No Es Lugar Para Mujeres. La Historia De Las Doctoras Que Dirigieron El Hospital Más Extraordinario De La Primera Guerra Mundial — Wendy Moore / Endell Street: The Trailblazing Women Who Ran World War One’s Most Remarkable Military Hospital by Wendy Moore

Conocia la historia gracias a una amiga escocesa. El libro comienza con Flora Murray y Louisa Garrett Anderson, dos doctoras muy involucradas en el movimiento sufragista británico, que en el momento en que estalló la Primera Guerra Mundial recurría a la desobediencia civil y las huelgas de hambre. Anderson pasó un tiempo en prisión mientras Murray trataba a los huelguistas de hambre y posiblemente ayudó a algunos a escapar de las autoridades. Cuando comenzó la Primera Guerra Mundial, las sufragistas suspendieron la actividad y las dos mujeres organizaron un contingente de médicos, enfermeras y enfermeras para viajar a París, donde instalaron un hospital voluntario para soldados heridos bajo los auspicios de la Cruz Roja Francesa. Su éxito llevó a la apertura de un segundo hospital en Francia para el ejército británico y, finalmente, a la apertura del Hospital Militar Endell Street en Londres (así como varios hospitales auxiliares), que trató a los soldados heridos durante el resto de la guerra y la pandemia de gripe que siguió. Todos los hospitales empleaban exclusivamente a doctoras y enfermeras y principalmente a enfermeras, realizando tareas que hasta entonces el establecimiento aseguraba que las mujeres no podían realizar, desde cargar camillas hasta tratar enfermedades venéreas y realizar cirugías. Trataron con éxito a miles de soldados heridos y perdieron muy pocos, y su trabajo contribuyó a que las mujeres británicas finalmente obtuvieran el voto y aumentaran las oportunidades para las médicas.
Me alegré de aprender sobre este fragmento de la historia y lo encontré legible y atractivo. Moore se basa en gran parte en las cartas de varios médicos, personal, voluntarios y pacientes para pintar una imagen del hospital, lo que le da a la escritura un toque personal. Tampoco oculta los inevitables conflictos en el lugar de trabajo, ya que algunos miembros del personal y los voluntarios encontraron a sus jefes difíciles, aunque en general parecen haber sido un grupo muy unido unido por el trabajo arduo y el propósito compartido. Hay una verdad incómoda aquí, en que la guerra, que mató a aproximadamente 16 millones de soldados y civiles (sin contar las posteriores muertes por influenza) y dejó un número asombroso de heridos, fue para muchos miembros del personal médico el momento de sus vidas, ofreciendo la mayor oportunidad profesional y el sentido de propósito que alguna vez tendrían, al mismo tiempo que hacen las paces entre elementos de la sociedad británica que antes estaban en guerra. Murray y Anderson pretendían explícitamente que el suyo fuera el “hospital de las sufragistas”, con la intención de demostrar el valor de las practicantes femeninas, lo cual hicieron absolutamente, mientras que tratar a los soldados incluso suavizó sus puntos de vista sobre los hombres.
Varios estudiosos han comentado sobre la relación entre Murray y Anderson y la relativa escasez de espacio para abordarla en el texto. Sin embargo, esa escasez no es culpa del autor: ninguna carta entre ellas sobrevivió, ni tampoco el diario de guerra de Murray, y Moore es franca con la información que tiene. Los dos eran claramente compañeros de vida, y aunque Moore no está dispuesto a decir definitivamente que eran una pareja en el sentido sexual, eso es por una buena razón. Si bien su relación parece muy obviamente la de una pareja casada (usando anillos a juego, poseyendo propiedades juntos, etc.), esto no era en absoluto la suposición de sus contemporáneos. Vivían en una sociedad en la que el matrimonio era típicamente la sentencia de muerte para la carrera de una mujer, ya sea por expectativas sociales o políticas explícitas que impedían la contratación de mujeres casadas (que existían en abundancia), y las mujeres respetables de clase media difícilmente iban a ” vivir en pecado “. Como resultado, las mujeres profesionales a menudo cohabitaban en asociaciones a largo plazo entre ellas sin que se asumiera que eran lesbianas. Todavía me inclino a pensar que ellas dos eran una pareja incluso en el sentido actual, pero al analizar la historia debemos tener en cuenta los prejuicios de nuestra sociedad, y vivimos en una en la que cualquier devoto, no familiar (¡y a veces incluso familiar! ) se asume que la relación es sexual. Otras culturas, incluida la suya, permiten un alcance mucho más amplio a la amistad.

En general, disfruté de este libro; es una lectura relativamente rápida, aprendí de ellas y me impresionaron los logros de las mujeres representadas.

Las doctoras británicas Flora Murray y Louisa Garrett Anderson lo dejaron todo cuando estalló la primera guerra mundial, incluyendo su lucha activa por el derecho al voto de la mujer, para trasladarse a Francia donde crearon dos pequeños hospitales militares. A pesar de que en su país las mujeres no podían atender a hombres, sus capacidades médicas y organizativas resultaron ser tan impresionantes que, en 1915, el Ministerio de la Guerra les pidió que regresaran a Londres y pusieran en marcha un nuevo hospital militar en un enorme y antiguo hospicio abandonado en la calle Endell de Covent Garden.
Consiguieron lo imposible. Crearon y dirigieron un hospital de 573 camas cuyo personal estaba formado exclusivamente por mujeres: médicas, cirujanas y enfermeras. Durante los siguientes cuatro años, recibieron a 26.000 heridos y desarrollaron técnicas completamente nuevas con las que lidiar con las horribles heridas de los morteros y el gas que sufrían los soldados. Y cuando la guerra estaba acabando y apareció la epidemia de la gripe española, el hospital cerró sus puertas y Flora, Louisa y todas las mujeres de su equipo fueron de nuevo marginadas a la hora de ejercer su profesión: se les volvió a decir que aquel no era lugar para mujeres.
El conocido como «hospital de las suffragettes » —u «hospital de las flappers », que era otro de sus apodos— era muy popular. El Hospital Militar de la calle Endell (su nombre oficial) era, de hecho, y todos estaban de acuerdo, el mejor hospital de Londres.

Cuando estalló la guerra, políticos de todos los colores habían enterrado sus diferencias para luchar contra un enemigo común, y esa misma tregua también se había declarado entre mujeres y hombres. Al empezar la contienda, y tras unos años en los que el número de activistas que luchaban por el derecho a voto de las mujeres no había parado de crecer, las líderes de las sufragistas y las suffragettes habían dejado de lado sus exigencias. Millicent Fawcett, presidenta de una asociación no combativa —la Unión Nacional de Sociedades por el Sufragio Femenino (NUWSS, por sus siglas en inglés)—, había marcado el camino al pedir a sus simpatizantes que ofrecieran sus servicios a su país a los pocos días de haberse declarado la guerra. «Mujeres, vuestro país os necesita», fue el mensaje que transmitió a sus afiliadas, antes incluso de que apareciese el emblemático cartel de Kitchener en el que hacía el mismo llamamiento dirigido a los hombres.
No era de extrañar que, considerando la injusticia y la discriminación a las que tuvo que hacer frente, Louisa Garrett Anderson se sintiera atraída por la lucha a favor de los derechos de las mujeres. También en este campo siguió los pasos de su familia, ya que su madre había apoyado el sufragio femenino desde el principio. Ya en 1866, Elizabeth Garrett Anderson presentó junto a otras compañeras una petición en el Parlamento en la que se abogaba por el derecho a voto de las mujeres. 37 Sin embargo, fue la tía de Louisa, Millicent Garrett Fawcett, la hermana menor de su madre, quien abanderó la lucha por el derecho de las mujeres a votar.

El 17 de septiembre de 1914, Flora Murray y Louisa Garrett Anderson se armaron de valor para recibir a los primeros heridos en el quirófano del Claridge, estaban tan poco preparadas como cualquiera de sus colegas varones. Sin embargo, cuando Murray administró cloroformo al primer paciente en el cuarto de baño femenino reconvertido y Anderson cogió su bisturí para realizar la primera incisión, las dos mujeres sabían que no podían permitirse fracasar. Ambas eran plenamente conscientes de que esa noche era una prueba crítica, no solo para ellas, sino también para todas las mujeres médicas. Era la primera oportunidad de demostrar públicamente que las mujeres médicas eran igual de válidas que los hombres. Asistidas por sus compañeras de menor rango y por las enfermeras, trabajaron hasta bien entrada la noche. El Claridge, o L’Hôpital Auxiliare, que era ahora su nombre oficial, quedaba inaugurado.
A pesar del continuo desafío que suponía enfrentarse a los hombres heridos y al manejo de la burocracia, el Cuerpo Hospitalario Femenino se estaba adaptando bien a la situación. Las mujeres disfrutaban de la oportunidad de demostrar sus capacidades, a la vez que adquirían experiencia en salvar vidas y en liderar el uso de nuevas técnicas. En ese momento, habría resultado devastador para ellas tener que empaquetarlo todo y regresar a casa. Y puesto que el rastreo por los alrededores de París no les permitía encontrar pacientes, Murray y Anderson decidieron que tendrían que buscar más lejos.
No resulta sorprendente que muchos hombres lamentaran tener que dejar el hospital, ya fuese para ser trasladados a otros centros de Gran Bretaña si sus heridas eran demasiado graves o para poder regresar al servicio activo y ser enviados de nuevo al frente si su estado de salud lo permitía. Debido al flujo continuo de nuevos heridos y a la demanda de más hombres para reemplazarlos en el campo de batalla, los hospitales militares estaban siempre presionados para dar de alta a todos los pacientes posibles y dejar camas libres.

Flora Murray y Louisa Garrett Anderson entraron en el Ministerio de la Guerra —situado en la esquina de Whitehall con la avenida Horse Guards— con una mezcla de expectación e inquietud. En los cinco meses que habían transcurrido desde que abandonaron Londres, la ciudad había cambiado hasta ser prácticamente irreconocible.
Al regresar a Londres, Flora y Louisa se instalaron en su casa de Kensington. Tras meses de separación forzosa en Francia, nunca más iban a vivir lejos la una de la otra. Empezaron a preparar su nuevo hospital de inmediato, pero, a pesar del apoyo de las figuras médicas más veteranas del Ministerio de la Guerra, sabían que no iba a ser fácil. A principios de marzo, les dijeron que el hospital se instalaría en un antiguo hospicio cerca de Covent Garden, en el centro de Londres. Cuando se dirigían a una reunión en el Ministerio de la Guerra, decidieron echar un vistazo desde la entrada y se quedaron impactadas al ver que había montones de basura y suciedad, aunque enseguida fueron expulsadas por un portero entrometido que argumentó que no eran «personas autorizadas según las normas del gobierno». Sin embargo, más tarde, cuando ya tenían el permiso oficial para entrar en el edificio, los obstáculos —y las hostilidades— aumentaron.
El hospicio de Saint Giles and Saint George, situado en la calle Endell, en el corazón del distrito de los teatros londinenses, era una imponente construcción de cinco plantas formada por cuatro edificios rodeados por un sucio patio.
El hospital de la calle Endell se inauguró en primavera, solo tres días después de que los Aliados lanzaran su ofensiva conjunta contra el Ejército alemán en el Frente Occidental. El parón invernal finalizó el 10 de marzo de 1915 con un ataque sorpresa de los británicos, reforzado con los nuevos reclutas y tropas de Kitchener procedentes de todas partes del Imperio. Con este ataque se logró capturar el pueblo de Neuve Chapelle, pero se perdieron muchas vidas. Ambos bandos pelearon desde sus trincheras durante más de cinco semanas, desde abril a mayo, en la que se conocería como la segunda batalla de Ypres.
Además de las horribles mutilaciones que seguía provocando la artillería pesada, los alemanes empezaron a usar una nueva arma, el gas cloro, el 22 de abril. Los ejércitos francés, inglés y canadiense (llegados a Francia hacía poco) estaban aterrados por las nubes envolventes de gas que quemaban los ojos, la boca y la nariz y atacaban luego los pulmones, provocando asfixia y sofoco.
Estuvo muy bien cosechar los aplausos de la prensa por la novedad de las «damas doctoras» que trataban a héroes de guerra en un nuevo y acogedor hospital, el cual era visto a través de la lente de color rosa del patrioterismo de los inicios de la guerra. Las mujeres tenían que administrar los mejores cuidados posibles a un flujo ininterrumpido de soldados seriamente heridos, y al mismo tiempo tenían que hacer frente a la continua obstrucción de algunos miembros del Ministerio de la Guerra y a la hostilidad de una gran parte del estamento médico masculino. Ahora contaban con un hospital significativamente más grande que los anteriores y con un personal cuyas integrantes eran, en su mayor parte, jóvenes novatas sin ningún tipo de formación; paralelamente, tenían que negociar con la burocracia de las regulaciones militares, así que los primeros días fueron una prueba de fuego. Pese a todos los elogios de la prensa y las palabras de ánimo de Anderson y Murray, las mujeres de la calle Endell estuvieron batallando con problemas muy serios durante esas primeras semanas.

Cuando 1915 dio paso a 1916, estaba claro que, a pesar de todas las tensiones y discusiones, las mujeres de la calle Endell habían derrotado a los escépticos del Ministerio de la Guerra. No solo sobrevivieron más de seis meses, sino que demostraron públicamente y de forma desafiante que las mujeres eran tan capaces de dirigir y gestionar un hospital militar como sus colegas varones.
A finales de 1916 había muy poco que celebrar en Gran Bretaña. El aumento de los precios, la escasez de alimentos y de carbón y el desastre del Somme forzaron la dimisión de Asquith a principios de diciembre, que fue reemplazado por David Lloyd George. Dado que una de las mayores preocupaciones era la escasez de pan, Alan Anderson ya había sido reclutado para supervisar una Comisión Real sobre los suministros de trigo. Cuando las temperaturas cayeron en picado y Londres se cubrió de niebla, los londinenses se prepararon para soportar uno de los peores inviernos que se recuerdan. Cynthia Asquith, nuera del ahora ex primer ministro, se vio obligada a ponerse su abrigo de pieles durante el desayuno. Muy pocos se sintieron inclinados a disfrutar de las habituales celebraciones navideñas.
A pesar de todo, nada podía desanimar a las mujeres de la calle Endell.

El estatus de segunda clase que tenían las mujeres quedó aparcado momentáneamente durante los primeros días de noviembre, cuando la posibilidad de que acabara la guerra pareció más real que nunca. A pesar de que en los periódicos abundaban las noticias sobre las derrotas de los alemanes, la rendición de Alemania y la abdicación del káiser, nadie se atrevía a creer que la guerra hubiera terminado realmente, y cuando el 11 de noviembre de 1918 por fin se declaró el Armisticio, la noticia parecía imposible de asimilar.
La gripe española mantuvo ocupado al personal del hospital de la calle Endell hasta el final de la primavera de 1919, pero ni siquiera entonces hubo un respiro. Mientras el Ministerio de la Guerra se apresuraba a cerrar hospitales militares del país y del extranjero, liberando a sus doctores y al resto del personal para que pudieran regresar a sus antiguas vidas como civiles, el de la calle Endell siguió abierto. A pesar de haber solicitado su cierre, a Murray le pidieron en abril que lo mantuviera abierto otros seis meses más. La proximidad del hospital a las principales estaciones de ferrocarril era un factor a favor de la medida, aunque su popularidad y su reputación por la eficiencia demostrada también tuvieron su peso. Otra posible razón era que los médicos varones tenían muchas ganas de regresar a sus consultas, mientras que las mujeres parecían prescindibles. Más concienzuda que nunca, Murray aceptó.
El hospital de la calle Endell pasó a ser uno de los pocos hospitales militares que permanecían abiertos en Londres. Sus camas fueron ocupadas por pacientes transferidos de hospitales de distintos lugares de la capital cuando estos cerraron, y por soldados enfermos o convalecientes que llegaban desde casi cualquier esquina del mundo.

En septiembre de 1919, el Ministerio de la Guerra les envió la orden de cerrar el hospital a finales del mes siguiente. Aunque hacía tiempo que esperaban la llegada de esa orden, fue una «conmoción para todas nosotras», dijo Anderson. El edicto fue recibido con «una mezcla de sentimientos de liberación y pena». Los últimos pacientes que quedaban ya estaban en fase de recuperación y fueron enviados a sus casas o a hospitales de otros lugares. Cuando se vaciaron las salas, las enfermeras y auxiliares que quedaban recibieron su orden de desmovilización. A mediados de octubre, solo quedaban las dos oficiales al mando y un pequeño grupo compuesto por una docena de enfermeras y auxiliares.
Desde que fue inaugurado, en mayo de 1915, el Hospital Militar de la calle Endell había cobijado a más de veintiséis mil pacientes, la inmensa mayoría de los cuales eran hombres. Aunque casi todos eran soldados británicos, también estuvieron ingresados más de dos mil canadienses, otros dos mil australianos y neozelandeses y doscientos estadounidenses, enviados desde todas y cada una de las zonas de guerra de la primera guerra mundial. En su departamento de urgencias, veinte mil hombres y mujeres más fueron atendidos como pacientes ambulatorios. Sus cirujanas realizaron más de siete mil intervenciones en el quirófano, la mayoría de ellas a cargo de Anderson, además de otros «procedimientos menores» que se llevaron a cabo en las salas. Y a pesar de los malos presagios del personal del Ministerio de la Guerra, el hospital no solo sobrevivió, sino que se ganó el reconocimiento del público, de la profesión y de la prensa.
Al ser el único hospital militar dirigido y gestionado únicamente por mujeres durante la primera guerra mundial, el hospital de la calle Endell demostró que las mujeres médicas eran tan capaces de realizar una cirugía militar como los hombres. La prensa reconoció, en muchos de sus artículos, que no solo era «posiblemente, el hospital más popular» de Londres, sino que también era «el más eficiente de todos». Famoso por su atmósfera alegre y su espíritu vigoroso, el «Hospital de las “suffragettes ”» también fue reconocido por su trabajo y disciplina. Su reputación se propagó por todo el mundo, y acudieron mujeres desde Australia, Canadá, África y Estados Unidos para unirse a él.
El hospital de la calle Endell fue la prueba más clara de la importancia del lema «Hechos, no palabras» a la hora de demostrar de qué eran capaces las mujeres. El hospital, tal como le dijo Anderson a Winifred Buckley, había sido un «punto de referencia» para las mujeres profesionales, «y todas deberíamos sentirnos orgullosas, además de felices, por haber formado parte de él». Y a pesar de todo, los últimos días del hospital de la calle Endell pasaron prácticamente desapercibidos en la prensa. Después de haberle dedicado multitud de páginas elogiando su trabajo durante la guerra, en tiempos de paz su cierre apenas mereció un artículo corto en The Globe y un párrafo en la revista suffragette The Vote . Mientras Flora y Louisa se alejaban de Covent Garden con las manos vacías, Murray comentó que, ahora, el Hospital Militar de la calle Endell no era más que «un maravilloso y apreciado recuerdo».

Juntas, Louisa Garret Anderson y Flora Murray lucharon en dos grandes guerras y pelearon codo con codo en las barricadas de la cruzada sufragista para conseguir que las mujeres pudieran votar, arriesgando su reputación y su libertad en la guerra feminista. Sin embargo, cuando Gran Bretaña fue a la guerra contra Alemania en 1914, dejaron de lado sus pancartas para servir a su país como médicas dedicadas a salvar las vidas de los soldados. En París, en Wimereux y en Londres dirigieron e inspiraron a mujeres de los rincones más remotos del globo, desde Gran Bretaña hasta Nueva Zelanda, para que trabajaran incansablemente por la causa de los Aliados. Lograron que sus críticos se tuvieran que tragar sus palabras al crear un hospital en la calle Endell que fue considerado por todos como el más eficiente, el más popular e incluso el más exitoso del Ejército británico. Como comandantes en ocasiones eran duras, intimidadoras y siempre inflexibles (tenían que serlo), pero su fe en las mujeres nunca se tambaleó. Ahora que ambas habían sucumbido al «largo y plácido sueño» mientras otra guerra se extendía por el mundo, su contribución fue, en gran parte, olvidada. Y sin embargo, su legado sigue vivo.
Desde que Elizabeth Garrett Anderson se convirtió, en 1865, en la primera mujer licenciada como médica en Gran Bretaña, las mujeres del Reino Unido y del resto de los países lucharon para poder estudiar medicina y trabajar como médicas en igualdad de condiciones que los hombres. Aunque cientos de mujeres médicas demostraron que podían ejercer su profesión tan bien como los hombres durante la primera guerra mundial, la virulenta reacción una vez alcanzada la paz impidió que en el período de entreguerras pudieran conservar el terreno y los derechos que tan merecidamente se habían ganado. Al inicio de la segunda guerra mundial, el Ministerio de la Guerra garantizó el mismo salario y condiciones a las mujeres médicas que se unieran al Ejército, aunque se les seguía negando el grado de oficiales. En 1944, un año después del fallecimiento de Louisa Garrett Anderson, las mujeres seguían suponiendo solo el 20% de la profesión médica (doctoras tituladas), y esa proporción siguió más o menos estancada hasta la década de 1960.

En la actualidad, no queda prácticamente nada del Hospital Militar de la calle Endell, solo algunos restos, recuerdos y fantasmas. El edificio del antiguo hospicio fue demolido y sustituido por edificios de pisos de titularidad municipal en la década de 1980.
Una placa de pizarra con el lema «Hechos, no palabras», descubierta en 2008, es el único recordatorio de que allí hubo un hospital. Sin embargo, la historia del Hospital Militar de la calle Endell continúa siendo en la actualidad una fuente de inspiración para las mujeres médicas, y para todas las mujeres en general. Las mujeres que fundaron el hospital de la calle Endell, y todas las pioneras que trabajaron allí, siguen siendo una prueba de lo que pueden hacer las mujeres tanto en hechos como en palabras.

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I know about it due to a scottish friend gal. The book begins with Flora Murray and Louisa Garrett Anderson, two doctors heavily involved in Britain’s suffragette movement, which at the time WWI broke out was resorting to civil disobedience and hunger strikes. Anderson actually spent time in prison while Murray treated hunger strikers and possibly helped some escape the authorities. When WWI began, the suffragettes suspended activity, and the two women organized a contingent of doctors, nurses and orderlies to travel to Paris, where they set up a voluntary hospital for wounded soldiers under the auspices of the French Red Cross. Their success led to opening a second hospital in France for the British military, and finally to opening Endell Street Military Hospital in London (as well as several auxiliary hospitals), which treated wounded soldiers for the remainder of the war and the flu pandemic that followed. All the hospitals employed exclusively female doctors and nurses and primarily female orderlies, handling tasks that up till then the establishment had claimed women were unable to do, from carrying stretchers to treating venereal diseases and performing surgeries. They successfully treated thousands of wounded soldiers while losing very few, and their work contributed to British women finally getting the vote and to increased opportunity for female doctors.
I was glad to learn about this slice of history and found it readable and engaging. Moore relies in large part on the letters of various doctors, staff, volunteers and patients to paint a picture of the hospital, which gives the writing a personal touch. She also doesn’t hide the inevitable workplace conflicts, as some of the staff and volunteers found their bosses difficult, though on the whole they seem to have been a close-knit group united by hard work and shared purpose. There’s an uncomfortable truth here, in that the war—which killed approximately 16 million soldiers and civilians (not counting subsequent flu deaths) and left staggering numbers injured—was for many of the medical staff the time of their lives, offering the greatest professional opportunity and sense of purpose that they’d ever have, while making peace between previously warring elements of British society. Murray and Anderson pretty explicitly intended theirs as “the suffragettes’ hospital,” meant to prove the worth of female practitioners—which they absolutely did, while treating soldiers even softened their views on men.
Several reviewers have commented on the relationship between Murray and Anderson and the relative paucity of space addressing it in the text. That paucity isn’t the author’s fault, though: no letters between them survived, nor did Murray’s wartime journal, and Moore is up-front with the information she does have. The two were clearly life partners, and while Moore isn’t willing to say definitively that they were a couple in the sexual sense, that’s for good reason. While their relationship seems very obviously that of a married couple today (wearing matching rings, owning property together, etc.), this was not at all the assumption of their contemporaries. They lived in a society in which marriage was typically the death knell for a woman’s career, whether due to social expectations or explicit policies preventing the hiring of married women (which existed in abundance), and respectable middle-class women were hardly going to “live in sin.” As a result, professional women often cohabited in long-term partnerships with each other without being assumed to be lesbians. I’m still inclined to think these two were a couple even in today’s sense, but when analyzing history we ought to keep our society’s biases in mind, and we live in one in which any devoted, non-familial (and sometimes even familial!) relationship is assumed to be sexual. Other cultures, including theirs, allow a much wider scope to friendship.

Overall, I enjoyed this book; it’s a relatively quick read, and I learned from it and was impressed by the accomplishments of the women depicted.

British doctors Flora Murray and Louisa Garrett Anderson left everything when the First World War broke out, including their active fight for the right to vote for women, to move to France where they created two small military hospitals. Despite the fact that women in their country were unable to care for men, their medical and organizational capacities proved so impressive that, in 1915, the War Office asked them to return to London and start up a new military hospital in a Huge old abandoned hospice on Endell Street in Covent Garden.
They achieved the impossible. They created and ran a 573-bed hospital staffed exclusively by women: doctors, surgeons, and nurses. Over the next four years, they received 26,000 wounded and developed entirely new techniques for dealing with the horrific mortar and gas wounds suffered by soldiers. And when the war was ending and the Spanish flu epidemic appeared, the hospital closed its doors and Flora, Louisa and all the women on their team were once again marginalized when it came to practicing their profession: they were again told that that it was no place for women.
The so-called “hospital of the suffragettes” – or “hospital of the flappers”, which was another of his nicknames – was very popular. Endell Street Military Hospital (its official name) was, in fact, and everyone agreed, the best hospital in London.

When the war broke out, politicians of all colors had buried their differences to fight a common enemy, and that same truce had also been declared between women and men. At the beginning of the contest, and after a few years in which the number of activists fighting for women’s right to vote had not stopped growing, the leaders of the suffragettes and the suffragettes had put aside their demands. Millicent Fawcett, president of a non-combative association – the National Union of Societies for Women’s Suffrage (NUWSS) – had led the way by asking her supporters to offer their services to her country within days. having declared war. “Women, your country needs you,” was the message she conveyed to her affiliates, even before Kitchener’s iconic poster appeared in which she made the same appeal to men.
It was no wonder that, considering the injustice and discrimination she faced, Louisa Garrett Anderson was drawn to the fight for women’s rights. She too in this field she followed in the footsteps of her family, as her mother had supported women’s suffrage from the beginning. As early as 1866, Elizabeth Garrett Anderson, along with other colleagues, presented a petition in Parliament advocating the right to vote for women. 37 However, it was Louisa’s aunt, Millicent Garrett Fawcett, her mother’s younger sister, who led the fight for women’s right to vote.

On September 17, 1914, Flora Murray and Louisa Garrett Anderson plucked up the courage to receive the first wounded in the Claridge’s operating room, as unprepared as any of their male colleagues. However, when Murray administered chloroform to the first patient in the converted female bathroom and Anderson took the scalpel from her to make the first incision, the two women knew they couldn’t afford to fail. They were both fully aware that tonight was a critical test, not only for themselves, but also for all female doctors. It was the first opportunity to publicly demonstrate that female doctors were just as valid as men. Assisted by their junior colleagues and nurses, they worked well into the night. The Claridge, or L’Hôpital Auxiliare, which was now its official name, was opened.
Despite the ongoing challenge of dealing with wounded men and handling the bureaucracy, the Women’s Hospital Corps was adapting well to the situation. The women enjoyed the opportunity to demonstrate their capabilities, while gaining experience in saving lives and leading the use of new techniques. At that point, it would have been devastating for them to have to pack everything up and go home. And since the search around Paris didn’t allow them to find patients, Murray and Anderson decided they would have to look further afield.
Not surprisingly, many men regretted having to leave the hospital, either to be transferred to other facilities in Britain if their injuries were too severe or to be able to return to active duty and be sent back to the front line if their health conditions were so. allowed. Due to the continuous flow of new wounded and the demand for more men to replace them on the battlefield, military hospitals were always under pressure to discharge as many patients as possible and leave beds free.

Flora Murray and Louisa Garrett Anderson entered the War Office – located at the corner of Whitehall and Horse Guards Avenue – with a mixture of anticipation and unease. In the five months since they left London, the city had changed beyond recognition.
Upon returning to London, Flora and Louisa settled in their Kensington home. After months of forced separation in France, they were never going to live far from each other again. They began preparing their new hospital immediately, but despite the support of the senior medical figures in the War Ministry, they knew it was not going to be easy. In early March, they were told that the hospital would be set up in a former hospice near Covent Garden in central London. On their way to a meeting at the War Ministry, they decided to take a look from the entrance and were shocked to see that there were piles of garbage and dirt, although they were promptly chased away by a nosy doorman who argued that they were not ‘authorized persons according to government regulations. However, later, when they already had official permission to enter the building, the obstacles – and hostilities – increased.
The Hospice of Saint Giles and Saint George, located on Endell Street in the heart of London’s theater district, was an imposing five-story building made up of four buildings surrounded by a grimy courtyard.
The Endell Street Hospital opened in the spring, just three days after the Allies launched their joint offensive against the German Army on the Western Front. The winter break ended on March 10, 1915 with a surprise attack by the British, reinforced by new recruits and Kitchener troops from all over the Empire. With this attack, the town of Neuve Chapelle was captured, but many lives were lost. Both sides fought from their trenches for more than five weeks, from April to May, in what would become known as the Second Battle of Ypres.
In addition to the horrible mutilations that continued to cause heavy artillery, the Germans began using a new weapon, chlorine gas, on April 22. The French, English and Canadian armies (recently arrived in France) were terrified by enveloping clouds of gas that burned the eyes, mouth and nose and then attacked the lungs, causing suffocation and suffocation.
It was very good to garner the applause of the press for the novelty of the “lady doctors” treating war heroes in a cozy new hospital, which was seen through the pink lens of early jingoism. war. Women had to administer the best possible care to an uninterrupted flow of seriously wounded soldiers, and at the same time faced continuous obstruction from some members of the War Ministry and hostility from a large part of the male medical establishment. Now they had a significantly larger hospital than the previous ones and a staff whose members were, for the most part, young novices with no training whatsoever; In parallel, they had to negotiate with the bureaucracy of military regulations, so the first days were a litmus test. Despite all the praise from the press and words of encouragement from Anderson and Murray, the women of Endell Street were struggling with serious problems during those first few weeks.

When 1915 gave way to 1916, it was clear that despite all the tensions and arguments, the Endell Street women had defeated the skeptics of the War Office. Not only did they survive for more than six months, they publicly and defiantly demonstrated that women were just as capable of running and managing a military hospital as their male colleagues.
By the end of 1916 there was very little to celebrate in Britain. Rising prices, food and coal shortages, and the Somme disaster forced Asquith’s resignation in early December, who was replaced by David Lloyd George. Since one of the biggest concerns was the shortage of bread, Alan Anderson had already been recruited to oversee a Royal Commission on wheat supplies. When temperatures plummeted and London shrouded in fog, Londoners braced themselves for one of the worst winters in living memory. Cynthia Asquith, daughter-in-law of the now-former prime minister, was forced to put on her fur coat during breakfast. Very few were inclined to enjoy the usual Christmas celebrations.
In spite of everything, nothing could discourage the women of Endell Street.

The second-class status of women was momentarily put on hold during the first days of November, when the possibility of ending the war seemed more real than ever. Although the newspapers abounded with the news about the defeats of the Germans, the surrender of Germany and the abdication of the Kaiser, no one dared to believe that the war was really over, and when November 11, 1918 finally declared the Armistice, the news seemed impossible to assimilate.
The Spanish flu kept the staff at the Endell Street hospital busy until the late spring of 1919, but even then there was not a respite. As the War Office rushed to close military hospitals at home and abroad, freeing their doctors and other staff so they could return to their former civilian lives, the one on Endell Street remained open. Despite requesting its closure, Murray was asked in April to keep it open for another six months. The hospital’s proximity to major railway stations was a factor in favor of the measure, although its popularity and reputation for proven efficiency also played a role. Another possible reason was that the male physicians were eager to return to their practices, while the females seemed expendable. More conscientious than ever, Murray agreed.
Endell Street Hospital became one of the few remaining military hospitals in London. Their beds were occupied by patients transferred from hospitals in different parts of the capital when they closed, and by sick or convalescent soldiers who arrived from almost any corner of the world.

In September 1919, the War Ministry sent them an order to close the hospital at the end of the following month. Although they had long awaited the arrival of that order, it was a “shock to all of us,” Anderson said. The edict was greeted with “a mixture of feelings of liberation and grief.” The last remaining patients were already in the recovery phase and were sent home or to hospitals elsewhere. When the wards were emptied, the remaining nurses and aides received their demobilization order. By mid-October, only the two commanding officers and a small group of a dozen nurses and aides remained.
Since it was opened in May 1915, the Endell Street Military Hospital had sheltered more than 26,000 patients, the vast majority of whom were men. Although almost all were British soldiers, more than 2,000 Canadians, 2,000 other Australians and New Zealanders, and 200 Americans were also admitted, sent from each and every one of the war zones of the First World War. In his emergency department, 20,000 more men and women were treated as outpatients. His surgeons performed more than 7,000 operations in the operating room, most of them performed by Anderson, in addition to other “minor procedures” that were performed in the wards. And despite bad omens from the War Ministry staff, the hospital not only survived, it gained recognition from the public, the profession, and the press.
As the only military hospital run and managed solely by women during WWI, Endell Street Hospital proved that female doctors were just as capable of performing military surgery as males. The press recognized, in many of its articles, that it was not only “possibly the most popular hospital” in London, but also “the most efficient of all”. Famous for its lively atmosphere and vigorous spirit, the “Suffragettes Hospital” was also recognized for its work and discipline. His reputation spread around the world, and women from Australia, Canada, Africa and the United States flocked to join him.
The Endell Street Hospital was the clearest proof of the importance of the motto “Facts, not words” in demonstrating what women were capable of. The hospital, as Anderson told Winifred Buckley, had been a “landmark” for professional women, “and we should all be proud as well as happy to have been a part of it.” And despite it all, the last days of the Endell Street Hospital went largely unnoticed in the press. After having devoted many pages to him praising his work during the war, in peacetime its closure barely deserved a short article in The Globe and a paragraph in the suffragette magazine The Vote. As Flora and Louisa walked away from Covent Garden empty-handed, Murray remarked that the Endell Street Military Hospital was now nothing more than “a wonderful and cherished memory.”

Together, Louisa Garret Anderson and Flora Murray fought two great wars and fought side by side on the barricades of the suffrage crusade to get women to vote, risking their reputations and freedom in the feminist war. However, when Britain went to war against Germany in 1914, they put aside their banners to serve their country as doctors dedicated to saving the lives of soldiers. In Paris, Wimereux and London they led and inspired women from the most remote corners of the globe, from Great Britain to New Zealand, to work tirelessly for the Allied cause. They got their critics to swallow their words by creating a hospital on Endell Street that was regarded by all as the most efficient, the most popular and even the most successful in the British Army. As commanders they were sometimes tough, intimidating and always unyielding (they had to be), but their faith in women never wavered. Now that they had both succumbed to the “long and peaceful sleep” as another war raged across the world, their contribution was largely forgotten. And yet her legacy lives on.
Since Elizabeth Garrett Anderson became the first woman to be licensed as a doctor in Britain in 1865, women in the UK and elsewhere have struggled to study medicine and work as doctors on an equal footing with men. Although hundreds of female doctors proved that they could practice their profession as well as men during the First World War, the virulent reaction after peace had prevented them from preserving the land and rights they had so deservedly earned in the interwar period. . At the beginning of the Second World War, the Ministry of War guaranteed the same salary and conditions to female doctors who joined the Army, although they continued to be denied the rank of officers. In 1944, a year after the death of Louisa Garrett Anderson, women still made up only 20% of the medical profession (female doctors), and that proportion remained more or less stagnant until the 1960s.

Today, there is practically nothing left of the Endell Street Military Hospital, just a few remains, mementos, and ghosts. The old hospice building was demolished and replaced by municipally owned apartment buildings in the 1980s.
A slate plaque with the slogan “Facts, not words”, discovered in 2008, is the only reminder that there was a hospital there. However, the history of the Endell Street Military Hospital continues to be a source of inspiration for female physicians today, and for all women in general. The women who founded Endell Street Hospital, and all the pioneers who worked there, continue to be proof of what women can do in both deed and word.

2 pensamientos en “No Es Lugar Para Mujeres. La Historia De Las Doctoras Que Dirigieron El Hospital Más Extraordinario De La Primera Guerra Mundial — Wendy Moore / Endell Street: The Trailblazing Women Who Ran World War One’s Most Remarkable Military Hospital by Wendy Moore

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