La Masacre De Kruguer — Luciano Lamberti / Kruguer’s Massacre by Luciano Lamberti (spanish book edition)

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Estamos frente a un documental con breves testimonios de los protagonistas, vecinos, policías, bomberos, etc que nos narran tanto lo que pasó antes como lo acontecido después de la masacre.
El autor nos va metiendo en el misterio de a poco para llegar a un momento donde algún sobreviviente nos narra el horror crudo y duro. Hay mucha sangre, con descripciones explícitas.
Curioso que, sabiéndose desde el principio el motivo de lo ocurrido, y con una narración mayoritariamente impersonal, compuesta de entrevistas a supervivientes y relatos de cómo falleció quién, haya tantos pasajes impactantes y mantenga el interés en la lectura.
Mucha técnica, muchos recursos narrativos, una historia macabra contada lo más explícitamente posible.

El 27 de junio de 1987 la población se reduce a un habitante: la señora Leandra Howell, viuda, que estaba de viaje por Europa cuando se produjo la masacre y que a la vuelta decide quedarse a vivir en su casa, rodeada de los fantasmas de casi un centenar de personas.
Muere en 1992 y es enterrada en el cementerio de Kruguer, en lo alto de la montaña.
Después de la masacre, la mayoría de las mascotas de los habitantes de Kruguer fueron adoptadas, a pedido de Dut y los bomberos, por familias de Los Primeros que se ofrecieron generosamente para hacerse cargo. Había dos ovejeros alemanes, un siberiano, dos goldfish en su pecera, un cobayo, tres cardenales, tres gatos, un canario, una tortuga.
También un gran danés que perteneció a la familia Weider. Los bomberos lo encontraron el 27, cuando estaban rastrillando la zona en la búsqueda de sobrevivientes. Más que encontrarlo, lo vieron, a lo lejos, entre los pinos. Lo llamaron, pero el perro salió corriendo y se perdió en el bosque. Los bomberos lo dieron por muerto, por la nieve y por la falta de alimento adecuado.
Alguien dijo que ese perro era el espíritu de Kruguer. Otro, que era el verdadero culpable de todas las muertes, que conocía los secretos, que tenía poderes extrasensoriales, que era mágico.

El calor hacía ondular el aire, iluminado por el resplandor del fuego, en el que bailaban, ligeras, las cenizas del incendio. Los pinos que el viejo Kruguer, el fundador, había plantado sesenta años atrás ardían parejo, como antorchas, zumbando y crepitando en el aire caliente. A los costados, la mayoría de las casas y las edificaciones también habían sido alcanzadas por el fuego. El hotel Kruguer, en la ladera del cerro, había perdido parte de su estructura, que yacía derrumbada sobre los pinos. Mientras miraban, los vidrios de una de las casas estallaron y una serie de lenguas de fuego crecieron a su alrededor, en el aire, antes de extinguirse.
No había que ser un bombero experto para darse cuenta de que el incendio era intencional. Nada se prende así por casualidad. Caminaron unos metros más, por inercia. El resplandor del fuego, que ya era intenso, les daba directamente en las caras, tiñiéndoselas de naranja. Había tanta claridad que hubieran podido ponerse a leer.

Había algunas hipótesis, por supuesto, pero eran igual o más delirantes que el mismo caso. Rencillas domésticas que se fueron saliendo de las manos, por ejemplo. O locura colectiva. Hay casos de locura colectiva en la historia del mundo. Pero algo de estas dimensiones no se vio nunca.
Los cuerpos fueron trasladados al club Orden & Progreso, el único lugar con el espacio suficiente para realizar las autopsias. Hay una foto del piso de parquet de la cancha de básquet cubierto de cuerpos, uno al lado del otro: con eso basta para dimensionar el asunto. Carlos Dut, que en ese entonces era comisario, se devanó los sesos tratando de entender las motivaciones de los crímenes. Pero era todo demasiado grande, y en cada conferencia de prensa, en cada aparición pública, yo lo veía más viejo, más derrotado, como si ese mismo caso le estuviera pasando por encima. A los dos meses renunció. Alguna cabeza tenía que rodar, y rodó la suya, era comprensible.
El caso sigue abierto. Todavía hoy. Pero cuando terminaron las autopsias, dos meses después, Heredia me llamó al hotel y me dijo que me volviera. Le dije que me habría gustado investigar un poco más, que no había respuestas aún, que faltaba. Me dijo que no había nada que investigar ahí.
Si uno se pone a buscar con algo de rigor, la historia argentina, la historia universal están llenas de casos así. La gente los olvida, un poco por la avidez de lo nuevo y otro porque es más sano olvidar.
Pero yo no olvidé. Yo todavía recordaba la foto de los cuerpos en el parquet de la cancha de básquet. Yo quería encontrar una respuesta.

– Abelardo Sini (64), encontrado en el bosque, cerca de la serrería. Tenía amputada la mano derecha. Murió desangrado, según se cree.
– Alberta Krum (71), encontrado en el patio de su casa, entre los macizos de gardenias. Presentaba múltiples hematomas producto de golpes y se cree que murió de hemorragias internas.
– Carlos «Chébere» Pereyra (20), encontrado entre las piedras que bordean el arroyo. Tenía varios huesos quebrados, entre ellos el del cráneo, lo que se cree que le causó la muerte.
– Pablo Lambaré (9), encontrado en el bosque con múltiples hematomas. Las hemorragias internas fueron la causa de su muerte.
– Horacio Di Paolo (58), encontrado en el depósito de la proveeduría, entre los productos allí acumulados. Tenía un cuchillo de cocina clavado en el abdomen y murió de múltiples hemorragias internas.
– Alicia Voss (44), encontrado en el interior de su domicilio, ubicado a doscientos metros de la plaza de Kruguer. Presentaba signos de violación anal y vaginal. Se cree que fue asfixiada con una bolsa de plástico.

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We are in front of a documentary with brief testimonies of the protagonists, neighbors, policemen, firefighters, etc. that narrate both what happened before and what happened after the massacre.
The author introduces us to the mystery little by little to reach a moment where some survivor narrates the raw and hard horror. There is a lot of blood, with explicit descriptions.
Curious that, knowing from the beginning the reason for what happened, and with a mostly impersonal narrative, made up of interviews with survivors and stories of how who died, there are so many shocking passages and maintain interest in reading.
Lots of technique, lots of narrative resources, a macabre story told as explicitly as possible.

On June 27, 1987, the population was reduced to one inhabitant: Mrs. Leandra Howell, a widow, who was traveling in Europe when the massacre occurred and who, on her return, decided to stay and live in her house, surrounded by the ghosts of almost a hundred people.
She died in 1992 and was buried in the Kruguer cemetery, at the top of the mountain.
After the massacre, most of the Kruguer residents’ pets were adopted, at the request of Dut and the firefighters, by families of Los Primeros who generously offered to take over. There were two German shepherds, a Siberian, two goldfish in his tank, a guinea pig, three cardinals, three cats, a canary, a turtle.
Also a Great Dane who belonged to the Weider family. Firefighters found him on the 27th, when they were raking the area in search of survivors. Rather than finding it, they saw it, in the distance, among the pines. They called him, but the dog ran away and got lost in the woods. The firefighters left him for dead, for the snow and for the lack of adequate food.
Someone said that that dog was the spirit of Kruguer. Another, who was the true culprit of all deaths, who knew the secrets, who had extrasensory powers, who was magical.

The heat rippled the air, illuminated by the glow of the fire, in which the ashes of the fire danced lightly. The pines that old Kruguer, the founder, had planted sixty years ago burned evenly, like torches, buzzing and crackling in the hot air. On the sides, most of the houses and buildings had also been hit by fire. The Kruguer Hotel, on the hillside, had lost part of its structure, which lay collapsed on the pine trees. As they watched, the windows of one of the houses exploded and a series of tongues of fire grew around them, in the air, before going extinct.
You didn’t have to be a skilled firefighter to realize that the fire was intentional. Nothing turns on like this by chance. They walked a few more meters, out of inertia. The glow of the fire, which was already intense, hit them directly in the faces, turning them orange. There was so much clarity that they could have read.

There were some hypotheses, of course, but they were just as or more delusional than the same case. Domestic quarrels that got out of hand, for example. Or collective madness. There are cases of collective madness in the history of the world. But something of these dimensions was never seen.
The bodies were transferred to the Orden & amp; Progreso, the only place with enough space to perform the autopsies. There is a picture of the parquet floor of the basketball court covered in bodies, side by side: that is enough to size the matter. Carlos Dut, who was a commissioner at the time, racked his brains trying to understand the motives for the crimes. But it was all too big, and at every press conference, at every public appearance, I saw him older, more defeated, as if that same case was passing him by. Two months later he resigned. Some head had to roll, and his rolled, it was understandable.
The case is still open. Still today But when the autopsies ended, two months later, Heredia called me at the hotel and told me to come back. I told him that I would have liked to do a little more research, that there were no answers yet, that it was missing. He said there was nothing to investigate there.
If one begins to search with some rigor, the Argentine history, the universal history are full of cases like this. People forget them, a little because of the greed for the new and another because it is healthier to forget.
But I did not forget. I still remembered the picture of the bodies on the parquet on the basketball court. I wanted to find an answer.

– Abelardo Sini (64), found in the forest, near the sawmill. His right hand was amputated. He died of bleeding, it is believed.
– Alberta Krum (71), found in her backyard, among the gardenia beds. He had multiple bruises from blows and is believed to have died of internal bleeding.
– Carlos «Chébere» Pereyra (20), found among the stones that border the stream. He had several broken bones, including that of the skull, which is believed to have caused his death.
– Pablo Lambaré (9), found in the forest with multiple bruises. Internal bleeding was the cause of his death.
– Horacio Di Paolo (58), found in the warehouse of the supplier, among the products accumulated there. He had a kitchen knife stuck in his abdomen and died of multiple internal hemorrhages.
– Alicia Voss (44), found inside her home, located two hundred meters from the Plaza de Kruguer. He had signs of anal and vaginal violation. She is believed to have been suffocated with a plastic bag.

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