La Masa Enfurecida. Cómo Las Políticas De Identidad Llevaron Al Mundo A La Locura — Douglas Murray / The Madness of Crowds: Gender, Race and Identity by Douglas Murray

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Murray ha logrado identificar algunos de los componentes clave de la actual crisis de la mediana edad que están atravesando sectores de la izquierda relacionados con la sexualidad, el género, la raza y lo que él llama «Trans».
Él aclara perfectamente la sensación de que hay algo muy extraño en la hipersensibilidad en estos temas que comienza en el momento en que comenzaban a perder importancia.
También identifica algunas de las fuentes de las extrañas realidades que coexisten en la cultura occidental en este momento: una época en la que nunca hemos sido más liberados sexualmente y, sin embargo, estamos reconstruyendo un nuevo puritanismo con los mismos objetivos que aquel contra el que nos rebelamos hace 50 años. Nunca hemos sido menos racistas y, sin embargo, la gente de izquierda está hiperconcentrada en reesencializar las características raciales.
Ocasionalmente, seguir estos hilos puede llevar a Murray a algunos de los mismos matorrales que Jonathan Haidts, llevándonos en un recorrido por todos lo errático de PC demasiado familiares que conocemos y amamos: Evergreen, los christakeses, Rachel Dolezal, etc. Esto puede ser aburrido para aquellos de nosotros que hemos estado siguiendo estos asuntos, y puede usarse fácilmente como evidencia de que los «Quillette leyendo a los derechistas» están obsesionados con contar las mismas historias de «PC Gone Mad» de siempre. Sin embargo, Murray proporciona un contexto de por qué estas historias tienen un significado cultural genuino, y muestra que estas infecciones están teniendo lugar en los mismos lugares del «aparato de comprensión» de nuestra cultura. Descartarlos es como decir que un hombre con encefalitis está bien porque la infección se limita a su cerebro.
Como resultado, Murray está en su mejor momento cuando simplemente nos informa las cosas en las que algunas de estas personas realmente creen. Ya no es necesario cocinar historias de «Guerra contra la Navidad» para que la izquierda se vea mal. Solo necesita citar lo que dicen e informar de lo que hacen.
El capítulo trans vale el precio de la lectura solo, una investigación maravillosamente clara, verdaderamente liberal y compasiva sobre el tema para las personas que realmente intentan comprenderlo.

No voy a fingir que entiendo completamente sus proclives definitivos y prolijos. Y estoy absolutamente seguro de que gran parte de su determinación por lo que considero «homo sapiens» estructura de vida, atributos óptimos y entornos de vida, en oposición a lo que Douglas Murray considera como factores que determinan la «felicidad», son casi universalmente diferentes.
Pero teniendo todo eso en la mano, la locura de las multitudes y la multitud piensa en la educación, las estructuras corporativas, los deportes, los medios de comunicación, todos los cientos de otras categorías «conocer mejor» autoridad «ojos»? La locura es evidente y nunca más observable que en 2020.
Para mí, gran parte del análisis es como un largo gemido tras otro. Triste. Gente con cuerpo y sin alma. Y por eso necesitan categorizarse continuamente a la defensiva.
Estoy de acuerdo con aproximadamente el 75% de sus conclusiones. Es valiente y muy inteligente. Y puede reconocer la proyección y el miedo también por cómo se utilizan. Constantemente. Ver la felicidad, el orgullo o la lealtad como «en contra» de otra persona y no «a favor» del «nosotros» definitivo.
No es en absoluto lo que pensé que sería este libro. Pensé que se ocuparía más de la ira izquierdista en todo. Ahora siento que está casi por completo dentro del autodesprecio individual. Como si fuera a hacerte «más feliz» destruir la «felicidad» o la «paz» o los esfuerzos de otra persona. Porque le han enseñado que toda esa «satisfacción» obtenida o dada es simplemente un juego de suma cero. El éxito de otros es una garantía de que el menos exitoso ha sido «engañado».

Vivimos en la tiranía de la corrección política, en un mundo sin género, ni razas ni sexo y en el que proliferan las personas que se confiesan víctimas de algo (el heteropatriarcado, la bifobia o el racismo). Ser víctima es ya una aspiración, una etiqueta que nos eleva moralmente y que nos ahorra tener que argumentar nada.
La víctima no siempre tiene razón, no siempre tiene que caernos bien, no siempre merece elogio y, de hecho, no siempre es víctima».

Vivimos en tiempos de locura colectiva. Tanto en público como en privado, tanto en el mundo digital como en el analógico, las personas se comportan de un modo cada vez más irracional, frenético, rebañego y, en definitiva, desagradable. Las consecuencias de ello pueden constatarse a diario en las noticias, pero por más que veamos los síntomas, no alcanzamos a descubrir las causas.
Se han propuesto varias explicaciones. Estas tienden a achacar la culpa de toda esta locura a las elecciones o a los referéndums, pero no van a la raíz del asunto.
Durante el último cuarto de siglo, todos los grandes relatos se han venido abajo. Poco a poco, todos estos relatos han sido refutados, se han vuelto impopulares o se han convertido en algo imposible de defender. Las explicaciones religiosas de nuestra existencia fueron las primeras en esfumarse, aunque su descrédito empezó ya en el siglo XIX . A lo largo del siglo pasado, las esperanzas laicas preconizadas por todas las ideologías políticas siguieron la misma suerte que la religión. A finales del siglo XX entramos en la era posmoderna, una era que se define y ha sido definida por su desconfianza hacia los grandes relatos.

Hasta el momento, la idea de la «justicia social» ha sido la que ha cosechado mayor fortuna, ya que a primera vista puede parecer atrayente (y, en algunas de sus formulaciones, sin duda lo es).
Términos como «LGBTQ», «privilegio blanco» y «transfobia» han pasado de tener un uso marginal a convertirse en mayoritarios.
Si la creencia fuera que todas las personas tienen el mismo valor y merecen la misma dignidad, entonces todos podríamos estar de acuerdo. Pero si nos piden que creamos que no existe diferencia alguna entre homosexuales y heterosexuales, entre hombres y mujeres, entre racismo y antirracismo, con el tiempo esto se acaba convirtiendo en una distracción. Esa distracción —o locura de masas— es algo que nos atenaza y de lo que debemos liberarnos.
He aquí una más de las curiosas conclusiones a las que ha llegado nuestra cultura. En general, cuando alguien hace pública su homosexualidad se lo felicita por haber llegado a su destino natural. Para la mayoría de las personas, esto significa que la sociedad no ve ningún problema en que sean como son: han llegado al destino que para ellos era adecuado y natural. Lo curioso de esto que si un homosexual acaba decidiendo que es hetero, se verá sujeto a cierto grado de ostracismo y sembrará dudas acerca de si está siendo sincero consigo mismo. Cuando un hetero se declara gay, pone fin a un proceso. Cuando un gay se declara hetero, se vuelve objeto de sospechas. Nuestra cultura ha pasado de una marcada preferencia por la heterosexualidad a una ligera inclinación por la homosexualidad.

El mundo contemporáneo ha empezado a adoptar una moralidad cuyas bases se asientan en esta disputa y que puede interpretarse en términos de hardware contra software .
El hardware es algo que las personas no pueden cambiar y, por tanto, algo por lo que no deberían ser juzgadas. El software , en cambio, sí puede modificarse y es susceptible de juicio, incluido el juicio moral. De forma inevitable, un sistema como este hará presión para que las cuestiones de software se conviertan en cuestiones de hardware , entre otras cosas para despertar simpatías a favor de quienes se ven afectados por cuestiones del primer tipo.
En realidad, la homosexualidad está moralmente aceptada en pocos lugares y desde hace demasiado poco tiempo, lo cual impide extraer conclusiones a largo plazo, y tanto menos elaborar una teoría moral a partir de ella. Lo único cierto es que la pregunta de si es innata o electiva —hardware o software — tiene un potente efecto a la hora de granjearse o no la simpatía social. Si la homosexualidad se «elige», es decir, si se trata de un «comportamiento aprendido», entonces ha de ser hasta cierto punto posible desaprenderla o incluso presentarla de tal modo que no resulte una opción atractiva.
Nada justifica el odio ni la violencia hacia las personas, y tanto menos hacia los colectivos, pero entre la ecuanimidad absoluta y el deseo de atacar violentamente a alguien hay multitud de grados intermedios. Y la realidad es que algunos heterosexuales tienen la impresión de que las personas homosexuales ponen a prueba su paciencia.

Tomar a Hollywood o a la gente del cine como ejemplo de moralidad habría sido un error en cualquier época, y, no obstante, eso fue justamente lo que se pretendió hacer cuando en 2017 estalló el escándalo de Harvey Weinstein. Pese a todo, a su manera, las peculiaridades de la industria del entretenimiento siempre acaban sirviéndonos de espejo, y si bien no cabe descubrir en ellas ningún ejemplo de conducta, sin duda son un reflejo de la confusión propia de nuestros tiempos. Sobre todo de la confusión acerca de qué papeles pueden desempeñar —y qué papeles sabemos que pueden desempeñar— las mujeres en una época que parece fluctuar entre el libertinaje y la mojigatería sin encontrar un punto medio.
Una de las pocas personalidades de la industria del entretenimiento que se salió ligeramente del perímetro de la trinchera fue la actriz Mayim Bialik. En octubre de 2017, cuando estalló el #MeToo, Bialik suscitó algunas iras debido a un artículo aparecido en The New York Times en el que hablaba con franqueza de un gremio en el que había ingresado cuando era (según sus propias palabras) «una judía de once años, de nariz prominente, torpona y algo friki». La actriz explicaba que siempre se había sentido incómoda «trabajando para una industria que se lucra cosificando a las mujeres», que de joven había tomado decisiones más bien «conservadoras» y que, aconsejada por sus padres —estadounidenses de primera generación—, siempre se había andado con pies de plomo al tratar con la gente del sector. Todo esto, sumado a sus convicciones religiosas, la convertía, como ella misma admite, en una mujer atípica para lo que es habitual en Hollywood.
Desde luego, la trayectoria de Bialik ha sido atípica. Durante unos años, aparcó su carrera como actriz para sacarse un doctorado en neurociencias, y su primer papel destacado tras volver a ponerse delante de las cámaras fue en la comedia de situación The big bang theory.
Nada de esto significa que las mujeres no puedan hacer lo que les venga en gana con su cuerpo, ni que las famosas no puedan mostrarle los pechos a la gente para arrancarle unas risas o un poco de atención, ni que una mujer que le enseña los pechos a un hombre sea el equivalente de un hombre que le enseña el pene a una mujer. No obstante, es lícito decir que las mujeres —sobre todo, quizá, las más famosas y admiradas— envían mensajes bastante confusos. Decir «ambiguos» sería quedarse corto. Es más, estos mensajes más que ambiguos se manifiestan incluso en una persona como Bialik, que en general parece mantenerse al margen de toda esta borrasca.
La manera en que las campañas comerciales se dirigen a las mujeres dice mucho acerca de cuáles son las motivaciones de estas cuando creen que los hombres no miran. Pensemos en el sinfín de campañas publicitarias y de artículos en revistas femeninas que giran en torno a temas como hacer que al hombre «se le caiga la baba». Si los anuncios de automóviles o de artículos de afeitado dirigidos al público masculino sugiriesen que el producto anunciado hará que a las mujeres se les caiga la baba, no solo se los censuraría, sino que incluso podrían provocar rechazo entre los hombres. Google puede ayudarnos a este respecto. En inglés, si buscamos « make him drool » («que se le caiga la baba», referido a hombres), obtenemos como resultado cientos de artículos, anuncios y foros. Por el contrario, si buscamos «make her drool » (referido a mujeres), nos encontramos con una recua de artículos que van desde cómo evitar que se nos caiga la baba durante el sueño a por qué nuestro gato saliva en exceso.
Toda esta confusión se debe, en parte, al éxito abrumador de las dos primeras olas del feminismo y al hecho de que las que han llegado luego hayan manifestado claros síntomas del «síndrome de san Jorge jubilado».
Resulta complicado delimitar con exactitud el periodo de influencia de cada una de estas olas, ya que florecieron en diferentes lugares en momentos distintos. No obstante suele admitirse que la primera ola del feminismo fue la que empezó en el siglo XVIII y continuó, según algunos, hasta la obtención del derecho de sufragio…

Es posible que, a medida que aprendamos cómo funcionan las redes sociales, empecemos a utilizar buscadores configurados a la medida de nuestras necesidades, del mismo modo que la mayoría de las personas absorben tan solo las noticias que más o menos encajan con sus preferencias o su cosmovisión. O también podría ser que las empresas tecnológicas triunfen y que la visión de la realidad que nos imponen acabe siendo amplia o totalmente aceptada.
Puede que algunos de los usuarios del buscador más popular del mundo sospechen que algo está ocurriendo. Otros a lo mejor ya son plenamente conscientes de ello. Sin embargo, para la mayoría de las personas que a diario usan Google, Twitter o cualquier otro producto de las grandes tecnológicas tal vez todo se reduce a una sensación extraña: la de quien encuentra lo que no busca en virtud de un plan al que no se ha adherido y que persigue unos fines que a lo mejor el usuario no desea.

Actualmente, la investigación y el debate sobre el coeficiente intelectual se hallan en punto muerto. Dado que el saber podría beneficiar a los malos, este saber debe ser negado o prohibido.
Sea como fuere, nos encontramos ante la más importante de todas las cuestiones de hardware y software . Durante mucho tiempo, y por motivos vergonzosos, se creyó que la raza era una cuestión de hardware , acaso la más representativa. No por casualidad, tras los horrores de la Segunda Guerra Mundial el consenso se escoró hacia el lado contrario. La raza, quizá por necesidad, se convirtió en un constructo social, como todo lo demás. Porque si fuera una cuestión de hardware , en algún momento podríamos vernos metidos en un problema bien serio.
Parece que hemos vuelto a la retórica acalorada sobre la raza y a un gran crescendo de afirmaciones acerca de las diferencias raciales, justo cuando algunos esperábamos que esas diferencias, si es que las hay, terminarían desdibujándose. Algunos por resentimiento, otros por diversión, todos brincan encima de un suelo que poco a poco va cediendo. Y no tienen la menor idea de lo que se esconde debajo.
Lewis Hamilton en la portada y una larga entrevista con reportaje fotográfico en el interior. El piloto aparecía en todas las instantáneas —incluida la de la portada— vestido con una falda. Una chaqueta de tartán abierta dejaba a la vista la firmeza de sus pectorales y abdominales, y, en la parte de abajo, lucía una especie de falda escocesa de vivos colores. El titular que acompañaba a la imagen de la portada rezaba: «Quiero hacer las paces». He aquí el único método alternativo para obtener perdón. Si eres rico y famoso, puedes echar mano de tu equipo de relaciones públicas para aparecer en una revista vestido con una falda y postrarte ante los cambiantes dogmas del momento. Quizá no deba extrañarnos que cada vez más gente considere preferible dejarse llevar y acatar el dogma. Las preguntas no están permitidas, así que mejor no hacerlas.

El Gobierno escocés recomienda a las escuelas no informar a los padres de un menor de si su hijo desea cambiar de género. En un documento titulado «Supporting Transgender Young People» se sugiere asimismo que los alumnos deben participar en las actividades deportivas adoptando el género con el que se sientan cómodos y que sus padres no deben ser informados de si su hijo prefiere compartir dormitorio con las personas del sexo opuesto durante los viajes escolares. En otras partes de Gran Bretaña hay padres que aseguran haber asistido a reuniones de colegio en las que algún profesor se refería a su hijo con el género «equivocado».
Si la L, la G y la B de las siglas LGBT ya eran elementos endebles, la última de estas letras es la más inestable de todas. Gais, lesbianas y bisexuales son entidades difusas, pero lo trans sigue siendo poco menos que un misterio y sus consecuencias son las más extremas. El problema no reside en que exijan igualdad de derechos (casi nadie cree que a alguien deba negársele tal cosa), sino en sus asunciones y presupuestos. La exigencia de que todo el mundo tenga que adaptarse al uso de nuevos pronombres genéricos y a la presencia de personas del sexo opuesto en los baños no es más que uno de sus extremos más frívolos. Mucho más seria es la exigencia de fomentar que los menores se sometan a una intervención médica por motivos tan formidablemente confusos y a edades cada vez más tempranas. A finales de 2018, los tribunales condenaron a una doctora galesa que trabajaba en una clínica de género privada por ofrecer sus servicios de forma ilegal. Su clínica administraba hormonas sexuales a menores de hasta doce años.
El problema aquí no es la discrepancia, sino la certeza, la espuria certeza con la que un problema increíblemente complejo se presenta como si fuera la cosa más sencilla y comprensible del mundo.

Quienes defienden la justicia social, la política identitaria y la interseccionalidad sugieren que vivimos en sociedades racistas, sexistas, homófobas y tránsfobas. Aseguran que todas estas formas de opresión están entrelazadas y que si aprendemos a identificar y destejer esta trama, lograremos acabar por fin con la opresión bajo la cual vivimos. Lo que tenga que ocurrir después no está muy claro. A lo mejor la justicia social es un estado en el que todo permanece estable. O a lo mejor habrá que seguir en alerta constante. Difícilmente lo sabremos.
En primer lugar, porque esas opresiones entrelazadas no se imbrican de forma nítida, sino que chocan y chirrían unas con otras e incluso consigo mismas. Más que atenuar la fricción, la producen. Más que promover la paz de espíritu, exacerban la tensión y la locura colectiva.
Sin duda, podemos desear una sociedad en la que nadie quede relegado por razón de los rasgos personales que le han tocado en suerte. Si alguien posee la competencia y el deseo de hacer algo, ni su raza ni su sexo ni su orientación sexual deberían impedírselo. Ahora bien, minimizar las diferencias no es lo mismo que fingir que estas no existen. Pretender que el sexo, la sexualidad y el color de la piel no significan nada sería ridículo. Pero pretender que lo son todo sería nefasto.

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Murray has succeeded in identifying some of the key components of the current midlife crisis that sections of the left are undergoing relating to sexuality, gender, race and what he calls «Trans» .
He perfectly elucidates he creeping feeling that there is something very strange about hypersensitivity on these issues beginning at just the moment when they were beginning to fade in importance.
He also identifies some of the sources for the strange realities that coexist in western culture at the moment : a time when we have never been more sexually liberated and yet are reconstructing a new Puritanism with the same goals as the one we rebelled against 50 years ago. We have never been less racist and yet left wing people are hyperfocused on reessentialising racial characteristics.
Occasionally following these strands can lead Murray into some of the same thickets as Jonathan Haidts Coddling of the American Mind, taking us on a tour of all the overfamiliar PC wigouts we know and love: Evergreen, the christakeses, Rachel Dolezal etc. This can be boring for those of us who’ve been following these matters, and can easily be used as evidence that the «Quillette reading right wingers» are obsessed with recounting the same «PC Gone Mad» stories as ever. However Murray does provide some context as to why these stories are of genuine cultural significance, and shows that these infections are taking place at the very loci of our culture’s «sense making apparatus». Dismissing them is like saying a man with encephalitis is fine because the infection is confined to his brain.
As a result Murray is at his best when he simply reports to us the things that some of these people actually believe. No «War on Christmas» stories need to be cooked up to make the left look bad anymore. He only needs to quote what they say and report what they do.
The trans chapter is worth the price of admission alone, and as a wonderfully clear minded, truly liberal and compassionate investigation into the issue for people actually attempting to understand it.

I won’t pretend I understand completely his verbose definitive proclivities. And I’m absolutely sure much of his determination for what I consider «homo sapiens» life structure optimal attributes and living environments as opposed to what Douglas Murray considers as factors that determine «happy» are almost universally different.
But taking all that in hand, the madness of crowds and crowd think in education, corporate structures, sports, media, all the 100’s of other category «know better» authority «eyes»? The madness is evident and never more observable than in 2020.
To me, much of the parsing is like one long whine after another. Sad. People with bodies and no souls. And because of that needing to categorize themselves continually defensively.
I agree with about 75% of his conclusions. He is brave and highly intelligent. And can recognize projection and fear mongering too for how they are used. Constantly. Seeing happiness or pride or loyalty as «against» someone else and not «for» the ultimate «we».
It’s not at all what I thought it would be, this book. I thought it would deal more with Leftist Anger about everything. I now feel that is almost entirely set within individual self-loathing. As if it will make you «happier» to destroy someone else’s «happiness» or «peace» or efforts. Because you’ve been bottom line taught all of that «satisfaction» gained or given is merely a zero sum game. Others’ success being a surety that the less successful has been «gypped».

We live in the tyranny of political correctness, in a world without gender, races or sex and in which people who admit to being victims of something (heteropatriarchy, biphobia or racism) proliferate. Being a victim is already an aspiration, a label that elevates us morally and saves us from having to argue anything.
The victim is not always right, we do not always have to like him, he does not always deserve praise and, in fact, he is not always a victim.

We live in times of collective madness. Both in public and in private, in both the digital and analog worlds, people behave in an increasingly irrational, frantic, herd and ultimately unpleasant way. The consequences of this can be seen daily in the news, but no matter how much we see the symptoms, we cannot discover the causes.
Various explanations have been proposed. They tend to put the blame for all this insanity on elections or referendums, but they don’t get to the root of the matter.
During the last quarter century, all the great stories have fallen apart. Little by little, all these accounts have been refuted, have become unpopular or have become something impossible to defend. Religious explanations of our existence were the first to fade, although their discredit began as early as the 19th century. Throughout the past century, the secular hopes advocated by all political ideologies followed the same fate as religion. At the end of the 20th century we entered the postmodern era, an era that is defined and has been defined by its distrust of great stories.

So far, the idea of «social justice» has been the one that has garnered the greatest fortune, as at first glance it may seem attractive (and, in some of its formulations, it certainly is).
Terms like «LGBTQ», «white privilege» and «transphobia» have gone from having a marginal use to becoming majority.
If the belief were that all people have the same value and deserve the same dignity, then we could all agree. But if you ask us to believe that there is no difference between gays and heterosexuals, between men and women, between racism and anti-racism, over time this becomes a distraction. This distraction – or mass madness – is something that grips us and from which we must free ourselves.
Here is one more of the curious conclusions that our culture has reached. In general, when someone goes public about their homosexuality, they are congratulated on having reached their natural destination. For most people, this means that society sees no problem with who they are: they have reached the destination that was right and natural for them. The funny thing about this is that if a homosexual ends up deciding that he is straight, he will be subjected to a certain degree of ostracism and will sow doubts about whether he is being honest with himself. When a straight man declares himself gay, he ends a process. When a gay man comes out straight, he becomes an object of suspicion. Our culture has gone from a strong preference for heterosexuality to a slight inclination for homosexuality.

The contemporary world has begun to adopt a morality that is based on this dispute and that can be interpreted in terms of hardware versus software.
Hardware is something that people cannot change and therefore something they should not be judged by. Software, on the other hand, can be modified and is subject to judgment, including moral judgment. Inevitably, such a system will push for software issues to become hardware issues, among other things to arouse sympathy for those affected by issues of the first kind.
In reality, homosexuality has been morally accepted in few places and for too little time, which prevents drawing long-term conclusions, much less developing a moral theory from it. The only certainty is that the question of whether it is innate or elective — hardware or software — has a powerful effect on whether or not it is socially sympathetic. If homosexuality is «chosen,» that is, if it is a «learned behavior,» then it must be to some extent possible to unlearn it or even present it in such a way that it is not an attractive option.
Nothing justifies hatred or violence towards people, and even less towards groups, but between absolute equanimity and the desire to violently attack someone there are many intermediate degrees. And the reality is that some heterosexuals have the impression that homosexual people test their patience.

Taking Hollywood or movie people as an example of morality would have been a mistake at any time, and yet that was exactly what it was intended to do when the Harvey Weinstein scandal broke out in 2017. In spite of everything, in their own way, the peculiarities of the entertainment industry always end up serving us as a mirror, and although no example of behavior can be discovered in them, they are undoubtedly a reflection of the confusion typical of our times. Especially the confusion about what roles women can play — and what roles we know they can play — in an age that seems to fluctuate between debauchery and prudishness without finding a middle ground.
One of the few personalities in the entertainment industry who stepped slightly outside the perimeter of the trench was actress Mayim Bialik. In October 2017, when #MeToo broke out, Bialik sparked some anger over an article in The New York Times in which she spoke candidly about a union she had joined when she was (in her own words) ‘a Jew eleven years old, with a prominent nose, clumsy and a little geek. » The actress explained that she had always felt uncomfortable «working for an industry that profits by objectifying women,» that as a young woman she had made rather «conservative» decisions and that, advised by her parents – first-generation Americans -, she always took he had walked with lead in dealing with the people of the sector. All this, added to her religious convictions, made her, as she admits, an atypical woman for what is usual in Hollywood.
Of course, Bialik’s trajectory has been atypical. For a few years, she put her acting career on hold to earn a Ph.D. in neuroscience, and her first breakout role after getting back in front of the cameras was in the sitcom The Big Bang Theory.
None of this means that women can’t do whatever they want with their bodies, or that famous women can’t show people their breasts to get a laugh or a little attention, or that a woman who teaches them breasts to a man is the equivalent of a man showing his penis to a woman. However, it is fair to say that women – above all, perhaps, the most famous and admired – send rather confusing messages. To say «ambiguous» would be an understatement. What’s more, these more than ambiguous messages are manifested even in a person like Bialik, who generally seems to stay out of all this squall.
The way in which commercial campaigns target women says a lot about what their motivations are when they believe that men are not looking. Think of the myriad of ad campaigns and articles in women’s magazines that revolve around topics like making a man «drool.» If advertisements for cars or shaving supplies aimed at male audiences suggested that the advertised product would make women drool, they would not only be censored but could even provoke rejection among men. Google can help us in this regard. In English, if we search for «make him drool» («make him drool», referring to men), we get hundreds of articles, announcements and forums. On the contrary, if we search for «make her drool» (referring to women), we find a number of articles that range from how to avoid drooling during sleep to why our cat salivates excessively.
All this confusion is due, in part, to the overwhelming success of the first two waves of feminism and the fact that those that followed have manifested clear symptoms of the «retired Saint George syndrome.»
It is difficult to precisely delineate the period of influence of each of these waves, since they flourished in different places at different times. However, it is generally accepted that the first wave of feminism was the one that began in the eighteenth century and continued, according to some, until the right to vote …

It is possible that, as we learn how social networks work, we will begin to use search engines configured to suit our needs, in the same way that most people absorb only the news that more or less matches their preferences or their worldview. Or it could also be that technology companies succeed and that the vision of reality they impose on us ends up being widely or fully accepted.
Some of the users of the most popular search engine in the world may suspect that something is happening. Others may already be fully aware of it. However, for most of the people who use Google, Twitter or any other big technology product on a daily basis, perhaps it all boils down to a strange feeling: that of someone who finds what they are not looking for by virtue of a plan they do not It has joined and that it pursues purposes that the user may not want.

Currently, the research and debate on IQ is at a standstill. Since knowledge could benefit the bad, this knowledge must be denied or prohibited.
Be that as it may, we are faced with the most important of all hardware and software issues. For a long time, and for shameful reasons, race was believed to be a matter of hardware, perhaps the most representative. Not by chance, after the horrors of World War II, the consensus heeled to the opposite side. Race, perhaps out of necessity, became a social construct, like everything else. Because if it were a hardware issue, at some point we could find ourselves in a very serious problem.
We seem to have returned to heated rhetoric about race and a great crescendo of claims about racial differences, just as some of us expected that those differences, if any, would end up blurring. Some out of resentment, others out of fun, all jump on a ground that is slowly giving way. And they have no idea what is hidden underneath.
Lewis Hamilton on the cover and a lengthy interview with photo report inside. The pilot appeared in all the snapshots – including the one on the cover – dressed in a skirt. An open tartan jacket revealed the firmness of his pecs and abs, and at the bottom he wore a kind of brightly colored kilt. The headline accompanying the cover image read: «I want to make amends.» Here is the only alternative method to obtain forgiveness. If you are rich and famous, you can call on your public relations team to appear in a magazine dressed in a skirt and prostrate yourself before the changing dogmas of the moment. Perhaps it should not be surprising that more and more people consider it preferable to let go and abide by the dogma. Questions are not allowed, so better not to ask them.

The Scottish Government recommends that schools not inform the parents of a minor if their child wishes to change gender. A document entitled «Supporting Transgender Young People» also suggests that students should participate in sports activities in whatever gender they feel comfortable with and that their parents should not be informed whether their child prefers to share a bedroom with other people. opposite sex during school trips. In other parts of Britain there are parents who claim to have attended school meetings where a teacher referred to their child as the ‘wrong’ gender.
If the L, G and B of the acronym LGBT were already weak elements, the last of these letters is the most unstable of all. Gays, lesbians and bisexuals are diffuse entities, but trans remains little less than a mystery and its consequences are the most extreme. The problem is not that they demand equal rights (almost no one believes that someone should be denied such a thing), but in their assumptions and assumptions. The requirement that everyone have to adapt to the use of new generic pronouns and the presence of people of the opposite sex in bathrooms is just one of its most frivolous extremes. Much more serious is the demand to encourage minors to undergo medical intervention for reasons so formidably confusing and at ever younger ages. In late 2018, the courts convicted a Welsh doctor working in a private gender clinic for offering her services illegally. Her clinic administered sex hormones to children up to the age of twelve.
The problem here is not the discrepancy, but the certainty, the spurious certainty with which an incredibly complex problem is presented as if it were the simplest and most understandable thing in the world.

Those who defend social justice, identity politics and intersectionality suggest that we live in racist, sexist, homophobic and transphobic societies. They claim that all these forms of oppression are intertwined and that if we learn to identify and unravel this fabric, we will finally be able to end the oppression under which we live. What will happen next is not very clear. Maybe social justice is a state in which everything remains stable. Or maybe it will be necessary to continue on constant alert. We will hardly know.
First of all, because these intertwined oppressions do not neatly overlap, but collide and squeak with each other and even with each other. Rather than attenuate friction, they produce it. Rather than promoting peace of mind, they exacerbate collective tension and insanity.
Without a doubt, we can wish for a society in which no one is relegated by reason of the personal traits that have fallen to him. If someone has the competence and desire to do something, neither their race, nor their sex, nor their sexual orientation should stop them. Now, minimizing differences is not the same as pretending they don’t exist. Pretending that sex, sexuality, and skin color mean nothing would be ridiculous. But pretending that they are everything would be disastrous.

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