Banderas Olvidadas. El Ejército Español En Las Guerras De Emancipación De America — Julio Albi De La Cuesta / Forgotten Flags. The Spanish Army in the Wars of Emancipation of America by Julio Albi De La Cuesta (spanish book edition)

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Interesante libro donde se sigue a cada regimiento con sus cambios de nombre, como curiosidad el final heróico del Burgos al más puro estilo de la vieja guardia francesa. El libro también analiza la paradoja de unos españoles que acaban de ganar su propia guerra de independencia, convertidos ahora en invasores sin ver la contradicción en casi ningún caso. Muy detallado y elaborado. A veces dificil de seguir por la profusion de datos, pero que se justifica por los acontecimientos simultaneous que describe. Especialmente interesante como libro de consulta y análisis. En resumen un libro altamente recomendable.

La artillería utilizaba tres clases principales de proyectiles. Las balas rasas, sólidas, que se empleaban en la zona comprendida entre los 500 metros y los 1000. Más allá perdían velocidad y acababan por rodar por el suelo. Por debajo de los 500, se desplazaban a mayor altura que un hombre, pasando por encima del blanco. Naturalmente, este no era el caso si se disparaba con alza cero, pero ello implicaba una perdida tal de alcance que raramente se recurría a ella. Entre los 0 y los 500 metros se usaba la metralla, botes de hoja de lata o sacos de tela gruesa llenos de balas, entre 41 y 85, según se tratase de metralla gruesa o menuda. La primera tenía mayor alcance, pero era menos mortífera, por lo que se empleaba entre los 250 y los 500 metros. La segunda, más eficaz, se usaba entre los 0 y los 250 metros. La metralla convertía el cañón en una especie de gigantesca escopeta de caza, menos precisa que un fusil, pero que batía una superficie mayor. La tercera clase de proyectil, la granada, consistía en una bala hueca, llena de pólvora, que reventaba sobre el objetivo. Se empleaba ante todo contra ciudades o contra grandes concentraciones de tropas. Un cuarto tipo de proyectil era el cohete, inventado por el británico Congreve.

España emprendió su propia «guerra de independencia» de 1808 a 1814, y luego su propia «revolución» de 1820 a 1823 […] En realidad, la nación española en su totalidad no se sentía preocupada por la pérdida de América, por las guerras de independencia de América […] Bajo el primer régimen constitucional, bajo el régimen de la primera restauración, bajo el segundo régimen constitucional y bajo el segundo régimen de restauración dejaron de funcionar los mecanismos gubernamentales, las decisiones políticas […] Subsistía una abrumadora confusión de voces y una absoluta incapacidad para enfrentar la crisis en América.

Hasta los años 60 del siglo XVIII, la defensa de las Indias se había confiado a un conglomerado de compañías veteranas independientes y de milicias poco instruidas, al abrigo de una red de fortificaciones costeras. Este sistema, diseñado sobre todo para hacer frente a las incursiones de piratas, se reveló totalmente insuficiente para oponerse a los ataques de ejércitos y armadas regulares, que se hicieron cada vez más frecuentes a medida que avanzaba el siglo. Tras el aldabonazo que supuso la pérdida de La Habana y Manila, en 1762, todo el dispositivo es sometido a revisión, instaurándose uno nuevo, relativamente elaborado. Tendrá tres componentes, por lo que al Ejército se refiere: unidades peninsulares, Cuerpos Fijos y milicias. Los otros dos elementos de lo que hemos llamado en otro lugar la Tríada defensiva –la Marina y las fortificaciones– se mantienen y se mejoran.
De los tres componentes, dos son profesionales, los cuerpos del Ejército Real y los Fijos. Dos, estarán adscritos a las Indias: los Fijos y las Milicias.
Lo sorprendente no es que muchas unidades se unieron a los independentistas en Nueva España (aunque solo fueran algunas de Milicias), en Venezuela (en parte nada más), en Nueva Granada (no todas), en Quito, en Chile y en Buenos Aires. Lo extraño es que en Nueva España, Guatemala, Panamá, Perú, Montevideo, Cuba, Puerto Rico, parcialmente en Venezuela y Nueva Granada, otras tantas se alinearon con un puñado de representantes de un poder lejano en crisis que, además, parecía próximo a ser aniquilado por el invasor francés. Intervinieron en ello muchos y muy variados factores, y sería absurdo atribuir esa reacción exclusivamente a lealtad a España. Pero se trata, en todo caso, de un fenómeno hasta cierto punto sorprendente y, desde luego, poco frecuente. Desde el momento que las circunstancias impusieron una profunda americanización de aquel Ejército, la clásica última ratio del rey pasó a manos americanas. Los virreyes carecían totalmente de lo que se suele llamar tropas metropolitanas para equilibrar el poder de las locales. Estas eran toda la fuerza militar existente. Nadie podía pretender de ellas que se enfrentaran unánimemente a sus compatriotas, en defensa de los intereses de Fernando VII.
El balance de los sucesos transcurridos entre 1809 y 1811 era estremecedor para los partidarios del rey. En tan poco tiempo, toda su estructura en América se había tambaleado. La situación, con respecto a 1808 e incluso a 1809 había evolucionado en términos casi inconcebibles. En México la revolución seguía ganando terreno; en Venezuela, Nueva Granada, Quito y Chile parecía haber triunfado. La independencia de Paraguay era ya un hecho y en Buenos Aires estaba tan sólidamente instalada que la Junta se permitía incluso tomar la ofensiva en el Alto Perú y en la Banda Oriental. Panamá y Guatemala permanecían al margen de estos acontecimientos, pero no tenían capacidad alguna de reacción. En el resto de la América continental, las autoridades realistas o habían sido depuestas o se veían amenazadas por poderosos enemigos. Las perspectivas no podrían ser más pesimistas. Pero la llegada en 1812 de un puñado de batallones europeos empezaría a cambiar la situación.

En la Península se recibieron con estupefacción las noticias de los distintos alzamientos de Ultramar, pero la reacción fue ante ellos muy lenta. En primer lugar, porque se produjeron justamente cuando España atravesaba su momento más bajo en la lucha contra Napoleón. Cuando ni siquiera era seguro que se podría conservar Cádiz, donde se había refugiado la cúpula del Estado, pensar en detraer medios importantes para recuperar provincias perdidas al otro lado del océano, era ilusorio. Por otra parte, se hizo un análisis excesivamente optimista de los acontecimientos de Indias, cuya verdadera gravedad tardaría mucho en admitirse. A pesar de ello, precisamente la propia debilidad de España en aquella época hacía más imperiosa que nunca la necesidad de seguir contando con las remesas americanas para sostener el esfuerzo de la guerra. Hasta el 1 de septiembre de 1811 no se empezaron a tomar medidas constructivas para sofocar la revolución, una vez consolidada la situación en Cádiz y casi un año después de que las Cortes empezaran sus trabajos. El mecanismo escogido para encauzar la reacción militar fue francamente heterodoxo, y muestra la profunda crisis que en aquellos años atravesaba el Estado español.
Como resumen de lo sucedido en 1813, se podría decir que en México, la sustitución de Venegas por Calleja estaba empezando a dar resultados. En Venezuela, la audaz ofensiva de Bolívar y los errores de Monteverde habían creado una crisis para los realistas. El apoyo popular a su causa, más que la llegada de las unidades europeas –que habían sido rápidamente diezmadas– permitía albergar esperanzas. Para Nueva Granada, la reanudación de la guerra en Venezuela había aliviado la presión sobre sus fronteras orientales, pero el foco realista que seguía siendo Pasto y la pérdida de Santa Marta constituían otros tantos motivos de preocupación para los independentistas. Por otro lado, la situación interna era caótica, debido a las luchas intestinas entre los propios independentistas. Para intentar dar una cierta solidez a la débil estructura política se había declarado formalmente la independencia del territorio, en lo que se ha llamado «un acto de desesperación». En el Cono Sur, las perspectivas, en términos generales, eran buenas para los del rey.
Por lo tanto, mientras no aumentasen los refuerzos de España, los americanos tendrían que seguir soportando el peso de la guerra. En gran parte de la América en armas solo la lealtad de una parte más o menos numerosa de sus habitantes impedía que las autoridades reales fueses arrojadas al mar.

Ese año se produce un hecho trascendental, la expulsión de los franceses de la Península, seguida por la restauración de Fernando VII en el trono. Era de esperar que, una vez terminada la guerra, el rey se consagraría a la recuperación de sus dominios de Ultramar. El establecimiento de una Junta Militar para dicho cometido parecía confirmar esa política. Los primeros componentes del nuevo organismo, presidido por el infante Don Carlos, eran Palafox, Castelar, Villalba, O’Donnell, O’Donojú y Wimpffen, hombres de los que cabía esperar rápidos resultados. Pero mientras los generales deliberaban, en 1814 solo se enviaron a América, a Lima en concreto, 118 oficiales y soldados peninsulares, en la expedición número dieciséis de las organizadas por la Junta de Reemplazos. Aquel año llegó un único batallón, el II de Talavera, con unos mil hombres, que había salido de Cádiz el 25 de diciembre de 1813 con destino a Lima.
En conjunto, 1814 había traído para los realistas una mezcla de triunfos y de fracasos. Entre los primeros habría que mencionar la recuperación de Chile y de Venezuela, y las victorias en Nueva Granada y en México que habían llevado, respectivamente, a la derrota y captura de Nariño y a la disminución de la actividad de Morelos. El más importante de los segundos fue la pérdida de Montevideo y, en menor medida, la interrupción de la campaña de Pezuela contra Tucumán. En resumen, la situación había mejorado mucho en el norte de Sudamérica, donde se podía esperar en 1815 una campaña feliz contra Nueva Granada, rodeada de enemigos. A cambio, se había perdido una excelente base en el Atlántico, cabeza de puente ideal para actuar contra Buenos Aires. Es también cierto que la reconquista de Chile abría un nuevo frente contra los argentinos, que podía prestarse mejor a un ataque que la difícil ruta del Desaguadero, probada ya sin éxito por los dos bandos.
1815 había sido un año fasto para los del rey. En Nueva España los independentistas estaban reducidos a su más mínima expresión, y Morelos había sido fusilado. En Venezuela, había desaparecido el último foco enemigo, la isla Margarita. Se había iniciado la ofensiva contra Nueva Granada, y su plaza más importante, Cartagena, estaba en manos de Morillo. El ejército rioplatense había sido totalmente derrotado en Viluma. Perú, Chile y Quito seguían controlados. Más de diez mil hombres habían llegado de la Península. Se podían esperar grandes cosas del futuro. Pero, «el estado español, sin administración adecuada, no pudo aprovechar el vigoroso sentimiento dinástico y la adhesión a la Madre Patria de gran parte del pueblo de Venezuela, de la Nueva Granada, de Quito y de muchas otras secciones de América». 30 Los éxitos alcanzados no se explotaron a fondo, sino que fueron de corta duración. Bolívar y Guemes se ocuparían de que así fuera, durante 1816.

El Ejército realista fue una organización en gran parte improvisada, creada para defender los intereses de España en las Indias. Surgió como un producto de las exigencias del momento, e históricamente constituyó la última estructura militar que la Península formó en el territorio continental del nuevo continente sobre la base del llamado Ejército de América. Su eficacia se demostró en dieciocho años de combates y sus limitaciones, en las derrotas finales. A principios de 1820 había pasado ya su mejor momento. El componente europeo estaba diezmado, y ese se año perdió la última oportunidad de reforzarlo seriamente. En cuanto al americano, empezaba a acusar ya síntomas de debilitamiento ante una guerra tan prolongada y los avances de las tesis independentistas.
La solidaridad de Bolívar con la causa de la independencia del Perú implicaba que el virrey tendría que derrotar a miles de soldados colombianos, que en el pasado habían dado sobradas pruebas de su valía. Por otro lado, el agotamiento de España y el desinterés de gran parte de la población por lo que sucedía en América no permitía pensar que en 1824 se iba a mandar la mítica «Gran Expedición», que se esperaba en vano desde hacía años. Sin tropas peninsulares de refresco, pensar en ganar aquella guerra, en la que estaban empeñadas fuerzas de casi toda Sudamérica hispana era una pura utopía, como se vería en breve. Además, creer que un rey inseguro en su trono, una Hacienda exhausta y un pueblo desangrado podían enviar aquellas indispensables tropas, era tomar los deseos por realidades. En la Península, simplemente, no había ni el poder político, ni los cuantiosos fondos ni el apoyo popular que tamaña empresa exigía. Los éxitos alcanzados por La Serna y sus subordinados durante 1823 no pasarían, pues, de ser el canto del cisne de una causa que España en gran parte había olvidado.

Tras el desastre de Ayacucho, solo quedaban tres bastiones realistas en los territorios que durante tantos años habían luchado por su independencia: San Juan de Ulúa, El Callao y Chiloé. El asedio de San Juan se prolongó hasta 1825. Las fuerzas mexicanas, que continuaban careciendo de medios para poder tomar la fortaleza por la fuerza, recurrieron a la táctica de bloquearla estrechamente, esperando que la falta de bastimentos forzara una capitulación. El sistema dio los frutos deseados. En ese año, los defensores «se hallaban muertos de hambre y atormentados por las privaciones que sufrían, así como por las enfermedades tropicales que los diezmaban».
El último baluarte realista, Chiloé, resistió también largamente, llegando hasta armar en corso dos buques que actuaron con éxito contra los chilenos. En marzo de 1824, el director supremo de Chile, Ramón Freire, dirigió contra el archipiélago una expedición de 2149 hombres, pertenecientes al Batallón de Infantería número 1, a los 1.º y 2.º de la Guardia de Honor y milicias. Fracasó rotundamente ante la defensa de la guarnición, íntegramente americana. El segundo intento se hizo el 8 de enero de 1826, con 2600 efectivos de los batallones de infantería 1, 4, 6, 7 y 8. Tras los combates de Purdeto y Bellavista, el jefe de la guarnición Quintillana, se rindió el día 18. Se puso así fin a la soberanía española sobre un territorio cuyos habitantes, los famosos chilotes, habían servido al rey con incondicional lealtad en Chile y en el Perú. Con esta rendición se cierra el último acto de la epopeya del Ejército realista de América.
Las tres defensas numantinas de San Juan, El Callao y Chiloé son un digno broche de la brillante historia de unas unidades injustamente olvidadas. Frecuentemente se ha querido denigrarlas con el epíteto de «coloniales». Creemos que no les es aplicable, en su acepción estrictamente militar. El número de oficiales locales y los altos grados que llegaron a ocupar –hasta general inclusive– y la continua interpenetración entre cuerpos europeos y americanos no autorizan, en nuestra opinión, a comparar aquellas tropas con los ejércitos coloniales clásicos. Pensamos que el elemento local tuvo en ellas una importancia, cualitativa y cuantitativa, que no se encuentra en las formaciones militares organizadas por otros Estados europeos, como Inglaterra o Francia en Ultramar.

El Gobierno contrajo tales deudas que cuarenta años después seguía sin poder pagar. Pero aunque probablemente no se podía haber hecho más, se pudo haber hecho mejor. Por ejemplo, concentrando los refuerzos en pocas, pero poderosas expediciones a partir de 1814. O eligiendo mejor el punto de destino de las mismas. Es posible, también, que ello no hubiese cambiado nada. Se podría argumentar que España solo podía mantener las Indias en tanto en cuanto los habitantes de las mismas aceptaban su dominio. Como dijo un virrey del siglo XVIII, «la obediencia de los habitadores no tiene otro apoyo en este reino, a excepción de las plazas de armas, que la libre voluntad y arbitrio con que ejecutan lo que se les ordena, pues siempre que falte su beneplácito no hay fuerzas, armas, ni facultades para que los superiores se hagan respetar y obedecer».
Estas frases, referentes a Nueva Granada, eran aplicables a todas las Indias. España no contó con los elementos para imponer su soberanía por la fuerza contra la voluntad popular. De hecho, el día que al menos una parte de la población se pronunció por la independencia, la Corona se encontró sin fuerzas peninsulares en América que la defendieran. Cuando empezaron los movimientos emancipadores, si el dominio español hubiese dependido exclusivamente de las tropas peninsulares, se habría derrumbado en unos pocos meses, debido al retraso con que estas empezaron a llegar y su relativa escasez, para la extensión del teatro de operaciones. No fue así porque miles de americanos, de tambor a general, por muy diversas razones, combatieron bajo las banderas realistas contra sus propios compatriotas para defender la causa de Fernando VII. Hoy, casi dos siglos después de Ayacucho, seguramente merecen el mínimo homenaje.

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Interesting book where each regiment is followed with its name changes, as a curiosity the heroic end of Burgos in the style of the old French guard. The book also analyzes the paradox of some Spaniards who have just won their own war of independence, now turned into invaders without seeing the contradiction in almost any case. Very detailed and elaborate. Sometimes difficult to follow due to the profusion of data, but which is justified by the simultaneous events it describes. Especially interesting as a reference and analysis book. In short, a highly recommended book.

Artillery used three main classes of projectiles. The flat, solid bullets that were used in the area between 500 and 1000 meters. Beyond that, they lost speed and ended up rolling on the ground. Below 500, they traveled higher than a man, passing over the target. Naturally, this was not the case if it was fired at zero elevation, but this implied such a loss of range that it was rarely used. Between 0 and 500 meters, shrapnel, tin cans or thick cloth sacks filled with bullets were used, between 41 and 85, depending on whether it was thick or small shrapnel. The first had a longer range, but was less deadly, so it was used between 250 and 500 meters. The second, more effective, was used between 0 and 250 meters. The shrapnel turned the barrel into a kind of gigantic hunting shotgun, less accurate than a rifle, but hitting a larger surface area. The third class of projectile, the grenade, consisted of a hollow bullet, filled with gunpowder, that exploded on the target. It was used primarily against cities or large concentrations of troops. A fourth type of projectile was the rocket, invented by the British Congreve.

Spain waged its own «war of independence» from 1808 to 1814, and then its own «revolution» from 1820 to 1823 […] In reality, the Spanish nation as a whole did not feel worried about the loss of America, about the wars of independence of America […] Under the first constitutional regime, under the first restoration regime, under the second constitutional regime and under the second restoration regime, government mechanisms and political decisions ceased to function […] There was an overwhelming confusion voices and an absolute inability to face the crisis in America.

Until the 1960s, the defense of the Indies had been entrusted to a conglomerate of independent veteran companies and poorly educated militias, sheltered by a network of coastal fortifications. This system, designed above all to deal with pirate incursions, proved to be totally insufficient to oppose attacks by regular armies and navies, which became more and more frequent as the century progressed. After the knock that led to the loss of Havana and Manila in 1762, the entire device was submitted to revision, establishing a new, relatively elaborate one. It will have three components, as far as the Army is concerned: peninsular units, Fixed Corps and militias. The other two elements of what we have elsewhere called the Defensive Triad – the Navy and the fortifications – are maintained and improved.
Of the three components, two are professionals, the Royal Army Corps and the Fixed. Two will be assigned to the Indies: the Fixed and the Militias.
The surprising thing is not that many units joined the independentistas in New Spain (even if they were only some of the Militias), in Venezuela (partly nothing more), in New Granada (not all), in Quito, in Chile and in Buenos Aires . The strange thing is that in New Spain, Guatemala, Panama, Peru, Montevideo, Cuba, Puerto Rico, partially in Venezuela and New Granada, many others were aligned with a handful of representatives of a distant power in crisis that, moreover, seemed close to be wiped out by the French invader. Many and very varied factors were involved in this, and it would be absurd to attribute this reaction exclusively to loyalty to Spain. But it is, in any case, a phenomenon that is somewhat surprising and, of course, rare. From the moment that circumstances imposed a profound Americanization of that Army, the classic last ratio of the king passed into American hands. The viceroys totally lacked what are usually called metropolitan troops to balance the power of the local ones. These were the entire existing military force. No one could expect them to unanimously face their compatriots, in defense of the interests of Fernando VII.
The balance of events between 1809 and 1811 was shocking for the king’s supporters. In such a short time, his entire structure in America had shaken. The situation, with respect to 1808 and even 1809 had evolved in almost inconceivable terms. In Mexico the revolution continued to gain ground; in Venezuela, New Granada, Quito and Chile it seemed to have succeeded. The independence of Paraguay was already a fact and in Buenos Aires it was so solidly installed that the Junta even allowed itself to take the offensive in Upper Peru and in the Banda Oriental. Panama and Guatemala remained on the sidelines of these events, but they had no capacity to react. In the rest of continental America, royalist authorities had either been deposed or were threatened by powerful enemies. The outlook could not be more pessimistic. But the arrival in 1812 of a handful of European battalions would begin to change the situation.

In the Peninsula the news of the various overseas uprisings was received with astonishment, but the reaction to them was very slow. In the first place, because they occurred precisely when Spain was going through its lowest moment in the fight against Napoleon. When it was not even certain that Cádiz, where the leadership of the State had taken refuge, could be preserved, thinking about detracting important means to recover lost provinces on the other side of the ocean was illusory. On the other hand, an excessively optimistic analysis was made of the events in the Indies, the true gravity of which would take a long time to be admitted. Despite this, precisely the very weakness of Spain at that time made the need to continue relying on American remittances to sustain the war effort more imperative than ever. It was not until September 1, 1811 that constructive measures began to be taken to quell the revolution, once the situation in Cádiz had consolidated and almost a year after the Cortes began their work. The mechanism chosen to channel the military reaction was frankly heterodox, and shows the deep crisis that the Spanish State was going through in those years.
As a summary of what happened in 1813, it could be said that in Mexico, the replacement of Venegas by Calleja was beginning to pay off. In Venezuela, Bolívar’s audacious offensive and Monteverde’s mistakes had created a crisis for the royalists. Popular support for his cause, rather than the arrival of European units – which had been rapidly decimated – allowed us to harbor hope. For New Granada, the resumption of the war in Venezuela had alleviated the pressure on its eastern borders, but the realistic focus that continued to be Pasto and the loss of Santa Marta constituted other reasons for concern for the independentistas. On the other hand, the internal situation was chaotic, due to internal struggles between the independentistas themselves. To try to give some solidity to the weak political structure, the independence of the territory had been formally declared, in what has been called «an act of desperation.» In the Southern Cone, the prospects were generally good for the king.
Therefore, as long as the reinforcements from Spain did not increase, the Americans would have to continue bearing the weight of the war. In much of America in arms, only the loyalty of a more or less numerous part of its inhabitants prevented the royal authorities from being thrown into the sea.

That year there is a momentous event, the expulsion of the French from the Peninsula, followed by the restoration of Fernando VII to the throne. It was to be expected that, once the war was over, the king would dedicate himself to the recovery of his overseas dominions. The establishment of a Military Junta for this purpose seemed to confirm this policy. The first components of the new body, chaired by the Infante Don Carlos, were Palafox, Castelar, Villalba, O’Donnell, O’Donojú and Wimpffen, men from whom rapid results could be expected. But while the generals were deliberating, in 1814 only 118 peninsular officers and soldiers were sent to America, to Lima specifically, in the sixteenth expedition organized by the Replacement Board. That year a single battalion arrived, the II of Talavera, with about a thousand men, who had left Cádiz on December 25, 1813, bound for Lima.
Altogether, 1814 had brought for the royalists a mixture of triumphs and failures. Among the former we should mention the recovery of Chile and Venezuela, and the victories in New Granada and Mexico that had led, respectively, to the defeat and capture of Nariño and to the decrease in the activity of Morelos. The most important of the second was the loss of Montevideo and, to a lesser extent, the interruption of Pezuela’s campaign against Tucumán. In short, the situation had greatly improved in northern South America, where a successful campaign against New Granada, surrounded by enemies, could be expected in 1815. In return, an excellent base in the Atlantic had been lost, the ideal bridgehead to act against Buenos Aires. It is also true that the reconquest of Chile opened a new front against the Argentines, which could better lend itself to an attack than the difficult route of the Desaguadero, already tried unsuccessfully by both sides.
1815 had been a splendid year for the king. In New Spain the independentistas were reduced to their minimum expression, and Morelos had been shot. In Venezuela, the last enemy focus, Margarita Island, had disappeared. The offensive against New Granada had begun, and its most important square, Cartagena, was in the hands of Morillo. The River Plate army had been totally defeated at Viluma. Peru, Chile and Quito were still controlled. More than ten thousand men had arrived from the Peninsula. Great things could be expected in the future. But, «the Spanish state, without adequate administration, could not take advantage of the vigorous dynastic sentiment and the adherence to the Motherland of a large part of the people of Venezuela, of New Granada, of Quito and of many other sections of America.» 30 The successes achieved were not fully exploited, but were short-lived. Bolívar and Guemes would see to it that this was the case, during 1816.

The Royalist Army was a largely improvised organization, created to defend the interests of Spain in the Indies. It emerged as a product of the demands of the moment, and historically constituted the last military structure that the Peninsula formed in the continental territory of the new continent on the basis of the so-called Army of America. Its effectiveness was demonstrated in eighteen years of fighting and its limitations, in the final defeats. By the beginning of 1820 he was past his prime. The European component was decimated, and that year the last opportunity to seriously strengthen it was lost. As for the American, he was already beginning to show signs of weakness in the face of such a prolonged war and the advances of the independence theses.
Bolívar’s solidarity with the cause of Peruvian independence implied that the viceroy would have to defeat thousands of Colombian soldiers, who in the past had given ample proof of their worth. On the other hand, the exhaustion of Spain and the disinterest of a large part of the population in what was happening in America did not allow us to think that in 1824 the mythical «Great Expedition» was going to be sent, which had been expected in vain for years. Without refreshing peninsular troops, thinking about winning that war, in which forces from almost all of Hispanic South America were engaged, was a pure utopia, as it would be seen shortly. Furthermore, to believe that an insecure king on his throne, an exhausted Treasury, and a bleeding people could send those indispensable troops, was to take wishes for reality. In the Peninsula, simply, there was neither the political power, nor the large funds nor the popular support that such a company demanded. The successes achieved by La Serna and his subordinates during 1823 would not go beyond being the swan song of a cause that Spain had largely forgotten.

After the Ayacucho disaster, only three royalist bastions remained in the territories that for so many years had fought for their independence: San Juan de Ulúa, El Callao and Chiloé. The siege of San Juan lasted until 1825. Mexican forces, still lacking the means to take the fortress by force, resorted to the tactic of tightly blocking it, hoping that lack of supplies would force a capitulation. The system produced the desired results. In that year, the defenders «were starving and tormented by the deprivation they suffered, as well as by the tropical diseases that decimated them».
The last royal stronghold, Chiloé, also held out for a long time, even arming two ships in privateering that acted successfully against the Chileans. In March 1824, the Supreme Director of Chile, Ramón Freire, led an expedition of 2,149 men against the archipelago, belonging to the Infantry Battalion number 1, the 1st and 2nd of the Honor Guard and militias. It failed miserably against the defense of the garrison, entirely American. The second attempt was made on January 8, 1826, with 2,600 troops from infantry battalions 1, 4, 6, 7 and 8. After the combats of Purdeto and Bellavista, the head of the Quintillana garrison surrendered on the 18th. Thus, Spanish sovereignty over a territory whose inhabitants, the famous Chilotes, had served the king with unconditional loyalty in Chile and Peru was put to an end. With this surrender the last act of the epic of the realistic Army of America closes.
The three Numantine defenses of San Juan, El Callao and Chiloé are a fitting brooch of the brilliant history of unjustly forgotten units. They have often been denigrated with the epithet «colonial.» We believe that it is not applicable to them, in its strictly military sense. The number of local officers and the high ranks they came to occupy – even general – and the continuous interpenetration between European and American bodies do not authorize, in our opinion, to compare those troops with the classical colonial armies. We think that the local element had in them an importance, qualitative and quantitative, that is not found in the military formations organized by other European States, such as England or France overseas.

The government contracted such debts that forty years later it was still unable to pay. But while more probably couldn’t have been done, it could have been done better. For example, concentrating the reinforcements in few, but powerful expeditions from 1814. Or better choosing the destination of the same. It is also possible that this had not changed anything. It could be argued that Spain could only maintain the Indies as long as the inhabitants of the Indies accepted its rule. As an eighteenth century viceroy said, “the obedience of the inhabitants has no other support in this kingdom, with the exception of the parade grounds, than the free will and discretion with which they execute what they are ordered to do, as long as their I am pleased there are no forces, weapons, or faculties for superiors to be respected and obeyed.
These phrases, referring to New Granada, were applicable to all the Indies. Spain did not have the elements to impose its sovereignty by force against the popular will. In fact, the day that at least a part of the population spoke out for independence, the Crown found itself without peninsular forces in America to defend it. When the emancipatory movements began, if Spanish rule had depended exclusively on the peninsular troops, it would have collapsed in a few months, due to the delay with which they began to arrive and their relative scarcity, for the extension of the theater of operations. This was not the case because thousands of Americans, from drummer to general, for many different reasons, fought under royalist banners against their own compatriots to defend the cause of Fernando VII. Today, almost two centuries after Ayacucho, they surely deserve the least tribute.

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