Programa O Serás Programado — Douglas Rushkoff / Program or Be Programmed: Ten Commands for a Digital Age by Douglas Rushkoff

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En este libro, Douglas Rushkoff no solo analiza lo que significa ser un participante en este nuevo mundo digital acelerado, sino que también describe diez reglas (o «mandamientos», como él los llama) para que las usemos y no las usemos. No nos dejemos llevar por los medios de comunicación. Rushkoff se toma su tiempo para profundizar en las posibles repercusiones del tiempo, el lugar, la elección, la complejidad, la escala, la identidad, lo social, los hechos, la apertura y el propósito.
Rushkoff comienza su capítulo definiendo lo que él llama los «sesgos informáticos» en relación con cada uno de los diez aspectos del trato con los medios digitales. Con Place, por ejemplo, «los medios digitales están sesgados lejos de lo local y hacia la dislocación». Luego analiza tanto los beneficios como las desventajas de cada uno de los sesgos informáticos.
Me gusta mucho el estilo de Rushkoff de discutir cada uno de los diez mandamientos de los medios digitales. Aprecio cómo presenta tanto lo bueno como lo malo en cada aspecto. Creo que mucha gente se vuelve unilateral en el debate sobre qué tan bueno / malo es Internet para sus usuarios, pero Rushkoff trata de evitar eso. Más bien, invierte su tiempo en tratar de ayudar a los lectores a comprender cómo mantenerse al tanto de los medios digitales para que no se sientan abrumados. Hay momentos en que su razonamiento se vuelve complicado, pero su tono se mantiene muy optimista y atractivo.

Cuando el ser humano adquirió el lenguaje, no solo aprendió a escuchar, sino también a hablar; cuando apareció la escritura, no solo aprendió a leer, sino también a escribir, y a medida que nos vamos sumergiendo en una realidad digital creciente, no solo aprendemos a utilizar los programas, sino también a crearlos.
En el paisaje emergente altamente programado, que tenemos por delante podremos crear el software o podremos ser el software. Es así de simple: programar o ser programados. Optar por la primera opción supone ganar acceso al panel de control de la civilización, mientras que elegir la segunda podría llegar a configurarse como nuestra última elección real.
Una sociedad que veía internet como una vía hacia unas conexiones muy articuladas y hacia nuevos métodos de creación de significado se encuentra a sí misma, por contra, desconectada, renegando del pensamiento profundo y vacía de valores duraderos.
Pero no tiene por qué ser así, y no lo será si conocemos los sesgos de las tecnologías que utilizamos y nos convertimos en participantes conscientes del modo en que se despliegan.
Frente a un futuro en red que parece favorecer la distracción por encima de la concentración, lo automático por encima de lo reflexivo y la confrontación por encima de la empatía.
Al igual que quienes participaron en revoluciones mediáticas anteriores a la nuestra, nos hemos echado en los brazos de las nuevas tecnologías y formas de alfabetización de nuestra era sin aprender cómo funcionan y qué efecto tienen en nosotros. Y, del mismo modo que aquellos, nos quedamos un paso por detrás de la capacidad real que nos ofrecen. Solo una élite —en ocasiones nueva, pero una élite al fin y al cabo— obtiene la capacidad de explotar por completo los nuevos medios al alcance.
Vivimos un cambio real, que ya ha hundido la economía en dos ocasiones, modificado el modo en que nos educamos y nos entretenemos y alterado el mismo tejido de las relaciones humanas. Y sin embargo, hasta aquí, tenemos escasa comprensión de lo que nos ocurre y de cómo superarlo.
Solo si comprendemos los sesgos de los medios con los que nos involucramos en el mundo, podremos diferenciar entre lo que pretendemos nosotros y lo que pretenden de nosotros las máquinas que utilizamos, independientemente de que ellas mismas o sus programadores tan siquiera lo sepan.

A medida que las conexiones a internet aumentan y se hacen más rápidas y económicas, estamos más predispuestos a adoptar una «conexión constante». Las conexiones de banda ancha —sean las de casa o las del teléfono móvil— mantienen conectadas las aplicaciones que usamos, actualizadas y listas a todas horas. En cualquier momento, cualquiera o cualquier cosa desea enviarnos un mensaje, un correo electrónico, un tuit, una actualización, una notificación o una alerta; algo suena en el ordenador o nos vibra en el bolsillo. Los dispositivos que usamos y, por extensión, los sistemas nerviosos humanos quedan ligados a la totalidad del universo en línea a tiempo completo.
Por supuesto, la forma más sencilla de escape es negarse a estar siempre conectados. La participación en lo digital —la conexión a la red— aún puede ser una elección antes que algo dado. Esta es la definición exacta de «autonomía». Podemos escoger para quién o para qué y cuándo queremos estar disponibles. Así como decidir para quiénes queremos estarlo siempre.

Los grandes medios y las corporaciones que los financian se han convertido en el enemigo de las empresas locales y sus empleados. En general, la tecnología y los medios han ido haciendo el comercio más global, favoreciendo a los grandes negocios por encima de los intereses locales. La producción a gran escala consiguió distanciar a los trabajadores del valor que ellos mismos creaban.
La era digital supone toda una oportunidad para reconocer el sesgo deslocalizador de los medios interactivos. Sabiendo esto, podemos elegir cuándo queremos vivir y trabajar en lugares reales, los unos con otros y en persona, como seres humanos.
Rechazar una elección no significa la muerte; muy al contrario, es una de las pocas cosas que ayudan a distinguir la vida real de sus imitaciones digitales.

Lo que aún no han entendido es que ya es demasiado tarde para que una empresa se vuelva social. Todos los negocios lo son ya. La transparencia ya no es una elección para las empresas en la era de internet, es algo dado. Donde hay personas, habrá conversaciones. Estas ya ocurren sin necesidad de la página o de la plataforma de ninguna empresa particular. La verdad sobre lo que hacen y sobre si lo hacen bien ya es un tema de conversación.
El auténtico modo de «volverse social», si es que se quiere, no es acumular seguidores o amigos de una página, sino hacer que sus amigos y seguidores entablen amistad y se sigan mutuamente. Esa es la forma de crear una cultura entre pares, un medio basado en la red. En lugar de pensar en cómo monetizar o intervenir de cualquier otro modo en las conexiones sociales existentes, quienes promueven las redes deberían fomentar la conexión entre personas que no se conocen pero que se podrían necesitar. Luego, si acaso, que hablen de negocios, o de su socialización.
El contenido no es el mensaje, el contacto lo es.

En el nuevo bazar, lograrán el éxito como comunicadores quienes puedan evaluar con rapidez lo que oyen y aprendan a pasar solo el material que interesa. Esas son las personas que crearán más señales y menos ruido y quienes se convertirán en autoridades valoradas en los medios digitales. Pero los auténticos ganadores serán, una vez más, aquellos que realmente descubran e innoven, la gente que haga y encuentre cosas que merezcan la atención de todo el mundo. Ellos serán quienes nos den, no solo un buen pretexto para enviarnos mensajes unos a otros, sino además unos medios reales para que todos creemos más valor para los demás.
La forma de progresar en un espacio de medios sesgado hacia lo no ficticio es contar la verdad. Esto significa tener una verdad que contar.
Si vivir en la era digital nos enseña algo, es que estamos juntos en esto. Quizá más que nunca.

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In this book Douglas Rushkoff not only discusses what it means to be a participant in this new, fast-paced digital world, but he also outlines ten rules (or «commandments» as he calls them) for for us to use so we don’t get swept off our feet in media streams. Rushkoff takes his time delving into the possible repercussions of Time, Place, Choice, Complexity, Scale, Identity, Social, Fact, Openness, and Purpose.
Rushkoff begins his chapter by defining what he calls the «computer biases» concerning each of the ten aspects of dealing with digital media. With Place, for example, «digital media are biased away from the local, and toward dislocation.» He then discusses both the benefits and disadvantages of each of the computer biases.
I really like Rushkoff’s style of discussing each of the ten commandments of digital media. I appreciate how he presents both the good and bad in each aspect. I think a lot of people become one sided in the debate over the how good/bad the Internet is for its users, but Rushkoff tries to steer clear of that. Rather, he invests his time in trying to help readers understand how to stay on top of digital media so they don’t become overwhelmed. There are times when his reasoning becomes convoluted, but his tone stays very upbeat and engaging.

When the human being acquired language, he not only learned to listen, but also to speak; When writing appeared, he not only learned to read, but also to write, and as we immerse ourselves in a growing digital reality, we are not only learning how to use programs, but also how to create them.
In the highly programmed emerging landscape ahead of us, we can create the software or we can be the software. It’s that simple: schedule or be scheduled. Opting for the first option means gaining access to the civilization control panel, while choosing the second option could become our last real choice.
A society that saw the internet as a way towards highly articulated connections and towards new methods of creating meaning finds itself, on the contrary, disconnected, denying deep thought and empty of lasting values.
But it doesn’t have to be this way, and it won’t be if we understand the biases of the technologies we use and become conscious participants in how they are deployed.
Faced with a future in the network that seems to favor distraction over concentration, the automatic over the re fl exive and confrontation over empathy.
Like those who participated in media revolutions before ours, we have thrown ourselves into the arms of the new technologies and forms of literacy of our era without learning how they work and what effect they have on us. And, in the same way as those, we are one step behind the real capacity that they offer us. Only an elite — sometimes new, but an elite nonetheless — gains the ability to fully exploit the new media available.
We are experiencing real change, which has already sunk the economy twice, altered the way we educate and entertain ourselves, and altered the very fabric of human relationships. And yet, so far, we have little understanding of what happens to us and how to overcome it.
Only if we understand the biases of the media with which we engage in the world, we can differentiate between what we claim and what the machines we use claim of us, regardless of whether they themselves or their programmers even know it.

As Internet connections grow faster and cheaper, we are more inclined to adopt a «constant connection.» Broadband connections —whether those at home or from your mobile phone— keep the applications we use connected, updated and ready at all times. At any time, anyone or anything wants to send us a message, an email, a tweet, an update, a notification or an alert; something sounds on the computer or vibrates in our pocket. The devices we use and, by extension, human nervous systems are tied to the entirety of the online universe full time.
Of course, the easiest way to escape is to refuse to always be connected. Participation in digital — connecting to the Internet — can still be a choice rather than a given. This is the exact definition of «autonomy.» We can choose for whom or for what and when we want to be available. As well as deciding who we want to always be for.

Big media and the corporations that finance them have become the enemy of local businesses and their employees. In general, technology and the media have been making trade more global, favoring big business over local interests. Large-scale production managed to distance workers from the value they created themselves.
The digital age is an opportunity to recognize the relocation bias of interactive media. Knowing this, we can choose when we want to live and work in real places, with each other and in person, as human beings.
Rejecting a choice does not mean death; quite the contrary, it is one of the few things that helps distinguish real life from its digital imitations.

What they still haven’t understood is that it is too late for a company to go social. All businesses are already. Transparency is no longer a choice for companies in the internet age, it is a given. Where there are people, there will be conversations. These already occur without the need for the page or platform of any particular company. The truth about what they do and whether they do it well is already a topic of conversation.
The real way to «go social», if you will, is not to accumulate followers or friends of a page, but to make your friends and followers befriend and follow each other. That is the way to create a culture among peers, a medium based on the network. Rather than thinking about how to monetize or otherwise intervene in existing social connections, network promoters should foster connection between people who don’t know each other but who might be needed. Then, if anything, talk about business, or their socialization.
The content is not the message, the contact is.

In the new bazaar, successful communicators will be those who can quickly assess what they hear and learn to pass only the material of interest. Those are the people who will create the most signals and least noise, and who will become valued authorities in digital media. But the real winners will be, once again, those who truly discover and innovate, the people who make and find things that deserve everyone’s attention. They will be the ones who give us, not only a good pretext to send messages to each other, but also a real means for all of us to create more value for others.
The way to progress in a media space biased towards the unfaithful is to tell the truth. This means having a truth to tell.
If living in the digital age teaches us anything, it is that we are in this together. Perhaps more than ever.

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