Brujería, Hechicería, Rumores Y Habladurías — Pamela J. Stewart & Andrew Strathern / Witchcraft, Sorcery, Rumors, And Gossip by Pamela J. Stewart & Andrew Strathern

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Un buen libro. Los rumores y las habladurías constituyen el vínculo co­mún entre los procesos conflictivos de diferentes lugares y distintos periodos históricos. Tanto la brujería como la hechicería se consideran manifestaciones especiales de poder, inase­quibles a las personas corrientes, que se atribuyen a quienes tienen más o menos fortuna que los demás. La riqueza y la pobreza se inter­pretan como signos que son consecuencia de los actos de los espíri­tus. Quienes detentan el poder político temen a veces a los dominados y sospechan de ellos o los acusan de recurrir a contrapoderes subver­sivos.

Lo que lleva la etiqueta de brujería se suele interpretar como fuerza destruc­tiva. La bruja devora la capacidad vital de la víctima. Pero en realidad, la gente tiende a unificar ideas y prácticas, y a borrar las distinciones.
Suele darse el caso de que lo que para un autor es «hechicería», para otro es «brujería», dependiendo de las características que se resalten. En el África francófona, la sorcellerie equivale a lo que nosotros lla­mamos «brujería». La antigua legislación europea contra la brujería fundía las actividades de los expertos en rituales de encantamiento, curanderos, practicantes del mal de ojo (maleficium) o protectores contra él, prohibiéndoles todo tipo de actividades y que se les consul­tase. Sus actividades se consideraban ajenas al control de la Iglesia o el Estado y, por tanto, potencialmente subversivas y perversas.
Resulta significativa la división entre el enfoque cognitivo (intelec­tualista) y el social (funcional, procesual) de la brujería. Pero ambas perspectivas deben fundirse. Los procesos sociales se alimentan de la imaginación moral de la gente y de la búsqueda de ex­plicaciones y de orden. La imaginación moral refleja estructuras de poder locales, encamadas por ejemplo en la clase social y en la etnici­dad.
La brujería se considera un poder que mana del cuerpo o del espíritu de las personas y las capacita para salir del propio cuerpo o para transformarse en otras criaturas y matar, hacer daño o provocar enfermedades entre quienes desean debilitar. De modo característico, la bruja se ve como una es­pecie de caníbal que devora la fuerza vital de la víctima para engran­ decerse. Los hechiceros también destruyen la fuerza vital de la vícti­ma, no consumiéndola directamente, sino provocando enfermedades a través de la magia. Estas ideas se funden de diversas formas.
Los casos africanos demuestran claramente el gran arraigo de las ideas sobre la brujería y su vincula­ción con los procesos de cambio colonial. Llama la atención que, en los casos de los cewa y los ndembu, las supuestas brujas eran someti­das a juicio ante un tribunal, lo cual vendría sancionado por el poder colonial (Gran Bretaña). Si se las condenaba, recibían una amonesta­ción, pero no eran ejecutadas, en fuerte contraste con lo que ocurría en los juicios por brujería de la historia moderna de Europa.
En Europa, la brujería se vinculó a la utilización de la magia, inclu­yendo pócimas y venenos, y se mezcló en parte con conceptos de he­ chicería. Estas ideas se remontan a los tiempos de los griegos y los ro­manos y a creencias primitivas de los pueblos paganos del norte de Europa. Se repetía la idea de que una «bruja» podía hacer bien o mal. Las mismas personas eran curanderas o brujas; y quienes se erigían en cazadores de brujas eran a veces acusados de embrujar a otros, partien­ do del principio de que «nada mejor que un ladrón para atrapar a otro ladrón». El empleo de poderes ocultos para hacer daño se denominó con el término latino maleficium, pero la Iglesia católica no lo conside­ró herejía hasta el siglo XIV. En un primer momento, la Iglesia no acep­ tó que las brujas tuviesen verdaderos poderes ocultos y consideraba que habían sido engañadas por el demonio. Los procesos contra las brujas eran privados, aunque a las acusadas se las sometía a veces a ordalías como sostener un hierro candente en las manos…

En particular, la enfermedad (física o económica) empuja los engra­najes a falta de otras explicaciones convincentes o incluso a pesar de ellas. Las envidias y celos humanos alimentan las habladurías en ge­neral y las acusaciones de brujería en particular.

Inclu­so cuando no aparecen nociones de brujería o hechicería, el rumor y las habladurías actúan como una especie de brujería, proyectando la culpa sobre otros para hacerles daño: por ejemplo, para que pierdan su trabajo, sufran ataques físicos o se vean socialmente abochornados.
Como el rumor y las habladurías funcionan de forma encubierta, al margen de los mecanismos formales de control social, no se pueden comprobar fácilmente ni verificar por medios explícitos. No obstante, a veces se obtienen resultados al margen de la verificación, como bien saben los «manipuladores» políticos y los propagandistas. Si se les pregunta por qué hay que difundir un falso rumor sobre las fechorías de un oponente, los propagandistas dirán a su cliente que el oponente se verá así obligado a negar el rumor en público, lo cual sólo servirá para aumentar las sospechas de la gente. Las leyes contra el libelo y la calumnia nacieron para controlar ese tipo de ataques, igual que existen leyes para castigar a los culpables de difundir amenazas enga­ñosas. Los periodistas han de afrontar a veces pleitos por difamación tras difundir informaciones sobre determinados personajes públicos.
Las habladurías circulan mutuamente entre redes o grupos. El rumor es información no confirmada, cierta o fal­ sa, que va de boca en boca, generalmente en redes más amplias que las habladurías. Los chismorreos son noticias que desacreditan a las personas contra las que se dirigen, mientras que, en las habladurías y los rumores, no sucede eso necesariamente (aunque sí casi siempre). Las habladurías se extienden a veces en circuitos de rumores, y los ru­mores entran en redes de chismorreos. El chismorreo penetra en ambos y tiene mayor repercusión pública. Habladuría es el término que se suele utilizar para referirse a las variedades locales de los discursos que hemos tratado aquí, mientras que el rumor alude a la extensión de este proceso en zonas más amplias.
Los engranajes del rumor y la habladuría inciden también en redes o grupos permanentes, en los que se almacena información que, en oca­ siones, no se utiliza durante años, pero que es un recurso al que se pue­ de echar mano en ulteriores contextos de cambios y conflictos. El ru­mor, transmitido de forma imperceptible durante años como un virus de acción lenta, forma parte del «expediente» informal de una personal hasta que se esgrime como arma contra esa misma persona en un mar­ co de intereses competitivos. Sus años de existencia se interpretan como signo de autenticidad, aunque sólo se base en una observación casual muy poco relacionada con la realidad. La capacidad potencial para ha­ cer daño a pesar del tiempo es, por tanto, una importante característica latente del rumor.
Este rumor surge de la experiencia histórica, según la cual a los gobiernos se les acusó con fundamento de utilizar a los ciudadanos o a otras personas como «conejillos de Indias» para experimentos mé­ dicos. El rumor se opone a la idea de que, como el SIDA afectó por primera vez a los humanos en África, los habitantes africanos son res­ ponsables de su génesis o propagación. Elimina esta incómoda atri­ bución y achaca la conspiración a los «científicos estadounidenses».

La brujería de los ngoni se puede considerar hechicería: se dice
que la bruja se apropia del chisambe o fuerza vital de las personas, presente en las huellas, los cabellos o la tierra sobre la que han orina­ do, y que mezcla esos residuos con «medicinas» extraídas de los ór­ ganos de los muertos. La bruja administra la sustancia, alegando que la supuesta víctima ha hecho daño y ha faltado a la reciprocidad al ne­ garse a compartir jabón, por ejemplo. Otras veces, se cree que la me­ dicina está en el recipiente de cuerno que la bruja lanza al aire. El cuerno se adquirió con una vaca, en una especie de imagen opuesta al simbolismo de la dote. El cuerno representa la negativa del estatus re­ productor, que da lugar a la reducción de los hombres jóvenes a pa­ peles clientelares. Equivale a una supuesta envidia de los viejos hacia los jóvenes y sus incesantes exigencias, así como al temor de que ob­ tengan poder por medio de la brujería. Las brujas se convierten en leo­nas que atacan a sus presas sin piedad. Las imágenes proceden de la historia ngoni, según la cual los hombres ngoni foráneos se casaron con mujeres cewa y nsenga nativas, de donde se derivó una relación especial entre las mujeres y el paisaje. Pero las mujeres jóvenes tam­ bién sospechaban de la maldad de las ancianas, como la paradigmáti­ca suegra (esposa del padre del marido).
La idea de que los brujos roban los órganos a la gente y los utili­ zan como medicinas curativas no es nueva, sino que forma parte del repertorio tradicional de nociones acerca de los poderes del cuerpo y los poderes sobre el cuerpo en África y en otros diversos lugares. Sin embargo, los rumores en tomo al tráfico internacional de órganos ro­bados, al igual que los debates documentados sobre el comercio ile­ gal de los mismos y los estudios sobre donaciones de órganos en con­ textos legales, se han convertido en un tema fundamental de discusión y análisis.

La «mo­dernidad» no eclipsa las ideas de brujería, sino que se convierte en ve­ hículo de las mismas, en fuente de nuevas y poderosas formas de pe­ sadillas de la imaginación en las que la electricidad, los electrolitos y otras sustancias y procesos industriales constituyen el material que las alimenta. Hay que precisar que estas pesadillas no se limitan a África o al Tercer Mundo.

(India) La permanente desconfianza y los temores mutuos entre los colo­nizadores británicos y la población india. El principal rumor que se escondía tras el levantamiento de 1857 se centraba en la idea de con­ taminación, que en este caso se corresponde con una imputación de hechicería, o sea, con la declaración de que se habían introducido sus­tancias venenosas en los suministros de comida y agua, con amenaza para las vidas de las personas. Un rumor así genera fuertes reacciones y moviliza a la gente enseguida. Funcionaba como los rumores que desataban las cazas de brujas. En la descripción que Guha hace de la insurgencia campesina, vemos importantes similitudes con la movili­zación de la gente en las cazas de brujas de Europa y África.
Los rumores y las habladurías alimentan formas dramáticas de ac­ción política y, en menor medida, las estructuras complejas de insti­tuciones legales que los transforman en instrumentos de poder. Ahí ra­dica la importancia de nuestra yuxtaposición de los papeles del rumor y la habladuría en los movimientos de cazas de brujas y en la historia de las insurgencias en la India colonial. El rasgo analítico común en ambos casos es el gran poder del propio rumor.

El análisis de la caza de brujas en la Europa de los siglos XVI y XVII, después de la Reforma, contribuye a nuestro estudio general al demostrar que, cuando profundizamos en las historias de pactos de­moníacos y poderes extraños, encontramos vecinos que discuten por recursos y personas acomodadas que acusan a otros menos favoreci­ dos que exhiben actitudes polémicas y reivindicativas. La vía de las habladurías locales reforzó esas acusaciones, convirtiéndolas en ru­mores extensos que influyeron en los jurados a la hora de dictar acu­saciones y de ejecutar a la gente. También observamos que, en los mo­mentos álgidos de las persecuciones, casi nunca se absolvía a las brujas, sino que se las condenaba a muerte. Los dogmas de la Iglesia
y la asociación de las brujas con el diablo explican en parte ese rigor. Los materiales de Lamer demuestran que las acusadas de brujería casi siempre eran mujeres que decían tener poder tanto para curar como para hacer daño. Se trataba de figuras propensas a generar habladu­ rías, sobre todo cuando eran forasteras. No hubo muchos casos de vio­ lencia de masas contra estas mujeres, aunque sí la sufrió Janet Com­ foot, de la brujas de Pittenweem, hecho que observaron con pena estudiosos posteriores (Cook, 1869).

Los rumores son puro cuento o este­reotipos sobre otros. Generan y reflejan el miedo y las agresiones entre las personas. Actúan como poderosas herramientas políticas. A veces, sobrepasan las intenciones de sus creadores y provocan más violencia de lo que se había pensado. Nuestros ejemplos de rumores sobre los sa­crificios de construcción en Indonesia se funden con descripciones de disturbios y masacres interétnicas. Los rumores también alimentaron los conflictos entre cingaleses y tamiles en Sri Lanka y provocaron una escalada de asesinatos dentro del paradigma general de venganza. Las cazas de brujas se pueden considerar asimismo actos de venganza con­tra personas que supuestamente destruyeron a otros por medios mági­cos. Se produce una versión de lo que Bourdieu denomina «error de re­conocimiento». La gente atribuye desgracias a las brujas y las mata para arreglar las cosas. En realidad, la víctima es la supuesta bruja, pero, en el mundo del rumor y la habladuría, la percepción lo es todo, y las percepciones justifican la violencia vengativa. En los juicios eu­ropeos contra la brujas se recurrió a los tribunales como alternativa for­zosa para vengarse físicamente de las brujas.
El origen de su poder se encuentra en las redes de comunicación informal que exis­ten de forma paralela a las estructuras más formales de la sociedad. Esos canales informales pueden ser subversivos ante el poder y, por tanto, se convierten en nuevas fuentes de poder. Hemos recurrido al tema clásico de la brujería y la hechicería para demostrar de forma concreta el modo en que sectores informales y embrionarios de co­municación influyen en los más formales, produciendo sucesos de lar­go alcance o graves convulsiones.

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A good book. Rumors and gossip constitute the common link between the conflicting processes of different places and different historical periods. Both witchcraft and sorcery are considered special manifestations of power, unavailable to ordinary people, attributed to those who are more or less fortunate than others. Wealth and poverty are interpreted as signs that are a consequence of the acts of the spirits. Those who hold political power sometimes fear the dominated and suspect or accuse them of resorting to subversive counterpowers.

What is labeled witchcraft is often interpreted as a destructive force. The witch devours the victim’s vital capacity. But in reality, people tend to unify ideas and practices, and blur distinctions.
It is often the case that what for one author is «witchcraft», for another is «witchcraft», depending on the characteristics that stand out. In Francophone Africa, sorcellerie is equivalent to what we call «witchcraft.» The old European legislation against witchcraft fused the activities of enchanting ritual experts, healers, practitioners of the evil eye (maleficium) or protectors against it, prohibiting them from all kinds of activities and consulting them. Their activities were considered outside the control of the Church or the State and, therefore, potentially subversive and perverse.
The division between the cognitive (intellectualist) and the social (functional, procedural) approach to witchcraft is significant. But both perspectives must merge. Social processes feed on the moral imagination of the people and the search for explanations and order. The moral imagination reflects local power structures, embedded for example in social class and ethnicity.
Witchcraft is considered a power that flows from the body or spirit of people and enables them to leave their own body or transform into other creatures and kill, harm or cause disease among those who wish to weaken. Characteristically, the witch is seen as a kind of cannibal who devours the victim’s life force in order to slow down. Sorcerers also destroy the victim’s life force, not by consuming it directly, but by causing illness through magic. These ideas merge in various ways.
The African cases clearly demonstrate the deep-rootedness of ideas about witchcraft and its link with the processes of colonial change. It is striking that, in the cases of the Cewa and the Ndembu, the alleged witches were put on trial before a court, which would be sanctioned by the colonial power (Great Britain). If convicted, they received a warning, but were not executed, in stark contrast to what happened in witchcraft trials in modern European history.
In Europe, witchcraft was linked to the use of magic, including potions and poisons, and was partly mixed with concepts of magic. These ideas go back to the times of the Greeks and Romans and to primitive beliefs of the pagan peoples of northern Europe. The idea was repeated that a «witch» could do good or bad. The same people were healers or witches; and those who set themselves up as witch hunters were sometimes accused of bewitching others, on the principle that «nothing better than a thief to catch another thief.» The use of hidden powers to do harm was called by the Latin term maleficium, but the Catholic Church did not consider it heresy until the fourteenth century. At first, the Church did not accept that witches had true hidden powers and considered that they had been deceived by the devil. The trials against the witches were private, although the accused were sometimes subjected to ordeals such as holding a red-hot iron in their hands …

In particular, illness (physical or economic) pushes the wheels in the absence of, or even despite, other compelling explanations. Human envy and jealousy fuel gossip in general and accusations of witchcraft in particular.

Even when no notions of witchcraft or sorcery appear, rumor and gossip act as a kind of witchcraft, projecting blame onto others to harm them – for example, for them to lose their job, suffer physical attacks, or become socially embarrassed.
Since rumor and gossip operate covertly, apart from formal mechanisms of social control, they cannot be easily verified or verified by explicit means. However, sometimes results are obtained outside of verification, as political ‘manipulators’ and propagandists well know. If asked why a false rumor about an opponent’s misdeeds should be spread, the propagandists will tell their client that the opponent will thus be forced to deny the rumor in public, which will only serve to increase people’s suspicions. . Laws against libel and slander were born to control such attacks, just as there are laws to punish those guilty of spreading deceptive threats. Journalists sometimes face defamation lawsuits after spreading information about certain public figures.
The gossip circulates mutually between networks or groups. The rumor is unconfirmed information, true or false, that goes from mouth to mouth, generally in networks larger than gossip. Gossip is news that discredits the people they are targeting, while in gossip and rumors, that doesn’t necessarily happen (although it does almost always). Gossip sometimes spreads on rumor circuits, and rumors go into gossip networks. Gossip penetrates both and has greater public repercussion. Talkative is the term that is usually used to refer to the local varieties of the discourses that we have dealt with here, while the rumor refers to the extension of this process in wider areas.
The gears of rumor and gossip also affect permanent networks or groups, in which information is stored that, occasionally, has not been used for years, but which is a resource that can be used in subsequent contexts of change. and conflicts. The rumor, passed down imperceptibly for years as a slow-acting virus, is part of a staff’s informal «dossier» until it is used as a weapon against the same person in a framework of competitive interests. Its years of existence are interpreted as a sign of authenticity, although it is only based on a casual observation that has little to do with reality. The potential ability to do damage over time is therefore an important latent feature of rumor.
This rumor stems from historical experience, according to which governments were rightly accused of using citizens or other people as «guinea pigs» for medical experiments. The rumor runs counter to the idea that, since AIDS first affected humans in Africa, African inhabitants are responsible for its genesis or spread. Eliminate this awkward attribution and blame the conspiracy on «American scientists.»

Ngoni witchcraft can be considered sorcery: it is said
that the witch appropriates the chisambe or life force of the people, present in the footprints, the hair or the earth on which they have urinated, and that she mixes those residues with «medicines» extracted from the bodies of the dead. The witch administers the substance, alleging that the alleged victim has done harm and lacked reciprocity by refusing to share soap, for example. Other times, the dicin is believed to be in the horn container that the witch throws into the air. The horn was acquired with a cow, in a kind of image opposite to the symbolism of the dowry. The horn represents the denial of producer status, which results in the reduction of young men to patronage roles. It amounts to an alleged envy of the old towards the young and their unremitting demands, as well as a fear that they will gain power through witchcraft. Witches become lionesses who attack their prey mercilessly. The images come from the Ngoni story, according to which foreign Ngoni men married native Cewa and Nsenga women, from which a special relationship between women and the landscape was derived. But young women were also suspicious of the wickedness of old women, such as the paradigmatic mother-in-law (wife of husband’s father).
The idea that witches steal people’s organs and use them as healing medicines is not new, but is part of the traditional repertoire of notions about body powers and powers over the body in Africa and various other places. However, rumors about international trafficking in stolen organs, as well as documented debates on illegal trade in organs and studies on organ donations in legal texts, have become a major topic of discussion and analysis.

«Modernity» does not overshadow witchcraft ideas, but becomes a vehicle for them, a source of powerful new forms of imagination puzzles in which electricity, electrolytes, and other industrial substances and processes constitute the material that feeds them. It must be pointed out that these nightmares are not limited to Africa or the Third World.

(India) The permanent mistrust and mutual fears between the British colonizers and the Indian population. The main rumor that was hidden after the 1857 uprising focused on the idea of tampering, which in this case corresponds to an imputation of sorcery, that is, with the declaration that poisonous substances had been introduced into food supplies and water, with threat to people’s lives. Such a rumor generates strong reactions and mobilizes people right away. It worked like the rumors unleashed by witch hunts. In Guha’s description of the peasant insurgency, we see important similarities to the mobilization of people in witch hunts in Europe and Africa.
Rumors and gossip fuel dramatic forms of political action and, to a lesser extent, the complex structures of legal institutions that transform them into instruments of power. Therein lies the importance of our juxtaposition of the roles of rumor and gossip in the witch-hunt movements and in the history of insurgencies in colonial India. The common analytical feature in both cases is the great power of the rumor itself.

The analysis of witch-hunts in post-Reformation 16th and 17th-century Europe contributes to our overall study by showing that when we delve into the stories of demonic pacts and strange powers, we find neighbors arguing over resources and wealthy people who accuse less favored others who exhibit controversial and vindictive attitudes. The local gossip channel reinforced those accusations, turning them into extensive rumors that influenced juries in making accusations and executing people. We also note that, at the height of the persecutions, witches were almost never acquitted, but rather sentenced to death. The dogmas of the Church
and the association of witches with the devil partly explain this rigor. Lamer’s materials demonstrate that the accused of witchcraft were almost always women who claimed to have power both to heal and to harm. They were figures prone to generate talk, especially when they were outsiders. There were not many cases of mass violence against these women, although Janet Com foot, of the witches of Pittenweem, suffered, a fact that later scholars observed with pain (Cook, 1869).

The rumors are pure tales or stereotypes about others. They generate and reflect fear and aggression between people. They act as powerful political tools. Sometimes, they exceed the intentions of their creators and provoke more violence than previously thought. Our examples of rumors about construction sacrifices in Indonesia are fused with descriptions of inter-ethnic riots and massacres. The rumors also fueled the conflict between Sinhalese and Tamils in Sri Lanka and led to an escalation of killings within the general paradigm of revenge. Witch hunts can also be considered acts of revenge against people who supposedly destroyed others by magical means. A version of what Bourdieu calls ‘recognition error’ is produced. People attribute misfortunes to witches and kill them to fix things. In reality, the victim is the alleged witch, but, in the world of rumor and gossip, perception is everything, and perceptions justify revengeful violence. In the European witch trials, the courts were used as a forced alternative to physically avenge the witches.
The origin of its power is found in the informal communication networks that exist in parallel to the most formal structures of society. These informal channels can be subversive before power and, therefore, become new sources of power. We have turned to the classic theme of witchcraft and sorcery to concretely demonstrate how the informal and embryonic sectors of communication influence the more formal, producing far-reaching events or severe seizures.

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