Fuego Griego, Flechas Envenenadas Y Escorpiones — Adrienne Mayor / Greek Fire, Poison Arrows & Scorpion Bombs: Biological and Chemical Warfare in the Ancient World by Adrienne Mayor

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Esta fue una mirada bastante completa a los diferentes tipos de armas biológicas y químicas que se usan en la guerra antigua. Está dividido en secciones, cada una de las cuales detalla un tipo diferente de táctica. Describe cómo se utilizaron venenos, incendiarios, armas biológicas (como los cadáveres de la peste) e incluso animales (como los nidos de avispas), y cita ejemplos de batallas en las que se emplearon estas técnicas.
Pensé que era una lectura muy esclarecedora. Mucha gente asume que el uso de armas biológicas y químicas es un tema exclusivo de nuestra sociedad actual, pero este libro muestra que este tipo de guerra no es nada nuevo. Los antiguos sabían pelear sucio, y sus batallas no eran exactamente tan justas y honorables como algunos románticos nos quieren hacer pensar. Al mismo tiempo, estas civilizaciones antiguas lucharon con los mismos problemas de conciencia que nuestra civilización enfrenta hoy en día en cuanto al uso de estas técnicas altamente efectivas, pero a menudo innecesariamente destructivas. Definitivamente es motivo de reflexión. Disfruté del estilo de escritura de este autor. Ella pudo compartir este material de una manera que fue informativa, pero aún así interesante, y nada seca como pueden ser algunas narrativas históricas. Recomendaría este libro a cualquier persona interesada en la historia antigua y en ver cómo nuestra propia sociedad refleja estos eventos pasados.

En el mundo antiguo, la guerra era un lugar común y apareció en todo el mundo en varias ocasiones. Se utilizó una variedad de armas y estrategias entre estas guerras, pero ¿cuál fue el arma más temida de la antigüedad? La autora del libro histórico de no ficción, Adrienne Mayor, cree firmemente que las armas bioquímicas equipadas con veneno, enfermedades y otras toxinas aterrorizaron a las civilizaciones dentro y fuera del combate. Mayor hizo muchos comentarios claros sobre cómo se hicieron o mejoraron estas armas y estrategias químicas y biológicas.
En su libro se incorporan muchos mitos y leyendas, incluido el famoso Hércules y la caja de Pandora. La historia antigua y los ejemplos del siglo XIX hasta la actualidad, como la guerra persa escita y los atentados de Winston Churchill en el Kurdistán, también se integran en el libro, explicando dónde y cómo se utilizan las armas que menciona. Además, Adrienne repasa cómo se utilizan las plantas tóxicas, las serpientes venenosas, las ranas venenosas y otros recursos biológicos para crear venenos líquidos que se manipularon durante la guerra y la caza, y también los efectos de estos venenos.
A lo largo de la lectura del libro, sentí que la información no era tan atractiva históricamente. Las partes que sí encontré interesantes, sin embargo, fueron las secciones que discutían armamento, mitología y estrategias de guerra. Creo que el tema de fuego griego no es de utilidad para muchas personas en la actualidad. Puede resultar atractivo para aquellos que deseen aprender más sobre la guerra antigua, como los especialistas en historia o los historiadores militares. Los botánicos, bioquímicos y epidemiólogos también podrían estar interesados en este libro debido a la mención de plantas, aspectos bioquímicos y enfermedades.

El trabajo con agentes infecciosos virulentos, ya sea para crear armas biológicas o para diseñar biodefensas, entraña, no obstante, el peligro de un grave «efecto bumerán»: en cualquier momento, puede brotar una cabeza de la Hidra con consecuencias totalmente inesperadas. Como se verá en los capítulos subsiguientes, la decisión de emplear tácticas bélicas biológicas o químicas constituye una verdadera espada de doble filo. Los percances, el «fuego amigo», los daños colaterales y las pérdidas autoinfligidas constituyen episodios recurrentes que acompañan a todo intento de emplear armas venenosas, tanto en la Antigüedad como en el presente.
¿Por qué el mundo antiguo ha sido hasta ahora un territorio inexplorado para la historia de la guerra química y biológica? En primer lugar, muchos historiadores, así como el público en general, han asumido que el armamento bioquímico requiere de un conocimiento científico que todavía no se había desarrollado en la Antigüedad. Además, se cree que, incluso si las culturas del pasado sabían cómo combatir con toxinas y sustancias combustibles, en general se abstuvieron de hacerlo por respeto a las reglas tradicionales de la guerra. La tercera razón deriva, probablemente, de la dificultad de sistematizar toda una pléyade de datos poco conocidos y enormemente dispersos sobre las armas bioquímicas y sus prototipos en el mundo antiguo.

La actual «guerra contra el terrorismo» ha potenciado el uso de nuevas armas consideradas no letales, como «nieblas sedantes», destinadas a tranquilizar, desorientar o aturdir a los enemigos, incapacitándolos para defenderse. Idéntico principio se aplicó en el campo de batalla a resultas del ingenioso plan con el que los antiguos griegos conquistaron Jonia (parte de la actual Turquía). Las victorias gracias a la intoxicación del adversario se sucedieron en la Antigüedad en los enfrentamientos militares librados en la Galia, el norte de África, Asia Menor y Mesopotamia, valiéndose de «sedantes» naturales tales como la miel tóxica, toros sacrificiales drogados, barriles enteros de alcohol o el vino mezclado con mandrágora.
Y, ¿qué sucede con la guerra fétida? ¿Y con las armas acústicas? En los últimos años, el Pentágono ha anunciado el desarrollo de armas «psicológicamente tóxicas» diseñadas por bioingenieros para agredir los sentidos con olores y ondas sonoras insoportables. Pues bien, hace más de dos milenios, los ejércitos que marchaban a través de Asia y de Germania se valían de olores nocivos y sonidos estridentes para abrumar a sus enemigos.
¿El napalm? Inventada en la década de 1940, los devastadores efectos de esta arma basada en el petróleo y que fluye como agua y se adhiere como pegamento se hicieron tristemente famosos en Vietnam tres décadas después. El fuego griego, con propiedades similares, llegó a ser la más temible de las armas incendiarias de las flotas de época bizantina, hasta que su fórmula se perdió para siempre. Pero muchos siglos antes de que se inventara en 668 d. C., el petróleo y otras sustancias químicas ya se combinaban para crear horrendas mezclas que avivaban un fuego inextinguible, del que los legionarios romanos fueron víctimas en sucesivas ocasiones durante sus campañas por Oriente Medio.

En definitiva, a pesar del sentimiento generalizado en la Antigüedad de que las armas biológicas eran crueles y deshonrosas, tenemos evidencias sobradas de que en ciertos casos se recurrió a ellas.
Es lógico, y hasta esperable, que aquellos que se sirven de las armas bioquímicas cosechen una «vorágine de resultados inesperados». La noción de que la guerra biológica es una espada de doble filo se originó en la mitología antigua, pero ha pervivido a lo largo de la ya extensa historia de este tipo de tácticas bélicas.

Fue nada menos que Hércules, el héroe más grande de la mitología griega, quien inventó la primera arma biológica de la que tenemos constancia a través de la literatura occidental. Cuando decidió untar sus flechas en veneno de serpiente dio el pistoletazo de salida no solo a la guerra biológica en sí misma, sino también a todas sus inesperadas consecuencias. Y es que las raíces más profundas del concepto de «armas biológicas» pueden retrotraerse muy atrás en el tiempo, hasta antes incluso de que los mitos griegos fueran sistematizados por escrito por Homero en el siglo VIII a. C. El veneno y las flechas estaban íntimamente interrelacionados en el propio léxico heleno. Así, la palabra empleada para «veneno» en el griego antiguo, toxicon , deriva de toxon , «flecha», mientras que en latín la voz para «veneno», toxica , se generó, al parecer, a partir de taxus , «tejo», pues las primeras flechas envenenadas se embadurnaban con el letal zumo de las bayas de dicho árbol. En la Antigüedad, entonces, decir de una sustancia que era «tóxica» significaba, literalmente, afirmar que era «algo para el arco y las flechas».
A pesar de la importancia que el arco y las flechas ostentaron siempre en Grecia desde la Edad del Bronce, Homero y muchos otros escritores mantienen que los arqueros eran tratados con desdén debido a que disparaban a sus oponentes desde una distancia segura. Los proyectiles de largo alcance implicaban, según este punto de vista, una renuencia a enfrentarse al enemigo a corta distancia. Y, desde luego, quienes se servían de proyectiles empapados en veneno parecían aún más viles y cobardes. Las emboscadas y los ataques por la espalda respondían a otra práctica militar que, como las flechas envenenadas, se atribuían por lo general a los bárbaros. La guerra griega (y romana) tradicional se suponía basada en el combate cuerpo a cuerpo, desde cerca y entre sujetos homólogos, un combate que se desataba cuando las hileras de soldados pertrechados con armas y armaduras análogas.
Los proyectiles envenenados, creados para infligir un sufrimiento extremo y provocar una muerte ignominiosa, resultaban más temibles que el combate cuerpo a cuerpo con espadas, lanzas, hachas y mazas. Las flechas venenosas mataban, pero nunca de manera limpia. En palabras de Quinto, provocaban «espantosas heridas que hacían que incluso el más poderoso de los hombres cayera desfallecido presa de un dolor incurable». Un simple rasguño podía provocar una lesión horripilante y putrefacta que convertía a los guerreros más valientes como Filoctetes en patéticos subhumanos. Incluso un superhéroe como Hércules perdió los estribos por el dolor atroz provocado por la túnica envenenada, que le llevó a arrancar árboles y volcar altares, arrasando con todo lo que encontraba a su paso como una bestia salvaje.

Los animales venenosos se sienten «muy confiados» cuando atacan, comentaba el naturalista Eliano en el siglo III d. C., y resultan odiosos para el hombre precisamente porque han sido bendecidos con unas armas tan poderosas. Basándose en sus propias observaciones de la naturaleza, Eliano infirió que Hércules y otros héroes griegos discurrieron la idea de envenenar sus flechas al contemplar a las avispas zumbando sobre el cadáver de alguna serpiente. Y es que, en la Antigüedad, resultaba generalmente aceptado que los insectos con aguijón incrementaban la potencia de sus defensas apropiándose del veneno de las serpientes muertas y que estos reptiles, a su vez, vigorizaban su ponzoña alimentándose de plantas venenosas. Un principio similar se aplicaba a las flores dañinas como el acónito, del que se decía que extraía sus nutrientes de los vapores malsanos que manaban de los accesos al inframundo. De idéntica manera, un hombre podía amplificar el poder de sus armas aplicándoles toxinas animales o vegetales. En palabras del propio Eliano: «Hércules untó sus flechas en el veneno de la Hidra, de la misma manera que las avispas ungen y afilan sus aguijones».
El efecto purgante inmediato del eléboro lo que hizo de esta planta el remedio prescrito de forma más habitual para todo tipo de males: parece seguro que, si algunos pacientes sobrevivían, lo hacían debido a lo violento de los vómitos y diarreas provocados. Según explicaba Plinio, la reputación del eléboro evocaba «un terror tal», que someterse al tratamiento requería de un gran coraje, tanto por parte del paciente como del médico. En efecto continuaba Plinio, «los diversos colores de los vómitos son terroríficos de ver, y aún peor la turbación de observar las heces».
El eléboro era también, evidentemente, una elección excelente para envenenar los dardos. Los escritores antiguos lo señalan como una de las «drogas para flechas» empleadas por los melenudos galos para cazar jabalíes salvajes y otras presas.
El acónito del Himalaya (denominado bish o bikh ) era tan letal que las ovejas que atravesaban las zonas en las que crecía habían de ser provistas de bozal. Este «acónito de montaña» se empleaba en la antigua India para envenenar las flechas y todavía en la actualidad lo usan los cazadores furtivos indios para matar elefantes y hacerse con el marfil de sus colmillos. A comienzos del siglo XIX, los gurkhas de Nepal consideraban la planta «una gran protección contra los ataques de los enemigos», pues podían devastar ejércitos enteros envenenando con picadura de acónito los pozos de agua de los que aquellos se abastecían.
Eliano, el hiosciamo o beleño (Hyoscyamus niger ), una hierba pegajosa, verde-grisácea y hedionda que contiene dos poderosas toxinas narcóticas, la hiosciamina y la escopolamina, debía recogerse sin tocar ninguna parte de la planta; precaución que no era superflua, pues todas las partes del beleño son venenosas. Un método primitivo para hacerlo era remover la tierra en torno a sus raíces con un puñal, para, a continuación, atar el tallo a la pata de un pájaro amaestrado, de tal manera que, cuando al ave remontara el vuelo, la planta quedara desenraizada.

El primer caso histórico documentado de envenenamiento expreso de una fuente de agua potable tuvo lugar en Grecia durante la Primera Guerra Sagrada. A la altura de 590 a. C., varias ciudades-estado helenas crearon una anfictionía para proteger el santuario de Delfos, sede del famoso oráculo de Apolo. En la Primera Guerra Sagrada, la anfictionía (liderada a la sazón por Atenas y Sición) atacó a la bien fortificada ciudad de Cirra, que controlaba la vía de comunicación entre el golfo de Corinto y Delfos. Cirra se había apropiado, al parecer, de parte de las tierras sagradas de Apolo y maltrataba a los peregrinos que viajaban hacia el santuario. Según relata el orador ateniense Esquines (siglo IV a. C.), la anfictionía envió una delegación para consultar al oráculo de Apolo en Delfos sobre los crímenes religiosos de Cirra. El dios respondió que la guerra total contra la ciudad era pertinente: Cirra debía ser completamente destruida y su territorio esquilmado.
Al margen del envenenamiento de los pozos de las ciudades, existían otras formas de aprovecharse de ambientes naturalmente insanos, o incluso de crear entornos contaminados para incapacitar o hacer enfermar a los enemigos. La polución de las aguas y la vegetación a lo largo de la ruta por la que los adversarios debían marchar era una estratagema bien conocida en la antigua India, incluso el Artha-shastra de Cautilia sugiere diversos cócteles venenosos para emponzoñar los suministros de agua y comida del enemigo.

Uno de los incidentes más citados en los primeros anales de la guerra biológica tuvo lugar en 1346. Ese año, los mongoles catapultaron los cadáveres de sus propios soldados, infectados por la peste bubónica, sobre las murallas de Cafa, una fortaleza genovesa erigida a orillas del mar Negro e introdujeron así la temible epidemia en Europa. Tan macabro episodio ocurrió siglos antes de que la epidemiología se desarrollara formalmente, pero los científicos modernos demuestran que, incluso si los propios cadáveres no fueron el principal vector de las pulgas que propagaban la peste negra, la inhalación de los microbios de Yersinia pestis transportados por el aire y que permanecerían sobre los cadáveres y sus ropas podría haber provocado la variante respiratoria, fatal con frecuencia, de la epidemia. Para llevar a efecto un acto semejante de guerra bacteriológica, los mongoles tan solo necesitaron saber que la proximidad de cadáveres fallecidos a causa de una epidemia provocaba, casi con seguridad, nuevas muertes.
Aparte del resultado biológico de la actuación de los mongoles, el impacto psicológico debió de ser horrendo y el miedo, al fin y al cabo, ha sido siempre uno de los objetivos principales de la guerra biológica.
La idea de la «doncella venenosa» podría contener un germen de verdad. La comparación de las bellas muchachas con las serpientes partía de la noción de que los encantadores de serpientes se inmunizaban ingiriendo pequeñas dosis de veneno y de que, tal y como apunta el folclorista Norman Penzer que se creía en la Antigüedad, su mordedura era tan letal como la de los propios reptiles. Aunque Penzer también investigó otra posibilidad, la de que el «veneno» transmitido por el contacto íntimo con las letales doncellas respondiera en realidad a una enfermedad venérea o a cualquier otra dolencia infecciosa fatal transmitida mediante el contacto directo entre individuos, como la viruela.
También esta estrategia de remitir a los enemigos mujeres portadoras de enfermedades pero sexualmente apetecibles reaparece de nuevo en la historia militar posterior. Durante la campaña de Nápoles de 1494, por ejemplo, los españoles no solo envenenaron el vino francés con sangre contaminada, sino que también, según el escritor médico Gabriele Fallopia, «condujeron intencionalmente a bellas prostitutas infectadas hacia el campamento francés enemigo».

La mandrágora, una raíz de potentes efectos narcóticos perteneciente a la mortífera familia de la belladona, crecía en el norte de África, por lo que resultaba bien conocida en Cartago. Se trataba, además, de una droga recurrente (y temida) en las tradiciones antiguas. Como sucedía con el eléboro, se distinguían dos tipos de mandrágora, la blanca (macho) y la negra (hembra), y, al igual que ocurría con el eléboro, la cosecha de esta planta quedaba restringida a los chamanes que conocían los rituales apropiados para llevarla a cabo. Con la espalda vuelta al viento, el recolector debía trazar primero con una espada tres círculos en torno a la planta y, acto seguido, debía excavar sus raíces mirando siempre hacia occidente. Algunos creían que los rizomas emitían alaridos cuando eran arrancados del suelo y que quien escuchaba tan terribles sonidos moría al instante. Para evitarlo, un herborista acostumbraba a atar el tallo de la mandrágora a la pata de un perro, que se encargaba de desarraigar la planta cuando su dueño le llamaba desde una distancia segura. Las fétidas raíces eran cortadas en rodajas y secadas al sol y después trituradas o cocidas y conservadas en vino.

Todo el mundo «detesta a los escorpiones», coincide Eliano. El miedo que producían fue empleado en el terreno de lo simbólico por los antiguos griegos, quienes pintaban dibujos de escorpiones (y de serpientes) en sus escudos para aterrorizar a sus enemigos. A comienzos del siglo I d. C., los escorpiones se convirtieron en el emblema oficial de la temible Guardia Pretoriana romana, las tropas que actuaban como escolta personal de los emperadores. Y no es casualidad tampoco que las modernas armas del Ejército estadounidense hayan sido bautizadas con nombres como «escorpión», «aguijón», «avispón» o «cobra» , tanto para infundir confianza entre las tropas que las enarbolan como para aterrorizar a sus objetivos.
Según Eliano, la picadura de algunas especies de escorpiones mataba al instante y en la península del Sinaí los escorpiones gigantes llegaban a atacar a los lagartos y a las cobras. Bastaba con que alguien «pisara las heces de estos escorpiones [para que] desarrollara úlceras en los pies». En la Antigüedad se conocían once tipos de escorpiones distintos: blancos, rojos, de color humo, negros, verdes, barrigones, con forma de cangrejo, de un vivo color rojo-anaranjado, los escorpiones de doble aguijón, los de siete segmentos y los alados.
Quizá el último caso del empleo como arma de un animal ardiendo fue protagonizado por Tamerlán, el gran conquistador oriental, que en 1398 acometió la conquista de Delhi, protegida por los 120 elefantes de guerra del sultán indio. Los guerreros de Tamerlán solían cabalgar sobre camellos, pero, en aquella ocasión, Tamerlán ordenó cargar las monturas con fardos de paja y prenderles fuego. En cuanto los camellos en llamas comenzaron a correr hacia el enemigo, los elefantes del sultán huyeron aterrorizados.
La imagen de unos pávidos cerdos ardiendo o de unos torpes camellos en llamas puede parecer macabramente hilarante, pero a partir de ella solo hay que dar un pequeño paso para imaginar el terror y la agonía que experimentaron los seres humanos que terminaron siendo pasto de unas llamas corrosivas e inextinguibles.

Los primeros proyectiles incendiarios fueron simples flechas envueltas en fibras vegetales inflamables (lino, cáñamo o paja, a menudo denominadas «estopa») a las que se prendía fuego. Las flechas en llamas fabricadas con estos materiales podían resultar muy eficaces a la hora de destruir empalizadas de madera desde una distancia segura. De hecho, cuando los persas invadieron Grecia, capturaron Atenas en 480 a. C. valiéndose de flechas en llamas recubiertas de cáñamo.
Los sencillos proyectiles de estopa en llamas «no eran lo bastante destructivos y letales» como para satisfacer durante mucho tiempo a los estrategas antiguos, comenta Alfred Crosby. No resultaban de mucha utilidad contra las murallas de piedra, por ejemplo, y los incendios que provocaban podían ser fácilmente sofocados con agua. «Lo que se buscaba era algo que ardiera ferozmente, se adhiriera con tenacidad y resistiera al agua». Pero, ¿qué tipo de aditivos químicos podrían alimentar un fuego tan intenso como para destruir murallas y máquinas, capturar ciudades y aniquilar ejércitos enemigos?
El primero al que se recurrió fue una sustancia química vegetal, la brea, una resina inflamable extraída de las coníferas. Tiempo después, a partir de la destilación de la brea se obtuvo la trementina. Los fuegos resinosos, en efecto, arden con potencia y la pegajosa savia que los alimenta resiste al agua. Las flechas podían untarse en brea y encenderse, o bien la sustancia podía emplearse para propagar incendios que calcinaran el equipamiento enemigo. Pronto se descubrieron otros acelerantes minerales capaces de avivar o de aumentar el poder combustible de las armas.
¿Qué era, exactamente, ese «terrible agente de destrucción» conocido como fuego griego? La historia de cómo las fórmulas bizantinas e islámicas, guardadas con celo como secretos de Estado, se perdieron de manera definitiva y de cómo en la India y China no tardaron en desarrollarse arsenales similares ha sido narrada en detalle en la literatura militar moderna. A grandes rasgos, el fuego griego era un sistema armamentístico diseñado para desintegrar los buques enemigos durante un combate naval. Constaba, por lo que parece, de una refinada munición química y de un ingenioso sistema para propulsarla, basado en calderos, sifones, tubos y bombas.
El principal ingrediente de dicha munición era la nafta que, tal y como se ha explicado, se utilizaba ya en la antigua Mesopotamia como sustancia incendiaria con la que rociar a los sitiadores o para arrojarla contra ellos, que tiempo después alimentó las granadas incendiarias que catapultaban los mangoneles inventados en Damasco y empleados por los musulmanes para bombardear fortificaciones. Los bizantinos llevaban sirviéndose de pequeños sifones y jeringas para expeler modestos chorros de petróleo incendiario desde un momento tan temprano como el año 513 d. C.
El fuego griego constituía el arma definitiva de su tiempo. «Todo hombre al que toca se sabe perdido, todo barco atacado con él termina devorado por las llamas», escribía un cruzado en 1248. Partington, el historiador del fuego griego, compara las reacciones horrorizadas que este desencadenaba con el terror moderno a la bomba atómica. En 1139, el Segundo Concilio de Letrán, siguiendo los ideales occidentales de la caballería y la guerra honorable, decretó que el fuego griego y demás armas incendiarias similares eran «demasiado letales» para emplearlas en Europa.

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This was a pretty thorough look at the different types of biological and chemical weapons use in ancient warfare. It is broken down into sections, each detailing a different type of tactic. She describes how poisons, incendiaries, biological weapons (such as plague corpses), and even animals (such as hornet’s nests) were used, and cites examples of battles in which these techniques were employed.
I thought this was very enlightening read. Many people assume that the use of biological and chemical weapons is an issue that is unique to our current society, but this book shows that this type of warfare is nothing new. The ancients knew how to fight dirty, and their battles weren’t exactly as fair and honorable as some romantics would have us think. At the same time, these ancient civilizations battled with the same issues of conscience that our civilization is facing today as to the use of these highly effective, but often needlessly destructive, techniques. It’s definitely food for thought. I enjoyed this author’s style of writing. She was able to share this material in a way that was informative, but still interesting, and not at all dry as some historical narratives can be. I would recommend this book to anyone interested in ancient history and seeing how our own society mirrors these past events.

In the ancient world, war was commonplace and appeared around the globe at various times. An assortment of weapons and strategies were used among these wars, but what was the most feared weapon of antiquity? The author of the historical non-fiction book, Greek Fire, Poison Arrows, and Scorpion Bombs, Adrienne Mayor, highly believes that biochemical weapons equipped with poison, disease, and other toxins terrorized civilizations in and out of combat. Mayor made many clear remarks of how these chemical and biological weapons and strategies were made or enhanced.
Many myths and legends are incorporated into her book, including the famous Hercules and Pandora’s box. Old history and 19th century to modern day examples, such as the Scythian Persian War and the Winston Churchill Kurdistan bombings, are also integrated into the book, explaining where and how the weapons she mentions are used. Additionally, Adrienne goes over how toxic plants, venomous snakes, poison frogs, and other biological resources are used to create liquid poisons that were handled during war and hunting, and also the effects of these poisons.
Over the course of reading Greek Fire, I felt that the information was not so historically appealing. The parts I did find interesting, though, were the sections discussing weaponry, mythology, and strategies of war. I believe the subject matter of Greek Fire is not of use of many people today. It might be compelling to those who wish to learn more about ancient warfare, such as history majors or military historians. Botanists, biochemists, and epidemiologists might also be interested in this book due to the mention of plants, biochemical aspects, and disease.

However, working with virulent infectious agents, whether to create biological weapons or to design biodefenses, carries the danger of a serious «boomerang effect»: at any moment, a head of the Hydra can emerge with totally unexpected consequences. As will be seen in subsequent chapters, the decision to employ biological or chemical warfare tactics is a true double-edged sword. Mishaps, «friendly fire,» collateral damage, and self-inflicted losses are recurring episodes that accompany any attempt to use poisonous weapons, both anciently and presently.
Why has the ancient world been until now unexplored territory for the history of chemical and biological warfare? First, many historians, as well as the general public, have assumed that biochemical weaponry requires scientific knowledge that had not yet been developed in ancient times. Furthermore, it is believed that, even if cultures of the past knew how to fight toxins and combustible substances, they generally refrained from doing so out of respect for the traditional rules of warfare. The third reason probably derives from the difficulty of systematizing a whole host of little-known and widely dispersed data on biochemical weapons and their prototypes in the ancient world.

The current «war against terrorism» has promoted the use of new weapons considered non-lethal, such as «sedative mists», designed to calm, disorient or stun enemies, incapacitating them to defend themselves. The same principle was applied on the battlefield as a result of the ingenious plan with which the ancient Greeks conquered Ionia (part of present-day Turkey). The victories thanks to the intoxication of the adversary took place in ancient times in the military confrontations fought in Gaul, North Africa, Asia Minor and Mesopotamia, using natural «sedatives» such as toxic honey, drugged sacrificial bulls, whole barrels of alcohol or wine mixed with mandrake.
And what about the fetid war? And with acoustic weapons? In recent years, the Pentagon has announced the development of «psychologically toxic» weapons designed by bioengineers to assault the senses with unbearable odors and sound waves. Well, more than two millennia ago, armies marching across Asia and Germany used noxious smells and shrill sounds to overwhelm their enemies.
The napalm? Invented in the 1940s, the devastating effects of this oil-based weapon that flows like water and clings like glue became infamous in Vietnam three decades later. Greek fire, with similar properties, became the most fearsome of the incendiary weapons of the Byzantine-era fleets, until its formula was lost forever. But many centuries before it was invented in 668 AD. C., oil and other chemical substances were already combined to create horrendous mixtures that fanned an unquenchable fire, of which the Roman legionaries were victims on successive occasions during their campaigns in the Middle East.

In short, despite the widespread sentiment in ancient times that biological weapons were cruel and dishonorable, we have ample evidence that in certain cases they were used.
It is logical, and even expected, that those who use biochemical weapons will reap a «whirlwind of unexpected results.» The notion that biological warfare is a double-edged sword originated in ancient mythology, but has survived throughout the long history of this type of warfare.

It was none other than Hercules, the greatest hero in Greek mythology, who invented the first biological weapon that we have evidence of through Western literature. When he decided to anoint his arrows in snake venom, he kicked off not only biological warfare itself, but all its unexpected consequences as well. And it is that the deepest roots of the concept of «biological weapons» can be traced far back in time, even before the Greek myths were systematized in writing by Homer in the eighth century BC. Poison and arrows were closely interrelated in the Hellenic lexicon itself. Thus, the word used for «poison» in ancient Greek, toxicon, derives from toxon, «arrow,» while in Latin the word for «poison,» toxic, was apparently generated from taxus, «yew », Since the first poisoned arrows were smeared with the lethal juice of the berries of that tree. In ancient times, then, to say of a substance that it was «toxic» literally meant to affirm that it was «something for the bow and arrows.»
Despite the importance that the bow and arrows have always held in Greece since the Bronze Age, Homer and many other writers maintain that archers were treated with disdain because they shot their opponents from a safe distance. Long-range projectiles implied, in this view, a reluctance to engage the enemy at close range. And, of course, those who used poison-soaked projectiles seemed even more vile and cowardly. The ambushes and attacks from behind were in response to another military practice that, like poisoned arrows, were generally attributed to the barbarians. Traditional Greek (and Roman) warfare was supposed to be based on hand-to-hand combat, from close up and between homologous subjects, a combat that was unleashed when lines of soldiers armed with similar weapons and armor.
Poisoned projectiles, created to inflict extreme suffering and ignominious death, were more fearsome than melee combat with swords, spears, axes, and maces. Poison arrows killed, but never cleanly. In Quintus’s words, they inflicted «frightful wounds that made even the mightiest of men faint in incurable pain.» A mere scratch could cause a gruesome, rotting injury that turned the bravest warriors like Philoctetes into pathetic subhumans. Even a superhero like Hercules lost his temper from the excruciating pain caused by the poisoned robe, which led him to uproot trees and overturn altars, obliterating everything in his path like a wild beast.

Poisonous animals feel «very confident» when they attack, the naturalist Aelianus commented in the third century AD. C., and they are hateful to man precisely because they have been blessed with such powerful weapons. Based on his own observations of nature, Aelianus inferred that Hercules and other Greek heroes came up with the idea of poisoning their arrows when they saw wasps buzzing over the corpse of some snake. And it is that, in antiquity, it was generally accepted that sting insects increased the power of their defenses by appropriating the venom of dead snakes and that these reptiles, in turn, invigorated their poison by feeding on poisonous plants. A similar principle applied to harmful flowers such as aconite, which was said to extract its nutrients from the unhealthy vapors that flowed from the entrances to the underworld. In the same way, a man could amplify the power of his weapons by applying animal or plant toxins to them. In the words of Aelianus himself: «Hercules anointed his arrows in the poison of the Hydra, in the same way that wasps anoint and sharpen their stingers.»
The immediate purgative effect of hellebore made this plant the most commonly prescribed remedy for all kinds of illnesses: it seems certain that, if some patients survived, they did so due to the violent vomiting and diarrhea caused. As Pliny explained, the reputation of the hellebore evoked «such a terror» that undergoing the treatment required great courage, both on the part of the patient and the doctor. Indeed, Pliny continued, «the various colors of vomiting are terrifying to see, and even worse the embarrassment of looking at feces.»
Hellebore was evidently also an excellent choice for poisoning darts. Ancient writers point to it as one of the «arrow drugs» used by long-haired Gauls to hunt wild boar and other prey.
The Himalayan aconite (called bish or bikh) was so lethal that sheep crossing the areas where it grew had to be muzzled. This «mountain monkshood» was used in ancient India to poison arrows and is still used today by Indian poachers to kill elephants and seize ivory from their tusks. At the beginning of the 19th century, the Gurkhas of Nepal considered the plant «a great protection against the attacks of the enemies», since they could devastate entire armies by poisoning with the sting of aconite the water wells from which they were supplied.
Aelianus, the hyoscyamus or henbane (Hyoscyamus niger), a sticky, grayish-green and smelly herb that contains two powerful narcotic toxins, hyoscyamine and scopolamine, had to be collected without touching any part of the plant; This precaution was not superfluous, since all parts of the henbane are poisonous. A primitive method of doing this was to remove the soil around its roots with a dagger, and then tie the stem to the leg of a trained bird, in such a way that, when the bird took flight, the plant would be uprooted .

The first documented historical case of express poisoning of a drinking water source took place in Greece during the First Holy War. At the height of 590 a. C., several Hellenic city-states created an amphiction to protect the sanctuary of Delphi, seat of the famous oracle of Apollo. In the First Holy War, the amphiction (led at the time by Athens and Sition) attacked the well-fortified city of Cirra, which controlled the communication route between the Gulf of Corinth and Delphi. Cirra had apparently appropriated part of the sacred lands of Apollo and mistreated the pilgrims who traveled to the sanctuary. According to the Athenian orator Aeschines (4th century BC), the amphictionia sent a delegation to consult the oracle of Apollo at Delphi on the religious crimes of Cirra. The god replied that the all-out war against the city was pertinent: Cirra must be completely destroyed and his territory depleted.
Aside from poisoning city wells, there were other ways to take advantage of naturally unhealthy environments, or even to create polluted environments to incapacitate or make enemies sick. The pollution of the waters and vegetation along the route by which the adversaries had to march was a well-known ploy in ancient India, even the Artha-shastra of Cautilia suggests various poisonous cocktails to poison food and water supplies. of the enemy.

One of the most cited incidents in the early annals of biological warfare took place in 1346. That year, the Mongols catapulted the bodies of their own soldiers, infected by the bubonic plague, over the walls of Cafa, a Genoese fortress erected on the banks from the Black Sea and thus introduced the fearsome epidemic in Europe. Such a macabre episode occurred centuries before epidemiology was formally developed, but modern scientists show that, even if the corpses themselves were not the main vector of the fleas that spread the Black Death, inhalation of Yersinia pestis microbes carried by the air and that would remain on the corpses and their clothes could have caused the respiratory variant, often fatal, of the epidemic. To carry out such an act of bacteriological warfare, the Mongols only needed to know that the proximity of corpses killed by an epidemic almost certainly caused new deaths.
Aside from the biological result of the Mongol action, the psychological impact must have been horrendous and fear, after all, has always been one of the main targets of biological warfare.
The «poison maiden» idea might contain a germ of truth. The comparison of beautiful girls with snakes was based on the notion that snake charmers immunized themselves by ingesting small doses of venom and that, as the ancient folklorist Norman Penzer points out, their bite was so lethal like that of the reptiles themselves. Although Penzer also investigated another possibility, that the «poison» transmitted by intimate contact with the deadly maidens was actually a venereal disease or any other fatal infectious disease transmitted through direct contact between individuals, such as smallpox.
Also this strategy of sending disease-bearing but sexually palatable women to enemies reappears again in later military history. During the Naples campaign of 1494, for example, the Spanish not only poisoned French wine with contaminated blood, but also, according to medical writer Gabriele Fallopia, «intentionally led beautiful infected prostitutes into the enemy French camp.»

The mandrake, a potent narcotic root belonging to the deadly family of belladonna, grew in North Africa and was therefore well known in Carthage. It was also a recurring (and feared) drug in ancient traditions. As with the hellebore, two types of mandrake were distinguished, the white (male) and the black (female), and, as with the hellebore, the harvest of this plant was restricted to shamans who knew the appropriate rituals. to carry it out. With his back turned to the wind, the harvester had to first trace three circles around the plant with a sword and, immediately afterwards, he had to dig its roots always facing west. Some believed that the rhizomes emitted screams when they were pulled from the ground and that whoever heard such terrible sounds died instantly. To avoid this, an herbalist used to tie the mandrake stem to the leg of a dog, which was responsible for uprooting the plant when its owner called from a safe distance. The fetid roots were cut into slices and dried in the sun and then crushed or cooked and preserved in wine.

Everyone «hates scorpions», agrees Eliano. The fear they produced was used in the realm of the symbolic by the ancient Greeks, who painted pictures of scorpions (and snakes) on their shields to terrorize their enemies. At the beginning of the 1st century AD. C., the scorpions became the official emblem of the fearsome Roman Praetorian Guard, the troops that acted as personal escort of the emperors. And it is not by chance that modern US Army weapons have been dubbed names like «scorpion,» «stinger,» «hornet,» or «cobra,» both to instill confidence among the troops that fly them and to terrorize their targets. .
According to Aeliano, the sting of some species of scorpions killed instantly and in the Sinai peninsula, giant scorpions attacked lizards and cobras. It was enough for someone to «step on the feces of these scorpions [for] to develop foot ulcers.» Eleven different types of scorpions were known in ancient times: white, red, smoke-colored, black, green, pot-bellied, crab-shaped, with a bright red-orange color, double scorpions, seven-segment scorpions and winged.
Perhaps the last instance of the use of a burning animal as a weapon was carried out by Tamerlane, the great eastern conqueror, who in 1398 undertook the conquest of Delhi, protected by the 120 war elephants of the Indian Sultan. The warriors of Tamerlane used to ride camels, but on this occasion, Tamerlane ordered the saddles to be loaded with bales of straw and set on fire. As soon as the burning camels started running towards the enemy, the sultan’s elephants fled in terror.
The image of pale pigs on fire or clumsy camels on fire may seem macabrely hilarious, but from it you only have to take a small step to imagine the terror and agony experienced by humans who ended up being fired by corrosive and inextinguishable flames.

The first incendiary projectiles were simple arrows wrapped in flammable vegetable fibers (flax, hemp or straw, often referred to as «tow») that were set on fire. Burning arrows made of these materials could be very effective in destroying wooden palisades from a safe distance. In fact, when the Persians invaded Greece, they captured Athens in 480 BC. C. using flaming arrows covered in hemp.
Simple burning tow shells «weren’t destructive and deadly enough» to long satisfy ancient strategists, says Alfred Crosby. They were of little use against stone walls, for example, and the fires they caused could easily be doused with water. «What you were looking for was something that burned fiercely, clung tenaciously and resisted water.» But what kinds of chemical additives could fuel a fire so intense as to destroy walls and machines, capture cities and annihilate enemy armies?
The first resort to was a plant chemical, pitch, a flammable resin extracted from conifers. Later, turpentine was obtained from the distillation of the pitch. In fact, resinous fires burn with power and the sticky sap that feeds them is resistant to water. Arrows could be tarred and ignited, or the substance could be used to spread fires that scorched enemy equipment. Other mineral accelerators capable of enlivening or increasing the fuel power of weapons were soon discovered.
What, exactly, was that «terrible agent of destruction» known as Greek fire? The story of how Byzantine and Islamic formulas, jealously guarded as state secrets, were lost for good and how similar arsenals soon developed in India and China has been narrated in detail in modern military literature. Broadly speaking, Greek fire was a weapons system designed to disintegrate enemy ships during naval combat. It consisted, it seems, of a refined chemical ammunition and an ingenious system to propel it, based on cauldrons, siphons, tubes and pumps.
The main ingredient in this ammunition was naphtha, which, as has been explained, was already used in ancient Mesopotamia as an incendiary substance with which to spray the besiegers or to throw it at them, which later fed the incendiary grenades that catapulted the mangonels invented in Damascus and used by the Muslims to bombard fortifications. The Byzantines had been using small siphons and syringes to expel modest jets of incendiary oil from as early as 513 AD. C.
Greek fire was the ultimate weapon of its time. «Every man he touches is known to be lost, every ship attacked with him ends up engulfed by flames,» wrote a crusader in 1248. Partington, the Greek fire historian, compares the horrified reactions it unleashed with the modern terror of the bomb atomic. In 1139, the Second Lateran Council, following Western ideals of chivalry and honorable warfare, decreed that Greek fire and similar incendiary weapons were «too lethal» for use in Europe.

4 pensamientos en “Fuego Griego, Flechas Envenenadas Y Escorpiones — Adrienne Mayor / Greek Fire, Poison Arrows & Scorpion Bombs: Biological and Chemical Warfare in the Ancient World by Adrienne Mayor

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