La Sociedad De La Vigilancia Y Sus Criminales — Iván Ruiz Acero / The Surveillance Society And Its Criminals by Iván Ruiz Acero (spanish book edition)

Interesante lectura. En la sociedad de la vigilancia y sus criminales, la seguridad se encuentra hoy situada en las primeras prioridades de los programas políticos y es constituyente de una relativización de algunos derechos adquiridos — el derecho a la intimidad o a la libre expresión, por ejemplo—. La vigilancia, ejercida otrora en ámbitos cerrados o bajo el régimen de poderes totalitarios, se extiende en nuestro siglo a muchas de las expresiones cotidianas de lo humano: controles de velocidad, de alcoholemia, pasaportes biométricos, registros de audio y vídeo en lugares públicos —«para su seguridad», se nos dice—, conexión de ficheros interdepartamentales, o métodos evaluativos de la productividad, la motivación o el riesgo de enfermedad. El modelo de civilización cambia y el derecho a la seguridad hace pasar a lo social la defensa paranoica y la sospecha hacia el prójimo. En la sociedad de la vigilancia todos somos criminales en potencia. No se trata, entonces, de la sociedad de los criminales y su vigilancia sino de su drástica inversión: la extensión del sistema de control penitenciario al control generalizado de lo humano, de todo aquello que hace impredecible el vínculo social.

A la clínica policial se le añade una clínica jurídica. Ella debe, por ejemplo, evaluar la posibilidad para el inculpado de sostener su presencia y de responder frente a un tribunal. En Francia, se quiere hacer comparecer a los psicóticos más gravemente afectados para satisfacción de las familias de las víctimas. Una polémica se mantiene todavía hoy en relación con saber si el diagnóstico clínico debe impedir o no la comparecencia ante el tribunal.
Entonces, dos clínicas, la clínica de los clínicos y la de los policías y jueces.
Se puede decir que la sociedad necesita de la eliminación de una cierta parte de los seres humanos. Ya sea a través de una teorización o de otra, el conjunto social no puede constituirse sin la eliminación de seres humanos —el exceso de la humanidad— por medio de las guerras o de un orden interno. Esto se continuó en el siglo pasado, donde se trataba de la destrucción de clases sociales enteras o del genocidio de los judíos. Cuando el acto criminal produce un gran número de muertos, sale del dominio del derecho, entra en el de la política.

El derecho penal en los países de Europa está en plena renovación, no solamente para responder a la construcción europea en tanto tal, sino también por estar bajo la presión de una modificación de las costumbres que acompañan el ascenso del liberalismo a partir del triple aspecto de la emancipación de la sociedad civil, de la emancipación del mercado y de la inversión en la relación entre poder central y colectividades. Estas marcadas tendencias se acompañan de un auge del individualismo que se expresa en particular en favor de los «derechos del hombre» y de una difusión exponencial de las imágenes y de la información correspondiente a la «mundialización». En Francia, por ejemplo, la justicia penal tiene dificultades en seguir la intensa actividad del legislador.
El rechazo de la inseguridad y la ideología de la «tolerancia cero» han conducido a las sociedades industrializadas de inicios del siglo XXI a inventar, en nombre de un «principio de precaución» desviado, medios inéditos para intentar prevenir la delincuencia. Combinando el utilitarismo benthamiano, el cálculo de probabilidades y los avances tecnológicos, se apoyan en un concepto clave: la peligrosidad, que conviene predecir para erradicarla mejor.

Desde el punto de vista jurídico y de la psiquiatría forense la pregunta por la causa de un crimen se articula en dos ejes: un posible trastorno mental y el móvil. Los crímenes que no se adecuan a esta lógica causan gran estupor en la sociedad, como este caso. Sin embargo, que el crimen no tenga una causa racional no implica que no pueda interrogarse la causa desde la lógica interna del acto.
Se trata de los pasajes al acto y el doble crimen realizados por un sujeto que da testimonio de ellos no en una cura.
La prisión es un lugar emblemático donde se conjugan, sin duda, los temores más compartidos, además de los más desconocidos. Lugar de la exclusión, ofrece a la mirada no advertida la expresión de los desencadenamientos pulsionales y de los instintos más bajos. Contigua a los espacios sociales, la prisión, con su cortejo «de imágenes de Épinal», es un lugar emblemático donde cohabitan rumores y suspicacias. Las puertas que se cierran de golpe, la seguridad, preocupación permanente, los códigos implícitos, las precauciones de la «perversión de los detenidos», son cantidad de hechos de peso, que imprimen al lugar un indecible sentimiento.
Es, sin embargo, en este lugar donde se encuentran los discursos más extraños, como si las palabras se buscasen, indecisas ante tanta incomodidad. A veces, casi por azar, se produce un encuentro en el intervalo de un tiempo inmóvil. Palabras dudosas forman entonces figuras con contornos flojos que ilustran un malestar pesado. Sorprendidas, en ocasiones, por tanta audacia, las palabras se esconden, se disimulan, se refugian detrás de un acto que se sostiene en el lugar del indicio; evasiva ilusoria que hace aparecer la angustia bajo la incomodidad.

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Interesting book. In the society of surveillance and its criminals, security is today placed in the first priorities of political programs and is constituent of a relativization of some acquired rights – the right to privacy or free expression, for example. Surveillance, once exercised in closed environments or under the regime of totalitarian powers, extends in our century to many of the daily expressions of the human: speed controls, alcohol controls, biometric passports, audio and video records in public places – “For your safety,” we are told – interdepartmental file connection, or methods for evaluating productivity, motivation, or disease risk. The model of civilization changes and the right to security makes paranoid defense and suspicion of others pass to the social. In the surveillance society we are all potential criminals. It is not, then, about the society of criminals and their surveillance, but about their drastic investment: the extension of the prison control system to the generalized control of the human, of everything that makes the social bond unpredictable.

A legal clinic is added to the police clinic. She must, for example, evaluate the possibility for the accused to maintain his presence and to answer in front of a court. In France, the most seriously affected psychotics are to be brought to the attention of the victims’ families. A controversy still remains today in relation to whether the clinical diagnosis should prevent the appearance in court or not.
So, two clinics, the clinic for the clinicians and the one for the police and judges.
It can be said that society needs the elimination of a certain part of human beings. Whether through one theorization or another, the social whole cannot be constituted without the elimination of human beings —the excess of humanity— through wars or an internal order. This was continued in the last century, where it was about the destruction of entire social classes or the genocide of the Jews. When the criminal act produces a large number of deaths, it leaves the domain of law, it enters that of politics.

Criminal law in the countries of Europe is undergoing full renovation, not only to respond to the European construction as such, but also because it is under the pressure of a modification of customs that accompany the rise of liberalism based on the triple aspect of the emancipation of civil society, the emancipation of the market and investment in the relationship between central power and communities. These marked trends are accompanied by a rise in individualism that is expressed in particular in favor of “human rights” and an exponential diffusion of images and information corresponding to “globalization”. In France, for example, the criminal justice system has difficulties in following the intense activity of the legislator.
The rejection of insecurity and the ideology of “zero tolerance” have led the industrialized societies of the early twenty-first century to invent, in the name of a deviant “precautionary principle”, new means to try to prevent crime. Combining Benthamian utilitarianism, the calculation of probabilities and technological advances, they rely on a key concept: dangerousness, which should be predicted in order to better eradicate it.

From the legal and forensic psychiatry point of view, the question of the cause of a crime is articulated in two axes: a possible mental disorder and the motive. Crimes that do not conform to this logic cause great stupor in society, like this case. However, the fact that the crime does not have a rational cause does not imply that the cause cannot be questioned from the internal logic of the act.
It is about the passages to the act and the double crime made by a subject who testifies to them not in a cure.
The prison is an emblematic place where, without a doubt, the most shared fears, as well as the most unknown ones, come together. Place of exclusion, it offers the unaware gaze the expression of instinctual triggers and lower instincts. Adjacent to the social spaces, the prison, with its procession “of Epinal images”, is an emblematic place where rumors and suspicions coexist. The doors that are slammed shut, the security, permanent concern, the implicit codes, the precautions of the “perversion of the detainees”, are a number of weighty facts, which give the place an unspeakable feeling.
It is, however, in this place where the strangest speeches are found, as if the words were searched for, indecisive in the face of such discomfort. Sometimes, almost by chance, an encounter occurs in the interval of immobile time. Doubtful words then form figures with loose contours that illustrate heavy discomfort. Surprised, at times, by so much audacity, the words hide, they are concealed, they take refuge behind an act that is sustained in the place of the clue; illusory evasion that makes the anguish appear under the discomfort.

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