Hacia La República Federal Ibérica: Reflexión Y Sueño De Un Hispanista Irredento — Ian Gibson / Towards the Iberian Federal Republic: Reflection and Dream of a Hispanist Unredeemed by Ian Gibson (spanish book edition)

He terminado de leer este libro y como todos los del autor son de interesante lectura donde dice lo que piensa, seguro que a parte de los lectores no les gustarán ciertas ideas pero por encima de todo “Portugal”, la gran desconocida de la península ibérica, además de darnos una cura de humildad.

La derecha española no siente vergüenza por la criminalidad del régimen franquista, como digo; sigue siendo negacionista; y se limita a repetir que hubo «barbaridades» en los dos bandos. Y ello es gravísimo. España tiene todavía en cunetas, ya lo he recordado, a unas ciento quince mil personas fusiladas por el régimen anterior. O sea, unos ciento quince mil desaparecidos forzosos. Solo la supera en este sentido Camboya. Todo el mundo entiende que, durante una contienda fratricida, ambos bandos cometan crímenes. Otra cosa es que un dictador, que además se proclama católico y líder de una cruzada cristiana contra los «rojos», se dedique, ganada su guerra, a liquidar a decenas de miles de compatriotas.
Se trataba, ni más ni menos, que de un crimen de lesa humanidad.
En vísperas de ganar la guerra, Franco había obtenido de sus asesores jurídicos la redacción de una de las leyes más infames jamás concebidas en este o cualquier país. Ley que hoy debería de ser objeto de estudio en todas las clases de historia del Estado: la de Responsabilidades Políticas, fechada el 9 de febrero de 1939. La norma, retroactiva, convertía en reos a las personas «tanto jurídicas como físicas que, desde el 1 de octubre de 1934 y antes de julio de 1936, contribuyeron a crear o agravar la subversión de todo orden de que se hizo víctima España, y de aquellas otras que a partir de la segunda de dichas fechas se hayan opuesto o se opongan al Movimiento Nacional con actos concretos o con pasividad grave».
Sería difícil concebir un documento más ruin, más desalmado, que transformaba en criminales a quienes habían actuado con toda legitimidad, antes de la sublevación, dentro de coordenadas legales.

Disolver la Fundación de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, creada por un decreto ley de 1957 para «rogar a Dios por las almas de los muertos en la Cruzada Nacional, impetrar las bendiciones del Altísimo para España y laborar por el conocimiento e implantación de la paz entre los hombres sobre la base de justicia social cristiana». Encomendada la tarea a la comunidad benedictina, esta recibía una subvención anual cuantiosa, sistema que siguió en pie tras la muerte de Franco. Mantener el Valle de los Caídos desde su creación ha costado al Estado hasta hoy una cantidad astronómica (10 millones de euros entre 2008 y 2018). Pese a lo cual se encuentra ahora en un estado de notable deterioro, con muchas filtraciones de agua y grietas.
Habrá que demoler la espantosa cruz elevada sobre el lugar, la más alta (casi ciento cincuenta metros), más fea y seguramente más ofensiva de Europa y, quizá, del mundo.
Las propuestas que circulan se reducen fundamentalmente a dos: dejarlo tal cual y convertirlo en centro de interpretación, como sugiere el citado Francisco Fernández, explicando cómo fue concebido y luego construido, entre 1941 y 1959, utilizando a unos veinte mil presos republicanos; o precintarlo y permitir que la naturaleza se ocupe de su lenta destrucción, dejándolo en un simbólico montón de escombros.

El problema, primero, es que, según recientes investigaciones, nunca hubo en Covadonga una victoria de Pelayo sobre un contingente musulmán. Se trata de un caso de fake news propagado, unos ciento cincuenta años después, por Alfonso III de Asturias, deseoso de que se le considerara heredero del reino visigodo.
La verdad histórica de España, de su carácter de país mestizo, les suele ser indiferente a las derechas españolas en general y hoy, en particular, a Vox, pues, como ha dicho Alejandro García Sanjuán, «la Reconquista es el pilar conceptual básico de la lectura nacionalcatólica de la historia de España». Pilar conceptual que, si se demostrara ser insostenible, dejaría desprovistos de su Mito Fundacional a los que se llenan la boca de «España» (o sea, Hispania, que, por cierto, procede del cartaginés «tierra llena de conejos», etimología que cabe suponer negarían con vehemencia).
Luego hay la muy olvidada o escamoteada cuestión de la islamización del país. Ante la llegada de los musulmanes, la población de la Hispania visigoda, que supongo habría que cuantificar en varios millones, no se movió de donde estaba ni se lo podía plantear. Los invasores no se comportaron hacia ella, además, con fanatismo proselitista y dejaron que tanto los cristianos como los judíos, considerados ambos «gentes del Libro», o sea, monoteístas como ellos, viviesen sin ser molestados, siempre y cuando no alteraran la paz y, eso sí, aceptasen pagar un modesto impuesto por mantener su libertad religiosa.
La mayor parte de la población fue más alla y asumió sin dificultad el islam. Una de las razones era, casi seguramente, que el arrianismo, muy enraizado en Hispania, no aceptaba la divinidad de Cristo.
Por lo que toca al nombre dado por los musulmanes a su territorio peninsular, Al-Ándalus, es de etimología discutida. Se alegó durante mucho tiempo que aludía a los vándalos, la tribu germana que habría «vandalizado» parte del país a principios del siglo V antes de pasar a África. Pero los vándalos estuvieron muy poco tiempo en la península y la etimología no es convincente. Por mi parte prefiero la propuesta por el alemán Heinz Halm, según la cual Al-Ándalus es arabización del godo ­landa-hlauts, «lotes de tierra» (land), referencia a la distribución en latifundios con que se encontraron las huestes mahometanas en Hispania.
El florecimiento cultural fabuloso y único que tuvo lugar en Al-Ándalus —no ajeno a la convivencia y, cuando no, coexistencia del islam, del judaísmo y del cristianismo— sigue asombrando el mundo y ocupando a miles de estudiosos españoles e hispanistas.
Con respecto a la «toma» de Granada, en realidad no fue tal, sino una entrega , pactada pormenorizadamente en las Capitulaciones firmadas por los musulmanes y los Reyes Católicos.
Para Vox, lo que hay que difundir es una versión falsa de la historia española. Herederos directos y sin complejos del franquismo, Abascal y los suyos se presentan al electorado como los nuevos «reconquistadores» de una España traicionada. Su misión: defender la unidad «indisoluble» de la Nación, dispuesta por Dios, y lograr, con otra cruzada, la vuelta de las gloriosas esencias eternas. El hecho de llamarse Santiago, hay que suponerlo, es crucial para su jefe, toda vez que el apostólico y bélico «Matamoros» («Santiago y cierra España»), patrón nacional, está muy identificado con la «Reconquista». Por ello no es inusual que, en la celebración de su día, el 25 de julio, el presidente de la Xunta de Galicia le pida que siga velando por los destinos del país. En 2015, concretamente, por su «sagrada» unidad.

La Escuela de Traductores cobró una pujanza extraordinaria bajo Alfonso X el Sabio, toledano de nacimiento y rey de Castilla y León, que ocupó el trono entre 1252 y su muerte en 1284. Doscientos años antes de que la caída de Constantinopla, en 1453, favoreciera el reencuentro de Occidente con el saber helénico —en Europa había pocas traducciones del griego antiguo—, Alfonso, poeta y protector de las artes, dispuso —siguiendo el ejemplo de su antecesor Raimundo— que muchas obras compuestas en griego y conservadas en el mundo árabe fuesen traducidas al latín. Desde Toledo dieron el salto al otro lado de los Pirineos. No por nada escribió el célebre humanista y gramático Antonio de Nebrija (1441-1522) que aquel rey «muy esclarecido» era «digno de toda la eternidad».

La idea fija de Unamuno es la necesaria regeneración de la nación, ahora venida a menos. Regeneración iniciada, a su juicio, con la resistencia opuesta a los franceses durante la Guerra de la Independencia, que, entre sus beneficios, supuso el contacto fecundante con las corrientes revolucionarias y culturales galas. El aislamiento español de Europa le obsede. Lo que hace falta, razona, es su «absorpción» en el «espíritu general europeo moderno». Aunque en este sentido no menciona por su nombre la Institución Libre de Enseñanza (1876), ni a su fundador, Francisco Giner de los Ríos, sí alude al pensamiento del filósofo alemán Karl Christian Friedrich Krause, introducido en España por Giner y sus compañeros.
Para Unamuno, el problema fundamental de España reside en el poco caso hecho al magisterio y a la investigación científica. ¿Cómo puede avanzar el país si se desprecian la educación y la ciencia y se minusvalora a quienes se dedican a ellas? La única esperanza reside en los jóvenes. Pero los jóvenes se marchitan antes de los treinta años por falta de aire, de posibilidades, de medios de subsistir, en un ambiente de abulia, atonía, anemia y «enorme monotonía», donde prima «la uniformidad mate de una losa de plomo de ingente ramplonería». Un ambiente donde todo el mundo espera a ver si cae del cielo, por fin, algo de maná, si la lotería trae la solución y donde existe un inveterado «empeño en aparentar lo que no hay», donde todo es «cerrado y estrecho», «hace estragos el temor al ridículo», prevalece el «misoneísmo» (fobia a las novedades).

Muchas veces me he preguntado qué les parece a quienes abominan de los «moros», y de su presencia en España a lo largo de tantos siglos, la caudalosa aportación suya al castellano, así como a la toponimia nacional. ¿Se les antoja desafortunada y hasta deleznable? Si realmente es así, deberían proponer, en rigor, un proceso de «depuración lingüística» del español, de eliminación de arabismos, empezando con el nombre de la capital de la nación…

Esquerra Republicana de Catalunya viene de lejos. Así como el debate sobre el federalismo, no resuelto en los años treinta ni tampoco en la Constitución de 1978, que, como señaló Santos Juliá, no definía claramente las competencias y «deja la solidaridad entre las comunidades autónomas al albur de las políticas de los partidos», dando lugar, con ello, a interminables conflictos de intereses.
Las durísimas palabras proferidas durante la investidura de Pedro Sánchez, la evidencia palpable de que, después de casi medio siglo desde la muerte de Franco, seguimos viviendo en un país muy dividido, me convencieron de la necesidad de releer inmediatamente, por primera vez desde 1959, el famosísimo «ensayo de ensayo» de Ortega y Gasset, España invertebrada.
Para el autor de España invertebrada es obvio que una nación no puede emprender grandes empresas si le falta un liderazgo capaz de encauzar y dirigir sus energías. O sea, si no tiene una minoría directora «egregia» apreciada por un pueblo atento a sus mandatos. Pero en este país, se lamenta, tal respeto no existe. Por el contrario, en España al hombre destacado se le odia, desprecia, vitupera y sujeta a un permanente proceso de acoso y derribo. «El pueblo español, desde hace siglos, detesta todo hombre ejemplar», sentencia. Aquí «la masa es incapaz de humildad, entusiasmo y adoración a lo superior». «En España vivimos hoy entregados al imperio de las masas», masas que experimentan «un plebeyo resentimiento contra toda posible excelencia…». Se trata de una «radical perversión de los instintos sociales». Y llega Ortega a una conclusión demoledora: «Después de haber mirado y remirado largamente los diagnósticos que suelen hacerse de la mortal enfermedad padecida por nuestro pueblo, me parece hallar el más cercano a la verdad en la aristofobia u odio a los mejores».

No creo equivocarme al decir que en España hay una lamentable ignorancia de la realidad histórica y cultural del vecino, así como de su extraordinario pasado marítimo y colonial. Tan extraordinario, de hecho, como el suyo, e incluso más. Y ello pese a que la lengua española y la portuguesa, como ha subrayado el hispanista inglés William Entwistle, «son idiomas oceánicos de magnitud continental».
Para los españoles de hoy, en realidad, Portugal apenas existe. Con la excepción forzosa, claro está, de los que viven a lo largo de los 1.214 kilómetros de linde compartida, que se extiende desde Ayamonte en el sur hasta la desembocadura del Miño en el norte. Refiriéndose a los pueblos fronterizos de Galicia, Zamora o Badajoz, el estudioso Pablo Hernández Ramos ha escrito: «El hecho de la vida en común a ambos lados de La Raya está tan normalizado que es posible hablar de pueblos prácticamente unidos».
La ausencia en Madrid de una librería especializada en literatura portuguesa (y brasileña) es otra llamativa indicación del desencuentro. Cataluña, por contraste, tiene en la capital una magnífica, Blanquerna, situada estratégicamente a dos pasos del Círculo de Bellas Artes en la calle de Alcalá.
Pero el síntoma más flagrante del desentendimiento es la imposibilidad de viajar de día en tren desde Madrid a Lisboa. No hay servicio. Parece mentira. La única conexión ferroviaria directa es el nocturno Trenhotel Lusitania.

Empieza explicando que, «como cualquier otro portugués antiguo y moderno», fue instruido «en la firme convicción de que mi enemigo natural es, y siempre habría de serlo, España». Trabajo le costó, admite, superar tanto prejuicio, tanta tergiversación, tanta obcecación. Pero poco a poco lo consiguió y se le fue abriendo la visión de una Península Ibérica de distintas nacionalidades basada en la búsqueda de «la armonización de los intereses, en el fenómeno de los intercambios culturales, en fin, en la intensificación del conocimiento». Llegado a este punto, sigue Saramago, se convenció de que la Comunidad Económica Europea, «escrupulosa a más no poder en lo que se refiere a salvaguardar las identidades nacionales», nunca iba a permitir la realización de aquel sueño. Y que fue entonces cuando volvió «los melancólicos ojos» hacia América, la América hispanoportuguesa, «donde, a pesar de la cúpula magnífica de la lengua del imperio económico, se sigue hablando y escribiendo en portugués y en castellano». Se trató, nos confía, de una «especie de conmoción, un presentimiento, un alborozo incontenible del espíritu» que le estaba insinuando «que la propia Península Ibérica no podrá ser hoy plenamente entendida fuera de su relación histórica y cultural con los pueblos de ultramar». Dicha relación estaba en profunda crisis, no lo dudaba, y, si no se reforzaba, la península afrontaba el riesgo de no ser ni plenamente europea ni auténtica madre de muchos millones de seres humanos cuyo idioma procedía de ella.

«El alcalde de Oporto apuesta por una unión entre España y Portugal». Carlos García, de Efe, acababa de entrevistar allí a dicho mandatario, el independiente Rui Moreira, que gobierna la ciudad con el apoyo de la derecha desde 2013. «El alcalde luso asegura que la conexión entre los países “es obvia” —se lee a continuación— y aboga por crear más proyectos comunes que incluyan también a Latinoamérica».
Resulta que Rui Moreira propone un modelo de relación calcado sobre Benelux (formado por Bélgica, Países Bajos y Luxemburgo).
«Siempre creí que, desde que Portugal y España tienen democracias, deberíamos tener un Iberolux, como un Benelux —le expuso al periodista—. Deberían tener una estrategia coordinada, ya que durante muchos años vivimos de espaldas y con enormes sospechas y desconfianzas».
El proyecto de Moreira, como se ve, va más allá de las fronteras europeas para alcanzar a Iberoamérica, esencial a su juicio para ambos países.”

Los escritores catalanes miramos más hacia París que hacia Madrid», aseguró el escritor J. V. Foix. Creo que ha sido, efectivamente, el caso, por la proximidad de Francia, el hecho de que Cataluña se extendía antes más allá de la barrera pirenaica, y el vínculo lingüístico.
Me impresionó su opinión de los vascos en general: «Los romanos, los fenicios, los cartagineses, todos esos han desaparecido. Nosotros, sin embargo, estamos aquí. Para que eso se pueda conseguir no se consigue con guerras, se consigue sabiendo negociar… bueno, en el momento en que viene uno más fuerte que tú, le dejas pasar, negociando, y después tú te quedas».
Para mi gusto, los vascos se expresan en el castellano más puro, más claro, de España. Comen bien, beben bien. Y corre debajo, aun cuando no lo hablan, el sustrato del único idioma no indoeuropeo de la península.

El rey emérito jamás ha pronunciado en público, que yo sepa, una sola palabra crítica para con Franco. Tampoco ha aludido a las víctimas del régimen, más de cien mil, que yacen todavía en cunetas y fosas comunes. Aún más bochornoso, a mi modo de entender, es que tampoco ha dicho Felipe VI una palabra sobre los crímenes del franquismo ni ha expresado su solidaridad con quienes quieren recuperar los restos de sus fusi­lados.

España puede seguir siendo una monarquía parlamentaria y al mismo tiempo evolucionar hacia un Estado más federal. No hay nada en la Constitución que lo impida, nada que obstaculice su propia revisión. Por mi parte, creo que se podría reducir el número de autonomías de diecisiete a unas ocho, aunque la resistencia a hacerlo sería seguramente tremenda.
Por lo que le toca a Galicia, no es descabellado imaginar (con Pessoa, Maragall y Ribera i Rovira) que un día unirá de alguna forma su suerte a la de Portugal, con lo cual toda la franja occidental de la península tendrá más peso en Europa y más allá. El proyecto de los Països Catalans como unidad administrativa y cultural no es ninguna locura. Euskadi y Navarra, por su historia y otros vínculos, podrían llegar a una solución de compromiso y seguir soñando con sus antiguos territorios allende la frontera francesa, como los catalanes con los suyos al otro lado de los Pirineos. Castilla la Vieja, Cantabria, Asturias y León podrían quizá formar una unidad… y las otras comunidades debatir el asunto.

La pandemia, por su lado, está concienciando a millones de personas alrededor del mundo de que hay que cuidar amorosamente nuestro entorno, del cual formamos parte, del cual dependemos y del cual nos hemos olvidado demasiado a menudo. De que hay que vivir más en contacto con la naturaleza, más sencillamente.

El iberismo todavía no se está debatiendo a nivel estatal, es cierto, ni aquí ni en Portugal. No veo por casi ningún lado, en relación con él, los nombres de Pessoa, Saramago, Ribera i Rovira o Maragall. Pero esto puede, y a mi juicio, debería cambiar. Creo, con las buenas relaciones hoy existentes entre ambos Gobiernos, que vamos por el buen camino.
No pienso abandonar mi convicción de que España, tarde o temprano, será república federal. Ni mi querencia de que un día forme, con Portugal, una gran República Federal Ibérica, integrada plenamente en Europa y en comunicación cada vez más estrecha y enriquecedora con Iberoamérica. Es un sueño, de acuerdo. Pero si los sueños sueños son, tienen a veces la virtud de convertirse en realidad.

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I have finished reading this book and as all of the author’s books are interesting to read where he says what he thinks, surely some of the readers will not like certain ideas but above all “Portugal”, the great unknown of the Iberian Peninsula , in addition to giving us a dose of humility.

The Spanish right is not ashamed of the criminality of the Franco regime, as I say; he is still a denier; and he limits himself to repeating that there were “atrocities” on both sides. And this is very serious. Spain still has in its gutters, I have already recalled, some one hundred and fifteen thousand people shot by the previous regime. In other words, about one hundred and fifteen thousand forced disappearances. Only Cambodia surpasses it in this sense. Everyone understands that, during a fratricidal contest, both sides commit crimes. Another thing is that a dictator, who also proclaims himself a Catholic and leader of a Christian crusade against the “Reds”, dedicates himself, having won his war, to liquidating tens of thousands of compatriots.
It was neither more nor less than a crime against humanity.
On the eve of winning the war, Franco had obtained from his legal advisers the drafting of one of the most infamous laws ever conceived in this or any country. Law that today should be the object of study in all kinds of history of the State: that of Political Responsibilities, dated February 9, 1939. The retroactive rule made criminals “both legal and physical persons who, from On October 1, 1934 and before July 1936, they contributed to creating or aggravating the subversion of every order of which Spain became a victim, and of those others who, as of the second of those dates, have opposed or opposed the National Movement with concrete acts or serious passivity.
It would be difficult to conceive of a more vile, more heartless document that transformed into criminals those who had acted with full legitimacy, before the uprising, within legal coordinates.

Dissolve the Foundation of the Holy Cross of the Valley of the Fallen, created by a decree-law of 1957 to “pray to God for the souls of the dead in the National Crusade, implore the blessings of the Most High for Spain and work for the knowledge and implantation of peace among men on the basis of Christian social justice. Entrusted the task to the Benedictine community, it received a large annual subsidy, a system that remained in place after Franco’s death. Maintaining the Valley of the Fallen since its creation has cost the State an astronomical amount until today (10 million euros between 2008 and 2018). Despite which it is now in a state of notable deterioration, with many water leaks and cracks.
It will be necessary to demolish the hideous cross raised above the site, the highest (almost 150 meters), ugliest and surely most offensive in Europe and, perhaps, in the world.
The proposals that circulate are basically reduced to two: leave it as is and turn it into an interpretation center, as the aforementioned Francisco Fernández suggests, explaining how it was conceived and then built, between 1941 and 1959, using some twenty thousand Republican prisoners; or seal it off and allow nature to deal with its slow destruction, leaving it in a symbolic pile of rubble.

The problem, first, is that, according to recent investigations, there was never in Covadonga a victory by Pelayo over a Muslim contingent. It is a case of fake news propagated, some 150 years later, by Alfonso III of Asturias, eager to be considered heir to the Visigoth kingdom.
The historical truth of Spain, of its character as a mestizo country, is usually indifferent to Spanish rights in general and today, in particular, to Vox, since, as Alejandro García Sanjuán has said, “the Reconquista is the basic conceptual pillar of the national Catholic reading of the history of Spain ». Conceptual pillar that, if it were proven to be unsustainable, would leave those who fill their mouths with “Spain” (that is, Hispania, which, incidentally, comes from the Carthaginian “land full of rabbits”, an etymology that presumably they would vehemently deny).
Then there is the much-forgotten or hidden question of the Islamization of the country. Before the arrival of the Muslims, the population of Visigoth Hispania, which I suppose would have to be quantified in several million, did not move from where it was nor could it be considered. Furthermore, the invaders did not behave towards it with proselytizing fanaticism and allowed both Christians and Jews, both considered “people of the Book,” that is, monotheists like them, to live undisturbed, as long as they did not disturb the peace. And, yes, they agreed to pay a modest tax to maintain their religious freedom.
Most of the population went further and assumed Islam without difficulty. One of the reasons was, almost certainly, that Arianism, deeply rooted in Hispania, did not accept the divinity of Christ.
As for the name given by the Muslims to their peninsular territory, Al-Andalus, it is of disputed etymology. It was long claimed that he was referring to the Vandals, the Germanic tribe that would have “vandalized” part of the country in the early 5th century before moving to Africa. But the Vandals were only on the peninsula for a short time and the etymology is not convincing. For my part, I prefer the proposal by the German Heinz Halm, according to which Al-Andalus is the Arabization of the goth landa-hlauts, “lots of land” (land), a reference to the distribution in latifundia that the Mohammedan hosts found in Hispania .
The fabulous and unique cultural flowering that took place in Al-Andalus – not alien to coexistence and, when not, coexistence of Islam, Judaism and Christianity – continues to amaze the world and occupy thousands of Spanish and Hispanic scholars.
With regard to the “taking” of Granada, in reality it was not such, but a surrender, agreed in detail in the Capitulations signed by the Muslims and the Catholic Monarchs.
For Vox, what needs to be spread is a false version of Spanish history. Direct and unapologetic heirs of Franco’s regime, Abascal and his people present themselves to the electorate as the new “reconquerors” of a betrayed Spain. His mission: to defend the “indissoluble” unity of the Nation, ordained by God, and to achieve, with another crusade, the return of the glorious eternal essences. The fact that he is called Santiago, it must be assumed, is crucial for his boss, since the apostolic and warlike “Matamoros” (“Santiago and closes Spain”), the national patron, is closely identified with the “Reconquista.” For this reason, it is not unusual that, in the celebration of his day, on July 25, the president of the Xunta de Galicia asks him to continue watching over the country’s destinies. In 2015, specifically, because of his “sacred” unity.

The School of Translators gained extraordinary strength under Alfonso X el Sabio, Toledo by birth and King of Castilla y León, who held the throne between 1252 and his death in 1284. Two hundred years before the fall of Constantinople, in 1453, favored the reunion of the West with Hellenic knowledge – in Europe there were few translations of ancient Greek – Alfonso, poet and protector of the arts, arranged – following the example of his predecessor Raymond – that many works composed in Greek and preserved in the Arab world were translated into Latin. From Toledo they made the jump to the other side of the Pyrenees. It was not for nothing that the famous humanist and grammarian Antonio de Nebrija (1441-1522) wrote that this “highly enlightened” king was “worthy of all eternity.”

Unamuno’s fixed idea is the necessary regeneration of the nation, now in decline. Regeneration started, in his opinion, with the resistance opposed to the French during the War of Independence, which, among its benefits, entailed the fruitful contact with the French revolutionary and cultural currents. The Spanish isolation from Europe obsessed him. What is needed, he reasons, is his “absorption” into the “general modern European spirit.” Although in this sense he does not mention by name the Institución Libre de Enseñanza (1876), nor its founder, Francisco Giner de los Ríos, he does allude to the thought of the German philosopher Karl Christian Friedrich Krause, introduced in Spain by Giner and his colleagues. he.
For Unamuno, the fundamental problem in Spain resides in the little case made for teaching and scientific research. How can the country advance if education and science are despised and those who dedicate themselves to them are undervalued? The only hope lies in the young. But young people wither before the age of thirty due to lack of air, possibilities, and means of subsistence, in an environment of apathy, atony, anemia and «enormous monotony», where «the matte uniformity of a lead slab of enormous vulgarity ». An environment where everyone waits to see if some mana finally falls from the sky, if the lottery brings the solution and where there is an inveterate «determination to pretend what there is not», where everything is «closed and narrow» , “Fear of ridicule rages,” “misoneism” prevails (phobia of news).

Many times I have wondered what their abundant contribution to Castilian, as well as to the national toponymy, seems to those who abhor the “Moors”, and their presence in Spain over so many centuries. Do you find it unfortunate and even despicable? If this is really the case, they should propose, strictly speaking, a process of «linguistic purification» of Spanish, of elimination of Arabicisms, starting with the name of the nation’s capital …

Esquerra Republicana de Catalunya comes from afar. As well as the debate on federalism, not resolved in the 1930s or in the 1978 Constitution, which, as Santos Juliá pointed out, did not clearly define the competences and “leaves solidarity between the autonomous communities at the mercy of the policies of the parties ”, thus giving rise to endless conflicts of interest.
The harsh words uttered during the inauguration of Pedro Sánchez, the palpable evidence that, after almost half a century since Franco’s death, we continue to live in a very divided country, convinced me of the need to reread immediately, for the first time since 1959 , the famous “essay essay” by Ortega y Gasset, Invertebrate Spain.
For the author of Invertebrate Spain it is obvious that a nation cannot undertake large companies if it lacks a leadership capable of channeling and directing its energies. That is, if it does not have an “egregious” governing minority appreciated by a people attentive to its mandates. But in this country, he laments, such respect does not exist. On the contrary, in Spain the outstanding man is hated, despised, reviled and subjected to a permanent process of harassment and demolition. “The Spanish people, for centuries, have loathed every exemplary man,” he sentenced. Here “the mass is incapable of humility, enthusiasm and worship of the higher.” “In Spain today we live surrendered to the empire of the masses”, masses that experience “a commoner resentment against all possible excellence …”. It is a “radical perversion of social instincts.” And Ortega reaches a devastating conclusion: “After having looked and looked at the diagnoses that are usually made of the deadly disease suffered by our people, I seem to find the one closest to the truth in aristophobia or hatred of the best.”

I do not think I am wrong in saying that in Spain there is a regrettable ignorance of the historical and cultural reality of the neighbor, as well as of its extraordinary maritime and colonial past. As extraordinary, in fact, as yours, and even more. And this despite the fact that the Spanish and Portuguese languages, as the English Hispanist William Entwistle has emphasized, “are oceanic languages of continental magnitude.”
For today’s Spaniards, in reality, Portugal hardly exists. With the forced exception, of course, of those who live along the 1,214 kilometers of shared boundary, which extends from Ayamonte in the south to the mouth of the Miño in the north. Referring to the border towns of Galicia, Zamora or Badajoz, the scholar Pablo Hernández Ramos has written: “The fact of life in common on both sides of La Raya is so normalized that it is possible to speak of practically united peoples.”
The absence in Madrid of a bookstore specialized in Portuguese (and Brazilian) literature is another striking indication of the disagreement. Catalonia, by contrast, has in the capital a magnificent one, Blanquerna, strategically located two steps from the Círculo de Bellas Artes on Calle de Alcalá.
But the most flagrant symptom of misunderstanding is the inability to travel by day by train from Madrid to Lisbon. There is no service. It seems like a lie. The only direct rail connection is the Trenhotel Lusitania overnight.

He begins by explaining that, “like any other ancient and modern Portuguese,” he was instructed “in the firm conviction that my natural enemy is, and always would be, Spain.” Work cost him, he admits, to overcome so much prejudice, so much distortion, so much stubbornness. But little by little he succeeded and the vision of an Iberian Peninsula of different nationalities was opened to him based on the search for “the harmonization of interests, in the phenomenon of cultural exchanges, in short, in the intensification of knowledge.” At this point, Saramago continues, he became convinced that the European Economic Community, “scrupulous beyond belief when it comes to safeguarding national identities,” was never going to allow that dream to come true. And that was when he turned “the melancholic eyes” towards America, Spanish-Portuguese America, “where, despite the magnificent leadership of the language of the economic empire, he continues to speak and write in Portuguese and Spanish.” It was, he confides, a “kind of shock, a foreboding, an irrepressible exultation of the spirit” that was insinuating “that the Iberian Peninsula itself cannot be fully understood today outside of its historical and cultural relationship with the overseas peoples. ». That relationship was in deep crisis, he did not doubt it, and if it was not strengthened, the peninsula faced the risk of being neither fully European nor the true mother of many millions of human beings whose language came from it.

“The mayor of Porto is committed to a union between Spain and Portugal.” Carlos García, from Efe, had just interviewed said president there, the independent Rui Moreira, who has governed the city with the support of the right since 2013. “The Portuguese mayor assures that the connection between the countries” is obvious “- it reads then – and advocates creating more common projects that also include Latin America.
It turns out that Rui Moreira proposes a relationship model based on Benelux (made up of Belgium, the Netherlands and Luxembourg).
“I always believed that, since Portugal and Spain have democracies, we should have an Iberolux, like a Benelux,” he explained to the journalist. They should have a coordinated strategy, since for many years we lived behind our backs and with enormous suspicions and mistrust ».
Moreira’s project, as can be seen, goes beyond European borders to reach Latin America, essential in his opinion for both countries. ”

Catalan writers look more towards Paris than towards Madrid », assured the writer J. V. Foix. I believe that it was, indeed, the case, due to the proximity of France, the fact that Catalonia used to extend beyond the Pyrenean barrier, and the linguistic link.
I was impressed by his opinion of the Basques in general: “The Romans, the Phoenicians, the Carthaginians, all those have disappeared. We, however, are here. So that this can be achieved, it is not achieved with wars, it is achieved by knowing how to negotiate … well, the moment someone stronger than you comes, you let him pass, negotiating, and then you stay ».
For my taste, the Basques express themselves in the purest, clearest Castilian of Spain. They eat well, they drink well. And it runs underneath, even when they don’t speak it, the substrate of the peninsula’s only non-Indo-European language.

The King Emeritus has never, as far as I know, uttered a single critical word for Franco. He, too, has alluded to the victims of the regime, more than a hundred thousand, who still lie in gutters and mass graves. Even more embarrassing, in my understanding, is that Felipe VI has not said a word about the crimes of the Franco regime, nor has he expressed his solidarity with those who want to recover the remains of his shot.

Spain can remain a parliamentary monarchy and at the same time evolve towards a more federal state. There is nothing in the Constitution to prevent it, nothing to hinder its own review. For my part, I believe that the number of autonomies could be reduced from seventeen to about eight, although the resistance to doing so would surely be tremendous.
As regards Galicia, it is not unreasonable to imagine (with Pessoa, Maragall and Ribera i Rovira) that one day it will somehow unite its luck with that of Portugal, with which the entire western fringe of the peninsula will have more weight in Europe and beyond. The project of the Països Catalans as an administrative and cultural unit is not crazy. Euskadi and Navarra, due to their history and other links, could reach a compromise solution and continue dreaming of their former territories beyond the French border, like the Catalans with theirs on the other side of the Pyrenees. Castilla la Vieja, Cantabria, Asturias and León could perhaps form a unit … and the other communities debate the matter.

The pandemic, for its part, is making millions of people around the world aware that we must lovingly care for our environment, of which we are part, of which we depend and of which we have too often forgotten. That you have to live more in contact with nature, more simply.

Iberism is not yet being debated at the state level, it is true, neither here nor in Portugal. I see almost nowhere, in relation to him, the names of Pessoa, Saramago, Ribera i Rovira or Maragall. But this can, and in my opinion, should change. I believe, with the good relations between the two governments today, that we are on the right track.
I am not going to abandon my conviction that Spain, sooner or later, will be a federal republic. Nor my wish that one day I form, with Portugal, a great Iberian Federal Republic, fully integrated into Europe and in increasingly close and enriching communication with Latin America. It’s a dream, okay. But if dreams are dreams, they sometimes have the virtue of becoming reality.

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