Roma. La Creación Del Estado Mundo — Josiah Osgood / Rome and the Making of a World State, 150 BCE – 20 CE by Josiah Osgood

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Roma y la creación del Estado mundo, 150 a. C. – 20 d. C. es una gran descripción general del período. El enfoque moderno del tema, así como el punto de vista equilibrado, hacen que este libro sirva no solo como una gran introducción al período, sino que también sea útil para las personas con un conocimiento existente, ya que presenta las cosas como si estuvieran libres de un punto de vista preestablecido.
Solo la gratificación instantánea de un dictador satisfaría a las clases bajas desfavorecidas a medida que Roma crecía cada vez más, dejando al senado romano y la República ineficaces. El senado se convirtió en algo simbólico e inútil después de César y los dictadores que siguieron durante el resto de la historia romana. La República se perdió para siempre.

Los servicios públicos operativos hacia 150 a. C., no obstante, eran bastante limitados. Todavía no había servicio de bomberos, ni agentes de salud pública ni policía. El robo se consideraba tan solo una ofensa cívica, por lo que sencillamente se requería a las víctimas, bien que demandaran la restitución de los bienes sustraídos, bien que se tomaran la justicia por su mano. Los magistrados, en cambio, solían tomar medidas para amortiguar las grandes carestías de víveres y el Senado invertía ingentes cantidades de recursos en grandes obras de infraestructura como el Aqua Marcia, gracias a las cuales Roma se surtía de la vital agua potable. Había juegos públicos que cada vez aventajaban más a los de cualquier otra ciudad y que, a menudo, incluían aplaudidos repartos gratuitos de comida.
Los habitantes de la ciudad, por lo demás, se apoyaban mutuamente. Los monumentos funerarios revelan que los libertos, no necesariamente emparentados entre sí, solían trabar tales lazos emocionales que, a menudo, se hacían enterrar juntos. También había agrupaciones formales que reforzaban los vínculos entre ciudadanos, organizándolos en sociedades (a veces solapadas) según su profesión, vecindad o religión. Estas sociedades garantizaban a sus miembros un entierro digno, cuestión que no era baladí en un mundo en el que la muerte podía llegar de forma tan repentina.
A medida que la metrópolis fue creciendo, también lo hicieron las amenazas derivadas de las epidemias, los incendios o las carestías. Pese a todo, las riquezas del Imperio, parte de las cuales se dedicaban a financiar monumentales proyectos edilicios como el Aqua Marcia y las espléndidas mansiones de los senadores, continuaban atrayendo a los inmigrantes. Los espectáculos como los triunfos y los juegos se fueron haciendo cada vez más extravagantes, pues habían de entretener a miles de personas y, de paso, confirmar en el poder a la nobleza senatorial que las gobernaba. La ciudad de Roma era el escenario de la política, el lugar en el que los ciudadanos reafirmaban su condición a través del censo, las asambleas y, hasta cierto punto, las contiones. En sus calles, los romanos reivindicaban su libertad con orgullo. El creciente número de ciudadanos que habitaban Roma pero no alcanzaban a ser incluidos en la clase ecuestre, conocidos como plebs urbana, fue convirtiéndose de modo paulatino en una fuerza poderosa, cuyo surgimiento supone un buen ejemplo del proceso de diferenciación estructural de Roma. Sus intereses no se correspondían por fuerza con los de los ciudadanos del entorno rural, ni mucho menos con los de los italicos…

Los Graco dividieron a toda la ciudadanía de Roma, pero esta polarización afectó en particular al orden senatorial. En lo sucesivo, algunos de sus miembros defenderían a capa y espada la autoridad del Senado, mientras que otros trabajarían por los derechos del Pueblo en su conjunto. Según señalaron más tarde algunos autores, incluido Salustio, habían aparecido en escena dos «partidos» (del latín partes, origen de la palabra moderna en español). Con frecuencia, Cicerón denominaba a quienes hablaban a favor del Senado los «hombres buenos» (boni) o los «hombres de la mejor clase» (optimates); de hecho, en un pasaje de sobra conocido divide a los políticos romanos en dos grupos, los optimates y los populares, anhelantes estos últimos, según el propio Cicerón, de agradar a «la multitud». De acuerdo con esta lectura, los historiadores modernos, en ocasiones, han analizado la política romana posterior a los Graco en términos de un «partido optimate» y un «partido popular», pero esta terminología resulta engañosa, pues asemeja a las facciones romanas con los partidos modernos (bien organizados y estables en el tiempo, mientras que las partes romanas no eran más que agrupaciones en continua transformación). En cambio, términos como «adalid del Senado».
Los años noventa del siglo I a. C. se cuentan entre los periodos peor documentados de toda la historia de Roma; una de las claves para comprenderlos, sin embargo, estriba, sin duda, en la sensación creciente entre algunos senadores de que su principal problema no se circunscribía a un puñado de tribunos agitadores. La Cámara debía considerar la implantación de algún tipo de reforma, aunque solo fuera para asegurar su propia supervivencia. Hasta el formidable Emilio Escauro, de quien se decía que podía gobernar el mundo con un mero asentimiento de cabeza, convenía en ello.

La agricultura era el sector más importante de la economía itálica. Junto con los cereales y las legumbres, el aceite de oliva y el vino constituían los productos básicos de su dieta, que se veía complementada por las frutas, las verduras, el pescado y la carne (comenzando por la favorita de los romanos, el cerdo). Las fuentes antiguas, incluidos los relatos sobre el tribuno Tiberio Graco, llevaron a los historiadores modernos a dar por sentado que en torno al siglo II a. C. las pequeñas granjas que cultivaban tales productos y criaban cabañas ganaderas (entre las que destacarían los rebaños de ovejas para la producción lanera) se sustituyeron por inmensos latifundios. Se ha sostenido, asimismo, que los esclavos llegaban de ultramar en gran número para trabajar en ellos, en tanto que los pequeños agricultores se veían alejados de sus propiedades por los requerimientos del servicio militar. Los botines de guerra y los beneficios del Imperio permitían a los terratenientes adinerados, ya fueran ciudadanos romanos o aliados itálicos, comprar más y más tierras. Entretanto, cada vez se importaba una proporción mayor de cereal de Sicilia, Cerdeña o incluso lugares más distantes, lo que permitía a estos inversores intensificar la producción de géneros más rentables, como los viñedos.
Ahora bien, el creciente poder de Roma también proporcionó a los pompeyanos otros medios de enriquecimiento que acarrearon profundas consecuencias culturales y políticas para su sociedad. La guerra, al fin y al cabo, podía ser un negocio sumamente lucrativo. Durante las campañas, los aliados itálicos participaban de las riquezas saqueadas, aunque es probable que sus líderes se quedaran con la parte del león.

La guerra de las Galias entrañó la creación del César que pasaría a la posteridad. No en vano, al igual que Cicerón, este trató de controlar la memoria de sus hazañas, por lo que compuso sus famosos Comentarios para glosarlas como resultara conveniente. Redactados en un sencillo latín que ha concitado el apego de los maestros de escuela hasta el día de hoy, era obvio que estos «comentarios» estaban destinados a servir de «fuente» de los historiadores posteriores. Pero su vibrante narrativa (muy propia de su protagonista) hizo imposible mejorarlos. Además, su famoso empleo de la tercera persona («César se dirigió…») induce al lector a dar por sentada la objetividad de estos escritos.
La anarquía, pues, jugó en favor de Pompeyo, ya que le ofreció una vez más la oportunidad de salvar la situación, tal como había hecho años atrás con la crisis de los piratas. El Senado, renuente al nombramiento de un dictador, optó en cambio por emitir un decreto que proponía nombrar a Pompeyo cónsul único, sin colega. El antiguo enemigo de César, Bíbulo, redactó la moción y Catón la respaldó. Una vez nombrado, Pompeyo se puso a trabajar con todas sus energías e impulsó un estricto programa legislativo contra el cohecho electoral y la violencia.
Los aciertos y los errores que terminaron precipitando la guerra dieron pie ya en la época a un encendido debate, que todavía sigue abierto. Es tentador culpar, como hizo el propio César, a Marcelo y a los enemigos del compromiso, pero de igual manera podríamos acusarlos a él y a Pompeyo, dado que podría sostenerse que su empleo de soldados para intimidar a los votantes de sus oponentes políticos en 59 y 55 a. C. fue el verdadero detonante de la guerra. Y otros muchos tuvieron una parte de responsabilidad por haber erosionado el poder del Senado y el Pueblo y el imperio de la ley: Catilina y los deudores itálicos, Clodio y Milón con sus respectivas turbas, Marco Craso y su hijo con sus proyectos partos… En el enloquecido tablero del éxito electoral, los políticos como Escauro estiraron las reglas hasta que se rompieron. Hubo, bien es cierto, algunos esfuerzos para resolver los problemas, como las leyes que pretendieron perseguir el cohecho o mejorar el gobierno provincial, algunas de las cuales dejarían una profunda huella en las ideas romanas de gobierno. Pero los recurrentes estallidos de violencia de las décadas de los 60 a. C. y los 50 a. C. evidencian la incapacidad del Senado, el Pueblo y los magistrados para mantener el orden. Las guerras civiles de la década siguiente confirmarían esta incapacidad de la manera más brutal.

La inestabilidad también se había hecho dueña de los territorios alpinos, por lo que el princeps decidió que había llegado la hora de poner orden entre los rudos guerreros montañeses, en particular entre los que habitaban las actuales Austria y Suiza oriental. En 15 a. C., y gracias a una planificación coordinada con brillantez, Tiberio avanzó desde el oeste y Druso desde el sur, confluyendo ambos sobre el Danubio. Nuevas campañas se sucedieron en los Alpes, justo al norte de la actual Riviera francesa, región que quedó a las órdenes de un prefecto.
A diferencia del tradicional SPQR, el nuevo marco político podía evitar que la violencia entrara en una espiral sin control, pese al papel que tanto el Senado como el Pueblo desempeñaron en el año 20 d. C. Mas si algo contribuyó también a evitar un nuevo estallido de la guerra civil, fueron las largas décadas de trabajo administrativo impulsado por Augusto, sintetizadas en uno de los documentos que este legó a Tiberio: un informe del estado del Imperio. El texto detallaba, entre otras cosas, el tamaño de todas las fuerzas militares y su disposición, las provincias y sus ingresos, y el monto total acumulado en el Tesoro. Las necesidades y los recursos del Imperio se habían equilibrado con la máxima eficacia; los soldados, por ejemplo, podían contar con su paga anual y sus generosas primas de licenciamiento. Cualquier dádiva que Pisón pudiera ofrecer sería menos impresionante que las recompensas que los grandes generales habían puesto sobre la mesa cincuenta años antes. El Imperio, y las estructuras que lo soportaban, contaba ya con una solidez mucho mayor.

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Rome and the Making of a World State, 150 BCE – 20 CE is a great overview of the period! The modern approach to the topic as well as the balanced viewpoint make this books serve not only as a great introduction to the period but also is useful to people with an existing knowledge as it presents things as they are free of a preset viewpoint!.
Only a dictator’s instant gratification would satisfy the disadvantaged lower classes as Rome grew ever larger leaving the Roman senate and the Republic ineffective. The senate became only symbolic and useless after Caesar and the dictators that followed for the rest of Roman history. The Republic was lost forever.

The operational public services towards 150 a. However, they were quite limited. There was still no fire service, no public health agents or police. The robbery was considered only a civic offense, so the victims were simply required to either demand the restitution of the stolen property or to take justice into their own hands. The magistrates, on the other hand, used to take measures to cushion the great shortages of food and the Senate invested huge amounts of resources in large infrastructure works such as the Aqua Marcia, thanks to which Rome was supplied with vital drinking water. There were public games that were increasingly ahead of those in any other city and often included applauded free food distributions.
The inhabitants of the city, moreover, supported each other. Funerary monuments reveal that freedmen, not necessarily related to each other, used to form such emotional ties that they were often buried together. There were also formal groupings that reinforced the ties between citizens, organizing them into societies (sometimes overlapping) according to their profession, neighborhood or religion. These societies guaranteed their members a dignified burial, a matter that was not trivial in a world where death could come so suddenly.
As the metropolis grew, so did the threats derived from epidemics, fires or famines. Despite everything, the empire’s riches, part of which were dedicated to financing monumental building projects such as the Aqua Marcia and the splendid senators’ mansions, continued to attract immigrants. Shows like triumphs and games became more and more extravagant, as they were to entertain thousands of people and, incidentally, confirm in power the senatorial nobility that ruled them. The city of Rome was the scene of politics, the place where citizens reaffirmed their status through the census, the assemblies, and, to some extent, the contions. In its streets, the Romans claimed their freedom with pride. The growing number of citizens who inhabited Rome but were not included in the equestrian class, known as urban plebs, gradually became a powerful force, whose emergence is a good example of the process of structural differentiation of Rome. Their interests did not necessarily correspond to those of the citizens of the rural environment, much less those of the Italians …

The Gracos divided the entire citizenry of Rome, but this polarization particularly affected the senatorial order. Henceforth, some of its members would defend the Senate’s authority tooth and nail, while others would work for the rights of the People as a whole. As some authors, including Salustio, later pointed out, two «parties» (from the Latin parts, origin of the modern word in Spanish) had appeared on the scene. Cicero frequently called those who spoke in favor of the Senate the «good men» (boni) or the «men of the best class» (optimates); in fact, in a well-known passage he divides Roman politicians into two groups, the optimates and the popular, the latter eager, according to Cicero himself, to please «the crowd.» According to this reading, modern historians have sometimes analyzed post-Grachus Roman politics in terms of an «optimate party» and a «popular party,» but this terminology is misleading, as it resembles Roman factions with the modern parties (well organized and stable over time, while the Roman parties were nothing more than groupings in continuous transformation). Instead, terms like «Senate Champion».
The nineties of the 1st century BC. They are counted among the worst documented periods of all the history of Rome; one of the keys to understanding them, however, undoubtedly lies in the growing feeling among some senators that their main problem was not confined to a handful of agitating tribunes. The House had to consider introducing some form of reform, if only to ensure its own survival. Even the formidable Emilio Escauro, who was said to be able to rule the world with a mere nod of the head, agreed.

Agriculture was the most important sector of the Italian economy. Along with cereals and legumes, olive oil and wine were the staples of their diet, which was complemented by fruits, vegetables, fish and meat (starting with the favorite of the Romans, the pork ). Ancient sources, including accounts of the tribune Tiberius Graco, led modern historians to assume that around the second century BC. C. the small farms that cultivated such products and raised cattle herds (among which the flocks of sheep for wool production would stand out) were replaced by immense latifundia. It has also been argued that slaves came from overseas in large numbers to work in them, while small farmers were cut off from their properties by the requirements of military service. The spoils of war and the profits of the Empire enabled wealthy landowners, whether they were Roman citizens or Italian allies, to buy more and more land. Meanwhile, an increasing proportion of cereal was imported from Sicily, Sardinia or even more distant places, allowing these investors to intensify the production of more profitable genera, such as vineyards.
However, the growing power of Rome also provided the Pompeians with other means of enrichment that had profound cultural and political consequences for their society. War, after all, could be an extremely lucrative business. During the campaigns, the Italian allies shared in the looted wealth, although it is probable that their leaders kept the lion’s share.

The Gallic War involved the creation of Caesar that would go down to posterity. Not in vain, like Cicero, he tried to control the memory of his exploits, so he composed his famous Commentaries to gloss them as appropriate. Written in a simple Latin that has attracted the attachment of school teachers to this day, it was obvious that these «comments» were intended to serve as a «source» for later historians. But its vibrant narrative (very typical of its protagonist) made it impossible to improve them. Furthermore, his famous use of the third person («Caesar addressed …») leads the reader to take the objectivity of these writings for granted.
Anarchy, then, played in Pompey’s favor, as it once again offered him the opportunity to save the situation, just as it had done years ago with the pirate crisis. The Senate, reluctant to appoint a dictator, chose instead to issue a decree proposing to appoint Pompey as sole consul, without a colleague. Caesar’s old enemy, Bibulus, wrote the motion and Cato backed it. Once appointed, Pompey went to work with all his energy and promoted a strict legislative program against electoral bribery and violence.
The successes and errors that ended up precipitating the war already gave rise to a heated debate, which is still open. It is tempting to blame, as Caesar himself did, on Marcellus and the enemies of compromise, but we could just as well blame him and Pompey, since it could be argued that their employment of soldiers to intimidate the voters of their political opponents in 59 and 55 a. C. was the true trigger for the war. And many others had a part of responsibility for having eroded the power of the Senate and the People and the rule of law: Catilina and the Italian debtors, Clodio and Milo with their respective mobs, Marco Crassus and his son with their Parthian projects … On the mad dash of electoral success, politicians like Escaurus stretched the rules until they were broken. There were, it is true, some efforts to resolve the problems, such as laws that sought to prosecute bribery or improve provincial government, some of which would leave a deep mark on Roman ideas of government. But the recurring outbreaks of violence in the 1960s. C. and the 50 a. C. evidence the inability of the Senate, the People and the magistrates to maintain order. The civil wars of the following decade would confirm this inability in the most brutal way.

Instability had also taken over the Alpine territories, so the princeps decided that the time had come to bring order to the rugged mountain warriors, particularly those living in present-day Austria and eastern Switzerland. In 15 a. C., and thanks to a brilliantly coordinated planning, Tiberio advanced from the west and Druso from the south, both converging on the Danube. New campaigns followed one another in the Alps, just north of the current French Riviera, a region that was under the command of a prefect.
Unlike the traditional SPQR, the new political framework could prevent violence from spiraling out of control, despite the role that both the Senate and the People played in AD 20. But if something also contributed to prevent a new outbreak of civil war, it was the long decades of administrative work promoted by Augustus, synthesized in one of the documents that he bequeathed to Tiberius: a report on the state of the Empire. The text detailed, among other things, the size of all military forces and their disposition, the provinces and their income, and the total amount accumulated in the Treasury. The needs and resources of the Empire had been balanced most effectively; soldiers, for example, could count on their annual pay and generous discharge bonuses. Any gift that Piso could offer would be less impressive than the rewards that the great generals had brought to the table fifty years earlier. The Empire, and the structures that supported it, already had a much greater solidity.

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