Los Desaparecidos — Andrew O’Hagan / The Missing by Andrew O’Hagan

Me pareció un libro muy interesante. Este fue el primer libro de O’Hagan y, a diferencia de sus obras de ficción posteriores, es un artículo de investigación.
Comienza como una serie de historias; de la familia de O’Hagan, en ambos lados, de los problemas de Glasgow con el sectarismo, de la infancia de O’Hagan, los asesinatos de John Bible, de Kilwinning e Irvine, antiguo (el de John Galt) y New, pero se transforma en una meditación sobre personas que han desaparecido; cuando era un niño de tres años y, más tarde, una joven de quien el único rastro era su bolso, lo hizo durante la juventud de O’Hagan en Irvine, adonde se había mudado su familia en los primeros días de la construcción de New Town. En el texto escribe que, desde la infancia, alimentado por esos dos incidentes en su ciudad natal, ha tenido un miedo morboso a desaparecer. Sobre ese sectarismo en curso, O’Hagan dice: “A veces hay demasiado placer y demasiada cohesión social, involucrados en un odio mutuo constante para que se entregue así. A falta de mucho más, por supuesto, el prejuicio es solo una forma de tradición “. Lo que quizás contribuya en gran medida a explicar la persistencia del sectarismo.
En el curso del libro, O’Hagan medita sobre las crueldades que los niños se cometen entre sí cuando no hay adultos alrededor; con especial énfasis en un incidente de su juventud, cuando era un coautor, y el caso de James Bulger (“Había algo inútil en la forma en que se discutió el caso … los dos niños Scouse fueron llamados demonios, tratados como anomalías completas, y fueron perseguidos fuera de la corte por adultos enfermos con el deseo de venganza”) antes de finalmente llegar al corazón de su investigación, 25, Cromwell Street, Gloucester, a través de las conexiones de Fred West con Glasgow a través de su primera esposa , cuyo cuerpo, junto con los de su amiga y su hija, finalmente fue desenterrado en el jardín de la casa anterior de West en Much Marcle, Herefordshire. El último cuarto del libro se ocupa de la vida y las actividades de West y de los desaparecidos y, hasta el descubrimiento de sus cuerpos, sus víctimas aparentemente inadvertidas.

Hay diferentes formas de cometer un error (como dice la jerga policial para las personas desaparecidas). Algunas personas tienen razones para desaparecer y quieren seguir siéndolo. Mucha gente que O’Hagan se reunía en algún refugio ocasional, para personas sin cita previa, entraba en esa categoría. También observa una categoría cada vez mayor de desaparecidos que simplemente pasan desapercibidos hasta que sus cuerpos se encuentran en sus hogares meses o años después de su muerte.
Si bien es el pensamiento y la posible situación de las personas desaparecidas lo que atraviesa el libro, son los detalles autobiográficos de la familia de O’Hagan y sus primeros años los que son más inmediatos y memorables para el lector. (O’Hagan se refiere a ir a la escuela por primera vez, con pantalones largos. Ese cambio lo hubo en quince años más o menos; en mi época, tal esplendor de vestimenta no se lucía hasta la escuela secundaria).
En el epílogo de esta edición de 2004, O’Hagan escribe que abrió la publicación estadounidense del libro con la frase: “Ninguno de nosotros está a salvo en este mundo”, y ahora no desea limitar su “tenor ominoso”. ¿Pero seguramente eso siempre ha sido cierto? Podríamos caer bajo el proverbial autobús, o carrito como estaba. Un examen detenido de los horribles acontecimientos que tienen lugar, de las vidas truncadas o comprometidas, conducirá inevitablemente a tal sensación de inseguridad. Alimentar y alentar esos pensamientos es lo que impulsa a la prensa sensacionalista y a los políticos de derecha ansiosos por reducir las libertades de la población y el escrutinio de sí mismos. Quizás el esfuerzo periodístico de O’Hagan le ha oscurecido una perspectiva más amplia. No existe la seguridad absoluta. Y la protección contra amenazas – terroristas o de otro tipo – nunca puede ser completa. Sin embargo, a pesar de lo que sucede hoy en el mundo, y en el Reino Unido, mi generación y la de nuestros hijos son, en general, y estadísticamente, más seguras que las de mis padres y abuelos. (Esto puede no aplicarse a los desaparecidos, por supuesto).
Es un esfuerzo generalmente descuidado pero necesario reflexionar y prestar atención a las personas que quizás se olvidan con demasiada facilidad y cuyo destino puede ser o no sombrío. Incluso en esta era digital y vigilada por cámaras es posible desaparecer, aparentemente sin dejar rastro. La luz que O’Hagan arroja sobre el problema no es escasa ni confortable.

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To my way of thinking a goodie book and re-read it. This was O’Hagan’s first book and unlike his later fiction works is a piece of investigative reporting.
It begins as a series of histories; of O’Hagan’s family, on both sides, of Glasgow’s troubles with sectarianism, of O’Hagan’s childhood, the Bible John murders, of Kilwinning and Irvine old (that of John Galt) and New, but transforms into a meditation on people who have gone missing; as a three year old boy and, later, a young woman of whom the only trace was her handbag, did during O’Hagan’s youth in Irvine to where his family had moved in the early days of the New Town’s construction. In the text he writes that he has, since childhood, fuelled by those two incidents in his home town, had a morbid fear of disappearing. Of that ongoing sectarianism O’Hagan says, “There’s sometimes too much pleasure, and too much social cohesion, involved in an ongoing mutual hatred for it to be surrendered just like that. In the absence of much else, of course, prejudice is just a form of tradition.” Which perhaps goes a long way to explaining sectarianism’s persistence.
In the book’s course O’Hagan meditates on the cruelties children perpetrate on one another when there are no adults around; with particular emphasis on an incident from his youth – when he was a joint perpetrator – and the James Bulger case (“There was something unhelpful about the way that case was discussed….. the two Scouse boys were called devils, treated as complete anomalies, and they were hounded outside the court by adults sick with the desire for retribution,”) before finally coming to the heart of his investigation, 25, Cromwell Street, Gloucester, by way of Fred West’s connections to Glasgow via his first wife, whose body, with those of her friend and daughter, was eventually dug up in the garden of West’s previous home in Much Marcle, Herefordshire. The last quarter of the book is taken up with West’s life and activities and the missing and, up till the discovery of their bodies, his seemingly unmissed, victims.

There are different ways to be a misper (as police jargon for missing persons has it.) Some people have reasons for going missing – and want to remain so. Many folk O’Hagan met in an occasional shelter, for drop-ins, fell into that category. He also notes an increasing category of missing who are simply unnoticed until their bodies are found in their homes months or years after their deaths.
While it is the thought and possible plight of missing persons that toll through the book it is the autobiographical details of O’Hagan’s family and early life which are the most immediate and memorable to the reader. (O’Hagan refers to going to school for the first time – in long trousers. Such a change there was in fifteen years or so; in my day such sartorial splendour was not sported until Secondary School.)
In the afterword to this 2004 edition O’Hagan writes that he opened the US publication of the book with the sentence, “We are none of us safe in this world,” and now does not wish to limit its “ominous tenor”. But surely that has always been true? We could fall under the proverbial bus – or cart as was. A close examination of the awful events that take place, of the lives cut short or compromised, will inevitably lead to such a sense of insecurity. Feeding and encouraging such thoughts is what fuels the tabloid press and right wing politicians eager to reduce freedoms for the populace and scrutiny of themselves. Perhaps O’Hagan’s journalistic endeavour has obscured to him a wider perspective. There is no such thing as absolute safety. And protection from threat – terrorist or otherwise – can never be complete. Yet notwithstanding what goes on today in the world – and the UK – my generation and that of our children are generally – and statistically – safer than those of my parents and grandparents. (This may not apply to the missing of course.)
It is a usually neglected yet necessary endeavour to reflect on and pay attention to people who are perhaps too easily forgotten and whose fate may or may not be grim. Even in this digital and camera-surveilled age it is possible to disappear, apparently without trace. The light O’Hagan shines on the problem is not sparing neither is it comfortable.

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