El Hijo Del Chófer — Jordi Amat / The Chauffeur’s Son by Jordi Amat (spanish book edition)

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Me ha parecido un libro muy interesante y ambicioso, quizá demasiado. Es la biografía de un periodista catalán que alcanzó la cima de su poder en el primer ‘pujolismo’. Su decadencia posterior y un final trágico que el autor de alguna manera enlaza con toda una vida de desequilibrio psíquico y de maldad.
Aparte de la historia personal del biografiado se habla en el libro de las estructuras de poder en el tardofranquismo, en la transición y en los años de Pujol.
Observo en este libro varias capas que se superponen (de ahí que lo considere demasiado ambicioso). Una capa es la propia biografía de Quintá, con sus problemas psicológicos. Otra capa sería la influencia del mundo intelectual en la formación de las estructuras de poder. Otra capa sería la existencia de la maldad. Sumergirse en todas estas capas representa un esfuerzo titánico que no sé si el autor ha conseguido totalmente. Para juzgar si ha sido justo con el biografiado debería yo hacer un esfuerzo titánico que no estoy dispuesto a hacer. Creo que el final miserable de Quintá le facilita mucho la labor al autor de presentarlo como un monstruo a lo largo de toda su vida, no sólo al final de ella. También se me ocurre que a lo largo de su vida haya tenido momentos felices y positivos, aunque no lo sé.
No sé si la postrera oposición de Quintá al ‘procés’, o las acusaciones de privatización de la sanidad por parte del mundo ‘convergente’ están tratadas de una forma justa por parte del autor. De alguna manera deja transpirar, aunque no lo dice de forma explícita, que forman parte de su decadencia como persona al hacerse mayor y agudizarse sus problemas psicológicos.
La historia es interesante, pero está terriblemente escrita. Estoy seguro de que el autor escribió en un flujo, mientras hablaba, pero nunca volvió a leer: el texto usa diferentes tiempos en la misma línea, por lo que se vuelve muy difícil entender si las cosas sucedieron, dónde sucedieron o simplemente habrían ocurrido. Ocurrió si … Una lástima. Si pensaba que eso era «estilo moderno», lamento decir que todavía no es capaz de innovar de esa manera.

Ser amigo de Pla o su escudero o su caballero servidor acaba teniendo para Josep Quintà más importancia que ser marido y padre.
Josep Pla tiene poder. Su poder es poder decir la verdad. No es poder político ni económico. Tampoco institucional. No es el poder del cuarto poder porque ése es un poder menguado cuando no hay libertad de expresión para poder decir la verdad. El poder de Pla es intelectual. Blando e informal. Lo atesora y lo desprende. Lo nutre su experiencia, sus lecturas y su sagacidad. Y ese poder llama a los otros, porque las ideas, en última instancia, actúan como el fundamento donde el poder no se transmite pero sí se regenera. Durante medio siglo Pla ha seducido a elites sucesivas con ese poder. A catalanas y no pocas españolas. Elites políticas, económicas, culturales o periodísticas. El lugar donde Pla despliega su seducción es una mesa donde se come y se bebe y el eje son sus palabras. Con su mirada, incapaz de esconder sus emociones, y su discurso, que podía partir de una anécdota y tras un chascarrillo, Pla tenía la capacidad de hacer viajar en el tiempo a su interlocutor y trasladarlo a la memoria del siglo o al corazón del mundo. El poder intelectual es el de la influencia de las ideas.

Quintà se aproxima a opciones partidistas de la izquierda radical, acercándose a alguno de los círculos de la organización Bandera Roja. En la resaca del Mayo francés, el virus revolucionario se está extendiendo también entre la oposición antifranquista y contagia el ambiente de trabajo de los jóvenes redactores de la enciclopedia. No estaban solo contra el franquismo. Tenían como enemigo a la democracia liberal y en muchos casos su modelo principal era Cuba o la República Popular China, además de sintonizar con las palpitaciones altermundistas.
En estas circunstancias la mecánica de la empresa es un polvorín. Si por una parte muchos trabajadores se sienten incómodos porque se saben trabajando a favor de un banquero como Pujol, por otra intentan decantar el proyecto para que sea una herramienta al servicio de la revolución.
La deuda con Banca Catalana no para de aumentar y, al fin, el banco exige el control de la empresa: se quedan con las acciones, la mayoría de las cuales pertenecían a Max Cahner, y se responsabilizan de la gestión. En mayo el tema llega al consejo de administración de Banca Catalana. El abogado Francesc Cabana —yerno de Florenci Pujol, fundador de la entidad y uno de sus principales directivos— expone los números (rojos) y se discute sobre su viabilidad. O se abandona el proyecto, que es una sangría económica, o se asume que su financiación dependerá básicamente del banco. Apuestan por la segunda opción Pujol y el propio Francesc Cabana y es mayoritaria en el consejo porque cuenta con el apoyo del padre de Pujol —Florenci— y del empresario perfumista Joan B. Cendrós —fundador de Òmnium Cultural—. Pero al entrar en esa nueva fase, es decir, al aumentar la influencia de Pujol, aún son más eléctricas las tensiones en el trabajo cotidiano. Los redactores más radicalizados impulsan huelgas continuas. Quintà, a quien la mayoría considera listo, antipático y despectivo, es un piquete activo.

Gracias a la buena relación que durante ese año en antena ha construido con Sentís —el director de Radio Barcelona—, Quintà recibe un encargo que lo catapultará a una de las posiciones de mayor influencia del periodismo catalán del momento.
Alfons Quintà tiene ahora treinta y un años. Teje, por primera vez, una red de contactos que ya es la suya. No es la de su padre. A su favor tiene la memoria de lo visto y lo escuchado desde que era niño. No hay un solo periodista de su generación que sepa como él cómo se ha desarrollado el poder en Cataluña durante la posguerra desarrollista. Su cara pública y su cruz privada. Tiene conocimiento de ese pasado y lee la mejor prensa extranjera, tiene interés por la política internacional y contactos, fervor y ambición. Es reconocido como uno de los periodistas del cambio y se hace con una agenda de nombres y teléfonos clave. Es ahora cuando deja de ser visto como el hijo del chófer.
El verano de 1975 Quintà es un periodista de éxito. Dietari le da fama y prestigio. Su nombre aparece entonces en el ámbito de medios de comunicación del Congrés de Cultura Catalana —el foro donde el rupturismo redacta el libro blanco de la institucionalización de Cataluña—. Acude como corresponsal al Festival de Cine de Cannes y escribe una crónica para Presència (además de hacer las fotos que ilustran la página). Habla de política, de la sección oficial y de otras donde se proyectan películas más interesantes.
A finales de los setenta, el Quintà que brilla actúa con cierta impunidad. Apenas le importa marcar distancias con Tarradellas, a pesar de haber apostado por él. Tarradellas, que interpreta bien a las personas, lo constata al instante: «No es el de antes», apunta en su dietario, «es amable, pero no es lo mismo». La diferencia es que está dando rienda suelta a un comportamiento sin mucho freno porque sabe que a su favor tiene un instrumento del poder: un medio de comunicación que está consiguiendo lo que se había propuesto, tomar diariamente la temperatura al proceso de cambio político. Y nadie quiere romper la relación con él. Tener a favor o en contra entonces a El País es fundamental para prestigiarse en el debate público porque existe el cuarto poder, pero todavía no existe el poder político democrático.
Quintà sabe aprovecharse de esa posición. Sabe que los otros saben que es mejor intentar mantener buena relación con él que enemistarse.
Martes 29 de abril de 1980. Alfons Quintà, treinta y siete años, firma dos noticias publicadas en esa edición. En una anuncia que Josep Tarradellas no asistiría a la toma de posesión oficial de Jordi Pujol. La otra era un reportaje, firmado junto con Carlos Humanes, que encajaba perfectamente con el perfil de reportero descrito por Miravitlles. No es noticia de portada, pero podría haberlo sido. Trata de economía, pero se publica en las páginas de política. Debía ser la primera entrega de una serie. Solo se publicará ese artículo, pero con esa página empieza su leyenda. En la dirección de Madrid les parece bien. Desclava una chincheta de la tarjeta de Jordi Pujol que conserva en su despacho. Una noticia puede iluminar un tiempo. Diagnosticar la patología de una sociedad y descubrir cómo se proyecta en la psicopatía del autor. Una exclusiva puede ser un intento de parricidio.

Hacía cuatro años de aquel artículo en que denunciaba la situación de Banca Catalana y disparaba contra Jordi Pujol. Aquel reportaje, que era el primero de una serie que se paró por las presiones políticas y económicas, podría haberlo convertido en el gran periodista de la democracia en Cataluña. Él podría haber tenido su Watergate. Pero él mismo se encargó de ocultarlo. Cerraba el círculo y se encerraba dentro de él el mito. La paradoja trágica de su vida es que su obsesión por el mito, que tardará más de veinte años en intentar volver a destruir, acabó destruyéndolo a él. Ha empezado a despeñarse por la línea descendente de la parábola de su vida.
Quintà dispara, pero ya no desde el portaviones de 1980 ni con la fuerza que tenía cuando era reconocido como uno de los periodistas catalanes mejor informados. Ya no. Porque la imagen que queda de él como periodista es la de un hombre que atacó al poder y a quien el poder compró. El espejo donde Quintà puede descubrir cómo es visto por la sociedad se lo pone ante él dos días después el artículo «El Mundo de Quintà» que aparece sin firmar en La Vanguardia , pero sobre cuya autoría nadie duda: Juan Tapia.
El golpe de Tapia lo tumba porque lo desnuda. Lo había atacado por el carácter y había puesto negro sobre blanco la contradicción en la que Quintà había empezado a consumir su prestigio como periodista desde el momento en que entró en TV3: él, que se había presentado como alguien que atacaba al poder a través del cuarto poder, se había fundido con el poder. Esa deriva lo alejaría cada vez más de la respetabilidad profesional porque su última oportunidad para ser quien quería haber sido únicamente había sido posible porque estuvo dispuesto a servir a unos intereses espurios que le estaban pagando a través de la corrupción. Desde entonces, Quintà, por muchas llamadas que siguiera haciendo a cualquier hora y por muy buenas fuentes que mantuviera, empieza a ser una figura de segunda en la vida pública catalana. Un colaborador como cualquier otro. Una pluma más y sin más. Pasado. En el mejor de los casos, un mito degradado.

Así vive Quintà, cautivo de realidades que se confunden con sus delirios y con el prestigio en bancarrota, hasta el viernes 25 de julio de 2014. Tiene setenta años. Jordi Pujol difunde un comunicado donde confiesa haber sido un defraudador fiscal durante décadas. Su padre Florenci tenía cuentas abiertas en el extranjero, con mucho dinero sin declarar. El origen de ese dinero, según se desprende del comunicado, era su participación en el negocio de obtención de divisas por encargo de los industriales del textil catalanes. Aquella operación financiera de la que él era un instrumento y cuyo cerebro principal había sido Ortínez. En un momento sin precisar, tal vez durante la segunda mitad de la década de los setenta, Florenci Pujol creyó que la apuesta política de su hijo podía acabar con la fortuna que tenía gracias a Banca Catalana y, para evitar su ruina, decidió que dejaba ese dinero en el extranjero a su hijo, pero era para su nuera y para sus nietos. Ese dinero, al fin, había sido regularizado, pero la tardanza en cumplir con el fisco había contaminado de corrupción a su propia familia.
Ese viernes un amigo llama a Quintà. Le explica lo que ha comunicado Pujol. Y de repente es como si todo tuviera sentido. Era verdad. Es ahora o nunca. El advenimiento del Tangentopoli ha llegado. Le parece que el caso Pujol —el caso de su vida— está resuelto. Si logra matar al padre, al fin, podrá redimirse. El sábado escribe su primer artículo sobre el caso Pujol. Se publica el domingo 27.
EL VIERNES , PÚBLICAMENTE , «LA BANALIDAD DEL MAL »
El 12 de abril de 1945 murió el entonces presidente de Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt. Una inmensa mayoría de los norteamericanos que en aquella fecha eran adultos todavía recuerdan qué hacían exactamente en el momento preciso en el que eso sucedió…
Con años, se creó un modelo clánico de poder digamos judicialmente interesante y finalmente noticiado. El caso Banca Catalana me ha servido para entender la base del drama sanitario catalán, la confusión fundadora y organizativa actual de los Mossos y, por descontado, el sistema mediático público catalán. En su nacimiento tuve responsabilidades. Con respecto a éstas, he escrito varias veces que «siento vergüenza por haber participado en ello y pido perdón por si mi nombre sirvió para engañar a alguien». No tardé treinta y cuatro años en hacerlo.
Pero tanto da decir como no decir. Continuamos enfermos de un lirismo hegemónico…

Quintà, que ya es historia y es historia oscura, vive en una conciencia moribunda. Ha empezado a ser un cronista del terror íntimo confundido con la política del momento. Retoma los temas de siempre, la sanidad y el pujolismo, pero proyecta en ellos su propia decadencia y cada vez más la sintaxis demuestra que su mente no controla su discurso.
«Podemos tener una Cataluña de los cementerios. Pero no creo que esto angustie a Mas. Él quiere reinar. Aunque sea entre los muertos. Hace meses que estoy escribiendo que Mas encarna el Tánatos. Los hechos lo prueban, cada día más y mejor.» Así termina un artículo espectral, sombrío y depresivo. A nadie parece importarle. Se ha destrozado la sanidad pública y nadie publica artículos para denunciarlo. Aumenta la tasa de suicidios y nadie se interroga sobre lo que esa cifra implica.
Dos días después publica un artículo titulado «La mentida i la veritat avui en el matrimoni». Es un texto caótico, que acaba con referencias a Artur Mas y la mentira, pero en cuyo centro está presente una extemporánea reflexión sobre la crisis de la institución matrimonial. Es un escrito sin sentido, donde ya ni consigue evitar la exposición impúdica de su propia crisis. Habla de un matrimonio que convive desde hace veintiséis años y que se está rompiendo porque ella lo acusa a él de haber sido infiel. Es falso, dice, pero no puede hacer nada. Todos se ríen de él, incluso ella, y la mentira se instala porque todo es mentira.
Los que se marcharon nunca regresaron. No pudo vengarse. Los trató de olvidar mientras acumulaba tanto resentimiento que estaba ciego para entender por qué nadie quería vivir con él. Pero Victòria volvió para cuidarlo y, precisamente por el gesto de humanidad de ella, él puede vengarse.
Intenta disimular su pulsión enfermiza de venganza con la justificación perversa de un psicópata que es incapaz de empatizar con el sentimiento de los otros. Ella duerme en la cama donde durmieron juntos tantos años. Tiene un arma en casa. Una escopeta de caza. Hace cincuenta años hacía prácticas de tiro porque se sentía un revolucionario dispuesto a sacrificarse por el bien de la humanidad. Ahora solo está poseído por el mal. Ni sabe el grado de miseria al que ha llegado. No tiene la valentía de liberarla del monstruo que es. No la dejará marchar. No le perdonará haberle cuidado. Mátate tú. Le dispara un solo tiro. Los vecinos oyen el ruido seco.
Alfons Quintà se dispara un balazo en el rostro. Los vecinos oyen el segundo disparo.

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I found it to be a very interesting and ambitious book, perhaps too much. It is the biography of a Catalan journalist who reached the peak of his power in the first ‘pujolismo’. His subsequent decline and a tragic end that the author somehow links with a lifetime of mental imbalance and evil.
Apart from the personal history of the biographer, the book talks about the structures of power in the late Franco regime, in the transition and in the years of Pujol.
I see several overlapping layers in this book (hence why I consider it too ambitious). One layer is Quintá’s own biography, with his psychological problems. Another layer would be the influence of the intellectual world in the formation of power structures. Another layer would be the existence of evil. Diving into all these layers represents a titanic effort that I do not know if the author has fully achieved. To judge whether he has been fair to the biographer, I should make a titanic effort that I am not willing to make. I think that Quintá’s miserable ending makes it much easier for the author to present him as a monster throughout his entire life, not just at the end of it. It also occurs to me that throughout his life he has had happy and positive moments, although I don’t know.
I do not know if Quintá’s last opposition to the ‘procés’, or the accusations of privatization of healthcare by the ‘convergent’ world are treated fairly by the author. He somehow lets it perspire, although he does not say it explicitly, that they are part of his decadence as a person as he grows older and his psychological problems worsen.
The story is interesting, but it is awfully written. I am certain the author wrote in a flow, as he was speaking, but never read back: the text uses different tenses in the same line, so it becomes very difficult to understand if things did occured, where to occured, or just would have occured if… A pity. If he thought that was « modern style », I am sorry to say he is not yet able to innovate that way.

Being a friend of Pla or his squire or his servant knight ends up having more importance for Josep Quintà than being a husband and father.
Josep Pla has power. His power is being able to tell the truth. It is not political or economic power. Nor institutional. It is not the power of the fourth estate because that is a diminished power when there is no freedom of expression to be able to tell the truth. Pla’s power is intellectual. Soft and informal. He treasures it up and gives it away. He nurtures his experience, his readings and his sagacity. And that power calls out to others, because ideas, ultimately, act as the foundation where power is not transmitted but it is regenerated. For half a century Pla has seduced successive elites with that power. Catalan and not a few Spanish. Political, economic, cultural or journalistic elites. The place where Pla displays his seduction is a table where he eats and drinks and the axis is his words. With his gaze, unable to hide his emotions, and his speech, which could start from an anecdote and after a joke, Pla had the ability to make his interlocutor travel through time and transfer him to the memory of the century or to the heart of the world . Intellectual power is that of the influence of ideas.

Quintà approaches partisan options of the radical left, approaching some of the circles of the Red Flag organization. In the hangover of the French May, the revolutionary virus is also spreading among the anti-Franco opposition and infecting the work environment of the young editors of the encyclopedia. They were not alone against Francoism. They had liberal democracy as their enemy and in many cases their main model was Cuba or the People’s Republic of China, in addition to tuning in to the alter-world palpitations.
In these circumstances the mechanics of the company is a powder keg. If, on the one hand, many workers feel uncomfortable because they know they are working in favor of a banker like Pujol, on the other they try to choose the project to be a tool at the service of the revolution.
The debt with Banca Catalana does not stop increasing and, finally, the bank demands control of the company: they keep the shares, most of which belonged to Max Cahner, and are responsible for the management. In May the issue reaches the board of directors of Banca Catalana. The lawyer Francesc Cabana – the son of Florenci Pujol, founder of the entity and one of its main directors – exposes the numbers (red) and their viability is discussed. Either the project is abandoned, which is an economic drain, or it is assumed that its financing will basically depend on the bank. They bet on the second option Pujol and Francesc Cabana himself and is a majority on the board because he has the support of Pujol’s father —Florenci— and the perfumer businessman Joan B. Cendrós —founder of Òmnium Cultural—. But as we enter this new phase, that is, as Pujol’s influence increases, the tensions in daily work are even more electric. The most radical editors push for continuous strikes. Quintà, whom most consider clever, unfriendly and contemptuous, is an active picket line.

Thanks to the good relationship that during that year on the air he has built with Sentís – the director of Radio Barcelona -, Quintà receives a commission that will catapult him to one of the most influential positions in Catalan journalism of the moment.
Alfons Quintà is now thirty-one years old. He weaves, for the first time, a network of contacts that is already his. It is not his father’s. In his favor, he has the memory of what he has seen and heard since he was a child. There is not a single journalist of his generation who knows like him how power has developed in Catalonia during the post-developmental war. His public face and his private cross. He is aware of that past and reads the best foreign press, has an interest in international politics and contacts, fervor and ambition. He is recognized as one of the journalists of change and has a list of key names and telephone numbers. It is now that he is no longer seen as the driver’s son.
The summer of 1975 Quintà is a successful journalist. Dietari gives him fame and prestige. His name then appears in the media of the Congrés de Cultura Catalana – the forum where rupturism writes the white paper on the institutionalization of Catalonia. He goes as a correspondent to the Cannes Film Festival and writes a chronicle for Presència (in addition to taking the photos that illustrate the page). He talks about politics, the official section and others where more interesting films are shown.
At the end of the seventies, the Quintà that shines acts with some impunity. He hardly cares about marking distances with Tarradellas, despite having bet on him. Tarradellas, who interprets people well, confirms it instantly: «He’s not the one from before,» he points out in his diary, «he’s kind, but he’s not the same.» The difference is that he is giving free rein to a behavior without much restraint because he knows that in his favor he has an instrument of power: a communication medium that is achieving what it had proposed, taking the temperature of the process of political change on a daily basis. And nobody wants to break the relationship with him. Having El País for or against then is essential to gain prestige in the public debate because there is the fourth power, but there is still no democratic political power.
Quintà knows how to take advantage of that position. He knows that others know that it is better to try to maintain a good relationship with him than to antagonize.
Tuesday April 29, 1980. Alfons Quintà, thirty-seven years old, signs two news items published in that edition. In one, he announced that Josep Tarradellas would not attend the official inauguration of Jordi Pujol. The other was a report, signed together with Carlos Humanes, that fit perfectly with the profile of a reporter described by Miravitlles. It’s not cover story, but it could have been. It’s about economics, but it’s posted on the politics pages. It had to be the first installment of a series. Only that article will be published, but with that page the legend of it begins. In the direction of Madrid it seems good to them. He unlocks a pin from Jordi Pujol’s card that he keeps in his office. A news item can illuminate a time. Diagnose the pathology of a society and discover how it is projected into the author’s psychopathy. An exclusive may be an attempted patricide.

It had been four years since that article in which he denounced the situation of Banca Catalana and shot Jordi Pujol. That report, which was the first in a series that was stopped by political and economic pressure, could have made him the great journalist of democracy in Catalonia. He could have had the Watergate from him. But he himself took it upon himself to hide it. It closed the circle and the myth was enclosed within it. The tragic paradox of his life is that his obsession with the myth, which will take more than twenty years to try to destroy again, ended up destroying him. He has begun to slide down the line of the parable of his life.
Quintà shoots, but no longer from the aircraft carrier of 1980 or with the force that he had when he was recognized as one of the best-informed Catalan journalists. No longer. Because the image that remains of him as a journalist is that of a man who attacked power and whom power bought. The mirror where Quintà can discover how he is seen by society is placed before him two days later by the article «El Mundo de Quintà» that appears unsigned in La Vanguardia, but whose authorship no one doubts: Juan Tapia.
Tapia’s blow knocks him down because it strips him. He had attacked him because of his character and had blacked out the contradiction in which Quintà had begun to consume his prestige as a journalist from the moment he entered TV3: he, who had presented himself as someone who attacked power through fourth power, had merged with power. That drift would take him further and further away from professional respectability because his last chance to be who he wanted to have been had only been possible because he was willing to serve spurious interests that were paying him through corruption. Since then, Quintà, no matter how many calls he kept making at any time and no matter how good sources he kept, has become a second-rate figure in Catalan public life. A collaborator like any other. One more pen and no more. Past. At best, a debased myth.

This is how Quintà lives, captive of realities that are confused with his delusions and with bankrupt prestige, until Friday, July 25, 2014. He is seventy years old. Jordi Pujol releases a statement where he confesses to having been a tax fraudster for decades. His father Florenci had open accounts abroad, with a lot of undeclared money. The origin of that money, according to the statement, was his participation in the business of obtaining foreign exchange on behalf of the Catalan textile manufacturers. That financial operation of which he was an instrument and whose main brain had been Ortínez. At an undetermined moment, perhaps during the second half of the 1970s, Florenci Pujol believed that his son’s political commitment could end the fortune he had thanks to Banca Catalana and, to avoid his ruin, he decided to leave that money abroad to his son, but it was for his daughter-in-law and for his grandchildren. That money, at last, had been regularized, but the delay in complying with the treasury had contaminated his own family with corruption.
That Friday a friend calls Quintà. He explains what Pujol has communicated. And suddenly it’s like everything makes sense. It was true. It’s now or never. The advent of Tangentopoli has arrived. It seems to him that the Pujol case – the case of his life – is solved. If he succeeds in killing the father, at last, he can redeem himself. On Saturday he writes his first article on the Pujol case. It is published on Sunday 27.
ON FRIDAY, PUBLICLY, «THE BANALITY OF EVIL»
On April 12, 1945, the then president of the United States, Franklin D. Roosevelt, died. The vast majority of North Americans who were adults at that time still remember exactly what they were doing at the precise moment that this happened …
Over the years, a clan model of power was created, let’s say judicially interesting and finally newsworthy. The Catalan Banking case has helped me to understand the basis of the Catalan health drama, the current founding and organizational confusion of the Mossos and, of course, the Catalan public media system. At his birth I had responsibilities. Regarding these, I have written several times that «I feel ashamed for having participated in it and I apologize if my name served to deceive someone.» It didn’t take me thirty-four years to do it.
But it is both saying and not saying. We continue to be sick of a hegemonic lyricism …

Quintà, which is already history and is dark history, lives in a dying consciousness. He has become a chronicler of intimate terror confused with the politics of the moment. He takes up the usual themes, health and pujolismo, but he projects his own decadence on them and more and more his syntax shows that his mind does not control his speech.
«We can have a Catalonia of cemeteries. But I don’t think this distresses Mas. He wants to reign. Although he is among the dead. I’ve been writing for months that Mas embodies Thanatos. The facts prove it, every day more and better. » Thus ends a ghostly, gloomy and depressing article. Nobody seems to care. Public health has been destroyed and nobody publishes articles to denounce it. The suicide rate is increasing and nobody is wondering what that number implies.
Two days later he published an article entitled «La mentida i la veritat avui en el matrimoni». It is a chaotic text, which ends with references to Artur Mas and the lie, but at the center of which is present an extemporaneous reflection on the crisis of the marriage institution. It is a meaningless writing, where he no longer manages to avoid the shameless exposition of his own crisis. He talks about a marriage that has lived together for twenty-six years and that is breaking down because she accuses him of having been unfaithful. It’s false, she says, but she can’t do anything. Everyone laughs at him, even her, and the lie sets in because everything is a lie.
Those who left never returned. She couldn’t get revenge. She tried to forget them while accumulating so much resentment that he was blind to understand why no one wanted to live with him. But Victòria returned to take care of him and, precisely because of her gesture of humanity, he can take revenge on her.
He tries to disguise his sick drive for revenge with the perverse justification of a psychopath who is unable to empathize with the feelings of others. She sleeps in the bed where they slept together for so many years. She has a gun at home. A hunting shotgun. Fifty years ago he did target practice because he felt like a revolutionary willing to sacrifice himself for the good of humanity. He now he alone is possessed by evil. He does not even know the degree of misery he has reached. He doesn’t have the courage to free her from the monster that he is. He won’t let her go. He will not forgive you for taking care of her. Kill yourself. He fires a single shot at her. Neighbors hear the dry noise.
Alfons Quintà shoots himself in the face. Neighbors hear the second shot.

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