Trance: Un Glosario — Alan Pauls / Trance: A Glossary by Alan Pauls

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Diccionario lector de Alan Pauls. Las entradas están saturadas de complicidades que parecen idiográficas, pero dejan la sospecha nomotética, aun contra el autor. Hay un núcleo del libro en la idea de coartada post hoc de la lectura. Es decir, leemos porque se nos antoja, por compulsión, por avidez, por vicio, por escape de la vida o por profundización de la vida, leemos porque leemos. Las justificaciones vienen después, nunca son previas, no son razones, son coartadas, nuevas ficciones. Leer es un trance, un estado alterado de conciencia. No es tan malo. La conciencia está sobrevaluada. Como dijo Marvin Minsky, uno de los fundadores de la Inteligencia Artificial como rama de la matemática, creamos historias sobre nosotros mismos. Después inventamos que son causas, pero en realidad son sólo racionalizaciones. Hay también una oscilación muy interesante en este diccionario entre la evanescencia, la vaporización de las categorías del lector actual y cierta afirmación extraña por su fuerza, como de voz de catedrático. Por momentos agarra fuerte las riendas, por momentos se cortan. Es que está vivo, en narcolepsia confesa como complexión, pero totalmente vivo.
Leer es un verbo arcitransitivo
«La lectura no es solo una pasión: es una práctica diaria, un trabajo, una misión, una militancia, un ritual burocrático, una terapia, una disciplina, una fe, un hábito, un pecado, una deuda, un hobby, un drogas – todo al mismo tiempo, en todo momento «.
Alan Pauls es un escritor y crítico literario argentino, más famoso por sus estudios sobre Borges. «Trance», escrito en tercera persona, no es más que su autobiografía como lector apasionado de Borges, Bolaño, Cortázar, Proust, que son entre otras cosas los escritores que más cita y de los que disfruta contar. anécdotas y reflexiones. Presentado como un vocabulario alfabético / sentimental, este libro es muy agradable de leer, se devora en poco tiempo y es para los devotos de la lectura, que se encontrarán en muchos momentos de la obra de Pauls. Es interesante la similitud de la lectura con el juego de ajedrez (ajedrez, la entrada del glosario) “Aparte de la lectura, es la única actividad que no se considera una frivolidad o un escándalo. Ajedrez -con ese efecto de éxtasis, autarquía y soledad espléndida, tan parecida a las que experimenta cuando lee- (…). El ajedrez es la continuación por otros medios de una temprana vocación literaria ”. Leer es jugar, es un desafío con variaciones, acabados, combinaciones, cierres elegantes o no. Es prácticamente imposible elegir un pasaje para citar que no sea extenso. La escritura de Pauls es casi frenética, un flujo ininterrumpido de ideas, a veces iluminadoras, reflejos con el punto fijo que llega cuando se agota el aliento. Muy emocionado. Me encontré en muchos pasajes del libro, especialmente en el de la interrupción, el del terrible momento en que los ojos deben desprenderse de la página porque alguna tarea impide continuar la posesión de un libro, la comunión con la historia, esa hermosa contingencia en a lo que la lectura añade “mundos al mundo”. No quiero escribir demasiado sobre este libro, es corto (133 páginas), pero solo para invitarte a una lectura relajante de calidad.
Pero los dejo terminando el pensamiento del título de mi comentario que obviamente es una cita del libro:
“Leer, como pensar, es un verbo arcitransitivo, con un horizonte ilimitado de objetos”. ¡La conjugación es tuya!.

Descubre muy temprano que nada le importa más que leer. Lee todo lo que puede, lo que encuentra. Lee hasta lo que no entiende. Poco a poco, sin duda porque dura más de lo razonable, su comportamiento, hasta entonces ensalzado como un ejemplo de juicio, madurez, civilización, cobra una cierta presencia, se vuelve demasiado visible. Los demás, misteriosamente, se sienten llamados a intervenir. El asedio ha comenzado. Primero, por las buenas: le acomodan el velador, le corrigen la postura, le abren o cierran la ventana, le sacan o ponen de prepo el pulóver. Llegan a sugerirle lecturas.

¿Cuál es el límite de una lectura? ¿Hasta dónde ir en la interpretación de lo que se lee? La cuestión no ha dejado de fascinarlo. El problema, piensa, es que la historia no es ecuánime: las lecturas que sobreviven suelen ser las que forman o se incorporan al sentido común, la tradición, el legado cultural; las otras, las abusivas, tienden a olvidarse, relegadas al estatus de alardes o excentricidades. Hay lecturas que pegan por su pertinencia: ponen las cosas en su lugar, reponen la porción de historia o de política que faltaba, blanquean las deudas pasadas por alto por asientos contables negligentes. Pero hay otras que sacuden justamente por el efecto inverso, porque desubican lo que estaba demasiado en su lugar, ensimismado, protegido por cualquiera de las identidades probadas —«clásico», «radical», «comprometido», «trágico», etc.— que hacen que un texto esté más o menos donde se espera encontrarlo.
Tal vez leer sea la última práctica continua que quede en el mundo. Hay otras —la música, por ejemplo—, pero ninguna que haga de la continuidad una razón de ser tan despótica como la lectura. Leer es someterse a un imperio extinto: el imperio de lo lineal. Imposibilidad de abreviar, tomar atajos, skipear (sin poner en peligro, desde luego, la comprensión de lo que se lee). Si la lectura es hoy una gran práctica anacrónica —la otra es el teatro— es precisamente por la insolencia, la desfachatez, incluso la provocativa ingenuidad con que exhibe los blasones de una cultura del encadenamiento, la secuencia, el paso a paso, en un estado de cosas cuyas monedas de cambio son la simultaneidad y el montaje.

Hay veces en que lee mal, atropelladamente, sin llegar nunca a entrar en lo que lee, como si lo que lee estuviera escrito en una lengua casi extranjera, dotada del tipo de rareza y resistencia leves pero increíblemente molestas que opone, por ejemplo, para un hispanohablante, una lengua como el portugués, que, a primera vista comprensible, induce todo el tiempo a error, al forcejeo desgastante que aniquila cualquier deseo de leer. Es entonces cuando vuelve a escena triunfal, vengativo, todo lo que la buena lectura sabe cómo mantener a raya, circunstancias y estímulos exteriores, ruidos, voces ajenas, picazón en un muslo, rugosidad desagradable del tapizado del sillón, preocupaciones cotidianas. Lo que se manifiesta, pues, no es otra cosa que una neurosis de lectura, suerte de intoxicación menor, sin consecuencias capitales, que no obliga a poner fin pero ensombrece la experiencia de leer como una resaca.
Se asocia leer con una práctica orientada al sentido. Pero ¿por qué no pensarla también como una práctica musical, más cercana al canto que al desciframiento? Muchas veces, atorado en un texto con el que no termina de llevarse bien, toma la decisión de leerlo en voz alta. Es una decisión gráfica.

Hay al menos dos teorías:
1) Leer abstrae al que lee; lo abduce, lo retira, lo absuelve del mundo (y por lo tanto se opone a la acción, la participación, la intervención). Corolario: lectura y vida se excluyen; hay un mal de lectura: se llama «escapismo».
2) Leer enseña, forma, equipa; proporciona armas, ideas, recursos para estar en el mundo (y por lo tanto es condición de posibilidad de la acción). Corolario: lectura y vida se complementan; para que haya vida (vida «buena», autónoma, soberana, sensible, etc.) es preciso que haya lectura.

Es extraño, pero solo los escritores que traducen se animan a lo que suena imposible: escribir una lectura.

Zugzwang. Así llaman los alemanes, en ajedrez, a la situación crítica, al parecer indeseable, en que un jugador se encuentra en el mismo callejón sin salida que él en el avión: la obligación de mover. Solo que eso que el jugador toma por una crisis terminal, porque el movimiento al que está condenado lleva al desastre, él, en su asientito de avión, con el cinturón abrochadito y el rayo implacable de la lámpara de techo impactando en el centro de la página del libro que tiene abierto sobre los muslos, él está en el paraíso. Lejos de ser un tormento, la cancelación de toda otra posibilidad se parece mucho a un milagro, en la medida en que realiza en la práctica, sin oposición, una utopía que ningún lector conquista sin dejar su sangre, su sudor y sus lágrimas en la batalla. Está obligado a leer. Para el modesto masoquista que se encoge en él, ¿hay acaso una sentencia más irresistible?.

Libros del autor comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2020/12/30/wasabi-alan-pauls-wasabi-by-alan-pauls/

https://weedjee.wordpress.com/2021/02/26/trance-un-glosario-alan-pauls-trance-a-glossary-by-alan-pauls/

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Alan Pauls Reader Dictionary. The entries are saturated with complicities that seem idiographic, but leave a nomothetic suspicion, even against the author. There is a core of the book in the idea of the post hoc alibi of reading. That is, we read because we want to, out of compulsion, greed, vice, escape from life or deepening of life, we read because we read. The justifications come later, they are never prior, they are not reasons, they are alibis, new fictions. Reading is a trance, an altered state of consciousness. It’s not that bad. Consciousness is overrated. As Marvin Minsky, one of the founders of Artificial Intelligence as a branch of mathematics, said, we create stories about ourselves. Later we invent that they are causes, but in reality they are just rationalizations. There is also a very interesting oscillation in this dictionary between the evanescence, the vaporization of the categories of the current reader and a certain statement strange due to its force, as in the voice of a professor. At times he holds the reins tight, at times they cut off. It is that he is alive, in narcolepsy he confesses as a complexion, but totally alive.
Read is an arcitransitive verb
«Reading is not just a passion: it is a daily practice, a job, a mission, a militancy, a bureaucratic ritual, a therapy, a discipline, a faith, a habit, a sin, a debt, a hobby, a drug – all at the same time, at all times «.
Alan Pauls is an Argentine writer and literary critic, most famous for his studies on Borges. «Trance», written in the third person, is nothing more than his autobiography as a passionate reader of Borges, Bolaño, Cortázar, Proust, who are, among other things, the writers he cites the most and enjoys telling. anecdotes and reflections. Presented as an alphabetic / sentimental vocabulary, this book is very enjoyable to read, swallowed in no time, and is for devotees of reading, who will find themselves at many points in Pauls’s work. The similarity of reading to the game of chess is interesting (chess, glossary entry) “Apart from reading, it is the only activity that is not considered frivolity or scandal. Chess -with that effect of ecstasy, autarky and splendid loneliness, so similar to those he experiences when he reads- (…). Chess is the continuation by other means of an early literary vocation ”. Reading is playing, it is a challenge with variations, finishes, combinations, elegant closures or not. It is practically impossible to choose a passage to quote that is not extensive. Pauls’s writing is almost frantic, an uninterrupted flow of ideas, sometimes illuminating, reflections with the fixed point that comes when the breath runs out. Very excited. I found myself in many passages in the book, especially in that of the interruption, that of the terrible moment in which the eyes must detach from the page because some task prevents the continued possession of a book, communion with history, that beautiful contingency in a what reading adds «worlds to the world.» I don’t want to write too much about this book, it is short (133 pages), but only to invite you to a quality relaxing read.
But I leave you finishing the thought of the title of my comment which is obviously a quote from the book:
«Reading, like thinking, is an arcitransitive verb, with an unlimited horizon of objects.» The conjugation is yours !.

He discovers very early that nothing matters to him more than reading. Read everything you can, what you find. Read even what you don’t understand. Little by little, no doubt because it lasts longer than is reasonable, his behavior, until then praised as an example of judgment, maturity, civilization, takes on a certain presence, becomes too visible. Others, mysteriously, feel called to intervene. The siege has begun. First, for the good: they adjust the nightstand, correct his posture, open or close the window, remove or put on his sweater. They come to suggest readings.

What is the limit of a reading? How far to go in the interpretation of what is read? The question has not ceased to fascinate him. The problem, he thinks, is that history is not fair: the readings that survive are usually those that form or are incorporated into common sense, tradition, and cultural legacy; the others, the abusive ones, tend to be forgotten, relegated to the status of boasting or eccentricities. There are readings that stick for their relevance: they put things in their place, they replace the portion of history or politics that was missing, they whitewash the debts overlooked by negligent accounting entries. But there are others that shake precisely because of the inverse effect, because they misplace what was too much in its place, self-absorbed, protected by any of the proven identities – «classic», «radical», «committed», «tragic», etc.— that make a text more or less where it is expected to be found.
Perhaps reading is the last continuous practice left in the world. There are others — music, for example — but none that makes continuity as despotic a reason for being as reading. Reading is submitting to an extinct empire: the empire of the linear. Impossibility of abbreviating, taking shortcuts, skipping (without endangering, of course, the understanding of what is read). If reading is today a great anachronistic practice – the other is theater – it is precisely because of the insolence, the impudence, even the provocative ingenuity with which it exhibits the blazons of a culture of chaining, the sequence, the step by step, in a state of affairs whose currencies are simultaneity and assembly.

There are times when he reads badly, hastily, without ever getting into what he reads, as if what he reads was written in an almost foreign language, endowed with the kind of mild but incredibly annoying weirdness and resistance that he opposes, for example, to a Spanish speaker, a language like Portuguese, which, at first comprehensible sight, leads all the time to error, the exhausting struggle that annihilates any desire to read. It is then that he returns to the scene triumphant, vindictive, everything that good reading knows how to keep at bay, external circumstances and stimuli, noises, other people’s voices, itchy thigh, unpleasant roughness of the upholstery of the armchair, everyday worries. What is manifested, then, is nothing other than a reading neurosis, a kind of minor intoxication, without capital consequences, which does not oblige us to put an end to it but overshadows the experience of reading like a hangover.
Reading is associated with sense-oriented practice. But why not also think of it as a musical practice, closer to singing than deciphering? Many times, stuck in a text that he doesn’t quite get along with, he makes the decision to read it aloud. It is a graphic decision.

There are at least two theories:
1) Reading abstracts the one who reads; it abducts it, withdraws it, absolves it from the world (and therefore opposes action, participation, intervention). Corollary: reading and life are excluded; there is a misreading: it is called «escapism.»
2) Reading teaches, forms, equips; it provides weapons, ideas, resources to be in the world (and therefore is a condition of possibility of action). Corollary: reading and life complement each other; for there to be life («good» life, autonomous, sovereign, sensitive, etc.) there must be reading.

It is strange, but only writers who translate are encouraged to what sounds impossible: to write a reading.

Zugzwang. That is what the Germans call, in chess, the critical, apparently undesirable situation, in which a player finds himself in the same dead end as him on the plane: the obligation to move. Only that what the player takes to be a terminal crisis, because the movement to which he is condemned leads to disaster, he, in his plane seat, with his belt fastened and the implacable beam of the ceiling lamp striking in the center of the page of the book that is open across his thighs, he is in heaven. Far from being a torment, the cancellation of every other possibility is very much like a miracle, insofar as it realizes in practice, without opposition, a utopia that no reader conquers without leaving their blood, sweat and tears in the battle. You are required to read. For the modest masochist who shrinks into it, is there a more irresistible sentence?.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2020/12/30/wasabi-alan-pauls-wasabi-by-alan-pauls/

https://weedjee.wordpress.com/2021/02/26/trance-un-glosario-alan-pauls-trance-a-glossary-by-alan-pauls/

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