Vasili Grossman Y El Siglo Soviético — Alexandra Popoff / Vasily Grossman and the Soviet Century by Alexandra Popoff

Esta es una nueva biografía de Vasily Grossman, un escritor y periodista disidente soviético, que informó sobre las batallas clave de la guerra nazi-soviética, especialmente la batalla de Stalingrado. Como escritor, también escribió novelas a gran escala y otras obras sobre la guerra, incluida “Vida y destino”, que destacó las similitudes entre las brutalidades de la Alemania de Hitler y la Unión Soviética de Stalin. Si bien prosperó durante la guerra, sus libros fueron suprimidos después de la guerra cuando se enfrentó a los vientos políticos cambiantes con el antisemitismo y el auge de la Guerra Fría: “Vida y destino” incluso fue “confiscado” por la KGB y no se publicó hasta mucho después de la muerte de Grossman, durante el período de Gorbachov antes del fin de la URSS. Los escritos de Grossman han informado a muchos investigadores y periodistas ingleses que analizan la era soviética, incluidos Robert Conquest y Anne Applebaum. Parte de su trabajo incluso ha motivado películas sobre la guerra, por ejemplo “Enemigo a las puertas” sobre francotiradores en duelo en Stalingrado.
Leí esta biografía para poner en marcha otro intento de leer “Vida y destino”, que me había estancado. La novela de Grossman es bastante larga y quería obtener algunos antecedentes para motivar un impulso más concertado para leer el libro.
Esta biografía está bien hecha y es atractiva. Popoff escribe bien y claramente ha hecho su tarea. Dado que Grossman murió hace más de cincuenta años, la autora hace un excelente trabajo al contar la historia y explicar por qué esa historia sigue siendo importante. En particular, si bien la publicación de escritos soviéticos disidentes ya no es el evento cultural de interés periodístico que alguna vez fue, los esfuerzos recientes de Putin y otros para renovar la apreciación de la historia de liderazgo fuerte de Rusia se han asociado con esfuerzos para restar importancia a la violencia y brutalidad de Rusia. El régimen soviético, una brutalidad que comenzó con Lenin y la Guerra Civil mucho antes de que Stalin llegara al poder. La vida de Grossman proporciona un mensaje compensatorio de que un reconocimiento del pasado soviético con sus rasgos oscuros y un proceso de reconciliación por los crímenes pasados es esencial para que la autocracia rusa no regrese sin pensarlo con una nueva apariencia. Este es un mensaje fuerte y, en todo caso, Popoff podría haberlo enfatizado aún más que ella. Pero esta es una cuestión menor de énfasis en una obra compleja y muy legible.
Esta es una hermosa y conmovedora biografía. Popoff no solo documenta la vida y la obra de Grossman, sino que también proporciona una descripción histórica de otra literatura disidente soviética en relación con Grossman, así como la opresión en la Unión Soviética. Encontré este relato fascinante y definitivamente lo recomiendo.

Vasili Grossman empezó Vida y destino , una potente novela antitotalitaria, cuando Stalin aún vivía. En esas fechas no había posibilidad de publicarla. Pero tras la muerte del dictador, cuando el régimen admitió algunas medias verdades sobre los crímenes de Stalin, hubo un atisbo de esperanza. Aunque sabía que el estado represivo no había cambiado en lo esencial y seguía controlado por los estalinistas, sin embargo Grossman tomó la valiente decisión de dar a la imprenta su testimonio sobre el siglo soviético y el estalinismo. Fue el primer gran intento de resucitar tanto la verdad histórica como los nombres de aquellas personas que el régimen había matado y eliminado de los archivos. En Vida y destino Grossman sometió a juicio al estalinismo, yuxtaponiendo los crímenes contra la humanidad que los soviéticos perpetraron con los cometidos por los nazis. En 1960, dos años antes de que el mundo conociera la experiencia de Solzhenitsyn en el Gulag, Grossman completó su denuncia de las dos dictaduras y los sistemas de esclavitud que fundaron. Decidirse a intentar publicarla en la URSS fue un desafío de extremada valentía.
Tras la guerra, Grossman se encontró con que la URSS consideraba como un estricto tabú todos sus temas. Se tenía a sí mismo por un cronista de lo que ocurría y defendía que (en palabras de su artículo sobre Treblinka) el deber de todo escritor era «contar la terrible verdad». La verdad sobre la guerra, en cambio, no se podía contar: los estalinistas habían creado su propia versión de los hechos, un relato victorioso que omitía el carácter devastador de las bajas sufridas. La prensa soviética debía guardar silencio sobre una extensa serie de cuestiones —desde el sufrimiento de los judíos durante la guerra a las descomunales purgas de Stalin, el genocidio de los campesinos o la hambruna, debida a decisiones humanas— que afectaban a decenas de millones de habitantes de la Unión Soviética. En su defensa de la libertad y la verdad histórica, Grossman batallaba contra el olvido y, al mismo tiempo, contra el poder totalitario.

Los judíos contaron con una representación cuantiosa en todos los partidos revolucionarios, incluido el bolchevique. El Bund judío, creado en 1897, fue el primer partido socialdemócrata del imperio ruso; fomentaba el marxismo en lengua yídish. Muchos de los principales revolucionarios judíos —León Trotski (Leiba Bronstéin), Grigori Zinóviev (Ovséi-Gersh Apfelbaum), Lev Kámenev (Rózenfeld), Grigori Sokólnikov (Girsh Brilliant)— destacaron entre los líderes bolcheviques próximos a Lenin. No eran religiosos ni querían que los definieran como judíos. Si le preguntaban por su nacionalidad, Trotski decía que era «socialdemócrata».
Al igual que millares de judíos del imperio, que fueron abogados, ingenieros o médicos, los padres de Grossman aspiraban a ingresar en la clase de los profesionales más cualificados. Una formación de calidad abría camino a la igualdad y la libertad.
El padre de Grossman participaba activamente en la clandestinidad revolucionaria. La Europa del cambio de siglo estaba repleta de socialistas y emigrados políticos rusos. Las ideas marxistas cobraron popularidad en Rusia en la última década del XIX , y en los años iniciales del nuevo siglo proliferaron las colonias de marxistas rusos en Alemania, Suiza, Inglaterra y Francia.
La revolución de febrero de 1917 introdujo la etapa de mayor libertad de la historia de una Rusia que transitó de la esclavitud a la libertad. Grossman, que entonces contaba doce años, pudo degustar una libertad e igualdad que no olvidaría nunca. En su última novela, Todo fluye , reflexiona sobre el destino de su país y la corta vida de su democracia, y escribe: «En febrero de 1917 se abrió ante Rusia el camino de la libertad. Rusia escogió a Lenin». Si Rusia en efecto hubiera adoptado el camino de la democracia, según se lo ofrecía el Gobierno Provisional, la nación se habría ahorrado el Terror Rojo de Lenin y la guerra civil, la grave hambruna consiguiente y el terror y los genocidios de Stalin.
La Constitución soviética de 1918 privó del derecho a voto a millones de kulaks, sacerdotes y nobles, quienes quedaron fuera de la ley y perdieron, literalmente, la condición de personas, pasando a ser «ex hombres».
El Terror Rojo de Lenin derivó en una guerra civil que cabe calificar de apocalíptica porque, según algunos cálculos, provocó la muerte de trece millones de personas. (Entre 1918 y 1922 el país perdió entre siete y catorce millones de personas por efecto de los combates, el hambre y las epidemias. Sin lugar a dudas, estos totales fueron superiores al derivado de la participación de Rusia en la primera guerra mundial.) A ello debe sumarse la pérdida de otros dos millones de personas que emigraron a Occidente; en su mayoría, integrantes de la élite, con una buena formación profesional y cultural.

Grossman recordaría los años de estudiante universitario como una época bendita. Su relato de 1962 «Fósforo» describe a los compañeros más próximos, entre ellos el matemático Sioma Tumarkin; el futuro ingeniero químico Yefim Kúguel; el historiador, educador y etnógrafo Viacheslav Lobodá; y el ingeniero e inventor Aleksandr Nítochkin. «Tenía unos amigos extraordinarios: inteligentes, divertidos, unos cabezas locas que se interesaban por todo: la política, Einstein, la poesía, la pintura … Juntos discutíamos, leíamos mucho, bebíamos vodka y cerveza, vagábamos de noche por los bulevares, nos bañábamos en el río Moscova …
A los veintidós años, Grossman sentía que las ciencias ya no lo fascinaban tanto como antes. El mundo de los laboratorios químicos se le hacía demasiado pequeño y le impedía abordar temas más amplio. “Bat’ko” —le escribía a su padre, con la palabra típicamente ucraniana—, he estado pensando en cuánto he cambiado sin darme cuenta: entre los catorce y los veinte años, más o menos, me apasionaban las ciencias naturales y nada más, y solo alcanzaba a imaginarme el futuro con un trabajo científico. Pero ahora ha habido un cambio extremo;… Mi interés se ha trasladado a las cuestiones sociales y me parece que es en este ámbito donde desarrollaré la vida.
La idea de la construcción socialista inspiraba un entusiasmo general al que Grossman no era inmune. Sin embargo era capaz de reconocer la brecha abierta entre la promesa de erigir un futuro brillante para las masas y la vida real de estas. En 1927-1928 se trasladó diariamente del poblado de Vishniaki, donde alquiló una habitación, a Moscú, en un tren cargado de obreros.
Según reconoció Grossman un decenio más tarde, su padre tuvo un peso específico en la profesión que eligió: «Estaba pensando en las cartas que me enviabas desde la cuenca del Donets, que escribiste en 1927-1928, y creo que han tenido un gran papel en mi vida, en mi interés por el trabajo industrial y los obreros; de hecho, esas cartas me llevaron a ir al Dombás. Y te lo agradezco, porque los años que pasé en esa región fueron centrales en mi vida y, durante mucho tiempo, determinaron mis intereses y mi labor literaria». En junio de 1929 el autor hizo un primer viaje para conocer a la persona que le daría un trabajo en Donetsk.

En las minas, las explosiones letales eran una realidad y, por lo tanto, también lo eran los funerales en las ciudades mineras. Aunque el trabajo de Grossman ayudaba a salvar vidas, nadie lo veía así. Los mineros no se lo tomaban en serio —según revela en «Fósforo»— y, cuando expresaba admiración por su heroísmo, se reían de él. De hecho, ni el deslome ni los peligros cotidianos tenían nada que ver con ninguna gloria. No era una vocación elegida; sencillamente, en la ciudad no había otros puestos de trabajo. Grossman lo refiere en Stepán Kolchuguin : los chicos bajaban a la mina en la adolescencia para ocupar el lugar de los padres y hermanos fallecidos en explosiones.
Los primeros meses de Grossman en Makéievka no le reportaron ningún motivo de alegría. Ser judío, miope y un intelectual urbano le distanciaban de su entorno.
Los años de 1933 a 1935 fueron los más felices en la vida de Grossman: partiendo de una posición marginal, fue aceptado por el mundo literario, logró el éxito y conoció a su nuevo amor. Pero no fueron años nada fáciles. Tuvo que poner todo su empeño para triunfar como escritor al mismo tiempo que seguía empleado como ingeniero químico en una fábrica. En 1933 tuvo su primer encontronazo de importancia con la OGPU, la policía secreta soviética. Además, para quedarse en Moscú se vio obligado a librar una batalla legal.
En diciembre de 1932 Stalin introdujo los pasaportes internos. Era una medida restrictiva, concebida para detener la huida desde las zonas rurales devastadas por la colectivización. Según la nueva norma, un campesino que pretendía escapar de una granja colectiva para trabajar en otro sitio necesitaba el permiso de las autoridades locales y un contrato de su futuro empleador. Los pasaportes internos ataron a los campesinos a la tierra.
Después de matar de hambre y esclavizar a los campesinos, Stalin se dispuso a someter al conjunto de la población de la URSS, y para ello trató como a enemigos a varios millones de personas de su propio país. Durante los tres grandes juicios amañados que tuvieron lugar en Moscú entre 1936 y 1938 aniquiló a toda la generación revolucionaria de los Viejos Bolcheviques. La purga de las fuerzas armadas que Stalin organizó secretamente en 1937 privó al Ejército Rojo de sus principales comandantes. Durante las purgas también perdieron la vida los mejores y más brillantes escritores, artistas y científicos del país.
Durante la era de Stalin los escritores genuinos, en su gran mayoría, se vieron obligados a escribir para el cajón. Pasternak se centró en la traducción literaria. Bábel, en sus propias palabras, pasó a practicar «el arte del silencio». Pero hasta el silencio podía ser considerado delictivo. Aunque Bábel no podía publicar lo que escribía, trabajaba de forma productiva; y esto, desde el punto de vista del estado, era punible. Cuando en el interrogatorio de la Lubianka se le instó a que explicara «la verdadera razón» de su arresto, el escritor contestó: «Durante los años más recientes no he publicado ninguna gran obra, y habría quien tenga esto por un sabotaje y falta de voluntad de escribir en las condiciones de la vida soviética». (Los interrogadores de la Lubianka obligaban a los detenidos a acusarse a sí mismos y les exigían que formularan las causas de su propia detención. Según cuenta Solzhenitsyn en Archipiélago Gulag , a menudo esta era la primera pregunta.)

En junio de 1936 Pravda publicó los boletines de salud de Gorki, uno de los pocos escritores soviéticos que, siendo figuras públicas, falleció por causas naturales. Aunque hacía varios años que estaba aquejado de tuberculosis complicada con una bronconeumonía, su muerte, el 18 de junio, generó toda clase de conjeturas. En 1938, durante el juicio público a Bujarin, se acusó a Yagoda —ex jefe del NKVD— y Kriuchkov —secretario de Gorki— de haber asesinado al escritor en colaboración con los médicos que lo trataban. En los tiempos de Jruschov se rehabilitó a los médicos, pero no así a Yagoda y Kriuchkov; al parecer el partido seguía creyendo en la versión de Stalin. Al dictador le habría convenido acelerar el deceso de Gorki porque, en los últimos meses de vida del escritor, él estaba preparando el juicio de Lev Kámenev y Grigori Zinóviev.
El régimen destruyó una multitud de vidas y talentos. Durante la Gran Purga, diversos funcionarios del sindicato de escritores ayudaron a la policía secreta a sellar el destino de los miembros del gremio. Vladímir Stavski, que presidió la Unión Soviética de Escritores de 1936 a 1938, fue quien denunció a Mandelshtam ante Yezhov. En una carta de marzo de 1938, Stavski pedía que Yezhov «ayudar[a] a resolver el problema de Ósip Mandelshtam», autor de «versos obscenos y difamatorios sobre los líderes del Partido y el pueblo soviético en general». Stavski adjuntó una «reseña» de los poemas de Mandelshtam, obra de Piotr Pavlenko, el mismo que había traicionado a los escritores de Pereval, amigos de Grossman.
Mandelshtam fue detenido en mayo de 1938 y falleció en diciembre, en un campo de tránsito, en Vladivostok. El régimen recompensaba a los colaboradores. A Pavlenko le concedieron la Orden de Lenin y cuatro premios Stalin —supuestamente, por sus guiones cinematográficos—.
En sus memorias describe las espantosas condiciones de vida de los presos en el campo de trabajo. Durante un breve empleo en la terminal de vehículos de Chukotka, supervisó las tareas de los prisioneros. En cierta ocasión, mientras llevaba unos papeles a la administración del campo, oyó los gritos que salían de una celda de castigo, en la que un hombre aullaba que se estaba muriendo de frío. En su escritorio, Grossman tuvo una pequeña escultura de un hombre aterido, obra de Nikolái Sochevets, hermano de Olga y antiguo preso.
Vera y Lobodá permitieron que el escritor comprendiera el alcance del archipiélago Gulag. Recordemos la frase ya citada de «Mamá»: «… día y noche los convoyes trasladaban a los presos a los campos de Komi, Kolymá, Norilsk, Magadán y a la bahía de Nagáievo».

Ante una situación que cambiaba con gran celeridad, y con unas comunicaciones prácticamente inexistentes, Grossman, Troianovski y Knórring solo evitaron ser apresados gracias a una combinación de suerte e ingenio. Huían hacia el noreste de Ucrania, por la carretera de Kiev, donde los soviéticos no tardarían en sufrir un desastre militar. Stalin, decisivo en tanto que comandante supremo, rechazó una propuesta de Gueorgui Zhúkov, el jefe del Estado Mayor General. Zhúkov, que preveía que Guderian se abriría paso hasta rodear a los ejércitos soviéticos cerca de Kiev, planteó llevar ocho divisiones del Extremo Oriente y retirarse por detrás del Dniéper. Pero Stalin dio la orden de mantener Kiev y el Dniéper al coste que fuera: «Kiev era, es y será soviético».
La victoria en la batalla de Moscú puso de manifiesto el fracaso de la guerra relámpago. Alemania se enfrentaba precisamente a la clase de guerra que había confiado en evitar: una confrontación prolongada en el tiempo. Grossman se preguntaba si las tropas rusas serían capaces de triunfar en una campaña larga: «En la guerra he observado tan solo dos actitudes hacia los hechos: o el optimismo extraordinario o la desesperación absoluta. El paso del optimismo al abatimiento es rápido, fácil y abrupto; entre medio no existe nada. Nadie piensa que la guerra va a ser larga, que solo el esfuerzo denodado y sin descanso, un mes tras otro, llevará a la victoria;… Solo hay dos sentimientos: uno) se destruye al enemigo; dos) destruir al enemigo es imposible». Durante la batalla de Stalingrado el escritor pudo observar otros rasgos del carácter ruso: paciencia, resiliencia, la capacidad de resistir penalidades increíbles.
Los Apuntes de Stalingrado , que fueron reimpresos por periódicos nacionales y, en alguna que otra ocasión, por Pravda , reportaron mucha popularidad a Grossman. Además los escritos de guerra vieron la luz como obras aisladas que alcanzaron una circulación de más de un millón de ejemplares. En 1943 tres grandes editoriales (Politizdat, Voenizdat y Sovetski Pisátel) sacaron libros con su prosa bélica. Aquel mismo año el escritor adaptó los Apuntes de Stalingrado para la película documental La batalla de Stalingrado. No se trataba de una obra maestra —«no es un Rembrandt», le escribió a Olga— pero mirarla resultaba interesante.
Después de completar «El infierno de Treblinka» Grossman sufrió una crisis nerviosa. Cuando Ehrenburg lo invitó a conocer al periodista y traductor francés Jean Cathala, nuestro escritor le dijo que se encontraba demasiado mal para salir. Cathala, que traduciría a Solzhenitsyn, tenía interés por saber qué había visto en los campos de exterminio liberados.
Grossman, aunque en Núremberg podría haber visto al general Paulus —uno de los héroes de su futura novela—, tenía razones propias para no asistir. Ya había sido testigo de muchos interrogatorios de criminales nazis y le resultaba doloroso ver otra vez a los responsables de las masacres. En cuanto a la gloria de haber estado en Núremberg, para él carecía de importancia. Según las memorias de Guedda Súrits, Grossman hablaba sobre la guerra sin mencionar las propias hazañas. Se consideraba un simple cronista de los acontecimientos.

Aunque Stalin murió el 5 de marzo, la campaña antisemita no cesó. Un día después, Símonov, que dirigía la Gaceta Literaria , publicó una lista de autores a los que creía necesario expulsar del sindicato de escritores por ser un «peso muerto». El 19 de marzo la misma Gaceta Literaria dio a luz un editorial en el que Símonov encomendaba a los escritores soviéticos la misión de retratar «al mayor genio de todos los tiempos y todos los pueblos: el inmortal Stalin». La pieza disgustó al colectivo de líderes que sustituyó a Stalin en el poder. Jruschov convocó a Símonov y amenazó con cesarlo.
El 24 de marzo, en una sesión del presídium de la Unión de Escritores, Tvardovski calificó la novela de Grossman de «totalmente absurda, totalmente dañina y totalmente falsa». Fadéiev también criticó Por una causa justa y se mostró arrepentido por sus errores; a finales de mes publicó en la Gaceta Literaria un informe largo y feroz sobre la reunión. La muerte de Stalin, de entrada, no supuso que la campaña contra los judíos amainara. Pero el 4 de abril el Kremlin desacreditó en público el supuesto «Complot de los médicos». Las cosas, empezaban a cambiar, por fin.
La muerte de Stalin supuso el final de una época que había sido testigo de ejecuciones y deportaciones masivas, hambrunas letales y la guerra más sangrienta de la historia. De un modo incomprensible, el país que tanto había padecido bajo su dominio quedó conmocionado por su fallecimiento, a los setenta y tres años, de muerte natural. Casi todo el mundo lloró durante los días de duelo; muchos por angustia y pesar, pero otros, de alegría. La escritora Yevguenia Guínzburg, que sobrevivió a Kolymá, recuerda que el 5 de marzo «todo Magadán sollozaba». Los ex reclusos de los campos soviéticos más letales «se lamentaban aplicadamente por los difuntos».

En otoño de 1958, cuando se galardonó a Pasternak con el Nobel, los soviéticos replicaron con una campaña de acoso. La prensa nacional publicó insultos de toda clase; los colegas y amigos de Pasternak denunciaron públicamente la traición del poeta y exigieron que lo deportaran. La Unión de Escritores lo expulsó de inmediato. Grossman, que no asistió a aquella reunión, lamentó que ni siquiera los antiguos acólitos de Pasternak tuvieran la decencia de respaldarlo. El ejemplo más llamativo fue el de una escritora de Leningrado, Vera Panova, que se sumó con entusiasmo a la campaña pese a que había empapelado la casa con fotos de Pasternak. Grossman, que la conocía, se sintió horrorizado: «Ha recorrido todos estos kilómetros desde Stalingrado —renegaba— para expulsar a su poeta más querido y adorado, ¡para expulsar a su ídolo!». Hacia esta fecha, Grossman envió una carta cordial a Pasternak, que adolecía de varios problemas de salud, para desearle que mejorara y gozara de tranquilidad.
Había comprendido que presentar la novela a Znamia había sido un error.
El 16 de diciembre de 1960, pocos días después de que Grossman cumpliera cincuenta y cinco años, Znamia le envió una carta convocándolo a un consejo editorial. El escritor llamó por teléfono al director de la revista, Kozhévnikov, para sugerirle que se encontraran en privado para debatir sobre la novela. El editor declinó «de forma absoluta y categórica» y afirmó que no había podido leer el manuscrito (aunque se le había entregado hacía más de dos meses). Grossman se dio cuenta de que Kozhévnikov mentía y que el propósito del consejo no era otro que denunciarle, por lo que rechazó acudir, alegando problemas de corazón. No obstante, prometió leer con «suma atención» las actas de la sesión.
Kozhévnikov cumplía órdenes del partido.
Grossman quedó horrorizado por la facilidad con la que los armenios pasaron a calificar a Stalin de mama dzoglu («hijo de puta»). Se negaban incluso a reconocer el papel de Stalin en la creación del estado y la industria soviéticos. Ante esta falta de objetividad, el escritor sintió nacer dentro de sí «el impulso involuntario de defender a Stalin». «Creo que la adoración histérica de Stalin, así como el rechazo total y categórico de su figura, hunden sus raíces en el mismo suelo.» Nadie se esforzaba por comprender cuáles eran los fallos del estado estalinista. En realidad, la naturaleza del estado coactivo apenas cambió: no hubo ningún auténtico debate público.
En Armenia Grossman se sentía muy a gusto porque no había antisemitismo. Los armenios eran diversos, desde el punto de vista genético, al igual que los judíos. Halló personas morenas y rubias, de ojos azules o marrones, con narices aguileñas o rectas y pequeñas, «labios finos de jesuita y gruesos labios abultados de africano». Esta diversidad reflejaba los miles de años de la historia armenia y los contactos de su población con naciones distintas, a través de las incursiones, invasiones, cautiverios y liberaciones. Era la misma diversidad genética que se hallaba en los judíos, en los que pueden verse «rostros asiáticos, africanos, españoles, alemanes, eslavos…». Como los judíos, los armenios habían sufrido un genocidio; en 1915, los turcos habían «extermina[do] bárbaramente a personas pacíficas e inocentes». Los armenios habían demostrado ser muy resistentes. El autor comenta que, aun a pesar de aquel padecimiento extremo, la vida seguiría su curso.
Durante los últimos años, Grossman estuvo aislado por completo y sin ocasión de publicar su trabajo. Perdía la salud con celeridad. Solo le quedaba la batalla «por una causa justa». Su última novela, se convirtió en su testamento político.

En tiempos de la URSS, escribir podía ser un negocio muy provechoso. En 1934, nada más crearse, la Unión de Escritores Soviéticos contaba con mil quinientos miembros. En 1959 la cifra había ascendido a casi cinco mil. En 1989, próximo ya el fin de la URSS, este prestigioso sindicato de las letras sumaba casi diez mil integrantes. Para acceder había que pasar por un riguroso proceso de selección. Los escritores soviéticos eran de hecho propagandistas del gobierno, y el estado los recompensaba generosamente.
su ultima obra, trata sobre la Rusia posestalinista vista desde la perspectiva de un «hombre de los campos» de concentración. El primer encuentro del lector con Iván se produce en el tren: vuelve del Extremo Oriente a Moscú, donde casi nadie le recuerda ya: solo la familia de su primo. Los demás viajeros del tren —un instructor sindical, un economista del Comité de Planificación Estatal y un jefe de obra que venía de Siberia— son rostros de la Rusia posestalinista. Los dos primeros están empleados en burocracias estatales y, cuando hablan de los koljoses, donde los campesinos trabajan sin salario, expresan la actitud del gobierno (que, en lo esencial, es la de un propietario de esclavos hacia escribir sus libros».
En esta novela final, Grossman también realiza su defensa más tenaz de los derechos humanos y la libertad. Al vivir bajo la vigilancia del KGB, sufría más directamente que nunca la ausencia de la libertad en la Unión Soviética. Su protagonista, Iván, alza la voz contra la dictadura en un círculo de estudios filosóficos. Nos encontramos en la década de 1920, e Iván «declaró que la libertad era un bien igual a la vida misma». Después de que uno de los estudiantes lo denuncie ante las autoridades, expulsan a Iván de la universidad y lo envían al exilio, por tres años, a Kazajistán. Pero la privación no acaba aquí: durante los tres decenios posteriores, Iván «no había pasado más de un año en libertad».
El libro quedó inacabado. Sea intencionado o no, el capítulo de la hambruna tiene vestigios de una entrevista. Así, Anna le responde a un interlocutor que no vemos y cuyas preguntas no se incluyen: «No, no había hambruna en el momento de la deskulakización… El hambre llegó en 1932, dos años después». Era fácil tender una trampa por interés: «Escribe contra él, sin firmar siquiera, escribe que tiene braceros trabajando para él y que posee tres vacas, y ya tenéis un kulak». La gente denunciaba a los vecinos para saldar cuentas o para enriquecerse con las propiedades de los kulaks desposeídos.
El capítulo del hambre establece paralelismos entre la campaña de Stalin, de aniquilación de los kulaks, y la campaña de Hitler, de exterminio de los judíos. Anna nos está transmitiendo el pensamiento del autor cuando compara la inhumanidad y eficacia de la propaganda de Hitler y Stalin: «Para matarlos, era preciso declarar: los kulaks no son seres humanos. Sí, igual que cuando los alemanes decían que los judíos no eran seres humanos. Lo mismo dijeron Lenin y Stalin: los kulaks no son seres humanos». Después de la purga de los kulaks, las autoridades emprendieron la colectivización forzosa.
El mensaje central de Grossman, es que «no hay en el mundo objetivo por el cual se pueda sacrificar la libertad del hombre». Esta novela es la más radicalmente antitotalitaria del autor. Aun así, en realidad, su perspectiva política no había cambiado gran cosa: en Stepán Kolchuguin , su primera novela, ya defiende los ideales de la libertad, los derechos humanos y la democracia.
Se cierra con una alusión a la parábola del hijo pródigo. Iván regresa a la tierra de sus ancestros, junto al mar Negro, donde había tenido su casa. «Por un momento fue como si una luz nunca vista antes, increíblemente viva, inundase la tierra. Unos pasos más aún y en aquella luz vería su casa, y su madre se acercaría a él, hijo pródigo, y él se arrodillaría ante ella, y las jóvenes y bellas manos de ella se posarían sobre su cabeza calva y cana.» Pero la casa ya no existe: «Solo algunas piedras blancas, dispersas en medio de la hierba polvorienta, quemada por el sol». Este pasaje es la despedida de Grossman a la vida: su última visión.

Mientras que Vida y destino apareció al mismo tiempo que Doctor Zhivago , la última novela de Grossman, Todo fluye , vio la luz en Rusia en 1989, el mismo año que Archipiélago Gulag de Solzhenitsyn. La obra colosal de Solzhenitsyn, impresa en Novy Mir en la fase culminante de la glásnost, provocó en los lectores soviéticos un efecto menor que su novela corta Iván Denísovich . En la década de 1990 Rusia había empezado a perder el interés por las publicaciones que desvelaban los crímenes del estalinismo.
Como había predicho Grossman en Vida y destino , el nombre de Stalin ha quedado asociado a la victoria soviética en la segunda guerra mundial. Este triunfo —escribió— ayudaría a Stalin a borrar el pasado, junto con el recuerdo de los millones de personas que habían perdido la vida durante la colectivización, la hambruna y las purgas. Putin ha utilizado el mito de la victoria bélica de Stalin para fortalecer su propio poder político.
En octubre de 2017 Putin inauguró el Muro del Duelo, el primer monumento de iniciativa estatal a las víctimas del terror soviético. Pero en diciembre el estado celebró asimismo el centenario de la creación de la Cheká, la policía secreta bolchevique, responsable de toda una matanza de ciudadanos soviéticos.
En la Rusia moderna conviven dos versiones de la historia soviética, lo que significa que el estado nunca ha asumido la responsabilidad por haber asesinado a millones de personas y nunca ha admitido de forma clara y definitiva sus crímenes. El relato se puede presentar de las dos maneras.
Pero la glásnost no sucedió en vano. Las publicaciones de la era de Gorbachov ayudaron a formar un núcleo de sociedad civil y, en la actualidad, estos grupos resisten la presión gubernamental y los ataques de los neoestalinistas. Aunque la sociedad rusa en su conjunto adolece de una amnesia histórica, miles de personas se han entregado a trabajar por la memoria. En 1990 se instaló frente al edificio de la Lubianka la Piedra de la Solovetski, un monumento simbólico a las víctimas de la represión soviética. Se trata de una roca traída de la isla de Solovetski, donde se emplazaron los primeros campos de concentración de la Unión Soviética. Durante los años del Terror se fusiló, tan solo en Moscú, a 40.000 personas.

Grossman sigue siendo impopular en Rusia por esta misma razón. Es más fácil creer en un pasado glorioso que admitir que estalinismo y nazismo fueron un espejo el uno del otro.

Libros del autor comentados en mi blog:

https://weedjee.wordpress.com/2019/06/02/el-infierno-de-treblinka-vasili-grossman-the-hell-of-treblinka-by-vasily-grossman/

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This is a new biography of Vasily Grossman, a Soviet dissident writer and journalist, who reported from the key battles of the Nazi-Soviet War, especially the battle of Stalingrad. As a writer, he also wrote large scale novels and other works on the war, including “Life and Fate”, which highlighted the similarities between the brutalities of Hitler’s Germany and Stalin’s Soviet Union. While he prospered during the war, his books were suppressed after the war when he ran afoul of changing political winds with anti-semitism and the rise of the Cold War – “Life and Fate” was even “arrested” by the KGB and not published until long after Grossman’s death — during the Gorbachev period before the end of the USSR. Grossman’s writings have informed many English researchers and journalists analyzing the Soviet era, including Robert Conquest and Anne Applebaum. Some of his work has even motivated movies about the war, for example “Enemy at the Gates” about dueling snipers in Stalingrad.
I read this biography to jump start another attempt at reading “Life and Fate”, which I had stalled on. Grossman’s novel is quite long and I wanted to get some background to motivate a more concerted push to read the book.
This biography is well done and engaging. Ms. Popoff writes well and has clearly done her homework. Given that Grossman died over fifty years ago, the author does an excellent job of telling the story and explaining why that story remains important. In particular, while the publication of dissident Soviet writings is no longer that newsworthy cultural event it once was, the recent efforts of Putin and others to renew an appreciation of Russia’s history of strong leadership has been associated with efforts to downplay the violence and brutality of Soviet regime, a brutality that began with Lenin and the Civil War well before Stalin came to power. Grossman’s life provides a countervailing message that an acknowledgment of the Soviet past with its dark features and a reconciliation process for past crimes is essential if Russian autocracy is not to unthinkingly return in a new guise. This is a strong message and if anything Ms. Popoff could have emphasized it even more than she did. But this is a minor question of emphasis in a complex and very readable work.
This is a fine and moving biography. Popoff not only documents Grossman’s life and works, but also provides a historical overview of other Soviet dissident literature in relation to Grossman, as well as oppression in the Soviet Union. I found this account fascinating, and definitely recommend.

Vasili Grossman began Life and Fate, a powerful anti-totalitarian novel, when Stalin was still alive. At that time there was no possibility of publishing it. But after the dictator’s death, when the regime admitted some half-truths about Stalin’s crimes, there was a glimmer of hope. Although he knew that the repressive state had not fundamentally changed and was still controlled by the Stalinists, Grossman nevertheless made the courageous decision to give his testimony about the Soviet century and Stalinism to the press. It was the first major attempt to resurrect both the historical truth and the names of those people the regime had killed and removed from the archives. In Life and Fate Grossman put Stalinism on trial, juxtaposing the crimes against humanity that the Soviets perpetrated with those committed by the Nazis. In 1960, two years before the world learned of Solzhenitsyn’s experience in the Gulag, Grossman completed his denunciation of the two dictatorships and the slavery systems they founded. Deciding to try to publish it in the USSR was a challenge of extreme courage.
After the war, Grossman found that the USSR regarded all its subjects as strictly taboo. He considered himself a chronicler of what was happening and defended that (in the words of his article on Treblinka) the duty of every writer was “to tell the terrible truth.” The truth about the war, however, could not be told: the Stalinists had created their own version of events, a victorious tale that omitted the devastating nature of the casualties suffered. The Soviet press was required to remain silent on a wide range of issues – from the suffering of Jews during the war to Stalin’s massive purges, the genocide of the peasants or the famine, due to human decisions – affecting tens of millions of people. inhabitants of the Soviet Union. In his defense of freedom and historical truth, Grossman battled against oblivion and, at the same time, against totalitarian power.

Jews were heavily represented in all revolutionary parties, including the Bolshevik. The Jewish Bund, created in 1897, was the first Social Democratic party in the Russian Empire; it promoted Marxism in the Yiddish language. Many of the leading Jewish revolutionaries – Leon Trotsky (Leiba Bronstéin), Grigori Zinoviev (Ovséi-Gersh Apfelbaum), Lev Kamenev (Rózenfeld), Grigori Sokolnikov (Girsh Brilliant) – stood out among the Bolshevik leaders close to Lenin. They were not religious nor did they want to be defined as Jewish. If asked about his nationality, Trotsky said he was a “social democrat.”
Like thousands of Jews in the empire, who were lawyers, engineers or doctors, Grossman’s parents aspired to enter the class of the most qualified professionals. A quality training opened the way to equality and freedom.
Grossman’s father was actively involved in the revolutionary underground. Europe at the turn of the century was teeming with Russian socialists and political émigrés. Marxist ideas became popular in Russia in the last decade of the 19th century, and in the early years of the new century, colonies of Russian Marxists proliferated in Germany, Switzerland, England, and France.
The February Revolution of 1917 ushered in the period of greatest freedom in the history of a Russia that transited from slavery to freedom. Grossman, then twelve years old, was able to taste a freedom and equality that he would never forget. In his last novel, Everything flows, he reflects on the fate of his country and the short life of its democracy, and writes: “In February 1917 the path of freedom was opened to Russia. Russia chose Lenin ». If Russia had indeed adopted the path of democracy, as offered by the Provisional Government, the nation would have been spared Lenin’s Red Terror and civil war, the ensuing severe famine, and Stalin’s terror and genocides.
The 1918 Soviet Constitution disenfranchised millions of kulaks, priests and nobles, who were outlawed and literally lost their personal status, becoming “ex-men.”
Lenin’s Red Terror led to a civil war that can be described as apocalyptic because, according to some estimates, it caused the death of thirteen million people. (Between 1918 and 1922, the country lost between seven and fourteen million people as a result of fighting, famine, and epidemics. These totals were undoubtedly higher than that derived from Russia’s participation in the First World War.) To this must be added the loss of another two million people who emigrated to the West; Most of them are members of the elite, with good professional and cultural training.

Grossman would remember the college student years as a blessed time. His 1962 story “Phosphorus” describes his closest companions, including the mathematician Sioma Tumarkin; the future chemical engineer Yefim Kúguel; the historian, educator and ethnographer Viacheslav Lobodá; and the engineer and inventor Aleksandr Nítochkin. «I had some extraordinary friends: intelligent, funny, crazy heads who were interested in everything: politics, Einstein, poetry, painting & nbsp; … & nbsp; Together we argued, we read a lot, we drank vodka and beer, we wandered at night the boulevards, we bathed in the Moskva River & nbsp; …
At twenty-two, Grossman felt that science no longer fascinated him as much as it once did. The world of chemical laboratories was becoming too small for him, preventing him from tackling broader issues. “Bat’ko” —he wrote to his father, with the typically Ukrainian word—, I have been thinking about how much I have changed without realizing it: between fourteen and twenty years, more or less, I was passionate about natural sciences and nothing else , and I could only imagine the future with a scientific job. But now there has been an extreme change; … My interest has shifted to social issues and it seems to me that it is in this area where I will develop my life.
The idea of socialist construction inspired a general enthusiasm to which Grossman was not immune. Yet he was able to recognize the gap between the promise of building a bright future for the masses and their real life. In 1927-1928 he moved daily from the town of Vishniaki, where he rented a room, to Moscow on a train loaded with workers.
As Grossman acknowledged a decade later, his father had a specific weight in his chosen profession: ‘I was thinking about the letters you sent me from the Donets basin, which you wrote in 1927-1928, and I think they have played a great role. in my life, in my interest in industrial work and workers; in fact, those letters led me to go to Dombás. And I thank you, because the years I spent in that region were central to my life and, for a long time, determined my interests and my literary work. In June 1929 the author made a first trip to meet the person who would give him a job in Donetsk.

In the mines, lethal explosions were a reality and, therefore, so were funerals in mining towns. Although Grossman’s work helped save lives, no one saw it that way. The miners did not take him seriously – as he reveals in “Phosphorus” – and, when he expressed admiration for his heroism, they laughed at him. In fact, neither failure nor everyday dangers had anything to do with any glory. It was not a chosen vocation; there were simply no other jobs in the city. Grossman refers to it in Stepan Kolchuguin: the boys went down to the mine in adolescence to take the place of their parents and brothers who died in explosions.
Grossman’s first months in Makéievka brought him no cause for joy. Being a Jew, myopic, and an urban intellectual distanced him from his surroundings.
The years from 1933 to 1935 were the happiest of Grossman’s life: starting from a marginal position, he was accepted by the literary world, achieved success, and met his new love. But they were not easy years. It took all his efforts to succeed as a writer while still employed as a chemical engineer in a factory. In 1933 he had his first major run-in with the OGPU, the Soviet secret police. In addition, to stay in Moscow he was forced to fight a legal battle.
In December 1932 Stalin introduced internal passports. It was a restrictive measure, designed to stop the flight from rural areas devastated by collectivization. Under the new rule, a farmer who wanted to escape from a collective farm to work elsewhere needed permission from the local authorities and a contract from his future employer. Internal passports tied the peasants to the land.
After starving and enslaving the peasants, Stalin set out to subdue the entire population of the USSR, treating several million people in his own country as enemies. During the three big rigged trials that took place in Moscow between 1936 and 1938, he annihilated the entire revolutionary generation of the Old Bolsheviks. The purge of the armed forces that Stalin secretly organized in 1937 deprived the Red Army of its top commanders. The best and brightest writers, artists, and scientists in the country also lost their lives during the purges.
During the Stalin era genuine writers, for the most part, were forced to write for the drawer. Pasternak focused on literary translation. Babel, in his own words, began to practice “the art of silence.” But even silence could be considered criminal. Although Bábel couldn’t publish what he wrote, he worked productively; and this, from the point of view of the state, was punishable. When questioned by the Lubyanka, he was asked to explain “the real reason” for his arrest, the writer replied: “During the most recent years I have not published any great work, and there would be those who have this because of sabotage and lack of willingness to write in the conditions of Soviet life. ‘ (Lubyanka interrogators forced detainees to accuse themselves and required them to formulate the reasons for their own detention. According to Solzhenitsyn in the Gulag Archipelago, this was often the first question.)

In June 1936 Pravda published the health bulletins of Gorky, one of the few Soviet writers who, as public figures, died of natural causes. Although he had been suffering from tuberculosis complicated with bronchopneumonia for several years, his death on June 18 generated all kinds of speculation. In 1938, during the public trial of Bukharin, Yagoda – former head of the NKVD – and Kryuchkov – Gorky’s secretary – were accused of having murdered the writer in collaboration with the doctors who treated him. In Khrushchev’s time, doctors were rehabilitated, but Yagoda and Kryuchkov were not; apparently the party continued to believe in Stalin’s version. It would have been convenient for the dictator to hasten Gorky’s demise because, in the last months of the writer’s life, he was preparing the trial of Lev Kamenev and Grigori Zinoviev.
The regime destroyed a multitude of lives and talents. During the Great Purge, various officials from the Writers’ Union assisted the secret police in sealing the fate of the guild members. Vladimir Stavski, who presided over the Soviet Union of Writers from 1936 to 1938, was the one who denounced Mandelshtam to Yezhov. In a March 1938 letter, Stavski requested that Yezhov “help [to] solve the problem of Osip Mandelshtam,” author of “obscene and defamatory verses about Party leaders and the Soviet people in general.” Stavski attached a “review” of Mandelshtam’s poems by Pyotr Pavlenko, the same one who had betrayed the Pereval writers, friends of Grossman.
Mandelshtam was arrested in May 1938 and died in December in a transit camp in Vladivostok. The regime rewarded collaborators. Pavlenko was awarded the Order of Lenin and four Stalin Awards – presumably for his screenplays.
In his memoirs he describes the appalling living conditions of the prisoners in the labor camp. During a brief job at the Chukotka Vehicle Terminal, he supervised the tasks of the prisoners. On one occasion, while taking some papers to the camp administration, he heard screams coming from a punishment cell, in which a man howled that he was freezing to death. On his desk, Grossman kept a small sculpture of a terrified man by Nikolai Sochevets, Olga’s brother and former prisoner.
Vera and Lobodá allowed the writer to understand the scope of the Gulag archipelago. Let us remember the phrase already quoted from «Mama»: «… day and night the convoys transported the prisoners to the Komi, Kolymá, Norilsk, Magadan and Nagaievo Bay camps.

In June 1936 Pravda published the health bulletins of Gorky, one of the few Soviet writers who, as public figures, died of natural causes. Although he had been suffering from tuberculosis complicated with bronchopneumonia for several years, his death on June 18 generated all kinds of speculation. In 1938, during the public trial of Bukharin, Yagoda – former head of the NKVD – and Kryuchkov – Gorky’s secretary – were accused of having murdered the writer in collaboration with the doctors who treated him. In Khrushchev’s time, doctors were rehabilitated, but Yagoda and Kryuchkov were not; apparently the party continued to believe in Stalin’s version. It would have been convenient for the dictator to hasten Gorky’s demise because, in the last months of the writer’s life, he was preparing the trial of Lev Kamenev and Grigori Zinoviev.
The regime destroyed a multitude of lives and talents. During the Great Purge, various officials from the Writers’ Union assisted the secret police in sealing the fate of the guild members. Vladimir Stavski, who presided over the Soviet Union of Writers from 1936 to 1938, was the one who denounced Mandelshtam to Yezhov. In a March 1938 letter, Stavski requested that Yezhov “help [to] solve the problem of Osip Mandelshtam,” author of “obscene and defamatory verses about Party leaders and the Soviet people in general.” Stavski attached a “review” of Mandelshtam’s poems by Pyotr Pavlenko, the same one who had betrayed the Pereval writers, friends of Grossman.
Mandelshtam was arrested in May 1938 and died in December in a transit camp in Vladivostok. The regime rewarded collaborators. Pavlenko was awarded the Order of Lenin and four Stalin Awards – presumably for his screenplays.
In his memoirs he describes the appalling living conditions of the prisoners in the labor camp. During a short job at the Chukotka Vehicle Terminal, he supervised the tasks of the prisoners. On one occasion, while taking some papers to the camp administration, he heard screams coming from a punishment cell, in which a man howled that he was freezing to death. On his desk, Grossman kept a small sculpture of a terrified man by Nikolai Sochevets, Olga’s brother and former prisoner.
Vera and Lobodá allowed the writer to understand the scope of the Gulag archipelago. Let us remember the phrase already quoted from «Mama»: «… day and night the convoys transported the prisoners to the Komi, Kolymá, Norilsk, Magadan and Nagaievo Bay camps.

Faced with a rapidly changing situation, and with virtually non-existent communications, Grossman, Troianovski and Knórring only avoided being caught thanks to a combination of luck and ingenuity. They were fleeing to the northeast of Ukraine, on the road to Kiev, where the Soviets would soon suffer a military disaster. Stalin, decisive as supreme commander, rejected a proposal by Gueorgui Zhukov, the chief of the General Staff. Zhukov, who anticipated that Guderian would force his way to encircle the Soviet armies near Kiev, proposed bringing eight divisions from the Far East and retreating behind the Dnieper. But Stalin gave the order to maintain Kiev and the Dnieper at whatever cost: “Kiev was, is and will be Soviet.”
The victory in the Battle of Moscow revealed the failure of the blitzkrieg. Germany was facing precisely the kind of war it had hoped to avoid: a prolonged confrontation. Grossman wondered if the Russian troops would be able to succeed in a long campaign: “In the war I have observed only two attitudes towards the events: either extraordinary optimism or absolute despair. The passage from optimism to despondency is quick, easy and abrupt; in between there is nothing. Nobody thinks that the war is going to be long, that only the tireless effort and without rest, one month after another, will lead to victory; … There are only two feelings: one) the enemy is destroyed; two) destroying the enemy is impossible. During the Battle of Stalingrad the writer was able to observe other traits of the Russian character: patience, resilience, the ability to withstand incredible hardships.
The Stalingrad Notes, which were reprinted by national newspapers and, on occasion, by Pravda, brought Grossman much popularity. In addition, war writings saw the light as isolated works that reached a circulation of more than one million copies. In 1943 three major publishing houses (Politizdat, Voenizdat and Sovetski Pisátel) published books with their war prose. That same year the writer adapted the Stalingrad Notes for the documentary film The Battle of Stalingrad. It was not a masterpiece – “it is not a Rembrandt,” he wrote to Olga – but looking at it was interesting.
After completing “The Inferno of Treblinka” Grossman suffered a nervous breakdown. When Ehrenburg invited him to meet the French journalist and translator Jean Cathala, our writer told him that he was too ill to go out. Cathala, who would translate Solzhenitsyn, was interested to know what she had seen in the liberated death camps.
Grossman, although in Nuremberg he might have seen General Paulus – one of the heroes of his future novel – he had reasons of his own for not attending. He had already witnessed many interrogations of Nazi criminals and it was painful to see those responsible for the massacres again. As for the glory of having been in Nuremberg, it was irrelevant to him. According to Guedda Súrits’ memoirs, Grossman talked about the war without mentioning his own exploits. He considered himself a simple chronicler of events.

Although Stalin died on March 5, the anti-Semitic campaign did not cease. A day later, Simonov, who ran the Literary Gazette, published a list of authors whom he believed necessary to expel from the writers’ union for being a “dead weight.” On March 19, the same Literary Gazette produced an editorial in which Símonov entrusted Soviet writers with the mission of portraying “the greatest genius of all time and all peoples: the immortal Stalin.” The piece displeased the collective of leaders who replaced Stalin in power. Khrushchev summoned Symonov and threatened to dismiss him.
On March 24, in a session of the Presidium of the Writers’ Union, Tvardovski called Grossman’s novel “totally absurd, totally harmful and totally false.” Fadeiev also criticized For a Just Cause and was sorry for his mistakes; at the end of the month he published a long and fierce report on the meeting in the Literary Gazette. Stalin’s death, from the outset, did not mean that the campaign against the Jews would abate. But on April 4, the Kremlin publicly discredited the alleged “Doctors Plot.” Things were beginning to change, finally.
Stalin’s death marked the end of an era that had seen mass executions and deportations, deadly famines, and the bloodiest war in history. In an incomprehensible way, the country that had suffered so much under his rule was shocked by his passing, at the age of seventy-three, a natural death. Almost everyone cried during the days of mourning; many out of anguish and sorrow, but others out of joy. The writer Yevguenia Guínzburg, who survived Kolymá, recalls that on March 5 “all Magadan was sobbing.” Former inmates in the deadliest Soviet camps “were earnestly mourning the dead”.

In the autumn of 1958, when Pasternak was awarded the Nobel, the Soviets retorted with a campaign of harassment. The national press published insults of all kinds; Pasternak’s colleagues and friends publicly denounced the poet’s betrayal and demanded that he be deported. The Writers’ Union immediately expelled him. Grossman, who did not attend that meeting, regretted that even Pasternak’s former acolytes did not have the decency to back him up. The most striking example was that of a Leningrad writer, Vera Panova, who enthusiastically joined the campaign despite having wallpaper the house with photos of Pasternak. Grossman, who knew her, was horrified: “She has come all these miles from Stalingrad,” he argued, “to drive out her dearest and most adored poet, to drive out her idol!” Around this time, Grossman sent a cordial letter to Pasternak, who suffered from various health problems, to wish him well and reassurance.
He had realized that presenting the novel to Znamia had been a mistake.
On December 16, 1960, a few days after Grossman’s fifty-fifth birthday, Znamia sent him a letter summoning him to an editorial board. The writer telephoned the editor of the magazine, Kozhévnikov, to suggest that they meet in private to discuss the novel. The editor declined “absolutely and categorically” and stated that he had not been able to read the manuscript (although it had been delivered to him more than two months ago). Grossman realized that Kozhévnikov was lying and that the purpose of the council was none other than to report him, so he refused to attend, citing heart problems. However, he promised to read the minutes of the session with “great care”.
Kozhevnikov was following party orders.
Grossman was appalled at how easily Armenians came to label Stalin a mama dzoglu (“son of a bitch”). They refused even to acknowledge Stalin’s role in the creation of the Soviet state and industry. Faced with this lack of objectivity, the writer felt “the involuntary impulse to defend Stalin” born within him. “I believe that the hysterical adoration of Stalin, as well as the total and categorical rejection of his figure, have their roots in the same soil.” No one was trying to understand what the failings of the Stalinist state were. In reality, the nature of the coercive state hardly changed: there was no real public debate.
In Armenia Grossman felt very comfortable because there was no anti-Semitism. The Armenians were diverse, genetically, as were the Jews. He found dark and blond people, with blue or brown eyes, with small, straight or aquiline noses, “thin Jesuit lips and thick, puffy African lips.” This diversity reflected the thousands of years of Armenian history and the contacts of its population with different nations, through incursions, invasions, captivity and liberation. It was the same genetic diversity that was found in Jews, in which you can see “Asian, African, Spanish, German, Slavic faces …”. Like the Jews, the Armenians had suffered genocide; in 1915, the Turks had “barbarously exterminated [do] peaceful and innocent people.” The Armenians had proven to be very resilient. The author comments that, even despite this extreme suffering, life would continue its course.
For the last several years, Grossman was completely isolated and without the opportunity to publish his work. He was losing health quickly. He was left with only the battle “for a just cause.” His last novel, became his political testament.

In the days of the USSR, writing could be a very profitable business. In 1934, as soon as it was created, the Union of Soviet Writers had 1,500 members. By 1959 the figure had risen to almost 5,000. In 1989, near the end of the USSR, this prestigious union of letters added almost ten thousand members. To access it, you had to go through a rigorous selection process. Soviet writers were in fact government propagandists, and the state rewarded them handsomely.
his latest work deals with post-Stalinist Russia seen from the perspective of a “man from the concentration camps.” The reader’s first meeting with Ivan takes place on the train: he returns from the Far East to Moscow, where almost no one remembers him anymore: only his cousin’s family. The other passengers on the train – a union instructor, an economist from the State Planning Committee and a construction manager from Siberia – are faces of post-Stalin Russia. The first two are employed in state bureaucracies and, when they speak of the kolkhoz, where the peasants work without wages, they express the attitude of the government (which is essentially that of a slave owner towards writing his books”.
In this final novel, Grossman also makes his most tenacious defense of human rights and freedom. Living under the surveillance of the KGB, he suffered more directly than ever from the absence of freedom in the Soviet Union. Its protagonist, Iván, raises his voice against the dictatorship in a circle of philosophical studies. We are in the 1920s, and Ivan “declared that freedom was a good equal to life itself.” After one of the students reports him to the authorities, they expel Iván from the university and send him into exile, for three years, in Kazakhstan. But the deprivation does not end there: during the three decades that followed, Ivan “had not spent more than a year in freedom.”
The book was left unfinished. Intentional or not, the famine chapter has traces of an interview. Thus, Anna responds to an interlocutor that we do not see and whose questions are not included: “No, there was no famine at the time of dekulakization … The famine came in 1932, two years later.” It was easy to set a trap out of interest: “Write against her, without even signing, write that she has braceros working for her and that she owns three cows, and you already have a kulak.” People denounced neighbors to settle scores or to enrich themselves with the property of dispossessed kulaks.
The chapter on hunger draws parallels between Stalin’s campaign, for the annihilation of the kulaks, and Hitler’s campaign, for the extermination of the Jews. Anna is transmitting the author’s thought to us when she compares the inhumanity and effectiveness of Hitler and Stalin’s propaganda: “To kill them, it was necessary to declare: the kulaks are not human beings. Yes, just like when the Germans said that Jews were not human beings. Lenin and Stalin said the same: the kulaks are not human beings. After the purge of the kulaks, the authorities undertook forced collectivization.
Grossman’s central message is that “there is no objective world for which the freedom of man can be sacrificed.” This novel is the most radically anti-totalitarian of the author. Even so, in reality, his political perspective had not changed much: in Stepan Kolchuguin, his first novel, he already defends the ideals of freedom, human rights and democracy.
It closes with an allusion to the parable of the prodigal son. Ivan returns to the land of his ancestors, by the Black Sea, where he had had his home. «For a moment it was as if a never seen before light, incredibly alive, flooded the earth. A few more steps and in that light he would see his house, and his mother would come to him, prodigal son, and he would kneel before her, and her young and beautiful hands would rest on his bald and gray head. ” But the house no longer exists: “Just a few white stones, scattered in the middle of the dusty, sunburned grass.” This passage is Grossman’s farewell to life: his last vision.

While Life and Fate appeared at the same time as Doctor Zhivago, Grossman’s latest novel Everything Flows was released in Russia in 1989, the same year as Solzhenitsyn’s Gulag Archipelago. Solzhenitsyn’s colossal work, printed in Novy Mir at the height of glasnost, had less of an effect on Soviet readers than his short novel Ivan Denisovich. By the 1990s, Russia had begun to lose interest in publications exposing the crimes of Stalinism.
As Grossman had predicted in Life and Destiny, Stalin’s name has become associated with the Soviet victory in World War II. This triumph, he wrote, would help Stalin erase the past, along with the memory of the millions of people who had lost their lives during collectivization, famine, and purges. Putin has used the myth of Stalin’s war victory to strengthen his own political power.
In October 2017, Putin inaugurated the Wall of Mourning, the first state-owned monument to the victims of Soviet terror. But in December the state also celebrated the centenary of the creation of the Cheka, the Bolshevik secret police, responsible for an entire massacre of Soviet citizens.
Two versions of Soviet history coexist in modern Russia, which means that the state has never assumed responsibility for having murdered millions of people and has never clearly and definitively admitted its crimes. The story can be presented in both ways.
But the glásnost did not happen in vain. Publications from the Gorbachev era helped form a nucleus of civil society, and today these groups resist government pressure and attacks from neo-Stalinists. Although Russian society as a whole suffers from a historical amnesia, thousands of people have dedicated themselves to working for memory. In 1990, the Solovetsky Stone, a symbolic monument to the victims of Soviet repression, was installed in front of the Lubyanka building. It is a rock brought from the island of Solovetski, where the first concentration camps of the Soviet Union were located. During the Terror years, 40,000 people were shot in Moscow alone.

Grossman remains unpopular in Russia for this very reason. It is easier to believe in a glorious past than to admit that Stalinism and Nazism were a mirror of each other.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2019/06/02/el-infierno-de-treblinka-vasili-grossman-the-hell-of-treblinka-by-vasily-grossman/

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