Alemania: Jekyll Y Hyde. 1939 El Nazismo Visto Desde Dentro — Sebastian Haffner / Germany: Jekyll & Hyde: An Eyewitness Analysis of Nazi Germany by Sebastian Haffner

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Escrito en 1940 por un periodista que huyó de Alemania a Inglaterra cuando su matrimonio con un judío los pone a ambos en peligro. Se había recomendado por sus paralelismos entre el ascenso de Hitler y Trump. Está intentando asesorar a los aliados sobre la mejor manera de combatir y derrotar a Hitler y al hitlerismo. Él enfatiza que un simple asesinato no sería suficiente para erradicar el problema y critica a Inglaterra y a otros por no reconocer que los alemanes que se fueron, ya sean de alto o bajo estatus profesional, deben ser reconocidos como activos valiosos para derrotar la locura que ha superado a Alemania. Intenta señalar los muchos avances para socavar potencialmente a Hitler y las áreas a enfatizar con propaganda que abordarán mejor y más eficazmente la mentalidad de aquellos que permiten que Hitler permanezca en el poder. Tiene que haber una visión firme para una Alemania posterior a Hitler que sea realista y deseable y un camino para llevarla a cabo.
Las secciones sobre Hitler son excelentes, proporcionan una perspectiva de 1939 de uno de los principales periodistas de Alemania, expresando su profunda ira porque Alemania había permitido que un monstruo llegara al poder y ahora no tenía la capacidad de derrocarlo.

… A pesar de la traición, el engaño y el juego cruel que acompañaron a la toma y mantenimiento del poder, Hitler ha ganado más adeptos en Alemania y se ha acercado al poder absoluto que cualquiera antes que él … ha asegurado para su régimen al menos la apariencia de popularidad

… Hitler no ama a nada ni a nadie más que a sí mismo … es completamente indiferente al destino de los estados o de los hombres, cuya existencia juega en juego … Hitler no sirve a ninguna idea, a ninguna nación, a ninguna concepción de estadista, sino exclusivamente la propulsión de su propio ego

… el destino de una gran nación ha sido puesto en manos de un estafador, un jugador, un potencial suicida

… No hay esperanza para ningún movimiento de resistencia dentro del Reich … la represión es demasiado intensa para que algo de ese tipo sea efectivo.

Son objeto de la discusión Alemania y los alemanes. Hace ya mucho tiempo que dicha discusión dio comienzo en el mundo civilizado, y la declaración del gobierno británico «No estamos enemistados con el pueblo alemán, sino sólo con Hitler» no sólo no ha acabado con ella, sino que le ha otorgado aún más fuerza. En un lenguaje sobrio y sencillo, se ha dicho que los alemanes son un pueblo humano, pacífico y civilizado que está tiranizado por sus actuales gobernantes, y al que se le dará la mano con espíritu de compañerismo en cuanto haya recuperado su libertad.
Sin embargo, no todos comparten este punto de vista. Mucha gente que conoce bien Alemania —sobre todo en Francia, pero también en las Islas Británicas— asegura que los alemanes no están en modo alguno tiranizados, sino que tienen el gobierno que desean.

Hitler dispone en Alemania de una gran cantidad de secuaces que confieren a su régimen, cuando menos, la apariencia de popularidad y de autoridad real. Todo ello tiene su mérito. Pero aunque sea un hecho que Hitler siempre se ha valido de mentiras, artimañas y amenazas, y que algunos o muchos de sus secuaces se han dejado engañar respecto a sus verdaderas intenciones, hay una cosa que no ha podido engañarles: el peculiar «olor» inherente a su personalidad. Hitler nunca fue capaz de disimularlo con perfumes aromáticos, ni lo intentó. Así que a muchos alemanes debió de parecerles un olor agradable o al menos soportable. Y aunque desde que subió al poder Hitler ha impuesto la obediencia, el entusiasmo, el amor y la admiración mediante amenazas de muerte y tortura, pese a tales amenazas el odio y la aversión no pasan de cierto grado. Al menos, hasta ahora a la mayoría de sus adversarios alemanes Hitler no les parece excesivamente repugnante ni terrorífico.
Hay suficientes razones de peso para entablar una discusión acerca del dicho «Hitler es Alemania».
Mucho más prometedor es el intento de juzgar a Hitler considerando la historia alemana y europea como parte de su vida privada.
La clave de la política de Hitler. No es el antibolchevismo o el servicio al Estado, ni un ardiente fervor por la «raza alemana», ni la preocupación alemana por el «espacio vital», ni tampoco una teoría cautivadora sobre la organización de Europa, ni ninguna otra cosa que él haya podido sugerir como el norte de su conducta. Pues ¡con qué facilidad ha traicionado, desfigurado y renunciado a cada uno de estos principios preconizados! No habría que haber esperado a que los expusiera o revisara para reconocer que no hablaba en serio. Las contradicciones vacías de las afirmaciones de Hitler demuestran que todo lo que propone y predica no es más que una máscara, un velo. Ni siquiera se esfuerza por reflexionar o por comprender algo.
Los objetivos que persigue, en el siguiente orden de sucesión, y siempre y cuando no pongan en peligro el primero de ellos, son éstos:
1. Conservar y ampliar su poder personal.
2. Vengarse de todas las personas e instituciones por las que siente odio, que son muchas.
3. Representar escenas de las óperas de Wagner y las pinturas al estilo de Makart, en los que Hitler sea el protagonista principal.

La eliminación de Hitler, para que sea eficaz, ha de ser total: en el campo político, moral y físico. Si la eliminación física debería tener lugar en forma de ejecución o de un exilio permanente, por ejemplo, en Santa Helena, es una cuestión secundaria. Lo importante es que tenga el carácter del cumplimiento de un juicio, y que tras el juicio no quede ninguna duda de lo siguiente: una continuación del régimen de Hitler es imposible, y Alemania no puede seguir siendo gobernada en nombre de Hitler. Sólo así podremos eliminar al gobierno nazi, que está sólidamente atrincherado. De lo contrario, éste mantendría a Hitler con vida incluso después de muerto. Porque los dirigentes nazis no cuentan con un firme apoyo del pueblo, ni siquiera entre los nazis más simples, sino que dependen de Hitler. Si éste no siguiera en el poder y si dejara de existir su persona, bastaría el mito de Hitler para que conservaran su posición. Si queremos deshacernos de Hitler, ha de ser exterminado en tres sentidos: como institución, como persona y como leyenda. Hay que eliminar la institución llamada Führer, deshacernos del hombre y echar por tierra la supuesta gloria de sus éxitos.
Una vez que Hitler haya sido eliminado en estos tres sentidos, automáticamente dejará de existir el régimen nacionalsocialista.

Hitler es un fenómeno por sí mismo, una fuerza que actúa independientemente del estrato de los dirigentes del partido, que fueron ascendidos a sus posiciones por Hitler y que éste utiliza, mientras que ellos no están en modo alguno capacitados para actuar con independencia de él. Hitler y los jefes nazis son dos fuerzas diferentes en la Alemania actual, unas fuerzas de un calibre absolutamente distinto. Sería ingenuo creer que Hitler podría ser sustituido algún día por uno de sus lugartenientes, como Göring, y que se pudiera decir «Heil Göring» en lugar de «Heil Hitler». Göring sólo podría gobernar si dejara que la gente siguiera diciendo «Heil Hitler». Los dirigentes nazis, incluidos sus representantes más relevantes, sólo podrán gobernar en nombre de Hitler, esté vivo o muerto. En cuanto Hitler sea derrocado, todos los Görings y Goebbels se caerán del árbol muerto como hojas secas.
Las características decisivas de los dirigentes nazis son una corrupción, una capacidad de trabajo y un cinismo ilimitados.
La capacidad de trabajo de los nazis es engañosa. Lo que los nazis planean se realiza en unas dimensiones «gigantescas», «colosales», sin precedentes, y una y otra vez se comprueba que lo que han hecho les ha salido demasiado grande. Pero eso impresiona a los alemanes. Una vez que los nazis han descubierto que la propaganda es parte de la política, han creado el aparato propagandístico más poderoso del mundo: todo alemán en el extranjero es un emisario (y espía) de su país; todo periódico es un órgano del Ministerio para la Ilustración Popular y la Propaganda; las películas, la literatura, la música, el arte y la ciencia son diferentes campos de la propaganda nacionalsocialista.
Desde un principio, los dirigentes nazis no han gobernado Alemania como si fuera su patria, no han sentido su pulso, no han entendido sus debilidades ni han confiado ansiosamente en poder salvarla. Se han portado con Alemania como con un país conquistado, como con una colonia que es tratada sin consideración alguna, explotada al máximo y cuya sensibilidad nacional, felicidad y bienestar son ignorados por completo.

Numerosos propagandistas de Hitler, voluntarios e involuntarios, intentan ahora asustar a las potencias occidentales diciendo que la única alternativa al nazismo en Alemania es el bolchevismo y que una Alemania vencida sería bolchevique. La verdad es que ésta no es la alternativa al nazismo, sino la consecuencia inevitable y previsible, y que, ocurriera lo que ocurriese con una Alemania vencida, una Alemania victoriosa ha de emprender ese camino. Esto no obedece tanto al pacto actual entre Von Ribbentrop y Molotov, una maniobra puramente táctica, como a la evolución interna de ambos países, que cada vez discurre de manera más paralela. En muchos sentidos, Rusia es hoy ya nazi, y la segunda generación de nazis —salvo por la nomenclatura— es bolchevique. Es muy posible que, en el momento de la derrota, la segunda generación nazi intente salvarse mediante un enroque.

Es muy importante que entendamos la diferencia entre los nazis y los alemanes leales, y no por consideración hacia estos últimos ni porque sea una injusticia meterlos en el mismo saco que a los nazis que apoyan, sino porque la diferencia entre tropas escogidas y tropas auxiliares no adiestradas es tan importante en el campo de batalla moral y psicológico como en el militar y estratégico.
No nos engañemos: en muchas cosas los alemanes leales son mentidos por los nazis o se engañan a sí mismos; ante muchas cosas cierran los ojos y en muchos casos se equivocan; algunas cosas las toleran de mala gana o desean en secreto que cambien. Pero hay un aspecto en el que están realmente de acuerdo con los nazis y en el que el nazismo coincide exactamente con sus aspiraciones e ideas. Este aspecto es decisivo. Si esta concordia no existiera, no estarían tan fácilmente dispuestos a sacrificarse ciegamente y a engañarse a sí mismos. Sólo si cambiaran de manera de pensar respecto a esta relación se podría esperar que estos secuaces leales se aislaran de los nazis.
Esta curiosa concepción del patriotismo ha predominado en Alemania desde la fundación del Reich. Los nazis son la terrible consecuencia de las convicciones que se propagaron mucho antes —en tiempos normales y civilizados— y que se inculcaron a la juventud en las universidades y los colegios alemanes. Son la horrenda encarnación de los ideales de los ampulosos sermoneadores del domingo, que actuaron con éxito de 1870 a 1918.
«Alemania» también exige que se le sacrifique Alemania. La sustancia nacional, la cultura, el carácter heredado, los usos y las costumbres que constituyen la Alemania real; el paisaje, la arquitectura de las ciudades, el bienestar del país, el buen nombre y el honor: todo eso ha de ser sacrificado «por Alemania». Esa «Alemania» por la que los sacrificios de la gente no tienen fin, no es el bello, fértil y viejo país situado entre los Alpes y el mar, con sus ciudades y sus campos, sus fábricas y sus ferrocarriles, con sus habitantes, sus costumbres, su lengua, su poesía y su música. Todo eso seguiría existiendo igual, o incluso mejor, sin sacrificios. La «Alemania» por la que hay que sacrificarse es una quimera, un espectro enigmático. Pero tiene un símbolo terrenal: el Reich.
El patriotismo que se ha apropiado de los alemanes desde la fundación del Reich no es un amor a la madre patria, sino una obsesión por la patria. Es un sentimiento que paraliza parcialmente la responsabilidad moral, intelectual y estética. Es, por así decirlo, una mancha ciega en el ojo espiritual.

La Alemania actual se asemeja a un palimpsesto1 o a una pintura retocada: si se elimina la superficie visible con paciencia y con cuidado —sobre todo con cuidado—, aparece debajo un escrito o un cuadro completamente diferente, que posiblemente se haya estropeado con el retoque o el raspado, pero que es un todo orgánico armonioso y coherente. Es un fenómeno muy nuevo, si se piensa en la época anterior a 1914 y se recuerda cuán profundamente había arraigado en la carne y la sangre de los alemanes la adhesión al Reich, y cómo entonces los alemanes casi olvidaron que en otro tiempo no habían sido una gran potencia rapaz, arrogante y advenediza. Por otra parte, lo que ahora ocurre de forma evidente se remonta a tiempos antiguos, casi venerables. Cada vez se vuelven más reconocibles los rasgos de la Alemania de la época anterior a Bismarck o incluso a Napoleón, esa Alemania que consintió —en su perjuicio— ser absorbida por el Kaiserreich. Esa Alemania forma un bloque de gran resistencia.

Antes que nada, hemos de evitar que el concepto de oposición se entienda equivocadamente. «Oposición» no sólo significa enemistad y aversión al régimen nazi, por muy fuertes que sean estos sentimientos. Naturalmente, la palabra también se puede utilizar en un sentido más amplio y designar todo el odio y la repugnancia que se han ido acumulando en Alemania frente al régimen nazi. En este sentido, el régimen nazi, comparado con los demás gobiernos de Europa, se ve enfrentado a la oposición más fuerte, más grande y más irreconciliable de todas. Sin embargo, cuando hablamos de «oposición» nos referimos sólo a las fuerzas políticas contrarias con un programa de acción y un objetivo concretos; a grupos políticos que, por muy pequeños que sean, proponen una alternativa positiva frente al régimen actual, a la gente que tiene una respuesta clara y razonable si se le pregunta qué hará cuando haya doblegado a los nazis y cómo lo conseguirá, a las personas que tienen la voluntad —y no sólo el deseo— de derrocar al régimen nazi.

Los emigrantes alemanes han sido mal comprendidos. En casi todas partes se les ha considerado un simple movimiento de refugiados, una avalancha cada vez mayor de personas perseguidas que buscan asilo y protección, que piden ayuda cristiana y humanitaria y que, según el número, son acogidos de un modo u otro. Su problema es contemplado con un suspiro, como un problema añadido a los demás, como el «problema de los refugiados». Entre todos los refugiados, los emigrantes pasaron inadvertidos.
No se dieron cuenta de que los emigrantes alemanes casi nunca venían con las manos vacías, aunque sí con los bolsillos vacíos: no se percataron de que traían consigo una posibilidad política. Esta posibilidad pasó desapercibida.
En esta guerra tiene prioridad la liberación de Europa. Es más importante que salvar a Alemania de sí misma. En realidad los dos objetivos se solapan, de ahí la gran coincidencia de intereses entre Alemania y su enemigo manifiesto. Europa no puede ser rescatada de Alemania liberando a Alemania de un yugo externo —sería simplificar demasiado las cosas—, sino que Alemania debe liberarse de la maldición que pesa sobre ella desde hace mucho tiempo y curarse de su peligrosa enfermedad. ¿Ofrece esta guerra tales posibilidades? ¿En qué consisten?…
Hay que dar para una política positiva y constructiva respecto a Alemania es una política positiva y constructiva respecto a los emigrantes alemanes. Aprovechemos de una vez la ocasión que ofrece la disponibilidad para colaborar de muchos miembros de la intelectualidad política alemana, que hoy vive fuera de Alemania, así como de un gran número de personas enemigas de los nazis y suficientemente numerosas como para crear, al menos, el núcleo simbólico de un ejército alemán que luche en el bando de los aliados. No basta con dar un trato humanitario a los emigrantes: hay que sacar provecho político. No basta con abandonarlos a su libertad: hay que utilizarlos para la causa común.

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Written in 1940 by a journalist who fled Germany for England when his marriage to a Jew puts them both at risk. It had been recommended for its parallels between the rise of Hitler and Trump. He is attempting to advise the allies as to how best to combat and defeat Hitler and Hitlerism. He emphasizes that a simple assassination would not be sufficient to root out the problem and he takes England and others to task for not recognizing that the Germans who left, whether high or low in professional status, should be recognized as valuable assets in defeating the madness that has overtaken Germany. He tries to point out the many inroads for potentially undermining Hitler and areas to emphasize with propaganda that will best and most effectively address the mindset of those that are allowing Hitler to remain in power. There has to be a firm vision for a post-Hitler Germany that is both realistic and desirable and a path to carrying it out.
The sections on Hitler are excellent, providing a 1939 perspective from one of Germany’s premier journalists, expressing his profound anger that Germany had allowed a monster to come to power and now had no ability to overthrow him.

… In spite of the treachery, deceit and fell play that accompanied the seizure and maintenance of power, Hitler has gained more adherents in Germany and come nearer to absolute power then anyone before him … he has secured for his regime at least the appearance of popularity

… Hitler loves nothing and no one but himself … he is completely indifferent to the fate of states or men, whose existence he stakes at play … Hitler serves no idea, no nation, no statesman-like conception, but it exclusively the propulsion of his own ego

… the destiny of a great nation has been placed into the hands of a swindler, a gambler, a potential suicide

… There is no hope for any resistance movement inside the Reich … the repression is far too intense for anything of that kind to be effective.

Germany and the Germans are the subject of discussion. Such discussion began long ago in the civilized world, and the British government’s statement “We are not at enmity with the German people, but only with Hitler” has not only failed to put an end to it, but has given it even more force. . In sober and simple language, the Germans are said to be a humane, peaceful and civilized people who are tyrannized by their current rulers, and who will be shaken hands in a spirit of companionship once they have regained their freedom.
However, not everyone shares this point of view. Many people who know Germany well – especially in France, but also in the British Isles – claim that the Germans are not in any way tyrannized, but have the government they want.

Hitler has a large number of henchmen in Germany who give his regime at least the appearance of popularity and royal authority. All this has its merit. But even if it is a fact that Hitler has always used lies, tricks and threats, and that some or many of his henchmen have been deceived as to his true intentions, there is one thing that has not been able to deceive them: the peculiar “smell” inherent in his personality. Hitler was never able to disguise it with aromatic perfumes, nor did he try. So to many Germans it must have seemed a pleasant or at least bearable smell. And although since he came to power Hitler has imposed obedience, enthusiasm, love and admiration through death threats and torture, despite such threats hatred and aversion do not exceed a certain degree. At least so far most of his German adversaries do not find Hitler excessively disgusting or terrifying.
There are good enough reasons to start a discussion about the saying “Hitler is Germany.”
Much more promising is the attempt to judge Hitler by considering German and European history as part of his private life.
The key to Hitler’s policy. It is not anti-Bolshevism or service to the state, not a burning fervor for the “German race,” not a German concern for “living space,” not a captivating theory about the organization of Europe, or anything else he has. could suggest as the north of his conduct. For how easily has he betrayed, disfigured and renounced each of these advocated principles! You shouldn’t have waited for him to expose or review them to admit that he wasn’t serious. The empty contradictions of Hitler’s statements show that everything he proposes and preaches is nothing more than a mask, a veil. He does not even make an effort to reflect or understand something.
The objectives pursued, in the following order of succession, and as long as they do not endanger the first of them, are these:
1. Preserve and expand your personal power.
2. Take revenge on all the people and institutions you hate, which are many.
3. Act out scenes from Wagner’s operas and Makart-style paintings, in which Hitler is the main character.

The elimination of Hitler, to be effective, must be total: in the political, moral and physical fields. Whether physical removal should take place in the form of execution or permanent exile, for example, in Saint Helena, is a secondary question. The important thing is that it has the character of the fulfillment of a trial, and that after the trial there is no doubt about the following: a continuation of the Hitler regime is impossible, and Germany cannot continue to be governed in the name of Hitler. Only in this way can we eliminate the Nazi government, which is solidly entrenched. Otherwise, it would keep Hitler alive even after death. Because the Nazi leaders do not have strong support from the people, not even among the simplest Nazis, but depend on Hitler. If he did not continue in power and if his person ceased to exist, the Hitler myth would suffice for them to retain their position. If we want to get rid of Hitler, he has to be exterminated in three ways: as an institution, as a person, and as a legend. We must eliminate the institution called Führer, get rid of the man and destroy the supposed glory of his successes.
Once Hitler has been eliminated in these three senses, the National Socialist regime will automatically cease to exist.

Hitler is a phenomenon in himself, a force that acts independently of the stratum of the party leaders, who were promoted to their positions by Hitler and who he uses, while they are in no way able to act independently of him. Hitler and the Nazi leaders are two different forces in today’s Germany, forces of an entirely different caliber. It would be naive to believe that Hitler could one day be replaced by one of his lieutenants, like Göring, and that “Heil Göring” could be said instead of “Heil Hitler.” Göring could only rule if he let people keep saying “Heil Hitler.” Nazi leaders, including their most important representatives, will only be able to rule in Hitler’s name, whether he is alive or dead. As soon as Hitler is overthrown, all the Görings and Goebbels will fall from the dead tree like dry leaves.
The decisive characteristics of the Nazi leaders are unlimited corruption, work capacity and cynicism.
The Nazis’ work capacity is deceptive. What the Nazis plan is being carried out in unprecedented “gigantic”, “colossal” dimensions, and again and again it is proven that what they have done has turned out too great. But that impresses the Germans. Once the Nazis have discovered that propaganda is part of politics, they have created the most powerful propaganda apparatus in the world: every German abroad is an emissary (and spy) for his country; Every newspaper is an organ of the Ministry for Popular Enlightenment and Propaganda; movies, literature, music, art, and science are different fields of National Socialist propaganda.
From the beginning, the Nazi leaders have not ruled Germany as if it were their homeland, they have not felt its pulse, they have not understood its weaknesses or have eagerly hoped to save it. They have behaved with Germany as with a conquered country, as with a colony that is treated without consideration, exploited to the maximum and whose national sensitivity, happiness and well-being are completely ignored.

Many Hitler propagandists, willing and unwilling, are now trying to scare the Western powers by saying that the only alternative to Nazism in Germany is Bolshevism and that a defeated Germany would be Bolshevik. The truth is that this is not the alternative to Nazism, but the inevitable and foreseeable consequence, and that whatever happens with a defeated Germany, a victorious Germany must take that path. This is not due so much to the current pact between Von Ribbentrop and Molotov, a purely tactical maneuver, as to the internal evolution of both countries, which is increasingly running in parallel. In many ways, Russia is already Nazi today, and the second generation of Nazis – except for the nomenclature – is Bolshevik. It is quite possible that, at the time of defeat, the second Nazi generation will try to save itself by castling.

It is very important that we understand the difference between Nazis and loyal Germans, and not out of consideration for the latter or because it is an injustice to put them in the same bag as the Nazis they support, but because the difference between chosen troops and auxiliary troops is not Trained is as important on the moral and psychological battlefield as it is on the military and strategic one.
Make no mistake: in many things loyal Germans are lied to by the Nazis or are deceiving themselves; before many things they close their eyes and in many cases they are wrong; some things are grudgingly tolerated or secretly desired to change. But there is one aspect in which they really agree with the Nazis and in which Nazism exactly matches their aspirations and ideas. This aspect is decisive. If this concord did not exist, they would not be so easily willing to blindly sacrifice and deceive themselves. Only if they changed their minds about this relationship could these loyal henchmen be expected to isolate themselves from the Nazis.
This curious conception of patriotism has prevailed in Germany since the founding of the Reich. The Nazis are the terrible consequence of convictions that were propagated long before – in normal and civilized times – and that were instilled in the youth in German universities and colleges. They are the horrendous embodiment of the ideals of the bombastic Sunday sermons, who performed successfully from 1870 to 1918.
“Germany” also demands that Germany be sacrificed to him. The national substance, the culture, the inherited character, the manners and customs that constitute real Germany; the landscape, the architecture of the cities, the well-being of the country, the good name and the honor: all this must be sacrificed “for Germany.” That “Germany” for which the sacrifices of the people have no end, is not the beautiful, fertile and old country located between the Alps and the sea, with its cities and its fields, its factories and its railways, with its inhabitants, its customs, its language, its poetry and its music. All that would continue to exist the same, or even better, without sacrifices. The “Germany” to be sacrificed for is a chimera, an enigmatic specter. But it has an earthly symbol: the Reich.
The patriotism that has taken hold of the Germans since the founding of the Reich is not a love for the motherland, but an obsession for the homeland. It is a feeling that partially paralyzes moral, intellectual and aesthetic responsibility. It is, as it were, a blind spot in the spiritual eye.

Germany today resembles a palimpsest1 or a retouched painting: if the visible surface is removed patiently and carefully — especially carefully — a completely different writing or painting appears underneath, possibly damaged by retouching or retouching. scraping, but which is a harmonious and coherent organic whole. It is a very new phenomenon, if you think back to the time before 1914 and remember how deeply ingrained in the flesh and blood of the Germans the adherence to the Reich, and how then the Germans almost forgot that they had not once been a great rapacious, arrogant and upstart power. On the other hand, what is now clearly happening dates back to ancient, almost venerable times. The features of the Germany of the era before Bismarck or even Napoleon are becoming more and more recognizable, that Germany that consented – to its detriment – to be absorbed by the Kaiserreich. That Germany forms a block of great resistance.

First of all, we must prevent the concept of opposition from being misunderstood. “Opposition” does not just mean enmity and aversion to the Nazi regime, however strong these feelings may be. Naturally, the word can also be used in a broader sense and designate all the hatred and disgust that have been accumulating in Germany against the Nazi regime. In this sense, the Nazi regime, compared to the other governments in Europe, is faced with the strongest, largest and most irreconcilable opposition of all. However, when we speak of “opposition” we mean only opposing political forces with a specific program of action and objective; to political groups that, no matter how small, propose a positive alternative to the current regime, to people who have a clear and reasonable answer if asked what they will do when they have overcome the Nazis and how they will achieve it, to the people who have the will — and not just the desire — to overthrow the Nazi regime.

German emigrants have been misunderstood. Almost everywhere they have been seen as a simple movement of refugees, an ever-increasing avalanche of persecuted people seeking asylum and protection, asking for Christian and humanitarian aid and who, depending on the number, are welcomed in one way or another. Their problem is viewed with a sigh, as an added problem to others, like the “refugee problem.” Among all the refugees, the emigrants went unnoticed.
They did not realize that German emigrants almost never came empty-handed, although they did come with empty pockets: they did not realize that they brought with them a political possibility. This possibility went unnoticed.
In this war the liberation of Europe has priority. It is more important than saving Germany from itself. In reality the two objectives overlap, hence the great coincidence of interests between Germany and its manifest enemy. Europe cannot be rescued from Germany by freeing Germany from an external yoke – it would oversimplify things – but Germany must free herself from the curse that has been weighing on her for a long time and be cured of her dangerous disease. Does this war offer such possibilities? What does it consist on?…
It’s necessary to give for a positive and constructive policy towards Germany is a positive and constructive policy towards German emigrants. Let us take advantage of the opportunity offered by the availability to collaborate of many members of the German political intelligentsia, who today live outside Germany, as well as of a large number of people who are enemies of the Nazis and numerous enough to create, at least, the symbolic nucleus of a German army fighting on the side of the Allies. It is not enough to treat emigrants humanely: political profit must be obtained. It is not enough to abandon them to their freedom: they must be used for the common cause.

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