Lo Pequeño Es Hermoso — Ernst Friedrich Schumacher / Small Is Beautiful: Economics as if People Mattered by Ernst F. Schumacher

Este libro fue escrito por EF Schumacher, un economista alemán. Como licenciado en Economía en una universidad conservadora de artes liberales en el sur de los Estados Unidos, disfruté de la filosofía y las ideas presentadas en “Lo pequeño es hermoso”. Créame, esto no estaba en mi lista de lectura … Estoy fascinado con la idea de que el capitalismo se ha convertido en la nueva religión para Estados Unidos / Occidente y que la envidia / codicia es la moral primaria. El libro analiza cómo los sistemas capitalistas impulsan el crecimiento para resolver problemas, incluida la pobreza, el desempleo y el nivel de vida. También muestra cómo los sistemas capitalistas no logran resolver estos problemas, porque 1) asume que el crecimiento infinito es posible dentro de un mundo finito (punto económico sostenible) y 2) que el enfoque completo en mayores ganancias, junto con nuevas tecnologías, ha condujo a un declive en la autorrealización de la humanidad en relación con su trabajo. El libro sostiene que la comunidad pierde cuando las personas no pueden conectarse con el trabajo que hacen con sus manos / mente, cuando las personas no pueden conectar lo que compran de dónde vino y cómo se produjo. Schumacher nos recuerda que hay pérdidas espirituales, morales y ecológicas en un sistema capitalista. No todo está perdido, pero hay que ser consciente de estas pérdidas y hacer ajustes. Aboga por las pequeñas empresas y la utilización de tecnologías intermedias para que en lugar de “producción en masa” podamos tener producción de las masas.

En un mundo ideal, ya que estamos hablando de mundos ideales, supongo, le daría a “lo pequeño es hermoso” el libro excelso: contiene ideas que todos deberían conocer. Entonces, para las ideas, ¡cinco estrellas!
Desafortunadamente, sin embargo, hay diferentes formas de reseñar un libro y, como obra de literatura, lo encontré un poco decepcionante. Obviamente Schumacher fue un gran economista-pensador de su época y, imagino, un orador carismático, pero esto no me convence que escribir fuera otro de sus puntos fuertes. Me alegré de llegar al final de algunos ensayos, no porque no estuviera de acuerdo, ¡sino porque quería que fuera al grano! O, al menos, dame algo en qué pensar hasta que lo haga. Uno o dos estaban desactualizados, como el caso de las centrales eléctricas de carbón relativamente inofensivas.

De ahí que no haya un libro perfecto (claro, me gustó, pero eso es todo).
La otra dificultad que tuve fue el estilo general, pero probablemente se debió a su edad. En el momento en que él lo estaba escribiendo, yo estaba ascendiendo a la “gran escuela” y me estaban entregando esas cosas horribles y de prosa seca conocidas en nuestro tiempo como “libros de texto”. Esto me recordó mucho a esos viejos libros de texto, en contraste con el estilo más conversacional y menos didáctico de los escritores de no ficción especializados de hoy. Pero eso no es culpa de Schumacher por ser accidentalmente de su época.
Schumacher discursos sobre economía, a través del prisma de una ética del cuidado y el respeto por la dignidad humana. Aunque algunas ideas están anticuadas y la base cristiana le da a sus comentarios metafísicos un sabor que no puede evitar desanimarme, este libro contiene varias ideas e ideas que merecen interés & atención hoy. Estos incluyen el absurdo de tratar los recursos no renovables como ingresos en lugar de capital, la importancia central del trabajo satisfactorio para el bienestar humano y la necesidad de una “tecnología intermedia” para facilitar la obtención del pleno empleo. El lenguaje es claro, libre de jerga y para que lo entienda el profano, así que lo recomendaría a estudiantes y lectores en general.
“No hay ‘soluciones finales’ para este tipo de problema [propiedad y organización corporativa, que deberían depender del tamaño y las circunstancias]. Solo hay una solución viviente que se logra día a día sobre la base de un claro reconocimiento de que ambos opuestos son válidos”.

El autor hace algunos puntos provocativos en este breve libro. La principal de ellas es, creo, la observación de que “el hombre no es un productor, sino sólo un convertidor [de recursos primarios]”. Incluso en nuestro momento más laborioso, las personas somos usuarios de cosas que nos han sido suministradas, primero por la tierra que nos rodea, luego unos por otros, y todo, en última instancia, en opinión de Schumacher, de Dios. Esta idea alimenta argumentos más específicos sobre nuestra explotación imprudente de los recursos naturales y de las personas desfavorecidas, y la necesidad de prácticas comerciales más humildes y compasivas.
Otra noción familiar que plantea Schumacher es que las personas viven vidas más saludables y más completas cuando viven con sentido, pero el mundo laboral moderno nos ha enseñado a todos a vivir con fines de lucro. Sacrificamos a los demás según sea necesario e incluso cumplimos con perder nuestras propias vidas para lucrar si ese dios llama a nuestro número.
Schumacher lamenta las voraces y abstractas fauces de las ganancias – y el poder – y su compartida (ya veces inconsciente) eficiencia lacayo. No estoy seguro de que Schumacher argumente que la eficiencia es mala per se; se trata más bien de quién la usa, para qué fines y con qué efectos reales. Llega un momento en el que debemos cuestionar nuestras prácticas y los modelos de los que teóricamente surgen esos hábitos.
Este libro critica tanto a las empresas como a los gobiernos por eliminar demasiadas distinciones cualitativas, y las incorrectas, del mundo viviente que examinan. “Obviamente sería imposible desarrollar una teoría económica en absoluto”, dice Schumacher al principio de su libro, “a menos que uno esté dispuesto a ignorar una amplia gama de distinciones cualitativas. Pero debería ser tan obvio que la supresión total de las distinciones cualitativas , aunque facilita la teorización, al mismo tiempo la vuelve totalmente estéril “. ¿Por qué ignoramos tan fácilmente la espantosa condición de las naciones del tercer mundo o de los seres humanos individuales en cualquier lugar? ¿Por qué pretendemos que la naturaleza no renovable de nuestros recursos naturales primarios no importa? Porque hemos elegido hacerlo. No queremos que esas cosas importen. No queremos que la ilusión de nuestra voluntad infalible e imparable se haga añicos. En algunos casos, simplemente hemos elegido durante tanto tiempo, o hemos participado en elecciones heredadas, que olvidamos que fue una elección.
Por supuesto, como tantos libros de diagnóstico, Schumacher cae un poco sobre su propia espada. Critica los sistemas por simplificar, pero romantiza repetidamente la cultura agraria: habla de la agricultura casi como un estado natural del ser humano, y, según recuerdo, no considera que esto también sea un producto, una transformación de la naturaleza y la relación de la humanidad con eso. También propone algunos modelos propios, lo que me dejó rascándome la cabeza: dos veces plantea un escenario y reduce todos los resultados imaginables a combinaciones variables de tres pares de opciones. Me encontré preguntándome si tendría más sentido, o parecería más cierto, si tuviera experiencia en economía. Tales problemas me surgieron principalmente cuando el Sr. Schumacher dirigió su energía hacia soluciones específicas.

Me gusta bastante su tesis más general de que nuestros patrones modernos de centralización y globalización magnifican en lugar de resolver nuestros problemas y, por lo tanto, necesitamos reducirnos. Los modelos en los que se basan los grandes sistemas inevitablemente multiplicarán el malestar y la tragedia, ya que ignoran cada vez más detalles de la experiencia y la necesidad humanas (a menos que usted crea en la tecnología de nivel milagroso y en los custodios perfectamente compasivos, lo que el autor no hace, aunque yo siento su condescendencia sobre la previsión y la planificación es un poco excesiva). Él cree que los sistemas pequeños compensarán con atención al detalle y dignidad humana recuperada lo que les falta en eficiencia de ganancias.
En mi imagen mental del mundo actual que describe el Sr. Schumacher, visualizo a personas y sistemas poderosos que operan en un cadáver inmóvil y seco. Cortan una nariz que se mete, arrancan un ojo inconveniente, eliminan la piel y los órganos innecesarios. Llaman “humano” a lo que queda, extrayendo alegremente lo que consideran valioso y colocando los restos en poses macabras que cumplen con la teoría de la existencia predominante.
¿Somos operadores y cadáveres hasta el final, me pregunto? ¿Una secuencia degenerativa de científicos locos blandiendo armas-herramientas en quirófanos construidos por otros científicos locos, y así sucesivamente, porque “tenemos que hacerlo”? ¿Porque esta es “la mejor manera” de gobernar el mundo, o una nación dentro de él? ¿Y cuánto tiempo seguiremos llamando vivo a este cadáver, oa nosotros que lo operamos?
Este libro no nos permite simplemente culpar a otros por los problemas. El autor no se involucra en esa vena de impotente desesperación que lame nuestras heridas con nosotros mientras nos revolcamos en nuestra miseria. “Todo el mundo afirma alcanzar la libertad mediante su propio ‘sistema'”, señala Schumacher, “y acusa a todos los demás ‘sistemas’ de implicar inevitablemente tiranía, totalitarismo o anarquía que conduce a ambos”. Un poco antes en el libro, Schumacher cita a Tolstoi: “Me siento en la espalda de un hombre, lo ahogo y lo hago cargar, y sin embargo, me aseguro a mí mismo y a los demás que lo siento mucho por él y deseo aliviar su suerte”. por cualquier medio posible, excepto bajándose de la espalda “. El caso es que todos somos cómplices. Todos jugamos a disfrazarnos con el cadáver, incluso si muchos de nosotros también somos cadáveres. Tratamos de recuperar el control dentro de las reglas de un juego que se nos ha transmitido, pero que también entregamos y entregamos.
Pero no podemos resolver esto si continuamos jugando de acuerdo con las reglas actuales, y creo que el desafío final de este libro es, ¿qué haremos? Aquí está la tierra: se le está haciendo un daño real e irreversible. Aquí está la gente: se está haciendo un daño real e irreversible a los cuerpos y espíritus humanos. La forma en que vivimos nos esconde unos de otros y nos anima a mejorar nuestros métodos de ocultarnos. Necesitamos detenernos y hacer algo diferente, incluso si nos cuesta.

El autor describe el mundo existente pero también un mundo potencial, un mundo que para él reflejaba convicciones religiosas, que observaría un orden sagrado de las cosas. La tierra, con sus seres vivientes, es un regalo, no un premio. Debemos apreciarlo y manejarlo con cuidado. Las personas son el tesoro más alto y debemos adaptar los sistemas a las personas, no al revés. Sin embargo, esto no sucederá por sí solo, y ciertamente no cruzando los brazos y haciendo pucheros ante lo que está fuera de nuestro control. Los problemas tampoco desaparecerán simplemente porque decimos que no creemos en ellos.
Como muchos, estoy demasiado inclinado a pensar en grande, luego me pierdo en la grandeza, luego vuelvo a lo que siempre he hecho: no participar en el mundo e ignorar la injusticia. O me retracto de tomar medidas porque no puedo predecir mi propia seguridad perfecta; mi propio status quo supera cualquier otro grito de ayuda. Ahora, en cambio, dado que me ha recordado con tanta seriedad cómo mi propia seguridad se basa en el sufrimiento de los demás, debería encontrar la manera de seguir el camino que sugiere el autor.

Uno de los más funestos errores de nuestra época consiste en creer que el «problema de la producción» se ha resuelto. Esta creencia no está arraigada solamente en la gente que no tiene nada que ver con la producción (y por lo tanto sin contacto profesional con los hechos), sino que también es sostenida virtualmente por todos los expertos, los magnates de la industria, los que dirigen la economía de los gobiernos del mundo, los economistas académicos (y los no tan académicos), por no mencionar a los periodistas económicos. Todos ellos pueden no estar de acuerdo en muchas cosas, pero en lo que sí están de acuerdo es en que el problema de la producción se ha solucionado, en que la especie humana es, por fin, mayor de edad. Para las naciones ricas, dicen, la más importante tarea hoy día es la «educación para el esparcimiento», mientras que para las naciones pobres lo es la «transferencia de tecnología».
Que las cosas no están marchando como debieran debe atribuirse a la inmoralidad humana.
El surgimiento de este error, tan flagrante como firmemente arraigado, está estrechamente vinculado a los cambios filosóficos, por no decir religiosos, en la actitud del hombre hacia la naturaleza en los últimos tres o cuatro siglos. Tal vez debería decir: la actitud del hombre occidental hacia la naturaleza. Pero dado que todo el mundo está sufriendo un proceso de occidentalización, la afirmación más general parece justificada. El hombre no se siente parte de la naturaleza, sino más bien como una fuerza externa destinada a dominarla y conquistarla.
En otras palabras, los cambios de los últimos veinticinco años en la calidad y cantidad de nuestros procesos industriales han producido una situación totalmente nueva. Situación que es el resultado no de nuestros fracasos precisamente, sino de los que nosotros suponíamos que eran nuestros más grandes éxitos. Y todo esto ha sobrevenido tan de repente que apenas si nos percatamos de que estamos consumiendo velozmente un tipo de bienes de capital irreemplazables, los llamados márgenes de tolerancia, que la bondadosa naturaleza siempre mantiene en reserva.

Una creencia moderna muy en boga considera la prosperidad universal como el fundamento más seguro de la paz. Se puede buscar en vano alguna evidencia histórica que demuestre que los «ricos» han sido regularmente más pacíficos que los pobres, pero entonces se podría argumentar que ellos nunca se sintieron seguros frente a los «pobres»; que su agresividad surgió del temor y que la situación sería bien distinta si todos fuéramos «ricos».
El progreso económico, aseguraba, sólo se obtiene si empleamos esos poderosos impulsos humanos del egoísmo, que la religión y la sabiduría tradicional nos llaman universalmente a resistir. La economía moderna se mueve por una locura de insaciable ambición y se deleita en una orgía de envidia, siendo éstos no meramente hechos accidentales, sino las causas últimas de su éxito expansionista. La pregunta es entonces si tales causas pueden conservar su efectividad por mucho tiempo o si llevan implícitamente la semilla de su propia destrucción.
¿Cómo hacer para comenzar a desmantelar la codicia y la envidia? Tal vez comenzando a ser menos codiciosos y envidiosos nosotros mismos, o evitando la tentación de permitir que nuestros lujos se conviertan en necesidades y por un sistemático análisis de nuestras propias necesidades para encontrar la forma de simplificarlas y reducirlas. Si no tenemos fuerzas para hacer ninguna de estas cosas, ¿podríamos, por lo menos, dejar de aplaudir el tipo de «progreso» económico que adolece de falta de bases para la permanencia y a la vez dar nuestro apoyo, por modesto que sea, a quienes no teniendo temor de ser tildados de excéntricos trabajan por la no violencia como ecólogos, protectores de la vida salvaje, promotores de la agricultura orgánica, productores caseros, etc.? Un gramo de práctica es generalmente más valioso que una tonelada de teoría.

Uno de los problemas más importantes de la segunda mitad del siglo XX es la distribución geográfica de la población, la cuestión del «regionalismo». Pero regionalismo no en el sentido de combinar muchos estados en sistemas de libre comercio, sino en el sentido opuesto de desarrollar todas las regiones dentro de cada país. Éste, de hecho, es el tema más importante en la agenda de todo país grande hoy por hoy. Y mucho del nacionalismo contemporáneo de las pequeñas naciones y de su deseo de autogobierno e independencia es simplemente una respuesta lógica y racional a la necesidad de un desarrollo regional. En los países pobres en particular no hay esperanza a menos que exista un desarrollo regional eficaz, un desarrollo fuera de la capital que alcance todas las zonas rurales donde viva gente.
Si este esfuerzo no se realiza, la única alternativa que queda es permanecer en el miserable estado en que se encuentran o emigrar a la gran ciudad, donde su condición será más miserable.

Mientras que las ideas del siglo XIX niegan o destruyen la jerarquía de niveles en el universo, la noción de un orden jerárquico es un instrumento indispensable del entendimiento. Sin el reconocimiento de «los niveles del ser» o «los grados de significación» no sólo no podemos hacer el mundo inteligible, sino que no tenemos la menor posibilidad de definir nuestra propia posición, la posición del hombre en el esquema del universo. Sólo cuando podemos ver el mundo como una escalera y cuando podemos ver la posición del hombre sobre esa escalera podemos admitir que haya un significado para la vida del hombre sobre la tierra. Puede que sea la tarea del hombre (o simplemente, si así lo preferimos, la felicidad del hombre) el obtener un mayor grado de realización de sus potencialidades, un más alto nivel del ser o «grado de significación» que el que obtiene «naturalmente», pero ni siquiera podemos estudiar esta posibilidad si no aceptamos antes la existencia de una estructura jerárquica. En la medida en que nosotros interpretamos el mundo a través de las ideas grandes y vitales del siglo XIX, estamos ciegos a esas diferencias de nivel, porque nos hemos cegado.
Los problemas de la educación son meros reflejos de los problemas más profundos de nuestra época. Esos problemas no pueden resolverlos la organización, la administración o la inversión de dinero, a pesar de que no negamos la importancia de todas estas cosas. Estamos sufriendo de una enfermedad metafísica y la cura debe ser por lo tanto metafísica.
Una educación que no consiga clarificar nuestras convicciones centrales es meramente un entrenamiento o un juego. Porque son nuestras convicciones centrales las que están en desorden y mientras la presente actitud antimetafísica persista, tal desorden irá de mal en peor. La educación, lejos de ser el más grande recurso del hombre, será un agente de destrucción, de acuerdo con el principio corruptio optimi pessima.

Ningún grado de prosperidad podría justificar la acumulación de grandes cantidades de sustancias altamente tóxicas que nadie conoce cómo hacer «seguras» y que constituyen un peligro incalculable para toda la creación durante periodos históricos e incluso geológicos. Hacer tal cosa es una transgresión en contra de la vida misma, una transgresión infinitamente más seria que cualquier crimen perpetrado por el hombre. La idea de que una civilización podría mantenerse a sí misma sobre la base de tales transgresiones es una monstruosidad ética, espiritual y metafísica. Significa conducir los asuntos económicos del hombre como si la gente realmente no importara nada.
No tengo dudas de que es posible dar una nueva dirección al desarrollo tecnológico, una dirección que habrá de conducirlo de vuelta a las necesidades reales del hombre, lo que también significa volver al tamaño correcto del hombre. El hombre es pequeño y, por lo tanto, lo pequeño es hermoso. Perseguir el gigantismo es buscar la autodestrucción. ¿Y cuál es el coste de una nueva orientación? Debemos recordarnos a nosotros mismos que calcular el coste de la supervivencia es aberrante. Sin ninguna duda todo lo que merece la pena cuesta algo, pero cambiar la tecnología de modo que sirva al hombre en lugar de destruirlo requiere principalmente un esfuerzo de imaginación y un abandono del temor.

– La «economía dual» en los países en desarrollo va a permanecer en el futuro previsible. El sector moderno no estará en condiciones de absorber a la totalidad.
– Si el sector tradicional no es objeto de esfuerzos de desarrollo especiales, continuará desintegrándose; esta desintegración continuará manifestándose en el desempleo masivo y la migración masiva a las áreas metropolitanas y esto envenenará la vida económica del sector moderno también.
– Los pobres pueden ser ayudados a ayudarse a sí mismos, pero sólo poniendo a su disposición una tecnología que reconozca el marco y las limitaciones de la pobreza: una tecnología intermedia.
– Se necesitan programas de acción de base nacional y supranacional para desarrollar las tecnologías intermedias adecuadas para la promoción del pleno empleo en los países en desarrollo.

El desarrollo económico es algo mucho más amplio y mucho más profundo que la economía, y no digamos la econometría. Sus raíces se extienden más allá de la esfera económica, en la educación, la organización, la disciplina y, por encima de todo, en la independencia política y en una conciencia nacional de confianza en las propias fuerzas. No puede ser «producido» por habilidosas operaciones de injerto practicadas por técnicos extranjeros o por una elite nativa que ha perdido todo contacto con la gente ordinaria. Sólo puede llegar a tener éxito si se practica como un «movimiento de reconstrucción» con el énfasis principal en la utilización plena de la energía, el entusiasmo, la inteligencia y la capacidad de trabajo de cada uno. El éxito no se puede obtener a través de alguna forma de magia producida por científicos, técnicos o planificadores económicos. Sólo puede producirse a través de un proceso de crecimiento que incluya la educación, la organización y la autodisciplina de toda la población. Cualquier enfoque que olvide estos factores terminará en fracaso.

En todas partes la gente pregunta: «¿Qué es lo que puedo hacer?». La respuesta es tan simple como desconcertante: nosotros, cada uno de nosotros, podemos trabajar para poner en orden nuestra propia casa. La orientación que necesitamos para este trabajo no puede encontrarse en la ciencia ni en la tecnología, cuyo valor depende en última instancia de los fines a los que sirven; pero puede todavía hallarse en la sabiduría tradicional de la humanidad.

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This book was written by EF Schumacher, a German economist. As an Economics graduate at a conservative liberal arts university in the US South, I enjoyed the philosophy and ideas put forward in “Small is Beautiful”. Trust me, this was not on my reading list…I am fascinated with the idea that capitalism has become the new religion for the US/West and that envy/greed the primary morals. The book discusses how capitalistic systems push for growth to solve problems, including poverty, unemployment and standard of living. It also shows how capitalistic systems fall short of solving these problems, because it 1) assumes that infinite growth is possible within a finite world (sustainable econ. point) and 2) that the complete focus on increased profits, coupled with new technologies, has led to a decline in the self-fulfillment of mankind in relation to his/her work. The book argues that the community loses when individuals cannot connect to the work they do with their hands/mind, when people cannot connect what they buy from where it came and how it was produced. Schumacher reminds us that there are spiritual, moral and ecological losses in a capitalistic system. All is not lost, but there needs to be awareness of these losses and adjustments made. He argues for small businesses and the utilization of intermediate technologies so that instead of “mass production” we can have production by the masses.

In an ideal world – as we are talking about ideal worlds, I suppose – I would give Small Is Beautiful top book: it contains ideas that everyone should be aware of. So, for the ideas, five stars!
Unfortunately however, there are different ways to review a book and as a work of literature I found it slightly disappointing. Obviously Schumacher was a great economist-thinker of his day and, I imagine, a charismatic speaker, but this doesn’t convince me writing was another of his strong suits. Some essays I was glad to get to the end, not because I disagreed but because I wanted him to get to the point! Or, at least, give me something to think about until he did. One or two were out-of-date, like the case for relatively harmless coal fired power stations.

Hence no perfect book (sure, I liked it – but that’s all).
The other difficulty I had was the overall style but which was probably down to its age. About the time he was writing it, I was moving up to ”big school” and being handed those awful, dry-prose things known in our time as ”text books”. This reminded me a lot of those old text books, in contrast to the more conversational, less overly didactic style of today’s specialist, non-fiction writers. But that’s hardly Schumacher’s fault for accidentally being of his own time.
Schumacher discourses on economics, through the prism of an ethics of care and respect for human dignity. Although some ideas are dated and the Christian grounding gives his metaphysical comments a flavour that can’t help but put me off, this book contains several insights and ideas which merit interest & attention today. These include the absurdity of treating non-renewable resources as income instead of capital, the central importance of fulfilling work to human well-being and the need for an ‘intermediate technology’ to facilitate securing full employment. The language is clear, free from jargon and meant to be understood by the lay person, so I’d recommend this to students and general readers
“There are no ‘final solutions’ to this type of problem [corporate ownership and organisation, which should depend on size and circumstances]. There is only a livings solution achieved day by day on a basis of a clear recognition that both opposites are valid”.

Mr. Schumacher makes some provocative points in this short book. Chief among them is, I think, the observation that “man is not a producer but only a converter [of primary resources].” Even at our most industrious we people are users of stuff that has been supplied to us – first by the earth around us, second by one another, and all of it ultimately, in Schumacher’s view, from God. This idea fuels more specific arguments about our reckless exploitation of natural resources and of disadvantaged people, and the need for humbler, more compassionate business practices.
Another, familiar notion Schumacher raises is that people live healthier, more whole lives when they live for meaning, but the modern work world has taught us all to live for profit. We sacrifice others as necessary and we even comply with losing our own lives to profit if that god calls our number.
Schumacher laments the ravenous, abstract maws of profit — and power — and their shared (and sometimes unwitting) lackey, efficiency. I’m not sure that Schumacher would argue that efficiency is bad per se – it is more a matter of who is using it, for what ends, and to what actual effects. There is a point when we need to question our practices and the models from which those habits theoretically arise.
This book calls out both businesses and governments for boiling too many qualitative distinctions — and the wrong ones — out of the living world they examine. “It would obviously be impossible to develop any economic theory at all,” Schumacher says early in his book, “unless one were prepared to disregard a vast array of qualitative distinctions. But it should be just as obvious that the total suppression of qualitative distinctions, while it makes theorising easier, at the same time makes it totally sterile.” Why do we so easily ignore the ghastly condition of third world nations or of individual humans anywhere? Why do we pretend that the non-renewable nature of our primary natural resources doesn’t matter? Because we have chosen to. We don’t want such things to matter. We don’t want the illusion of our infallible, unstoppable will to be shattered. In some cases, we have simply chosen for so long — or participated in inherited choices — that we forget it was a choice.
Of course, like so many diagnostic books, Schumacher does a little bit of falling on his own sword. He criticizes systems for simplifying, but repeatedly romanticizes agrarian culture — he speaks of farming almost as a natural human state of being, and does not to my recollection consider that this, too, is a product, a transformation of nature and humanity’s relationship to it. He also proposes some models of his own, which left me scratching my head — twice he posits a scenario and reduces all conceivable outcomes to varying combinations of three pairs of options. I found myself wondering if it would make more sense, or seem truer, if I had a background in economics. Such problems arose for me mainly when Mr. Schumacher turns his energy toward specific solutions.

I quite like his more general thesis that our modern patterns of centralization and globalization magnify rather than solve our problems, and thus we need to go smaller. The models on which huge systems rely will unavoidably multiply malaise and tragedy as they ignore more and more details of human experience and need (unless you believe in miracle-level technology and perfectly compassionate custodians, which Mr. Schumacher does not, although I do feel his condescension about forecasting and planning is a bit excessive). Small systems, he believes, will make up in attention to detail and recovered human dignity what they lack in profit efficiency.
In my mental picture of the current world Mr. Schumacher describes, I visualize powerful people and systems operating on a still, dry cadaver. They shear off a poking nose, gouge out an inconvenient eye, remove unnecessary skin and organs. They call what remains “human,” gleefully extracting whatever they name as valuable and arranging the remains in ghoulish poses that comply with the prevailing theory of existence.
Are we operators and cadavers all the way down, I wonder? A degenerative sequence of mad scientists brandishing weapon-tools in operating theaters constructed by other mad scientists, and so on — because “we have to”? Because this is “the best way” to run the world, or a nation within it? And how long will we continue to call this cadaver — or we who operate on it — alive?
This book does not simply let us blame others for problems. Mr. Schumacher does not engage in that vein of impotent despair that licks our wounds with us as we wallow in our misery. “[E]vereybody claims to achieve freedom by his own ‘system,'” Schumacher points out, “and accuses every other ‘system’ as inevitably entailing tyranny, totalitarianism, or anarchy leading to both.” Just a bit earlier in the book, Schumacher quotes from Tolstoy, “I sit on a man’s back, choking him, and making him carry me, and yet I assure myself and others that I am very sorry for him and wish to ease his lot by any means possible, except getting off his back.” The point is that we are all complicit. We all play dress up with the corpse, even if many of us are also corpses. We try to win back control within the rules of a game handed down to us but which we also hand up, and hand around.
But we cannot solve this by continuing to play according to the current rules, and I think that the ultimate challenge of this book is, what will we do? Here is the earth: real, irreversible damage is being done to it. Here are the people: real, irreversible damage is being done to human bodies and spirits. The way we live hides us from one another, and encourages us to improve on our methods of hiding. We need to stop, and do something different — even if it costs us.

Mr. Schumacher describes the existing world but also a potential world — a world which for him reflected religious convictions, that would observe a holy order to things. The earth, with its living creatures, is a gift, not a prize. We ought to cherish it and handle it with care. People are the highest treasure and we ought to bend systems to people, not the other way around. This will not happen on its own, though, and certainly not by folding our arms and pouting at what’s out of our control. Nor will problems go away simply because we say we don’t believe in them.
Like many, I am too inclined to think big, then I get lost in the bigness, then I go right back to what I have always done: not participating in the world and ignoring injustice. Or I retreat from taking action because I cannot predict my own perfect safety — my own status quo outweighs any other cry for help. Now, instead, since he has so earnestly reminded me of how my own security is built on the suffering of others, I ought to find a way to take the path Mr. Schumacher suggests.

One of the most dire mistakes of our time is to believe that the “problem of production” has been solved. This belief is not only ingrained in people who have nothing to do with production (and therefore without professional contact with the facts), but it is also held by virtually all experts, industry moguls, those who They run the economy of the world’s governments, academic (and not so academic) economists, not to mention economic journalists. All of them may not agree on many things, but what they do agree on is that the problem of production has been solved, that the human species is finally of legal age. For rich nations, they say, the most important task today is “education for leisure,” while for poor nations it is “technology transfer.”
That things are not going as they should should be attributed to human immorality.
The emergence of this error, as flagrant as it is firmly rooted, is closely linked to the philosophical, not to say religious, changes in man’s attitude towards nature in the last three or four centuries. Perhaps I should say: the attitude of western man towards nature. But since the whole world is undergoing a process of westernization, the more general statement seems justified. Man does not feel part of nature, but rather as an external force destined to dominate and conquer it.
In other words, the changes of the last twenty-five years in the quality and quantity of our industrial processes have produced a totally new situation. A situation that is the result not of our failures precisely, but of what we assumed to be our greatest successes. And all this has happened so suddenly that we hardly realize that we are rapidly consuming a type of irreplaceable capital goods, the so-called margins of tolerance, which good nature always keeps in reserve.

A very fashionable modern belief regards universal prosperity as the surest foundation of peace. One may search in vain for some historical evidence to show that the “rich” have regularly been more peaceful than the poor, but then it could be argued that they never felt safe from the “poor”; that his aggressiveness arose from fear and that the situation would be quite different if we were all “rich.”
Economic progress, he claimed, can only be achieved if we employ those powerful human impulses of selfishness, which religion and traditional wisdom universally call us to resist. The modern economy is driven by a madness of insatiable ambition and delights in an orgy of envy, these being not merely accidental events, but the ultimate causes of its expansionist success. The question is then whether such causes can retain their effectiveness for long or whether they implicitly carry the seeds of their own destruction.
How to begin to dismantle greed and envy? Perhaps by beginning to be less greedy and envious ourselves, or avoiding the temptation to allow our luxuries to become necessities and by systematically analyzing our own needs to find ways to simplify and reduce them. If we don’t have the strength to do any of these things, could we at least stop applauding the kind of economic “progress” that suffers from a lack of foundation for permanence while giving our support, however modest, to Who, having no fear of being branded eccentrics, work for non-violence as ecologists, protectors of wildlife, promoters of organic agriculture, home producers, etc.? A gram of practice is generally more valuable than a ton of theory.

One of the most important problems of the second half of the 20th century is the geographical distribution of the population, the question of “regionalism.” But regionalism not in the sense of combining many states in free trade systems, but in the opposite sense of developing all regions within each country. This, in fact, is the most important issue on the agenda of any large country today. And much of the contemporary nationalism of small nations and their desire for self-government and independence is simply a logical and rational response to the need for regional development. In poor countries in particular, there is no hope unless there is effective regional development, development outside the capital that reaches all the rural areas where people live.
If this effort is not made, the only alternative left is to remain in the miserable state in which they are or to emigrate to the big city, where their condition will be more miserable.

While the ideas of the 19th century deny or destroy the hierarchy of levels in the universe, the notion of a hierarchical order is an indispensable instrument of understanding. Without the recognition of “the levels of being” or “the degrees of significance” not only can we not make the world intelligible, but we also have no chance of defining our own position, the position of man in the scheme of the universe. Only when we can see the world as a ladder and when we can see the position of man on that ladder can we admit that there is meaning to the life of man on earth. It may be the task of man (or simply, if we prefer, the happiness of man) to obtain a greater degree of realization of his potentialities, a higher level of being or “degree of significance” than that which he obtains “naturally. ‘, But we cannot even study this possibility if we do not first accept the existence of a hierarchical structure. To the extent that we interpret the world through the great and vital ideas of the nineteenth century, we are blind to these differences of level, because we have blinded ourselves.
The problems of education are mere reflections of the deepest problems of our time. These problems cannot be solved by organization, management or investment of money, although we do not deny the importance of all these things. We are suffering from a metaphysical disease and the cure must therefore be metaphysical.
An education that fails to clarify our core convictions is merely a workout or a game. Because it is our core convictions that are in disarray and as long as the present antimetaphysical attitude persists, such disorder will go from bad to worse. Education, far from being man’s greatest resource, will be an agent of destruction, according to the corruptio optimi pessima principle.

No degree of prosperity could justify the accumulation of large quantities of highly toxic substances that no one knows how to make “safe” and that constitute an incalculable danger to all of creation during historical and even geological periods. To do so is a transgression against life itself, a transgression infinitely more serious than any crime perpetrated by man. The idea that a civilization could support itself on the basis of such transgressions is an ethical, spiritual, and metaphysical monstrosity. It means conducting the economic affairs of man as if people really don’t matter at all.
I have no doubt that it is possible to give a new direction to technological development, a direction that will lead it back to the real needs of man, which also means going back to the correct size of man. Man is small and therefore small is beautiful. To pursue gigantism is to seek self-destruction. And what is the cost of a new orientation? We must remind ourselves that calculating the cost of survival is aberrant. To be sure, anything worthwhile costs something, but changing technology so that it serves man rather than destroys him primarily requires an effort of imagination and an abandonment of fear.

– The ‘dual economy’ in developing countries is going to remain for the foreseeable future. The modern sector will not be in a position to absorb the whole.
– If the traditional sector is not the object of special development efforts, it will continue to disintegrate; This disintegration will continue to manifest itself in massive unemployment and mass migration to metropolitan areas and this will poison the economic life of the modern sector as well.
– The poor can be helped to help themselves, but only by making available a technology that recognizes the framework and limitations of poverty: an intermediate technology.
– National and supranational action programs are needed to develop appropriate intermediate technologies to promote full employment in developing countries.

Economic development is something much broader and much deeper than economics, let alone econometrics. Its roots extend beyond the economic sphere, in education, organization, discipline and, above all, in political independence and in a national consciousness of confidence in its own forces. It cannot be “produced” by skillful grafting operations performed by foreign technicians or by a native elite who have lost all contact with ordinary people. It can only be successful if it is practiced as a “rebuilding movement” with the main emphasis on making full use of one’s energy, enthusiasm, intelligence, and work capacity. Success cannot be achieved through some form of magic produced by scientists, technicians, or economic planners. It can only occur through a growth process that includes education, organization and self-discipline of the entire population. Any approach that forgets these factors will end in failure.

Everywhere people ask, “What can I do?” The answer is as simple as it is puzzling: we, each of us, can work to put our own home in order. The guidance we need for this work cannot be found in science or technology, whose value ultimately depends on the ends they serve; but it can still be found in the traditional wisdom of mankind.

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