectional direction-finder with 1.2 kilowatts of power and 359 kilocycles per second, Adcock model of short-wave cathode ray tubes, with a CD indicator. In Cabo Jubi, the North American station operated in modulated frequency and the radio beacon only had the power of half a kilowatt.
Only planes with problems landed at Spanish airports. In them they could refuel kerosene and obtain lubricants and spare parts. There were a hundred planes that had to land in Villa Cisneros and Cabo Jubi. Normally they were transport, but there was the case of a B-17 bomber that had to land engulfed in flames.
The North American presence in the Spanish Sahara ended on May 30, 1946. When they left the Spanish bases, the government delegate in Spanish West Africa, Commander Jorge Núñez Rodríguez, wrote to the American chief in Casablanca: «I am sure to interpret the most exact sentiments of the Colonel Governor of Spanish West Africa when he tells you that we regret the departure of the detachment from these Spanish lands (…).

Great Britain never lets go of a dam and, as Churchill very well said, if Germany had won the war, England would lose Gibraltar and if London won it, it would not have to fulfill anything that was promised to Spain during the war, since the national emergency experienced by the English between 1939 and 1945 he justified anything.
A decree of July 4 granted facilities for passage and settlement in Spain to Gibraltarians who renounced British nationality in favor of Spanish, although Madrid abolished them when more than a thousand Gibraltarians requested to be Spanish.
Franco and his foreign ministers had the disappearance of the Union Jack del Peñón in their hands, but the price was too high for the Spanish. We will never know what would have happened if Spain had been less sympathetic to England on the Rock during World War II. What we do know is that many, many Spaniards dreamed in those turbulent days of war and of nationalist passions on the surface of the recovery of Gibraltar at any cost.
If Spain did not enter the war, and thus London was able to preserve the Rock throughout the conflict, it was undoubtedly thanks to the neutralist will of Franco and her ministers.

The great problem of Spain lay in the decision that Franco himself had to make on whether or not to enter the war in favor of the Axis. The nature of the problem soon changed to how to keep Spain out of the war without Nazi divisions crossing the Pyrenees or the Allies declaring war on our country.
Neutrality was the most desirable option for Spain, but Hitler lobbied the Spanish government by reminding it of how much it owed him. Without the Condor Legion and German war materiel the nationals could have lost the war. Spain could not forget how Germany had annexed Austria in 1938 and Czechoslovakia in 1939 and how it had declared war and invaded Denmark, the Netherlands and Norway without any justification.
Germany wanted and needed the entry of Spain into the war, fundamentally to seize control of the Strait of Gibraltar from Great Britain, which would cancel one of the great maritime communication routes of the British Empire, turning the Mediterranean truly into a mare nostrum of the Axis, while obtaining a reliable, stable, secure and continuous source of raw materials from the Peninsula that its war industry needed more and more urgently. The blitzkrieg, which had been an unquestionable success against France, dragged on uncontrollably because of the stubborn British resistance, thanks to its insular situation.
The loss of Gibraltar, with the entry of Spain into the war, which would mean the existence of Spanish-German bases of the Luftwaffe and the Kriegsmarine in the Canary Islands and in Morocco would have forced the merchant ships heading to England to make enormous detours. Control of the Atlantic by submarines and airplanes would have plunged the English into an almost untenable situation. Nazi Germany never knew how close its submarines came to breaking England’s will to fight.
Vigón, then head of the Central General Staff of the Spanish Army, a man of Franco’s total confidence, who held him in very high intellectual esteem and appreciated him for his common sense, arrived at the Acoz castle on June 16, 1940, the day in that France requested the armistice, with letters for Hitler and Goering dated June 3 when the French defeat and the British expeditionary force was total. David Jato says:
Vigón explained to Hitler the difficulties that Franco had with the Catholic Church, mainly with Cardinal Segura and with Gomá, a subject that the Führer liked. And he highlighted, in a mixture of contradictory arguments, the impossibility for Spain to immediately enter the war, given its delicate food situation. Hitler’s answer, «Let Spain import wheat on its own» would be useful on future occasions in the face of German pressure. As a counterpoint, Vigón showed Hitler the total identification of Spain with Germany, whose enemies were his enemies. If we take into account that France was asking for an armistice that day, we must assume that Hitler paid little attention to what the Spanish general told him.

The entry of Spain into the war implies recognition of the following minimum aspirations:
1st Reincorporation of Gibraltar.
2. Annexation by Spain of the province of Oranesado, of the entire French zone of Morocco, down to the desert the border of Spain, and without any other limitation than the privileged treatment that, in relation to mining raw materials and participation in properties mining companies, will be agreed with Germany, either in a special treaty, or within the general framework of economic relations of both countries.
3. Strategic rectifications on the Pyrenean border and in the south of the Spanish Sahara, whose border will be drawn south of the Bay of Galgo.
Hitler and Ribbentrop’s relations with the future Spanish foreign minister got off to a bad start, although in theory everything was ready for them to reach big agreements. On September 20 Ribbentrop assured Ciano that Spain was going to war imminently.
Franco was not enlightened nor did he have a very different opinion at this time from the rest of national Spain, although perhaps, given his situation and character, he was more prudent. At the end of August 1940, Franco affirmed in a speech in Galicia: «We must not only look for the reasons for our moral position in the face of the war in the feelings of affection and gratitude towards those who assisted us as friends in the hours of difficulty, nor nor exclusively in the normal process for the claims of our right and our freedom. It is about the profession of the principles of a new order and of believing to be in possession of some singularities of content that can enrich its very core».

On October 23, 1940, the interview between Franco and Hitler took place in Hendaye. At Hendaye station, now in occupied France, under direct control of the Germans. Franco, to meet Hitler, was going to leave Spain. It was one of the very few times he did so since he came to power, and it was only a few kilometers from the Spanish border.
Before traveling to Hendaye, Franco had in his hands the devastating report by Higinio Paris Eguilaz, Franco’s economic advisor since the beginning of the Civil War, in which he analyzed with total crudeness the great deficiencies of cereals, sugar, fertilizers, the enormous unemployment worker, the paralysis of agriculture and industry, etc., suffered by Spain and the discontent that all this produced, since several million Spaniards were starving. When Franco argued this situation before Hitler he was only telling the truth.
Today we know that Canaris, during one of his visits to Madrid, provided Franco, through General Martínez Campos, a detailed report on the real situation in Germany in the autumn of 1940, while guaranteeing General Vigón that no German soldier he would manage to set foot in England. Franco was well informed of the reality of the march of the war when he left for Hendaye, although the sudden defeat of France still hung in an atmosphere full of good premonitions for Axis weapons.
Canaris had conveyed to Franco that German industry had stopped making 380mm howitzers and that the existing ones were in the English Channel and that moving them would take at least three months. German industry was already in 1940 a giant with feet of clay. Franco, thanks to this information, will ask Hitler to deliver a dozen of these huge guns.

At the end of the Civil War, the sympathies of the new government of Spain continued to be deposited in the same nations that had supported it during the war. Franco and his supporters were, of course, with Germany, Italy and Portugal. Were the nationals going to change friends to unite their luck with the French Popular Front or the weak and doubtful Chamberlain? The governments of Paris and London did nothing to change the situation from April 1, 1939, the last day of the war in Spain.
The Southern Border Fortifications Commission, commanded by the artillery general Pedro Jevenois, which had four lieutenant colonels and a commander. This commission was working between August 1939 and February 1940 on a possible attack on the Rock. Its objectives were:
1. Facilitate the defense of Spanish territory against an eventual British advance, to ensure the defense of the Rock.
2. Create an artillery force in the Straits capable of surrendering Gibraltar.
3. Close the Straits to enemy navigation through the use of artillery and minefields.
The implementation of these plans began, as far as possible, through the construction of various fortifications that were completed in December 1941 (which were to be equipped with 495 fortifications in a line of 120 km and 10 km deep, armed with 400 guns and 34 projectors).
The Reich’s interest in Spain was enormous. In the Madrid embassy there were 500 officials, of which only 180 were assigned to the missions of a diplomatic delegation; 200 were members of the secret services, the Abwehr, and another 90 were military, naval and Luftwaffe attachés.
The newly appointed German ambassador in Madrid Stohrer was in favor of working to maintain the neutrality of Spain, thinking that a neutral Spain was better than a belligerent one.
On August 24, 1940, Hitler approved a plan to take Gibraltar, ordering in September that Spanish requests be met, no matter how excessive they might seem, with the aim that German divisions could enter Spain. When the Third Reich first began to pressure Spain to enter the war and take Gibraltar, in late September 1940, Spanish plans for the liberation of the Rock were brought to the attention of the Germans. Franco wrote to Hitler:
For our part, we have been preparing the operation in secret for a long time, since the area where it is to take place lacks an appropriate communications network. Regarding the special characteristics of the Rock, the points of resistance can withstand even the most intense attacks from the air, so they must be destroyed by accurate artillery fire. The extraordinary importance of the company would justify, in my opinion, a powerful concentration of resources.
Franco managed to keep Spain out of the war despite the plans of each other, and after this vital and last crossroads, it can be said that the threats were disappearing. Tusell argues that when Hitler had renounced Spain’s entry into the war, Mussolini, who already saw victory as almost impossible, now desired Spain’s entry into the war, as the Duce wrote to the Führer in April 1943. Italians They came to press the Germans at the Klessheim conference to force Spain into the war. That time had already passed.
Franco’s decision not to intervene in the war was crucial to its development. His doubts finally materialized in an ambiguous non-belligerence, which was the way to preserve a practical and, above all, viable neutrality. Very few people understood this attitude in Spain and it was widely criticized. Franco kept Spain at peace in the early years of the war against the opinion of most of his partisan theorists.
With the difficult game that Franco was up to, first with Serrano and then with Jordana, he left Spain out of the war. On November 5, 1937, Hitler affirmed before his military collaborators that a total victory for Franco would not be desirable, Goering deduced that it was necessary to reduce, or even eliminate, aid to the nationalists and Hitler ratified his proposal. Franco paid him with his coin.

In the warmongering of the military and blue sectors, the military efficiency demonstrated by the Blue Division and a tradition of Germanophilia that dragged on since the end of the Franco-Prussian war were of enormous importance. The Pyrrhic successes of the Spanish in the Russian Front, together with the military prestige that the Wehrmacht maintained among many Spaniards, contributed, in a fundamental way, to the desire of some Spaniards to enter the war. Simultaneously, the Juanistas, now allydophiles, began to postulate that the time had come to force Franco to withdraw from power to make way for the monarchy in the figure of the pretender Juan de Borbón.
At the end of 1942 and the beginning of 1943 in Madrid, what was happening in Morocco, Algiers and Tunisia was more concerned than the alarming, but very distant, news from Russia.
On September 26, the return to Spain of the Blue Division was announced, an order that was officially communicated to Esteban Infantes on November 17, 1943.
Hoare pressed to close the sale of strategic minerals —especially tungsten—, of which Germany was so in need, in several of the interviews he had with the Caudillo at the Pazo de Meirás. The Allies intensified their action on Spain despite the fact that Franco and Jordana were more and more neutral, but the defeat of the Axis was already evident and the Allies were only going to remember Spain’s friendship with the Axis and not the innumerable favors that, selfishly, Spain had made England and then the United States throughout the war.
Spain withdrew first the Blue Division and then the Blue Legion. With stoicism, in Madrid the violations of sovereignty were endured by both sides. Anything to avoid war. But from 1943 Spain began its rapprochement with London and Washington, or rather its distancing from Berlin. A fact that was appreciated in the press: just as a few years before Germanphilia sprouted in each of the printed lines, now the opposite happened.

The Franco government was forced to fight and endure pressure from both sides, direct or potential threats and all kinds of «minor» aggressions on Spanish sovereignty, which were endured in order to continue maintaining the diplomatic game that, in the end and in the end, it allowed Spain not to enter the Second World War.
The aggressions and violations of Spanish sovereignty by the Anglo-Saxon powers and by Germans and Italians were a constant throughout the entire war. None was of sufficient importance to make Madrid lose sight of the final objective of ensuring that Spain does not enter the war, but they demanded an enormous exercise of prudence, patience and cold blood on the part of the government, especially those responsible for the Ministry of Foreign Affairs, the Navy and the Army. All this in a context of warmongering that was very widespread among broad sectors of Spanish society at the time, supporters, undoubtedly wrong, that Spain entered the war.
In November 1944 Attlee, effective deputy prime minister, argued before the British war cabinet the desirability of causing the fall of Franco, an idea in which he agreed with Eden, the British foreign minister. Churchill, a statesman of undoubted greater capacity than his two compatriots, understood from the beginning where the future of Europe would unfold after the defeat of Germany, warning that removing Franco would lead to a new civil war in Spain, in which quite possibly the communists would win. A change that, without a doubt, would drag Italy and France into Stalin’s orbit.
Sunken Spanish ships, machine-gunning of Spanish subjects, loss of merchandise and violations of Spanish waters and airspace, secret agents of all kinds conspiring against the interests of Spain, were not sufficiently important reasons for Spain to go to war with one side or the other. . Franco, cold and calculating, he did not lose his nerves and constantly followed the plan drawn up in foreign policy for his Regime during World War II.

The purchases made by Spain were never delivered in their entirety. The material arrived in Spain basically by rail, crossing France from end to end. 24 of the 28 organized convoys arrived without problems, but in the last four a lot of material was lost or even some could not leave Germany.
The last material bought from Germany arrived by plane to Spain from February 1945. The Allies had landed in Normandy on June 7, 1944, Paris was liberated in August 44 and the Shermans ended up winning in the Battle of the Ardennes between December 44 and the end of January 45. The last flight to Spain with equipment took place in May 1945, transporting medical and transmission material, patent plans and technical bibliography. The Soviets entered Berlin that same May 1945.
Spanish-German relations during World War II were always complicated. Along with strategic issues, strictly military, there were economic factors that allow us to glimpse, sometimes with enormous clarity, the true position of Franco’s Spain with respect to the Third Reich.
If the help in advisers and war material, with a generous and optimistic credit, was important for the victory of the nationals, this was not an inescapable commitment for Franco.
Franco only contemplated the real possibility of going to war in the very short time that elapsed between the visit of his envoy General Vigón to Hitler and the second interview of the then minister of the government Serrano Suñer with the Führer. From that moment the foreign action of Spain, Franco and his foreign ministers Serrano and Gómez Jordana, together with the little studied Minister of Industry and Commerce and Falangist Demetrio Carceller, focused on ensuring that Spain remained out of the war, dodging the pressures and threats of Germany, the Anglo-Saxon Allies and the movements and conspiracies on the part of the victorious sectors in the recently concluded civil war in favor of going to war.

The tensions within the Regime were very strong. The blatant interventionism of the Blues, their desire to achieve total control of the state, and the support they received from certain sectors of the militia, caused the tensions between the nationals in Madrid to lead the Army officers to order. , according to Payne, to be armed to protect themselves from alleged attacks by Falangists. Aggressions that never occurred.
Canaris, probably the German who best understood the intricacies of Spanish politics and mentality, after speaking with Vigón, Martínez Campos and other military commanders, came to the conclusion that Franco – and the Spaniards – would only allow the entry of German troops peacefully in Spain in the only case of an invasion by the Allies.
Schellenberg, Canaris’s replacement at the head of the German espionage services, Himmler’s man, was appointed new head of affairs related to Spain. In the event of the German invasion of the Peninsula, he thought to replace Franco surely with Yagüe, although Hitler ended up setting his eyes on Muñoz Grandes. What Hitler did not know is that neither would have accepted the role of puppet ruler of Spain in the service of a foreign power.
Hitler and his clumsy agents failed to make any of their plans come true. The Spanish escaped no matter how long the secret services, which at one time seemed impossible to defeat the Third Reich, tried to drag them into the conflict.

Spain did not enter the Second World War, which was due, without a doubt, to the will and determined action of Franco to avoid its participation in the conflict.
National Spain was determined to enter the war only between Vigón’s visit to Hitler in the Belgian castle of Acoz (June 16, 1940) and Serrano Suñer’s first visits to Hitler and Ribbentrop in Berlin (September 19, 1940 ). After Franco’s interview with Hitler, Spain would have entered the war if the Führer had known how to play his cards and offered the Spaniards what they asked of him, but which he neither wanted nor could grant. At that time, Franco already doubted the interest that participation in the conflict could have.
In the winter of 1942-1943 the decline of the Third Reich began. Hitler’s threats to invade Spain went from being a true danger to almost a bravado. Franco needed the help that came from the other side of the sea through the navicert that Great Britain issued as a power that controlled the great naval communication routes almost worldwide. Spain, slowly but surely, was separating from Germany and even putting a diplomatic face on it, as we have seen, in the tough negotiation of the price of the German armament that it was going to buy through the Bär Program, in the withdrawal of the Blue Division and in the breach of the agreements for the arrival of Spanish producers to the Reich that the defenestrated Gerardo Salvador Merino had signed.
Keeping Spain out of the war was not easy because, together with pressure from Berlin, London and Washington, from within Spain military groups, important sectors of the Falange and the few but influential and intriguing Juanistas sectors tried to force the intervention of the Spanish almost at any price. Only Franco, together with his foreign ministers Serrano Suñer and Jordana, managed to overcome the storm of war.
Spain lost the war without fighting in it. London did not thank him for his services, keeping Gibraltar. The Regime survived against all odds and Franco, after almost forty years of government, gave way to a constitutional monarchy in the person of King Juan Carlos I. The Generalissimo never forgave the suitor Juan de Borbón for his excessive ambition for power and his selfishness.

2 pensamientos en “Franco Frente A Hitler: La Historia No Contada De España Durante La Segunda Guerra Mundial — Luis E. Togores / Franco Vs. Hitler: The Untold History of Spain During World War II by Luis E. Togores (spanish book edition)

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.