Encuentros Con Libros — Stefan Zweig / Begegnungen mit Büchern by Stefan Zweig

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Reseñar un libro de reseñas de Stefan Zweig es una tarea muy complicada, cualquier reseña que hagas no llegará a estar a la altura jamás.
En este libro nos encontramos varias reseñas que el autor hace a lo largo de su vida como lector y también tenemos varios prólogos que Stefan Zweig escribió. En cada uno de los textos se refleja a la perfección la pasión que siente por la literatura, lo que disfruta leyendo y recomendando libros.
Sobre cada reseña hace una disertación sobre el autor del que va a hablar y eso nos ayuda a ponernos en contexto pero sobre todo nos ayuda a conocer más en profundidad la figura de algunos autores.
Hay textos sumamente interesantes, como el dedicado a los cuentos infantiles y a la importancia de los mismos.
Esta edición recoge en 35 textos sus impresiones sobre autores y reseñas literarias sobre libros.
No hay un orden cronológico, nos habla de literatura centroeuropea, anglosajona, francesa, rusa e incluso clásica y oriental.
Nos explica la necesidad de leer cuentos, nos muestra artículos, prólogos y estudios sobre Goethe, Rilke, Joseph Roth, Thomas Man, Rousseau, Stendhal, Balzac, Flaubert, Byron o James Joyce.
Nos habla de Las mil y una noches, del Job de Joseph Roth e incluso del Ulises de Joyce.
Hace observaciones sobre el mundo de la edición. E incluso se sincera y dice que hay autores que no se pueden leer de una sentada porque son agotadores.

Desde que existe el libro nadie está ya completamente solo, sin otra perspectiva que la que le ofrece su propio punto de vista, pues tiene al alcance de su mano el presente y el pasado, el pensar y el sentir de toda la humanidad. En nuestro mundo de hoy, cualquier movimiento intelectual viene respaldado por un libro; de hecho, esas convenciones que nos elevan por encima de lo material, a las que llamamos cultura, serían impensables sin su presencia. El poder del libro para expandir el alma, para construir el mundo y articular nuestra vida personal, nuestra intimidad, suele pasarnos desapercibido salvo en raras ocasiones, y cuando cobramos conciencia de su importancia, tampoco lo manifestamos. Hace mucho que el libro se ha convertido en algo natural, en un objeto cotidiano cuyas maravillosas cualidades no despiertan ni nuestro asombro ni nuestra gratitud.
Intemporal, indestructible, inalterable, la quintaesencia de la fuerza en un formato reducido y versátil, el libro no tiene nada que temer por parte de la técnica, pues es él quien garantiza su pervivencia y su desarrollo. En cualquier ámbito, no sólo en nuestra propia vida, el libro es el alfa y la omega del conocimiento, la base de la ciencia. A medida que crece nuestra intimidad con los libros, vamos profundizando también en los distintos aspectos de la vida, que se multiplican fabulosamente, pues ya no los vemos sólo con nuestros propios ojos, sino con una mirada en la que confluyen multitud de almas, una mirada amorosa que nos ayuda a penetrar en el mundo con una agudeza soberbia.

Qué edición elegir, cuál de ellas es la más apropiada, queda a la discreción de cada lector. Todas ofrecen la inagotable obra de Goethe en su conjunto y cualquiera de ellas resultará adecuada siempre que nos animemos a investigar, descubrir, reflexionar y disfrutar de una figura tan portentosa. Todas ofrecen una imagen global del autor, todas lo ensalzan, que cada cual opte por la que considere más adecuada para hacerlo suyo, aunque para esto sería preciso disponer de toda la eternidad. Cada cual debe encontrar su Goethe particular, el apropiado para él, pues es tan grande, tan inabarcable, que sólo podemos aspirar a hacernos una vaga idea de su auténtica dimensión.
Este profundo misterio, la transformación de la vida en arte, desde la infancia hasta la vejez, animada por un espíritu que sobrevive al tiempo y que comprende todas las edades del hombre, estaba ya en el Fausto y en Wilhelm Meister, dos obras iniciadas en la juventud y culminadas en la vejez, fruto de una vida rica y fecunda. Esta nueva edición de los poemas de Goethe, entendidos como un todo, ordenados cronológicamente, nos ofrece una tercera oportunidad para constatar que, en su caso, obra y vida forman un ser único, inseparable, que florece y agoniza lentamente. Hasta ahora no habíamos podido apreciarlo con tanta claridad.
El primer poema de Goethe aparece garrapateado con torpeza por una mano infantil, la de un niño de ocho años, sobre una tarjeta de cumpleaños destinada a sus abuelos. El último lo escribe con pulso tembloroso, días antes de su muerte, un anciano de ochenta y dos años. Éstos son los límites entre los que se desarrolla la obra del patriarca de la literatura alemana, cuya cabeza, siempre fecunda, estuvo rodeada por el aura de la poesía permanentemente. En su larga vida no hubo un solo año, en sus muchos años no hubo un solo mes, y en ningún mes hubo un solo día que este hombre singular no rubricara con su palabra, tratando de ahondar en el misterio que envolvía su alma para darle el mayor relieve posible.
La lírica de Goethe no se puede entender como una melodía que sirve de acompañamiento a su vida, como una música de fondo que da un matiz especial a su existencia, sino como síntesis sinfónica de su ser, un acorde formidable que retumba en su pecho y cuyo eco imperecedero sigue resonando hoy gracias a la magia del arte que lo prolonga hasta el infinito.

Supone un verdadero escándalo que, durante los últimos cincuenta años, uno de los libros más hermosos de la literatura austríaca en lengua alemana haya permanecido en un rincón sin que nadie se ocupase de él, una injusticia clamorosa que se hace aún más evidente ahora que por fin disponemos de una nueva edición, gracias al espléndido trabajo realizado por Insel, un error imperdonable que no puede despacharse argumentando que la responsabilidad alcanza a demasiadas personas, todas aquellas que deberían haber actuado y no lo hicieron. La culpa de que un libro así haya pasado desapercibido durante medio siglo, un descuido incomprensible, incalificable, recae a partes iguales en los editores, en los profesores de literatura, en los compatriotas de este escritor austríaco y, por extraño que parezca, en el pueblo checo. Los primeros que merecen nuestra censura son los editores alemanes, que en estos cincuenta años se han dedicado a publicar obras triviales, sin el menor interés, promocionándolas a bombo y platillo: franceses y escandinavos se traducían de inmediato, con razón o sin ella, viejos mamotretos volvían a ponerse en circulación en ediciones para bibliófilos, mientras una obra como ésta, perenne, intachable, sin derechos de autor, que podía rescatarse del olvido con una sencilla impresión, seguía ausente de las librerías. Culpables son también los profesores de literatura, que llenaban bibliotecas con gruesos volúmenes rebosantes de erudición y que año tras año acumulaban sesudos estudios en revistas especializadas.
Que una nación acepte de manos de otra, que no habla su misma lengua, un poema heroico que ensalza sus raíces, Witiko. Me gustaría que el nacionalismo que impera en nuestra época no supusiera un obstáculo para que se produjera otro milagro: que nuestros vecinos mostraran su gratitud y su cariño a Adalbert Stifter, un autor en lengua alemana, que escribió en dicha lengua la Ilíada de los checos, razón por la cual merecería un monumento en su capital, Praga.

Los cuentos se leen de dos formas distintas, en dos momentos de nuestra vida. Primero, cuando somos niños, realizamos una lectura sencilla, ingenua, creyendo que ese mundo apasionante y lleno de color es verdadero; mucho más tarde, cuando somos adultos, nos acercamos a ellos conscientes de que son ficciones, dejándonos engañar de buena gana. Entre estas dos formas de disfrutar del cuento, la de la ingenuidad y la de la madurez, media el soberbio orgullo de quien se siente adulto, cuando, en realidad, sigue en la edad del pavo, y, demasiado arrogante para entregarse a un engaño, por hermoso que sea, quiere la verdad desnuda y prefiere una historia anodina a otra incitante pero llena de fantasía. Es esta arrogancia la que nos lleva a desdeñar los cuentos, a relegarlos a un rincón de nuestro cuarto infantil, donde no volvemos a acordarnos de ellos. A muchos les sucede lo mismo con la Biblia. La dejan de lado cuando comienzan a dudar de Dios, y como ya no les parece un libro sagrado, pierde incluso su condición de libro.
El ser del mundo de los cuentos es el resultado de una mágica transformación del no ser. En él, esto hay que reconocerlo, no hay nada sólido, no hay nada verdadero; de hecho, los distintos ámbitos de la vida se mezclan y se confunden entre sí con una fuerza irrefrenable, las formas se difuminan, el hombre y la naturaleza, lo espiritual y lo animal renuncian a los atributos que les son propios, dando pie a toda clase de engaños. Ningún sustrato, ningún estado, ninguna especie está a salvo, nada ni nadie puede preservar su identidad, el cuento toma prestado lo que unos y otros creían propio, los animales tiene voz, como las personas, y éstas, a su vez, vuelan como los pájaros; la liebre se convierte en ratón, y el ratón en gorrión; nadie puede enseñorearse de su naturaleza, es algo prestado que hay que devolver y que puede intercambiarse libremente.
Necesitamos volver a la naturaleza, volver a mirar al bosque, por encima de las montañas, para recuperar esos cuentos puros y verdaderos, pues allí donde está la naturaleza, está también lo maravilloso y lo incomprensible, el único ámbito en el que todavía podemos dejarnos llevar por nuestros sueños más atrevidos.

Libros del autor comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2014/12/22/veinticuatro-horas-en-la-vida-de-una-mujer-stefan-zweig/

https://weedjee.wordpress.com/2015/01/10/castellio-contra-calvino-stefan-zweig/

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https://weedjee.wordpress.com/2020/09/07/confusion-de-sentimientos-stefan-zweig-verwirrung-der-gefuhle-by-stefan-zweig/

https://weedjee.wordpress.com/2020/09/26/una-historia-crepuscular-stefan-zweig-geschichte-in-der-dammerung-by-stefan-zweig/

https://weedjee.wordpress.com/2020/10/08/momentos-estelares-de-la-humanidad-catorce-miniaturas-historicas-stefan-zweig-sternstunden-der-menschheit-vierzehn-historische-miniaturen-by-stefan-zweig/

https://weedjee.wordpress.com/2020/11/17/una-boda-en-lyon-y-otros-relatos-stefan-zweig-die-hochzeit-von-lyon-ein-mensch-den-man-nicht-vergisst-zwei-einsame-die-wanderung-by-stefan-zweig/

https://weedjee.wordpress.com/2021/03/16/encuentros-con-libros-stefan-zweig-begegnungen-mit-buchern-by-stefan-zweig/

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Reviewing a book of reviews by Stefan Zweig is a very complicated task, any review you do will never measure up.
In this book we find several reviews that the author makes throughout his life as a reader and we also have several forewords that Stefan Zweig wrote. In each of the texts the passion he feels for literature is perfectly reflected, what he enjoys reading and recommending books.
On each review he makes a dissertation about the author he is going to talk about and that helps us to put ourselves in context but above all it helps us to know more in depth the figure of some authors.
There are extremely interesting texts, such as the one dedicated to children’s stories and their importance.
This edition collects in 35 texts his impressions on authors and literary reviews on books.
There is no chronological order, it tells us about Central European, Anglo-Saxon, French, Russian and even classical and oriental literature.
He explains the need to read stories, shows us articles, prologues and studies on Goethe, Rilke, Joseph Roth, Thomas Man, Rousseau, Stendhal, Balzac, Flaubert, Byron or James Joyce.
He tells us about One Thousand and One Nights, Joseph Roth’s Job and even Joyce’s Ulysses.
Makes observations about the world of publishing. And he even is sincere and says that there are authors that cannot be read in one sitting because they are exhausting.

Since the book came into existence, no one is completely alone, with no other perspective than that offered by their own point of view, since the present and the past, the thoughts and feelings of all humanity are at their fingertips. In our world today, any intellectual movement is backed by a book; in fact, those conventions that elevate us above the material, which we call culture, would be unthinkable without their presence. The power of the book to expand the soul, to build the world and articulate our personal life, our intimacy, tends to go unnoticed except on rare occasions, and when we become aware of its importance, we do not manifest it either. The book has long become something natural, an everyday object whose wonderful qualities arouse neither our wonder nor our gratitude.
Timeless, indestructible, unalterable, the quintessence of strength in a reduced and versatile format, the book has nothing to fear from the technique, since it is he who guarantees its survival and development. In any field, not only in our own lives, the book is the alpha and omega of knowledge, the basis of science. As our intimacy with books grows, we also delve into the different aspects of life, which multiply fabulously, since we no longer see them only with our own eyes, but with a look in which a multitude of souls converge, a loving gaze that helps us penetrate the world with superb insight.

Which edition to choose, which one is the most appropriate, is at the discretion of each reader. All offer the inexhaustible work of Goethe as a whole and any of them will be adequate as long as we encourage ourselves to investigate, discover, reflect and enjoy such a portentous figure. All offer a global image of the author, all praise him, that each one chooses the one he considers most appropriate to make it his own, although for this it would be necessary to have all eternity. Each one must find his particular Goethe, the one appropriate for him, because he is so great, so vast, that we can only hope to get a vague idea of his true dimension.
This profound mystery, the transformation of life into art, from childhood to old age, animated by a spirit that survives time and encompasses all the ages of man, was already in Faust and Wilhelm Meister, two works begun in youth and culminated in old age, the fruit of a rich and fruitful life. This new edition of Goethe’s poems, understood as a whole, arranged chronologically, offers us a third opportunity to verify that, in his case, work and life form a single, inseparable being that slowly blooms and dies. Until now we have not been able to appreciate it so clearly.
Goethe’s first poem is clumsily scrawled by a child’s hand, that of an eight-year-old boy, on a birthday card intended for his grandparents. The last one is written with a trembling pulse, days before his death, by an eighty-two-year-old man. These are the limits within which the work of the patriarch of German literature develops, whose head, always fruitful, was permanently surrounded by the aura of poetry. In his long life there was not a single year, in his many years there was not a single month, and in no month was there a single day that this singular man did not sign with his word, trying to delve into the mystery that enveloped his soul to give him the greatest possible relief.
Goethe’s lyrics cannot be understood as a melody that serves as an accompaniment to his life, as background music that gives a special nuance to his existence, but as a symphonic synthesis of his being, a formidable chord that resounds in his chest and whose imperishable echo continues to resonate today thanks to the magic of art that extends it to infinity.

It’s a real scandal that, for the past fifty years, one of the most beautiful books of Austrian German-language literature has been sitting in a corner unattended by anyone, a glaring injustice that becomes even more apparent now than by We finally have a new edition, thanks to the splendid work done by Insel, an unforgivable mistake that cannot be dismissed arguing that the responsibility reaches too many people, all those who should have acted and did not. The blame that such a book has gone unnoticed for half a century, an incomprehensible, unspeakable oversight, falls equally on the publishers, on the literature professors, on the compatriots of this Austrian writer and, strangely enough, on the Czech people. The first to deserve our censure are the German publishers, who in these fifty years have dedicated themselves to publishing trivial works, without the slightest interest, promoting them with great fanfare: French and Scandinavians were immediately translated, rightly or wrongly, old Mamotretos were being put into circulation again in editions for bibliophiles, while a work like this, perennial, faultless, without copyright, that could be rescued from oblivion with a simple print, was still absent from the bookstores. Also guilty are the literature professors, who filled libraries with thick volumes brimming with scholarship and who year after year accumulated brainy studies in specialized magazines.
Let one nation accept from the hands of another, which does not speak the same language, a heroic poem that extols its roots, Witiko. I would like the nationalism that prevails in our time to not be an obstacle to another miracle: that our neighbors show their gratitude and affection to Adalbert Stifter, a German-language author, who wrote the Iliad of the Czechs in that language. , which is why it deserves a monument in its capital, Prague.

The stories are read in two different ways, in two moments of our life. First, when we are children, we do a simple, naive reading, believing that this exciting and colorful world is true; much later, when we are adults, we approach them knowing that they are fictions, willingly allowing ourselves to be fooled. Between these two ways of enjoying the story, that of naivety and that of maturity, mediates the superb pride of those who feel adult, when, in reality, they are still in the age of turkey, and, too arrogant to indulge in a deception However beautiful it may be, it wants the naked truth and prefers an anodyne story to an enticing but full of fantasy. It is this arrogance that leads us to disdain stories, to relegate them to a corner of our nursery, where we never remember them again. The same is true of the Bible for many. They put it aside when they begin to doubt God, and since it no longer seems like a holy book, it even loses its status as a book.
The being of the world of stories is the result of a magical transformation of not being. In him, this must be recognized, there is nothing solid, there is nothing true; In fact, the different areas of life mix and blend with each other with an unstoppable force, forms are blurred, man and nature, the spiritual and the animal renounce their attributes, giving rise to all kind of hoaxes. No substrate, no state, no species is safe, nothing and no one can preserve its identity, the story borrows what some and others believed to be their own, animals have a voice, like people, and these, in turn, fly like birds; the hare turns into a mouse, and the mouse into a sparrow; no one can lord it over its nature, it is something borrowed that must be returned and that can be freely exchanged.
We need to return to nature, to look again at the forest, above the mountains, to recover those pure and true stories, because where nature is, there is also the wonderful and the incomprehensible, the only area in which we can still leave ourselves carry by our most daring dreams.

(Walt Whitman) We are facing a book that one can love deeply, to which one can return again and again to get drunk with its strength and with its joy, a human poem, made of experiences, so it is something more than a mere book : it is an event, an authentic and genuine event, purely creative.

The rise of someone like Maksim Gorki from the lowest layers of the proletariat to the top of literature speaks to us of the elemental force of nature that is reflected in our lyrics, which is transformed into spirit, science and knowledge. That is why I find the work and the heroic figure of this novelist so admirable.

Books from the author commented in the blog:

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4 pensamientos en “Encuentros Con Libros — Stefan Zweig / Begegnungen mit Büchern by Stefan Zweig

  1. You really love reading, don’t you David? It shows in your language skills and how you dabble effeciently in both languages. Maybe someday I’ll take to reading books too. Thanks for the lovely suggestions.

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