La Luz Que Se Apaga. Cómo Occidente Ganó La Guerra Fría Pero Perdió La Paz — Ivan Krastev, Stephen Holmes / The Light that Failed: A Reckoning by Ivan Krastev, Stephen Holmes

Excelente libro que intenta dar sentido al terremoto geopolítico de 1989 que todavía está enviando ondas de choque en todo el mundo con inconmensurables implicaciones para la paz, la prosperidad y las relaciones globales. Se centra en el fracaso de Occidente en optimizar la situación en un mundo posterior a la Guerra Fría mediante una democracia liberal y un capitalismo efectivos. Este fracaso de Occidente y de las instituciones globales ha provocado un aumento del populismo en Europa central y oriental, las alarmantes intervenciones y el comportamiento reflejo de la Rusia de Putin, el crecimiento de China y su líder autocrático Xi Jinping en una superpotencia desenfrenada, y la desaparición de Estados Unidos bajo Trump. El sueño de un mundo democrático liberal después de la Guerra Fría se ha evaporado dejándonos con menos democracia, más líderes autocráticos y más vallas y barreras. La democracia liberal y la globalización parecen destinadas a estancarse o tal vez a terminar … o es solo un “problema pasajero”. Los populistas de Polonia, Brasil, Hungría, EE. UU., Reino Unido (partidarios del Brexit) y sus homólogos de todo el mundo han crecido en estatura a través de la clásica ‘propaganda del miedo’ y el juego con las emociones de los llamados ‘dejados atrás’, así como con errores monumentales. por EE.UU., UE, banqueros, etc. Están usando dinero e influencia para cortejar a aquellos que parecen haber salido perdiendo a través de la globalización y la democracia liberal, sin embargo, ¿es esto realmente sostenible, en ausencia de una verdadera ideología y cuando las promesas resultan ser falsas?… ¿Han terminado realmente los días de la imitación, la democracia y la globalización, que han beneficiado a millones de personas en todo el mundo, serán abandonadas por un liderazgo autocrático? ¿Es Covid ahora un ‘cambio de juego’, ya que vemos las políticas de Trump, Bolsonaro, Putin e incluso Boris, fallando a una escala masiva, permitiendo que líderes más moderados, mesurados y democráticos (y me atrevo a decir ‘expertos’) ¿resurgir y reconstruir las relaciones y la cooperación internacional? Solo podemos esperar que el desastre de covid pueda tener un impacto beneficioso en la política mundial y las opciones para la gente; tal vez esto sea ingenuo, pero en ausencia de una mayor cooperación, una fuerte interdependencia y soluciones de beneficio mutuo, ¿Cómo podemos imaginar cómo podemos hacer frente a las amenazas aún mayores que plantean el cambio climático y la tecnología robótica? El mundo es bastante aterrador y está a punto de volverse más aterrador, ¡la necesidad de un gran liderazgo es vital!.
¿Qué es esta era de imitación? En resumen, la característica principal es que el mundo estaba tratando de copiar las estructuras, instituciones y valores políticos y económicos occidentales. No todos los actores copiaron igual o tenían las mismas intenciones de hacerlo. Europa del Este, Rusia y China tenían estrategias diferentes y, por lo tanto, resultados diferentes, pero todos ellos y el propio Estados Unidos, bajo Trump, están cambiando las reglas de este período.
Krustev y Homes hicieron puntos muy interesantes.

En general, es un libro convincente que tiene sólidos argumentos para explicar lo que ha sucedido en Europa y Rusia en los últimos 30 años.

El futuro se presentaba mejor ayer. Estábamos convencidos de que el año 1989 dividía «el pasado y el futuro de manera tan clara como el muro de Berlín había dividido el bloque del Este del bloque Occidental».Nos costaba «imaginar un mundo radicalmente mejor que el nuestro, o un futuro que no sea en esencia democrático y capitalista». Hoy ya no pensamos así. A la mayoría nos cuesta imaginar un futuro, incluso en Occidente, que siga siendo democrático y liberal con firmeza.
Al terminar la Guerra Fría, una gran esperanza en la democracia capitalista de signo liberal se extendió por todo el orbe.”
El liberalismo ha terminado siendo víctima del éxito proclamado en la Guerra Fría. En la superficie, la falla se manifiesta en una serie de acontecimientos políticos profundamente desestabilizadores: los ataques contra el World Trade Center de Nueva York el 11-S, la segunda guerra de Irak, la crisis financiera de 2008, la anexión de Crimea por parte de Rusia y la intervención de esta última en el este de Ucrania, la impotencia de Occidente ante el descenso de Siria hacia una pesadilla humanitaria, la crisis migratoria de 2015 en Europa, el referéndum del Brexit y la elección de Donald Trump. El resplandor del que gozó la democracia liberal después de la Guerra Fría también se ha visto ensombrecido por el milagro económico chino, orquestado por unos líderes políticos que no muestran ningún complejo por no ser ni liberales ni demócratas.

El ideal de la «sociedad abierta», también, ha perdido el una vez celebrado lustre. Para muchos ciudadanos desilusionados, la apertura del mundo ofrece hoy un mayor espacio al desasosiego que a la esperanza.
El populismo no supone tanto una rebelión contra un tipo específico de política, la liberal, como contra la sustitución de la ortodoxia comunista por la ortodoxia liberal. El mensaje de los movimientos insurgentes tanto de izquierda como de derecha, en efecto, es que la postura de «o lo tomas o lo dejas» constituye una falacia y que las cosas pueden ser de otro modo, más cercanas y más auténticas.
Obviamente, el surgimiento durante la segunda década del siglo XXI de un antiliberalismo autoritario, de manera simultánea en tantos países en puntos tan distintos de la geografía, no se puede explicar por un solo factor.
Los orígenes de la revuelta antiliberal que hoy tiene lugar en todo el mundo radican en tres reacciones, paralelas, interconectadas y alimentadas por el resentimiento, a la condición presumiblemente canónica de los modelos políticos occidentales a partir de 1989.

Trump se ganó tanto el apoyo popular como el empresarial al declarar que Estados Unidos era el gran perdedor de la americanización del mundo. La inusitada aceptación pública de una divergencia semejante, con respecto de la altanera corriente principal de la cultura política estadounidense, pide a gritos una explicación. En vista de que los rusos y los centroeuropeos abominan de la imitación como algo negativo para el imitador y beneficioso solo para el imitado, en un primer momento resulta chocante que algunos estadounidenses puedan repudiarla como algo negativo para el imitado y beneficioso solo para el imitador. Desde luego, el resentimiento de Trump ante un mundo repleto de países que aspiran a emular a Estados Unidos nos puede parecer anómalo, hasta que comprendemos que, para sus partidarios estadounidenses, los imitadores son una amenaza, por cuanto aspiran a reemplazar al modelo al que imitan. El miedo a la suplantación y a la desposesión bebe de dos fuentes: la inmigración, por un lado, y la presencia de China, por el otro.
Lo que plantea el impresionante auge de China es que la derrota del ideal comunista en 1989 no supuso, después de todo, la victoria indiscutible del ideal liberal. De hecho, el orden unipolar ha perfilado un mundo mucho menos acogedor para el liberalismo de lo que nadie hubiera predicho entonces. Algunos analistas han señalado que en 1989, al suprimirse la competencia de la Guerra Fría entre dos ideologías universales rivales, se hirió de muerte al propio proyecto de la Ilustración, en sus encarnaciones tanto liberal como comunista.

Los liberales occidentales en algún momento de 2015, al abrir los ojos y descubrir que las otrora celebradas democracias de Centroeuropa y de Europa del Este se habían convertido, en su gran mayoría, en regímenes conspiranoides en los que se demonizaba a la oposición, se despojaba de su capacidad de influencia a los medios de comunicación privados, a la sociedad civil y a los tribunales independientes, y se definía la soberanía en virtud de la determinación de los dirigentes a resistir cualquier tipo de presión para amoldarse a los ideales occidentales de pluralismo político, de transparencia gubernamental y de tolerancia a los extraños, con los disidentes y con las minorías.
El malestar con la «transición a la democracia» también vino a ser avivado por unos «evaluadores» foráneos con una débil comprensión de las realidades locales. Todas estas experiencias se combinaron para dar lugar a una reacción nativista en la región, una reafirmación de las «auténticas» tradiciones nacionales, presuntamente asfixiadas por unas formas occidentales deficientes, de segunda mano. El liberalismo posnacional asociado a la expansión de la Unión Europea permitió a los populistas en ciernes arrogarse la propiedad exclusiva de las tradiciones y la identidad nacionales.
Esa sería la causa principal de la revuelta antiliberal en la región. Pero también hay implicado un factor secundario, en particular, la indiscutible premisa de que, tras 1989, no había alternativa a los modelos políticos y económicos liberales.
Otra característica particular de la revolución liberal en esta parte de la geografía es que, al contrario de lo que se había hecho con otras revoluciones previas, no se concibió como un salto temporal de una época oscura a un futuro brillante. Más bien, se imaginaba como un movimiento a través del espacio físico, como si toda la Europa poscomunista se trasladara a la casa de Occidente, habitada desde hacía tiempo por parientes culturales a los que los habitantes del Este solo habían visto en fotografías y películas. La unificación de Europa se vinculó de manera explícita a la unificación de Alemania.
En el resto de Europa del Este, la historia se desarrolló de un modo bastante distinto. En la actualidad, nada indica que los europeos del Este y los occidentales, desde Bratislava y Bucarest hasta Lisboa y Dublín, se vean a sí mismos como ein Volk, un solo pueblo con una identidad compartida, incluso aunque en teoría aspiren a la normalidad europea.

La globalización de la comunicación ha convertido al mundo en una aldea, pero en ella gobierna la dictadura de la comparación. Las personas que viven fuera de Norteamérica y de Europa Occidental ya no se comparan con el vecino, sino con la forma de vida de los habitantes más prósperos del planeta.
En un mundo sin fronteras, en el que las culturas europeas están en constante diálogo y en el que los nuevos medios de comunicación permiten a los ciudadanos vivir en el extranjero sin perder el contacto con lo que ocurre en su lugar de origen, la amenaza a la que se enfrentan los habitantes de Centroeuropa y de Europa del Este es similar a la que sufrió la República Democrática Alemana antes de la construcción del muro de Berlín; es decir, el peligro de que la población en edad de trabajar abandone su lugar de origen para procurarse un futuro mejor en Occidente. Al fin y al cabo, las empresas de estados como Alemania buscan trabajadores desesperadamente, mientras que la generalidad de los europeos es cada vez más reacia a permitir que las poblaciones de África y de Oriente Medio tomar un trabajo.
El miedo no expresado al colapso demográfico, la pesadilla de un mundo en el que los idiomas ancestrales y la memoria cultural de la región desaparezcan de la historia igual que lo hizo Bizancio, se agrava con la posibilidad de que haya en marcha una revolución de la automatización, la cual estaría dejando obsoletos los puestos para los que está preparada la generación actual de trabajadores. Así pues, el miedo a la diversidad y al cambio, agravado por el proyecto utópico de reconstruir sociedades enteras según el modelo occidental, contribuyen de forma importante al populismo en Centroeuropa y en Europa del Este. El hecho de que la región esté compuesta de sociedades pequeñas y envejecidas, pero étnicamente homogéneas, también ayuda a explicar la repentina radicalización de los sentimientos nacionalistas.
La democracia iliberal promete abrir los ojos a los ciudadanos. Si el consenso liberal de los años noventa tenía que ver con los derechos legales y constitucionales individuales —como la libertad de prensa, el derecho a elegir la profesión, el derecho a votar a los gobernantes en elecciones periódicas y la libertad de circulación de las personas—, el consenso antiliberal actual es que los derechos de la mayoría cristiana blanca amenazada están en grave peligro. Para proteger el frágil dominio de la mayoría, asediada ante la insidiosa alianza de Bruselas y África, los europeos tienen que sustituir el diluido posnacionalismo impuesto por los liberales cosmopolitas por una potente política de identidad o por un particularismo grupal propio. Esta es la lógica con la que Orbán y Kaczyński han intentado exacerbar el nacionalismo xenófobo de sus compatriotas, dando vida a un antiliberal deber de protección que se refiere a las poblaciones cristianas blancas en exclusiva, las cuales estarían en riesgo de extinción.

La antigua cuestión alemana se basaba en que Alemania era muy pequeña para el mundo y muy grande para Europa. La nueva cuestión alemana es diferente. En el contexto posterior a la Guerra Fría, la transición alemana a la democracia liberal resultó ser demasiado singular y dependiente de su trayectoria como para ser imitada por países hostiles, dada su historia reciente, a la idea de una sociedad postétnica. Los antiguos países comunistas de Centroeuropa y de Europa del Este se negaron a crear una nueva identidad nacional en torno a un sentimiento reprimido de arrepentimiento por el pasado. Esto ayuda a explicar, en parte, la revuelta contra la nueva ideología alemana del posnacionalismo deshistorizado y el patriotismo constitucional culturalmente anodino.

El ascenso del chovinismo autoritario y de la xenofobia en Centroeuropa y Europa del Este tiene origen en la psicología política, no en la teoría política. El imperio del populismo no es de carácter intelectual. Sea cual fuere el nivel que tenga de popularidad, este se encuentra enraizado en una profunda indignación por el imperativo de imitación percibido que siguió a 1989, cargado de implicaciones denigrantes y vergonzosas, la cual se alimenta, además, del rechazo a la transformación cultural orientada a las minorías que siguió a los movimientos de protesta de 1968 en Occidente. Los orígenes del iliberalismo de Centroeuropa y de Europa del Este son, por lo tanto, de carácter emocional y preideológico, prendidos en la rebelión contra «la humillación por mil cortes» de la que vino acompañado un proyecto que duraría décadas y que exigía el reconocimiento de que una cultura foránea era superior de largo a la propia. El iliberalismo entendido como filosofía es tan solo una coartada, para dar una pátina de seriedad intelectual a un deseo visceral compartido de manera amplia de sacudirse la dependencia «colonial».

La imitación de las formas y las normas de Occidente ha sido central en la experiencia rusa tras la Guerra Fría. Sin embargo, aunque el estilo de dicha imitación ha ido evolucionando a lo largo del tiempo, la «conversión» nunca constituyó, en ningún caso, una opción realista. El único intento anterior, por parte de Rusia, de importar un modelo político occidental —frente a un tomar prestados, sin más, la tecnología y los métodos de producción industrial de Occidente— había tenido lugar durante el breve periodo de Kérenski, al que puso fin la Revolución bolchevique. Ahí radica la moraleja admonitoria, tal y como lo ve la generación más joven de los rusos en contra de la occidentalización.
Las políticas de imitación se han desarrollado, en Rusia, a lo largo de tres fases distintivas. Ya en los noventa, la responsabilidad electoral de los políticos frente a los ciudadanos tenía la forma de una representación ilusoria.
Los soviéticos habían perdido la Guerra Fría sin librar batalla alguna. Se trataba de una humillación que apenas podía sofocarse con el discurso occidentalizante de la victoria compartida de toda la humanidad. La necesidad de explicar el insondable misterio del colapso sin derrota hizo que las teorías de la conspiración causaran furor en la Rusia poscomunista, inclusive entre las élites políticas e intelectuales.El fracaso histórico del sistema comunista, obviamente una causa de primer orden del colapso soviético, se intenta disimular una y otra vez con historias recurrentes sobre las traiciones internas y la interferencia extranjera en los asuntos rusos.
A diferencia de los europeos del Este, los rusos no podían reconciliarse con el colapso del sistema gracias a la imagen de la autoridad comunista como fruto de una ocupación extranjera. Para ellos, el comunismo no era una imposición externa, de manera que, a la anomalía de la descomposición de la URSS, vino a sumarse el hecho de que esta implicaba asimismo la victoria de unos antiguos comunistas sobre otros. El cabecilla de la revolución, Borís Yeltsin, había sido, hasta tiempos bastante recientes, miembro del politburó del Partido Comunista. Aunque, a partir de 1991, casi todo comenzó a cambiar en Rusia, la clase dirigente siguió siendo a grandes rasgos la misma. Quienes se beneficiaron más notablemente del final del sistema comunista no fueron los anticomunistas, sino los antiguos comunistas.
El giro antiestadounidense que han dado las autoridades rusas, las cuales tomaron prestados, sin reserva alguna, los ardides y las estratagemas de campaña de los consultores políticos estadounidenses, constituye un ejemplo nefasto de lo que Hannah Arendt denominó el «efecto boomerang». Los consultores políticos venidos de Estados Unidos instruyeron a los tecnólogos políticos rusos en las artes mezquinas que se utilizan en ocasiones para organizar los procesos electorales, con las que se avala la legitimidad popular del poder del Kremlin, que ahora se vuelve, con un éxito evidente, contra la propia democracia estadounidense.
Es cierto que la ascensión de Putin a la presidencia fue pacífica, pero la aserción de que el poder se transfirió por la voluntad popular es un cuento para no dormir. Fue el equipo de Yeltsin el que lo eligió, después de haber ayudado a reprimir un levantamiento contra aquel, orquestado por el entonces primer ministro Evgeny Primakov y apoyado por gobernadores electos independientes, así como por Yuri Skuratov, el fiscal general que estaba investigando en la familia y en el entorno del entonces presidente por corrupción. Tras haber demostrado su fidelidad, al proteger con habilidad a los allegados al régimen de la campaña anticorrupción lanzada por sus rivales políticos, se sirvió a Putin la presidencia en bandeja de plata. En aquel momento, esto fue algo perfectamente obvio, por lo que lo único que demostraba la genuflexión de este ante «la voluntad del pueblo» era lo cómodo que el Kremlin había llegado a estar con la hipocresía democrática.
La estrategia de Putin de negar de plano la responsabilidad de Rusia por cualquiera de las acciones de las que se la acusaba no puede entenderse como un mero embuste. Más bien recuerda, en gran medida, a cierto tipo de comportamiento del que hacen gala los criminales reincidentes, quienes, cuando reciben la sentencia de prisión, muestran con orgullo su desprecio a las reglas y normas civilizadas, así como que su reputación en el submundo marginal depende de su negativa a colaborar lo más mínimo con las autoridades penitenciarias. En el argot del mundo criminal ruso, tal comportamiento se conoce como otritsalovo, que se puede traducir a grandes rasgos como «obstrucción» o, mejor aún, como «ley del silencio».
Rusia y Estados Unidos han comenzado a parecerse el uno al otro. Sin embargo, esta vez es el segundo el que se está remodelando en virtud de las líneas sugeridas por el espejo de Putin, una imitación inversa que no se agota en lo sorpresivo. Puede que lleve al Kremlin algunas sonrisas pasajeras, pero es improbable que asegure la estabilidad y la paz internacionales. Más bien, es lo más factible que acabe por alimentar una escalada de rivalidades que haga aumentar la violencia. A diferencia de la Unión Soviética, la Federación de Rusia no puede esperar que acabe derrotando a Occidente. Como mucho, puede albergar la esperanza de romperlo en pedazos, como ocurrió con el bloque soviético y con la propia Unión Soviética entre 1989 y 1991. Que el resultado sea un mundo estable en el que los intereses de Rusia queden protegidos parece algo imposible de imaginar.

Las políticas de antiinmigración tienen un elevado contenido emocional, porque la inmigración masiva, tanto si se trata de una realidad como de una ficción, amenaza con llevarse por delante los últimos resquicios de una comunidad imaginada que, por motivos inciertos y de índole histórica, ya está deshecha. Este análisis asume que la identidad se vive en su mayor intensidad cuando se despiertan sentimientos provocados por las percepciones de la otredad y de la pertenencia. En las sociedades modernas, la mayoría de los individuos forman parte de varios grupos definidos, bien por la religión, por la edad, por el género, por la clase, por la residencia metropolitana o no metropolitana, el estado civil o el nivel de estudios y el tipo de experiencias vitales. La identidad colapsa en un antagonismo entre camarillas e incluso en conflictos sociales de alcance letal, en los que la afiliación, por lo general religiosa o étnica, desempeña un papel tan prominente en la comprensión que cada individuo tiene de sí mismo, que eclipsa a todos los grupos rivales.
Si se centra la mirada en el iliberalismo instintivo y en la mendacidad crónica de Trump con base en cuestiones políticas, es posible que pase desapercibida una paradoja inapelable, a saber, la de que el modo en que está infligiendo el mayor y más perdurable daño a la democracia de Estados Unidos no es la mentira sin descanso, sino la enunciación de la verdad de un modo selectivo, en especial, la afirmación de una serie de verdades a medias con las que los liberales tienden a mostrarse de acuerdo. Entender esta jugada característicamente populista ayuda a explicar por qué la respuesta liberal a Trump, aunque a menudo parezca de una profesionalidad admirable y convincente en lo intelectual, ha sido tan decepcionantemente débil en lo político.
Cuando Trump abandona las pretensiones liberales que desacreditan a los propios liberales, lo que hace no es actuar con la cabeza fría y con razón de Estado, sino hundirse aún más, si cabe, en el abismo de la volatilidad caprichosa, la incoherencia sin principios y la malignidad depredadora.
La elección como presidente de Brasil de Jair Bolsonaro, un populista de extrema derecha modelado a la imagen de Trump, que ha llegado al poder sobre una ola de ira antiinstitucional, es tan solo un ejemplo de muchos.
La Era de la Imitación Liberal se ha terminado, pero la Era de la Imitación Iliberal solo acaba de comenzar. A partir de 1989, los antiguos países comunistas se vieron ante el desafío de reformar las estructuras a la luz de un ideal liberal-democrático que se suponía sublime. En la actualidad, a medida que Estados Unidos se despoja de su imagen tradicional como nación ejemplar, los países de todo el mundo tienen la bendición de Washington para retrotraerse con complacencia a la versión más brutal, amoral y arbitraria de sí mismos.
Los dirigentes autoritarios de carácter reaccionario que imitan a Trump, en la actualidad, lo hacen para dar una pátina sofisticada de legitimidad, sin más, a aquello que de todos modos pretenden hacer. El presidente derechista de Brasil no imita a Trump porque quiera ser Trump, lo imita porque Trump ha hecho posible que Bolsonaro pueda ser él mismo.

Decir que el auge de China marca el final de la Era de la Imitación es decir que no habrá posibilidad de vuelta a una confrontación ideológica a nivel global entre dos grandes poderes, cada uno de los cuales trate de imponer su modelo sociopolítico a un grupo de estados vasallos, o de persuadir a los ciudadanos de todos los rincones de que adopten las propias metas, objetivos y visión del futuro de la humanidad. No hay razón para creer que la China de Xi Jinping vaya a ser un actor internacional particularmente benigno. Sus vecinos más próximos, muchos de los cuales están felices de la presencia naval estadounidense en el mar de la China Meridional, tienen razones para sospechar que, llegado un punto, la proyección económica que acomete del poder puede llegar a tener un carácter más coercitivo y militarizado. No hay duda de que una próxima confrontación entre Estados Unidos y China vendrá a remodelar el orden internacional, de maneras importantes y también peligrosas. Pero sigue siendo engañoso verlo como una «nueva Guerra Fría de carácter económico».
No hay razón para creer que el nuevo Imperio chino posmisionero vaya a hacer gala de una particular benevolencia, pero el modo de Xi Jinping de demostrar la estatura internacional china y de proyectar el poder del Estado, signifique lo que signifique para otros países, no se apoyará en la conversión ideológica.
China marca el final de la Edad de la Imitación, porque tanto su historia como su éxito actual vienen a demostrar que, mientras que es predecible que la introducción de valores foráneos «sin alternativa» desencadene una ruptura nacionalista, el préstamo «dirigido» de medios técnicos acarrea la prosperidad, el desarrollo, el control social y la oportunidad de renovar la influencia internacional y el prestigio de un país. Sin ensayar ni fingir una renovación política de estilo occidental, China está teniendo éxito a la hora de aventajar a Occidente en muchos aspectos. Al mismo tiempo, no muestra ninguna inclinación por enseñar a otros países cómo deben vivir. No obstante, porta consigo una importante lección. Lo que China enseña al mundo son los copiosos beneficios de rechazar las normas e instituciones occidentales, al tiempo que se practica una adopción selectiva de las tecnologías e incluso de los patrones de consumo de Occidente.

Podemos pasarnos una vida de luto por el perdido dominio del orden liberal en todo el mundo, o bien podemos celebrar nuestro regreso a un escenario lleno de alternativas políticas en pugna perpetua, comprender que la idea de un liberalismo escarmentado, una vez recuperados de su aspiración poco realista y contraproducente a la hegemonía internacional, en pleno siglo XXI, es de lo más reconfortante.
A nosotros nos corresponde celebrar en lugar de hacer duelo.

Libros del autor comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2020/09/12/ya-es-manana-como-la-pandemia-cambiara-el-mundo-ivan-krastev-is-it-tomorrow-yet-paradoxes-of-the-pandemic-how-it-changes-europe-by-ivan-krastev/

https://weedjee.wordpress.com/2021/03/03/la-luz-que-se-apaga-como-occidente-gano-la-guerra-fria-pero-perdio-la-paz-ivan-krastev-stephen-holmes-the-light-that-failed-a-reckoning-by-ivan-krastev-stephen-holmes/

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Excellent book that tries to make sense of the geo-political earthquake of 1989 that is still sending shock waves across the world with immeasurable implications to peace, prosperity and global relations. It focuses on the failure of the West to optimise the situation in a post Cold War world through effective liberal democracy and capitalism. This failure by the West and global institutions, has led to a rise in populism in CEE, the alarming interventions and mirroring behaviour of Putin’s Russia, the growth of China and it’s autocratic leader Xi Jinping into an unbridled super-power, and the demise of USA under Trump. The dream of a liberal democratic world, post the Cold War has evaporated leaving us with less democracy, more autocratic leaders and more fences and barriers. Liberal democracy and globalisation seems destined to stall or maybe to end……or is this just a ‘blip’. The populists, in Poland, Brazil, Hungary, USA, UK (Brexiteers) and their counterparts across the world have grown in stature through classic ‘fear mongering’ and playing to the emotions of the so called ‘left behind’ as well as monumental mistakes by USA,EU, bankers etc. They are using money and influence to woo those who appear to have lost out through globalisation and liberal democracy, however is this really sustainable, in the absence of any true ideology, and when promises prove to be false? Are the days of imitation really over, is democracy and globalisation which has benefited millions across the world to be ditched for autocratic leadership? And is Covid now a ‘game changer’ as we see the policies of Trump, Bolsonaro, Putin, and even Boris, failing on a massive scale, allowing more moderate, measured, and democratic leaders (and dare I say ‘experts’) to re-emerge and rebuild relationships and international co-operation? We can only hope that the disaster of covid can have a beneficial impact on world politics and the choices for the people – maybe this is naive, but in the absence of greater co-operation, strong interdependence, and ‘win-win’ solutions, how can we imagine how we can deal with the even greater threats posed by climate change and robotic technology? The world is pretty scary and about to get scarier, the need to great leadership is vital!.
What is this Age of Imitation? Summing up, the main characteristic is that the world was trying to copy the Western political and economic structures, institutions and values. Not all the actors copied the same or had the same intentions to do it. Eastern Europe, Russia and China had different strategies and therefore different outputs but all of them and America itself, under Trump, are changing the rules of this period.
Krustev and Homes made very interesting points.

Overall it is compelling book that has strong arguments for explaining what has happened in Europe and Russia in the last 30 years.

The future looked better yesterday. We were convinced that the year 1989 divided “the past and the future as clearly as the Berlin wall had divided the Eastern bloc from the Western bloc.” We had a hard time “imagining a world radically better than ours, or a future that not be in essence democratic and capitalist ». Today we no longer think like that. Most of us have a hard time imagining a future, even in the West, that remains firmly democratic and liberal.
At the end of the Cold War, great hope for liberal capitalist democracy spread throughout the world. ”
Liberalism has ended up falling victim to the proclaimed success of the Cold War. On the surface, the flaw manifests itself in a series of deeply destabilizing political events: the attacks on the World Trade Center in New York on 9/11, the second Iraq war, the financial crisis of 2008, the annexation of Crimea by of Russia and the latter’s intervention in eastern Ukraine, the impotence of the West in the face of Syria’s descent into a humanitarian nightmare, the 2015 migration crisis in Europe, the Brexit referendum and the election of Donald Trump. The afterglow of liberal democracy after the Cold War has also been overshadowed by the Chinese economic miracle, orchestrated by political leaders who show no complexes because they are neither liberal nor democratic.

The “open society” ideal, too, has lost its once celebrated luster. For many disillusioned citizens, the opening of the world today offers greater space for unease than for hope.
Populism is not so much a rebellion against a specific type of politics, the liberal one, as against the substitution of communist orthodoxy for liberal orthodoxy. The message of the insurgent movements on both the left and the right, in effect, is that the “take it or leave it” position is a fallacy and that things can be different, closer and more authentic.
Obviously, the emergence during the second decade of the 21st century of an authoritarian antiliberalism, simultaneously in so many countries in such different points of geography, cannot be explained by a single factor.
The origins of the antiliberal revolt that is taking place around the world today lie in three reactions, parallel, interconnected and fueled by resentment, to the presumably canonical condition of Western political models since 1989.

Trump earned both popular and business support by declaring that the United States was the great loser from the Americanization of the world. The unusual public acceptance of such a divergence, from the haughty mainstream of American political culture, cries out for an explanation. In view of the fact that Russians and Central Europeans abhor imitation as negative for the imitator and beneficial only for the imitated, at first it is shocking that some Americans may repudiate it as negative for the imitated and beneficial only for the imitator. Of course, Trump’s resentment of a world full of countries that aspire to emulate the United States may seem anomalous to us, until we understand that, to his American supporters, copycats are a threat, in that they aspire to replace the model they are imitate. The fear of impersonation and dispossession draws from two sources: immigration, on the one hand, and the presence of China, on the other.
What the impressive rise of China raises is that the defeat of the communist ideal in 1989 was not, after all, the indisputable victory of the liberal ideal. In fact, the unipolar order has outlined a world much less welcoming to liberalism than anyone would have predicted then. Some analysts have pointed out that in 1989, when the Cold War competition between two rival universal ideologies was suppressed, the Enlightenment project itself, in its liberal and communist incarnations, was mortally wounded.

Western liberals sometime in 2015, upon opening their eyes and discovering that the once celebrated democracies of Central and Eastern Europe had largely become conspiratorial regimes in which the opposition was demonized, stripped away their ability to influence the private media, civil society and independent courts, and sovereignty was defined by virtue of the determination of the leaders to resist any type of pressure to conform to Western ideals of political pluralism, of government transparency and tolerance of strangers, with dissidents and with minorities.
The unease with the “transition to democracy” was also fueled by foreign “evaluators” with a weak understanding of local realities. All of these experiences combined to give rise to a nativist backlash in the region, a reaffirmation of “authentic” national traditions, allegedly stifled by deficient, second-hand Western forms. The post-national liberalism associated with the expansion of the European Union allowed budding populists to claim sole ownership of national traditions and identity.
That would be the main cause of the antiliberal revolt in the region. But there is also a secondary factor involved, in particular the indisputable premise that, after 1989, there was no alternative to liberal political and economic models.
Another particular characteristic of the liberal revolution in this part of the geography is that, contrary to what had been done with other previous revolutions, it was not conceived as a temporary jump from a dark age to a bright future. Rather, it was envisioned as a movement through physical space, as if all of post-communist Europe moved to the home of the West, long inhabited by cultural relatives whom the inhabitants of the East had only seen in photographs and films. The unification of Europe was explicitly linked to the unification of Germany.
In the rest of Eastern Europe, the story unfolded quite differently. At present, there is nothing to indicate that Eastern and Western Europeans, from Bratislava and Bucharest to Lisbon and Dublin, see themselves as ein Volk, a single people with a shared identity, even though in theory they aspire to European normality.

The globalization of communication has turned the world into a village, but the dictatorship of comparison rules there. People living outside North America and Western Europe are no longer compared to their neighbor, but to the way of life of the most prosperous inhabitants of the planet.
In a world without borders, in which European cultures are in constant dialogue and in which the new means of communication allow citizens to live abroad without losing contact with what happens in their place of origin, the threat to The one faced by the inhabitants of Central and Eastern Europe is similar to what the German Democratic Republic suffered before the construction of the Berlin Wall; that is to say, the danger that the population of working age will leave their place of origin to seek a better future in the West. After all, companies in states like Germany are desperately looking for workers, while the generality of Europeans is increasingly reluctant to allow the populations of Africa and the Middle East to take a job.
The unspoken fear of demographic collapse, the nightmare of a world in which the ancestral languages and cultural memory of the region disappear from history just as Byzantium did, is compounded by the possibility that a revolution is underway. automation, which would be making obsolete the positions for which the current generation of workers is prepared. Thus, the fear of diversity and change, compounded by the utopian project of rebuilding entire societies on the Western model, contributes significantly to populism in Central and Eastern Europe. The fact that the region is made up of small and aging societies, but ethnically homogeneous, also helps to explain the sudden radicalization of nationalist sentiments.
Illiberal democracy promises to open the eyes of citizens. If the liberal consensus of the 1990s had to do with individual legal and constitutional rights – such as freedom of the press, the right to choose one’s profession, the right to vote for rulers in periodic elections, and freedom of movement for people – the current illiberal consensus is that the rights of the threatened white Christian majority are in grave danger. To protect the fragile rule of the majority, besieged by the insidious alliance of Brussels and Africa, Europeans have to replace the diluted post-nationalism imposed by cosmopolitan liberals with a powerful identity politics or a group particularism of their own. This is the logic with which Orbán and Kaczyński have tried to exacerbate the xenophobic nationalism of their compatriots, giving life to an illiberal duty of protection that refers exclusively to white Christian populations, which would be at risk of extinction.

The old German question was based on the fact that Germany was too small for the world and too big for Europe. The new German question is different. In the post-Cold War context, the German transition to liberal democracy turned out to be too unique and track-dependent to be emulated by hostile countries, given their recent history, to the idea of a post-ethnic society. The former communist countries of Central and Eastern Europe refused to create a new national identity around a repressed feeling of regret for the past. This helps to explain, in part, the revolt against the new German ideology of dehistoricized post-nationalism and culturally bland constitutional patriotism.

The rise of authoritarian chauvinism and xenophobia in Central and Eastern Europe stems from political psychology, not political theory. The empire of populism is not intellectual in nature. Whatever your level of popularity, it is rooted in deep outrage at the perceived imperative of imitation that followed 1989, fraught with degrading and shameful implications, which is fueled, furthermore, by the rejection of cultural transformation oriented to minorities that followed the 1968 protest movements in the West. The origins of illiberalism in Central and Eastern Europe are therefore emotional and pre-ideological in nature, caught in the rebellion against “humiliation by a thousand cuts” which was accompanied by a project that would last decades and that demanded recognition. that a foreign culture was far superior to one’s own. Illiberalism understood as philosophy is just an alibi, to give a patina of intellectual seriousness to a widely shared visceral desire to shake off “colonial” dependency.

Imitation of the forms and norms of the West has been central to the post-Cold War Russian experience. However, although the style of such imitation has evolved over time, “conversion” was never, in any case, a realistic option. The only previous attempt by Russia to import a Western political model – as opposed to simply borrowing Western technology and industrial production methods – had taken place during Kerensky’s brief period, which he put end the Bolshevik Revolution. Therein lies the cautionary moral, as seen by the younger generation of Russians against Westernization.
Imitation policies have developed, in Russia, through three distinctive phases. Already in the 1990s, the electoral responsibility of politicians vis-à-vis citizens took the form of an illusory representation.
The Soviets had lost the Cold War without fighting any battle. It was a humiliation that could hardly be stifled by the Westernizing discourse of the shared victory of all humanity. The need to explain the unfathomable mystery of collapse without defeat made conspiracy theories all the rage in post-communist Russia, including among political and intellectual elites. The historical failure of the communist system, obviously a major cause of the Soviet collapse, it is tried to cover over and over again with recurring stories about domestic betrayals and foreign interference in Russian affairs.
Unlike the Eastern Europeans, the Russians could not reconcile themselves to the collapse of the system thanks to the image of communist authority as the fruit of a foreign occupation. For them, communism was not an external imposition, so that, to the anomaly of the decomposition of the USSR, came the fact that it also implied the victory of some former communists over others. The leader of the revolution, Borís Yeltsin, had been, until quite recently, a member of the politburo of the Communist Party. Although, from 1991, almost everything began to change in Russia, the ruling class remained broadly the same. Those who benefited most notably from the end of the communist system were not the anti-communists, but the former communists.
The anti-American turn by the Russian authorities, which borrowed, without reservation, the schemes and campaign stratagems of American political consultants, is a nefarious example of what Hannah Arendt called the “boomerang effect.” Political consultants from the United States instructed Russian political technologists in the petty arts that are sometimes used to organize electoral processes, with which the popular legitimacy of the Kremlin’s power is endorsed, which is now becoming, with evident success , against American democracy itself.
It is true that Putin’s ascension to the presidency was peaceful, but the assertion that power was transferred by the popular will is a bedtime story. It was Yeltsin’s team that elected him, having helped suppress an uprising against him, orchestrated by then-Prime Minister Evgeny Primakov and supported by independent elected governors, as well as Yuri Skuratov, the attorney general who was investigating in the family and in the environment of the then president for corruption. Having demonstrated his loyalty by skillfully protecting those close to the regime from the anti-corruption campaign launched by his political rivals, Putin was served the presidency on a silver platter. At the time, this was perfectly obvious, so his genuflection to “the will of the people” only demonstrated how comfortable the Kremlin had become with democratic hypocrisy.
Putin’s strategy of flatly denying Russia responsibility for any of the actions for which it was accused cannot be understood as a mere hoax. Rather, it is largely reminiscent of a certain type of behavior exhibited by repeat criminals, who, when sentenced to prison, proudly display their contempt for civilized rules and regulations, as well as their reputation in the underworld marginal depends on their refusal to cooperate in the least with the prison authorities. In the slang of the Russian criminal world, such behavior is known as otritsalovo, which can be roughly translated as “obstruction” or, better yet, as “law of silence”.
Russia and the United States have begun to resemble each other. However, this time it is the second that is being remodeled by virtue of the lines suggested by Putin’s mirror, a reverse imitation that does not end in surprise. It may bring a few passing smiles to the Kremlin, but it is unlikely to ensure international stability and peace. Rather, it is the most likely that it will end up fueling an escalation of rivalries that increases violence. Unlike the Soviet Union, the Russian Federation cannot expect it to end up defeating the West. At best, it can hope to tear it apart, as happened with the Soviet bloc and with the Soviet Union itself between 1989 and 1991. That the result is a stable world in which Russia’s interests are protected seems impossible to imagine.

Anti-immigration policies have a high emotional content, because mass immigration, whether it is fact or fiction, threatens to take away the last remnants of an imagined community that, for uncertain and historical reasons, has already it is undone. This analysis assumes that identity is experienced at its greatest intensity when feelings are awakened by perceptions of otherness and belonging. In modern societies, most individuals are part of various groups defined, either by religion, age, gender, class, metropolitan or non-metropolitan residence, marital status or educational level. and the type of life experiences. Identity collapses into clique antagonism and even life-threatening social conflicts, in which affiliation, usually religious or ethnic, plays such a prominent role in each individual’s understanding of himself that it outshines everyone. rival groups.
If you focus on the instinctive illiberalism and chronic mendacity of Trump based on political issues, an unappealable paradox may go unnoticed, namely that the way he is inflicting the greatest and most enduring damage to America’s democracy is not the relentless lie, but the enunciation of the truth in a selective way, especially the affirmation of a series of half-truths with which liberals tend to agree. Understanding this characteristically populist play helps explain why the liberal response to Trump, while often appearing to be admirably professional and intellectually compelling, has been so disappointingly weak politically.
When Trump abandons the liberal pretensions that discredit liberals themselves, what he does is not act with a cool head and with reason of State, but sink even further, if possible, into the abyss of capricious volatility, unprincipled incoherence and predatory malignancy.
The election as president of Brazil of Jair Bolsonaro, a far-right populist modeled after Trump, who has come to power on a wave of anti-institutional anger, is just one example of many.
The Era of Liberal Imitation is over, but the Era of Illiberal Imitation has only just begun. From 1989 on, the former communist countries were faced with the challenge of reforming the structures in the light of a liberal-democratic ideal that was supposed to be sublime. Today, as the United States shed its traditional image as an exemplary nation, countries around the world have Washington’s blessing to complacently revert to the most brutal, amoral, and arbitrary version of themselves.
The reactionary authoritarian leaders who imitate Trump today do so to simply give a sophisticated patina of legitimacy to what they want to do anyway. The right-wing president of Brazil does not imitate Trump because he wants to be Trump, he imitates him because Trump has made it possible for Bolsonaro to be himself.

Saying that the rise of China marks the end of the Era of Imitation is to say that there will be no possibility of a return to an ideological confrontation on a global level between two great powers, each of which tries to impose its socio-political model on a group of vassal states, or to persuade citizens from all corners to embrace humanity’s own goals, objectives, and vision for the future. There is no reason to believe that Xi Jinping’s China will be a particularly benign international player. Its closest neighbors, many of whom are happy about the US naval presence in the South China Sea, have reason to suspect that, at some point, the economic projection it undertakes from power may become more coercive and militarized. There is no doubt that an upcoming confrontation between the United States and China will reshape the international order, in important and dangerous ways. But it is still misleading to see it as a “new economic Cold War.”
There is no reason to believe that the new post-missionary Chinese Empire will display any particular benevolence, but Xi Jinping’s way of demonstrating Chinese international stature and projecting state power, whatever it means to other countries, is not known. will support ideological conversion.
China marks the end of the Age of Imitation, because both its history and its current success show that, while the introduction of ‘no alternative’ foreign values is predictable to trigger a nationalist break, the ‘directed’ lending of media Technicians bring prosperity, development, social control and the opportunity to renew the international influence and prestige of a country. Without rehearsing or feigning a Western-style political renewal, China is succeeding in outstripping the West in many ways. At the same time, it shows no inclination to teach other countries how they should live. However, it carries with it an important lesson. What China teaches the world is the rich benefits of rejecting Western norms and institutions, while practicing selective adoption of Western technologies and even consumption patterns.

We can spend a life of mourning for the lost dominance of the liberal order throughout the world, or we can celebrate our return to a scene full of perpetually struggling political alternatives, understand that the idea of a chastened liberalism, once recovered from its aspiration unrealistic and counterproductive to international hegemony, in the XXI century, it is most comforting.
It is up to us to celebrate rather than mourn.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2020/09/12/ya-es-manana-como-la-pandemia-cambiara-el-mundo-ivan-krastev-is-it-tomorrow-yet-paradoxes-of-the-pandemic-how-it-changes-europe-by-ivan-krastev/

https://weedjee.wordpress.com/2021/03/03/la-luz-que-se-apaga-como-occidente-gano-la-guerra-fria-pero-perdio-la-paz-ivan-krastev-stephen-holmes-the-light-that-failed-a-reckoning-by-ivan-krastev-stephen-holmes/

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