Extraterrestre: La Humanidad Ante El Primer Signo De Vida Inteligente Más Allá De La Tierra — Avi Loeb / Extraterrestrial: The First Sign of Intelligent Life Beyond Earth by Avi Loeb

Es un libro fascinante y provocativo escrito por el físico teórico estadounidense y astrónomo de la Universidad de Harvard Avi Loeb. El libro describe la detección en 2017 de ʻOumuamua, el primer objeto interestelar conocido que atraviesa el Sistema Solar. Loeb especula que el objeto posiblemente podría ser de una civilización alienígena en un sistema estelar muy distante, una conclusión que la comunidad científica considera poco probable. Anteriormente, Loeb demostró que el objeto interestelar no era un asteroide, se movía demasiado rápido en una órbita muy inusual y no dejaba rastros de gas o escombros en su camino para convertirse en un cometa. Loeb cree, debido a la aceleración observada del objeto cerca del sol, que ‘Oumuamua puede ser un disco muy delgado que actúa como una vela solar de algún tipo. Además, Loeb y sus colegas demostraron que era poco probable que el objeto fuera hidrógeno congelado como se propuso. anteriormente por otros investigadores.
Además de ʻOumuamua, se ha detectado otro objeto interestelar, el cometa 2I / Borisov, pasando por el Sistema Solar. En comparación, se ha descubierto que 2I / Borisov es claramente natural, mientras que ʻOumuamua no se ha determinado así. En consecuencia, la posibilidad de que ‘Oumuamua pueda ser tecnología extraterrestre no ha sido descartada por completo, aunque la mayoría de los científicos consideran que tal explicación es muy poco probable. No obstante, según Loeb, “deberíamos tener la mente abierta y buscar pruebas en lugar de suponer que todo lo que vemos en el cielo deben ser rocas”. Sus compañeros sostienen que el hecho de que algo no pueda explicarse inmediatamente por los fenómenos naturales no No significa que no sea natural. Está claro desde el principio que Loeb cree firmemente que hay evidencia de extraterrestres por ahí y postula que muchos humanos no están preparados para aceptar eso como un hecho. Muchos de sus compañeros astrónomos no están preparados aceptar ese hecho tampoco.
Loeb responde que es arrogante por parte de la humanidad asumir que estamos solos y que el descubrimiento indiscutible de la vida extraterrestre transformaría nuestra forma de vida. Impactando la religión en la filosofía y en una multitud de otras áreas, esta es una polémica que invita a la reflexión para aquellos interesados en el significado de la vida y si realmente estamos solos o si compartimos esta inmensidad con seres extraterrestres muy superiores a nosotros. Atrayente, intrigante y académico, aunque accesible, esta es una investigación profunda que examina a fondo las posibilidades. Muy recomendable.
Sin embargo el argumento aquí es principalmente deductivo y creo que adolece de una gran debilidad en el punto 100 veces más ligero que el aire. No tengo idea de qué podría mantener la integridad estructural con una masa 100 veces menos densa que el aire. Creo que no hay suficientes átomos allí para interactuar. Estoy abierto a escuchar buenos argumentos, pero esto parecía un salto ENORME que acaba de ser mencionado y descartado.
El resto del libro es Loeb hablando de sí mismo y de la cultura de la ciencia académica, que es muy inhóspita para las nuevas ideas salvajes. Estoy totalmente de acuerdo con Loeb, pero con más de 100 páginas de repetición de aproximadamente los mismos puntos, hubiera querido más de la ciencia que me prometieron.

¿La civilización humana está preparada para hacer frente a lo que acarrea aceptar la conclusión plausible, derivada de hipótesis probadas, de que la vida terrestre no es única y tal vez no sea ni siquiera especialmente impresionante? Me temo que la respuesta es no, y ese prejuicio generalizado nos da motivos para preocuparnos.
La cultura popular no ha ayudado. Los libros y las películas de ciencia ficción suelen presentar la inteligencia extraterrestre de una manera que a la mayoría de los científicos serios les produce risa. Los alienígenas reducen a escombros las ciudades terrícolas, se apoderan de los cuerpos humanos o tratan de comunicarse con nosotros por medios enrevesados. Sean malevolentes o benevolentes, los alienígenas suelen poseer una sabiduría sobrehumana y han amasado tal conocimiento de la física que son capaces de manipular el tiempo y el espacio para poder cruzar de punta a punta el universo —y a veces el multiverso— en un abrir y cerrar de ojos. Con esta tecnología, frecuentan sistemas solares, planetas e incluso bares de barrio repletos de vida inteligente. Con los años, he acabado albergando la certeza de que las leyes de la física dejan de aplicarse en solo dos sitios: en las singularidades y en Hollywood.

Algunos científicos consideran mi hipótesis pasada de moda, ajena a la ciencia convencional e incluso peligrosamente mal planteada. Pero el peor error que podemos cometer es, en mi opinión, no tomarnos lo bastante en serio esta posibilidad.
El 9 de septiembre de 2017 el visitante llegó a su perihelio, el punto de la trayectoria más cercano al Sol. Entonces emprendió el camino de salida del sistema solar; su velocidad lejos de nuestra estrella —se movía a unos 94.800 kilómetros por hora con respecto a ella— no dejaba lugar a dudas de que iba a escapar de la gravedad solar. Cruzó la órbita de Venus hacia el 29 de septiembre y la de la Tierra, alrededor del 7 de octubre, avanzando rápidamente hacia la constelación Pegaso y la oscuridad ulterior.
El objeto se dirigió a gran velocidad hacia el espacio interestelar sin que la humanidad tuviera constancia de su visita.
El 19 de octubre el astrónomo Robert Weryk del Observatorio Haleakala descubrió a Oumuamua en los datos recogidos por el telescopio Pan-STARRS, unas imágenes que mostraban el objeto como un punto de luz que recorría velozmente el firmamento, a una velocidad demasiado rápida para ser atrapado por la gravedad del Sol. Esta clave indujo rápidamente a la comunidad astronómica a convenir que Weryk había encontrado el primer objeto interestelar jamás detectado en nuestro sistema solar. Pero cuando hubimos dado con un nombre para el objeto, estaba a más de treinta y dos millones de kilómetros de la Tierra, lo que equivale más o menos a ochenta y cinco veces la distancia que nos separa de la Luna, y se estaba alejando de nosotros como una flecha.
La palabra hawaiana oumuamua (que se pronuncia tal como se escribe) se podría traducir por «explorador».
Los medios acabaron tildando a Oumuamua de «raro», «misterioso» y «extraño». Pero ¿en comparación con qué? En resumen, la respuesta es que este explorador era raro, misterioso y extraño si se lo comparaba con todos los demás cometas y asteroides descubiertos hasta entonces.
Obviamente, hay vida en el universo; nosotros damos fe de ello. Y esto implica que la humanidad ofrece un conjunto de datos enorme, convincente, a veces inspirador y a veces preocupante, que es necesario valorar a la hora de pensar en los actos e intenciones de cualquier otro ser inteligente que pueda existir —o haber existido— en el universo.

La ciencia es como un cuento de detectives. Y para los astrofísicos, este tópico incorpora un giro. No hay ningún otro campo de indagación científica que lidie con nuestra diversidad de escalas y conceptos. Cronológicamente, nuestro ámbito de estudio empieza antes del big bang y se prolonga hasta el fin de los tiempos, aun reconociendo que las mismas nociones de tiempo y espacio son relativas. Nuestra investigación desciende hasta los cuarks y los electrones, las partículas más pequeñas que se conocen; se extiende hasta el confín del universo; y abarca —directa o indirectamente— todo lo que hay entremedias.
Y una gran parte de nuestra labor detectivesca sigue incompleta. Aún no comprendemos la naturaleza de los principales componentes del universo, de forma que por ignorancia los llamamos materia oscura (que aporta cinco veces más a la masa cósmica que la materia ordinaria de la que estamos hechos nosotros) y energía oscura (que domina tanto la materia oscura como la ordinaria y que causa, al menos por ahora, la peculiar aceleración cósmica)…
En primer lugar, antes del descubrimiento de Oumuamua, en nuestro sistema solar no se había observado ningún otro objeto interestelar confirmado. Este hecho por sí solo lo convirtió en algo histórico y atrajo la atención de muchos astrónomos, lo cual dio pie a que se recabaran más datos, que se interpretaron y revelaron más anomalías, lo cual atrajo la atención de todavía más astrónomos, etcétera.
Con la divulgación de estas anomalías empezó la auténtica labor detectivesca. Cuanto más sabíamos de Oumuamua, más claro estaba que este objeto era tanto o más misterioso que lo que decía la prensa.
Tan pronto como el observatorio de Hawái anunció su descubrimiento, y a pesar de que Oumuamua estaba dirigiéndose a toda prisa hacia la periferia del sistema solar, astrónomos de todo el globo apuntaron hacia él una serie de telescopios. La comunidad científica se mostró curiosa, como poco.
Fuera como fuese, Oumuamua era una rareza. Si era alargado, nunca habíamos visto un objeto espacial de origen natural que tuviera ese tamaño y fuera tan largo; si era plano, tampoco habíamos visto jamás un objeto espacial de origen natural con ese tamaño y tal forma. Para poneros en contexto, debéis saber que todos los asteroides detectados hasta entonces en el sistema solar tenían relaciones de aspecto de tres, a lo sumo. Como acabo de señalar, Oumuamua tenía una de entre cinco y diez.
Y hay más.
Además de ser pequeño y tener una forma singular, Oumuamua despedía una luminosidad extraña. A pesar de su minúsculo tamaño, al pasar cerca del Sol y reflejar su luz, el objeto resultó ser relativamente brillante, como mínimo diez veces más que los asteroides o cometas típicos del sistema solar.
Cuando Oumuamua se aceleró en su camino alrededor del Sol, su trayectoria se desvió de la que cabría esperar por la mera gravedad de nuestra estrella. No había ninguna explicación obvia del motivo.
En definitiva, todos estos misterios se pueden resumir en uno solo: la desviación de Oumuamua de su rumbo previsto. Todas las hipótesis respecto a su esencia deben explicar esa desviación. Y eso implica explicar la fuerza que actuó sobre el objeto, atendiendo al hecho de que, si hubo alguna cabellera cometaria de gas y polvo en pos de él, esa cabellera fue lo bastante liviana como para pasar inadvertida para nuestro equipamiento.
La desgasificación no es lo único que podría hacer desviar un objeto del rumbo marcado solo por la gravedad del Sol. Otra explicación sería la desintegración del objeto.
Si un objeto se fractura, se resquiebra y se convierte en trozos más pequeños rodeados de polvo y partículas, esos objetos más pequeños siguen una nueva trayectoria. Así, si Oumuamua se empezó a desmenuzar más o menos al llegar al perihelio, esa desintegración podría haber provocado que el objeto se desviara del rumbo dictado por la gravedad solar.
El problema de esta explicación en el caso de Oumuamua es que, igual que sucede con la desgasificación, nuestros telescopios deberían haber podido registrar algo; en este caso, los fragmentos y el polvo residual de dicha desintegración.

Años antes de que se descubriera a Oumuamua, me sentí atraído por la búsqueda de civilizaciones extraterrestres y por la posibilidad de que la Tierra no fuera el único planeta que albergara vida. Es un interés que emana de la ciencia y de la evidencia, más que de la ciencia ficción. Me encantan la ficción y la ciencia, pero, como ya he confesado, me preocupa que las historias que rompen las leyes de la física y alimentan una fascinación por lo «improbable» entorpezcan no solo el avance de la ciencia, sino nuestro propio progreso.
Detengámonos un momento para resumir los indicios sobre Oumuamua que florecieron durante las semanas inmediatamente posteriores a su descubrimiento. Era un objeto pequeño, brillante y de forma extraña que se desvió de la órbita marcada por la gravedad del Sol sin que pudiéramos ver ninguna cabellera cometaria (debida a la desgasificación del hielo del cometa, que se convierte en vapor a partir de la fricción y el calor del Sol), y eso que se realizó una búsqueda minuciosa con el Telescopio Espacial Spitzer y otros detectores.
Estos son hechos corroborados y nos permiten afirmar sin ambages que las tres primeras anomalías identificadas de Oumuamua —su peculiar órbita sin coma, su forma alargada y su luminosidad— lo diferencian estadísticamente de todos los demás objetos catalogados por la humanidad por un amplio margen. Para ilustrar esta singularidad en términos estadísticos, siendo conservadores podemos sostener que, basándonos en su aceleración extra y la ausencia de cabellera cometaria, Oumuamua es un objeto que solo aparece una de cada pocos cientos de veces.
Y pese a la acumulación de estas anomalías, la mayoría de los científicos se aferraron a la explicación más cómoda: Oumuamua tenía que ser un objeto de origen natural, un asteroide o un cometa. La mayoría, sí, pero no todos. Incluso nuestra comunidad, como veis, tiene sus anomalías.
En resumen, si Oumuamua fuera un objeto natural, tendría que haberse generado durante la formación de un planeta. También debería pertenecer a una clase desconocida de objetos generados durante la formación planetaria cuyo tamaño, forma y composición hacen que se desvíe de una trayectoria definida solo por efecto de la gravedad solar, sin desgasificación visible.
Por ahora no sabemos de ningún otro objeto que cumpla con el segundo conjunto de criterios. Pero conocemos al menos uno que cumple el primero.

¿Estamos solos? Esta pregunta es una de las más fundamentales que aborda la humanidad. El momento en que tengamos una respuesta concluyente, sea negativa o positiva, será el momento en que nos demos cuenta de algo profundo. No hay duda de que hay pocos enigmas cosmológicos tan trascendentes.
La búsqueda de vida extraterrestre nunca ha sido más que una rareza para la mayoría de los científicos; para ellos, es un tema que en el mejor de los casos merece un interés desapegado y, en el peor de los casos, el puro escarnio. Pocas personas de renombre han dedicado su carrera a impulsar este campo. Incluso cuando la idea estaba en su apogeo de prestigio académico, en los setenta, solo unos cientos de expertos estaban asociados públicamente con el Instituto SETI. Ya sabemos que hay muchos más campos especulativos de ejercicio matemático que atraen a comunidades mayores de físicos.
La búsqueda de inteligencia extraterrestre empezó a tomarse un poco más en serio en 1959, cuando dos físicos de la Universidad Cornell, Giuseppe Cocconi y Philip Morrison, coescribieron un revolucionario artículo titulado «Searching for Interstellar Communications» [La búsqueda de comunicaciones interestelares].
Si la hipótesis de la vela solar es cierta, hay dos posibles explicaciones. Una es que los fabricantes de Oumuamua apuntaran adrede al corazón de nuestro sistema solar; la otra es que Oumuamua fuera un trozo de chatarra espacial que se topó con nosotros (o nosotros con él). Cualquiera de estas interpretaciones podría ser cierta, al margen de que la civilización que creó a Oumuamua todavía exista o no. Pero, dado lo que sabemos del universo y de las civilizaciones, podemos deducir algunas cosas sobre qué interpretación es más probable y qué implicaciones tiene para nosotros y para quienquiera (o lo que fuera) que creara a Oumuamua.
La idea de la chatarra espacial se parece a la hipótesis del asteroide/cometa en un aspecto determinante: implica que Oumuamua forma parte de una hueste colosal de objetos similares.
La idea de la chatarra espacial se parece a la hipótesis del asteroide/cometa en un aspecto determinante: implica que Oumuamua forma parte de una hueste colosal de objetos similares. Cada estrella de la Vía Láctea tendría que enviar de media mil billones de estas cosas al espacio interestelar para que cupiera la posibilidad de que uno cruzara velozmente por el campo de visión de nuestros telescopios justo mientras nosotros apuntábamos al cielo. Esto se traduce en un lanzamiento cada cinco minutos desde cada sistema planetario de la galaxia, asumiendo que todas las civilizaciones vivan tanto como la Vía Láctea, 13.000 millones de años, lo cual no es en absoluto el caso.
La idea de que otras civilizaciones pudieran llegar a fabricar tal densidad de objetos, argumentan los críticos, parece aún más irracional que todas las conjeturas necesarias para que la formación planetaria y la liberación de material de nubes periféricas pudieran producir una cantidad suficiente de rocas. Para llenar el universo de tanta chatarra espacial, tendría que haber una infinidad de civilizaciones invirtiendo una gran cantidad de tiempo en expeler una suma ingente de material. Por supuesto, tan pronto como postulamos que detrás de la construcción de ciertos
materiales se esconde un ser inteligente, también prescindimos de la necesidad de que haya una distribución fortuita de materiales.
Tampoco deberíamos caer en la trampa de presuponer que las naves interestelares son raras y muy valiosas, como parecen denotar nuestras tristes cinco sondas interestelares. Dada la poca frecuencia con que la humanidad ha mandado material al espacio interestelar, la hipotética abundancia que he planteado parecería ilógica, en efecto.
El campo de juego de la arqueología espacial se extiende, obviamente, hasta los confines del universo. No hay ningún motivo para limitar nuestras búsquedas a los planetas. Con esta idea, algunos científicos podrían dedicar sus esfuerzos a buscar destellos de luz de haces que barrieran el cielo desde grandes distancias. Estos haces podrían ser el indicio de un medio de comunicación o un medio de propulsión de una civilización. Cuando la humanidad haya dado los pasos necesarios para lanzar una vela solar con el método que mi equipo diseñó para la Iniciativa Starshot, esa tecnología resultará en destellos brillantes visibles para otros, debido a la inevitable fuga de luz por el borde de las velas.

En la comunidad científica conservadora suele imperar la creencia de que la vida inteligente es probablemente exclusiva de la Tierra y que sería un desperdicio de tiempo y de dinero buscar señales artificiales en el cielo o restos de civilizaciones extintas en el espacio exterior. Pero esta forma de pensar es muy rígida. La nueva generación de investigadores tiene acceso a telescopios que podrían cambiar de arriba abajo esta idea. Así como Copérnico revolucionó el dogma prevalente sobre el lugar que ocupamos en el universo, nuestra generación puede impulsar una nueva revolución «haciendo [aún] más alta la iglesia».

Este descubrimiento nos cambiaría tanto en aspectos fundamentales como sutiles, pero quiero pensar que la mayoría de los cambios serían a mejor.
Dada la omnipresencia de planetas habitables, es el colmo de la arrogancia concluir que estamos solos.
El mayor beneficio de un encuentro con seres superiores sería la oportunidad de hacerles esa pregunta clave que nos ha preocupado durante siglos: ¿cuál es el sentido de la vida?. No obstante, también me temo que nuestra arrogancia entorpecerá el ritmo al que la humanidad avanza hacia la respuesta, dado que muchas veces nos ha llevado a aferrarnos a nuestro grano de arena, en vez de mirar a la vastedad de las estrellas.
Si nuestra civilización es lo bastante valiente y duradera, seguro que acabaremos migrando al espacio y a nuevas regiones del universo que, en aspectos esenciales, se parezcan a la nuestra. Al hacerlo, seguiremos indudablemente los pasos de quienes nos precedieron; igual que las civilizaciones antiguas de la Tierra migraban a las orillas de los ríos, es probable que las civilizaciones tecnológicas avanzadas migren por el universo hacia entornos ricos en recursos, desde planetas habitables a cúmulos de galaxias.
Pero ninguna civilización, y mucho menos la nuestra, dará el salto de migrar a las estrellas si no es lo bastante inteligente para preservar su planeta de origen mientras urde planes y se prepara. Y esta es una gesta que la humanidad tendrá más difícil mientras muchos de nosotros nos sigamos aferrando al carácter singular de la vida terrestre, como esa hormiga que se aferra al grano de arena.

El 14 de septiembre de 2020, los científicos de la Tierra anunciaron que se había detectado la primera posible biofirma en la atmósfera de otro planeta. Este nuevo posible indicio de vida extraterrestre no se descubrió cerca de una estrella remota; casi igual que Oumuamua, se halló justo al lado de la Tierra, en nuestro propio sistema solar.
Las pruebas concluyentes de la existencia de vida tendrán que esperar a la sonda que visitará físicamente Venus, recogerá el material de sus nubes y buscará microbios en las muestras. En suma, la labor detectivesca continúa.

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Extraterrestrial: The First Sign of Intelligent Life Beyond Earth is a provocative and fascinating book written by American theoretical physicist and Harvard University astronomer Avi Loeb. The book describes the 2017 detection of ʻOumuamua, the first known interstellar object passing through the Solar System. Loeb speculates that the object might possibly be from an alien civilization in a far distant star system, a conclusion that is considerered unlikely by the scientific community. Earlier, Loeb demonstrated that the interstellar object was not an asteroid, was moving too fast in a very unusual orbit and left no gas trail or debris in its path to be a comet. Loeb believes, due to the observed acceleration of the object near the sun, that ʻOumuamua may be a very thin disk that acts as a solar sail of some sort.Further, Loeb and colleagues demonstrated that the object was unlikely to be frozen hydrogen as proposed earlier by other researchers.
Besides ʻOumuamua, another interstellar object, the comet 2I/Borisov, has been detected passing through the Solar System. In comparison, 2I/Borisov has been found to be clearly natural, whereas ʻOumuamua has not been so determined. Accordingly, the possibility that ʻOumuamua may be alien technology has not been entirely ruled out, although such an explanation is considered very unlikely by most scientists. Nonetheless, according to Loeb, “We should be open-minded and search for evidence rather than assume that everything we see in the sky must be rocks”. His peers contend that just because something can’t be immediately explained by natural phenomena it doesn’t mean it’s not natural. It is clear from the very beginning that Loeb strongly believes there is evidence of extraterrestrials out there and he postulates that many humans aren’t prepared to accept that as fact. Many of his fellow astronomers aren’t ready to accept that fact either.
Loeb counters that it is arrogant of humanity to assume that we are alone and that the indisputable discovery of ET life would transform our way of living. Impacting religion to philosophy and a multitude of other areas, this is a thought-provoking polemic for those interested in the meaning of life and if indeed we are alone or whether we share this vastness with alien beings far superior to ourselves. Engaging, intriguing and academic though accessible, this is a deep probe that thoroughly examines the possibilities. Highly recommended.
Meanwhile the argument here is mainly deductive and I think suffers from a major weakness in the 100-times lighter than air point. I have no idea what could maintain structural integrity with 100x less dense mass than air. There just aren’t enough atoms in there to interact I would think. I’m open to hearing good arguments but this seemed like a HUGE leap that just gets mentioned and scuttled.
The rest of the book is Loeb talking about himself and the culture of academic science which is very inhospitable to wild new ideas. I agree strongly with Loeb but at 100+ pages of repetition of roughly the same points, I would have wanted more of the science I was promised.

Is human civilization prepared to deal with what it takes to accept the plausible conclusion, derived from proven hypotheses, that life on earth is not unique and perhaps not even especially impressive? The answer, I’m afraid, is no, and that pervasive prejudice gives us cause for concern.
Popular culture has not helped. Science fiction books and movies often present alien intelligence in a way that makes most serious scientists laugh. Aliens reduce Earth cities to rubble, seize human bodies, or try to communicate with us by devious means. Be it malevolent or benevolent, aliens often possess superhuman wisdom and have amassed such knowledge of physics that they are capable of manipulating time and space to be able to cross the universe – and sometimes the multiverse – end-to-end in the blink of an eye. of eyes. With this technology, they frequent solar systems, planets, and even neighborhood bars teeming with smart life. Over the years, I have come to be certain that the laws of physics cease to apply in only two places: in singularities and in Hollywood.

Some scientists consider my hypothesis old-fashioned, alien to mainstream science, and even dangerously ill-posed. But the worst mistake we can make is, in my opinion, not taking this possibility seriously enough.
On September 9, 2017, the visitor reached his perihelion, the point of the trajectory closest to the Sun. Then he began the path out of the solar system; His speed away from our star — he was moving at 60,000 miles per hour relative to it — left no doubt that he was going to escape solar gravity. He crossed the orbit of Venus around September 29 and that of Earth around October 7, moving rapidly toward the constellation Pegasus and the darkness beyond.
The object sped towards interstellar space without humanity being aware of its visit.
On October 19, astronomer Robert Weryk of the Haleakala Observatory discovered Oumuamua in data collected by the Pan-STARRS telescope, images that showed the object as a point of light that sped across the sky, at a speed too fast to be caught. by the gravity of the Sun. This key quickly led the astronomical community to agree that Weryk had found the first interstellar object ever detected in our solar system. But when we had come up with a name for the object, it was more than twenty-two million kilometers from Earth, which is roughly eighty-five times the distance from the Moon, and it was moving away from Earth. us like an arrow.
The Hawaiian word oumuamua (pronounced as it is spelled) could be translated as “explorer”.
The media ended up calling Oumuamua “weird”, “mysterious” and “strange”. But compared to what? In short, the answer is that this rover was rare, mysterious and strange when compared to all the other comets and asteroids discovered until then.
Obviously, there is life in the universe; we attest to it. And this implies that humanity offers a huge, compelling, sometimes inspiring and sometimes worrying data set that needs to be assessed when thinking about the acts and intentions of any other intelligent being that may exist – or have existed – in the universe.

Science is like a detective story. And for astrophysicists, this topic incorporates a twist. There is no other field of scientific inquiry that deals with our diversity of scales and concepts. Chronologically, our field of study begins before the big bang and continues until the end of time, even recognizing that the same notions of time and space are relative. Our research goes down to quarks and electrons, the smallest known particles; it extends to the edge of the universe; and it encompasses —directly or indirectly— everything in between.
And much of our detective work remains incomplete. We still don’t understand the nature of the main components of the universe, so out of ignorance we call them dark matter (which contributes five times more to the cosmic mass than the ordinary matter that we are made of) and dark energy (which dominates so much the dark matter like ordinary and causing, at least for now, the peculiar cosmic acceleration) …
First, before the discovery of Oumuamua, no other confirmed interstellar objects had been observed in our solar system. This fact alone made it historic and attracted the attention of many astronomers, which led to more data being collected, interpreted and revealed more anomalies, attracting the attention of even more astronomers, and so on.
With the disclosure of these anomalies, the real detective work began. The more we knew about Oumuamua, the clearer it became that this object was as or more mysterious than what the press said.
As soon as the Hawaiian observatory announced its discovery, and even though Oumuamua was rushing toward the periphery of the solar system, astronomers from around the globe pointed a series of telescopes at it. The scientific community was curious, to say the least.
Either way, Oumuamua was a rarity. If it was elongated, we had never seen a naturally-occurring space object that was that large and so long; if it was flat, we had never seen a space object of natural origin with that size and shape either. To put you in context, you should know that all asteroids detected so far in the solar system had aspect ratios of three, at most. As I just pointed out, Oumuamua was one of between five and ten.
And there is more.
Besides being small and having a unique shape, Oumuamua gave off a strange luminosity. Despite its tiny size, as it passed close to the Sun and reflected its light, the object turned out to be relatively bright, at least ten times brighter than typical asteroids or comets in the solar system.
When Oumuamua sped on its way around the Sun, its trajectory deviated from what would be expected by the mere gravity of our star. There was no obvious explanation for why.
Ultimately, all these mysteries can be summed up into one: Oumuamua’s deviation from its intended course. All hypotheses regarding its essence must explain this deviation. And that implies explaining the force that acted on the object, taking into account the fact that, if there was any cometary hair of gas and dust following it, that hair was light enough to go unnoticed by our equipment.
Degassing is not the only thing that could deviate an object from the course marked only by the Sun’s gravity. Another explanation would be the disintegration of the object.
If an object fractures, cracks, and becomes smaller pieces surrounded by dust and particles, those smaller objects follow a new trajectory. Thus, if Oumuamua began to crumble more or less when it reached perihelion, that disintegration could have caused the object to deviate from the course dictated by solar gravity.
The problem with this explanation in the case of Oumuamua is that, as with degassing, our telescopes should have been able to record something; in this case, the fragments and the residual dust of said disintegration.

Years before Oumuamua was discovered, I was drawn to the search for extraterrestrial civilizations and the possibility that Earth was not the only planet harboring life. It is an interest that emanates from science and evidence, rather than science fiction. I love fiction and science, but as I have already confessed, I am concerned that stories that break the laws of physics and nurture a fascination with the “improbable” hinder not only the advancement of science, but our own progress.
Let us pause for a moment to summarize the clues about Oumuamua that flourished in the weeks immediately following its discovery. It was a small, bright, and oddly shaped object that deviated from the Sun’s gravitational orbit without us being able to see any cometary hairs (due to degassing of the comet’s ice, which turns into vapor from friction and the heat of the Sun), and that a thorough search was carried out with the Spitzer Space Telescope and other detectors.
These are corroborated facts and allow us to state unequivocally that the first three identified anomalies of Oumuamua – its peculiar commaless orbit, its elongated shape and its luminosity – differentiate it statistically from all other objects cataloged by humanity by a wide margin. To illustrate this singularity in statistical terms, being conservative, we can argue that, based on its extra acceleration and the absence of cometary hair, Oumuamua is an object that only appears once in a few hundred times.
And despite the accumulation of these anomalies, most scientists clung to the most comfortable explanation: Oumuamua had to be a naturally-occurring object, an asteroid or a comet. Most, yes, but not all. Even our community, as you can see, has its anomalies.
In short, if Oumuamua were a natural object, it would have to have been generated during the formation of a planet. It should also belong to an unknown class of objects generated during planet formation whose size, shape, and composition cause it to deviate from a defined path only by the effect of solar gravity, without visible outgassing.
For now, we don’t know of any other objects that meet the second set of criteria. But we know at least one that meets the first.

We’re alone? This question is one of the most fundamental that humanity addresses. The moment we have a conclusive answer, be it negative or positive, will be the moment when we realize something profound. There is no doubt that there are few such far-reaching cosmological enigmas.
The search for extraterrestrial life has never been more than a rarity to most scientists; for them, it is a subject that at best deserves detached interest and, at worst, sheer derision. Few big-name people have dedicated their careers to advancing this field. Even when the idea was at its peak of academic prestige, in the 1970s, only a few hundred experts were publicly associated with the SETI Institute. We already know that there are many more speculative fields of mathematical exercise that appeal to larger communities of physicists.
The search for extraterrestrial intelligence began to be taken a little more seriously in 1959, when two Cornell University physicists, Giuseppe Cocconi and Philip Morrison, co-wrote a groundbreaking article entitled “Searching for Interstellar Communications”.
If the solar sail hypothesis is true, there are two possible explanations. One is that the makers of Oumuamua purposely targeted the heart of our solar system; the other is that Oumuamua was a piece of space junk that ran into us (or we ran into him). Either of these interpretations could be true, regardless of whether the civilization that created Oumuamua still exists or not. But, given what we know about the universe and civilizations, we can deduce a few things about which interpretation is most likely and what implications it has for us and whoever (or whatever) created Oumuamua.
The space junk idea resembles the asteroid / comet hypothesis in one crucial respect: it implies that Oumuamua is part of a colossal host of similar objects.
The space junk idea resembles the asteroid / comet hypothesis in one crucial respect: it implies that Oumuamua is part of a colossal host of similar objects. Each star in the Milky Way would have to send half a trillion of these things into interstellar space to allow for one to speed through the field of view of our telescopes just as we were pointing at the sky. This translates to a launch every five minutes from every planetary system in the galaxy, assuming all civilizations live as long as the Milky Way, 13 billion years, which is not at all the case.
The idea that other civilizations could come up with such a density of objects, critics argue, seems even more irrational than all the guesswork necessary for planet formation and the release of material from peripheral clouds to produce enough rocks. To fill the universe with so much space junk, there would have to be an infinity of civilizations spending a great deal of time expelling a vast sum of material. Of course, as soon as we postulate that behind the construction of certain
materials hides an intelligent being, we also do without the need for a fortuitous distribution of materials.
Nor should we fall into the trap of assuming that interstellar ships are rare and highly valuable, as our sad five interstellar probes seem to denote. Given how infrequently humanity has sent material into interstellar space, the hypothetical abundance I have raised would seem illogical indeed.
The playing field of space archeology obviously extends to the ends of the universe. There is no reason to limit our searches to planets. With this idea, some scientists might devote their efforts to searching for flashes of light from beams that sweep across the sky from great distances. These beams could be the indication of a means of communication or a means of propulsion of a civilization. When humanity has taken the necessary steps to launch a solar candle with the method my team devised for the Starshot Initiative, that technology will result in bright flashes visible to others, due to the inevitable leakage of light around the edge of the candles.

There is a general belief in the conservative scientific community that intelligent life is probably unique to Earth and that it would be a waste of time and money to search for artificial signs in the sky or remains of extinct civilizations in outer space. But this way of thinking is very rigid. The new generation of researchers has access to telescopes that could turn this idea upside down. Just as Copernicus revolutionized the prevailing dogma about our place in the universe, our generation can drive a new revolution by “making the church [still] taller”.

This discovery would change us both in fundamental and subtle ways, but I want to think that most of the changes would be for the better.
Given the omnipresence of habitable planets, it is the height of arrogance to conclude that we are alone.
The greatest benefit of an encounter with superior beings would be the opportunity to ask them that key question that has worried us for centuries: what is the meaning of life? However, I am also afraid that our arrogance will hinder the pace at which humanity moves towards the answer, since it has many times led us to cling to our grain of sand, instead of looking at the vastness of the stars.
If our civilization is brave and durable enough, we will surely end up migrating to space and to new regions of the universe that, in essential ways, resemble our own. In doing so, we will undoubtedly follow in the footsteps of those who came before us; Just as ancient civilizations on Earth migrated to riverbanks, advanced technological civilizations are likely to migrate across the universe to resource-rich environments, from habitable planets to galaxy clusters.
But no civilization, least of all ours, will make the leap of migrating to the stars if it is not smart enough to preserve its home planet while it hatches and prepares. And this is a feat that humanity will have more difficult while many of us continue to cling to the unique character of terrestrial life, like that ant that clings to the grain of sand.

On September 14, 2020, Earth scientists announced that the first possible biosignature had been detected in the atmosphere of another planet. This new possible hint of extraterrestrial life was not discovered near a remote star; almost like Oumuamua, it was found right next to Earth, in our own solar system.
Conclusive evidence for the existence of life will have to wait for the probe to physically visit Venus, collect material from its clouds, and look for microbes in the samples. In short, the detective work continues.

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