Mi Vida Con Goebbels — Brunhilde Pomsel, Thore D Hansen / The Work I Did: A Memoir of the Secretary to Goebbels by Brunhilde Pomsel, Thore D. Hansen

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Las reminiscencias de Brunhilde Pomsel son interesantes (no obstante el título engañoso). El extenso epílogo de Thore Hansen es basura, aunque tengo que admirar la ironía de añadir una regla política autocomplaciente.
Más me engaña por pensar que necesito leer más no ficción. Está razonablemente bien escrito, agregó muy poco a mi conocimiento sobre la Segunda Guerra Mundial. Pero … no sé si la creo cuando dice «no sabíamos lo que estaba pasando». Sí, creo que ella no era muy inteligente. No le interesaban las cosas y la vida era precaria e incierta y realmente necesitaba su trabajo para comer. Pero no puedo ver cómo no podría haberlo sabido un poco. Se sintió como una ignorancia voluntaria. Lo suficientemente justo. Pero también un montón de mentiras.
El comentario al final de un periodista encargado de la tarea de establecer paralelismos entre entonces y ahora, el surgimiento de la Alemania nazi y los movimientos populistas en muchos países occidentales hoy también fue aterrador y preocupante. En realidad, fue, en muchos sentidos, mejor que las reminiscencias de Pomsel. Y cuando dijo que todos somos avestruces y escondemos nuestras cabezas en la arena en lugar de ver lo que está sucediendo, sentí que me estaba hablando directamente. Mi yo travieso.

Brunhilde Pomsel estuvo más cerca que la inmensa mayoría de sus coetáneos de uno de los criminales más grandes de la historia. Trabajó como taquígrafa y secretaria en el Ministerio de Propaganda alemán bajo la dirección de Joseph Goebbels. Poco después de que Adolf Hitler llegara al poder se afilió al Partido Nazi para asegurarse un puesto en la Reichsrundfunk, la radio oficial del Reich. En 1942 la trasladaron al Ministerio del Reich para la Ilustración Pública y Propaganda y allí permaneció, en la antesala del despacho del ministro, rodeada por la cúpula gubernamental del nacionalsocialismo, hasta la capitulación de Berlín en mayo de 1945. No abandonó su puesto ni siquiera en los últimos días de la guerra, cuando Hitler vivía en el búnker, mientras las tropas soviéticas avanzaban ya por las calles de Berlín, e incluso se ofreció para tejer la bandera de la capitulación oficial en lugar de aprovechar la ocasión para huir. Durante los siguientes setenta años guardó silencio.
A Brunhilde Pomsel no le interesaba la política. Para ella, lo primero era el trabajo, su propia seguridad económica, el sentido del deber hacia sus superiores y el deseo de formar parte de la élite. Su testimonio nos brinda un relato vívido e íntimo de esta evolución. Pero, en lo que atañe a los horribles crímenes del nacionalsocialismo, Pomsel se exime de toda culpa y niega cualquier implicación personal.

Cuando Hitler fue nombrado canciller, en enero, la ciudad entera salió a la calle. Los más fanáticos fueron a celebrarlo a la Puerta de Brandemburgo. Heinz estaba entusiasmado y me llevó hasta allí. Solo recuerdo a Hitler asomándose a la ventana de la cancillería. Había gente por todos lados, una verdadera marabunta, y el gentío gritaba como lo hace hoy en los partidos de fútbol. Nosotros también. Y en mitad de toda aquella exaltación, las masas te empujaban y te separaban y te sentías la persona más feliz del mundo por haber sido testigo de aquel acontecimiento histórico. Yo estaba entre los que gritaron de júbilo aquel día, lo confieso. Por aquel entonces Hitler no era más que un hombre nuevo.
Pero tampoco me entusiasmaba todo aquel jolgorio, ni mucho menos. Aquella clase de manifestaciones no me entusiasmaron nunca. Con el tiempo llegué incluso a evitarlas en la medida de lo posible.

Un día Hitler se enteró de que Goebbels tenía a una chica que le ordenaba los discos. Como él no quería ser menos, a partir de entonces mi compañera empezó a ordenar también los vinilos que Hitler tenía en su casa de Berghof, entre otras residencias. Y entonces conoció a mucha gente gracias a su nuevo puesto, pero nunca vio a Hitler en persona. Solo iba a su casa cuando él se ausentaba.
La víspera de mi primer día de trabajo en el ministerio me hice con una insignia del Partido. Estaba segura de que era lo que se esperaba de mí: que me vistiera como una nazi. Pero no fue así, al contrario: todo el mundo iba hecho un pincel. A partir del segundo día yo también me arreglé. Siempre había pensado que las chicas del ministerio vestirían el típico chaleco marrón con falda azul, como las de la Liga de Muchachas Alemanas o la Organización de Mujeres Nacionalsocialistas. Nada de eso. Vestían de calle y con muy buen gusto.

Me acuerdo perfectamente del refugio antiaéreo del Ministerio de Propaganda. El doctor Naumann pasaba la mayor parte del tiempo junto al Führer, en su búnker. Creo recordar que había una placa de hierro por ahí o algo parecido. Para entonces la guerra ya tocaba a su fin. Los bombarderos sobrevolaban Berlín incluso de día. Se me ha quedado grabado un ataque aéreo matutino. No fue un bombardeo a gran escala, pero se podían divisar los aviones en el cielo. Y eran aviones enemigos. El doctor Naumann me estaba dictando algo desde su escritorio y yo era incapaz de escribir, de tanto que temblaba. Él se partía de risa. «Por Dios, muchacha, ¡cuando haya peligro real ya se lo haré saber!», me decía.
Les dije que había trabajado allí como taquígrafa. Al monstruo de Goebbels no lo había visto nunca, claro, porque era un edificio muy grande y yo era una empleada de poca monta. Sí, trabajaba allí pero no lo había visto nunca. Les conté también que antes había trabajado en la radio y que habían ordenado trasladarme al Ministerio de Propaganda, lo cual era la pura verdad. Y que nunca había visto a Goebbels, por supuesto que no. Eso es lo que figura en mi expediente.
Pensaba que si contaba más mentiras y me interrogaban otra vez, como sucedía a menudo, me haría un lío y me pillarían. Así que me mantuve fiel a la verdad. Eso me dio seguridad. Tampoco tenía nada grave que reprocharme, nada merecedor de un castigo en todo caso. Ni se me pasó por la cabeza la posibilidad de suicidarme o de que me pegaran un tiro. Estaba segura de que me dejarían marchar. Qué ingenua.
Yo estaba segura de no haber cometido ningún delito y me quité un peso de encima cuando se lo hube explicado. Ellos no me dijeron ni pío. Me dieron las gracias y volvieron a encerrarme. Y tardaron cinco años en liberarme.

A veces me pregunto por qué he vivido tantos años, con todo lo que he tenido que soportar. Me he convertido en una criaturita debilucha, incapaz de abrir una puerta. Ya no veo bien y apenas puedo andar. Pero aún no me ha llegado la hora.

Brunhilde Pomsel puede afirmar tranquilamente que no vio venir las consecuencias del encumbramiento de Adolf Hitler, pero esa es una clase de ignorancia que hoy, con los medios de masas a nuestra disposición y la hiperinformación de Internet, resulta del todo imposible en ninguna sociedad occidental. Cada abuso, cada discurso y cada atropello del populismo reaccionario se vuelve viral en un momento y se realimenta en las redes sociales, donde se almacena y se difunde con suma facilidad. Con todo, el gigante de internet que es Facebook ha logrado eximirse hasta la fecha de cualquier responsabilidad en la difusión de propaganda y mensajes que inciten al odio, cuando hace ya tiempo que sabemos que esta y otras plataformas similares constituyen el principal medio de radicalización y movilización de millones de personas. El algoritmo de Facebook proporciona al alma radical todo lo que anhela, pues se basa en el interés del contenido y no en su grado de veracidad. Los contenidos que favorece el algoritmo realimentan los prejuicios y reafirman la visión del mundo que cada cual tenía de antemano.
La desconfianza hacia los medios tradicionales está muy extendida entre los jóvenes de entre dieciocho y treinta y cinco años, que obtienen buena parte de su información diaria en las redes sociales.
Habría que preguntarse si el futuro le estará reservando una sorpresa similar a nuestra sociedad occidental, sumida como está en el egoísmo, la ignorancia y el desinterés, completamente ajena a la amenaza del populismo.
Pero la ignorancia y el desinterés de los ciudadanos que solo se preocupan por su propio bienestar no son las únicas bazas del populismo. Otro factor de movilización radical es la arrogancia de las élites y su indiferencia hacia las condiciones de vida de sus conciudadanos más desamparados y carentes de formación.
Los demagogos de la derecha se valdrán de cualquier argumento para minar la democracia, y no podemos permitirnos mirar hacia otra parte durante más tiempo. Esa es la responsabilidad que recae sobre las nuevas políticas neoliberales, que han hecho del mercado un ente todopoderoso y han rescindido el viejo contrato social que era el garante de la estabilidad. De ahí el actual impasse en que nos encontramos, que ha puesto en tela de juicio los auténticos valores de la democracia. Si los partidos democráticos que siguen en pie y la clase media que los respalda no empiezan cuanto antes a buscar el modo de renovar ese contrato social, el futuro próximo augura una ola de populismo reaccionario que podría enterrar definitivamente la democracia europea. Es hora de que la clase media y las élites de todos los ámbitos sociales demuestren que las lecciones del pasado no han caído en saco roto.

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Brunhilde Pomsel’s reminiscences are interesting (misleading title nothwithstanding). The lengthy afterword by Thore Hansen is garbage although I have to admire the irony of appending a self-indulgent political screed.
More fool me for thinking that I need to read more non-fiction. It’s reasonably well written, added very little to my knowledge about WWII although I haven’t read much about the German Home Front. But… I don’t know that I believe her when she says ‘we didn’t know what was going on’. Yes, I think she wasn’t very clever. She wasn’t interested in things and life was precarious and uncertain and she really needed her job to eat. But I can’t see how she couldn’t have known a bit. It felt like willful ignorance. Fair enough. But also loads of lies.
The commentary at the end by a journalist tasked with the job of drawing parallels between then and now, the rise of Nazi Germany and the populist movements in many western countries today was also scary and worrying. It was actually, in many ways, better than the reminiscences by Pomsel. And when he said we are all being ostriches and hiding our heads in the sand rather than see what is happening, I felt that he was talking directly to me. I am. Naughty me.

Brunhilde Pomsel was closer than the vast majority of his contemporaries to one of the greatest criminals in history. She worked as a stenographer and secretary in the German Propaganda Ministry under the direction of Joseph Goebbels. Shortly after Adolf Hitler came to power she joined the Nazi Party to secure a position on Reichsrundfunk, the official Reich radio. In 1942 she was transferred to the Reich Ministry for Public Enlightenment and Propaganda and there she remained, in the anteroom of the minister’s office, surrounded by the government leadership of National Socialism, until the capitulation of Berlin in May 1945. She did not leave her post even in the last days of the war, when Hitler lived in the bunker, while Soviet troops were already marching through the streets of Berlin, and he even offered to weave the flag of official capitulation instead of taking the opportunity to flee. For the next seventy years she was silent.
Brunhilde Pomsel was not interested in politics. For her, the first thing was work, her own financial security, a sense of duty towards her superiors and the desire to be part of the elite. Her testimony gives us a vivid and intimate account of this evolution. But when it comes to the horrific crimes of National Socialism, Pomsel disclaims all blame and denies any personal involvement.

When Hitler was appointed chancellor in January, the entire city took to the streets. The most fanatical ones went to celebrate it at the Brandenburg Gate. Heinz was excited and took me there. I only remember Hitler leaning out of the chancery window. There were people everywhere, a real crowd, and the crowd screamed as it does today in football games. We also. And in the midst of all that exaltation, the masses pushed you and separated you and you felt the happiest person in the world for having witnessed that historical event. I was among those who shouted for joy that day, I confess. Back then Hitler was just a new man.
But I wasn’t enthusiastic about all that fun, far from it. Those kinds of demonstrations never excited me. In time I even managed to avoid them as much as possible.

One day Hitler found out that Goebbels had a girl who was ordering the records for him. As she did not want to be less, from then on my partner also began to order the vinyls that Hitler had in her house in Berghof, among other residences. And then she met a lot of people thanks to her new position, but she never saw Hitler in person. I only went home when she was away.
On the eve of my first day on the job, I got a Party badge. I was sure that was what was expected of me: that I dress like a Nazi. But it was not so, on the contrary: everyone was made a brush. From the second day I also managed. She had always thought that the girls of the ministry would wear the typical brown vest with a blue skirt, like those of the League of German Girls or the Organization of National Socialist Women. Nothing of that. They dressed in the street and with very good taste.

I perfectly remember the anti-aircraft shelter of the Ministry of Propaganda. Dr. Naumann spent most of his time with the Fuehrer, in his bunker. I seem to remember that there was an iron plate lying around or something like that. By then the war was already ending. The bombers flew over Berlin even during the day. I have a recorded morning airstrike. It was not a large-scale bombardment, but the planes could be seen in the sky. And they were enemy planes. Dr. Naumann was dictating something to me from his desk and I was unable to write, so I trembled. He was laughing. «For God’s sake, girl, when there’s real danger I’ll let you know!» She said to me.
I told them that I had worked there as a stenographer. I had never seen the Goebbels monster, of course, because it was a very large building and I was a small-time employee. Yes, she worked there but had never seen her before. I also told them that I had previously worked on the radio and that they had ordered me to move to the Ministry of Propaganda, which was the absolute truth. And that he had never seen Goebbels, of course not. That is what is in my file.
I thought that if I told more lies and were interrogated again, as often happened, I would be in trouble and would get caught. So I stayed true to the truth. That gave me security. Nor did he have anything serious to reproach me for, nothing worthy of punishment in any case. The thought of committing suicide or being shot was not in my mind. I was sure they would let me go. How naive.
I was sure that I had not committed any crime and I took a weight off myself when I explained it to him. They didn’t tell me a peep. They thanked me and locked me up again. And it took five years to free me.

Sometimes I wonder why I have lived so many years, with everything I have had to endure. I have become a weak little creature, unable to open a door. I no longer see well and can hardly walk. But the time has not yet come.

Brunhilde Pomsel can calmly affirm that he did not see the consequences of Adolf Hitler’s rise, but that is a kind of ignorance that today, with the mass media at our disposal and the hyperinformation of the Internet, is completely impossible in any western society. Every abuse, every speech and every outrage of reactionary populism goes viral in a moment and is fed back on social networks, where it is stored and spread with great ease. All in all, the internet giant that is Facebook has managed to exempt itself to date from any responsibility in the dissemination of propaganda and messages that incite hatred, when we have long known that this and other similar platforms constitute the main means of radicalization and mobilization of millions of people. Facebook’s algorithm provides the radical soul with everything it craves, as it is based on the interest of the content and not on its degree of truthfulness. The contents that the algorithm favors reinforce prejudices and reaffirm the vision of the world that each one had beforehand.
Mistrust of traditional media is widespread among young people between the ages of eighteen and thirty-five, who obtain much of their daily information on social media.
One would have to wonder if the future is holding in store a surprise similar to that of our western society, steeped as it is in selfishness, ignorance and disinterest, completely oblivious to the threat of populism.
But the ignorance and disinterest of citizens who only care about their own well-being are not the only strengths of populism. Another factor of radical mobilization is the arrogance of the elites and their indifference towards the living conditions of their most helpless and uneducated fellow citizens.
Demagogues on the right will use any argument to undermine democracy, and we cannot afford to look elsewhere any longer. That is the responsibility that falls on the new neoliberal policies, which have made the market an almighty entity and have rescinded the old social contract that was the guarantor of stability. Hence the current impasse in which we find ourselves, which has called into question the true values of democracy. If the democratic parties that still stand and the middle class that supports them do not start looking for a way to renew that social contract as soon as possible, the near future predicts a wave of reactionary populism that could definitively bury European democracy. It is time for the middle class and elites from all walks of life to demonstrate that the lessons of the past have not fallen on deaf ears.

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