Los Animales Salvajes — Griselda Gambaro / Wild Animals by Griselda Gambaro (spanish book edition)

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Usa el modelo de la fábula o el relato clásico involucrando animales que se comportan como humanos.
Creo que lo mejor que puede concluirse después de leer este libro es que, si no eres Borges, se desaconseja tratar de emular los relatos clásicos. Es un tanto extraño pero en general, me encantó el cuento del Pato.
No podemos decir que el libro Los animales salvajes sea un libro de fábulas estrictamente. En cambio, sí que sigue una tradición muy antigua. La gran diferencia formal que presenta este libro con el género Fábula, es la ausencia de moralejas. Gambaro no necesita escribir una moraleja para dejar en claro una idea, un principio o una posición crítica. El desenvolvimiento natural de la escritura construye la idea que empuja la narración hacia adelante.
Cada cuento del libro lleva el nombre del animal protagonista: oso hormiguero, rinoceronte, tigre, cocodrilo, bicho bolita, mosca, hormigas, jirafas, caballos, águila, pato, colibrí, perro, mona, gato. Ese es el zoo que maneja Gambaro. En ellos predomina la fantasía, el extrañamiento, la voz inesperada de un animal, la aparición sorpresiva de una figura insospechada, el deslumbramiento y la composición de escenas surrealistas…

En Los animales salvajes aparecen los temas que a Gambaro preocupan más y de cierta manera enriquece esos símbolos: la violencia, la belleza, la soledad, el miedo, la generosidad, la melancolía, etc.
El aporte de la autora es muy rico y contribuye a seguir alimentando esos símbolos del Hombre, esos espejos que nos muestran, a veces con más claridad, a veces con imágenes grotescas, la cara de la Humanidad. Como suele suceder, tenemos que mirar al otro para vernos a nosotros mismos.

Pato.

Nació a orillas de un lago de aguas azules al pie de la montaña.
Demoró en nacer y su verdadera madre ya estaba lejos, guiando a sus hermanos hacia el centro del lago cuando por fin abrió los ojos fuera del cascarón roto. Así, lo primero que vio fue una figura acuclillada cerca del nido que lo observaba con atención, las manos unidas a la altura del rostro. Era un monje del monasterio vecino, de ropaje amarillento y cabeza rapada. Pato y monje se miraron. Luego, el monje sonrió vagamente con dulzura, desarmó su posición en cuclillas y comenzó a caminar alejándose del nido.
… El monje se detuvo, le pareció penosa la separación e interminables las horas de la noche en soledad. Amaba la compañía del pato y cuando reemprendió camino y por encima del hombro observó su obstinación en seguirle los pasos, no lo rechazó señalándole el estanque. Lo llevó a su propia celda en el monasterio, en la que había pocos enseres: una estera de mimbre, un pupitre y un escabel que raramente usaba. Sobre el pupitre, papeles de arroz y de corteza, tinta y pinceles de tersos pelos blancos entintados de negro. Una ventana sin batientes daba a las montañas azules.
El monje colocó al pato sobre la estera y se acercó al pupitre, le gustaba escribir aunque sus habilidades no eran muchas. Era un poeta mediano y escribió con medianía sobre el cielo, las montañas y la hierba. El pato dejó su lugar en la estera, con un batir desesperado de alas y un esfuerzo mayúsculo saltó hacia el pupitre, ajó sin querer un papel de arroz con las patas, y luego, para no molestar se apretó cercano al borde.
… Cada vez que le entregaba un poema escrito sobre el papel de arroz, el monje lo leía absorto en la belleza y el sentimiento de los versos. Lejos estaba de suponer aquello que los desataba, de una realidad tan hosca, de una vulgaridad tan sangrienta.
Una mañana de otoño, después de una convivencia perfecta en donde el pato escribía y el monje, consciente de su mediocridad, había cesado de escribir, el monje pensó que era egoísta, que acaparaba a esa criatura para sí impidiéndole las expansiones de su especie.
… El monje conservó sus poemas y nunca descifró, a pesar de su modesta sabiduría, las razones de la infelicidad del pato, el motivo por el que había rechazado no solo su destino de pato sino también la protección que le brindaba, para preferir vivir —y alejarse— envuelto en sombras.
Como pensaba en él con frecuencia, buscó un nombre que no fuera el de su especie para nombrarlo en su nostalgia. Cuando cada año recibía un poema de algún lugar distante, reunía a los monjes que escuchaban su voz temblorosa leyendo el poema sentados en círculo. Miraba a los monjes al concluir el poema, escrutaba en los pálidos rostros, aún atentos, señales del poema y encontraba una sonrisa, un trastorno, la palidez acentuada o un leve rubor de celestial dicha. Entonces, interrumpía brevemente el silencio y pronunciaba, sin envidia y con el corazón agradecido, el nombre del poeta. Con este nombre, el poeta fue conocido en los pueblos y en los tiempos después de su muerte.
Lo llamó Li Po.

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Use the model from the fable or the classic story involving animals that behave like humans.
I think the best thing that can be concluded after reading this book is that, if you are not Borges, it is not recommended to try to emulate the classic stories. It’s kind of weird but overall, I loved the story of the Duck.
We cannot say that the book Wild Animals is strictly a book of fables. Instead, it does follow a very old tradition. The great formal difference that this book presents with the genre Fábula is the absence of morals. Gambaro does not need to write a moral to make clear an idea, a principle or a critical position. The natural development of writing builds the idea that pushes the narration forward.
Each story in the book is named after the main animal: anteater, rhino, tiger, crocodile, little ball, fly, ants, giraffes, horses, eagle, duck, hummingbird, dog, monkey, cat. That is the zoo that Gambaro runs. Fantasy, estrangement, the unexpected voice of an animal, the surprise appearance of an unsuspected figure, the dazzling and composition of surreal scenes prevail in them …

In Wild Animals the themes that Gambaro are most concerned about appear and in a certain way enrich those symbols: violence, beauty, loneliness, fear, generosity, melancholy, etc.
The author’s contribution is very rich and contributes to continue feeding those symbols of Man, those mirrors that show us, sometimes more clearly, sometimes with grotesque images, the face of Humanity. As is often the case, we have to look at the other to see ourselves.

Duck.

She was born on the shores of a blue water lake at the foot of the mountain.
It took a long time to be born and her real mother was already far away, guiding her brothers towards the center of the lake when she finally opened her eyes out of the broken shell. Thus, the first thing he saw was a squatting figure near the nest who was watching him closely, hands clasped at face height. He was a monk from the neighboring monastery, wearing yellow robes and a shaved head. Duck and monk looked at each other. Then the monk smiled vaguely sweetly, disarmed his squatting position, and began walking away from the nest.
… The monk stopped, the separation seemed painful to him and the endless hours of the night in solitude. He loved the duck’s company, and when he started down the road and over his shoulder, observed his obstinacy in following in his footsteps, he did not reject him pointing to the pond. He took him to his own cell in the monastery, where there were few items: a wicker mat, a desk, and a footstool that he rarely used. On the desk, rice and bark papers, ink and brushes of smooth white hair inked with black. A window without swinging windows overlooked the blue mountains.
The monk placed the duck on the mat and approached the desk, he liked to write although his skills were not many. He was a medium-sized poet and wrote medianily about the sky, mountains, and grass. The duck left its place on the mat, with a desperate flapping of wings and a major effort jumped towards the desk, inadvertently ripped a rice paper with its legs, and then, not to disturb it, squeezed close to the edge.
… Every time he gave him a poem written on rice paper, the monk read it absorbed in the beauty and feeling of the verses. Far from supposing what untied them, from such a sullen reality, from such bloody vulgarity.
One autumn morning, after a perfect coexistence where the duck wrote and the monk, aware of his mediocrity, had stopped writing, the monk thought that he was selfish, that he was monopolizing this creature for himself, preventing him from the expansions of his species.
… The monk kept his poems and never deciphered, despite his modest wisdom, the reasons for the duck’s unhappiness, the reason why he had rejected not only his duck fate but also the protection it offered him, to prefer live – and get away – wrapped in shadows.
Because she often thought of him, she searched for a name other than that of her species to name him in her nostalgia. When each year he received a poem from some distant place, he would gather the monks who heard his trembling voice reading the poem sitting in a circle. He looked at the monks at the conclusion of the poem, scrutinized the pale faces, still attentive, signs of the poem and found a smile, an upset, accentuated pallor or a slight blush of heavenly happiness. Then he briefly interrupted the silence and pronounced, without envy and with a grateful heart, the poet’s name. With this name, the poet was known in the towns and in the times after his death.
Li Po called him.

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