La Tumba De Lenin: Los Últimos Días Del Imperio Soviético — David Remnick / Lenin’s Tomb: The Last Days of the Soviet Empire by David Remnick

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Tenía en mi cabeza que sería una historia tradicional de arriba hacia abajo sobre la perestroika, la glasnost y la caída de la Unión Soviética, una historia de volar en la pared en los pasillos del poder. Lo que Remnick busca es posiblemente más ambicioso e interesante: está tratando de trazar el cambio de actitudes que precipitó el colapso del estado soviético en 1991 (tal vez debería haber tomado una pista de El puentede Remnick, que adopta una estructura similar para explorar el significado de las elecciones de Obama en 2008).
Su enfoque tiene una línea narrativa suelta, pero generalmente es caleidoscópico, viajando desde las huelgas de mineros en Asia central hasta las protestas nacionalistas en los Balcanes, desde los fanfarrones ‘millonarios’ que aprovecharon las oportunidades de arbitraje dejadas por una mala planificación central para beneficiarse generosamente a los ancianos. Estalinistas que ven el declive del colectivismo de la misma manera que los evangélicos estadounidenses ven el surgimiento del matrimonio homosexual. Es mejor presentar una serie de momentos memorables en el paso de un régimen a otro: jóvenes comunistas en Leningrado animando a Gordon Gecko en una proyección oficial de WALL STREET; ‘Miss KGB’, una reina de belleza que hace sesiones fotográficas para la policía secreta para vender un mensaje a favor de la perestroika (me recordó a la cuenta de Twitter de la CIA); y la autocompasión de los funcionarios del Partido que, por primera vez, tienen que lidiar con las llamadas airadas de los electores sobre la recolección de basura y los baches.
La tesis de Remnick es que la perestroika permitió un momento poco común en el que la población en general de Rusia pudo comprometerse con su historia y donde los intentos de desalojar la verdad sobre el estado soviético fueron motivo de preocupación general. Con su enfoque en la memoria y las atrocidades, Remnick a menudo me recordaba el documental THE ACT OF KILLING (sobre las atrocidades que acompañaron el ascenso al poder de Suharto). La tumba de Lenin a menudo tiene una cualidad igualmente abrasadora.
Si tengo una queja, y tal vez esto sea injusto, para un libro escrito en 1993, es que la calidad caleidoscópica hace que sea un poco difícil ver la causalidad. La parte más fuerte del libro se refiere al golpe de agosto de 1991, que es una historia sencilla (que involucra a muchas de las figuras ya descritas en el libro) que demuestra la tesis de Remnick sobre el cambio de actitudes. (Aunque mientras escribo esto, no estoy seguro de por qué sentí que Remnick no ser fuerte en la narrativa era un fracaso; LA PROMESA DEL NUEVO SUR es uno de mis libros de historia favoritos de todos los tiempos, y eso es puro caleidoscopio. Quizás sea que Remnick está tratando de mostrar un proceso de cambio, pero su estilo a veces oscurece ese proceso).
Cogí este libro porque últimamente he estado pensando mucho en Rusia y pensé que me ayudaría a entender un poco más ese país. Siento que ciertamente lo hizo, y lo recomendaría.

Mientras tanto, como muchas personas le describieron a Remnick, el sistema comunista convirtió a la gente común en «robots», obligados a realizar trabajos sin sentido por una gran mentira y negando cualquier sentido de lo trascendente o de una vida interior. Al leer el libro y enfrentarse a la escala de atrocidades cometidas por la URSS (los segmentos de los campos de trabajo esclavo en masa que comprendían gran parte del país eran escalofriantes) se hace posible imaginar cómo habría sido el mundo si hubiera El sistema nazi perduró durante décadas más. Hay mucho de qué quejarse en los Estados Unidos contemporáneos y no es el paraíso obvio que alguien como Remnick puede ver, pero no se parece en nada al sistema soviético que aniquiló a Rusia y Asia Central durante el siglo pasado.
Este libro fue escrito en un momento en el que Estados Unidos y su sistema socioeconómico parecían haber triunfado limpiamente sobre toda competencia. Como tal, hay un trasfondo de triunfalismo liberal a lo largo del libro, que ahora se siente un poco anticuado. No obstante, es una historia incomparable del período soviético tardío y probablemente aún sea una lectura obligada para aquellos interesados en la Guerra Fría. En la desaparición de la URSS que Remnick presenció, ya había indicios de la forma que tomaría la Rusia postsoviética. La KGB y su aparato de poder estaban listos y eran capaces de tomar el poder incluso cuando el edificio más grande del régimen colapsó. Comprender esta historia, así como la pesadilla del siglo XX que sufrieron Rusia y aquellos bajo su dominio imperial, es vital para comprender la actitud de ese país hacia el mundo actual.

Durante los años posteriores a la muerte de Stalin, el Estado no fue más que un tirano senil de espalda encorvada y cabeza gacha, con cataratas, cálculos biliares y músculos flácidos. El tirano usaba zapatos de plástico y un traje brillante que apestaba a sudor. Tragaba como un cerdo y se orinaba en los pantalones. Por las mañanas, su lengua estaba cubierta del sabor ceniciento del tiempo transcurrido. Mascullaba entre dientes sin que le importara. Sus ideas, que brotaban a borbotones como nubes en una tormenta, solo adquirían lucidez un par de veces al año para recitar las viejas leyendas del Gran Octubre y de la Gran Guerra Patriótica. En ocasiones, se sentaba en la oscuridad de su despacho y ponía sobre el tapete verde de la mesa todos los regalos recibidos de manos extranjeras: la antigua pitillera, la torre Eiffel de plata, los lapiceros de colores, el pisapapeles de cristal. El Estado estaba notoriamente senil, pero aún era suficientemente peligroso. Todavía conservaba en su poder la llave de la verja de la frontera y gobernaba cada acto de la vida pública. De tanto en tanto sufría convulsiones y el mundo temblaba.
¿Cómo sobrevivía el Estado, cómo transcurría su pasar de un día a otro? Era un misterio. La historia era un cuento de hadas y el mecanismo de la vida diaria, una gran máquina que de alguna manera, aunque a duras penas, se mantenía en movimiento. De no haber sido por la explotación de los yacimientos petrolíferos soviéticos y por la crisis energética mundial, la economía posiblemente habría sucumbido mucho antes. A comienzos de los años ochenta, los informes del KGB indicaban que las reservas, producto de las utilidades del petróleo, se habían agotado. «El abismo nos espera», anunciaba un tajante informe de la policía secreta.

El Estado nunca llegó a desmoronarse. Al menos había pan, y los desfiles militares marcaban el triunfo de la perseverancia del Estado. Incluso el desfile del Primero de Mayo de 1988 no fue muy diferente de los anteriores. Yo me ubiqué en la zona de reporteros, justo a la derecha del mausoleo de Lenin, y pude ver a los líderes aparecer ligeramente avergonzados, pero también complacidos de que todo estuviera en su lugar: el retrato de Lenin siempre colgando de la pared lateral de los almacenes estatales GUM; la exhibición de «cultura física» con hombres fuertes y con gimnastas mostrando sus destrezas; los trabajadores de las plantas automotrices de Moscú portando los carteles que habían recibido por la mañana y bebiendo luego el vodka que se les había entregado al término del desfile. Solo la música había cambiado: las canciones de Pete Seeger brotaban de los altavoces del Kremlin, mientras los trabajadores de la fábrica de automóviles ZIL marchaban ante las autoridades. Tal como escribiera Sergei Ivanov, profesor soviético de historia bizantina, las raíces de los ritos del comunismo tenían su origen en Constantinopla, cuando las escasas apariciones en público de los líderes «estaban acompañadas de manifestaciones de entusiasmo minuciosamente preparadas, en que multitudes seleccionadas cantaban las canciones aprobadas oficialmente».

Dos meses después de que Mijail Gorbachov iniciara su mandato en 1985, pronunció un discurso celebrando el cuadragésimo aniversario de la victoria sobre la Alemania nazi. Allí proclamó que «el gigantesco trabajo visible e invisible fue liderado por el Partido, por su Comité Central y por el Comité de Defensa del Estado dirigido por su secretario general … Iosif Vissarionovich Stalin». Esta parte del discurso arrancó sonoros aplausos por parte de los miembros del Comité Central. En febrero de 1986, Gorbachov declaró al periódico francés L’Humanité que «el estalinismo es un concepto inventado por los detractores del comunismo y usado a gran escala para socavar a la Unión Soviética y al socialismo en general». El Partido, aseguró Gorbachov a L’Humanité, «ha llegado ya a conclusiones claras respecto del pasado». Y, finalmente, en un encuentro con escritores soviéticos en junio de 1986, Gorbachov dijo: «Si empezamos a tratar de lidiar con el pasado perderemos toda nuestra energía. Sería como aporrear a la gente en la cabeza. Y debemos avanzar. Ordenaremos los hechos del pasado. Pondremos todo en su lugar. Pero, por ahora, debemos centrar toda nuestra energía en avanzar».
Los funcionarios del Partido Comunista a lo largo y ancho del país, simplemente, no estaban de humor para destapar el tarro de las esencias, ni aunque Gorbachov lo promoviera.
La represión de los escritores y estudiosos disidentes fue solo una pequeña parte del aparato del Estado que controlaba la historia. Trapeznikov se aseguró de que la Academia de Ciencias, el Instituto de Historia, el Instituto de Marxismo-Leninismo, las universidades, los periódicos y los colegios estuvieran libres de «gentes de otras ideologías». Los bálticos o los ucranianos no podían siquiera sugerir que sus historias o culturas fueran en modo alguno diferentes de la historia rusa o soviética. Esto socavaría el mito de un destino soviético común y de un hombre soviético.

En su discurso del Día de la Revolución, Gorbachov lanzó lo que parecían ser una serie de mensajes contradictorios acerca de Bujarin: «Bujarin y sus seguidores efectivamente subestimaron, en sus cálculos y en sus actitudes teóricas, la importancia del factor tiempo en la construcción del socialismo en los años treinta …». Quería decir que Stalin estuvo en lo correcto al dar un ritmo acelerado a la colectivización de las granjas y a la construcción de gigantescas plantas industriales en los Urales, en el norte de Kazajstán y en otros lugares.
Sin embargo, más adelante en su discurso, Gorbachov dijo: «En este punto resulta útil recordar las palabras con que Lenin describía a Bujarin: “Bujarin no solo es un teórico del máximo valor e importancia en el Partido. Está también legítimamente destinado a ser el favorito de todo el Partido. Pero su visión teórica difícilmente puede entenderse como plenamente marxista, ya que en él hay algo de escolástico. Jamás aprendió lo que era la dialéctica, y dudo que alguna vez haya realmente comprendido su significado”».
La rehabilitación de Bujarin no fue tanto un gesto amable o de justicia como una justificación teórica para los principios reformistas de la perestroika de Gorbachov. Trotsky, con su llamamiento a la «revolución mundial», no proporcionó elementos de ese tipo y hasta el día del colapso del régimen nunca fue rehabilitado.
El nombre de Bujarin, que una vez estuvo asociado al de Nicolás II, o al de Hitler, en los libros oficiales de historia soviética, era ahora glorificado. Los ensayos de Bujarin y la biografía de Cohen fueron publicados oficialmente. Anna Larina salió de las sombras con una serie de entrevistas de prensa y con apariciones en las «tardes de Bujarin». Una tarde, en el Museo de la Revolución de la calle Gorky, vi juntos a Larina y Cohen en la última exposición: el mundo de Nikolai Bujarin. Las salas estaban llenas de los trabajos de Bujarin, sus recuerdos e incluso sus acuarelas.

…Gorbachov tomó la palabra y pronunció un largo discurso. Justo antes de finalizar, dijo que había sido «presentada» una idea, la que hacía eco de una sugerencia similar hecha por Jruschov en 1961: construir un monumento a las víctimas de la era de Stalin. Ahora el Partido debía finalmente aprobar la idea. Las palabras de Gorbachov sonaron artificiales, a ocurrencia tardía. Sin embargo, ese fue uno de los momentos más críticos en la vida emocional y política de la era de la perestroika. Aunque el Partido trataría más tarde de obstaculizar al grupo Monumento, aunque trataría de negarles financiación y lugares de reunión, el grupo había sembrado las primeras semillas de una lucha mucho más honda y más impredecible de lo que cualquiera pudiese imaginar.

Incluso después de que Gorbachov asumiera el poder, Karpinsky no se imaginó jamás que los cambios pudieran producirse con tanta rapidez. Y al principio no fue así. Si bien los liberales del Politburó consiguieron la dirección editorial del Moscow News para Yegor Yakovlev, el amigo de Karpinsky, y le recomendaron que transformara esa gacetilla gratuita para turistas, publicada en ruso y en algunas otras lenguas, en una «tribuna de la reforma», la glasnost fue al principio un proceso emprendido a base de señales e insinuaciones. Hoy en día, leer una pila de números del Moscow News entre 1987 y 1988 es perderse en una maraña de lenguaje sin sentido. Al principio, los obstáculos fueron inmensos y las victorias, casi insoportablemente arduas de obtener. Cuando los redactores del Moscow News quisieron publicar un simple obituario del poeta emigrado Viktor Nekrasov, el mismísimo Politburó tuvo que promulgar una autorización, y lo hizo después de mucho debate.
«Pero, aun así, el cambio fue enorme —decía Karpinsky—. La diferencia entre el “deshielo” y la glasnost era una diferencia de temperatura. Si con Jruschov la temperatura era de dos grados positivos, la glasnost la elevó a veinte. Inmensos bloques de hielo simplemente se derretían y ahora hablábamos no solo del culto a la personalidad de Stalin, sino de leninismo y de marxismo, la esencia del sistema. No se parecía en absoluto a la época de Jruschov. Aquello fue solo una pequeña abertura a través de la cual solo se veía el culto a Stalin. No hubo cambios reales. Y, como vimos, se podía invertir su curso. La burocracia, el Partido, el KGB, todo el aparato represivo de la intelligentsia y la prensa seguían en su sitio.»
Para Karpinsky, el Moscow News constituyó la apertura a un público y una rehabilitación.

El ocaso de la mafia del Partido comenzó con la muerte de Brezhnev y el breve reinado de Yuri Andropov. Aunque Andropov fue culpable de muchas cosas —siendo la más notable su campaña brutalmente eficiente contra los disidentes mientras dirigía el KGB—, representaba un regreso a la tradición de ascetismo leninista. Andropov era profundamente corrupto, una bestia. Nadie que haya estado al frente de la embajada en Budapest durante la invasión soviética de 1956 puede ser declarado inocente. «De algún modo siempre pensé que Andropov era el más peligroso de todos, simplemente porque era más inteligente que el resto», me dijo Alexander Yakovlev.
Pero la principal virtud de Andropov fue la indignación que manifestó ante la corrupción y descomposición que se había vuelto endémica bajo Brezhnev. Mientras fue jefe del KGB, Andropov dirigió una amplia investigación sobre los negocios del Partido y sobre el estado general del sistema económico del país. Después de la muerte de Brezhnev, y en sus pocos meses como secretario general, Andropov ordenó el arresto de algunos de los mafiosos más destacados del Partido y de la policía. Fue tal el terror de los peores elementos del aparato del Partido, que una serie de funcionarios de alto rango se quitaron la vida.
Los demás seguidores de Brezhnev en la cúpula no se vieron muy afectados cuando Andropov cayó seriamente enfermo. Para la mafia del Partido resultaba insoportable la idea de un pensamiento reformista que amenazara sus privilegios.
Como Gorbachov, Yeltsin era un provinciano ambicioso que había hecho carrera en el Partido Comunista. Al igual que el primero, en diferentes oportunidades había pronunciado discursos alabando la sabiduría de Leonid Brezhnev y la eterna bondad del Partido. Pero mientras que Gorbachov había pasado toda su vida laboral en el Partido, Yeltsin se incorporó tarde. Se afilió a él para progresar en la agencia constructora estatal de Sverdlovsk.

La pésima calidad de los productos: los zapatos de plástico, el agua mineral sulfurosa o las construcciones a punto de desplomarse. La decrepitud de la vida cotidiana constituía una irritación tanto para el alma como para la piel. Las toallas se volvían ásperas al primer lavado, la leche se avinagraba en un día y los automóviles recién comprados se averiaban. La principal causa de incendio en los hogares de la Unión Soviética era la explosión de aparatos de televisión. Todo esto mantenía a la gente en un estado permanente de frustración y ansiedad.
La glasnost significaba también reconocer todo esto. A veces este reconocimiento tomaba la forma de un artículo en el periódico que exhibía cierto talento y una ironía rusa que desinflaba la pomposidad soviética. La Exposición sobre los Logros Económicos, una especie de gran Centro Epcot estalinista cerca de la torre de televisión de Moscú, había exhibido durante años muestras de los triunfos soviéticos en las ciencias, la ingeniería y la carrera espacial.

Mientras los periódicos protagonizaban su propio drama generacional, la lucha más violenta era la guerra por la televisión. Resultaba perfectamente adecuado que el escenario de la violencia vivida en Vilnius hubiese sido la torre de hormigón de la televisión en las afueras de la ciudad, porque esta revolución era efectivamente una batalla por la mente de cada persona en la Unión Soviética. «La imagen en la televisión lo es todo», había sentenciado Alexander Yakovlev, y lo sabían. El que los reaccionarios volviesen a apoderarse de la televisión representaría mucho más que una derrota simbólica para la democracia. Sería el comienzo del fin.
Cuando llegué a Vilnius una semana después de la matanza, jóvenes soldados del Ejército Rojo todavía acampaban alrededor de la torre. Hacían guardia como si se tratara de la propiedad más preciada en Lituania. Y puede que lo fuera. Los soldados llevaban fusiles AK-47 colgados al hombro y lucían en el rostro una expresión tensa y atemorizada. Esos soldados eran todavía niños, de dieciocho, diecinueve y veinte años, muchos de los cuales no estaban al tanto de lo que había sucedido. Las tropas de asalto que habían llevado a cabo la operación ya habían sido evacuadas.

21 DE AGOSTO DE 1991
Miles de personas se despertaron esa mañana en las barricadas, felices de estar todavía con vida. Aún estaban allí y eso era una gran cosa. Buena parte de la conversación giraba en torno a la muerte de los tres manifestantes en el Anillo de los Jardines, la gente encajaba los detalles de esa rápida explosión de histeria y de fuego que había matado a Dmitri Komar, Ilya Krichevsky y Vladimir Usov. Pero, sobre todo, la gente estaba agotada, dolorida, todavía nerviosa y sobreestimulada por los rumores. Todavía circulaban de mano en mano las botellas de vodka y de coñac de Armenia. Nadezhda Kudinova, que emprendía el regreso a casa, estaba satisfecha; había hecho lo que tenía que hacer. Manifestó que «en las barricadas se vivió una camaradería increíble, algo que nunca se experimenta en una cola o en un autobús, donde a uno jamás le ceden el asiento. En la vida cotidiana supongo que simplemente no se da. Pero esas eran circunstancias extremas y, de algún modo, en el transcurso de esa semana conocí los aspectos más profundos de la naturaleza humana. No sabía que hubiese tanta gente bondadosa en mi país».
Lo que Kudinova y el resto no podían saber es lo que habían ganado. El golpe, si es que alguna vez arraigó, había fracasado. La combinación de confusión, estupidez, ebriedad, falta de voluntad y de previsión, y las circunstancias (¡la bendita lluvia!), habían conspirado contra el comité. Y, así como la asombrosa resistencia era fruto de un cambio en la conciencia de la gente, tampoco se podía descartar una evolución de la mentalidad de los conspiradores.
Con el fracaso del, golpe, el noticiero de la República rusa, Vesti, volvió a emitirse a las ocho de la noche. Yuri Rostov, el principal presentador, quien había censurado por el jefe de la televisión estatal, Leonid Kravchenko, apenas podía controlar su alborozo. Sonreía y contenía a duras penas las lágrimas. «¡Felicidades! —nos dijo—. ¡La junta ha llegado a su fin!»
Rostov no hizo ni el más mínimo esfuerzo por mostrarse objetivo, pero tampoco disimuló su desdén por los hombres a los que llamó «los salvadores de nuestra Madre Patria» (los conspiradores que habían planeado el golpe). Advirtió también a los telespectadores de que Rusia «no debía repetir uno de los mayores errores cometidos por Gorbachov: olvidar que el KGB era el principal opositor de la reforma». Después de presentar las asombrosas noticias del día, Rostov anunció lo que probablemente más placer le causaba, la destitución de «ese hombre que tanto amamos y que ustedes, los telespectadores, tanto admiran, Leonid Petrovich Kravchenko».
Los hombres que se habían propuesto salvar el imperio se encontraban ahora bajo arresto. Un agente de la ley les confiscó los cordones de los zapatos, los cinturones y los objetos punzantes. Era el procedimiento estándar.
Los conspiradores habían planeado el golpe para salvar al imperio soviético y conservar sus cargos. El fracaso de la intentona significaba el fin de sus carreras. Ni los movimientos de independencia bálticos ni los liberales rusos habían logrado perjudicarlos hasta ese punto. Y ahora Yazov por lo menos parecía saberlo. «Todo está claro ahora —dijo mientras lo conducían a un camión con barrotes en las ventanas—. Soy un viejo estúpido. Esta vez sí que lo he arruinado todo.

En los días que siguieron al fallido golpe, los dictadores del proletariado y sus secuaces de la sede del Comité Central se dedicaron a limpiar los escritorios y a vaciar las cajas fuertes. Hicieron trizas todo documento incriminatorio. Destruir todo lo que había en los archivos hubiese tomado meses o años; aun así, al menos existía la posibilidad de eliminar toda prueba del apoyo brindado por el Partido al golpe, así como los documentos comprometedores.
El tiempo apremiaba. Miles de manifestantes furiosos vociferaban frente a las ventanas del Comité Central exigiendo la disolución del Partido, la confiscación de sus bienes. La misma multitud de estudiantes, amas de casa, trabajadores e intelectuales que había defendido la Casa Blanca, ahora se desplegaba por la ciudad, derribando los monumentos del régimen y sosteniendo letreros que ponían «MUERTE AL KGB», «EL PARTIDO A CHERNOBYL» o «EL PARTIDO AL BANQUILLO». Pero las máquinas para triturar papeles comenzaron a atascarse y a averiarse, una tras otra.
A los hombres del Partido no les importaba solamente el juicio de la historia. No querían dejar nada para las masas. Hasta el último momento, los guió un sereno sentido de sus derechos. Robaron teléfonos, ordenadores, máquinas de fax, televisores y cámaras de vídeo.
Incluso después de volver de su cautiverio tras el fallido golpe de Estado, Gorbachov siguió defendiendo al Partido Comunista. Era su heredero, su protector, y no estaba dispuesto a abandonarlo ni a destruirlo. En su primera rueda de prensa después del golpe, Gorbachov habló con franqueza acerca de su lealtad a la «vía socialista» y a la «renovación» del Partido. A quien quisiera escucharlo le decía que había regresado a un «país diferente», pero no parecía comprender del todo el significado de esas palabras.
Alexander Yakovlev, el asesor más cercano de Gorbachov, sintió que le hervía la sangre al asistir a la rueda de prensa. Durante seis años, Yakovlev había presionado a Gorbachov para que marginara a la nomenklatura de miras estrechas y se aliara con la intelligentsia urbana y las fuerzas proindependencia de los estados bálticos; con todos aquellos que buscaban una transformación del viejo orden. Pero Gorbachov se negaba, insistiendo en que el Partido «había iniciado la perestroika y seguiría encabezándola». Incluso ahora, después de haber sido víctima del golpe, Gorbachov era incapaz de distinguir entre lo que era justo y lo que era necesario.

No hay un solo ámbito de actividad ni una sola institución libre de la variante más brutal de corrupción. Rusia ha criado una mafia de alcance mundial. Según Luciano Violante, presidente de la comisión parlamentaria italiana encargada de investigar a la mafia, Rusia es en la actualidad «una especie de capital estratégica del crimen organizado desde la que se ponen en marcha todas las operaciones importantes». Dijo que los jefes de las bandas rusas han celebrado reuniones con las tres principales organizaciones delictivas italianas, de Sicilia, Calabria y Nápoles, para hablar de blanqueo de dinero, narcotráfico e incluso venta de material nuclear. Rusia, añadió, se ha convertido en el almacén y el centro de información sobre el mercado de la droga».
Los nuevos gángsters rusos, que participan en toda clase de negocios, desde la venta de armas hasta la banca, han aprendido a trabajar con los antiguos agentes de las más altas jerarquías del Partido Comunista y del KGB en igual medida que con los jefes de las bandas del extranjero.
El cumplimiento de la ley también es una broma de muy mal gusto. Los gángsters de todas las categorías disponen de más soldados y de armas más poderosas que la policía. Los oficiales y reclutas del ejército, desesperados por conseguir dinero, están encantados de poder vender armas, lanzacohetes y granadas al mejor postor.

Lo que espera ahora no era un nuevo imperio, ni tampoco la resurrección de una gran potencia, sino solo el desarrollo de «un país normal». Ha llegado el momento de incorporarse a ese proceso. Después de toda una vida que había sido un reflejo de los sufrimientos del antiguo régimen (juventud comunista, guerra, cárcel, campos de concentración, enfrentamiento con el Kremlin, exilio forzoso), ahora, a los setenta y cinco años, estaba cerrando el círculo.

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I had it in my head that it would be a traditional top-down story about perestroika, glasnost and the fall of the Soviet Union, a fly-on-the-wall story in the corridors of power. What Remnick is after is arguably more ambitious and interesting: he’s trying to chart the changing of attitudes that precipitated the collapse of the Soviet state in 1991. (Perhaps I should have taken a clue from Remnick’s THE BRIDGE, which adopts a similar structure to explore the significance of Obama’s 2008 election.)
His approach has a loose narrative through-line but is generally kaleidoscopic, traveling from miners’ strikes in central Asia to nationalist protests in the Balkans, from the swaggering ‘millionaires’ who used arbitrage opportunities left by poor central planning to profit handsomely to the aging Stalinists who see the decline of collectivism in the same way that American evangelicals see the rise of gay marriage. It is best in presenting a series of memorable moments in the passage from one regime to another: young Communists in Leningrad cheering for Gordon Gecko in an official screening of WALL STREET; ‘Miss KGB’, a beauty queen who does photo ops for the secret police to sell a pro-perestroika message (she reminded me of the CIA twitter feed); and the self-pity of Party officials who–for the first time–have to deal with angry calls from constituents about garbage collection and potholes.
Remnick’s thesis is that perestroika enabled a rare moment where the general population of Russia could engage with its history, and where attempts to dislodge the truth about the Soviet state were of general concern. With his focus on memory and atrocity, Remnick often reminded me of the documentary THE ACT OF KILLING (about the atrocities that accompanied Suharto’s rise to power)–LENIN’S TOMB often has a similarly searing quality to it.
If I have a complaint–and perhaps this is unfair, for a book written in 1993–it’s that the kaleidoscopic quality makes it a little hard to see causality. The book’s strongest portion concerns the August 1991 coup, which is a straightforward story (involving many of the figures already profiled in the book) that demonstrates Remnick’s thesis about the changing attitudes. (Although as I’m writing this, I’m not sure why I felt as if Remnick not being strong on the narrative was a failing; THE PROMISE OF THE NEW SOUTH is one of my favorite history books of all time, and that’s pure kaleidoscope. Perhaps it’s that Remnick is trying to show a process of change, but his style sometimes obscures that process.)
I picked up this book because I’ve been thinking about Russia a lot lately, and I thought it would help me understand that country a bit more. I feel as if it certainly did so, and I would recommend it.

Meanwhile, as many people described to Remnick, the Communist system turned ordinary people into «robots,» forced into pointless work for the sake of a grand lie and denied any sense of the transcendent or an inner life. Reading the book and coming to the grips with the scale of atrocity committed by the USSR (the segments on the mass slave labor camps that comprised much of the country were chilling) it becomes possible to imagine what the world would’ve been like had the Nazi system endured for decades longer. There is much to complain about in the contemporary United States and it isn’t the obvious paradise that someone like Remnick may see it as, but its nothing like the Soviet system that annihilated Russia and Central Asia over the past century.
This book was written at a moment when the United States and its socioeconomic system seemed to have cleanly triumphed over all competition. As such there is an undercurrent of liberal triumphalism throughout the book, which feels a bit dated now. Nonetheless it is an unmatched history of the late-Soviet period and probably still a must-read for those interested in the Cold War. In the demise of the USSR that Remnick witnessed, there were already hints of the shape that post-Soviet Russia would take. The KGB and its apparatus of power were ready and able to take power even as the larger edifice of the regime collapsed. Understanding this history, as well as the nightmarish 20th century that Russia and those under its imperial rule endured, is vital to understanding that country’s attitude towards the world today.

During the years after Stalin’s death, the state was nothing more than a senile tyrant with a hunched back and bowed head, with cataracts, gallstones and flabby muscles. The tyrant wore plastic shoes and a shiny suit that stank of sweat. He swallowed like a pig and wet his pants. In the morning, his tongue was covered with the ashen taste of time that had passed. He muttered under his breath without caring. His ideas, gushing out like clouds in a storm, only became lucid a couple of times a year to recite the old legends of the Great October and the Great Patriotic War. Sometimes he would sit in the dark in his office and put all the gifts he had received from foreign hands on the green tablecloth: the old cigarette case, the silver Eiffel Tower, the colored pencils, the glass paperweight. The state was notoriously senile, but it was still dangerous enough. He still held the key to the border gate and governed every act of public life. From time to time he would have convulsions and the world would shake.
How did the state survive, how did it pass from one day to the next? It was a mystery. The story was a fairy tale and the mechanism of daily life, a great machine that somehow, although hardly, kept moving. Had it not been for the exploitation of the Soviet oil fields and the global energy crisis, the economy would possibly have succumbed much earlier. In the early 1980s, KGB reports indicated that reserves, a product of oil profits, had been depleted. «The abyss awaits us,» announced a sharp report from the secret police.

The state never fell apart. At least there was bread, and the military parades marked the triumph of the state’s perseverance. Even the 1988 May Day parade was not much different from the previous ones. I stood in the reporters’ area, just to the right of Lenin’s mausoleum, and I could see the leaders appear slightly embarrassed, but also pleased that everything was in its place: the portrait of Lenin always hanging on the side wall of the GUM state warehouses; the exhibition of «physical culture» with strong men and gymnasts showing off their skills; workers at the Moscow auto plants carrying the posters they had received in the morning and then drinking the vodka that had been given to them at the end of the parade. Only the music had changed: Pete Seeger’s songs poured out of the Kremlin’s loudspeakers, as workers at the ZIL car factory marched before the authorities. As Sergei Ivanov, a Soviet professor of Byzantine history wrote, the roots of the rites of Communism had their origin in Constantinople, when the rare public appearances of the leaders’ were accompanied by carefully prepared displays of enthusiasm, in which selected crowds chanted the songs. officially approved songs ».

Two months after Mikhail Gorbachev began his term in 1985, he delivered a speech celebrating the fortieth anniversary of the victory over Nazi Germany. There he proclaimed that «the gigantic visible and invisible work was led by the Party, by its Central Committee and by the State Defense Committee headed by its Secretary General … Iosif Vissarionovich Stalin.» This part of the speech drew loud applause from the members of the Central Committee. In February 1986, Gorbachev declared to the French newspaper L’Humanité that «Stalinism is a concept invented by the detractors of communism and used on a large scale to undermine the Soviet Union and socialism in general.» The Party, Gorbachev assured L’Humanité, «has already reached clear conclusions about the past.» And finally, in a meeting with Soviet writers in June 1986, Gorbachev said: ‘If we start trying to deal with the past we will lose all our energy. It would be like pounding people on the head. And we must move forward. We will sort out the events of the past. We will put everything in its place. But for now, we must focus all our energy on moving forward.
Communist Party officials across the country simply weren’t in the mood to open the scent jar, not even if Gorbachev promoted it.
The repression of dissident writers and scholars was only a small part of the state apparatus that controlled history. Trapeznikov made sure that the Academy of Sciences, the Institute of History, the Institute of Marxism-Leninism, universities, newspapers, and schools were free from «people of other ideologies.» The Baltics or the Ukrainians could not even suggest that their histories or cultures were in any way different from Russian or Soviet history. This would undermine the myth of a common Soviet destiny and of a Soviet man.

In his Revolution Day speech, Gorbachev launched what appeared to be a series of contradictory messages about Bukharin: ‘Bukharin and his followers effectively underestimated, in their calculations and in their theoretical attitudes, the importance of the time factor in the construction of the socialism in the thirties … ». He wanted to say that Stalin was right to accelerate the collectivization of farms and the construction of gigantic industrial plants in the Urals, in northern Kazakhstan, and elsewhere.
However, later in his speech, Gorbachev said: ‘At this point it is useful to recall the words in which Lenin described Bukharin:’ Bukharin is not only a theorist of the highest value and importance in the Party. He is also rightfully destined to be the favorite of the whole Party. But his theoretical vision can hardly be understood as fully Marxist, since there is something scholastic about him. He never learned what dialectics was, and I doubt he ever really understood its meaning. »
Bukharin’s rehabilitation was not so much a kind or justice gesture as a theoretical justification for the reformist principles of Gorbachev’s perestroika. Trotsky, with his call for the «world revolution», did not provide elements of this kind and until the day of the collapse of the regime he was never rehabilitated.
The name of Bukharin, which was once associated with that of Nicholas II, or Hitler, in the official Soviet history books, was now glorified. Bukharin’s essays and Cohen’s biography were officially published. Anna Larina came out of the shadows with a series of press interviews and with appearances in the «Bukharin evenings.» One afternoon at the Museum of the Revolution on Gorky Street, I saw Larina and Cohen together at the latest exhibition: The World of Nikolai Bukharin. The rooms were filled with Bukharin’s works, his memorabilia, and even his watercolors.

… Gorbachev took the floor and gave a long speech. Just before he finished, he said that an idea had been «put forth», one that echoed a similar suggestion made by Khrushchev in 1961: build a monument to the victims of the Stalin era. Now the Party must finally approve the idea. Gorbachev’s words sounded artificial, an afterthought. However, that was one of the most critical moments in the emotional and political life of the perestroika era. Although the Party would later try to hinder the Monument group, although it would try to deny them funding and meeting places, the group had sown the first seeds of a struggle much deeper and more unpredictable than anyone could imagine.

Even after Gorbachev assumed power, Karpinsky never imagined that changes could occur so quickly. And at first it was not like that. Although the Liberals in the Politburo secured the editorial direction of the Moscow News for Yegor Yakovlev, Karpinsky’s friend, and recommended that he transform this free newsletter for tourists, published in Russian and a few other languages, into a «rostrum of reform.» , glasnost was at first a process undertaken on the basis of signs and innuendo. Today, reading a pile of Moscow News issues between 1987 and 1988 is getting lost in a tangle of meaningless language. In the beginning, the obstacles were immense and the victories almost unbearably arduous to obtain. When the editors of the Moscow News wanted to publish a simple obituary for the émigré poet Viktor Nekrasov, the Politburo itself had to issue an authorization, and it did so after much debate.
«But even so, the change was enormous,» Karpinsky said. The difference between «thaw» and glasnost was a difference in temperature. If with Khrushchev the temperature was two degrees positive, the glasnost raised it to twenty. Immense blocks of ice were simply melting away, and now we were talking not only about Stalin’s personality cult, but about Leninism and Marxism, the essence of the system. It was not at all like Khrushchev’s time. That was just a small opening through which only the Stalin cult was visible. There were no real changes. And, as we saw, its course could be reversed. The bureaucracy, the Party, the KGB, the entire repressive apparatus of the intelligentsia and the press were still in place. »
For Karpinsky, the Moscow News was the opening to a public and a rehabilitation.

The decline of the Party mafia began with the death of Brezhnev and the brief reign of Yuri Andropov. Although Andropov was guilty of many things – most notably his brutally efficient campaign against dissidents while leading the KGB – it represented a return to the tradition of Leninist asceticism. Andropov was deeply corrupt, a beast. No one who was in charge of the embassy in Budapest during the Soviet invasion of 1956 can be found innocent. «Somehow I always thought Andropov was the most dangerous of all, simply because he was smarter than the rest,» Alexander Yakovlev told me.
But Andropov’s main virtue was his outrage at the corruption and decay that had become endemic under Brezhnev. While he was head of the KGB, Andropov led extensive research on the Party’s affairs and on the general state of the country’s economic system. After Brezhnev’s death, and in his few months as general secretary, Andropov ordered the arrest of some of the most prominent mobsters in the Party and the police. Such was the terror of the worst elements of the Party apparatus that a number of high-ranking officials took their own lives.
Brezhnev’s other supporters at the top were not much affected when Andropov fell seriously ill. For the Party mafia, the idea of reformist thinking threatening their privileges was unbearable.
Like Gorbachev, Yeltsin was an ambitious provincial who had made a career in the Communist Party. Like the first, on different occasions he had made speeches praising the wisdom of Leonid Brezhnev and the eternal goodness of the Party. But while Gorbachev had spent his entire working life in the Party, Yeltsin joined late. She joined him to advance in the Sverdlovsk state construction agency.

The poor quality of the products: the plastic shoes, the sulphurous mineral water or the buildings on the verge of collapsing. The decrepitude of everyday life was an irritation to both soul and skin. Towels would get rough in the first wash, milk would turn sour within a day, and newly purchased cars would break down. The main cause of fires in homes in the Soviet Union was the explosion of television sets. All of this kept people in a permanent state of frustration and anxiety.
Glasnost also meant acknowledging all this. Sometimes this recognition took the form of a newspaper article that exhibited a certain talent and a Russian irony that deflated Soviet pomposity. The Exhibition on Economic Achievements, a kind of large Stalinist Epcot Center near the Moscow television tower, had for years displayed displays of Soviet triumphs in science, engineering, and the space race.

While the newspapers staged their own generational drama, the most violent struggle was the war on television. It was perfectly fitting that the scene of the violence in Vilnius had been the concrete television tower on the outskirts of the city, because this revolution was effectively a battle for the minds of every person in the Soviet Union. «The image on television is everything,» Alexander Yakovlev had declared, and they knew it. The return of reactionaries to take over television would represent much more than a symbolic defeat for democracy. It would be the beginning of the end.
When I arrived in Vilnius a week after the massacre, young Red Army soldiers were still camped around the tower. They stood guard as if it were the most prized property in Lithuania. And it may have been. The soldiers carried AK-47 rifles slung over their shoulders, and their faces were strained and frightened. Those soldiers were still children, eighteen, nineteen and twenty years old, many of whom were not aware of what had happened. The stormtroopers that had carried out the operation had already been evacuated.

AUGUST 21, 1991
Thousands of people woke up that morning on the barricades, happy to be still alive. They were still there and that was a great thing. Much of the conversation revolved around the deaths of the three protesters on the Garden Ring, people fitting in the details of that rapid explosion of hysteria and fire that had killed Dmitri Komar, Ilya Krichevsky and Vladimir Usov. But most of all, people were exhausted, in pain, still nervous and overstimulated by the rumors. Bottles of Armenian vodka and brandy were still circulating from hand to hand. Nadezhda Kudinova, on her way home, was satisfied; she had done what she had to do. She stated that “an incredible camaraderie was experienced at the barricades, something that is never experienced in a queue or on a bus, where you are never given your seat. In everyday life I guess it just doesn’t happen. But those were dire circumstances, and somehow over the course of that week I learned the deepest aspects of human nature. I didn’t know that there were so many kind people in my country.
What Kudinova and the rest could not know is what they had won. The coup, if it ever took hold, had failed. The combination of confusion, stupidity, drunkenness, lack of will and foresight, and circumstances (blessed rain!) Had conspired against the committee. And just as the astonishing resistance was the fruit of a change in people’s consciousness, an evolution in the conspirators’ mentality could not be ruled out either.
With the failure of the coup, the newscast of the Russian Republic, Vesti, was broadcast again at eight in the evening. Yuri Rostov, the main presenter, who had been censored by the head of state television, Leonid Kravchenko, could hardly control his exultation. He was smiling and barely holding back the tears. «Congratulations! He told us. The meeting has come to an end! »
Rostov made no effort to be objective, but neither did he hide his disdain for the men he called «the saviors of our Motherland» (the conspirators who had planned the coup). He also warned viewers that Russia «must not repeat one of the biggest mistakes made by Gorbachev: forgetting that the KGB was the main opponent of reform.» After presenting the astonishing news of the day, Rostov announced what probably caused him the most pleasure, the dismissal of «that man we love so much and that you viewers so admire, Leonid Petrovich Kravchenko.»
The men who had set out to save the empire were now under arrest. A law enforcement officer confiscated their shoelaces, belts, and sharp objects. It was standard procedure.
The conspirators had planned the coup to save the Soviet empire and retain their positions. The failure of the attempt meant the end of their careers. Neither the Baltic independence movements nor the Russian liberals had managed to harm them to that extent. And now Yazov at least seemed to know. «Everything is clear now,» he said as he was led to a truck with bars on the windows. I’m a stupid old man. This time I really have ruined everything.

In the days that followed the failed coup, the dictators of the proletariat and their henchmen at the headquarters of the Central Committee were busy cleaning desks and emptying safes. They tore all incriminating documents to shreds. Destroying everything in the archives would have taken months or years; Even so, at least there was the possibility of eliminating all evidence of the Party’s support for the coup, as well as the compromising documents.
Time was pressing. Thousands of angry protesters shouted in front of the windows of the Central Committee demanding the dissolution of the Party, the confiscation of its assets. The same crowd of students, housewives, workers, and intellectuals who had defended the White House, was now fanning out across the city, tearing down the regime’s monuments and holding up signs that read «DEATH TO THE KGB,» «THE PARTY TO CHERNOBYL,» or «THE PARTY TO THE BENCH». But the shredding machines began to jam and break down, one after another.
The men of the Party were not only concerned with the judgment of history. They didn’t want to leave anything for the masses. Until the last moment, they were guided by a serene sense of their rights. They stole telephones, computers, fax machines, televisions and video cameras.
Even after returning from captivity after the failed coup, Gorbachev continued to defend the Communist Party. He was his heir, his protector, and he was unwilling to abandon him or destroy him. In his first press conference after the coup, Gorbachev spoke frankly about his loyalty to the «socialist way» and to the «renewal» of the Party. He told anyone who would listen that he had returned to a «different country,» but did not seem to fully understand the meaning of those words.
Alexander Yakovlev, Gorbachev’s closest adviser, felt his blood boil as he attended the press conference. For six years, Yakovlev had lobbied Gorbachev to sideline the narrow-minded nomenklatura and ally himself with the urban intelligentsia and pro-independence forces in the Baltic states; with all those who sought a transformation of the old order. But Gorbachev refused, insisting that the Party «had started perestroika and would continue to lead it.» Even now, after being hit by the coup, Gorbachev was unable to distinguish between what was fair and what was necessary.

There is not a single sphere of activity nor a single institution free from the most brutal form of corruption. Russia has raised a world-wide mafia. According to Luciano Violante, president of the Italian parliamentary commission in charge of investigating the mafia, Russia is currently «a kind of strategic capital of organized crime from which all important operations are launched.» He said that the heads of the Russian gangs have held meetings with the three main Italian criminal organizations, from Sicily, Calabria and Naples, to discuss money laundering, drug trafficking and even sale of nuclear material. Russia, he added, has become the warehouse and the information center on the drug market.
The new Russian gangsters, involved in all kinds of businesses, from arms sales to banking, have learned to work with the former agents of the highest hierarchies of the Communist Party and the KGB as well as with the heads of the bands from abroad.
Law enforcement is also a very bad joke. Gangsters of all categories have more soldiers and more powerful weapons than the police. Army officers and recruits, desperate for money, are delighted to be able to sell weapons, rocket launchers and grenades to the highest bidder.

What he awaited now was not a new empire, nor was it the resurrection of a great power, but only the development of «a normal country.» The time has come to join that process. After a lifetime that had been a reflection of the sufferings of the old regime (communist youth, war, prison, concentration camps, confrontation with the Kremlin, forced exile), now, at the age of 75, he was closing the circle.

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