Cabezas Cortadas Y Cadáveres Ultrajados — Francisco Gracia Alonso / Severed Heads and Outraged Corpses by Francisco Gracia Alonso (spanish book edition)

Un libro de historia que te hace pensar si realmente estamos “civilizados”,muy interesante lectura.
«Pedir la cabeza», «cortar la cabeza» o «poner la cabeza en bandeja» son expresiones que se emplean de forma frívola y despojadas del significado sangriento que se les otorga en esferas de la vida cotidiana como el deporte o la política, cuando se solicita o explica desde las páginas de la prensa la destitución de un entrenador o un líder político, como en el caso del fracaso parcial de la primera ministra británica, Theresa May, en las elecciones de junio de 2017, a la que el semanario satírico francés Charlie Hebdo2 dibuja decapitada y sosteniendo su cabeza bajo el brazo; o el caso de la defenestración del secretario general del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), Pedro Sánchez, por los partidarios de Susana Díaz, presidenta de la Junta de Andalucía, en octubre de 2016…

Los romanos calificaban como bárbaras a las tribus celtas que llevaban a cabo cacerías de cabezas y las preservaban para su posterior exposición como uno de los principales trofeos que podía poseer un guerrero. Sin embargo, olvidaban que Sila y Cayo Mario se refocilaban, en ocasiones con lascivia, ante la visión de las cabezas de sus enemigos que les eran aportadas como pruebas de su muerte; que César hizo presentar las cabezas de sus soldados ajusticiados o de los ciudadanos romanos muertos en batalla en el bando pompeyano tanto en Roma como en Munda; y, que el número de casos en los que un personaje público era linchado, decapitado y su cuerpo entregado a la plebe para que lo ultrajara y despedazara, tanto durante la República como en el Imperio, es extensísimo. Los asirios y los hebreos practicaban el asesinato masivo de poblaciones como forma de asegurar el control político y religioso de las ciudades y reinos que conquistaban; además, recurrían a la exposición pública de los cadáveres a través del empalamiento en diversas modalidades, sistema en el que los valaquios al final de la Edad Media, se convertirán en expertos imbatibles; los asirios y los egipcios contarán las cabezas.

Las causas de la violencia que dan lugar a los rituales en los que se cortan cabezas o se exponen los cráneos y los trofeos de armas pueden ser, en consecuencia, múltiples, por lo que hay que rechazar el análisis simple que se ha realizado hasta el presente y que se basaba en una lectura directa de los textos de Diodoro de Sicilia y Estrabón, derivados estos de los escritos de Posidonio. Entre dichas causas se deben citar los motivos relacionados con el estatus y el poder, el prestigio social y económico, la ritualidad y las costumbres de vinculación tanto públicas como privadas, jerarquizadas o de patrón gentilicio, y el control territorial de los recursos de producción o de las rutas de comercio. En la mayoría de los casos, estas causas no deben ser la única explicación de un proceso, sino que deben interpretarse desde la óptica de una conjunción multifactorial. Sin embargo, no se las debe considerar el resultado de una complejidad ideológica de carácter contemporáneo, sino consustancial con la evolución de los sistemas sociales desde la Prehistoria, ya que han definido dos líneas teóricas para explicar el desarrollo de la guerra y la violencia: según la teoría biológica, la guerra formaría parte de las concepciones culturales y según la materialista, se basa en una insoslayable obtención violenta de recursos. Un segundo nivel de análisis es el proceso ideológico por el cual los resultados de una acción violenta, representados por los cadáveres, se convierten en trofeos cuando solo eran despojos del triunfo, acción en la que se aúnan elementos militares, ideológicos, rituales y simbólicos, cuyas explicaciones varían de forma sustancial debido a los condicionantes de carácter espaciotemporal.
Las primeras muestras del ultraje de cadáveres mediante la práctica del canibalismo corresponden al Paleolítico medio y superior en Krapina (Croacia), la cueva de l’Hortus (Francia) y Trinchera Dolina (Atapuerca, Burgos) entre otros. Se ha interpretado que la fragmentación de huesos o el corte longitudinal de los mismos para facilitar la extracción y consumición del tuétano, se puede vincular, por ejemplo, a dos tipos de prácticas: la alimentaria según la cual el cadáver de alguien próximo se consideraba un recurso comestible más, o bien, y lo que es más probable, que se tratase de un canibalismo o antropofagia ritual en el que el consumo de la carne y de la sangre de un individuo se relacionase con ideas complejas como la asunción de sus conocimientos y su fuerza física, el traspaso de poderes y la representatividad en el seno del grupo a través de la ingesta del ancestro, y la propia pervivencia de la memoria y encarnación de la afectividad mediante la misma.

El ritual de la caza de cabezas (ngayau) entre los dayaks se vinculaba con las prácticas religiosas, en las que un seguidor o acólito no podía acceder a los vasos sagrados hasta que hubiera realizado una misión en territorio enemigo, aportara una cabeza ganada en combate, o bien fuera presentado por otro guerrero que sí hubiera conseguido una cabeza enemiga en un enfrentamiento. Por ello, el logro del trofeo se consideraba el elemento esencial que definía el estatus del hombre en tanto que guerrero y miembro de la tribu. Las reglas de la guerra estaban bien sistematizadas, entre sus preceptos se incluía la prohibición de ejecutar a un enemigo que se hubiera rendido aunque se destruían sus armas para impedir que las emplease en sucesivas expediciones de guerra, puesto que el sistema de combate entre las tribus de Borneo se basaba en la razia o expedición de castigo y robo como una actividad cíclica; en la presentación de la primera cabeza obtenida, o del primer prisionero tomado por un guerrero en combate a su jefe en agradecimiento por su liderazgo; y, en la entrega de una cabeza al capitoste en el caso de que uno de sus guerreros obtuviera dos o más cautivos o cabezas en combate, por lo que el guerrero podía reservarse la otra para su uso, ya que lo importante era el respeto a las mismas, por cuanto si el guerrero mostraba así su fidelidad al jefe, este debía también ganarse la confianza de quienes le seguían para protegerse espiritualmente de futuras derrotas, que sobrevendrían si no era capaz de respetarlas.
El estudio antropológico de una estructura social como la de los dayaks permite conocer –no deducir o inferir como en los casos de los sistemas políticos y territoriales céltico o ibérico-.
Los guerreros de las tribus dayak de Borneo no son el único grupo del Sudeste Asiático que ha practicado –y aún practica de forma puntual– el ritual de obtener cabezas. Los estudios de Elio Modigliani en 1886 analizaron dicha costumbre en el área de la isla de Nías, en la zona occidental de Sumatra, y concluyeron que la motivación para llevar a cabo dicho ritual era diferente a la de los nativos de Borneo, puesto que se basaba en la idea de convertir en esclavo intemporal del guerrero vencedor al que había sido derrotado y su cabeza cortada era una forma de esclavitud simbólica que se mantendría mientras la cabeza estuviera en posesión de su captor o de los miembros de su estructura social. Y no se trata de una práctica abolida por cuanto, a finales de la década de 1990, se dieron diversos casos de cabezas cortadas, de igual forma que entre los miembros de la tribu sumba, los cuales exponen los cráneos de sus víctimas en montículos formados por apilación en el centro de sus poblados.
En el caso de Melanesia y Nueva Guinea se extendieron hasta principios del siglo XX, y se documentó, en 1901, en casi 10000 craneos.

Tras la caída de Asiria, el Imperio persa llevó a cabo prácticas de terror similares, que incluían el asesinato masivo de los hombres en edad de combatir, la deportación indiscriminada de mujeres y niños reducidos a la esclavitud, como explica Heródoto tras la toma de Mileto en el otoño de 494 a. C. (Hdt., VI.1-9), y la castración de los jóvenes para convertirlos en eunucos tras la ocupación de las islas de Quíos, Lesbos y Ténedos en el verano del 493 a. C. (Hdt., VI.32), acciones que causaron una gran conmoción en las ciudades-estado griegas, no acostumbradas a este tipo específico de violencia. En los relieves de la inscripción de Behistún, correspondientes al reinado de Darío I (521-486 a. C.), se repiten las escenas de triunfo compuestas a partir de esquemas vigentes en el periodo neoasirio, puesto que el rey, de talla mayor que quienes le rodean, y provisto del arco, símbolo de la fuerza en el combate y la caza, pisotea a un enemigo que implora clemencia, mientras se dirige a una columna de cautivos que avanzan hacia él con las manos atadas a la espalda y unido por una cuerda…

Existía, sin embargo, una diferencia entre las cabezas tomadas en batalla y las procedentes de una ejecución. En el primer caso, no se podía respetar ningún tipo de ritual por cuanto la decapitación era un hecho peligroso para el victimario, mientras que de las ejecuciones se encargaba un verdugo jefe (Djellât basi) asistido por los Dejellât jamagi. Dichos puestos se reservaban para antiguos prisioneros, ya que se consideraba una función poco honorable. A los condenados, en especial, si se trataba de personas afamadas, se les solía permitir el rezo de plegarias, la elección del lugar donde querían ser sepultados, e incluso en algunas ocasiones el reo era estrangulado antes de la decapitación para ahorrarle la humillación de la mutilación del cuerpo en vida. En la capital, las cabezas de los enemigos o de los ejecutados se exponían con preferencia ante las puertas del Serrallo, donde también se presentaban las acumulaciones de orejas y narices mutiladas, aunque en todo caso siempre tenía preferencia el lugar en el que se encontraba el sultán, por lo que durante una campaña militar las pirámides se erigían ante su tienda. Esto no excluía la posibilidad de que las cabezas pudieran situarse también en lo alto de los muros o empaladas a lo largo de los caminos, para cumplir su función, acompañadas, en el caso de tratarse de ejecuciones consecuencia de graves delitos, de un cartel explicativo de los motivos de la condena. Puesto que la tradición musulmana implica el entierro del difunto antes de la puesta del sol del día de su muerte, la exposición de las cabezas de creyentes era muy corta, apenas el tiempo que restaba del día de la occisión, una norma que no regía con las de los cristianos que, por lo general, se exponían durante tres días.
Otro tipo de vejaciones eran las mutilaciones, que podían realizarse a individuos vivos o sobre los cadáveres. En el primero de los casos, las más frecuentes eran las desfiguraciones mediante la amputación de la nariz y las orejas, a las que seguían los labios, la emasculación y, de forma más infrecuente, los ojos, los dedos, los pies y la barba.

Los mayas sacrificaban a sus prisioneros usando dos métodos: la decapitación (ch’ak b’aah) y el despeñamiento. El segundo consistía en arrojar rodando por las escaleras del templo a la víctima, como se indica en el vocablo cucul eb («rodar escaleras abajo»). Uno de los ejemplos más significativos de dicha práctica, asociada con frecuencia al Juego de pelota, era el representado en el Edificio 33 de Yaxchilán, en el que el señor del territorio, identificado como Pájaro Jaguar IV, arroja al cautivo señor de Lakamtuun, Ik’Chih («Venado Negro») por las escaleras. Como en las otras culturas mesoamericanas, el concepto de la decapitación en la cultura maya adquiere un profundo significado religioso al relacionarse con los conceptos de muerte y resurrección a través de las ideas del despertar y la creación, relacionadas en las inscripciones jeroglíficas de Palenque y Yaxchilán con la decapitación de seres mitológicos, lo que simboliza el renacimiento periódico de las estructuras sociales, políticas y religiosas. La conmemoración y representación de los ciclos mitológicos fundacionales del sistema ideológico se vincula con la ejecución de los prisioneros de mayor prestigio.
Con independencia de las influencias foráneas, la decapitación fue el principal método empleado por los mayas en las ejecuciones sacrificiales desde el Protoclásico.50 Era una costumbre que derivaba de la práctica de cortar la cabeza a los enemigos vencidos en el campo de batalla y aportarlas a la ciudad como ejemplo de triunfo y valor. Las cabezas de los enemigos, sobre todo si se trataba de individuos con prestigio personal como gobernantes o guerreros, se asociaban en las representaciones a los atavíos y ropajes con los que eran representados los líderes políticos y sociales.

Las masacres de poblaciones nativas americanas no se desarrollarán solo en los territorios del medio oeste o fronterizo con México durante las Guerras Indias. En California, la Fiebre del Oro desatada a mediados de siglo significará un duro golpe para la población indígena, calculada en 300 000 personas durante el periodo de la dominación española, número que empezó a disminuir de forma drástica a raíz de la proclamación de la independencia mexicana debido a la aplicación de las mismas políticas genocidas que condujeron a la expulsión de los apaches y otras tribus al norte del río Grande. En el momento de la supresión de las misiones como sistema de organización territorial en 1834, el número de nativos se había reducido a doscientos cincuenta mil, pero será tras el inicio de la administración estadounidense en 1841 cuando la demografía de la comunidad indígena se hunda. Se calcula que en 1870 quedaban tan solo 30 000, y 16 000 en 1900. La decapitación y el escalpelo se contarán entre las prácticas habituales de las bandas y grupos armados creados por los buscadores de oro para exterminar a las poblaciones nativas y ampliar así los territorios de explotación de áreas extractivas, tratándose en muchos casos de una actividad genocida basada no solo en el desprecio a las sociedades diferentes consideradas como inferiores, sino en la obtención de las recompensas económicas que los gobiernos locales ofrecían por la presentación de cabezas o cabelleras de los nativos asesinados.

Las atrocidades cometidas en África Central tuvieron como objetivo causar el terror entre la minoría que estaba siendo masacrada, una acción que se ha demostrado que es el resultado de una planificación coordinada cuya tendencia era acabar con las tensiones sociales en el país y la región arrastradas durante siglos, a través de la eliminación física de una de las partes. Las decapitaciones, las mutilaciones y las muertes a machetazos tuvieron como objetivo enfrentar a las víctimas con un tipo de suplicio para el que no estaban preparadas psicológicamente, mucho menos asumible por su crueldad y el dolor infligido antes de la muerte que las heridas causadas por arma de fuego, teniendo en cuenta además que la mutilación permanente en caso de sobrevivir a la matanza constituye, como siempre ha sido a lo largo de la historia, un recordatorio claro y concreto de la derrota de un individuo o de un grupo frente a otros y la condena a la dependencia funcional debido a las consecuencias operativas de la mutilación. Del mismo modo, en una estructura en la que la transmisión de la herencia social y cultural, junto con el linaje, se realiza por vía paterna, la violación masiva de las mujeres de un grupo social o etnia pretendía conseguir su desestructuración definitiva, además de la posibilidad del contagio por el virus del SIDA a los varones para provocar una mayor mortandad y sufrimiento. De hecho, el volumen de estupros en el conflicto ruandés fue tan elevado que el Tribunal Penal Internacional para Ruanda (TPIR) ha aceptado la práctica de la violación indiscriminada con fines de limpieza étnica, al igual que sucedió en el caso de la Guerra de los Balcanes, como una forma de genocidio.
Las milicias radicales hutus, Interahamwe, serían las principales responsables de unas matanzas realizadas ante la pasividad de la ONU y en beneficio de los intereses estratégicos y económicos de diversos estados por lo que el TPIR ha condenado a menos de cuarenta personas como responsables del genocidio tutsi.

La decapitación es el método de ejecución de los condenados por los tribunales en Arabia Saudí por motivos ideológicos y políticos, y se aplicó durante las guerras de Chechenia y de los Balcanes, además de en algunos ataques subversivos en el Magreb, como la matanza de Benthalia en Argelia donde fueron decapitadas unas doscientas personas ante la pasividad de las fuerzas de seguridad.
La repercusión de dichos actos fue relativamente escasa, aunque la iglesia ortodoxa rusa considerase un mártir al soldado Yevgeny Rodionov, decapitado por negarse a convertirse tras ser capturado en Chechenia, en un mundo globalizado en el que la información –verdadera o falsa– se distribuye de forma inmediata con el objetivo, no de crear opinión, sino de aleccionar e ideologizar a sus receptores en apoyo de intereses económicos o políticos. El terror difundido a través de los medios de comunicación constituye un elemento esencial de la forma de combatir del Estado Islámico de Siria e Irak conocido en lo sucesivo como ISIS, ISI, ISIL y, actualmente, Dáesh.

Sin embargo, donde la decapitación se emplea de manera profusa como medida de terror y fórmula para ejemplificar el triunfo y el control territorial es en los enfrentamientos derivados del control del narcotráfico en América Central y en México especialmente, donde se producen un mínimo de diez mil asesinatos al año. Se calcula que tan solo durante el mandato del presidente Felipe Calderón entre 2007 y 2012, aparecieron decapitadas unas mil trescientas personas, un número sin duda inferior al real, aunque las cifras exactas son difíciles de establecer. Aunque destaca por su ferocidad, la práctica de la decapitación, la mutilación y la exposición de los cuerpos no se introdujo en los conflictos entre cárteles de narcotraficantes hasta principios de la década de 2000, cuando, según las informaciones periodísticas, algunos antiguos miembros de las fuerzas especiales de lucha antiguerrillera de Guatemala, llamados kaibiles, en honor, según la tradición del cuerpo, del rey maya Kaibil Balam, nunca capturado por los españoles durante el periodo de la Conquista, pasaron a engrosar las filas de los Zetas mexicanos cuando constituían el brazo ejecutor del Cártel del Golfo.
Porque, en el ámbito del narco, los crímenes no son mantenidos al amparo del secreto por quienes los ejecutan, sino que, por el contrario, es en la exposición pública donde cobran sentido como demostración de fuerza y poder, puesto que la truculencia del abandono intencionado de los cuerpos mutilados, y en muchas ocasiones con evidentes muestras de tortura, está perfectamente planificada para causar el mayor impacto posible, y resulta significativo que se elijan zonas de tránsito como las carreteras para colgar los cuerpos de los viaductos y ampliar así el número de personas que pueden comprobar en persona el horror. Unas muestras truculentas de cierta concepción del poder que después son amplificadas por los medios de comunicación y por las redes sociales, algunas de las cuales, como sucede en el caso del Estado Islámico, constituyen canales propios de comunicación. La dinámica violenta es imposible de detener desde la legalidad del Estado debido tanto a su propia debilidad y corrupción como al entramado que representan los cárteles, los cuales, a su vez, no pueden retroceder en el ejercicio de la violencia extrema.
A finalizar la segunda década del siglo XXI, la concepción de la creación del terror como fórmula para la obtención de poder político, económico o territorial a cualquier escala y nivel, se sigue empleando. No se trata de una acción residual, sino de la asunción de que la diferencia de criterio respecto del dolor físico y de la integridad existe entre quienes habían eliminado de su registro conceptual la posibilidad de recibir dolor o muerte infligidos de dicha forma, y quienes consideran que lo anterior es una ventaja que puede ser explotada para la consecución de sus fines. El terror a una muerte atroz, lenta y dolorosa, y también al tratamiento posterior que se dará al cuerpo, supone la parálisis de las voluntades más racionales frente a la demostración despiadada de la fuerza bruta. Unos conceptos que tienen una mayor penetración en las estructuras sociales fuertemente ideologizadas a partir de principios religiosos en los que la preservación del cuerpo es esencial en la creencia de los ciclos de muerte y resurrección.

La leyenda de la «puñalada por la espalda» aventada a partir de 1918 tiene su origen en la negación de las responsabilidades, unas responsabilidades que las sociedades intentan olvidar y superar con la construcción de un discurso historicista propio que pueda ser asumido por grandes capas sociales como el correcto, para servir de base a la definición de nuevas políticas y formas de organización internas. Como es el caso, por ejemplo, del ocultamiento de la etapa fascista italiana hasta 1943 bajo el manto de la lucha partisana entre 1943 y 1945 y de la colaboración con los aliados a partir de la rendición, o la escasa voluntad de análisis del régimen colaboracionista de Vichy hasta hace apenas dos décadas al extender la idea de la masiva participación francesa en la resistencia y en apoyo de la Francia libre, por lo que la asunción de culpas se restringió a los máximos exponentes del régimen, Philippe Pétain y Pierre Laval. Una catarsis colectiva que restringió la depuración con el colaboracionismo a las explosiones de violencia –consideradas incontroladas– en el momento de la liberación, en especial contra las mujeres, acusadas de contacto sexual con los ocupantes, con la perpetración de actos y escenas que recuerdan los relatos del periodo del terror revolucionario de 1792, y una serie de procesos a personajes públicos, intelectuales en particular, que, en la mayor parte de los casos, se saldaron con exoneraciones o condenas leves.

Las ideas de ejercicio del terror a través de la exposición pública de los cuerpos mutilados y de las cabezas cortadas son las que alientan la comisión de dicho tipo de ejecuciones en las luchas entre bandas de narcotraficantes en América Central y del Sur. La territorialidad, el poder, se obtiene a través de la exposición y la humillación pública de los restos del enemigo, un importante cambio de paradigma por cuanto hasta hace poco tiempo se intentaba con la desaparición seguida de ejecución, pero sin localización posterior del cadáver, el mismo fin. No solo es necesaria la violencia en el ámbito en que se desarrolla, es determinante que la misma tenga un grado concreto de crueldad y de exhibicionismo para que alcance todos sus objetivos. Las sociedades, sin embargo, avanzan, y en el ámbito occidental se continúa banalizando con un gesto tan cruento como la decapitación en el marco del lenguaje cotidiano, e incluso dicho tipo de muerte forma parte de la literatura y las creaciones audiovisuales.

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A history book that makes you wonder if we are really “civilized”, very interesting reading.
“Ask for the head”, “cut off the head” or “put the head on a tray” are expressions that are used frivolously and stripped of the bloody meaning that is given to them in spheres of everyday life such as sports or politics, when the dismissal of a coach or a political leader is requested or explained from the press pages, as in the case of the partial failure of the British Prime Minister, Theresa May, in the June 2017 elections, to which the satirical weekly French Charlie Hebdo2 draws decapitated and holding his head under his arm; or the case of the defenestration of the general secretary of the Spanish Socialist Workers’ Party (PSOE), Pedro Sánchez, by supporters of Susana Díaz, president of the Junta de Andalucía, in October 2016 …

The Romans described the Celtic tribes who carried out head hunts as barbarians and preserved them for later display as one of the main trophies a warrior could possess. However, they forgot that Sila and Gaius Mario rejoiced, sometimes lustfully, at the sight of the heads of their enemies that were brought to them as evidence of their death; that Caesar had the heads of his executed soldiers presented or of Roman citizens killed in battle on the Pompeian side both in Rome and in Munda; and, that the number of cases in which a public figure was lynched, beheaded and his body handed over to the mob to be outraged and torn to pieces, both during the Republic and in the Empire, is very extensive. The Assyrians and the Hebrews practiced the mass murder of populations as a way of ensuring political and religious control of the cities and kingdoms they conquered; In addition, they resorted to the public exhibition of the corpses through impalement in various modalities, a system in which the Wallachians at the end of the Middle Ages, would become unbeatable experts; Assyrians and Egyptians will count heads.

The causes of violence that give rise to the rituals in which heads are cut off or skulls and trophies of weapons are exposed can therefore be multiple, so the simple analysis that has been carried out up to the present must be rejected. present and that it was based on a direct reading of the texts of Diodorus of Sicily and Strabo, these derived from the writings of Posidonius. Among these causes should be cited the reasons related to status and power, social and economic prestige, ritual and customs of both public and private bonding, hierarchical or gentilic pattern, and territorial control of production resources or of trade routes. In most cases, these causes should not be the only explanation of a process, but should be interpreted from the perspective of a multifactorial conjunction. However, they should not be considered the result of an ideological complexity of a contemporary nature, but consubstantial with the evolution of social systems since Prehistory, since they have defined two theoretical lines to explain the development of war and violence: according to the biological theory, the war would form part of the cultural conceptions and according to the materialist one, it is based on an unavoidable violent obtaining of resources. A second level of analysis is the ideological process by which the results of a violent action, represented by the corpses, become trophies when they were only spoils of triumph, an action in which military, ideological, ritual and symbolic elements are combined, whose explanations vary substantially due to the conditions of a space-time nature.
The first samples of the outrage of corpses through the practice of cannibalism correspond to the Middle and Upper Paleolithic in Krapina (Croatia), the cave of l’Hortus (France) and Trinchera Dolina (Atapuerca, Burgos) among others. It has been interpreted that the fragmentation of bones or the longitudinal cut of the same to facilitate the extraction and consumption of the marrow, can be linked, for example, to two types of practices: the alimentary one according to which the corpse of someone close to it was considered a edible resource, or, and what is more likely, that it was a ritual cannibalism or anthropophagy in which the consumption of the meat and blood of an individual was related to complex ideas such as the assumption of their knowledge and its physical strength, the transfer of powers and representation within the group through the intake of the ancestor, and the very survival of memory and incarnation of affectivity through it.

The headhunting ritual (ngayau) among the dayaks was linked to religious practices, in which a follower or acolyte could not access the sacred vessels until he had carried out a mission in enemy territory, contributing a head won in combat , or it was presented by another warrior who had achieved an enemy head in a confrontation. Therefore, the achievement of the trophy was considered the essential element that defined the status of man as a warrior and member of the tribe. The rules of war were well systematized, its precepts included the prohibition of executing an enemy who had surrendered even though his weapons were destroyed to prevent him from using them in successive war expeditions, since the combat system between the tribes of Borneo was based on the razia or expedition of punishment and robbery as a cyclical activity; in the presentation of the first head obtained, or the first prisoner taken by a warrior in combat to his chief in gratitude for his leadership; and, in the delivery of a head to the captain in the event that one of his warriors obtained two or more captives or heads in combat, so that the warrior could reserve the other for his use, since the important thing was respect for the same, because if the warrior thus showed his fidelity to the chief, this should also gain the trust of those who followed him to spiritually protect himself from future defeats, which would ensue if he was not able to respect them.
The anthropological study of a social structure like that of the Dayak allows us to know –not deduce or infer as in the cases of the Celtic or Iberian political and territorial systems-.
The warriors of the Dayak tribes of Borneo are not the only group in Southeast Asia that has practiced – and still practices – the ritual of obtaining heads. Elio Modigliani’s studies in 1886 analyzed this custom in the area of the island of Nías, in western Sumatra, and concluded that the motivation to carry out this ritual was different from that of the natives of Borneo, since it was it was based on the idea of making the victorious warrior who had been defeated into a timeless slave and his severed head was a form of symbolic slavery that would remain as long as the head was in the possession of its captor or members of its social structure. And it is not an abolished practice because, at the end of the 1990s, there were several cases of severed heads, in the same way as among members of the Sumba tribe, who expose the skulls of their victims in formed mounds by stacking in the center of their villages.
In the case of Melanesia and New Guinea they extended until the beginning of the 20th century, and in 1901 it was documented in almost 10,000 skulls.

After the fall of Assyria, the Persian Empire carried out similar practices of terror, which included the mass murder of men of fighting age, the indiscriminate deportation of women and children reduced to slavery, as Herodotus explains after the taking of Miletus. in the fall of 494 BC C. (Hdt., VI.1-9), and the castration of the young to become eunuchs after the occupation of the islands of Chios, Lesbos and Tenedos in the summer of 493 a. C. (Hdt., VI.32), actions that caused a great commotion in the Greek city-states, not used to this specific type of violence. In the reliefs of the Behistún inscription, corresponding to the reign of Darius I (521-486 BC), the triumph scenes composed from schemes in force in the Neo-Assyrian period are repeated, since the king, of larger size that those around him, and equipped with the bow, a symbol of strength in combat and hunting, trample an enemy who begs for mercy, while addressing a column of captives who advance towards him with their hands tied behind their back and united by a rope …

There was, however, a difference between heads taken in battle and those from execution. In the first case, no type of ritual could be respected since beheading was a dangerous act for the perpetrator, while the executions were carried out by a chief executioner (Djellât basi) assisted by the Dejellât jamagi. These positions were reserved for former prisoners, as it was considered an honorable role. Condemned people, especially if they were famous people, used to be allowed to say prayers, choose the place where they wanted to be buried, and even on some occasions the prisoner was strangled before being beheaded to save him the humiliation of the mutilation of the body in life. In the capital, the heads of the enemies or those executed were exhibited with preference before the doors of the Seraglio, where the accumulations of mutilated ears and noses were also presented, although in any case the place where the man was located always had priority. sultan, so during a military campaign the pyramids were erected in front of his tent. This did not exclude the possibility that the heads could also be placed on top of the walls or impaled along the paths, to fulfill their function, accompanied, in the case of executions resulting from serious crimes, by an explanatory poster of the reasons for the conviction. Since the Muslim tradition implies the burial of the deceased before sunset on the day of his death, the exposure of the heads of believers was very short, just the time remaining on the day of the occisión, a norm that did not apply with those of the Christians that, in general, were exposed during three days.
Another type of humiliation was mutilation, which could be carried out on living individuals or on corpses. In the first case, the most frequent were disfigurements through the amputation of the nose and ears, followed by the lips, emasculation and, more infrequently, the eyes, fingers, feet and beard .

The Mayans sacrificed their prisoners using two methods: decapitation (ch’ak b’aah) and precipice. The second consisted of rolling the victim down the stairs of the temple, as indicated in the word cucul eb (“to roll down the stairs”). One of the most significant examples of this practice, frequently associated with the Ball Game, was the one represented in Building 33 of Yaxchilán, in which the lord of the territory, identified as Jaguar Bird IV, throws the captive lord of Lakamtuun, Ik ‘Chih (“Black Deer”) down the stairs. As in other Mesoamerican cultures, the concept of beheading in the Mayan culture acquires a deep religious meaning when it is related to the concepts of death and resurrection through the ideas of awakening and creation, related in the hieroglyphic inscriptions of Palenque and Yaxchilán with the beheading of mythological beings, which symbolizes the periodic rebirth of social, political and religious structures. The commemoration and representation of the foundational mythological cycles of the ideological system is linked to the execution of the most prestigious prisoners.
Regardless of foreign influences, decapitation was the main method used by the Mayans in sacrificial executions since the Protoclassic.50 It was a custom that derived from the practice of cutting off the heads of defeated enemies on the battlefield and bringing them to the city as an example of triumph and courage. The heads of the enemies, especially if they were individuals with personal prestige such as rulers or warriors, were associated in the representations with the attire and clothing with which the political and social leaders were represented.

The massacres of Native American populations will not take place only in the territories of the Midwest or bordering Mexico during the Indian Wars. In California, the Gold Rush unleashed in the middle of the century will deal a severe blow to the indigenous population, estimated at 300,000 during the period of Spanish domination, a number that began to decrease drastically as a result of the proclamation of independence Mexicana due to the application of the same genocidal policies that led to the expulsion of the Apaches and other tribes north of the Rio Grande. At the time of the abolition of the missions as a system of territorial organization in 1834, the number of natives had been reduced to 250,000, but it will be after the start of the American administration in 1841 that the demographics of the indigenous community plummet. It is estimated that only 30,000 remained in 1870, and 16,000 in 1900. Beheading and the scalpel will be among the common practices of gangs and armed groups created by gold prospectors to exterminate native populations and thus expand the territories of exploitation of extractive areas, being in many cases a genocidal activity based not only on contempt for different societies considered as inferior, but also on obtaining the economic rewards that local governments offered for the presentation of heads or scalps of the natives killed.

The atrocities committed in Central Africa were aimed at causing terror among the minority that was being massacred, an action that has been shown to be the result of coordinated planning whose tendency was to end the social tensions in the country and the region dragged during centuries, through the physical removal of one of the parts. The beheadings, mutilations and machete deaths were aimed at confronting the victims with a type of torture for which they were psychologically unprepared, much less manageable due to its cruelty and the pain inflicted before death than wounds caused by weapons. of fire, taking into account also that permanent mutilation in case of surviving the massacre constitutes, as it has always been throughout history, a clear and concrete reminder of the defeat of an individual or a group against others and the sentence to functional dependency due to the operational consequences of mutilation. In the same way, in a structure in which the transmission of the social and cultural heritage, together with the lineage, is carried out by the father, the massive rape of the women of a social group or ethnic group was intended to achieve their definitive destructuring, in addition to the possibility of contagion by the AIDS virus to men to cause greater mortality and suffering. In fact, the volume of rapes in the Rwandan conflict was so high that the International Criminal Tribunal for Rwanda (ICTR) has accepted the practice of indiscriminate rape for the purpose of ethnic cleansing, as it happened in the case of the War of the Balkans, as a form of genocide.
The radical Hutu militias, Interahamwe, would be the main responsible for the massacres carried out before the passivity of the UN and for the benefit of the strategic and economic interests of various states, for which the ICTR has condemned less than 40 people as responsible for the Tutsi genocide .

Beheading is the method of execution of those convicted by the courts in Saudi Arabia for ideological and political reasons, and was applied during the wars in Chechnya and the Balkans, as well as in some subversive attacks in the Maghreb, such as the Benthalia massacre. in Algeria where some two hundred people were beheaded due to the passivity of the security forces.
The impact of these acts was relatively low, although the Russian Orthodox Church considered soldier Yevgeny Rodionov a martyr, beheaded for refusing to convert after being captured in Chechnya, in a globalized world in which information – true or false – is distributed unequivocally. immediate form with the objective, not to create opinion, but to educate and ideologize its recipients in support of economic or political interests. Terror disseminated through the media constitutes an essential element of the fighting of the Islamic State of Syria and Iraq known hereinafter as ISIS, ISI, ISIL and, today, Daesh.

However, where beheading is widely used as a measure of terror and a formula to exemplify triumph and territorial control is in the confrontations derived from the control of drug trafficking in Central America and in Mexico especially, where a minimum of ten thousand murders per year. It is estimated that only during the term of President Felipe Calderón between 2007 and 2012, some 1,300 people were beheaded, a number undoubtedly lower than the real number, although the exact figures are difficult to establish. Although notable for its ferocity, the practice of beheading, mutilation, and exposing bodies was not introduced into conflicts between drug cartels until the early 2000s, when, according to media reports, some former members of the Guatemala’s special anti-guerrilla forces, called kaibiles, in honor, according to the tradition of the corps, of the Mayan king Kaibil Balam, never captured by the Spanish during the period of the Conquest, went on to join the ranks of the Mexican Zetas when they constituted the executing arm of the Gulf Cartel.
Because, in the field of drug trafficking, crimes are not kept secret by those who execute them, but, on the contrary, it is in public exposure where they make sense as a demonstration of strength and power, since the truculence of abandonment of the mutilated bodies, and in many cases with obvious signs of torture, is perfectly planned to cause the greatest possible impact, and it is significant that transit areas such as roads are chosen to hang the bodies from viaducts and thus expand the number of people who can see the horror in person. Some gruesome samples of a certain conception of power that are later amplified by the media and social networks, some of which, as in the case of the Islamic State, constitute their own channels of communication. The violent dynamic is impossible to stop from the legality of the State due both to its own weakness and corruption and to the network represented by the cartels, which, in turn, cannot back down in the exercise of extreme violence.
At the end of the second decade of the 21st century, the conception of the creation of terror as a formula for obtaining political, economic or territorial power at any scale and level continues to be used. This is not a residual action, but rather the assumption that the difference of opinion regarding physical pain and integrity exists between those who had eliminated from their conceptual register the possibility of receiving pain or death inflicted in this way, and those who consider that the foregoing is an advantage that can be exploited to achieve its ends. The terror of an atrocious, slow and painful death, and also of the subsequent treatment that will be given to the body, supposes the paralysis of the most rational wills in the face of the ruthless demonstration of brute force. Concepts that have a greater penetration in strongly ideological social structures based on religious principles in which the preservation of the body is essential in the belief in the cycles of death and resurrection.

The legend of the “stab in the back” thrown from 1918 onwards has its origin in the denial of responsibilities, responsibilities that societies try to forget and overcome with the construction of their own historicist discourse that can be assumed by large social layers as the correct one, to serve as a basis for the definition of new policies and forms of internal organization. As is the case, for example, of the concealment of the Italian fascist stage until 1943 under the cloak of the partisan struggle between 1943 and 1945 and of the collaboration with the allies after the surrender, or the little willingness to analyze the collaborationist regime of Vichy until just two decades ago when extending the idea of the massive French participation in the resistance and in support of free France, for which the assumption of blame was restricted to the maximum exponents of the regime, Philippe Pétain and Pierre Laval. A collective catharsis that restricted the purification with collaborationism to the explosions of violence – considered uncontrolled – at the time of liberation, especially against women, accused of sexual contact with the occupiers, with the perpetration of acts and scenes that recall the stories of the period of the revolutionary terror of 1792, and a series of processes against public figures, intellectuals in particular, which, in most cases, resulted in exonerations or light sentences.

The ideas of exercising terror through the public exposition of mutilated bodies and severed heads are what encourage the commission of such executions in the struggles between drug gangs in Central and South America. Territoriality, power, is obtained through the exposure and public humiliation of the enemy’s remains, an important paradigm shift since until recently the attempt was made with disappearance followed by execution, but without subsequent location of the corpse. the same end. Not only is violence necessary in the environment in which it takes place, it is decisive that it has a specific degree of cruelty and exhibitionism so that it achieves all its objectives. Societies, however, advance, and in the western world it continues to be banalized with a gesture as bloody as decapitation in the framework of everyday language, and even this type of death is part of literature and audiovisual creations.

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