Imperios Y Bárbaros. La Guerra En La Edad Oscura — José Soto Chica / Empires And Barbarians. War in the Dark Ages by José Soto Chica (spanish book edition)

B4A250FD-8613-4350-A620-331C2845B477
Uno de los mejores libros que he leído en 2020. Libro denso, pero que cubre aspectos(logística, equipo, composición étnica…) sumamente interesantes de la guerra en la llamada Edad Oscura posterior a la caída del Imperio Romano de occidente. No le pongo cinco estrella porque en algunos momentos los términos en latín me desbordaban, pero es un ensayo muy recomendable. Erudición, conocimiento y entretenimiento, todo junto.

Los duces tenían un rango senatorial y eran los mandos militares superiores en las provincias fronterizas o en aquellas otras que, como Armórica (la actual Bretaña francesa, buena parte de Normandía y regiones cercanas a ambas) estaban expuestas a ataques bárbaros continuos. Los duces aparecen en la Notitia dignitatum bajo la siguiente entrada: Duces limitum infrascriptorum magistri peditum praesenti . Es decir, «Duques de las fronteras bajo el mando del Maestre de los infantes». Tras el derrumbe de la mayor parte del limes renano, la pérdida de África y de la mayor parte de las Panonias, en 451 es probable que no quedaran más que seis duques, cinco de los cuales ni siquiera controlaban ya la totalidad del territorio que debían de proteger. Estos eran: el dux tractus Armoricani et Neruicani –seguramente restablecido hacia 442 tras un largo periodo de sublevaciones bagaudas–, el dux Sequanici –casi con toda seguridad recuperado por Aecio tras sus victorias sobre los francos en 445-446–, el dux Belgicae secundae –asimismo restablecido hacia 446 tras las exitosas campañas de Aecio contra los francos–, el dux Mogontiacensis , el dux Pannoniae primae et Norici ripensis y el dux Raetiae primae et secundae.
En cuanto a la fuerza que comandaban, el dux tractus Armoricani et Neruicani , en 421, mandaba sobre 9 legiones y 1 cohorte, un total de 9500 infantes. El dux Sequanici tenía a sus órdenes una sola unidad de infantería: los milites latavienses que sumaban 500 hombres. El dux Belgicae secundae mandaba sobre 1 unidad de caballería y sobre 1 cohorte, así como sobre una classis o flota que comprendía 500 jinetes, 500 infantes y quizá unos 2000 marineros e infantes de marina. Por su parte, el dux Mogontiacensis mandaba sobre 11 legiones. Una fuerza de infantería que sumaba 11 000 hombres. El dux Pannoniae primae et Norici ripensis comandaba 16 unidades de caballería, 8 legiones, 8 cohortes y 3 classes fluviales. Es decir, una fuerza que sumaba 8000 jinetes, 14 000 infantes y unos 3000 marineros e infantes de marina fluviales. El dux Raetiae primae et secundae tenía a su cargo 5 unidades de caballería, 6 legiones y 9 cohortes y numeri , un total aproximado de 2500 jinetes y 10 500 infantes.
Las obligaciones de los duces quedan recogidas en una constitución del Código Teodosiano: reclutar tropas para sostener las unidades a su cargo, adiestrarlas y armarlas como es debido, abastecerlas de todo lo necesario para cumplir con su cometido, vigilar y defender las provincias o sectores del limes que les habían sido confiados y atender al buen estado de las fortificaciones y comunicaciones de su gobernación. A veces no solo se exhortaba a los duces a velar por todo lo anterior, sino que se les amenazaba con: «Que, de no hacerlo, serían obligados a proveer con su fortuna privada, lo que no habían hecho con sus soldados y con los recursos del erario público».

Durante mucho tiempo se ha visualizado a los limitanei como tropas de segunda clase que se transformaron en una suerte de milicia campesina ligada a sus tierras. Esta es una visión equivocada, ya que los limitanei o ripenses nunca tuvieron como fuente principal de sus recursos las parcelas que les eran asignadas. Tampoco las trabajaban directamente. Era el sueldo, cobrado en moneda de bronce y los donativos imperiales, recibidos en plata y oro, amén de las raciones que se les entregaban de forma regular, lo que constituía la fuente esencial de sus ingresos y recursos. Además, tal como demuestra el hecho de que siguieran recibiendo tierras al licenciarse, no obtenían en propiedad las parcelas que les eran asignadas durante su servicio activo, sino que estas tan solo contribuían a su mantenimiento y, en general, lo hacían mediante fórmulas de arriendo, pues eran trabajadas por campesinos que entregaban una parte de los beneficios al soldado que ostentaba la titularidad de la parcela durante sus años de servicio.
Al licenciarse, los veteranos de los limitanei no solo percibían tierras en propiedad, además de grano para la siembra, una yunta de bueyes y un pago en metálico, sino también beneficios fiscales para ellos y sus familias.

En el reinado de Teodosio I (379-395) surgen los bucelarios (buccellarii ), bandas de mercenarios al servicio de generales, altos funcionarios y terratenientes. Que sepamos, los primeros bucelarios fueron reclutados por el magister militum Estilicón y su rival oriental, el prefecto del pretorio Rufino.
El término «bucelario» deriva de bucellatum que no era sino la galleta o «pan del soldado» que servía como base de la alimentación de los hombres de armas. Conforme avanzó el siglo V, los bucelarios fueron constituyendo contingentes muy bien armados y adiestrados que llegaban a formar pequeños ejércitos privados, aunque sometidos por juramento al emperador. Su apogeo no llegaría hasta el siglo VI. Flavio Aecio tenía a su disposición un cuerpo de bucelarios. La mayoría de ellos eran hunos. Representaban un poderoso grupo armado de caballería pesada y de arqueros a caballo, que no solo escoltaban al patricio Aecio, sino que podían intervenir decisivamente en la batalla como cuerpo de choque.
Los praefecti estaban al mando de las legiones limitanei y pseudocomitatenses . Pero, en Occidente, el título de praefectus podía verse acompañado del de alaere o, simplemente, del nombre de la correspondiente unidad y entonces indicar que comandaba un ala de caballería. Asimismo, un prefecto podía estar al mando de tropas de dos legiones distintas, pero acantonadas en un mismo lugar. Por ejemplo, el praefectus legionis quintae Ioviae et sextae Herculeae , en parte acantonadas en el castello Onagrino, a la sazón un castillo o gran fortaleza sito en la Panonia Secunda. Un prefecto también podía comandar una legión y una cohorte, así como las unidades llamadas milites y numeri que, con toda probabilidad, estaban constituidas por unos 500 hombres reclutados en asentamientos de origen bárbaro.

Mención aparte merece la instrucción o adiestramiento de la caballería. Al comienzo se colocaban caballos de madera y los soldados debían de aprender a montar sobre ellos al salto y a la carrera, por el costado derecho, por el izquierdo y por la grupa. Luego se repetían estos ejercicios, pero cargados con la armadura y las armas y también con la lanza, las jabalinas y la espada prestas a ser lanzadas o blandidas. Cuando los soldados eran capaces de realizar todos estos movimientos, se les enseñaba propiamente a montar a caballo y a controlarlo con y sin riendas. Cuando lograban que el jinete supiera montar adecuadamente y que fuera capaz de llevar al paso, al trote y al galope a su montura, de hacerla girar, dar media vuelta, galopar en círculo y en ángulo, etc., debía pasar a ser capaz de montar sobre su caballo cuando este pasaba junto a él al galope y dirigirlo después contra el poste de entrenamiento a toda carrera, mientras arrojaba dardos o usaba el arco, lo enfundaba, y tomaba la lanza o la espada para golpear el poste al pasar junto a él. Cuando un jinete era capaz de hacer todo eso, se le consideraba adiestrado y pasaba a formarse en los ejercicios en formación, en los que se le hacía cargar en orden cerrado, en cuña, en formación romboidal y en línea. Así como en transformar el frente y forma de la carga durante la misma, girar y retornar a cargar, etc.
El adiestramiento de la caballería estaba a cargo de los tribunos y, sobre todo, de los decuriones. Estos mandaban, en el caso de la caballería, 32 jinetes que, con ellos, formaban turmae de 33.

En la defensa o ataque de o a las ciudades y fortalezas, se usaban balistas de gran tamaño. Una de ellas, el autor del De rebus bellicis , la denomina balista fulmina . Esta máquina consistía en un gran arco de hierro que se tensaba mediante un fuerte manojo de tendones que eran accionados a través de una suerte de primitivo cranequín. Un dispositivo podía elevar su ángulo de tiro y su potencia era tal que podía lanzar un dardo de gran tamaño y peso de una orilla a otra del Danubio.
El ejército contaba también con «lobos», arpones de hierro que se usaban para atrapar una torre de asalto y derribarla. Asimismo, se hacía uso de la helépolis, una máquina dotada de ruedas y de gran tamaño, que protegía varios arietes que pendían de cadenas enganchadas a la estructura cubierta y que los soldados hacían oscilar para embestir con fuerza las defensas enemigas. Se contaba también con arietes normales de gran tamaño para atacar las puertas y las murallas.
Lo verdaderamente problemático a finales de los siglos IV y V fue el cambio que sufrió el sistema de foedus , por el cual grupos enteros de bárbaros se asentaban en territorio imperial a cambio de su auxilio militar, pero conservando sus propios jefes y autonomía política a la par que se beneficiaban de la seguridad, recursos fiscales y logística romanas. Con ello, de facto , la provincia o provincias donde se asentaban dejaban de estar bajo el control del Estado. Los federados podían sumar al Ejército romano una poderosa fuerza, desde luego, pero también eran un peligro constante, pues tenían al enemigo en casa.

La palabra «huno» despierta en los occidentales la imagen del salvajismo y la barbarie extremas. Ni tan siquiera los mongoles gengiskhánidas, ni por supuesto los ávaros, magiares, pechenegos, cumanos, timúridas, otomanos o cualesquiera otros pueblos nómadas o de origen nómada que se fueron precipitando sobre Europa a lo largo del siguiente milenio, despertaron un miedo o un recelo semejantes. ¿Por qué? Al fin y al cabo, el Imperio huno fue efímero y sus cabalgadas y devastaciones no fueron más terribles que las de los magiares, que llegaron hasta los Pirineos en sus incursiones, ni que las de los mongoles, que aniquilaron a los estados rusos, vencieron a los caballeros teutónicos y al Reino de Hungría y sembraron la destrucción hasta Polonia, Eslovaquia y Croacia. La respuesta es sencilla: los romanos llevaban siglos lidiando con germanos, celtas y sármatas. Todos esos pueblos bárbaros eran conocidos y reconocibles. Los hunos fueron una novedad. Era la primera vez que el mundo grecorromano se las veía con un pueblo turcomongólico, sus extrañas costumbres, su sorpresiva forma de lucha y su inesperada irrupción surgiendo de la ignota Asia Central, se combinaron para aterrar a los romanos. Además, los hunos ejercieron un corto pero brutal control sobre muchos pueblos germanos, eslavos e iranios y, por ende, su recuerdo no solo quedó grabado en las obras y memoria de los romanos, sino en las de todos los pueblos de la Europa continental.
Cuando en el año 444 Atila comenzó su reinado en solitario, se hallaba al frente de un ejército en el que los hunos aún representaban el grueso o, al menos, el elemento decisivo de la fuerza, pero en 451 en el ejército que condujo a la Galia los hunos eran una minoría que no superaba el tercio del total y en el que los contingentes germánicos y, en menor medida, los aportados por pueblos sármatas como los alanos, yácigos y antas, constituían el elemento más grande y más potente del ejército. Esta ampliación de la fuerza militar del reino de Atila lo dotó de un poderío descomunal, pero, al mismo tiempo, supuso que la ventaja táctica con la que hasta entonces habían contado los hunos, su extraordinaria movilidad como fuerza de caballería dotada de gran cantidad de monturas de refresco y de un arma tan extraordinaria como el arco compuesto asimétrico, quedara diluida al tener que contar con las lentas masas de infantería ligera germana con un equipamiento deficiente donde las armas estaban pensadas para un tipo de lucha muy diferente al que habían venido planteando los hunos. Esa contradicción fue fatal a la larga.

El Ejército romano era un ejército profesional y, por lo tanto, resultaba caro de mantener y necesitaba un trasvase regular de medios económicos en forma de sueldos, armas, equipos, abastecimientos, alojamientos, fortificaciones, etc. Se ha calculado que, en el siglo V, un soldado romano perteneciente a la infantería de campaña le costaba al Imperio 6 sólidos áureos al año, mientras que uno de caballería costaba al tesoro imperial 10,5 sólidos áureos. 6 El sostenimiento de ese coste, claro está, dependía por completo de los impuestos que el gobierno central recogía en las provincias y estos no dejaron de disminuir por mor de las invasiones y de las guerras civiles que se sucedieron entre 395 y 411. De hecho, se puede deducir que en 411 la parte occidental del Imperio ingresaba solo un 50 %, como mucho, de lo que había ingresado en sus arcas en 395. Este cálculo, muy conservador, implicaba que un 50 % de las unidades listadas hacia 395 en los ejércitos occidentales no se podían ya seguir manteniendo.
Entre los años 411 y 421 la situación mejoró de un modo notable para el Imperio, gracias al efectivo general Flavio Constancio, al cabo y por siete meses, Constancio III (421), quien logró recuperar el control sobre la mayor parte de las Galias y buena parte de Hispania, amén que, claro está, sobre toda Italia, así como sobre Nórico, Retia, Dalmacia y parte de Panonia. Pero aunque eso significó que todas esas provincias volvían a pagar tributos, el destrozo provocado por los bárbaros era de tal calibre que, según muestran varias disposiciones legales emitidas por los emperadores del periodo en favor de la reducción de impuestos a diversas provincias a causa de su penosa situación tras haber sido devastadas por los bárbaros, las zonas afectadas solo podían hacer frente al pago de entre un quinto y un octavo de lo que habían venido abonando a las arcas imperiales.
Pocas batallas han recibido tantas veces el calificativo de «batalla decisiva» como la de los Campos Cataláunicos. 1 De hecho, pocas son las obras dedicadas a glosar batallas decisivas 2 que no cuenten entre sus páginas con un capítulo dedicado a esta batalla. Y, sin embargo, y aunque resulte paradójico, la batalla de los Campos Cataláunicos y más aún la campaña en la que se insertó es muy mal conocida y guarda aún notables sorpresas, a poco que uno se aparte de lo ya establecido y decida acudir por sí mismo a las fuentes primarias. De hecho, y como veremos, la «batalla decisiva» duró seis días y se inició bajo los muros de Aurelianorum, y los combates de los Campos Cataláunicos propiamente dichos no fueron sino el bélico colofón y la confirmación sangrienta de lo ya iniciado junto al río Loira (Liger). En esto, en la formidable dimensión temporal y geográfica de la batalla, al igual que en lo multinacional, por así decirlo, de las huestes enfrentadas, los Campos Cataláunicos anticiparon las batallas de las grandes guerras contemporáneas.

El grupo más complejo, variado, poderoso y decisivo del ejército de Clodoveo fueron los denominados armoricanos. Se ha demostrado que bajo esta denominación se incluían hombres de muy diversa procedencia étnica y cultural. En esencia se trataba de los pobladores del antiguo tractus Armoricani , la circunscripción que debían defender los limitanei puestos bajo las órdenes del dux tractus Armoricani et Neruicani , cuyas unidades se desplegaban por las Aquitanias Prima y Secunda y las Lugdunenses Prima, Secunda y Tercia. Pero en época de Clodoveo los armoricanos eran, ante todo, los habitantes del país que se extendía entre el Sena y el Loira y desde la costa del canal y del golfo de Vizcaya, hasta las fronteras de los reinos de visigodos y burgundios. Así que bajo la denominación de armoricanos se englobaban bretones asentados desde finales del siglo IV y sobre todo a lo largo del siglo V en la antigua Armórica, la península que hoy constituye la Bretaña francesa, amén de contingentes de hombres cuyos padres y abuelos habían servido en las unidades limitanei romanas del tractus Armoricani , así como de laeti sármatas y francos, de aliados sajones y de federados alanos asentados en Aurelianorum, Rennes y en otras ciudades y asentamientos de la región.
Los ejércitos francos de finales del siglo V y todo el siglo VI fueron, ante todo, ejércitos de infantería. Eso no quiere decir que los francos carecieran de caballería. Bien al contrario, esta estaba presente y, a menudo, desempeñaba un papel importante en las campañas. Pero cuando en el año 554, en las riberas del antiguo Volturno, el moderno río Casulino, en Campania, al sur de Italia, Narsés, el gran general bizantino, se enfrentó con 18 000 soldados a un gran ejército franco-alamán de más de 30 000 hombres; 72 lidió con una fuerza que combatió a pie en su totalidad y contra la que la efectiva caballería bizantina pudo operar con toda libertad y eficacia, mientras la fuerza bárbara trataba de quebrar inútilmente las líneas de la infantería bizantina lanzando sobre ellas un feroz ataque en cuña.
Un arma muy común era el sax, saex, scramasax o scrama , de la que ya tanto hemos hablado y que no era sino una cuchilla potente de un solo filo o, si se le quiere dar este nombre, una espada tosca y corta de un solo filo y punta aguzada. Los ejemplares de los siglos V y VI no suelen pasar de los 25 cm de hoja y, a menudo, están en torno a los 20. Si bien la tendencia era la de ir desarrollando la hoja que fue alcanzando una longitud de hasta 35 cm.
La larga spatha de doble filo era extraordinariamente rara. De hecho, solo se han hallado poco más de una docena de estas armas en las sepulturas visigóticas de la península ibérica y el sur de Francia.

La idea que tenemos de Britania en el siglo V es la de una provincia romana abandonada a su suerte y que se precipitaba a un caos de barbarie y destrucción del que emergieron en el siglo X la Inglaterra y la Escocia medievales prestas a «engullir» lo poco que los antiguos britanos habían podido salvar: los pequeños reinos galeses, Cornualles (Kernow) y el Reino de Strathclyde. Según esta vieja idea, cuando los romanos abandonaron a su suerte las provincias de la diócesis britana, los poco romanizados habitantes del país fueron incapaces de oponer una resistencia eficaz contra la marea arrolladora de invasores bárbaros: anglos, sajones, jutos y frisios por el este, escotos y pictos por el norte y el oeste. En pocos años todo sucumbió y solo en las montañas y colinas más inaccesibles se pudieron salvar unos disminuidos britanos embrutecidos y empujados al salvajismo. Felizmente, en el siglo VII los misioneros enviados por Roma hicieron retornar a las tierras de Britania a la civilización.
La realidad es mucho más compleja, rica y sorprendente. En los últimos años un mejor estudio de las escasísimas fuentes documentales y la reevaluación de los testimonios arqueológicos y su constante incremento han mostrado que los britanos abandonados por Roma fueron muy capaces de organizar una exitosa resistencia, que mantuvieron lazos bastante sólidos con el Imperio romano de Occidente, con Irlanda, con los reinos bárbaros de la Galia y aún con el Mediterráneo y Bizancio, y que, en esencia y hacia 535, Britania y sus reinos no eran una excepción en el mundo posrromano, sino un entorno muy similar al que por esas mismas fechas se podía encontrar en la Galia o Hispania. El giro, desastroso para los britanos, comenzó a producirse a partir de 536 y se acentuó e hizo irreversible durante el periodo que va de 547 a 634. Tras ese intervalo de catástrofes naturales, epidemias y guerras desafortunadas, los reinos britanos quedaron relegados al extremo oeste de Britania, mientras que los reinos de anglos y sajones, hasta el año 536 marginales y confinados a las costas orientales y sudorientales de la isla, se expandieron con rapidez y lograron.
La profusión y la riqueza de las villas romanas de la Britania del siglo IV es prodigiosa. Se cuentan por centenares y no paran de aparecer más y más cada año. Las ciudades, dotadas de poderosas murallas desde el siglo III, habían sufrido cierta retracción, pero seguían activas y conformaban un abigarrado grupo de una treintena de civitates que iban desde la comercial Londinium (Londres) la capital de la diócesis que es probable que hubiera alcanzado los 40 000 habitantes a inicios del siglo III y que pasaba de los 25 000 a comienzos del siglo V, a Eburacum (York) que llegó a ejercer de capital imperial con Septimio Severo y con Constancio Cloro y que, ante todo, era una ciudad legionaria en donde se acuartelaba una de las que aún permanecían en Britania hacia el año 400: la Legio VI Victrix Hispaniensis que llevaba allí, en Eburacum, desde el año 119 y que fue reclamada por Estilicón en 402 para marchar hasta Italia y sumarse al ejército que estaba reuniendo para enfrentar a Alarico y sus godos.

Lo primero que sorprende cuando se estudia el Ejército de Justiniano y de sus inmediatos sucesores es que constituía una «máquina militar» sometida a una continua revisión y mejora. Iniciada la reforma militar con Zenón, proseguida con Anastasio I, ya no se detuvo hasta que el nuevo Ejército romano abandonó la senda de la evolución para precipitarse en la de la revolución thematica de la segunda mitad del siglo VII.
Respecto a la jerarquía militar, en la cúspide se hallaba el emperador. Durante los siglos V y VI, los emperadores no se pusieron directamente al frente de sus ejércitos. Esta situación cambió con Mauricio (582-602) quien, en una ocasión, se puso al frente de un ejército que acudió a cerrar el paso a los ávaros y, sobre todo, con Heraclio (610-641), emperador-soldado donde los haya, que dirigió en persona a sus ejércitos en ocho campañas: 613 y de 622 a 628, implicándose incluso personalmente en los combates, y resultando herido en uno de ellos.
Por debajo del emperador estaban los 8 magistri militum : los 2 praesentalis y los de Oriente, Tracia, Italia, África, Iliria, Armenia y Spania. A continuación, estaban los merarcas de los meros de los ejércitos comitatenses , un total de 30, a los que se sumaba el merarca de los murariotas que conducía las tropas que guarnecían los muros de Constantinopla. Entre esos 31 merarcas el que ostentaba mayor rango era el merarca o taxiarca de los optimates que constituían el I Meros del I Ejército de los praesentalis y que era el único que podía ostentar el título de taxiarca .
De rango superior eran también el domesticus de las scholae y el comes excubitorum . Este último, aunque al mando de una pequeña tropa, los excubitores , ostentaba un poder muy superior al que podría pensarse. Pues como jefe de la guardia más cercana a la persona del emperador, controlaba en lo militar el palacio y, a lo largo de todo el siglo VI, actuó, virtualmente, como segundo del Imperio y, a menudo, como sucesor en ciernes del emperador.
A continuación de los antes citados, estaban los duques o moirarcas de los ejércitos comitatenses y limitanei que comandaban las moirai de 2500 hombres y las tropas destacadas en las fronteras y que a veces también eran denominadas ciliarcas. Venían luego los tribunos, tagmarcas o comes /condes al mando de los tagmata de 500 soldados y los vicarios, los oficiales administrativos superiores en el tagma y que, en casos extraordinarios, podían asumir el mando. A continuación, estaba el ilarca, o primero de los hecatontarca s. El ilarca era el segundo al mando en el tagma durante el combate y a la par comandaba a la primera de las hecatontarquías. Tras el ilarca venía el campidoctor que se ocupaba de la instalación y buen orden del campamento o cuartel, así como de las guardias y del adiestramiento de los soldados. Venían luego oficiales de carácter administrativo y de intendencia: ducenarios, primicerius, adjutores y actuarius . Luego los hecatontarca s o centenarios que comandaban a 100 hombres.
Los antesignani y portaestandartes: aquilíferos, draconarios y flamularios, así como los cirujanos y los heraldos, tenían también la consideración de oficiales y suboficiales.
Dentro de las tropas de caballería militaban tres tipos especiales de caballeros: buccellarii, optimates y foederati .
Los buccellarii habían sido en origen tropas reclutadas de forma privada por generales, altos funcionarios y potentados locales. Justiniano legisló para que quedaran mejor sujetas al mando imperial y en este particular la medida clave fue decretar que su paga correría a cargo del Imperio. Quien paga, manda. Así, se transformaron a finales del siglo VI en un cuerpo de élite de la caballería romana.
Los optimates , ya lo hemos apuntado, eran un meros de los ejércitos praesentalis . Este meros estaba constituido por 5000 excelentes jinetes armados pesadamente y su merarca , llamado taxiarca , contaba con un prestigio considerable. Comentiolo, el único gobernador bizantino de España que conocemos por su nombre fue durante un tiempo taxiarca de los optimates antes de proseguir su brillante carrera militar en la que su cargo de magister militum Spaniae fue el resultado de un tropiezo momentáneo.
Los foederati eran, asimismo, una unidad de caballería de élite. Al principio se los reclutaba entre bárbaros danubianos, hérulos, gépidos, hunos, etc. A finales del siglo VI era ya una unidad regular que destacaba por su gran eficacia.
La infantería era de dos clases, infantería pesada, muy poco combativa y mal equipada hacia 530, e infantería ligera. El nivel de combate de la primera y su equipo y armamento fueron muy mejorados.

Aunque los musulmanes del siglo X que reconstruían su historia ponían el acento en la fuerza que la fe predicada por Mahoma otorgaba a los guerreros árabes, lo cierto es que, desde un punto de vista histórico y militar, en la primera fase de la gran expansión islámica no fue el islam, sino la etnia el elemento determinante. Dicho de otro modo: no fue la nueva religión, sino la conciencia étnica la que dinamizó a las tribus árabes.
Lo anterior puede constatarse en el eco que una victoria obtenida por una alianza de tribus capitaneadas por la confederación de los banû bakr, en el nordeste de Arabia, obtuvieron sobre los persas sasánidas hacia el verano de 611 en la batalla de Dî Qâr. Mahoma, que en el momento de esta batalla empezaba a predicar en La Meca, la ensalzó y lo hizo porque la habían ganado árabes sobre persas y sin tener en cuenta que las tribus que la habían obtenido eran en su mayoría cristianas y, pronto, seguidoras de dos rivales de Mahoma: la profetisa cristiana Sayâh y el profeta Musaylima.
En 629, las tribus del sur y en particular los abna , esto es, la nobleza persoárabe descendiente de los dailamitas y savaran persas que controlaban Yemen desde los días de Cosroes I, se pasó a sus filas y la práctica totalidad de Arabia le rindió sumisión y tributo.
Las campañas no cesaron. A lo largo de los diez años que contemplaron su ascenso (622-632), Mahoma dirigió o envió veinte grandes expediciones guerreras. Al alcanzar 630, su poder militar y religioso se mostró de forma aplastante: entró triunfal en La Meca a la cabeza de 10 000 guerreros y portando en la mano su espada bífida, Dû ’l-Faqar, «rompe vértebras». De inmediato, consagró el antiguo santuario de La Meca, la Kaaba, a la nueva fe que predicaba, destruyendo los ídolos de los más de 300 dioses que allí se adoraban y respetando solo los iconos de Jesús y de la Virgen María.
Mahoma no solo era un profeta, sino un líder militar y un legislador, un verdadero fundador de imperios. No era el único que trataba de forjar un Imperio entre los árabes. Otros tres profetas-guerreros rivales suyos lo intentaron, pero Mahoma fue más hábil que todos ellos y aunque cuando murió aún no se había hecho con el control de las tribus del nordeste, el resto de Arabia era ya una unidad política y marchaba decidida en la dirección de ser también una unidad religiosa. Era un logro increíble. Tan solo treinta años antes, Arabia no era sino un inmenso espacio en donde Bizancio y Persia se disputaban el control de territorios, tribus, rutas comerciales y almas. Los lakhmíes, la confederación tribal más importante del nordeste, eran vasallos de Persia y los gasaníes, la principal confederación tribal del noroeste, servía a los romanos como federados de su Imperio. Bahréin, Qatar, Omán y Yemen eran, en buena medida, países vasallos o provincias sasánidas y monjes y comerciantes bizantinos se abrían paso hasta el Hiyaz, la región donde se alzan La Meca y Medina.

Un error muy frecuente entre los historiadores es trasladar lo que sabemos sobre los ejércitos omeyas (661-750), mucho mejor documentados, al periodo precedente (622-661). Además, en los casi cuarenta años que mediaron entre el comienzo de las operaciones militares dirigidas por Mahoma y el fin del califato Râsidûn’ o de la unidad, se produjeron también notables cambios. De modo que el ejército que dejó tras de sí el califa Omar ibn al-Jattâb en 644 con toda probabilidad se parecía ya más al que tendrían los primeros omeyas que al que había capitaneado Mahoma.
Entre las tribus beduinas de Arabia, todos los hombres libres eran guerreros. Esto es, se esperaba de todos ellos que participaran en la defensa de las mujeres y de los niños, de los ganados y de los pozos y pastos y todos ellos portaban armas, sobre todo, lanza, espada y arco, y poseían experiencia en su uso y en los combates y tácticas de la guerra tribal en el desierto. En cierto modo, lo anterior compensó la desventaja demográfica de los árabes, pues, aunque estos últimos eran muy pocos en comparación con los habitantes de las provincias bizantinas y sasánidas que sometieron, los pobladores de tales lugares eran en su inmensa mayoría agricultores, artesanos o comerciantes sin ningún tipo de experiencia militar.
Los primeros ejércitos árabes tenían una base tribal. Eran las tribus y sus clanes, los `asîra , quienes proporcionaban los guerreros, muqâtila, a los ejércitos califales. De sus nobles, los asrâf , procedían los qâ´id, ru`ûs, ra’îs en singular –arraez en español– y los umarâ´, amîr o emir en singular, que comandaban a esos contingentes tribales y que poseían la experiencia guerrera necesaria.
El arma fundamental y más estimada era la espada. Ya lo hemos apuntado, no debemos imaginar a los primeros guerreros musulmanes llevando cimitarras. La espada de los árabes de los siglos VII y VIII era una espada recta de dos filos y corta empuñadura. De hecho, las espadas rectas de dos filos continuaron siendo las más frecuentes y apreciadas entre los guerreros árabes hasta el siglo XI. Al-Kindî, que escribe en torno a 860, nos informa extensamente sobre los diferentes tipos de espadas —solo habla de las espadas de hoja recta–, sobre su fabricación, hechura y calidad. Las clasifica, además, en dos grandes grupos atendiendo a si eran de acero indio o no: «espadas de acero de fino temple» y «espadas de metales inferiores o de acero menos puro». Sobre las primeras se hace hincapié en lo excelente del acero indio y de cómo las espadas fabricadas en la India o forjadas en otros lugares a partir de acero indio, eran muy superiores a todas las demás en resistencia, flexibilidad y ligereza. En efecto, tanto en Yemen, como en Qal’a, importante centro productor de espadas en Persia, como en Damasco, se trabajaba con barras y lingotes de acero traído desde la India.
Los árabes no usaban al principio el estribo, en Oriente, el uso del estribo estaba ya muy extendido en la segunda mitad del siglo VII y por intermedio primero de los ávaros, y luego de los bizantinos y de los propios árabes, se generalizó también a mediados del siglo VIII entre los caballeros de Occidente.
Los árabes del primer periodo de las conquistas solían vestir prendas sencillas. Muchos de ellos cubrían sus cuerpos con grandes lienzos que enrollaban en torno a sí y que todavía hoy usan los peregrinos a La Meca, los izur . Completaban este sencillo atavío añadiendo un escueto paño para la cabeza que recibía el nombre de ‘imâma y que nada tenía que ver con los posteriores y vistosos turbantes. A veces se añadían gorras de vivos colores bajo la ‘imâma . Jâlid, por ejemplo, perdió en Yarmuk su famosa gorra roja.
Una costumbre de los árabes de los siglos VI y VII era cortarse las mangas de sus túnicas o de sus izur antes de entrar en combate para que no estorbaran el manejo de la espada y como signo de bélica determinación.
Los pantalones de estilo persa, los sirwâl , amplios y de lana, lino o seda, eran también muy populares y pronto se generalizaron, sobre todo, entre la caballería. Las túnicas, mantos y botas de estilo bizantino y persa estaban ya muy difundidos entre los árabes del norte, gasaníes y lakhmíes, y entre las élites del resto de Arabia. Las sandalias muy cerradas y con suela reforzada también solían usarse mucho.
Un rasgo distintivo de los guerreros árabes del siglo VII era el mantenimiento de una vieja costumbre: llevaban el pelo muy largo y recogido en cuatro largas y rígidas trenzas llamadas «trenzas sarracenas» o lo dejaban crecer largo y encrespado. Este rasgo era tan distintivo que los poetas y hagiógrafos bizantinos de los siglos VI y VII llamaban con frecuencia a los sarracenos o árabes del desierto, «los árabes de pelo de águila».
La unidad de caballería de la que ya hablamos y que parece un calco del drungo romano. El jamis se desplegaba así:
1.Muqaddama : se trataba de una formación abierta de arqueros e infantes ligeros que cubría a las formaciones en orden cerrado que había tras de ella. Su función era doble: iniciar el ataque y debilitar las formaciones enemigas con el tiro de sus arcos, hondas y venablos, tras lo cual se retiraban hacia los flancos y la retaguardia para, desde allí, seguir hostigando, y en el caso de combatir a la defensiva, debilitar el ataque enemigo durante su avance.
2.Qalb : el centro; era una formación de lanceros, escudo con escudo y erizada de lanzas, dispuesta en tres filas de profundidad llamadas sufûf . Los infantes iban bien protegidos con yelmo y cota de malla. El qalb se formaba a un tiro de flecha por detrás de la muqaddama y servía a esta última de apoyo y resguardo.
3.Maymana : el ala derecha. Se formaba también en tres filas, sufûf , de infantería pesada y se desplegaba a unos 100 m del qalb o centro.
4.Maysara : el ala izquierda. Se disponía de modo semejante a la maymana y al qalb : tres sufûf de profundidad constituidas por lanceros. Los huecos de unos 100 m que separaban la maymana del qalb y a este último de la maysara estaban pensados para facilitar la retirada ante el avance enemigo de la muqaddama o pantalla de arqueros e infantes ligeros.
5.Saqah : la reserva. Se situaba tras las tres divisiones antes citadas: maymana, qalb y maysara , y acudía a reforzarlas en caso de aprieto.
Yarmuk fue el Adrianópolis o el Cannas del último ejército romano. Heraclio, al conocer la noticia, ordenó evacuar toda Siria y embarcó para Constantinopla. En Palestina, Jerusalén quedó más y más aislado y, al cabo, el patriarca Sofronio, tras enviar la Vera Cruz a Constantinopla para que no cayera en manos musulmanas, rindió la ciudad a inicios de 638. Gaza, donde peleaba la última legión, la IV Scytica, capituló a finales de 637. Cesarea Marítima lo hizo en noviembre de 641. Pronto los árabes invadieron Egipto y cuando tomaron Alejandría en 642, se dio comienzo a una dura batalla por el control del Mediterráneo. La segunda fase de la expansión islámica tendría su centro y eje principal en el mar y en esa expansión destacaría un hombre: Mu`âwiya el Omeya.
Un nuevo mundo surgía entre el fuego y la sal y a los ejércitos y flotas.

La toma de Alejandría por los árabes y sus aliados coptos en 642 supuso un grave peligro para Bizancio. No porque con la caída de Alejandría se sellara el fin del dominio romano sobre Egipto, la provincia más rica y poblada del Imperio, ni tampoco porque Alejandría fuera la llave de África, sino, principalmente, porque la ocupación musulmana de Alejandría, el segundo puerto del Mediterráneo, significaba la quiebra efectiva de la unidad mediterránea restaurada por Justiniano a mediados del siglo VI y que venía definiendo al mundo antiguo desde el siglo II a. C. Así, la durísima contienda entre Bizancio y el islam se trasladó sobre todo al mar y, durante los siguientes cien años, el Mediterráneo vio flotas y batallas navales de tal magnitud, en tal número y con tal grado de ferocidad como no se habían conocido desde los tiempos de las dos primeras guerras púnicas. Fue una lucha enconada en la que apareció una decisiva y misteriosa innovación bélica: el «fuego griego». Los bizantinos nunca lo llamaron así, sino υγρό πυρ, es decir, «fuego líquido» y, con más frecuencia, σκευασμένον π ρ, «fuego procesado»; también λαμπρόν π ρ, «fuego brillante» y θαλάσσιον π ρ, «fuego marino». Su uso constituyó un elemento decisivo para que, a la postre y tras casi tres siglos de contienda, la flota bizantina volviera a alzarse con la hegemonía en el mar frente a las flotas musulmanas.
Una flota árabo-egipcia se enfrentó a la bizantina en la llamada «batalla de los Mástiles», a la que los bizantinos dieron el nombre de «batalla de Fénix» por librarse junto a esa ciudad de Licia, en la costa continental frente a Rodas. La escuadra bizantina la mandaba el joven emperador Constante II, nieto de Heraclio, que derrochó valor personal en la batalla. Mas no bastó con el valor y los árabes lograron una aplastante victoria. En palabras de un historiador bizantino: «La sangre se mezcló con el mar». Bizancio estaba perdiendo la guerra en el mar y, con los ejércitos musulmanes penetrando ya hasta el corazón de Asia Menor, se veía como algo inmediato un ataque contra la capital, Constantinopla, que, de tener suerte, sería el final del Imperio.
Con el nombre de dromon existían seis tipos bien diferenciados de barcos:
-el dromon propiamente dicho;
-el ousiaco prácticamente idéntico al primero;
-la panfila , versión más ligera de los dos anteriores y que, como ellos, disponía de dos cubiertas;
-la kelandia , más grande aún que los tres citados y capaz de transportar tropas de caballería;
-la ágil monera de una sola cubierta; y,
-la triere , la más grande y pesada de los dromones al estar dotada de tres cubiertas.
Sin embargo, la tendencia fue a que la mayoría de las flotas estuviese formada por ousiacos, panfilas y kelandias . Las moneras quedaron relegadas a unas pocas unidades destinadas a la exploración y la piratería, mientras que las trieres eran escasísimas, solo se las menciona de manera expresa en 626, 674-678, 711 y 717-718.
En la flota árabe, las designaciones de sînî no deberían contemplarse como simples variaciones de nombre, sino como denominaciones para dos tipos de dromon árabe bien diferenciados: el sînî , de dos cubiertas y equivalente al dromon propiamente dicho y al ousiaco ; y el salandî , más grande y semejante a la kelandia bizantina de la que derivaba su nombre de forma tan directa. A estos dos el sînî y la salandî , se sumaban el gurâb , que equivalía a la panfila ; y el ligero sajtur , semejante a la monera o galea bizantina.

China ha sido y es el gran país de Asia y uno de los ejes de civilización y poder mundiales desde hace más de dos mil años. Ese poder y esa civilización estuvieron sostenidos y defendidos por ejércitos poderosos que, en los siglos VII y VIII, tenían múltiples, curiosas y sincrónicas analogías con los ejércitos bizantinos, sasánidas y árabes y que, durante dichos siglos, se vieron sometidos a una continua evolución y perfeccionamiento.
A principios del siglo III, la dinastía Han cayó presa de la anarquía y las invasiones de los pueblos de la estepa y se dio paso a más de 360 años de una China dividida en varios reinos enfrentados entre sí –llegó a haber 16– y, en el caso de los del norte, sujetos al poder de élites guerreras provenientes de las tribus de las estepas y bosques de Mongolia y Manchuria. Mas, en 589, Yang Jian (581-604), primer emperador de la dinastía Sui, logró reunificar China y devolverle su condición de gran potencia. Su hijo, Yang Guang (604-618), en cambio, no supo medir las verdaderas fuerzas de su imperio, y sobre todo del sistema militar que lo sostenía, y lo llevó a una crisis monumental en la que la larga y fracasada guerra contra el reino de Goguryeo, lo que hoy es Corea del Norte, grosso modo , en combinación con una sucesión terrible de inundaciones, sequías y epidemias, condujo al Imperio sui a la anarquía y a la guerra civil.
La nueva China de los Tang y sus ejércitos xinjun mostraron bien pronto su poderío. Ese mismo año de 626, utilizando una combinación de fuerza y soborno, Taizong logró comprar la retirada del jagán Sieli de los turcos kok orientales que había invadido el norte de China a la cabeza de 100 000 jinetes. Tres años más tarde, en 629-630, Li Jing, el gran general de Taizong, fue puesto al mando de una impresionante expedición contra los turcos kok de Sieli: un gran ejército xinjun de un total aproximado de 120 000 hombres, dividido en seis columnas, penetró en Mongolia hasta cubrir una extensión de casi 1000 km entre la columna que marchaba más hacia el este y la que lo hacía más al oeste. Los turcos fueron arrinconados y derrotados. Su jagan perdió el poder y el jaganato de los turcos kok orientales. Conjurado el peligro tibetano y con el jaganato turco oriental de nuevo, y de manera definitiva, destruido en 741, la China de los Tang, en 751, se disponía a restaurar su dominio sobre Transoxiana, tal como este había sido fijado en 657, para lo que envió al lejano Occidente un contingente de 30 000 hombres mandado por Gao Xianzhi, el jiedushi del dao de Anxi, para que interviniera a favor del reino de Ferganá, que acababa de volver a reconocer la soberanía china, contra su vecino, el reino de Shash (Taskent), a la sazón, vasallo del califato árabe. Se estaba preparando la que fue la única batalla librada entre árabes y chinos y, para poder comprender como era el ejército chino que la libró, vamos a estudiar en las siguientes páginas su evolución, estructura, despliegue, armamento y táctica.
En cuanto al armamento defensivo, el yelmo era de acero y se denominaba doumou y con frecuencia se combinaba o incluía la toudou , una especie de cofia de malla que protegía la cabeza y cuyos lienzos de anillos o escamas cubrían también el cuello.
La armadura era de cuero endurecido y estaba reforzada con placas o láminas de hierro. Se la llamaba jinjia y, en el caso de tener completas todas sus piezas, coraza, protecciones para los brazos, etc. se la denominaba kuijia . Al conjunto formado por la armadura y el yelmo se le llamaba rongjia y a los infantes y los caballeros pesados jiezhou .
El uso del uniforme era generalizado en los ejércitos chinos. En un principio, solía ser de seda amarilla, pero luego se asentó la costumbre de que cada unidad contara con sus propios colores para identificarse con claridad. Encima del uniforme se colocaba una chaqueta acolchada y sobre esta la armadura de cuero y placas de metal. La armadura tenía, a su vez, correajes y adornos de diversos colores que contribuían a distinguir las distintas unidades. Así, por ejemplo, el primer tuan de caballería de un jun vestía armadura con adornos y correajes en verde brillante y sus caballos llevaban adornadas sus armaduras con borlas y arreos en verde oscuro, mientras que sus banderas debían estar ilustradas con un león. El segundo tuan de caballería, por su parte, lucía en sus armaduras correajes y adornos de color rojo y sus caballos arreos de cuero colorado y borlas de un rojo intenso, en tanto que sus banderas llevaban leopardos. Cada ejército disponía de dos bandas de música: una compañía formada por 94 tambores, y otra en la que se encuadraban 37 tocadores de flauta, campanas, gongs y otros instrumentos.
Cientos de prisioneros chinos fueron a parar a Samarcanda o incluso a Iraq. Con ellos llegó a oriente y al Mediterráneo la técnica de la fabricación del papel y cuando alguno de ellos logró volver a China, pudo contar allí sorprendentes historias sobre los extraños países del lejano Occidente.
Si ese año de 751 los chinos no hubieran sufrido otras dos derrotas, más graves aún si cabe –una ante los kitán en las regiones hoy fronterizas entre Mongolia y Manchuria, que fue además infligida al más poderoso jiedushi de China, An Lushan; y otra ante el reino de Nanzhao, en las selvas y montañas de Yunnan, en donde 55 000 de los 80 000 soldados del gobernador de Sichuan se dejaron la vida– es probable que hubieran respondido a su fracaso en Talas con una nueva expedición. Pero tres desastres en un mismo año eran demasiados y había que cubrir bajas. No hubo tiempo. En 755, ya lo hemos visto, estalló la gran rebelión de An Lushan y China se hundió durante años en la más salvaje guerra civil que uno pueda imaginar.
Los abasíes, por su parte, se concentraron en fortalecer su recién conquistado papel de dinastía reinante en el califato y pronto tuvieron que hacer frente al peligro de un renacido Estado omeya en el lejano al-Ándalus, a una gran sublevación en el noroeste de Persia y a duros y continuos enfrentamientos contra Bizancio. Su frontera en Asia Central se estabilizó y no avanzó más.

La Edad Oscura es una época sorprendente, determinó la configuración de nuestra propia época. Pues, en verdad, la guerra es el «clamor de los demonios» y solo estudiándola y comprendiéndola, podremos comprendernos a nosotros mismos y evitar que ese demoniaco clamor siga atronando nuestro mundo.

——————

To my way of thinking best reading on 2020. Dense book as didactic book, but that covers extremely interesting aspects (logistics, equipment, ethnic composition …) of the war in the so-called Dark Ages after the fall of the Western Roman Empire. I don’t give it five stars because at times the Latin terms overflowed me, but it is a highly recommended essay. Erudition, knowledge and entertainment, all together.

The duces had a senatorial rank and were the superior military commands in the border provinces or in those others that, like Armorica (present-day French Brittany, a good part of Normandy and regions close to both) were exposed to continuous barbarian attacks. Duces appear in the Notitia dignitatum under the following entry: Duces limitum infrascriptorum magistri peditum praesenti. In other words, «Dukes of the frontiers under the command of the Master of the Infants.» After the collapse of most of the Rhenish limes, the loss of Africa and most of the Panonias, in 451 it is probable that only six dukes remained, five of whom no longer even controlled the entire territory they owed. to protect. These were: the doge tractus Armoricani et Neruicani –surely reestablished around 442 after a long period of bagaudian uprisings–, the doge Sequanici –almost certainly recovered by Aetius after his victories over the Franks in 445-446–, the doge Belgicae secundae – also reestablished around 446 after the successful campaigns of Aetius against the Franks – the Doge Mogontiacensis, the Doge Pannoniae primae et Norici ripensis and the Doge Raetiae primae et secundae.
Regarding the force they commanded, the dux tractus Armoricani et Neruicani, in 421, commanded 9 legions and 1 cohort, a total of 9500 infantrymen. Doge Sequanici had under his command a single infantry unit: the Latavian milites, which numbered 500 men. Doge Belgicae secundae commanded 1 cavalry unit and 1 cohort, as well as a classis or fleet comprising 500 horsemen, 500 infantrymen, and perhaps some 2,000 sailors and marines. For his part, the Doge Mogontiacensis commanded over 11 legions. An infantry force that numbered 11,000 men. The doge Pannoniae primae et Norici ripensis commanded 16 cavalry units, 8 legions, 8 cohorts and 3 river classes. That is, a force that numbered 8,000 horsemen, 14,000 infantrymen, and some 3,000 riverine sailors and marines. Doge Raetiae primae et secundae was in charge of 5 cavalry units, 6 legions and 9 cohorts and numbers, a total of approximately 2,500 horsemen and 10,500 infantrymen.
The obligations of the duces are included in a constitution of the Theodosian Code: to recruit troops to support the units under their charge, train and arm them properly, supply them with everything necessary to fulfill their mission, monitor and defend the provinces or sectors of the limes that had been entrusted to them and attend to the good condition of the fortifications and communications of their government. Sometimes the duces were not only exhorted to watch over all of the above, but they were threatened with: «That, if they did not do so, they would be forced to provide with their private fortune, which they had not done with their soldiers and with the resources of the public treasury».

The Limitenei have long been envisioned as second-class troops who became a sort of peasant militia tied to their land. This is a mistaken view, since the Limitenei or Ripenses never had as their main source of their resources the parcels that were assigned to them. Nor did they work directly on them. It was the salary, collected in bronze coin and the imperial donations, received in silver and gold, as well as the rations that were given to them on a regular basis, that constituted the essential source of their income and resources. In addition, as shown by the fact that they continued to receive land upon licensing, they did not obtain ownership of the parcels that were assigned to them during their active service, but they only contributed to their maintenance and, in general, they did so through rental formulas , as they were worked by peasants who gave a part of the benefits to the soldier who held ownership of the plot during his years of service.
Upon graduation, the veterans of the Limitenei received not only their own land, as well as grain for planting, a team of oxen, and a cash payment, but also tax benefits for themselves and their families.

In the reign of Theodosius I (379-395) the bucelarios (buccellarii) emerged, bands of mercenaries in the service of generals, high officials and landowners. To our knowledge, the first bucelarios were recruited by the magister militum Estilicón and his eastern rival, the prefect of the praetorium Rufino.
The term «bucelario» derives from bucellatum, which was nothing but the biscuit or «soldier’s bread» that served as the basis of the diet of the men-at-arms. As the 5th century progressed, the bucelarios were constituting highly armed and trained contingents that came to form small private armies, although they were submitted by oath to the emperor. Its apogee would not come until the sixth century. Flavio Aecio had at his disposal a corps of divers. Most of them were Huns. They represented a powerful armed group of heavy cavalry and horse archers, who not only escorted the patrician Aetius, but could decisively intervene in the battle as a shock corps.
The Praefecti were in command of the Limiteri and Pseudocomitatenses legions. But, in the West, the title of praefectus could be seen accompanied by that of alaere or, simply, with the name of the corresponding unit and then indicate that it commanded a cavalry wing. Likewise, a prefect could be in command of troops from two different legions, but stationed in the same place. For example, the praefectus legionis quintae Ioviae et sextae Herculeae, partly housed in the Onagrino castle, at the time a castle or great fortress located in Pannonia Secunda. A prefect could also command a legion and a cohort, as well as units called milites and numeri, which, in all probability, consisted of some 500 men recruited from settlements of barbarian origin.

Special mention deserves the instruction or training of the cavalry. At the beginning, wooden horses were placed and the soldiers had to learn to ride on them when jumping and running, on the right side, on the left and on the rump. Then these exercises were repeated, but loaded with armor and weapons and also with the spear, javelins and sword ready to be thrown or brandished. When the soldiers were able to carry out all these movements, they were properly taught to ride a horse and to control it with and without reins. When they achieved that the rider knew how to ride properly and that he was able to lead his mount to walk, trot and gallop, to turn it, turn around, gallop in a circle and at an angle, etc., he should become capable of ride his horse as it galloped past him and then lead it against the training pole at full speed, while throwing darts or using the bow, sheathed it, and took the spear or sword to strike the pole as it passed by he. When a rider was able to do all this, he was considered trained and was trained in training exercises, in which he was made to load in close order, wedge, rhomboid and in line. As well as transforming the front and shape of the load during it, turning and returning to load, etc.
The training of the cavalry was in charge of the tribunes and, above all, of the decurions. These commanded, in the case of the cavalry, 32 horsemen who, with them, formed turmae of 33.

In the defense or attack of or to the cities and fortresses, large ballistae were used. One of them, the author of De rebus bellicis, calls it fulmina ballista. This machine consisted of a large iron arch that was tightened by means of a strong bundle of tendons that were actuated through a kind of primitive cranequin. A device could raise its angle of fire and its power was such that it could launch a dart of great size and weight from one bank of the Danube to the other.
The army also had ‘wolves’, iron harpoons that were used to catch an assault tower and bring it down. Likewise, use was made of the Helépolis, a machine equipped with wheels and of great size, which protected several rams that hung from chains attached to the covered structure and that the soldiers made oscillate to forcefully attack the enemy defenses. There were also large normal rams to attack the gates and walls.
What was truly problematic at the end of the fourth and fifth centuries was the change that the foedus system underwent, by which entire groups of barbarians settled in imperial territory in exchange for their military aid, but conserving their own leaders and political autonomy at the same time. par that benefited from Roman security, fiscal resources and logistics. With this, de facto, the province or provinces where they settled were no longer under the control of the State. The federates could add a powerful force to the Roman Army, of course, but they were also a constant danger, having the enemy at home.

The word «Hun» awakens in Westerners the image of extreme savagery and barbarism. Not even the Geniskhanid Mongols, nor of course the Avars, Magyars, Pechenegs, Cumans, Timurids, Ottomans, or any other nomadic or nomadic peoples that rampaged over Europe over the next millennium, aroused fear or suspicion. similar. Why? At the end of the day, the Hungarian Empire was ephemeral and its cavalches and devastations were no more terrible than those of the Magyars, who reached the Pyrenees in their raids, nor that of the Mongols, who annihilated the Russian states, defeated to the Teutonic knights and the Kingdom of Hungary and spread destruction to Poland, Slovakia and Croatia. The answer is simple: the Romans had been dealing with Germans, Celts, and Sarmatians for centuries. All those barbarian peoples were known and recognizable. The Huns were a novelty. It was the first time that the Greco-Roman world had encountered a Turkmen-Mongolian people, their strange customs, their surprising way of fighting and their unexpected irruption emerging from unknown Central Asia, combined to terrify the Romans. In addition, the Huns exercised a short but brutal control over many Germanic, Slavic and Iranian peoples and, therefore, their memory was not only engraved in the works and memory of the Romans, but in those of all the peoples of continental Europe.
When Attila began his reign alone in 444, he was leading an army in which the Huns still represented the bulk or at least the decisive element of the force, but in 451 in the army that led to the Gaul the Huns were a minority that did not exceed one third of the total and in which the Germanic contingents and, to a lesser extent, those contributed by the Sarmatian peoples such as the Alans, Yazigos and Antas, constituted the largest and most powerful element of the army. This expansion of the military force of the kingdom of Attila endowed it with an enormous power, but, at the same time, it meant that the tactical advantage that the Huns had until then had, its extraordinary mobility as a cavalry force endowed with a large number of Refreshment mounts and a weapon as extraordinary as the asymmetric compound bow, would be diluted by having to count on the slow masses of German light infantry with poor equipment where the weapons were designed for a type of fight very different from the one they had been posing the Huns. That contradiction was fatal in the long run.

The Roman Army was a professional army and, therefore, it was expensive to maintain and required a regular transfer of financial means in the form of salaries, weapons, equipment, supplies, accommodation, fortifications, etc. It has been calculated that, in the 5th century, a Roman soldier belonging to the field infantry cost the Empire 6 golden solids a year, while a cavalry soldier cost the imperial treasury 10.5 golden solids. 6 The support of this cost, of course, depended entirely on the taxes that the central government collected in the provinces and these did not stop decreasing due to the invasions and civil wars that occurred between 395 and 411. In fact , it can be deduced that in 411 the western part of the Empire entered only 50%, at most, of what it had entered its coffers in 395. This very conservative calculation implied that 50% of the units listed by 395 in the western armies could no longer be maintained.
Between the years 411 and 421 the situation improved in a remarkable way for the Empire, thanks to the effective general Flavio Constancio, after and for seven months, Constantius III (421), who managed to regain control over most of Gaul and a good part of Hispania, in addition to that, of course, over all of Italy, as well as over Norico, Retia, Dalmatia and part of Pannonia. But although this meant that all those provinces paid tribute again, the destruction caused by the barbarians was of such caliber that, according to several legal provisions issued by the emperors of the period in favor of the reduction of taxes to various provinces because of their After being devastated by the barbarians, the affected areas could only afford to pay between a fifth and an eighth of what they had been paying to the imperial coffers.
Few battles have been called the «decisive battle» as often as the one on the Catalan Fields. 1 In fact, few are the works dedicated to glossing decisive battles 2 that do not have among their pages a chapter dedicated to this battle. And yet, and although it may be paradoxical, the battle of the Catalan Fields and even more so the campaign in which it was inserted is very poorly known and still holds notable surprises, as soon as one departs from what is already established and decides to go for itself to the primary sources. In fact, and as we will see, the «decisive battle» lasted six days and began under the walls of Aurelianorum, and the fighting on the Catalan Fields proper was nothing but the warlike climax and the bloody confirmation of what had already been started by the Loire river (Liger). In this, in the formidable temporal and geographic dimension of the battle, as well as in the multinational, so to speak, of the opposing hosts, the Catalan Fields anticipated the battles of the great contemporary wars.

The most complex, varied, powerful and decisive group of Clovis’s army were the so-called Armoricans. It has been shown that under this denomination men of very diverse ethnic and cultural origin were included. In essence they were the inhabitants of the ancient Armoricani tractus, the constituency that had to be defended by the limitnei placed under the orders of the tractus Armoricani et Neruicani, whose units were deployed in the Prima and Secunda Aquitaine and the Prima, Secunda and Tercia Lugdunenses. But in the time of Clovis the Armoricans were, above all, the inhabitants of the country that stretched between the Seine and the Loire and from the coast of the channel and the Bay of Biscay, to the borders of the kingdoms of Visigoths and Burgundians. Thus, under the name of Armoricans, Bretons settled since the end of the 4th century and especially throughout the 5th century in ancient Armorica, the peninsula that today constitutes French Brittany, as well as contingents of men whose fathers and grandfathers had served. in the Roman limiting units of the Armoricani tractus, as well as Sarmatian and Frankish laeti, Saxon allies and federated Alans settled in Aurelianorum, Rennes and in other cities and settlements in the region.
The Frankish armies of the late 5th century and throughout the 6th century were, above all, infantry armies. This is not to say that the Franks lacked cavalry. Quite the contrary, it was present and often played an important role in campaigns. But when in 554, on the banks of the ancient Volturno, the modern river Casulino, in Campania, in southern Italy, Narsés, the great Byzantine general, faced with 18,000 soldiers a great Franco-Alaman army of more than 30,000 men; 72 it dealt with a force that fought on foot in its entirety and against which the effective Byzantine cavalry could operate with all freedom and efficiency, while the barbarian force tried uselessly to break the lines of the Byzantine infantry by launching a fierce wedge attack on them. .
A very common weapon was the sax, saex, scramasax or scrama, which we have already talked about so much and which was nothing but a powerful single-edged blade or, if you want to give it this name, a rough and short sword of a only sharp edge and point. The specimens from the V and VI centuries do not usually exceed 25 cm of blade and, often, are around 20. Although the trend was to gradually develop the blade that was reaching a length of up to 35 cm.
The long double-edged spatha was extraordinarily rare. In fact, only a little more than a dozen of these weapons have been found in Visigothic graves on the Iberian Peninsula and southern France.

Our idea of Britannia in the 5th century is that of a Roman province abandoned to its fate and plunged into a chaos of barbarism and destruction from which medieval England and Scotland emerged in the 10th century ready to «engulf» it. little that the ancient Britons had been able to save: the little kingdoms of Wales, Cornwall (Kernow) and the Kingdom of Strathclyde. According to this old idea, when the Romans abandoned the provinces of the British diocese to their fate, the little Romanized inhabitants of the country were unable to offer an effective resistance against the overwhelming tide of invading barbarians: Angles, Saxons, Jutes and Friesians from the east. , Scots and Picts to the north and west. In a few years everything succumbed and only in the most inaccessible mountains and hills could some diminished Britons, brutalized and driven to savagery, be saved. Fortunately, in the 7th century the missionaries sent by Rome brought back civilization to the lands of Britain.
The reality is much more complex, rich and surprising. In recent years a better study of the very scarce documentary sources and the reevaluation of archaeological evidence and its constant increase have shown that the Britons abandoned by Rome were very capable of organizing a successful resistance, that they maintained fairly solid ties with the Roman Empire of The West, with Ireland, with the barbarian kingdoms of Gaul and even with the Mediterranean and Byzantium, and that, in essence and towards 535, Britain and its kingdoms were not an exception in the post-Roman world, but an environment very similar to that of those same dates could be found in Gaul or Hispania. The turn, disastrous for the British, began to take place from 536 and was accentuated and irreversible during the period from 547 to 634. After this interval of natural catastrophes, epidemics and unfortunate wars, the British kingdoms were relegated to the extreme western Britain, while the Anglo and Saxon kingdoms, until 536 on the fringes and confined to the eastern and southeastern coasts of the island, expanded rapidly and succeeded.
The profusion and wealth of 4th century Roman villas in Britain is prodigious. They are counted by the hundreds and they do not stop appearing more and more each year. The cities, endowed with powerful walls since the third century, had suffered some retraction, but they were still active and made up a motley group of about thirty civitates that went from commercial Londinium (London), the capital of the diocese that is likely to have reached the 40,000 inhabitants at the beginning of the 3rd century and which increased from 25,000 at the beginning of the 5th century, to Eburacum (York) which became the imperial capital with Septimius Severus and Constantius Chlorus and which, above all, was a city legionary where one of those that still remained in Britain around the year 400 was quartered: the Legio VI Victrix Hispaniensis that had been there, in Eburacum, since 119 and that was claimed by Stilicho in 402 to march to Italy and join the army that he was gathering to face Alaric and his Goths.

The first thing that strikes you when you study the Army of Justinian and his immediate successors is that it was a «military machine» subject to continuous revision and improvement. The military reform started with Zeno, continued with Anastasius I, and did not stop until the new Roman Army left the path of evolution to rush into that of the thematic revolution of the second half of the 7th century.
Regarding the military hierarchy, at the top was the emperor. During the 5th and 6th centuries, the emperors did not put themselves directly in charge of their armies. This situation changed with Maurice (582-602) who, on one occasion, led an army that came to block the way to the Avars and, above all, with Heraclius (610-641), emperor-soldier where the Haya, who personally led his armies in eight campaigns: 613 and from 622 to 628, even getting personally involved in the fighting, and being wounded in one of them.
Below the emperor were the 8 magistri militum: the 2 praesentalis and those from the East, Thrace, Italy, Africa, Illyria, Armenia and Spania. Next, there were the Merarchs of the mere Comitatenses armies, a total of 30, to which was added the Merarch of the Murariots who led the troops that garrisoned the walls of Constantinople. Among those 31 merarchs, the one who held the highest rank was the merarch or taxiarch of the optimates who constituted the I Meros of the I Army of the praesentalis and who was the only one who could hold the title of taxiarch.
Of superior rank were also the domesticus of the scholae and the comes excubitorum. The latter, although in command of a small troop, the excubitors, held a power far superior to what might be thought. For as the head of the guard closest to the person of the emperor, he controlled the palace militarily and, throughout the entire sixth century, acted, virtually, as second to the Empire and, often, as the emperor’s budding successor .
Following the aforementioned, were the dukes or moirarchs of the Comitatenses and Limitini armies who commanded the 2,500-man moirai and the troops stationed on the borders and who were sometimes also called ciliary. Then came the tribunes, tagmarcas or comtes / counts in command of the tagmata of 500 soldiers and the vicars, the senior administrative officers in the tagma who, in extraordinary cases, could assume command. Next, there was the ilarch, or first of the hecatontarchs. The ilarca was the second in command in the tagma during the combat and at the same time commanded the first of the hecatontarchies. Following the ilarca came the campidoctor who was in charge of the installation and good order of the camp or barracks, as well as the guards and the training of the soldiers. Then came administrative and quartermaster officers: ducenarios, primicerius, adjutores and actuarius. Then the hecatontarch s or centenarians who commanded 100 men.
The anteignani and standard bearers: aquilifera, draconaries and flamulars, as well as surgeons and heralds, were also considered officers and non-commissioned officers.
Within the cavalry troops there were three special types of knights: buccellarii, optimates and foederati.
The buccellarii had originally been privately recruited troops by generals, high officials, and local potentates. Justinian legislated so that they were better subject to the imperial command and in this particular the key measure was to decree that their pay would be borne by the Empire. Who pays, rules. Thus, they were transformed at the end of the 6th century into an elite corps of the Roman cavalry.
The optimates, we have already noted, were a mere part of the praesentali armies. This grouper was made up of 5,000 excellent, heavily armed horsemen, and its merarch, called the taxiarch, had considerable prestige. Comentiolo, the only Byzantine governor of Spain known to us by name, was for a time a taxiarch of the optimates before pursuing his brilliant military career in which his post as magister militum Spaniae was the result of a momentary stumbling block.
The Foederati were also an elite cavalry unit. At first they were recruited from Danubian barbarians, Heruli, Gepids, Huns, etc. At the end of the 6th century it was already a regular unit that stood out for its great efficiency.
The infantry was of two classes, heavy infantry, very little combative and poorly equipped around 530, and light infantry. The combat level of the first and its equipment and weapons were greatly improved.

Although the Muslims of the 10th century reconstructing their history emphasized the strength that the faith preached by Muhammad gave to the Arab warriors, the truth is that, from a historical and military point of view, in the first phase of the great expansion Islamic was not Islam, but ethnicity the determining element. In other words, it was not the new religion, but ethnic consciousness that energized the Arab tribes.
This can be seen in the echo that a victory obtained by an alliance of tribes led by the confederation of the Banû Bakr, in northeastern Arabia, obtained over the Sassanid Persians towards the summer of 611 in the battle of Dî Qâr. Muhammad, who at the time of this battle was beginning to preach in Mecca, praised it and did so because it had been won by Arabs over Persians and without taking into account that the tribes that had obtained it were mostly Christian and, soon, followers of two rivals of Muhammad: the Christian prophetess Sayâh and the prophet Musaylima.
In 629, the southern tribes and in particular the Abna, that is, the Persian Arab nobility descended from the Persian Dailamites and Savaran who controlled Yemen since the days of Chosroes I, were passed over to their ranks and practically all of Arabia submitted to them. and tribute.
The campaigns did not stop. In the ten years that saw his rise (622-632), Muhammad led or sent twenty great war expeditions. Upon reaching 630, his military and religious power was overwhelming: he entered Mecca in triumph at the head of 10,000 warriors and carrying in his hand his forked sword, Dû ’l-Faqar,» breaks vertebrae. » Immediately, he consecrated the ancient sanctuary of Mecca, the Kaaba, to the new faith that he preached, destroying the idols of the more than 300 gods that were worshiped there and respecting only the icons of Jesus and the Virgin Mary.
Muhammad was not only a prophet, but a military leader and legislator, a true founder of empires. He was not the only one trying to forge an Empire among the Arabs. Three other rival warrior-prophets of his tried, but Muhammad was more skilled than all of them and although when he died he had not yet gained control of the tribes of the northeast, the rest of Arabia was already a political unit and marching determined in the direction of being also a religious unit. It was an incredible achievement. Just thirty years before, Arabia was nothing but an immense space where Byzantium and Persia disputed the control of territories, tribes, trade routes and souls. The Lakhmids, the largest tribal confederation in the northeast, were vassals of Persia, and the Gasanids, the main tribal confederacy in the northwest, served the Romans as federates of their Empire. Bahrain, Qatar, Oman and Yemen were largely vassal countries or Sassanid provinces, and Byzantine monks and merchants made their way to the Hijaz, the region where Mecca and Medina stand.

A very frequent mistake among historians is to carry what we know about the Umayyad armies (661-750), much better documented, to the preceding period (622-661). Furthermore, in the almost forty years that mediated between the beginning of the military operations led by Muhammad and the end of the Râsidûn ‘caliphate or unity, there were also notable changes. So the army left behind by Caliph Omar ibn al-Khattab in 644 in all probability already resembled the one of the first Umayyads than the one that Muhammad had led.
Among the Bedouin tribes of Arabia, all free men were warriors. That is, all of them were expected to participate in the defense of women and children, cattle and wells and pastures, and all of them carried weapons, especially spear, sword and bow, and had experience in their use. use and in the fighting and tactics of tribal warfare in the desert. In a way, this compensated for the demographic disadvantage of the Arabs, because, although the latter were very few compared to the inhabitants of the Byzantine and Sassanid provinces that they subdued, the inhabitants of such places were overwhelmingly farmers, artisans or merchants without any military experience.
The first Arab armies had a tribal base. It was the tribes and their clans, the `asîra, who provided the warriors, muqâtila, to the caliphal armies. From its nobles, the asrâf, came the qâ´id, ru`ûs, ra’îs in the singular –arraez in Spanish– and the umarâ´, amîr or emir in the singular, who commanded these tribal contingents and who possessed the warrior experience necessary.
The fundamental and most prized weapon was the sword. We have already pointed it out, we must not imagine the first Muslim warriors carrying scimitars. The sword of the Arabs of the 7th and 8th centuries was a straight sword with two edges and a short handle. In fact, straight two-edged swords continued to be the most prevalent and prized among Arab warriors until the 11th century. Al-Kindî, writing around 860, informs us extensively about the different types of swords – he only talks about straight bladed swords – about their manufacture, workmanship and quality. He further classifies them into two large groups according to whether they were made of Indian steel or not: «swords of fine tempered steel» and «swords of lower metals or less pure steel.» The former emphasizes the excellence of Indian steel and how swords made in India or forged elsewhere from Indian steel were far superior to all others in strength, flexibility and lightness. Indeed, both in Yemen and in Qal’a, an important sword-producing center in Persia, and in Damascus, they worked with bars and ingots of steel brought from India.
The Arabs did not use the stirrup at the beginning, in the East, the use of the stirrup was already very widespread in the second half of the 7th century and through the intermediary first of the Avars, and then of the Byzantines and the Arabs themselves, it was also generalized to mid-8th century among the knights of the West.
The Arabs of the first period of the conquests used to wear simple clothes. Many of them covered their bodies with large canvases that they wrapped around themselves and that are still used today by the pilgrims to Mecca, the izur. They completed this simple attire by adding a brief head cloth that was called ‘imâma and that had nothing to do with the later, showy turbans. Sometimes brightly colored caps were added under the ‘imâma. Jâlid, for example, lost his famous red cap at Yarmuk.
A custom of the Arabs of the 6th and 7th centuries was to cut off the sleeves of their tunics or izur before going into combat so that they would not interfere with the use of the sword and as a sign of warlike determination.
The Persian-style trousers, the sirwâl, wide and made of wool, linen or silk, were also very popular and soon became general, especially among the cavalry. Byzantine and Persian robes, cloaks, and boots were already widespread among northern Arabs, Gazanites, and Lakhmies, and among the elites of the rest of Arabia. Very closed sandals with a reinforced sole were also used a lot.
A distinctive feature of the Arab warriors of the 7th century was the maintenance of an old custom: they wore their hair very long and gathered in four long, stiff braids called «Saracen braids» or they let it grow long and frizzy. This trait was so distinctive that Byzantine poets and hagiographers of the sixth and seventh centuries frequently called the Saracens or Arabs of the desert, «the eagle-haired Arabs.»
The cavalry unit that we already talked about and that looks like a copy of the Roman drungo. The jamis unfolded like this:
1.Muqaddama: it was an open formation of archers and light infantrymen that covered the formations in close order behind it. Their function was twofold: to initiate the attack and weaken the enemy formations with the firing of their bows, slings and spears, after which they retreated towards the flanks and the rear to, from there, continue to harass, and in the case of fighting against defensively, weaken the enemy attack during its advance.
2.Qalb: the center; it was a formation of spearmen, shield with shield and bristling with spears, arranged in three rows deep called sufûf. The infants were well protected with helmets and chain mail. The qalb was formed an arrow shot behind the muqaddama and served the latter as support and protection.
3.Maymana: the right wing. It was also formed in three rows, sufûf, of heavy infantry and was deployed about 100 m from the qalb or center.
4.Maysara: the left wing. It was arranged similarly to the maymana and the qalb: three deep sufûf made up of spearmen. The gaps of about 100 m that separated the maymana from the qalb and the latter from the maysara were designed to facilitate retreat from the enemy advance of the muqaddama or screen of archers and light infantrymen.
5.Saqah: the reserve. It was located behind the three divisions mentioned above: maymana, qalb and maysara, and would go to reinforce them in case of trouble.
Yarmuk was the Adrianople or the Cannae of the last Roman army. Heraclius, upon hearing the news, ordered the evacuation of all Syria and embarked for Constantinople. In Palestine, Jerusalem became more and more isolated and, eventually, the Patriarch Sofronius, after sending the True Cross to Constantinople so that it would not fall into Muslim hands, surrendered the city at the beginning of 638. Gaza, where the last legion fought, the IV Scytica, capitulated in late 637. Caesarea Maritima did so in November 641. Soon the Arabs invaded Egypt and when they took Alexandria in 642, a fierce battle for control of the Mediterranean began. The second phase of the Islamic expansion would have its center and main axis in the sea and in this expansion one man would stand out: Mu`âwiya el Omeya.
A new world arose between fire and salt and armies and fleets.

The capture of Alexandria by the Arabs and their Coptic allies in 642 posed a grave danger to Byzantium. Not because the fall of Alexandria sealed the end of Roman rule over Egypt, the richest and most populated province of the Empire, nor because Alexandria was the key to Africa, but, mainly, because the Muslim occupation of Alexandria, the second port of the Mediterranean, meant the effective bankruptcy of the Mediterranean unit restored by Justinian in the middle of the 6th century and that had been defining the ancient world since the 2nd century BC. Thus, the very tough conflict between Byzantium and Islam moved mainly to the sea and, for the next hundred years, the Mediterranean saw fleets and naval battles of such magnitude, in such numbers and with such a degree of ferocity as had not been seen before. known since the time of the first two Punic Wars. It was a bitter struggle in which a decisive and mysterious war innovation appeared: «Greek fire.» The Byzantines never called it that, but υγρό πυρ, that is, «liquid fire» and, more frequently, σκευασμένον π ρ, «processed fire»; also λαμπρόν π ρ, «bright fire» and θαλάσσιον π ρ, «sea fire». Its use constituted a decisive element so that, in the end and after almost three centuries of conflict, the Byzantine fleet would once again rise to hegemony at sea against the Muslim fleets.
An Arab-Egyptian fleet faced the Byzantine in the so-called «Battle of the Masts», to which the Byzantines gave the name of «Battle of the Phoenix» for being fought next to that city of Lycia, on the continental coast off Rhodes. . The Byzantine squad was commanded by the young Emperor Constant II, grandson of Heraclius, who wasted personal courage in battle. But courage was not enough and the Arabs achieved a landslide victory. In the words of a Byzantine historian: «The blood mixed with the sea.» Byzantium was losing the war at sea and, with the Muslim armies already penetrating into the heart of Asia Minor, an attack on the capital, Constantinople, was seen as immediate, which, if lucky, would be the end of the Empire.
With the name of dromon there were six distinct types of ships:
-the dromon itself;
-the ousiacus practically identical to the first;
-la pamphlet, a lighter version of the previous two and that, like them, had two covers;
-the Kelandia, even larger than the three mentioned and capable of transporting cavalry troops;
-the agile single-deck monera; and,
-the triere, the largest and heaviest of the dromones as it is equipped with three decks.
However, the trend was for the majority of the fleets to be made up of ousiacos, pamphlets and kelandias. The moneras were relegated to a few units destined for exploration and piracy, while the trieres were very scarce, only expressly mentioned in 626, 674-678, 711 and 717-718.
In the Arab fleet, the sînî designations should not be seen as simple name variations, but rather as designations for two distinct types of Arab dromon: the sînî, with two decks and equivalent to the dromon proper and the ousiac; and the salandî, larger and similar to the Byzantine Kelandia from which it derived its name so directly. To these two the sînî and the salandî, were added the gurâb, which was equivalent to the pamphlet; and the light sajtur, similar to the Byzantine monera or galea.

China has been and is the great country of Asia and one of the axes of world civilization and power for more than two thousand years. That power and that civilization were sustained and defended by powerful armies that, in the 7th and 8th centuries, had multiple, curious and synchronous analogies with the Byzantine, Sassanid and Arab armies and that, during those centuries, were subjected to a continuous evolution and improvement.
At the beginning of the 3rd century, the Han dynasty fell prey to anarchy and the invasions of the peoples of the steppe and gave way to more than 360 years of a China divided into several kingdoms facing each other – there were 16 – and, in the case of those from the north, subject to the power of warrior elites from the tribes of the steppes and forests of Mongolia and Manchuria. But in 589, Yang Jian (581-604), the first emperor of the Sui dynasty, managed to reunify China and restore its status as a great power. His son, Yang Guang (604-618), on the other hand, did not know how to measure the true strengths of his empire, and especially the military system that supported it, and led him to a monumental crisis in which the long and unsuccessful war against the kingdom of Goguryeo, what is now North Korea, roughly, in combination with a terrible succession of floods, droughts and epidemics, led the Sui Empire into anarchy and civil war.
The new China of the Tang and its Xinjun armies soon showed their might. That same year 626, using a combination of force and bribery, Taizong succeeded in buying the retreat of the Jagan Sieli from the eastern Kok Turks who had invaded northern China at the head of 100,000 horsemen. Three years later, in 629-630, Li Jing, the great general of Taizong, was put in command of an impressive expedition against the Kok Turks of Sieli: a large Xinjun army of approximately 120,000 men, divided into six columns, penetrated into Mongolia to cover an area of almost 1000 km between the column that marched further east and the one that did so further west. The Turks were cornered and defeated. His jagan lost power and jaganate to the eastern Kok Turks. With the Tibetan danger averted and with the eastern Turkish Jaganate again, and finally destroyed in 741, Tang China, in 751, was preparing to restore its dominion over Transoxiana, as it had been fixed in 657, to This sent to the far West a contingent of 30,000 men commanded by Gao Xianzhi, the jiedushi of the dao of Anxi, to intervene in favor of the kingdom of Ferganá, which had just re-recognized Chinese sovereignty, against its neighbor, the kingdom of Shash (Tashkent), then a vassal of the Arab caliphate. What was the only battle fought between Arabs and Chinese was being prepared and, in order to understand what the Chinese army was like that fought it, we are going to study its evolution, structure, deployment, weapons and tactics in the following pages.
As for defensive weaponry, the helmet was made of steel and was called the doumou and was often combined or included the toudou, a kind of mesh cap that protected the head and whose cloths of rings or scales also covered the neck.
The armor was made of hardened leather and was reinforced with plates or sheets of iron. It was called jinjia and, in the case of having complete all its pieces, armor, protections for the arms, etc. it was called kuijia. The set formed by the armor and the helmet was called rongjia and the infantrymen and heavy knights were called jiezhou.
The use of the uniform was widespread in the Chinese armies. Initially, it used to be yellow silk, but later it became customary for each unit to have its own colors to clearly identify it. A padded jacket was placed on top of the uniform and on top of it the leather armor and metal plates. The armor had, in turn, belts and ornaments of various colors that helped to distinguish the different units. Thus, for example, a Jun’s first cavalry tuan wore bright green trimmed armor and straps, and their horses wore their armor with dark green tassels and harness, while their flags were to be illustrated with a lion. The second tuan of cavalry, for its part, wore red belts and ornaments on their armor and their horses harnessed with red leather and deep red tassels, while their flags carried leopards. Each army had two marching bands: a company made up of 94 drums, and another in which 37 players of flute, bells, gongs and other instruments were included.
Hundreds of Chinese prisoners ended up in Samarkand or even Iraq. With them, the technique of making paper reached the East and the Mediterranean and when one of them managed to return to China, he was able to tell surprising stories there about the strange countries of the Far West.
If that year of 751 the Chinese had not suffered two other defeats, even more serious if possible – one against the Kitán in the regions that today border between Mongolia and Manchuria, which was also inflicted on China’s most powerful jiedushi, An Lushan; and another before the kingdom of Nanzhao, in the jungles and mountains of Yunnan, where 55,000 of the 80,000 soldiers of the governor of Sichuan left their lives – it is likely that they would have responded to their failure in Talas with a new expedition. But three disasters in one year were too many and casualties had to be covered. No time. In 755, as we have seen, the great An Lushan Rebellion broke out and China plunged for years into the wildest civil war one can imagine.
The Abbasids, for their part, concentrated on strengthening their newly conquered role as reigning dynasty in the caliphate and soon had to face the danger of a reborn Umayyad state in distant al-Andalus, to a great uprising in northwestern Persia. already hard and continuous confrontations against Byzantium. Its border in Central Asia stabilized and did not advance further.

The Dark Ages is an amazing time, it determined the configuration of our own time. Well, in truth, war is the «cry of the demons» and only by studying and understanding it, we can understand ourselves and prevent that demonic cry from continuing to thunder our world.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.