Madrid — Andrés Trapiello / Madrid by Andrés Trapiello (spanish book edition)

Ameno,con multitud de datos y anécdotas,mezclando la autobiografía con la vida de Madrid entre los años 80 hasta el 2020.
Trapiello escribe economizando palabras sin dejar de crear una literatura que fluye y recrea momentos precisos y apoyándose en la historia,la anécdota y un gran sentido del humor que te arranca la carcajada inesperada. Por poner alguna pega habría quedado aún mejor dando voz a algunos de esos arrabales con historias tan maravillosas como las de los barrios del centro.

Madrid es una ciudad estrepitosa y bizarra y, si se le pilla el punto, fascinante. No hace falta haber nacido en Madrid, ni vivir aquí, para darse cuenta. Claro que si dijera lo contrario tampoco se molestaría nadie, porque la mayoría de los madrileños que yo he conocido no son narcisistas, y las madrileñas menos aún; presumidos, quizás algo más que en otras partes, pero narcisistas no me lo han parecido. Además, casi nadie es de Madrid, y cuando te encuentras con alguien que nació en la famosa «Villa del oso y el madroño» tampoco te cobra una perra por ello: «haber nacido en Madrid no da derecho a nada» y «en Madrid todo es de todos».
A menudo oímos: «No sé cómo podéis vivir en Madrid». Y llevan razón. Yo tampoco me lo explico. Pero si puedo, nunca me iré de esta casa ni de este barrio; cada día los encuentra uno, cómo decirlo, más cercanos, sin que por ello vea que se lo estemos quitando a nadie. Esta ciudad nos sienta a todos como ropa de niño pobre, «corta y larga». Lo que tiene de urbe lo tiene también de «campesino y lugareño».

De la planicie y hasta el río Manzanares, que entonces no se llamaba así, sino Guadarrama, nombre también árabe, descendía un arroyo que creó un profundo vallejo, y a uno y otro lado de este se formaron dos barrios. Este arroyo discurría por lo que es hoy la calle de Segovia y los primeros pobladores seguramente decidieron el enclave porque era un lugar cercano a un río, con huertos y pastos, y con abundantes fuentes y manaderos en el recinto urbano. Esto sucedió allá por el siglo noveno. Las dataciones he visto que las hace todo el mundo un poco a ojo de buen cubero, y para los orígenes de Madrid hay al menos, según Cristina Segura, tres teorías.
La más fiable es la de que Madrid, después de unos primitivos y poco estables poblados paleolíticos, romanos y góticos, había sido un primer asentamiento musulmán («en algún momento entre 850 y 886»), al que Mohamed I, dependiente de Toledo, dio carta de naturaleza como ciudad, dotándola de un alcázar (donde hoy está el Palacio Real) y una muralla, para defenderse de los reyes cristianos, el primero de ellos Ramiro II, que la saqueó, y al poco Ordoño I, también de León los dos, que, puestos a recordar, «tuvo veinticuatro reyes, antes que Castilla leyes», sin que esto, a día de hoy, signifique absolutamente nada.
Los árabes aprovecharon los buenos acuíferos del lugar y canalizaron el agua con diferentes viajes o minas subterráneas, llamadas mayrat , y de ahí le dieron a ese lugar el nombre de Mayrit , que evolucionó pronto a Magerit.
Los almorávides, no obstante, tampoco pudieron retenerla, y la dejaron definitivamente en manos cristianas en 1118.
Para entonces Madrid tenía tres barrios, uno judío en el Campillo de la Manuela (Lavapiés; hay quien asegura que lo de manolos y manolas viene de entonces, aunque lo probable es que la palabra, significando majeza y apostura, se extendiera a partir de El Manolo , sainete de don Ramón de la Cruz), otro moro (Morería y el vallejo de San Pedro o calle de Segovia) y otro mozárabe, junto al Alcázar y San Ginés.
Después de que Alfonso VII concediera a la ciudad el título de Villa (más que un honor: la facultaba para celebrar mercados), en el primer fuero que existe de Madrid, de 1202 (otorgado por Alfonso VIII, el de las Navas de Tolosa, hallado en 1748 y conservado en la actualidad como oro en paño: lo he visto, lo he tocado y ya casi ni me acuerdo) se la nombra con sus cinco nombres, Magerit, Magirto, Madrit, Madride y Madrid, y es este último el que aparece más veces, sin dejar de aludir nunca a su condición acuífera.

Leganitos. Hoy es una de las calles más deprimentes de Madrid, habiendo sido una de las más bonitas. Leganitos, algannet , significaba eso en árabe, huertas. Cervantes habla en el Quijote por boca del Primo de la fuente que había en esa calle, y dice que tenía el agua más preciada. En ella vivieron también su madre y su hermana cuando él estaba cautivo en Argel, creo. Se la llamó también «la de los capones», porque había en ella una escuela de niños cantores, castrati , y seguro que queda alguno. En Madrid siempre ha habido de todo.
Los asiduos de los bares de Serrano (al contrario de los de las terrazas de Gran Vía, que se quedaban un rato y se largaban luego) permanecían siglos en las terrazas, desde el mediodía a la hora de comer, hacia las tres, bebiendo sus aperitivos, cervezas y martinis, esparrancados, mirando a la gente que pasaba, hablando de lo que salía por la tele, de fútbol (y desde luego jamás de política, ni la municipal). Si hacía malo, entraban, y de pie en la barra, bebiendo y jugando a los dados, pasaban toda la mañana y toda la tarde. Los dados se pusieron de moda, y también los dardos. La gente llegaba y como otros buscaban el periódico, algunos pedían los dados o los dardos. En los barrios corrientes se jugaba al tute y al mus o al dominó, y en aquellos bares pijos, a los dados. El ruido que hacían los del dominó y los de los dados era parecido, tumultuoso, desagradable.

Lo que resulta tan atractivo de las ciudades es que se dejan contar como las personas, por el final o por el principio, por su remota infancia, como yo ahora recuerdo también mi remota juventud, recién instalado en Madrid, o por cualquier parte, saltándose los preámbulos. Incluso elegir entre versiones: he leído un libro reciente en que se pone en duda que el nombre de Madrid tenga que ver con el agua (y sí con la ganadería) y que durante la ocupación islamita hubiera esos viajes y minas (que no necesitaría la ciudad, por tener manaderos de sobra), pero como no ofrecía ninguna explicación concluyente, uno se queda con la antigua, no sé si más científica pero sí más literaria y a día de hoy no refutada. Así que a esa me atengo.
Durante los siglos de la ocupación árabe se le suponen a Madrid unos doce mil habitantes.
Con el agua de los manantiales y pozos era suficiente. Los árabes importaron la técnica de traerla, experimentada ya en ciudades de Siria y del norte de África. Se captaba en origen y mediante minas o conducciones subterráneas que a su paso iban recogiendo del sustrato arenoso las aguas manaderas y filtradas de la lluvia, se conducía hasta el oeste, al último punto del recorrido, el alcázar.
En Madrid el agua discurría por unos caños o cánulas hechos de barro de Alcorcón, célebre porque no criaba «verdín ni ovas» y el agua transcurría limpia por ellos. De ahí el nombre de Canillas y Canillejas. En otro sitio leí que a Isabel la Católica y a Felipe V no les convencía el sistema, porque se tenía a las aguas de Madrid por «gordas o lerdas», frente a las «delgadas o finas» de ciudades como Toledo, así que la reina Isabel se hacía traer la suya del pueblecito cercano de La Alameda (donde tres siglos después la ilustrada duquesa de Osuna construyó su palacio; saldrá aquí más adelante, supongo) y el rey Felipe V, de la fuente del Berro, la misma que se hacía llevar a Flandes una infanta de Castilla y que dos siglos después puso de moda Carlos III porque a él le sentaban bien.
Del pasado musulmán no quedan más que unos metros de muralla a los pies de la Almudena.
Los cristianos, en cuanto se hicieron cargo de Madrid en el siglo XIII , dividieron la ciudad por parroquias, y añadieron a esas que encontraron otras iglesias. Unas pocas quedan aún, otras han ido desapareciendo: San Juan Bautista, San Miguel de la Sagra, San Juan, San Pedro, San Andrés, San Justo, El Salvador, San Miguel de los Octoes, Santiago y San Nicolás, a las que se sumaron poco después San Ginés, la de la Santa Cruz y San Martín. De conventos, santuarios, ermitas, beaterios y humilladeros, algunos más. En verdad la religión era un consuelo en un tiempo en que la muerte entraba a saco…
El milagro del agua tiene un candor bonito, primitivo: los criados de Vargas, molestos con su compañero, lo denunciaron a su señor, que fue «a comprobar el caso» y ver «si había manzilla en su hazienda», y al llegar sintió sed. Pidió agua a Isidro, y tras escarbar este el suelo con su aguijada «donde no la había», brotó abundante. «La fuente Milagrosa» sigue allí, en un costado de la ermita del Santo, junto al río, donde la verbena, con mucha afluencia de devotos que leen en una lápida aquello de «Si calentura trujieres, volverás sin calentura», pero yo no he bebido de ella por si el tifus.
El milagro del trigo asegura que en el molino se le multiplicaba el grano, dándole a las palomas hambrientas lo que le sobraba.

El antiguo Alcázar estaba unido al centro de la ciudad, la Puerta del Sol, por dos calles que discurren casi en paralelo, la calle Arenal y la calle Mayor. Esta se fue haciendo poco a poco, desde la dominación árabe, primero para unir el Alcázar con la plaza del Arrabal (hoy Mayor), y la otra también, pero en ella intervino mucho José Bonaparte, que quería que desde la Puerta del Sol se viera el Palacio.
Carlos III, «el mejor alcalde de Madrid», trató, en los treintaitantos años que duró su reinado, de limpiar la ciudad, abrir alcantarillas, poner faroles, ordenarla y ornarla con media docena de edificios. José Bonaparte, el primer monarca en verdad ilustrado, trató en seis de transformarla, abrir respiraderos (derribando conventos y convirtiendo los solares en plazas), proyectar avenidas al modo de las parisinas, panteones de hombres ilustres, un teatro a la altura de los tiempos modernos y unas verdaderas cortes representativas… Fue también el primero que pensó en levantarle una estatua a Cervantes.
Al final Mayor y Arenal acabaron pareciéndose bastante, una, en edición de lujo; la otra en rústica. A los de pueblo, acaso por esta razón, nos gusta un poco más Arenal (la preferida de Pla), porque parece que desembocará en la plaza de nuestro lugar.
La calle Mayor, más ancha, más hecha para comitivas reales, carruajes y desfiles, porque en ella se encontraban los palacios de aquellos grandes títulos que servían al rey, incluido el de los Consejos, hoy Capitanía General y sede del Consejo de Estado. Este es uno de los más bonitos de Madrid, pero la gente pasa de largo sin fijarse, como tampoco se fija en el palacio de los duques de Abrantes que está enfrente (hoy sede del Instituto Italiano de Cultura). El de los Consejos se ha quedado por dentro como la mayoría de los palacios, en 1800, y el otro un poco más acá, pero no mucho. Quedan algunos más, hasta llegar a la Casa de la Villa en la plaza de la Villa, donde sigue en pie la torre de los Lujanes, el más venerable de todos.

La Plaza Mayor. Es el verdadero molde de todas las plazas mayores españolas, desde las monumentales, como la de Salamanca, hasta las más humildes, como la de León. Como si fuera la matriz de España, de donde han salido las demás plazas. Tiene algo especial, acogedor y libre, hacia dentro y hacia afuera al mismo tiempo. No sé dónde reside ese misterio.
En la plaza del Arrabal, solo un desmonte despoblado, se celebraban en la Edad Media unos mercados que los primeros regidores regularon con tasas y aranceles. Los cronistas de la época hablan con poco aprecio de eso. Parece que aquello era un muladar, sumido en malos olores y sembrado de piltrafas de todo tipo. El suelo, en los días de lluvia, se convertía en un lodazal, y el género se vendía en cajones. Al poco tiempo, Felipe II, avergonzado ante embajadores y nobles extranjeros de su propia capital del reino, ordenó que se levantaran allí una Real Casa de la Panadería y otra de la Carnicería, en cuyos bajos se vendían esos artículos conforme a pesos y medidas, normas y privilegios. A su resguardo fueron levantándose otras soportaladas, siguiendo los planos de Juan de Herrera, arquitecto del rey.
Se empezó la plaza en 1590 y Felipe III la terminó en 1619: 136 casas, y un aforo de cuarenta mil personas.
En 1622 se celebró en ella la canonización de santa Teresa de Jesús, san Ignacio de Loyola, san Felipe Neri, san Francisco Javier y el patrono de Madrid, san Isidro, cantado para la ocasión por Lope de Vega, y fueron también frecuentes allí los de autos de fe y, cuando no los mandaban degollar y descuartizar, ahorcar, agarrotar o quemar en otros arrabales (en Santa Cruz, en San Ginés, en San Miguel o en la plaza Mayor, respectivamente), allí mismo podían ejecutar todas las sentencias: el garrote lo daban frente a la Casa de la Panadería, la horca la ponían en el Portal de Paños y dejaban los degüellos, como corresponde, para la Casa de la Carnicería. Cuando se trataba de brasero, en el centro, para evitar incendios (sufrió tres devastadores: 1631, 1672 y 1790, y de todos se rehízo, incluso mejorada, porque después del último de ellos, el más voraz de los tres, se encomendó su reforma a Juan de Villanueva, el arquitecto del Museo del Prado, que redujo los cinco pisos a tres y le dio un entono neoclásico admirable, el actual).

Después de la Puerta del Sol, la parte de Madrid que cuenta con más libros dedicados a ella es la Gran Vía. Es una calle con joroba y no es ni recta. Fue ancha en su tiempo, pero ya ni eso parece. Está toda ella, salvo el tramo central, en cuesta, primero hacia arriba y luego hacia abajo. Tiene casas bonitas, pero ninguna tanto como para que se recuerde. Ni siquiera el maravilloso oratorio de Caballero de Gracia, que hizo Villanueva, cuyo ábside han disimulado con una coraza que lo sepulta. Está plagada de edificios y casas de una arquitectura rarísima.
Las obras del primer tramo empezaron en 1910 y acabaron en 1915, y a esa parte de la avenida le dieron el nombre de Conde de Peñalver, que finó un año después. Las del segundo duraron de 1917 a 1922, y recibió el de Pi y Margall. Había sido presidente de la primera República, y continuó con él la tradición decimonónica de darles las calles también a los perdedores, como sucedió con el tercero, que se llamó de Eduardo Dato, también alcalde de Madrid y a quien habían asesinado tres pistoleros anarquistas. Este último tramo se empezó en 1925 y se dio por concluido en 1929, si bien quedaron algunos solares que solo se edificaron tras la guerra, hasta acabar en 1952.
La torre de los Lujanes es uno de los pocos vestigios de aquel tiempo que quedan incólumes. Era propiedad entonces de una de las grandes familias madrileñas y desde mediados del XIX sede de diferentes entidades y sociedades académicas que han prestado grandísimos servicios a la nación española, aunque ninguno comparable al de haber servido de torre del primer telégrafo óptico y de cuna de Federico Chueca, autor de La Gran Vía, que nació en ella.

En cuanto a los nombres de las calles, algunos de ellos desde la época árabe. Son preciosos, todos obedecían a una razón, la realidad en ellas se imponía: Alamillo, Mezquita, Cuesta de la Vega, Cava. Unas veces porque describían el lugar o los meteoros (Viento, Cerrillo, Arenal, Codo), otras, a alguno de su moradores por su notoriedad (Caíd), el oficio (Tintoreros, Boteros, Cuchilleros), o sucedidos extravagantes o propios de las Mil y una noches (Sombrerete del Ahorcado, Carnero, estas ya en tiempos cristianos). Las calles conservaban, sí, el misterio de la vida: Cedaceros, Bordadores, Coloreros, Yeseros, Caños, Morería, Convalecientes, Cuesta de los Cojos, Tinte, Relatores, Madera (esta en el barrio donde estuvieron desde el siglo XVI hasta casi hoy la mayor parte de los almacenes de madera) o del Almendro («tuvo siempre para mí un encanto y un misterio indefinibles», confesó Galdós), o la de la Sal («la más salada», dijo de ella Gómez de la Serna un día que no estuvo a la altura de sí mismo).
Los cristianos los respetaron y ampliaron el espectro a exclamaciones (Válgame Dios), el recuerdo de un rey, un santo o una virgen (una de mis preferidas es la calle Peligros, Nuestra Señora de los, y muchas más Vírgenes: de los Afligidos, del Buen Consejo, del Buen Fin, del Buen Suceso, de la Buena Dicha, de la Buena Leche, de la Consolación, de los Desprecios, del Destierro, de la Esperanza…
Cuando entraron los cristianos en Madrid en el siglo XII conservaron muchos de los nombres antiguos y conforme abrían nuevas calles, les daban uno un poco al tuntún, con ese instinto infalible que tiene el pueblo para titular caballos, perros y vacas en cuanto nacen: calle de la Espada, Esgrima, Mancebos y Angosta de Mancebos, Costanilla de los Desamparados… Se diría que muchos de estos nombres eran fruto de una decantación poética (y qué maravilla poder entrar en la librería del viejo Gomis por la calle de la Luna y salir por la de la Estrella). A menudo una calle sin nombre tardó cien años en tenerlo, cuando hubo al fin uno que se impuso por alguna razón descollante.
En 1749 y por necesidad recaudatoria se inventarió el caserío de Madrid con el nombre de Visita General de Regalía de Aposento («la Visita se encargaba de identificar cada manzana y cada casa»), y en 1765, con Carlos III ya, se procedió a rotular las esquinas con azulejos de Talavera, en los que figura el número de parroquia o colación (de collatio , contribución, y de ahí, la porción tributaria de una parroquia) y la manzana respectiva. Se catalogaron quinientas cincuentaisiete manzanas.

Entre las consecuencias beneficiosas, la desamortización de Mendizábal supuso la reactivación definitiva del Rastro, como lugar en el que se vendían los despojos provenientes de los derribos, y se crearon barrios de nueva planta (Argüelles, Salamanca, Chamberí), a cuyas calles hubo de dárseles un nombre. ¿Cuál?
Hasta entonces, decíamos, estos respondían a una razón morfológica, histórica o vecinal relacionada con el lugar. Los políticos municipales no lo dudaron un momento, y con la excusa de la ejemplaridad y la pedagogía se repartieron los nombres sin esperar muchos de ellos a pasar a mejor vida, al tiempo que se decoraban un poco dándoselo también a indiscutidas figuras del pasado.

Aluche era uno de los barrios nuevos; segunda B con estribaciones de tercera B y aun de cuarta B. A medio camino entre los Carabancheles y Madrid. Los incorporó Franco a la ciudad en 1944, junto a Villaverde, Vallecas, Vicálvaro, Canillas y Canillejas, Barajas, Chamartín, Hortaleza, Fuencarral y El Pardo, donde él tenía, como es sabido, su palacio-cuartel.
La mayor parte de estos pueblos que cercaban la capital no supieron conservar sus centros antiguos.

El museo más bonito del mundo, el que más se parecía a la casa de la vida, era para mí entonces el Museo Romántico. El del Prado es otra cosa: no es una casa ni tampoco un museo, sino una patria.
En muy poco tiempo Madrid se llenó de obras que exportaron la ciudad a todos los rincones de España, y en el caso del cine, también a Europa y América. En todas partes, excepto en Cataluña y Euscadi, querían ser Madrid, y a Almodóvar lo recibían en el extranjero como hubieran recibido a Federico (García Lorca).
Yo creo, como el autor que la vista más bonita de Madrid es la que se contempla desde el cementerio de San Isidro, al otro lado del Manzanares, con el Palacio Real, la Almudena, el seminario y San Francisco enfrente. Y así lo han visto siempre los pintores, desde Goya a los últimos que aún pintaban paisajes realistas de Madrid, allá a mediados del siglo XX . Es un panorama que apenas ha variado en los dos últimos siglos y la visión de la ciudad mediada por la pradera y los árboles, resulta de lo más sedativa.
El Madrid de Carlos III es también el de Juan Ramón Jiménez: un Madrid más limpio (fue el rey que puso un poco de higiene en las calles pestilentes y emporcadas); más ordenado (hizo el catastro y dividió la ciudad en barrios, los barrios en parroquias, las parroquias en manzanas); más esperanzado (se trajo de Italia el juego de la lotería y la expresión «tirar la casa por la ventana», que es lo que muchos hacían literalmente con los enseres viejos cuando les tocaba el gordo); y más ilustrado (aunque no consiguió que los nobles españoles leyeran más, y eso que vinieron con él los tipos bodonianos de la imprenta de Parma). El de JRJ. era un Madrid más soñado que real, porque lo que quedaba de aquel Madrid dieciochesco en 1920 no era mucho, dos docenas de palacios, algunas casas buenas y algunos edificios públicos, algunos en verdad elegantes, como el Observatorio Astronómico en el cerrillo de San Blas, en un extremo del Retiro, verdadera arquitectura de cámara, como un cuarteto de Haydn, y el Botánico.
Con el Madrid romántico se produce una pequeña paradoja: el romanticismo llega a Madrid directamente del siglo XVIII.

El comercio importante de la ciudad, los grandes cafés, fondas y pensiones de lujo y los primeros hoteles, que se ubicaron en esa Puerta del Sol y calles aledañas que morían o nacían de ella (Mayor, Arenal, Carretas, Montera, Alcalá y Carrera de San Jerónimo), tienen que ver con Galdós, pero nada con Cervantes.
Llama la atención que las iglesias de Madrid sean tan poca cosa. No han estado nunca ni a la altura de la devoción de sus fieles ni del dinero que corrió por la corte.
Exceptuando las dos torres mudéjares de San Pedro el Viejo y San Nicolás, y los Jerónimos, la única iglesia gótica que se conserva, todas son posteriores al siglo XVI .
En el mejor de los casos contrasta su pobre aspecto externo con el interior. No pudiendo ser obras de Bramante o de Bernini, le gustan a uno así, como las mismas casas viejas entre las que están metidas.
Por fuera las iglesias madrileñas apenas llegan a ser algo más que un caserón desvencijado que se distingue mal de otros caserones de alrededor, si no fuera por el mendigo que tienen en la puerta, sentado en el suelo o de pie, sucio, harapiento, con la cabeza ladeada. Cualquier ciudad italiana de tercer orden tiene iglesias más bonitas y en mayor número, grandes y pequeñas, medievales, renacentistas, barrocas o neoclásicas, monumentales o secretas.

El paseo del Prado es precioso, en origen el más bonito de Madrid. Los árboles, tras el riego por goteo implantado hace unos años, han crecido como crecen en París o Berlín, sin restricciones, asombrándolo todo, pero el tráfico, caudaloso a todas horas, dificulta cualquier ensoñación. En primavera los magnolios se llenan de tantas flores que parecen colonias de garcillas y en otoño los plátanos portentosos le regalan a la ciudad oros que no envidian los que custodia el Banco de España allí al lado. Claro que con tanto coche arriba y abajo le quitan la mitad del encanto.
Hoy, sin perder el hilo, en apenas un kilómetro, se pasa del Museo Reina Sofía al Botánico, y de este, al Museo del Prado y antes de cruzar de acera, detrás del Prado, el Casón del Buen Retiro y el que fue Salón del Trono (y Museo del Ejército hasta hace dos días), y al lado el de las Artes Decorativas (que es como una feria de anticuarios) y después, sí, al otro lado, el Thyssen, y volviendo a cruzar a este lado, el Museo Naval… Se habló recientemente de hacer en el palacio de Buenavista otro museo, pero los militares no se lo han dejado arrebatar aún.
¿Cómo describir el Retiro a quien no lo haya visto? Es un bosque y es un jardín. Como jardín es lo bastante grande para no parecer cerrado (por una verja magnífica de la que se cuentan ventas fabulosas de timadores) y como bosque, lo suficientemente silvestre para no parecer un jardín.
Con el tiempo la vida que había tenido el Salón del Prado y los Jardines del Buen Retiro acabó trasladándose al Retiro, que se llenó de quioscos en los que se expendían refrescos y helados a las clases pudientes y aguadores que surtían de agua, azucarillos y aguardiente a las más populares, así como barquilleros que vendían su humilde género a todo el mundo, pues no hay nadie a quien no le guste un barquillo de limón y canela. Se trazó un paseo de coches, en el que iban y venían carretelas y tílburis, y los más presumidos a caballo, y se echaron al agua del estanque unas cuantas barcas, para que los novios hicieran allí, ante Poseidón, eternas promesas de amor.
En Madrid, a diferencia de otras ciudades y capitales europeas, todo tiene unas proporciones modestas. Madrid cabe en un pañuelo de hierbas. El Jardín Botánico, por ejemplo. Fue concebido en tiempos de Carlos III como un anejo al Museo de Ciencias Naturales que iba a ser lo que luego acabó siendo el Museo de Pinturas.
Es un jardín neoclásico que puede recorrerse en una hora a paso de nazareno, con fuentes cada poco, unas fuentes pequeñas en cuyas tazas de granito beben los gorriones y palomas sin que les salpique el agua.

El barrio del Rastro es uno de los más deslucidos de Madrid. Yo lo encuentro muy bonito. Ya sé que no lo es, pero me lo parece, con sus casas mal encaradas, torcidas, sucias. No hay en él ni un solo monumento, descontando la iglesia de San Cayetano, en la calle Embajadores, y el mercado de la plaza de la Cebada. A este, con las bóvedas de cemento armado del ingeniero Torroja (o de alguien que se le parece mucho), le faltan todavía cincuenta años para que alguien le encuentre un encanto, y la iglesia, de estilo barroco, lo perdió hace doscientos.
Matarifes, tratantes, tripicalleras, carniceros fueron colonizando el barrio, que desciende hasta el río Manzanares, allí al lado.
Aquellos barrios se llamaron bajos por estar en los arrabales del sur, y pronto dieron origen a los adjetivos «arrabalero», «barriobajero» y «rastrero», que no tenían las connotaciones inicuas que tienen hoy. Bien al contrario. Durante la sublevación popular del 2 de mayo de 1808, muchos de estos arrabaleros, rastreros y barriobajeros, hombres y mujeres, dejaron memoria de su valor y arrojo, pagando con su vida en los tristemente célebres fusilamientos que siguieron a la sublevación contra los soldados franceses que supuestamente estaban solo de paso hacia Portugal para combatir allí a los ingleses.
El barrio tiene forma de abanico, cuyo clavo situaríamos en la Cabecera del Rastro. Allí, hace cien años, levantaron una estatua a Eloy Gonzalo, el soldado que trató de quemar vivos con una lata de gasolina a unos insurgentes cubanos, reducidos en una choza del pueblo de Cascorro, en la provincia de Camagüey. Su gesta no sirvió de nada: España perdió Cuba, y él perdió primero la vida y luego el nombre, porque en Madrid todo el mundo lo conoce como Cascorro.
En algún momento del siglo XVII a alguna de las verduleras o de las mondongueras que vendía en la Cabecera del Rastro y la Ribera de Curtidores los despojos de los animales se le ocurrió abrir una tienda con los despojos de trapo y telas. Acababa de darse carta de naturaleza a los traperos y traperas, individuos que recorrían las calles de Madrid recogiendo harapos y toda clase de loza, cristal, muebles, libros y cuadros viejos.
Durante tres o más siglos en los mercados o ferias de Madrid se vendía nuevo y viejo, comestible y trastos, a veces en plazas (la de la Cebada, Antón Martín, Real de San Luis), pero también mercados ambulantes en las calles (Toledo, Mayor), conocidos con el nombre de bodegones de puntapié, fijándose en un tiempo la venta de fruta en la plaza Mayor, los melones en la Puerta del Sol (de ahí pasaron a venderse en las Vistillas), la leña en la plaza de la Cebada y el pescado en la calle Postas.

Hoy la plaza (Puerta del Sol) es un lugar bastante antipático, como tantas otras plazas famosas del mundo en Roma, Venecia, París, Londres o Nueva York, llena de gente a todas horas, con grupos de turistas que atienden las explicaciones de un guía que vocifera frases de repertorio, mezclados con desgraciados que llevan un disfraz de pato Donald para que se retraten con ellos unos que vienen de Toronto o París de selfiarse con un pato Donald idéntico, sin contar a aquellos hombres sangüis, que se pasean emparedados con cartelones amarillos y letras negras que anuncian propincuas casas de compraventa de oro.
El mes de diciembre la plaza conoce las tumultuarias colas de ilusos de todas partes de España que vienen a comprar a los herederos de doña Manolita, conocida lotera, el número de la suerte para los sorteos de Navidad y El Niño. Aparte del establecimiento de doña Manolita (que también ha cambiado de emplazamiento varias veces, sin salir de la Puerta del Sol) hay una docena de gitanas que venden décimos expedidos por esa misma administración. La superstición de que es la lotera española más premiada está más arraigada que la evidencia de que reparte más premios que ninguna solo porque es la que más números vende, lo que justifica colas de tres y cuatro horas delante de su administración.
Kilómetro cero. El metro cuadrado más visitado y pisado de España. Nada ilusiona tanto como creer que hacemos real una abstracción. Esa es la razón de que quienes quieren acabar con la ilusión de un centro se vean obligados a poner este en otra parte, casi siempre imponiendo otra ficción.
Los cafés y comercios de hace apenas cien o cuarenta años han dado paso a locales de comida rápida y tiendas de multinacionales, y el público provinciano de entonces ha sido sustituido por un público que ha perdido su encantador provincianismo y tiene de cosmopolita solo el billete del avión que le ha traído hasta allí.
Yo echo de menos los nombres que desaparecieron con la reforma de 1857: las calles de la Zarza, Majaderitos y Cofreros, pero, sobre todo, el callejón de la Duda.

La mayor pérdida que ha sufrido Madrid a lo largo de los siglos no ha sido la tranquilidad, ni buena parte de su patrimonio arquitectónico, ni sus verbenas y tradiciones populares, ni su condición pueblerina, ni siquiera, hoy, el haber visto mermada su capitalidad en detrimento de las capitales autonómicas… Lo que Madrid lleva como un puñal en la espalda es haber perdido las afueras, los arrabales, el extrarradio.

Libros del autor comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2019/06/17/don-quijote-de-la-mancha-adaptacion-andres-trapiello-miguel-de-cervantes-don-quixote-andres-trapiello-adaptation-by-miguel-de-cervantes/

https://weedjee.wordpress.com/2021/01/06/madrid-andres-trapiello-madrid-by-andres-trapiello-spanish-book-edition/

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Entertaining and goodie reading with a multitude of data and anecdotes, mixing the autobiography with the life of Madrid between the 80s and 2020.
Trapiello writes economizing on words while still creating a literature that flows and recreates precise moments and relying on history, anecdote and a great sense of humor that makes you laugh out of the blue. To put something wrong he would have been even better giving voice to some of those suburbs with stories as wonderful as those of the downtown neighborhoods.

Madrid is a noisy and bizarre city and, if you get the point, fascinating. You don’t have to be born in Madrid, or live here, to figure it out. Of course, if I said otherwise, no one would bother either, because most of the people from Madrid that I have met are not narcissists, and even less from Madrid; conceited, perhaps a bit more than elsewhere, but narcissists have not seemed to me. Furthermore, almost no one is from Madrid, and when you meet someone who was born in the famous “Villa del oso y el madroño” they don’t charge you an euro for it either: “Being born in Madrid does not give you the right to anything” and “in Madrid everything belongs to everyone ».
We often hear: “I don’t know how you can live in Madrid.” And they are right. I can’t explain it either. But if I can, I will never leave this house or this neighborhood; each day one finds them, how to say, closer, without seeing that we are taking it away from anyone. This city suits us all like poor children’s clothes, “short and long.” What is urban is also what is “peasant and local.”

From the plain and up to the Manzanares River, which was not called that then, but Guadarrama, also an Arabic name, a stream descended that created a deep valley, and on either side of it two neighborhoods were formed. This stream ran through what is now the street of Segovia and the first settlers surely decided the enclave because it was a place near a river, with orchards and pastures, and with abundant sources and springs in the urban area. This happened back in the 9th century. I have seen that the dates are made by everyone a little with a fair eye, and for the origins of Madrid there are at least, according to Cristina Segura, three theories.
The most reliable is that Madrid, after some primitive and unstable Paleolithic, Roman and Gothic settlements, had been a first Muslim settlement (“sometime between 850 and 886”), to which Mohamed I, dependent on Toledo, gave a letter of nature as a city, endowing it with a fortress (where today the Royal Palace is) and a wall, to defend itself against the Christian kings, the first of them Ramiro II, who sacked it, and soon Ordoño I, also from León the two, who, put to recall, “had twenty-four kings, before Castile laws”, without this, to this day, meaning absolutely nothing.
The Arabs took advantage of the good aquifers of the place and channeled the water with different trips or underground mines, called mayrat, and from there they gave that place the name of Mayrit, which soon evolved into Magerit.
The Almoravids, however, could not retain it either, and they left it definitively in Christian hands in 1118.
By then Madrid had three neighborhoods, one Jewish in Campillo de la Manuela (Lavapiés; there are those who assure that the manolos and manolas thing comes from then, although it is probable that the word, meaning manliness and good looks, was extended from El Manolo, sainete by Don Ramón de la Cruz), another Moor (Morería and the Vallejo de San Pedro or Calle de Segovia) and another Mozarabic, next to the Alcázar and San Ginés.
After Alfonso VII granted the city the title of Villa (more than an honor: it empowered it to hold markets), in the first jurisdiction that exists in Madrid, from 1202 (granted by Alfonso VIII, the Navas de Tolosa, found in 1748 and preserved today as gold on cloth: I have seen it, I have touched it and now I hardly remember) it is named with its five names, Magerit, Magirto, Madrit, Madride and Madrid, and it is the latter that appears more times, never ceasing to refer to its aquifer condition.

Leganitos St. Today it is one of the most depressing streets in Madrid, having been one of the most beautiful. Leganitos, algannet, meant that in Arabic, huertas. Cervantes speaks in Don Quixote through the mouth of the Primo of the fountain that was in that street, and says that it had the most precious water. Her mother and his sister also lived there when he was a captive in Algiers, I think. It was also called “that of the capons”, because there was a school for singing boys, castrati, and surely there are some left. In Madrid there has always been everything.
The regulars of the bars of Serrano (unlike those of the terraces of Gran Vía, who stayed for a while and then left) stayed for centuries on the terraces, from noon to lunchtime, around three, drinking their aperitifs, beers and martinis, scattered around, watching the people passing by, talking about what was on TV, about football (and certainly never about politics, or the city). If it was bad, they would go in, and stand at the bar, drinking and playing dice, they would spend all morning and all afternoon. Dice became fashionable, and so did darts. People came and as others looked for the newspaper, some asked for dice or darts. In ordinary neighborhoods they played tute and mus or dominoes, and in those posh bars, dice. The noise made by dominoes and dice was similar, tumultuous, unpleasant.

What is so attractive about cities is that they allow themselves to be counted like people, at the end or at the beginning, by their remote childhood, as I now also remember my remote youth, recently settled in Madrid, or anywhere, skipping the preambles. Even choosing between versions: I have read a recent book in which it is questioned that the name of Madrid has to do with water (and yes with livestock) and that during the Islamist occupation there were such trips and mines (that it would not need the city, for having plenty of fountains), but as it did not offer any conclusive explanation, one stays with the old one, I do not know if more scientific but more literary and to this day not refuted. So I stick to that.
During the centuries of the Arab occupation about twelve thousand inhabitants are supposed to Madrid.
The water from the springs and wells was enough. The Arabs imported the technique of bringing it, already experienced in cities of Syria and North Africa. It was captured at the source and through mines or underground pipes that collected the runny and filtered water from the sandy substrate as they passed, it was conducted to the west, to the last point of the route, the fortress.
In Madrid the water ran through pipes or cannulas made of Alcorcón clay, famous because it did not breed “verdigris or eggs” and the water ran clean through them. Hence the name of Canillas y Canillejas. Elsewhere I read that Isabel la Católica and Felipe V were not convinced by the system, because the waters of Madrid were considered “fat or dull”, compared to the “thin or thin” of cities like Toledo, so the queen Isabel had hers brought from the nearby town of La Alameda (where three centuries later the enlightened Duchess of Osuna built her palace; it will leave here later, I suppose) and King Felipe V, from the Berro fountain, the same bring to Flanders an infanta of Castile and that two centuries later Carlos III made fashionable because they suited him.
Only a few meters of wall remain from the Muslim past at the foot of the Almudena.
The Christians, as soon as they took over Madrid in the 13th century, divided the city into parishes, and added to those that other churches found. A few still remain, others have been disappearing: San Juan Bautista, San Miguel de la Sagra, San Juan, San Pedro, San Andrés, San Justo, El Salvador, San Miguel de los Octoes, Santiago and San Nicolás, to which San Ginés, Santa Cruz and San Martín were added shortly after. Of convents, sanctuaries, hermitages, beguinage and humiliations, some more. In truth, religion was a consolation in a time when death came in handy …
The miracle of water has a beautiful, primitive candor: Vargas’s servants, annoyed with their companion, denounced him to their master, who went “to check the case” and see “if there was a manzilla in his possession,” and upon arrival he felt thirst. He asked Isidro for water, and after digging into the ground with his goad “where there was none”, he gushed forth abundantly. “The Miraculous Fountain” is still there, on one side of the hermitage of Santo, next to the river, where the festival, with a large influx of devotees who read on a tombstone that of “If you have fever, you will return without fever”, but I do not I have drunk from it in case of typhus.
The miracle of the wheat ensures that in the mill the grain was multiplied, giving the hungry pigeons what was left over.

The old Alcazar was linked to the city center, Puerta del Sol, by two streets that run almost in parallel, Calle Arenal and Calle Mayor. This was done little by little, since the Arab domination, first to unite the Alcázar with the Plaza del Arrabal (today Mayor), and the other also, but José Bonaparte intervened a lot in it, who wanted that from the Puerta del Sol see the Palace.
Carlos III, “the best mayor of Madrid”, tried, in the thirty-something years that his reign lasted, to clean the city, open sewers, put up streetlights, order it and decorate it with half a dozen buildings. José Bonaparte, the first truly enlightened monarch, tried in six to transform it, open vents (demolishing convents and turning the lots into squares), project avenues in the manner of Parisian women, pantheons of illustrious men, a theater at the height of the times. modern and truly representative courts … He was also the first to think of raising a statue to Cervantes.
In the end Mayor and Arenal ended up looking quite similar, one, in a luxury edition; the other in paperback. Those of us from the town, perhaps for this reason, we like Arenal a little more (Pla’s favorite), because it seems that it will lead to the square of our place.
The main street, wider, more made for royal groups, carriages and parades, because in it were the palaces of those great titles that served the king, including that of the Councils, today General Captaincy and seat of the Council of State. This is one of the most beautiful in Madrid, but people pass by without noticing, as they do not notice the palace of the Dukes of Abrantes that is opposite (today the headquarters of the Italian Institute of Culture). That of the Councils has remained inside like most of the palaces, in 1800, and the other a little more here, but not much. There are still a few more, until we reach the Casa de la Villa in the Plaza de la Villa, where the Lujanes tower, the most venerable of all, still stands.

The main square. It is the true mold of all the Spanish main squares, from the monumental ones, such as Salamanca, to the most humble ones, such as León. As if it were the headquarters of Spain, where the other places have come from. It has something special, cozy and free, in and out at the same time. I don’t know where that mystery lies.
In the Plaza del Arrabal, just a depopulated clearing, markets were held in the Middle Ages that the first regidores regulated with rates and tariffs. The chroniclers of the time speak with little appreciation of it. It seems that this was a dunghill, mired in bad smells and strewn with all kinds of rubbish. The ground, on rainy days, turned into a quagmire, and the goods were sold in crates. Soon after, Felipe II, embarrassed before foreign ambassadors and nobles from his own capital of the kingdom, ordered that a Royal House of the Bakery and another of the Butchery be built there, in whose base those items were sold according to weights and measures, rules and privileges. Other arcades were erected to its shelter, following the plans of Juan de Herrera, architect of the king.
The square was started in 1590 and Felipe III finished it in 1619: 136 houses, and a capacity of forty thousand people.
In 1622 the canonization of Saint Teresa of Jesus, Saint Ignatius of Loyola, Saint Felipe Neri, Saint Francisco Javier and the patron of Madrid, Saint Isidro, sung for the occasion by Lope de Vega, was also celebrated there, and the of autos de fe and, when they were not ordered to cut their throats and dismember, hang, seize or burn in other suburbs (in Santa Cruz, in San Ginés, in San Miguel or in the Plaza Mayor, respectively), they could execute all the sentences right there : they gave the stick in front of the Casa de la Panadería, the gallows were placed in the Portal de Paños and left the slaughter, as appropriate, for the Casa de la Carnicería. When it came to the brazier, in the center, to prevent fires (it suffered three devastating ones: 1631, 1672 and 1790, and of all it was redone, even improved, because after the last of them, the most voracious of the three, its reform Juan de Villanueva, the architect of the Prado Museum, which reduced the five floors to three and gave it an admirable neoclassical environment, the current one).

The main square (La Plaza Mayor). It is the true mold of all the Spanish main squares, from the monumental ones, such as Salamanca, to the most humble ones, such as León. As if it were the headquarters of Spain, where the other places have come from. It has something special, cozy and free, in and out at the same time. I don’t know where that mystery lies.
In the Plaza del Arrabal, just a depopulated clearing, markets were held in the Middle Ages that the first regidores regulated with rates and tariffs. The chroniclers of the time speak with little appreciation of it. It seems that this was a dunghill, mired in bad smells and strewn with all kinds of rubbish. The ground, on rainy days, turned into a quagmire, and the goods were sold in crates. Soon after, Felipe II, embarrassed before foreign ambassadors and nobles from his own capital of the kingdom, ordered that a Royal House of the Bakery and another of the Butchery be built there, in whose base those items were sold according to weights and measures, rules and privileges. Other arcades were erected to its shelter, following the plans of Juan de Herrera, architect of the king.
The square was started in 1590 and Felipe III finished it in 1619: 136 houses, and a capacity of forty thousand people.
In 1622 the canonization of Saint Teresa of Jesus, Saint Ignatius of Loyola, Saint Felipe Neri, Saint Francisco Javier and the patron of Madrid, Saint Isidro, sung for the occasion by Lope de Vega, was also celebrated there, and the of autos de fe and, when they were not ordered to cut their throats and dismember, hang, seize or burn in other suburbs (in Santa Cruz, in San Ginés, in San Miguel or in the Plaza Mayor, respectively), they could execute all the sentences right there : they gave the stick in front of the Casa de la Panadería, the gallows were placed in the Portal de Paños and left the slaughter, as appropriate, for the Casa de la Carnicería. When it came to the brazier, in the center, to prevent fires (it suffered three devastating ones: 1631, 1672 and 1790, and of all it was redone, even improved, because after the last of them, the most voracious of the three, its reform Juan de Villanueva, the architect of the Prado Museum, which reduced the five floors to three and gave it an admirable neoclassical environment, the current one).

After Puerta del Sol, the part of Madrid that has the most books dedicated to it is Gran Vía. It is a street with a hump and it is not even straight. It was wide in its time, but it doesn’t seem like that anymore. There is all of it, except for the central section, on a slope, first up and then down. It has nice houses, but none enough to be remembered. Not even the wonderful oratory of Caballero de Gracia, made by Villanueva, whose apse they have disguised with a cuirass that buries it. It is full of buildings and houses with a very strange architecture.
The works of the first section began in 1910 and ended in 1915, and that part of the avenue was given the name of Conde de Peñalver, which was completed a year later. Those of the second lasted from 1917 to 1922, and he received that of Pi and Margall. He had been president of the first Republic, and he continued with him the nineteenth-century tradition of giving the streets also to the losers, as happened with the third, who was named Eduardo Dato, also mayor of Madrid and who had been assassinated by three anarchist gunmen. This last section began in 1925 and was concluded in 1929, although there were some lots that were only built after the war, until finishing in 1952.
The Lujanes tower is one of the few vestiges of that time that remain unscathed. It was then owned by one of the great Madrid families and since the middle of the 19th century it was the seat of different entities and academic societies that have rendered great services to the Spanish nation, although none comparable to that of having served as the tower of the first optical telegraph and the cradle of Federico Chueca, author of La Gran Vía, who was born in it.

As for the names of the streets, some of them from Arab times. They are precious, they all obeyed a reason, reality prevailed in them: Alamillo, Mezquita, Cuesta de la Vega, Cava. Sometimes because they described the place or the meteors (Viento, Cerrillo, Arenal, Elbow), others, to some of its inhabitants for their notoriety (Caíd), the trade (Tintoreros, Boteros, Cuchilleros), or extravagant events or events typical of the One thousand and one nights (Hanged Man’s Hat, Ram, you are already in Christian times). The streets conserved, yes, the mystery of life: Cedaceros, Embroiderers, Coloreros, Plasterers, Caños, Morería, Convalescentes, Cuesta de los Cojos, Tinte, Relatores, Madera (this is in the neighborhood where they were from the 16th century until almost today most of the wood warehouses) or El Almendro (“it always had an indefinable charm and mystery for me,” Galdós confessed), or La Sal (“the saltiest,” said Gómez de la Serna a day that he did not measure up to himself).
The Christians respected them and expanded the spectrum to exclamations (God help me), the memory of a king, a saint or a virgin (one of my favorites is Calle Peligros, Nuestra Señora de los, and many more Virgins: of the Afflicted, Good Counsel, Good End, Good Success, Good Happiness, Good Milk, Consolation, Contempt, Exile, Hope …
When the Christians entered Madrid in the 12th century, they kept many of the old names and as they opened new streets, they gave them a little haphazardly, with that infallible instinct that the town has to name horses, dogs and cows as soon as they are born: calle de la Espada, Esgrima, Mancebos and Angosta de Mancebos, Costanilla de los Desamparados … It would seem that many of these names were the result of a poetic decantation (and how wonderful to be able to enter the old Gomis bookstore on Calle de la Luna and leave by the Star). It often took a street without a name a hundred years to have it, when at last there was one that prevailed for some outstanding reason.
In 1749 and due to collection necessity, the hamlet of Madrid was inventoried under the name of General Visit of Aposento Royalties (“the Visit was in charge of identifying each block and each house”), and in 1765, with Carlos III already, proceeded to label the corners with Talavera tiles, in which the parish or collation number (from collatio, contribution, and hence, the tributary portion of a parish) and the respective block appear. Five hundred and fifty-seven apples were cataloged.

Among the beneficial consequences, the confiscation of Mendizábal meant the definitive reactivation of the Rastro (flea market), as a place where the remains from the demolitions were sold, and new neighborhoods were created (Argüelles, Salamanca, Chamberí), whose streets had to give them a name. Which?
Until then, we said, these responded to a morphological, historical or neighborhood reason related to the place. The municipal politicians did not hesitate for a moment, and with the excuse of exemplary and pedagogy the names were distributed without waiting for many of them to pass away, while also decorating themselves a little giving it to undisputed figures of the past.

Aluche was one of the new neighborhoods; second B with foothills of third B and even fourth B. Halfway between the Carabancheles and Madrid. Franco incorporated them to the city in 1944, together with Villaverde, Vallecas, Vicálvaro, Canillas and Canillejas, Barajas, Chamartín, Hortaleza, Fuencarral and El Pardo, where he had, as is known, his palace-barracks.
Most of these towns that surrounded the capital did not know how to preserve their ancient centers.

The most beautiful museum in the world, the one that most resembled the house of life, was for me then the Romantic Museum. The Prado is something else: it is not a house or a museum, but a homeland.
In a very short time Madrid was filled with works that exported the city to all corners of Spain, and in the case of cinema, also to Europe and America. Everywhere, except in Catalonia and Euscadi, they wanted to be Madrid, and Almodóvar was received abroad as they would have received Federico (García Lorca).
I believe, as the author, that the most beautiful view of Madrid is the one seen from the San Isidro cemetery, on the other side of the Manzanares, with the Royal Palace, the Almudena, the seminary and San Francisco opposite. And that is how painters have always seen it, from Goya to the last ones who still painted realistic landscapes of Madrid, back in the middle of the 20th century. It is a panorama that has barely changed in the last two centuries and the vision of the city mediated by the prairie and the trees, is most sedating.
The Madrid of Carlos III is also that of Juan Ramón Jiménez: a cleaner Madrid (he was the king who put a little hygiene in the stinking and stuffy streets); more orderly (he did the cadastre and divided the city into neighborhoods, neighborhoods into parishes, and parishes into blocks); more hopeful (the lottery game and the expression “throwing the house out the window” was brought from Italy, which is what many did literally with old belongings when it was their turn); and more enlightened (although he did not get the Spanish nobles to read more, and the Bodonian types from the Parma press came with him). JRJ’s. It was a Madrid more dreamed than real, because what was left of that eighteenth-century Madrid in 1920 was not much, two dozen palaces, some good houses and some public buildings, some really elegant, like the Astronomical Observatory on the hill of San Blas At one end of the Retreat, true chamber architecture, like a Haydn quartet, and the Botanist.
With romantic Madrid there is a small paradox: romanticism arrives in Madrid directly from the 18th century.

The important commerce of the city, the large cafes, inns and luxury pensions and the first hotels, which were located in that Puerta del Sol and surrounding streets that died or were born from it (Mayor, Arenal, Carretas, Montera, Alcalá and Carrera of San Jerónimo), have to do with Galdós, but nothing with Cervantes.
It is striking that the churches of Madrid are so little. They have never lived up to the devotion of their faithful or the money that ran through the court.
Except for the two Mudejar towers of San Pedro el Viejo and San Nicolás, and Los Jerónimos, the only Gothic church that is preserved, all date from the 16th century.
At best it contrasts its poor external appearance with the interior. Not being able to be works by Bramante or Bernini, one likes them like that, like the same old houses between which they are tucked.
On the outside, the churches in Madrid are hardly more than a ramshackle mansion that is badly distinguished from other mansions around it, if it were not for the beggar they have at the door, sitting on the ground or standing, dirty, ragged, with head on one side. Any third-order Italian city has more beautiful churches and in greater numbers, large and small, medieval, Renaissance, Baroque or neoclassical, monumental or secret.

The Paseo del Prado is beautiful, originally the most beautiful in Madrid. The trees, after the drip irrigation introduced a few years ago, have grown as they do in Paris or Berlin, without restrictions, astonishing everything, but the traffic, plentiful at all hours, makes any dream difficult. In spring the magnolias are filled with so many flowers that they look like colonies of herons and in autumn the portentous plane trees give the city golds that are not envied by those guarded by the Bank of Spain next door. Of course, with so much car up and down they take away half the charm.
Today, without losing the thread, in just one kilometer, you go from the Reina Sofía Museum to the Botanical Museum, and from this, to the Prado Museum and before crossing the sidewalk, behind the Prado, the Casón del Buen Retiro and what was once the Salon del Trono (and the Army Museum until two days ago), and next to the Decorative Arts (which is like an antiques fair) and then, yes, to the other side, the Thyssen, and crossing again to this side, the Naval Museum… There was recent talk of making another museum in the Buenavista palace, but the military has not yet taken it away.
How to describe the Retreat to those who have not seen it? It is a forest and it is a garden. As a garden it is large enough not to look enclosed (by a magnificent fence featuring fabulous scam sales) and as a forest, wild enough not to look like a garden.
Over time, the life that the Salón del Prado and the Buen Retiro Gardens had had ended up moving to the Retiro, which was filled with kiosks where soft drinks and ice cream were sold to the wealthy classes and water carriers that supplied water, sugar and brandy the most popular ones, as well as waffle makers who sold their humble genre to everyone, as there is no one who does not like a lemon and cinnamon waffle. A carriage ride was laid out, in which carts and trailers came and went, and the most conceited on horseback, and a few boats were thrown into the water of the pond, so that the bride and groom could make eternal promises of love there before Poseidon.
In Madrid, unlike other European cities and capitals, everything has modest proportions. Madrid fits in a handkerchief of herbs. The Botanical Garden, for example. It was conceived in the time of Carlos III as an annex to the Museum of Natural Sciences that was to be what later ended up being the Museum of Paintings.
It is a neoclassical garden that can be traversed in an hour at a Nazarene pace, with fountains every so often, small fountains in whose granite cups the sparrows and pigeons drink without being splashed by water.

The Rastro neighborhood is one of the most lackluster in Madrid. I find it very nice. I know it is not, but it seems to me, with its houses badly faced, crooked, dirty. There is not a single monument in it, excluding the church of San Cayetano, on Calle Embajadores, and the market in Plaza de la Cebada. In this one, with the reinforced concrete vaults of the engineer Torroja (or someone who looks a lot like him), there are still fifty years for someone to find a charm in it, and the church, in the Baroque style, lost it two hundred years ago.
Matarifes, traffickers, trippers, butchers were colonizing the neighborhood, which descends to the Manzanares River, there next door.
Those neighborhoods were called low because they were in the southern suburbs, and soon they gave rise to the adjectives “arrabalero” (suburn), “barriobajero” (slum-dweller) and “rastrero”, which did not have the wicked connotations that they have today. Quite the contrary. During the popular uprising of May 2, 1808, many of these suburbs, crawlers and barriobajeros, men and women, left memory of their courage and courage, paying with their lives in the notorious executions that followed the uprising against the French soldiers who were supposedly just passing through to Portugal to fight the English there.
The neighborhood is shaped like a fan, whose nail we would place in the Cabecera del Rastro. There, one hundred years ago, they raised a statue to Eloy Gonzalo, the soldier who tried to burn Cuban insurgents alive with a can of gasoline, confined in a hut in the town of Cascorro, in the province of Camagüey. His deed was useless: Spain lost Cuba, and he lost first his life and then his name, because in Madrid everyone knows him as Cascorro.
At some point in the seventeenth century, one of the greengrocers or mondongueras that sold animal offal in the Cabecera del Rastro and Ribera de Curtidores came to open a shop with the offal of rags and fabrics. He had just given a letter of nature to the rags and mops, individuals who roamed the streets of Madrid collecting rags and all kinds of old china, glass, furniture, books and pictures.
For three or more centuries in the markets or fairs of Madrid new and old, food and junk were sold, sometimes in squares (la de la Cebada, Antón Martín, Real de San Luis), but also street markets (Toledo , Mayor), known by the name of kick still lifes, noting at one time the sale of fruit in the Plaza Mayor, melons in Puerta del Sol (from there they went on to be sold in Las Vistillas), firewood in the Plaza de the Barley and the fish in Postas street.

Today the square (Puerta del Sol) is a rather unpleasant place, like so many other famous squares in the world in Rome, Venice, Paris, London or New York, full of people at all hours, with groups of tourists attending the explanations of a guide that shouts repertoire phrases, mixed with unfortunates who wear a Donald Duck costume to be portrayed with some who come from Toronto or Paris to take selfies with an identical Donald Duck, not counting those Sangüis men, who walk around sandwiching yellow signs and black letters that advertise proper gold trading houses.
In December, the square knows the tumultuous queues of deluded people from all over Spain who come to buy from the heirs of Doña Manolita, a well-known lottery, the lucky number for the Christmas and El Niño draws. Apart from Doña Manolita’s establishment (which has also changed location several times, without leaving Puerta del Sol) there are a dozen gypsies who sell tickets issued by the same administration. The superstition that it is the most awarded Spanish lottery is more ingrained than the evidence that it distributes more prizes than anyone else just because it is the one that sells the most numbers, which justifies queues of three and four hours in front of its administration.
Kilometer zero. The most visited and trodden square meter in Spain. Nothing is so exciting as believing that we make an abstraction real. That is the reason why those who want to end the illusion of a center are forced to put it elsewhere, almost always imposing another fiction.
The cafes and shops of just one hundred or forty years ago have given way to fast food outlets and multinational stores, and the provincial public of that time has been replaced by a public that has lost its charming provincialism and is cosmopolitan only the ticket of the plane that has brought you there.
I miss the names that disappeared with the 1857 reform: the streets of la Zarza, Majaderitos and Cofreros, but, above all, the Callejón de la Duda. (Doubt Alley)

The greatest loss that Madrid has suffered over the centuries has not been the tranquility, nor a good part of its architectural heritage, nor its festivals and popular traditions, nor its small-town condition, not even, today, having seen its capital status diminished. to the detriment of the autonomous capitals… What Madrid carries like a dagger in its back is having lost the outskirts, the suburbs.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2019/06/17/don-quijote-de-la-mancha-adaptacion-andres-trapiello-miguel-de-cervantes-don-quixote-andres-trapiello-adaptation-by-miguel-de-cervantes/

https://weedjee.wordpress.com/2021/01/06/madrid-andres-trapiello-madrid-by-andres-trapiello-spanish-book-edition/

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