A Lo Lejos — Hernán Díaz / In the Distance by Hernán Díaz

Sin duda este libro tiene muchos halagos pero también sombras. Probablemente la mejor historia en la frontera que he leído. No es exactamente un western (hasta donde yo, que se poquísimo del género, puedo discriminar), en el sentido de que dudo que lo primero que apareciera, en la génesis de la novela, fuera el escenario. Más bien es el escenario necesario para explicar el tipo de aislamiento que sufre Håkan a lo largo de la novela. Los recursos con los que juega el autor son brutales.
“El desierto es el laberinto perfecto: no tiene puertas ni ventanas, no tiene paredes ni techos.. no hay ninguna indicación de principio ni de final. Todo lo alcanza, todo lo contempla, nada escapa de sus manos. Håkan traviesa muchos desiertos, pero el principal, el más importante, es el de la soledad: un joven inmigrante sueco que llega a Estados Unidos durante la época de la Fiebre del Oro, después de haber perdido su hermano durante la travesía que lo lleva hasta allá. Incapaz casi de comunicarse, Håkan empezará un viaje hacia Nueva York en busca de su hermano que lo llevará a sobrevivir en las condiciones más extremas.
Hernan Díaz analiza de manera brillante la más absoluta soledad a través de un personaje fascinante: un ser que parte de la más miserable existencia para devenir un mito en vida. Enmarcado en el género del western, pero subvirtiendo sus reglas con el objetivo de describir el abstracto paisaje del aislamiento, Hernan Díaz es capaz de jugar con el lenguaje con una excelencia pocas veces vista. La soledad nunca ha estado tan llena de vida y de sentido”.

Un western ambientado en plena Fiebre del Oro. Hakan, nuestro protagonista, o «el Halcón» como le llama todo el mundo, es un inmigrante sueco que llega a los Estados Unidos en busca de su hermano Linus, del cual se separó antes de embarcar. Hakan llega a la costa oeste americana e inicia un periplo hacia al este —tiene que llegar a Nueva York donde espera encontrar a Linus—, a la inversa del trayecto que solía hacerse en la época. Y aquí reside la clave de esta novela, en el viaje.
La soledad será el mejor compañero de Hakan en esa complicada travesía por el desierto, pero también le secundarán un séquito de personajes variopintos que, en ocasiones —la mayoría de las veces—, mediante actos de una crueldad perversa e intereses personales, le empujarán a forjarse un enorme sentimiento de desconfianza respecto al ser humano, provocando por otra parte, un obligado acercamiento y conexión con la naturaleza.
“La liebre, al igual que una hoja de hierba o un trozo de carbón, no es simplemente una pequeña fracción de una totalidad, sino que alberga esa totalidad en su seno. Eso hace que todos seamos uno. Cuando menos, porque todos estamos hechos del mismo material. Nuestra carne se compone de los residuos de las estrellas muertas, y esto también se aplica a la manzana y al árbol del que crece, a cada pelo de las patas de la araña y a la roca que se corroe en el planeta Marte. Cada ser vivo, por minúsculo que sea, irradia rayos que se extienden hacia el conjunto de la creación.”
Debido a todas las situaciones que vivirá durante el trayecto, asistiremos al crecimiento como persona de Hakan, un inmigrante que sin pretenderlo termina siendo un proscrito y luego una leyenda, alguien que apenas habla unas pocas palabras de la lengua del territorio que transita: el de un país todavía en plena construcción.
A lo lejos es una novela que tiene la capacidad de dejar en el lector aquel extraño poso de nostalgia de lo no vivido, profusa en los detalles pero sin llegar a hacerse pesada, perfectamente narrada y con un personaje de los que se quedan anclados en tu memoria. Con brillantez, Hernán Díaz ha sabido crear una atmósfera árida que se nos cala hasta los huesos.

El entusiasmo que ha generado este libro en USA está asociado con la vanidad que sienten los norteamericanos cuando un extranjero revisa sus mitos de origen con tanta indulgencia. Y “revisar” aquí tiene que ver más con el uso de unos tópicos cinematográficos vertidos en una prosa correcta que con una verdadera “reinvención del género”. Los personajes son unidimensionales, o muy buenos o muy malos. Los indígenas, por ejemplo, suelen ser sabios y nobles, mientras los forajidos son poco más que sádicos sin moral. La creación de la leyenda de El Halcón es inverosímil, ajena a las voluntades, las condiciones técnicas y sociales de comunicación, el ánimo colonizador pendenciero (una caricatura de serie de televisión de los ochenta). Hakan sobrevive en el desierto porque así lo quiere su creador, pero no hay nada en él, aparte de su altura y sus buenos sentimientos (pff!), que lo hagan digno de una fortaleza espiritual extraordinaria. Nunca provoca nada en la historia, siempre es “algo” que se deja llevar.
Ese amor que el autor siente por algunos personajes-tropos (el naturalista, el indígena, el ermitaño) es reflejo de una visión secular y progresista, una perspectiva romántica, que lava la suciedad histórica y desmancha el contexto cultural. En ese gesto no solo aliviana la historia sino que infantiliza sus amados caracteres.
El problema, al menos para mí, es su, en ocasiones, un tanto repetitiva manera de centrarse en los sentimientos del personaje o de los sucesos que acontecen.

Vasta, frenética, intrincada, rugiente, retorcida, la cantera era una ciudad desquiciada y llena de terrazas donde moraba una especie desconocida. Los carros repletos de ganga, tirados por bestias miserables, se tambaleaban a lo largo de las numerosas sendas que discurrían por aquel laberinto. Los vehículos de balancín, idénticos al que había visto por el camino, rodaban sobre las barras de madera entrando y saliendo de los túneles, cargados de piedras, herramientas y hombres. El sonido del metal contra la piedra, como gotas de un fuerte aguacero, colmaba el aire por completo. Las nubes de humo florecían aquí y allá, seguidas por el bramido de una explosión. Bajo el sol maligno, los hombres polvorientos iban y venían por estrechas repisas, trepaban y descendían por escalas y se arrastraban para entrar y salir de las galerías, acarreando pertrechos y piedras. Algunos daban instrucciones mediante gestos y gritos, pero reinaba tal tumulto que resultaba imposible oír ninguna voz. Había guardias armados por doquier. De manera casi continua, se producían pequeñas avalanchas que provocaban desbandadas de mineros en todas direcciones. Aquel lugar tan inhumano, con sus mugrientos agujeros, sus paredes abruptas y sus terrazas que se adentraban en la tierra quebrada como una escalinata gigantesca, se extendía hasta más allá de donde alcanzaba la vista.
Nada que se hubiera abandonado en la naturaleza salvaje podía recuperarse jamás. Cada encuentro era el último. Nadie regresaba de más allá del horizonte. Era imposible volver a nada ni a nadie. Todo lo que quedaba fuera del alcance de la vista se perdía para siempre.

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Without a doubt, this book has many compliments but also shadows. Probably the best story on the border that I have ever read. It is not exactly a western (as far as I, who know very little about the genre, can discriminate), in the sense that I doubt that the first thing that appeared, in the genesis of the novel, was the setting. Rather, it is the setting necessary to explain the kind of isolation that Håkan suffers throughout the novel. The resources that the author plays with are brutal.
“The desert is the perfect labyrinth: it has no doors or windows, it has no walls or ceilings … there is no indication of beginning or end. He reaches everything, contemplates everything, nothing escapes from his hands. Håkan mischievous many deserts, But the main one, the most important, is that of loneliness: a young Swedish immigrant who arrived in the United States during the time of the Gold Rush, after having lost his brother during the journey that took him there. communicate, Håkan will begin a journey to New York in search of his brother who will lead him to survive in the most extreme conditions.
Hernan Díaz brilliantly analyzes the most absolute loneliness through a fascinating character: a being that starts from the most miserable existence to become a myth in life. Framed in the western genre, but subverting its rules in order to describe the abstract landscape of isolation, Hernan Díaz is capable of playing with language with an excellence rarely seen. Loneliness has never been so full of life and meaning “.

A western set in the middle of the Gold Rush. Hakan, our protagonist, or “the Falcon” as everyone calls him, is a Swedish immigrant who arrives in the United States in search of his brother Linus, from whom he separated before embarking. . Hakan reaches the American west coast and begins a journey east – he has to get to New York where he hopes to find Linus – the reverse of the journey he used to take at the time. And here lies the key to this novel, in the journey.
Solitude will be Hakan’s best companion on that complicated journey through the desert, but he will also be supported by an entourage of diverse characters who, on occasions – most of the time -, through acts of perverse cruelty and personal interests, will push him to forge a huge feeling of mistrust with respect to the human being, causing on the other hand, a forced approach and connection with nature.
“The hare, like a blade of grass or a piece of coal, is not simply a small fraction of a totality, but it houses that totality in its bosom. That makes us all one. At least, because we are all made made of the same material. Our flesh is made up of the residues of dead stars, and this also applies to the apple and the tree from which it grows, to each hair on the spider’s legs and to the rock that corrodes on the planet Mars. Every living being, no matter how tiny, radiates rays that extend towards the whole of creation. ”
Due to all the situations that he will experience during the journey, we will witness the growth as a person of Hakan, an immigrant who unintentionally ends up being an outlaw and later a legend, someone who barely speaks a few words of the language of the territory he transits: that of a country still under construction.
Far Away is a novel that has the ability to leave in the reader that strange trace of nostalgia for what has not been lived, profuse in the details but without becoming heavy, perfectly narrated and with a character that remains anchored in your memory. With brilliance, Hernán Díaz has managed to create an arid atmosphere that sinks to our bones.

The enthusiasm this book has generated in the USA is associated with the vanity Americans feel when a foreigner reviews their myths of origin with such indulgence. And “revising” here has more to do with the use of cinematographic clichés poured into correct prose than with a true “reinvention of the genre.” The characters are one-dimensional, or very good or very bad. The Indians, for example, are often wise and noble, while the outlaws are little more than sadists without morals. The creation of the legend of El Halcón is implausible, alien to the wills, the technical and social conditions of communication, the quarrelsome colonizing spirit (a cartoon from a television series from the eighties). Hakan survives in the desert because his creator wants him to, but there is nothing about him, apart from his height and his good feelings (pff!), That makes him worthy of extraordinary spiritual strength. It never causes anything in history, it is always “something” that gets carried away.
That love that the author feels for some trope-characters (the naturalist, the indigenous, the hermit) is a reflection of a secular and progressive vision, a romantic perspective, which washes away the historical dirt and bleeds the cultural context. In that gesture he not only lightens the story but also infantilizes his beloved characters.
The problem, at least for me, is his sometimes somewhat repetitive way of focusing on the character’s feelings or the events that happen.

Vast, frantic, intricate, roaring, twisted, the quarry was a deranged, terraced city where an unknown species dwelt. The carts full of bargain, drawn by miserable beasts, staggered along the many paths that ran through this maze. The rocking vehicles, identical to the one he had seen on the road, rolled on the wooden bars in and out of the tunnels, laden with stones, tools and men. The sound of metal against stone, like drops from a heavy downpour, filled the air completely. Clouds of smoke blossomed here and there, followed by the roar of an explosion. In the evil sun, dusty men came and went along narrow ledges, climbed and descended ladders and crawled in and out of galleries, carrying supplies and stones. Some gave instructions by gestures and shouts, but there was such a tumult that it was impossible to hear a voice. There were armed guards everywhere. Small avalanches occurred almost continuously, causing miners to disband in all directions. This inhuman place, with its grimy holes, its steep walls, and its terraces that jutted out into the broken earth like a gigantic staircase, stretched as far as the eye could see.
Nothing that had been left in the wild could ever be recovered. Each meeting was the last. No one was returning from beyond the horizon. It was impossible to return to anything or anyone. Everything that was out of sight was lost forever.

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