Mata A Tus Ídolos — Toni García Ramón / Kill Your Idols by Tony García Ramón (spanish book edition)

El primer (y último, según dice en el epílogo) libro de Toni García Ramón es su particular colección de anécdotas con actores y directores de Hollywood. Hay algunas muy graciosas, es cierto, y un par de ellas muy emotivas; sobre todo con las que abre el libro, no diré a quién para no matar la magia de que lo descubráis vosotros mismos. Pero no esperéis el libro definitivo sobre la deconstrucción de la fama, la idolatría o una revisión del mundo del cine. No, tan solo es un anecdotario del periodista. Se lee muy rápido, eso sí, y las fotografías hechas por su amigo Xavi con las que ilustra muchos de estos encuentros son preciosas.
Podría parecer a la vez un consejo al lector y una puerta para el escarnio de mitos, pero nada más lejos de eso. El periodista se dedica en estas páginas a sacar a la luz las anécdotas más graciosas o entretenidas de ese mundillo de certámenes, entrevistas de directores y actores, que sin entrar en análisis sesudos entretienen a aficionados de todos los niveles. Obviamente los más avanzados disfrutarán más de las escenas reales de los protagonistas del libro.
Los tic (conocidos y otros no tanto) aparecen punteados además con la propia biografía de García, un amante del cine en toda regla y un buen narrador, aunque no se canse de decir lo contrario ni haga el esfuerzo por hacerse el listo o exhibirse con florituras técnicas o enciclopédicas.

(David Lynch) David, ¿cómo definirías tu proceso creativo para una película?
—Pongamos que tengo dos habitaciones, las dos a oscuras. En una hay un montón de personajes y tramas. Así que entro en ella, cojo algunas piezas y las pongo en la otra habitación. Sigo ese proceso durante un tiempo y, cuando ya he cogido suficientes piezas, enciendo la luz.

El orégano es sensacional.
Ted Danson pasó entonces a explicarnos el secreto del orégano, que no debe ser fumado de un modo convencional, sino con cierto ritual.
—Si lo fumas a caladitas no hace nada de nada, en cambio, si haces una calada muy fuerte, a pleno pulmón, es casi imposible que notes ninguna diferencia con la marihuana. El secreto es fumarlo a pulmón, no hay más.
Yo me atreví entonces a preguntarle si al final el secreto no estaría en el propio acto de fumar, aspirando muchísimo oxígeno, más que en la hierba escogida para sustituir a la «hierba».

Tom Hardy porque es uno de los pocos actores que no tiene límites. Y eso vale para todo: tiene un talento inconmensurable para la actuación, es listo como el hambre y, además, no tiene pelos en la lengua. Con él hablé de su (superada) adicción al crack, de su pasado casi hooligan, de sus relaciones con otros actores, de su visión de Hollywood y —por supuesto— de James Bond. Le conté la anécdota del otro Bond, el que me engañó en un festival de Europa del este. Empezó a reírse y me juró que «de momento» no iba a ser Bond.
De momento ha cumplido, pero ya le dije que si me engañaba volvería y lo mataría.
Su publicista se río, sospecho que de mí.
Hardy es uno de esos tipos que vale la pena entrevistar porque es una máquina de titulares.
Al otro extremo, estaría —por ejemplo— Chris Pine.

Muchas personalidades han conseguido evadirse de las páginas de este libro.
Unas porque sus entrevistas fueron tan perfectas, tan impolutas, que no merecen más titular que el que ocupan sus propias declaraciones: Ian McKellen y sus calceltines de colores frente la chimenea de un hotel de lujo en Londres; Meryl Streep, impecable, deliciosa y pluscuamperfecta, la actriz que puede estar bien en la peor de las películas.
Como Cate Blanchett, Sigourney Weaver, Judi Dench (aun con su mal carácter), Leo DiCaprio, Eva Mendes o Charlize Theron.

Es innegable que la carrera de Harrison Ford se ha edificado en los cimientos de Star Wars, En busca del arca perdida y Blade Runner. Pero él prefiere hablar de cualquier otra cosa.
La última vez que lo entrevisté fue también la mejor, y —sobre todo— fue la primera vez en que atiné a comprender por qué un actor que ha interpretado a tres de los grandes íconos cinematográficos de todos los tiempos se empeña en enterrarlos como si no fueran con él.
Que decir de la anécdota de Tom Hanks y el regalo del maletín de la promoción de “Polar Express” y el desgraciado incidente con unos cuchillos en el aeropuerto.

Una de las que no ha cambiado es Helen Mirren.
No recuerdo la primera vez que la entrevisté, pero jamás podré olvidar la primera vez que la vi en la pantalla de un cine. Fue en 1981, cuando por una carambola acabé con un amigo en el cine, viendo una película llamada Excalibur.
Mentiría si dijera que no fue una de las experiencias más traumáticas de mi vida: allí había más sangre, sexo y mística que en la Biblia y yo no sabía nada de ninguna de las tres cosas, y lo que sabía de la Biblia, no me estaba siendo muy útil.
Pero aun siendo un chaval de diez años que no sabía de nada importante, Excalibur me clavó a la silla como un maniaco con una máquina de clavos.
Nunca olvidaré el momento en que aparece Helen Mirren interpretando a Morgana, ya adulta, con una especie de vestido de malla, dispuesta a todo. Veinte años después, Morgana y yo nos sentamos para una entrevista y allí seguía ella, con su vestido de malla, refugiada en mi hipotálamo.

————–

The first (and last, as he says in the epilogue) book by Toni García Ramón is his particular collection of anecdotes with Hollywood actors and directors. There are some very funny, it is true, and a couple of them very emotional; especially with those who open the book, I will not say who to not kill the magic that you discover yourself. But don’t wait for the definitive book on the deconstruction of fame, idolatry or a review of the world of cinema. No, it is just an anecdote from the journalist. It reads very fast, yes, and the photographs taken by his friend Xavi with which he illustrates many of these encounters are precious.
It might seem both advice to the reader and a door for the scorn of myths, but nothing is further from that. The journalist is dedicated in these pages to bring to light the funniest or most entertaining anecdotes of that world of competitions, interviews of directors and actors, which, without entering into brainy analysis, entertain fans of all levels. Obviously the more advanced will enjoy more of the real scenes of the protagonists of the book.
Tics (well-known and others not so much) are also dotted with García’s own biography, a full-blown film lover and a good storyteller, although he does not tire of saying the opposite or makes the effort to pretend to be smart or exhibit himself with technical or encyclopedic flourishes.

(David Lynch) David, how would you define your creative process for a movie?
“Let’s say I have two rooms, both dark.” In one there are a lot of characters and plots. So I go into it, grab some pieces, and put them in the other room. I go through that process for a while and when I’ve picked up enough pieces, I turn on the light.

The oregano is sensational.
Ted Danson then went on to explain the secret of oregano, which should not be smoked in a conventional way, but with a certain ritual.
—If you smoke it with puffs it doesn’t do anything at all, on the other hand, if you take a very strong puff, full lung, it is almost impossible for you to notice any difference with marijuana. The secret is to smoke it by lung, there is no more.
So I dared to ask him if in the end the secret would not be in the very act of smoking, taking in a lot of oxygen, rather than in the herb chosen to replace the “herb”.

Tom Hardy because he is one of the few actors who has no limits. And that goes for everything: he has an immeasurable talent for acting, he is smart as hunger and, moreover, he does not mince words. I talked to him about his (overcame) crack addiction, his almost hooligan past, his relationships with other actors, his vision of Hollywood and — of course — James Bond. I told him the story of the other Bond, the one who cheated on me at a festival in Eastern Europe. He started laughing and swore to me that he wasn’t going to be Bond for the moment.
So far he has complied, but I already told him that if he cheated on me I would come back and kill him.
His publicist laughed, I suspect from me.
Hardy is one of those guys who is worth interviewing because he’s a headline machine.
At the other end, there would be —for example— Chris Pine.

Many personalities have managed to escape from the pages of this book.
Some because his interviews were so perfect, so pristine, that they deserve no headline other than the one his own statements occupy: Ian McKellen and his colorful socks in front of the fireplace of a luxury hotel in London; Meryl Streep, flawless, delicious and perfect, the actress who can be well in the worst of movies.
Like Cate Blanchett, Sigourney Weaver, Judi Dench (even with her bad temper), Leo DiCaprio, Eva Mendes or Charlize Theron.

It is undeniable that Harrison Ford’s career has been built on the foundations of Star Wars, Raiders of the Lost Ark (Indiana Jones) and Blade Runner. But he prefers to talk about anything else.
The last time I interviewed him was also the best, and – above all – it was the first time I managed to understand why an actor who has played three of the great film icons of all time insists on burying them as if not go with him.
What to say about the Tom Hanks anecdote and the gift of the “Polar Express” promotional briefcase and the unfortunate incident with some knives at the airport.

One of those who has not changed is Helen Mirren.
I don’t remember the first time I interviewed her, but I can never forget the first time I saw her on a movie screen. It was in 1981, when for a carom I ended up with a friend at the cinema, watching a movie called Excalibur.
I would be lying if I said it was not one of the most traumatic experiences of my life: there was more blood, sex and mysticism there than in the Bible and I did not know anything about any of the three things, and what I did know about the Bible, I did not he was being very useful.
But even as a ten-year-old kid who didn’t know anything important, Excalibur nailed me to the chair like a maniac with a nail machine.
I will never forget the moment when Helen Mirren appears playing Morgana, now an adult, in a kind of mesh dress, ready for anything. Twenty years later, Morgana and I sat down for an interview and she was still there, in her mesh dress, sheltered in my hypothalamus.

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