La Convulsión Globótica: Globalización, Robótica Y El Futuro Del Trabajo — Richard Baldwin / The Globotics Upheaval: Globalisation, Robotics and the Future of Work by Richard Baldwin

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Hay algunos puntos realmente interesantes en el libro, pero la mayoría es información secundaria de los estudios de Mackinsey o el trabajo de Blinder, etc. Creo que es muy útil para articular la rapidez de los cambios recientes, pero no es tan bueno para pronosticar el futuro. La primera mitad del libro es excelente; la segunda mitad es solo una regurgitación de un montón de otros libros y pensadores: Haidt, Pinker, Gladwell. Todos los hombres por cierto, haciendo los mismos puntos aburridos. Tal vez sea solo yo, pero estoy harto de estos «grandes pensadores» que solo leen el trabajo de los demás y hablan entre ellos. En todo el libro sobre el futuro del trabajo y cómo la robótica se hará cargo de los trabajos, el enfoque principal en el trabajo fue la fabricación. ¿Qué pasa con todo el sector del «trabajo de mujeres»? El trabajo de cuidado como el cuidado de niños y ancianos no será asumido por robots (y los datos en el libro de Baldwin lo respaldan), pero es casi como si Baldwin y los otros grandes pensadores no pueden, en sus momentos más imaginativos, no imaginarse simplemente pagando a las personas por hacer eso. Prefieren ir a una RBU o capacitar a más programadores de computadoras en lugar de simplemente compensar este trabajo esencial.
Baldwin desafía nuestras suposiciones del pasado, presente y futuro al mostrar cómo la maquinaria electrónica y el uso descontrolado de computadoras por parte de conglomerados gigantes (Google, Facebook o Amazon) están alterando y alterarán aún más el tejido social. Al analizar el llamado de Yang de un pago básico mínimo para todos los ciudadanos, además de los salarios ganados, el autor obliga a los lectores a enfrentar hechos de automatización, resistencia, disrupción política y destrucción de la red de seguridad social, ya que cada vez menos élites se benefician de la transformación del trabajo por mano de obra extranjera y robots domésticos.
Léalo y llore, o participe en la creación de un futuro mejor, que Baldwin cree que somos capaces de lograr si nos enfrentamos a la brutal verdad del gigante tecnológico que ahora solo estamos comenzando a experimentar.

Una forma de IA llamada «aprendizaje automático» ha procurado a los ordenadores destrezas que no tenían antes: la capacidad, por ejemplo, de leer, escribir, hablar o reconocer patrones sutiles. Y resulta que algunas de estas nuevas habilidades son útiles en las oficinas, con lo cual los robots de cuello blanco pasan a ser feroces competidores por determinados empleos administrativos.
La combinación de esta nueva forma de globalización y esta nueva forma de robótica –que denominamos «globótica»– es efectivamente algo nuevo.
La diferencia más evidente es que está afectando a personas que trabajan en el sector de los servicios y no en los sectores agrícola o industrial. Esto es muy importante, pues en la actualidad la mayoría de las personas están empleadas en el sector terciario. Otras diferencias son menos obvias si bien no menos importantes.
La automatización y la globalización tienen una tradición secular. La globótica es distinta por dos razones de peso: está llegando con una rapidez brutal y parece increíblemente injusta.
La globótica está avanzando a un ritmo explosivo dado que nuestra capacidad para procesar, transmitir y almacenar datos está creciendo exponencialmente. Pero, ¿qué significa «explosivo»? Según los científicos, una explosión es la inyección de energía en un sistema a un ritmo que sobrepasa su capacidad para adaptarse. Esto origina un aumento local de la presión, y –si el sistema no está confinado o el confinamiento se puede romper– se desarrollan ondas de choque que se propagan hacia fuera. Estas ondas pueden recorrer «distancias considerables antes de disiparse», tal como se describía fríamente en una definición científica la devastadora onda expansiva.
La globótica está inyectando presión en nuestro sistema socio-político-económico (mediante el desplazamiento del empleo) más deprisa de lo que el sistema puede absorberla (mediante la sustitución del empleo).
La competencia de los robots de software y los telemigrantes parece tremendamente desleal. Por eso a los populistas les resultará fácil describir a los globots como trucos sin escrúpulos de las grandes empresas por debilitar el poder de negociación de los trabajadores norteamericanos y europeos del sector servicios.
Debido a la lógica de la competencia en el lugar de trabajo, la propia existencia de telemigrantes y ordenadores cognitivos socavará los logros sociales y los salarios.

La dirección del recorrido de la globótica no tiene nada de malo; los problemas derivan de la velocidad y la injusticia del proceso. Los gobiernos han de ayudar a los trabajadores a adaptarse al desplazamiento de los empleos; y si el ritmo resulta ser demasiado elevado, hay que frenarlo.
El primer paso es potenciar las políticas que facilitan la adaptación de la gente. No hace falta implantar medidas nuevas, sino solo ampliar las estrategias que ya han funcionado en Europa: por ejemplo, programas de reciclaje profesional, ayudas económicas y apoyo a la reubicación.
El segundo paso consiste en encontrar la manera de que el desplazamiento del empleo sea políticamente aceptable para una mayoría de votantes.

Entre la globalización vieja y la nueva destacan sobre todo cuatro diferencias: el impacto de la globalización acabó siendo más individual, más súbito, más incontrolable y más imprevisible.
Era más individual al no producirse solo dentro de sectores o familias profesionales. Durante la Gran Transformación, la globalización se hizo sentir al nivel de sectores, pongamos, semiconductores o maquinaria para movimiento de tierras. Esto fue
así porque la competencia foránea apareció en forma de productos fabricados en sectores determinados. Además, como algunos tipos de mano de obra –digamos, la no cualificada– eran más importantes en unos sectores que en otros, el impacto de la globalización tendió a ser desigual en esas familias profesionales.
Con la nueva globalización, la competencia y las oportunidades adicionales pueden beneficiar o perjudicar a los trabajadores en una fase de la producción mientras ayudan a otros en otras fases en la misma empresa. Dicho de otra manera, la nueva globalización funcionaba con un grado de resolución más fino. Generaba ganadores y perdedores como antes, pero estos no se alineaban tan claramente con sectores ganadores y perdedores, o con familias profesionales ganadoras y perdedoras. La competencia y las nuevas oportunidades eran más individuales. Y además estaba la velocidad.
Otro rasgo definitorio de esta nueva globalización es que era menos controlable. Los gobiernos contaban con numerosos instrumentos para supervisar el paso de mercancías y personas por las fronteras, pero muy pocos para controlar el paso de conocimientos. Y como era el avance de las TIC lo que impulsaba esta globalización nueva, los gobiernos disponían de pocas herramientas viables para controlar ese ritmo.
Por último, la nueva globalización era más imprevisible. Desde la década de 1990, ha sido difícil saber qué fases del proceso manufacturero serán las próximas en ser objeto de deslocalización. Estos cambios en el carácter de la globalización crearon una sensación generalizada de vulnerabilidad en las economías avanzadas. En el sector de las manufacturas, nadie podía estar realmente seguro de que su empleo no sería el siguiente en verse afectado.

La tecnología digital ha iniciado un nuevo proceso de cuatro pasos: transformación, convulsión, reacción contraria y resolución. El primero, la transformación económica, ya está en marcha y recibe el impulso del ya familiar dúo dinámico del cambio económico: automatización y globalización.
La Transformación Globótica difiere de las anteriores en dos aspectos importantes; el primero es la dimensión. Donde el impacto digitecnológico se hará notar más es en el sector servicios. Como la mayoría de las personas trabajan en dicho sector, el efecto en las sociedades será mucho mayor que la Transformación de los Servicios, que desbarató sobre todo el sector industrial. Incluso en el momento álgido de la industria, menos de una tercera parte de los trabajadores estaban encuadrados en ese sector, por lo que las consecuencias sociales, bien que traumáticas, se limitaron a un porcentaje relativamente reducido de trabajadores. Esta vez el impacto se dejará sentir de una manera mucho más amplia.
La segunda gran discrepancia es la cronología. A diferencia de la transformación que experimentamos en los siglos xix y xx , los dos miembros del dúo dinámico –automatización y globalización– están entrando en acción al mismo tiempo; por eso está la palabra «globótica» en el título de este libro. Hemos de dejar de preguntarnos si el impacto económico se debe ante todo a la globalización o a la automatización. La globalización y la robótica son ahora hermanos siameses, impulsados por la misma tecnología y al mismo ritmo.
En las dos transformaciones pasadas, los impulsos tecnológicos introdujeron nuevas formas de automatización mucho antes de poner en marcha formas nuevas de globalización.
Los globots –es decir, la globalización resultante de los telemigrantes y los ordenadores cognitivos en forma de robots de cuello blanco– están impulsando una nueva transformación. Esta versión nueva del viejo dúo disruptivo –automatización y globalización– no será plácida. Muchas ocupaciones que estuvieron a salvo del dúo ahora están sometidas tanto a la globalización como a la automatización. Muchos de estos empleos son de oficina; y los resultados serán más bien nefastos.
Estos cambios no eliminarán muchas ocupaciones, pues la mayoría de las actividades laborales incluyen algunas cosas de las que no pueden encargarse ni los robots de cuello blanco ni los telemigrantes. Sea como fuere, la Transformación Globótica seguramente reducirá el número de puestos de trabajo en muchas de las ocupaciones del sector servicios más habituales de hoy día. La digitecnología también está creando algunos empleos, pero de manera indirecta y, por lo general, solo para trabajadores con destrezas específicas.
Esto significa que la disrupción, la sustitución y la consternación experimentadas por los trabajadores fabriles desde 1973 pronto serán compartidas por muchos trabajadores de cuello blanco. Dado el trepidante ritmo del progreso digitecnológico, estos cambios alterarán de forma radical los empleos profesionales y del sector servicios más deprisa de lo que la globalización trastocó la industria en el siglo XX y la agricultura en el XIX.

El cambio es difícil, sobre todo cuando viene rápido y parece injusto: si la convulsión provoca reacciones radicales o violentas, será debido a la velocidad y la injusticia de los acontecimientos. Para que estas reacciones sean menos probables, los gobiernos deben ayudar a los trabajadores a adaptarse a cambiar de empleos, a promover la sustitución de empleos y, si el ritmo resulta demasiado elevado, ralentizarlo con nuevas regulaciones.
La ley de hierro de la globalización y la automatización es que el progreso significa cambio, y cambio significa dolor.
La mejor manera de abordar este problema es reforzando aquellas medidas que ayuden a las personas a adaptarse. Los gobiernos que quieran evitar rechazos explosivos han de encontrar la manera de mantener el respaldo político a los cambios. Deberán descubrir fórmulas para repartir los perjuicios y los beneficios.
Aunque las políticas redistributivas serán sin duda parte de la solución, supondrán un arreglo solo temporal teniendo en cuenta el modo en que la vida y la pertenencia de las personas a las comunidades están definidas por sus empleos. Las políticas de flexiguridad en Dinamarca son una buena inspiración para lo que es posible.
La flexiguridad danesa se basa en un triángulo de políticas. La primera consiste en permitir a las empresas despedir y contratar con facilidad. La segunda es una red de seguridad integral para los trabajadores que han perdido el empleo. Las prestaciones por desempleo son generosas, pero solo hasta niveles moderados; sustituyen aproximadamente el 90 % del salario pero solo hasta un máximo de unos dos mil dólares mensuales. La última son las políticas de «activación», que incluyen todo lo que puede ayudar a los trabajadores desplazados a encontrar un nuevo empleo. Estas políticas van desde la asistencia en la búsqueda de trabajo y el asesoramiento hasta el reciclaje profesional.

El reto es alcanzar este futuro de forma oportuna y feliz. Existe un riesgo muy real de que el paso de empleos no protegidos a empleos protegidos del sector servicios se produzca demasiado deprisa. El peligro es que las comunidades se sientan abrumadas y se opongan de manera destructiva. Si el enojo de los trabajadores desplazados de cuello azul se fusiona con el de los de cuello blanco a punto de verse desplazados, el resultado pueden ser reacciones violentas como las de la década de 1930.
Esta vez las cosas están moviéndose más deprisa. Todo saldrá bien a largo plazo, pero solo si nos aseguramos de que los avances globóticos se vayan produciendo a un ritmo humano y de que el consiguiente trastorno sea considerado por la mayoría como aceptable.
Es por eso por lo que es crucial darse cuenta de que el ritmo del progreso no puede establecerlo ninguna ley natural abstracta. Podemos controlar la velocidad de los cambios; contamos con las herramientas. Depende de nosotros.

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There are some really interesting points in the book, but most of it is secondary information from Mackinsey studies or Blinder’s work, etc. I think it’s very useful in articulating the rapidity of recent changes, but it’s not so great at prognosticating the future. The first half of the book is excellent; the second half is just a regurgitation of a bunch of other books and thinkers–Haidt, Pinker, Gladwell. All men by the way, making the same boring points. Maybe it’s just me, but I’m sick of these «big thinkers» who only ever read eachother’s work and talking to eachother. In the entire book about the future of work and how robotics will take over jobs, the primary focus on work was manufacturing. What about the entire sector of «womens work»? Care work like childcare and elder care will not be taken over by robots (and the data in Baldwin’s book support this), but it’s almost like Baldwin and the other big thinkers cannot in their most imaginative moments can’t picture just paying people to do it. They would rather go to a UBI or training more computer programmers rather than just compensating this essential labor.
Baldwin challenges our assumptions of the past, present and future by showing how electronic machinery and uncontrolled use of computers by giant conglomerates (Google, Facebook, or Amazon) is altering and will further disrupt the social fabric. By analyzing Yang’s call for a minimum basic payment to all citizens, in addition to earned wages, the author forces readers to face facts of automation, resistance, political disruption and destruction o the social safety net as ever fewer elites benefit from the transformation of work by overseas labor and domestic robots.
Read it and weep, or become engaged in creating a better future, which Baldwin believes we are capable of achieving if we face the brutal truth of the technological juggernaut we are now only starting to experience.

A form of AI called «machine learning» has given computers skills they didn’t have before: the ability, for example, to read, write, speak, or recognize subtle patterns. And it turns out that some of these new skills are useful in the office, making white-collar robots fierce competitors for certain white-collar jobs.
The combination of this new form of globalization and this new form of robotics – which we call «globotic» – is indeed something new.
The most obvious difference is that it is affecting people who work in the service sector and not in the agricultural or industrial sectors. This is very important, as most people are currently employed in the tertiary sector. Other differences are less obvious although not less important.
Automation and globalization have a centuries-old tradition. Globotics is different for two compelling reasons: it is arriving with brutal speed and it seems incredibly unfair.
Globotics is advancing at an explosive rate as our ability to process, transmit and store data is growing exponentially. But what does «explosive» mean? According to scientists, an explosion is the injection of energy into a system at a rate that exceeds its ability to adapt. This causes a local increase in pressure, and – if the system is unconfined or the confinement can be broken – shock waves develop and propagate outward. These waves can travel «considerable distances before dissipating», as the devastating blast wave was coldly described in a scientific definition.
Globotics is injecting pressure into our socio-political-economic system (by displacing employment) faster than the system can absorb it (by substituting employment).
Competition from software bots and telemigrants seems wildly unfair. That’s why populists will find it easy to describe globots as unscrupulous tricks by big business to weaken the bargaining power of American and European service workers.
Due to the logic of competition in the workplace, the very existence of telemigrants and cognitive computers will undermine social achievement and wages.

There is nothing wrong with the direction of the globe’s travel; the problems stem from the speed and injustice of the process. Governments must help workers adapt to displacement of jobs; and if the pace turns out to be too high, you have to slow it down.
The first step is to promote policies that make it easier for people to adapt. It is not necessary to introduce new measures, but only to expand the strategies that have already worked in Europe: for example, professional retraining programs, financial aid and support for relocation.
The second step is to find a way to make job displacement politically acceptable to a majority of voters.

Between the old and the new globalization, four main differences stand out: the impact of globalization ended up being more individual, more sudden, more uncontrollable and more unpredictable.
It was more individual as it did not occur only within sectors or professional families. During the Great Transformation, globalization was felt at the level of sectors, say, semiconductors or earthmoving machinery. This was
This is because foreign competition appeared in the form of products manufactured in certain sectors. Furthermore, as some types of labor – say, the unskilled – were more important in some sectors than in others, the impact of globalization tended to be uneven in these professional families.
With the new globalization, competition and additional opportunities can benefit or harm workers in one phase of production while helping others in other phases in the same company. In other words, the new globalization worked with a finer degree of resolution. It generated winners and losers as before, but these did not align as clearly with winning and losing sectors, or with winning and losing professional families. Competition and new opportunities were more individual. And then there was the speed.
Another defining feature of this new globalization is that it was less controllable. Governments had many instruments to monitor the passage of goods and people across borders, but very few to control the passage of knowledge. And because it was the advancement of ICTs that was driving this new globalization, governments had few viable tools to control that pace.
Finally, the new globalization was more unpredictable. Since the 1990s, it has been difficult to know which phases of the manufacturing process will be the next to be relocated. These changes in the character of globalization created a general sense of vulnerability in advanced economies. In the manufacturing sector, no one could really be sure that their job would not be the next to suffer.

Digital technology has started a new four-step process: transformation, convulsion, backlash, and resolution. The first, economic transformation, is already underway and is fueled by the now familiar dynamic duo of economic change: automation and globalization.
The Globotic Transformation differs from the previous ones in two important aspects; the first is dimension. Where the digital technology impact will be most noticeable is in the services sector. As the majority of people work in this sector, the effect on societies will be much greater than the Transformation of Services, which destroyed the industrial sector above all. Even at the peak of the industry, less than a third of workers were in that sector, so the social, rather than traumatic, consequences were limited to a relatively small percentage of workers. This time the impact will be felt in a much broader way.
The second big discrepancy is the chronology. Unlike the transformation we experienced in the nineteenth and twentieth centuries, the two members of the dynamic duo – automation and globalization – are springing into action at the same time; that is why there is the word «globotic» in the title of this book. We must stop wondering if the economic impact is due primarily to globalization or automation. Globalization and robotics are now Siamese twins, driven by the same technology and at the same pace.
In the past two transformations, technological impulses introduced new forms of automation long before new forms of globalization were set in motion.
Globots – that is, the globalization resulting from telemigrants and cognitive computers in the form of white-collar robots – are driving a new transformation. This new version of the old disruptive duo – automation and globalization – will not be placid. Many occupations that were safe from the duo are now subjected to both globalization and automation. Many of these jobs are clerical; and the results will be rather dire.
These changes will not eliminate many occupations, as most work activities include some things that neither white-collar robots nor telemigrants can handle. Be that as it may, the Global Transformation is sure to reduce the number of jobs in many of today’s most common service sector occupations. Digital technology is also creating some jobs, but indirectly and usually only for workers with specific skills.
This means that the disruption, substitution, and dismay experienced by factory workers since 1973 will soon be shared by many white-collar workers. Given the rapid pace of digital technology progress, these changes will radically alter professional and service sector jobs faster than globalization disrupted industry in the 20th century and agriculture in the 19th.

Change is difficult, especially when it comes quickly and seems unfair: if the upheaval provokes radical or violent reactions, it will be due to the speed and injustice of events. To make these reactions less likely, governments must help workers adapt to changing jobs, promote job substitution, and, if the pace proves too high, slow it down with new regulations.
The iron law of globalization and automation is that progress means change, and change means pain.
The best way to tackle this problem is by reinforcing measures that help people adapt. Governments that want to avoid explosive rejections must find a way to maintain political support for the changes. They must discover formulas to distribute the damages and the benefits.
Although redistributive policies will undoubtedly be part of the solution, they will be a temporary fix only taking into account the way in which people’s lives and belonging to communities are defined by their jobs. The flexicurity policies in Denmark are a good inspiration for what is possible.
Danish flexicurity is based on a policy triangle. The first is to allow companies to fire and hire with ease. The second is a comprehensive safety net for workers who have lost their jobs. Unemployment benefits are generous, but only up to moderate levels; they substitute approximately 90% of the salary but only up to a maximum of about two thousand dollars a month. The last one is «activation» policies, which include everything that can help posted workers find a new job. These policies range from job search assistance and counseling to retraining.

The challenge is to reach this future in a timely and happy way. There is a very real risk that the shift from unprotected jobs to protected service sector jobs will happen too quickly. The danger is that communities will become overwhelmed and oppose destructively. If the anger of displaced blue-collar workers is fused with that of white-collar workers on the verge of being displaced, the result can be violent reactions like those of the 1930s.
This time things are moving faster. Everything will work out in the long run, but only if we make sure that globotic advances are proceeding at a human pace and that the ensuing upheaval is seen by the majority as acceptable.
This is why it is crucial to realize that the rate of progress cannot be set by any abstract natural law. We can control the speed of changes; we have the tools. It depends on us.

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