¿Cómo Pensar Como Sherlock Holmes? — Maria Konnikova / Mastermind: How to Think Like Sherlock Holmes

El argumento principal: el personaje de Sir Arthur Conan Doyle, Sherlock Holmes, es tan popular hoy como cuando fue creado a finales del siglo XIX. Esto no es ninguna sorpresa, por supuesto, ya que hay algo en las cualidades peculiares de Holmes —su aguda observación, inteligente imaginación y capacidad de razonamiento incisivo— que es a la vez asombroso e inspirador. Admiramos a Holmes por eliminar los errores de pensamiento que son tan comunes en nuestra vida diaria (y que se reflejan en Watson, el compañero de Holmes). Y, sin embargo, reconocemos que no hay nada en el pensamiento de Holmes que esté completamente fuera de nuestro alcance. De hecho, sus cualidades no son tanto sobrehumanas como más humanas: cualidades humanas llevadas al extremo. Aún así, las cualidades humanas llevadas al extremo son lo suficientemente intimidantes, y es posible que nos encontremos dudando si alguna vez realmente podríamos pensar como Sherlock, incluso si nos lo proponíamos. Pero para la psicóloga cognitiva Anna Konnikova, deberíamos pensarlo de nuevo.
La destreza de Holmes, sostiene Konnikova, no se basa tanto en sus poderes mentales como en su enfoque mental. Específicamente, Holmes ha logrado hacer que su pensamiento sea metódico y sistemático, esencialmente llevando el método científico y el pensamiento científico a su trabajo de detective. Este es un enfoque del pensamiento que, según Konnikova, todos podemos practicar. Más importante aún, es un enfoque del pensamiento que puede extenderse mucho más allá de la investigación. De hecho, es un enfoque general que puede ayudarnos a llegar a la verdad en prácticamente cualquier ámbito, así como ayudarnos a resolver prácticamente cualquier problema. Es simplemente una cuestión de aportar un poco de ciencia al arte del pensamiento, y es precisamente esto lo que Konnikova pretende ayudarnos a lograr en su nuevo libro ‘Cómo pensar como Sherlock Holmes’.

Konnikova divide el método de Holmes en 4 partes: 1. Conocimientos previos; 2. Observación; 3. Imaginación; y 4. Deducción. Para empezar, Holmes mantiene una base de conocimientos extensa y bien organizada para ayudarlo a resolver nuevos casos. Es más, está atento para asegurarse de que siempre asimila información nueva e importante que podría ayudarlo en el futuro. En segundo lugar, Holmes utiliza una observación cuidadosa, consciente e imparcial para recoger lo que es importante sobre los diversos personajes y circunstancias de cada caso. A continuación, Holmes utiliza la evidencia que ha reunido, junto con su imaginación de largo alcance (aunque disciplinada), para formular múltiples escenarios que podrían explicar el misterio. Finalmente, Holmes usa su agudo poder de razonamiento para eliminar los escenarios que simplemente no se sostienen, hasta que finalmente solo queda un escenario: el único que es posible, por improbable que sea.
Si bien este enfoque parece bastante sencillo, es más fácil decirlo que hacerlo. De hecho, nuestras mentes pueden fallar, y a menudo lo hacen, en cualquiera de los pasos. Konnikova lo interpreta así: nuestras mentes tienen dos modos distintos de pensamiento. El primero de estos modos funciona de forma rápida y automática. Es nuestro modo predeterminado, ya que es en el que confiamos de forma natural. Si bien puede ser rápido y sin esfuerzo, también es muy propenso a errores. Nuestro segundo modo de pensamiento es más lento y deliberado. Tiene el potencial de ser mucho más preciso que nuestro modo predeterminado, pero requiere esfuerzo, y este es un esfuerzo que a menudo no estamos dispuestos a invertir. Aún así, Konnikova sostiene que la activación del segundo modo vale la pena. Es más, cuanto más empleamos este modo de pensamiento, más habitual y menos esfuerzo se vuelve. (Estos modos de pensamiento corresponden al Sistema 1 y al Sistema 2 en ‘Pensar, Rápido y Lento’ de Daniel Kahneman, aunque Konnikova se refiere a ellos aquí como nuestros sistemas Watsoniano y Holmesiano).
En cada paso del método de Holmes, Konnikova señala los errores de pensamiento en los que nuestro sistema watsoniano suele atraernos (como lo ejemplifica una serie de experimentos psicológicos). Además, señala numerosos trucos y sugerencias que pueden ayudarnos a utilizar nuestro sistema holmesiano de la mejor manera posible para superar estos errores (ejemplificados por otros experimentos psicológicos). Al final, es realmente una cuestión de ser siempre conscientes y cuidadosos en nuestro pensamiento, y esto es algo en lo que todos ciertamente podríamos hacer más.

Sherlock Holmes fue un visionario en muchos sentidos. Sus explicaciones, su metodología, su enfoque del pensamiento presagiaron los avances en la psicología y la neurociencia que iban a darse un siglo después de su aparición como personaje y más de ochenta años tras la muerte de su creador. Su forma de pensar parece casi inevitable, un producto de su momento y su lugar en la historia. Si la aplicación del método científico estaba llegando a su apogeo en una amplísima variedad de ámbitos teóricos y prácticos —de la teoría de la evolución a los rayos X, de la relatividad general a la anestesia, del conductismo al psicoanálisis—, ¿por qué no habría de aplicarse a los principios del pensamiento mismo?
Según Arthur Conan Doyle, desde el principio la idea era que Holmes fuera una personificación de lo científico, un ideal al que aspirar aunque nunca llegáramos a emularlo por completo (después de todo, ¿no está un ideal siempre un poco más allá de nuestro alcance?). El nombre mismo de Holmes nos revela una intención que va más allá del mundo del crimen: es muy probable que Conan Doyle lo eligiera en homenaje a uno de los ídolos de su infancia, el médico y filósofo Oliver Wendell Holmes, un personaje conocido tanto por sus escritos como por sus contribuciones a la medicina. Pero el carácter del detective estaba basado en otro conocido de Conan Doyle, el doctor Joseph Bell, famoso por su gran capacidad de observación.

El resultado es el delito como objeto de una investigación estricta que se aborda desde los principios del método científico poniendo a su servicio la mente humana.
Holmes recomienda empezar por lo más básico. Como él mismo dice: «Antes de poner sobre el tapete los aspectos morales y psicológicos de más peso que esta materia suscita, descenderé a resolver algunos problemas elementales». El método científico parte de algo que parece de lo más trivial: observar. Antes de empezar a plantear las preguntas que definirán la investigación de un crimen, un experimento científico o una decisión en principio tan banal como invitar o no a un amigo a cenar, nos debemos centrar en lo más básico. No en vano Holmes califica de «elementales» las bases de su investigación. Porque eso es lo que son los elementos que definen el funcionamiento de algo, que hacen que ese algo sea lo que es.
El pensamiento de Holmes —y el ideal científico— se caracteriza, entre otras cosas, por un escepticismo y una mentalidad inquisitiva y curiosa en relación con el mundo. Nada se acepta porque sí. Todo se examina y se considera antes de ser aceptado (o no, según el caso). Por desgracia, en su estado natural nuestra mente se resiste a este enfoque. Para pensar como Sherlock Holmes, primero debemos superar esa resistencia natural que impregna nuestra forma de ver el mundo.

Más allá de esta toma de conciencia se encuentra la práctica constante. En el fondo, una intuición precisa no es más que práctica: dejar que la habilidad sustituya unas reglas heurísticas aprendidas. No nacemos destinados a actuar siguiendo unos hábitos de pensamiento incorrectos. Pero lo acabamos haciendo a causa de una exposición repetida y por la falta de la atención consciente que Holmes procura dedicar a todos sus pensamientos. Quizá no nos demos cuenta de que hemos reforzado nuestro cerebro para que piense de una manera dada; pero, en el fondo, es lo que hemos hecho. Con todo, eso también tiene un aspecto positivo: igual que hemos enseñado todo esto a nuestro cerebro, también podemos hacer que lo desaprenda o que aprenda algo nuevo. Cualquier hábito se puede sustituir por otro. Con el tiempo, se pueden modificar las reglas heurísticas.
Ser conscientes es el primer paso. La conciencia de Holmes le permite evitar muchos de los errores que cometen Watson, los inspectores, sus clientes y sus adversarios. Pero ¿cómo pasar de esta conciencia a algo más, a algo que acabe dando impulso a la acción? Este proceso empieza en la observación: cuando entendemos cómo funciona nuestro desván mental y dónde se originan nuestros procesos de pensamiento estamos en posición de dirigir la atención a las cosas que son importantes y apartarla de las que no lo son.

El problema del observador activo es que intenta hacer demasiadas cosas a la vez. Si participa en un experimento de psicología social y se ve obligado a recordar siete temas en orden, o una serie de números, o cualquier otra cantidad de cosas que a los psicólogos nos gusta usar para provocar una «ocupación cognitiva», está condenado al fracaso. ¿Por qué? Porque estos experimentos están diseñados para impedir que nos dediquemos a la tarea solicitada. A menos que tengamos una memoria fotográfica (eidética) o hayamos investigado a fondo las capacidades de nuestra memoria, nos será imposible recordar datos que no parecen guardar relación entre sí (en realidad, sí están relacionados; sucede que nuestros recursos están ocupados en otra cosa).
Pero hay algo más: la vida no es un experimento de psicología social. Nadie nos exige que seamos observadores activos.
Una mente observadora y atenta es una mente presente. Es una mente que no vaga, que se dedica activamente a lo que está haciendo. Es una mente que deja que el sistema Holmes se ponga al frente, en lugar de dejar que el sistema Watson corretee por ahí intentando hacerlo todo y verlo todo.

No olvidemos que Holmes era una especie de rebelde, un rebelde que no podía ser más diferente de un ordenador. Y eso es lo que hace que su método sea tan poderoso.
Holmes nos revela el secreto en El valle del terror, cuando reprende a Watson diciéndole: «No hay combinación de eventos de los cuales el ingenio del hombre no pueda concebir una explicación. Simplemente como un ejercicio mental, sin ninguna afirmación de que sea verdad, permítame indicarle la posible línea de pensamiento. Es, como admito, solamente imaginación; pero ¿cuán frecuentemente es la imaginación la madre de la verdad?».
No importa que Conan Doyle escribiera en inglés ni que el mismo Holmes esté tan arraigado en la conciencia inglesa. No importa que yo ahora pueda leer y escribir en inglés tan bien como lo hacía en ruso. No importa que el lector nunca se haya encontrado con un Sherlock Holmes en ruso o que ni siquiera haya contemplado la posibilidad de que lo hubiera. Lo único que importa es cuáles son las premisas y adónde nos llevan si dejamos que se desplieguen hasta su conclusión lógica, con independencia de que sea o no la que guiaba a nuestra mente.

La confianza en nosotros mismos y en nuestras habilidades nos permite superar nuestros límites y lograr lo que de otro modo no lograríamos, atrevernos hasta con esos casos extremos ante los que personas con menos confianza se achantarían. Un moderado exceso de confianza no hace daño a nadie; unas sensaciones ligeramente por encima de la media pueden hacer mucho por nuestro bienestar psicológico y nuestra efectividad en la resolución de problemas. Cuanto más confiamos en nuestras fuerzas, más difíciles son los problemas con los que os atrevemos a lidiar. Nos forzamos a salir de nuestra zona de confort.
Pero también podemos llegar a estar demasiado seguros de nosotros mismos: es el exceso de confianza, que es veneno para la precisión. Acabamos creyendo más de lo que deberíamos…
El éxito fomenta el exceso de confianza más que ninguna otra cosa. Si casi siempre estamos en lo cierto, hará falta muy poco para que pensemos que vamos a acertar siempre. Holmes tiene buenos motivos para confiar en sí mismo. Casi invariablemente, tiene razón; casi invariablemente, es mejor que los demás en todo, ya sea pensar, resolver delitos, tocar el violín o la lucha libre. Sin embargo, lo que lo salva —o lo que suele salvarlo— es precisamente lo que hemos identificado en el último apartado: que conoce las trampas de su estatura intelectual y se esfuerza por evitarlas, siguiendo estrictamente sus pautas lógicas y no perdiendo de vista que necesita seguir aprendiendo permanentemente.
Todo esto tiene, naturalmente, su lado negativo. Si el cerebro puede seguir aprendiendo —y cambiando a medida que aprendemos— durante toda la vida, puede también seguir desaprendiendo. Nosotros podemos poner punto final a nuestra educación, si así lo decidimos. El cerebro, nunca. Seguirá reaccionando al uso que queramos darle. La diferencia no está entre aprender o no, sino en qué y cómo. Podemos aprender a ser pasivos, a abandonarnos, en definitiva, a no aprender, como igualmente a ser curiosos, a buscar, a seguir aprendiendo cosas que igual ni siquiera sabíamos que necesitábamos saber. Si seguimos el consejo de Holmes, enseñaremos al cerebro a estar activo. Si no, si nos damos ya por satisfechos, si llegamos a un punto en que decidimos que ya no necesitamos más, le enseñaremos lo contrario.

En los momentos más cruciales es cuando más difícil resulta aplicar la lógica de Holmes. Así que lo único que podemos hacer es practicar, hasta conseguir que nuestros hábitos sean tales que incluso en las situaciones de mayor estrés se impongan las mismas pautas lógicas que con tanto esfuerzo hemos llegado a dominar.
Ser un cazador no significa estar siempre cazando. Significa estar siempre listo para ponerse en alerta cuando lo justifiquen las circunstancias, pero no dilapidar nuestras energías cuando no sea así. Estar atento a las señales que requieren nuestra atención, pero saber cuáles podemos ignorar. Como bien sabe todo buen cazador, hay que hacer acopio de todos nuestros recursos para los momentos que importan.
Los letargos de Holmes —ese «exterior flemático» que en otros pudiera ser síntoma de melancolía, depresión o simple apatía— están muy calculados. No tienen nada de letárgicos. En esos momentos de engañosa inacción, sus energías están concentradas en el desván de su cerebro, dando vueltas por él, hurgando en los rincones, reuniendo fuerzas para volcarlas centradas en el instante en que se requiera.

La cuestión es más grande que Sherlock Holmes o Arthur Conan Doyle. Todos estamos limitados por nuestros conocimientos y nuestro contexto. Y haremos bien en recordarlo. El solo hecho de que algo nos resulte inexplicable no implica que lo sea. Y que nos equivoquemos por falta de conocimientos no significa que no podamos remediarlo, o que no podamos seguir aprendiendo. En lo tocante a la mente, todos podemos ser cazadores.
Nunca llegaremos a ser perfectos. Pero podemos encarar nuestras imperfecciones con atención, permitiendo así que a la larga hagan de nosotros pensadores más capaces.
«¡Qué raro, cómo el cerebro controla el cerebro!», exclama Holmes en «La aventura del detective agonizante». Y eso nunca va a dejar de ser así. Pero tal vez, solo tal vez, podamos aprender a entender mejor el proceso, y contribuir a él con nuestra aportación.

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The main argument: Sir Arthur Conan Doyle’s character Sherlock Holmes is as popular today as when he was created back in the late 19th century. This comes as no surprise, of course, since there is just something about Holmes’ peculiar qualities—his keen observation, clever imagination, and incisive reasoning capabilities—that is both awe-inspiring and inspirational. We admire Holmes for cutting through the errors of thought that are so common to us in our daily lives (and that are reflected in Holmes’ sidekick, Watson). And yet we recognize that there is nothing in Holmes’ thought that is entirely out of reach for us. Indeed, his qualities are not so much superhuman as human plus: human qualities taken to their extreme. Still, human qualities taken to their extreme are intimidating enough, and we may find ourselves doubting whether we could ever really think like Sherlock—even if we put our minds to it. But for cognitive psychologist Anna Konnikova, we should think again.
Holmes’ prowess, Konnikova argues, rests no so much in his mental powers as in his mental approach. Specifically, Holmes has succeeded in making his thought methodical and systematic—essentially bringing the scientific method and scientific thinking to his detective work. This is an approach to thinking which, Konnikova argues, we can all practice. More importantly, it is an approach to thinking that can extend well beyond sleuthing. Indeed, it is a general approach that can help us get at the truth in virtually any arena, as well as help us solve virtually any problem. It is simply a matter of bringing a little science to the art of thought—and it is this very thing that Konnikova aims to help us achieve in her new book ‘Mastermind: How to Think like Sherlock Holmes’.

Konnikova breaks down Holmes’ method into 4 parts: 1. Background knowledge; 2. Observation; 3. Imagination; and 4. Deduction. To begin with, Holmes keeps an extensive and well-organized knowledge base to help him solve new cases. What’s more, he is vigilant in ensuring that he is ever assimilating new and important information that could help him in the future. Second, Holmes uses careful, mindful, and unbiased observation to glean what is important about the various characters and circumstances of each case. Next, Holmes uses the evidence that he has gathered—in conjunction with his far-reaching (though disciplined) imagination—to formulate multiple scenarios that could explain the mystery. Finally, Holmes uses his acute powers of reasoning to cut away the scenarios that just don’t hold up, until ultimately there is but one scenario left: the only one that is possible, however improbable.
While this approach seems straightforward enough, it is easier said than done. Indeed, our minds can and often do go wrong at any one of the steps. Konnikova construes it like this: our minds have two distinct modes of thought. The first of these modes operates quickly and automatically. It is our default mode, in that it is the one that we rely on as a matter of course. While it may be quick and effortless, it is also very error-prone. Our second mode of thought is slower and more deliberate. It has the potential to be far more accurate than our default mode, but it takes effort, and this is effort that we often aren’t willing to expend. Still, Konnikova contends that activating the second mode is worth the effort. What’s more, the more we employ this mode of thought, the more habitual and the less effortful it becomes. (These modes of thought correspond to System 1, and System 2 in Daniel Kahneman’s ‘Thinking, Fast and Slow’, though Konnikova refers to them here as our Watsonian and Holmesian systems).
At each step of Holmes’ method, Konnikova points out the errors of thought that our Watsonian system is wont to draw us into (as exemplified by a series of psychological experiments). In addition, she points out numerous tricks and pointers that can help us use our Holmesian system to best advantage in order to overcome these errors (exemplified by still other psychological experiments). In the end, it is really a matter of being ever mindful and careful in our thinking, and this is something that we could all certainly do more of.

Sherlock Holmes was a visionary in many ways. His explanations, his methodology, his approach to thinking heralded the advances in psychology and neuroscience that were to take place a century after his appearance as a character and more than eighty years after the death of his creator. His way of thinking seems almost inevitable, a product of his moment and his place in history. If the application of the scientific method was reaching its apogee in a wide variety of theoretical and practical fields – from the theory of evolution to X-rays, from general relativity to anesthesia, from behaviorism to psychoanalysis – why not should it apply to the principles of thought itself?
According to Arthur Conan Doyle, from the beginning the idea was that Holmes should be a personification of the scientific, an ideal to aspire to even if we never quite emulate it (after all, isn’t an ideal always a little beyond our reach? ?). The very name of Holmes reveals an intention that goes beyond the world of crime: it is very likely that Conan Doyle chose him in homage to one of his childhood idols, the doctor and philosopher Oliver Wendell Holmes, a character known so much for his writings and his contributions to medicine. But the character of the detective was based on another acquaintance of Conan Doyle, Dr. Joseph Bell, famous for his great powers of observation.

The result is crime as the object of a strict investigation that is approached from the principles of the scientific method, putting the human mind at its service.
Holmes recommends starting with the basics. As he himself says: “Before putting on the table the moral and psychological aspects of more weight that this matter raises, I will descend to solve some elementary problems.” The scientific method starts from something that seems the most trivial: observing. Before starting to ask the questions that will define the investigation of a crime, a scientific experiment or a decision as banal in principle as whether or not to invite a friend to dinner, we must focus on the most basic. It is not for nothing that Holmes describes the bases of his research as “elementary.” Because that is what the elements that define the functioning of something are, that make that something what it is.
Holmes’s thought – and the scientific ideal – is characterized, among other things, by skepticism and an inquisitive and curious mind in relation to the world. Nothing is accepted just because. Everything is examined and considered before being accepted (or not, depending on the case). Unfortunately, in its natural state our mind resists this approach. To think like Sherlock Holmes, we must first overcome that natural resistance that permeates our way of seeing the world.

Beyond this awareness is constant practice. At its core, accurate intuition is just practical: letting skill replace learned heuristic rules. We are not born destined to act on the wrong habits of thought. But we ended up doing it because of repeated exposure and because of the lack of conscious attention that Holmes tries to devote to all his thoughts. We may not realize that we have strengthened our brains to think in a certain way; but, deep down, it is what we have done. However, that also has a positive aspect: just as we have taught all this to our brain, we can also make it unlearn it or learn something new. Any habit can be substituted for another. Over time, the heuristic rules can be modified.
Being aware is the first step. Holmes’s conscience enables him to avoid many of the mistakes that Watson, the inspectors, his clients, and his adversaries make. But how do you go from this awareness to something else, to something that ends up giving impetus to action? This process begins with observation: when we understand how our mental attic works and where our thought processes originate, we are in a position to direct attention to the things that are important and away from those that are not.

The problem with the active observer is that he tries to do too many things at once. If you participate in a social psychology experiment and are forced to recall seven topics in order, or a series of numbers, or any number of other things that psychologists like to use to provoke a “cognitive occupation,” you are doomed. . Why? Because these experiments are designed to prevent us from dedicating ourselves to the requested task. Unless we have a photographic (eidetic) memory or have thoroughly investigated the capacities of our memory, it will be impossible for us to remember data that does not seem to be related to each other (in fact, they are related; it happens that our resources are occupied in something else ).
But there is something else: life is not an experiment in social psychology. Nobody requires us to be active observers.
An observant and attentive mind is a present mind. It is a mind that is not wandering, that is actively engaged in what it is doing. It is a mind that lets the Holmes system take the lead, rather than letting the Watson system run around trying to do it all and see it all.

Let’s not forget that Holmes was something of a rebel, a rebel who couldn’t be more different from a computer. And that’s what makes his method so powerful.
Holmes reveals the secret to us in The Valley of Terror, when he rebukes Watson by saying: ‘There is no combination of events for which the ingenuity of man cannot conceive an explanation. Just as a mental exercise, without any claim that it is true, let me point out the possible line of thought. It is, as I admit, only imagination; but how often is imagination the mother of truth?
It does not matter that Conan Doyle wrote in English or that Holmes himself is so ingrained in English consciousness. It doesn’t matter that I can now read and write in English as well as I could in Russian. It does not matter that the reader has never encountered a Sherlock Holmes in Russian or has not even contemplated the possibility that there was. The only thing that matters is what the premises are and where they lead us if we let them unfold to their logical conclusion, regardless of whether or not it was the one that guided our mind.

Confidence in ourselves and in our abilities allows us to overcome our limits and achieve what we would not otherwise achieve, to dare even with those extreme cases before which people with less confidence would fall down. A moderate overconfidence doesn’t hurt anyone; Slightly above-average feelings can do a lot for our psychological well-being and our effectiveness in solving problems. The more we trust in our strength, the more difficult are the problems that we dare you to deal with. We force ourselves out of our comfort zone.
But we can also become too sure of ourselves: it is overconfidence, which is poison for precision. We end up believing more than we should …
Success encourages overconfidence more than anything else. If we are almost always right, it will take very little for us to think that we are always going to be right. Holmes has good reason to trust himself. Almost invariably, he is right; almost invariably, he’s better than everyone else at everything, whether it’s thinking, solving crimes, playing the violin, or wrestling. However, what saves him – or what usually saves him – is precisely what we have identified in the last section: that he knows the pitfalls of his intellectual stature and strives to avoid them, strictly following his logical guidelines and not losing sight of the fact that you need to keep learning permanently.
All of this naturally has its downside. If the brain can continue to learn — and change as we learn — throughout life, it can also continue to unlearn. We can put an end to our education, if we choose to. The brain, never. It will continue to react to the use we want to give it. The difference is not between learning or not, but in what and how. We can learn to be passive, to abandon ourselves, ultimately, not to learn, as well as to be curious, to search, to continue learning things that we didn’t even know we needed to know. If we follow Holmes’s advice, we will teach the brain to be active. If not, if we are already satisfied, if we reach a point where we decide that we no longer need more, we will teach you otherwise.

It is at the most crucial moments that it is most difficult to apply Holmes’s logic. So all we can do is practice, until our habits are such that even in the most stressful situations the same logical guidelines are imposed that with so much effort we have mastered.
Being a hunter does not mean always hunting. It means always being ready to be on the alert when circumstances warrant, but not wasting our energies when it is not. Be on the lookout for signs that require our attention, but know which ones we can ignore. As every good hunter knows, we must gather all our resources for the moments that matter.
Holmes’s lethargy — that “phlegmatic exterior” that in others might be a symptom of melancholy, depression, or simple apathy — are highly calculated. They are not lethargic at all. In those moments of deceptive inaction, your energies are concentrated in the attic of your brain, circling through it, poking around in the corners, gathering strength to focus on the moment it is required.

The question is bigger than Sherlock Holmes or Arthur Conan Doyle. We are all limited by our knowledge and our context. And we will do well to remember it. Just because something is inexplicable to us does not imply that it is. And that we are wrong due to lack of knowledge does not mean that we cannot remedy it, or that we cannot continue learning. When it comes to the mind, we can all be hunters.
We will never be perfect. But we can face our imperfections with attention, thus allowing them to make us more capable thinkers in the long run.
“How strange, how the brain controls the brain!” Exclaims Holmes in “The Adventure of the Dying Detective.” And that will never stop being so. But maybe, just maybe, we can learn to better understand the process, and contribute to it with our input.

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