Las Ciudades Evanescentes: Miedos, Soledades Y Pandemias En Un Mundo Globalizado — Ramón Lobo / Evanescent Cities: Fears, Loneliness and Pandemics in a Globalized World by Ramón Lobo (spanish book edition)

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Este breve libro es una crónica del autor viviendo la pandemia, me ha gustado que nos cuente su experiencia durante la pandemia y a la vez nos invite a cambiar cosas que son necesarias cambiar en nuestra sociedad y en nuestras ciudades, sin embargo existe tal cantidad de libros sobre el tema que se puede producir hartazgo por el lector, aunque no es el caso.

La naturaleza parecía reconquistar el territorio perdido. Algunos sostenían que el virus había sido una treta del planeta para confinar a los humanos y reparar los daños infligidos por décadas de insensatez. Es una idea poética, y peligrosa porque desactiva parte de la narrativa del ecologismo que nos llama a la acción. Si el planeta tuviera capacidad de autodefensa desaparecería nuestra responsabilidad de no atacarlo.
Pese a las diferencias sociales, se invirtieron las jerarquías: dejaron de ser útiles las celebridades, los futbolistas, los banqueros, los directores de fondos de inversión, los ladrones de guante blanco. Empezaron a importar los que salvan vidas. Aquellos que padecieron más recortes desde 2008 alcanzaron la categoría de los imprescindibles. Quizá esta revolución de héroes tenga un impacto en la sociedad pospandémica y cuestione alguno de los valores dominantes. Dependerá del tiempo que dure la conmoción y de la gravedad de la crisis económica. No son lo mismo seis meses que dos años. El tiempo madura conciencias.

El idioma inglés diferencia entre la soledad buscada (solitude ) de la impuesta (loneliness ). La primera sería el aislamiento vivido como un regalo, el silencio como una oportunidad de conversación interior. La segunda, una respuesta dolorosa a la ausencia de contacto humano, que, en los casos graves, cuando media la nostalgia de la pérdida, deviene en desolación. Ambas están unidas por hilos finísimos que se desgastan con el tiempo. Llega una edad en la que no es posible transitar a capricho de una a otra, como sucedía en la juventud y en la madurez, y quedamos atrapados en la segunda, rodeados de gatos y aparatos que hablan. El Gran Confinamiento alumbró una nueva, la solitudeness . Al no ser elegida, sino impuesta por el estado de alarma, dejó de ser un obsequio para convertirse en una perturbación. Aquellos que estaban entrenados en la solitud disponían de una despensa de afectos que se recargaba cada noche con los aplausos. Había alimento interior para resistir meses de sitio.
Del confinamiento salimos con tanta necesidad de compañía que nos volvimos más vulnerables a su ausencia. Al principio, las soledades quedaron en suspenso, difuminadas por la alegría de la libertad, aunque fuera con sordina, y por las expectativas de la Gran Transformación de la que todo el mundo hablaba. Con el paso del tiempo reaparecieron agravadas en una segunda y tercera oleada. Serán la causa de la muerte de decenas de miles de personas golpeadas por tristezas ingobernables que se camuflarán en cánceres, infartos, ictus y suicidios sin dar pistas del motivo real: la desconexión humana.
El abuso del lenguaje militar para referirse al enemigo intangible, más allá de los efectos visibles y devastadores en la salud de las personas, era un intento por anclar la percepción ciudadana en algo concreto. El COVID-19 carecía de armas, carros de combate y aviones. No tenía banderas ni ideología; tampoco hablaba idiomas ni conocía la existencia de las fronteras. No había frente, ni primera línea de combate, ni trincheras. Nada avanzaba sobre nuestras posiciones. No es una guerra si un gran almacén o las tiendas del barrio te llevan la compra a casa, o es posible encargar cápsulas de Nespresso…

La vejez incluye el paquete del deterioro y del olvido y, en algunos casos, el extravío de palabras, frases y recuerdos. La memoria blanca es otra forma de ceguera saramagoniana , una pandemia asociada al aumento de la esperanza de vida. Las enfermedades degenerativas como el alzhéimer son la última soledad antes de la soledad definitiva de la muerte. La pérdida progresiva de lo vivido y de los estímulos del mundo exterior quiebra el sentido del espacio y del tiempo, dejando a las personas varadas en un presente continuo que no se puede comparar con la desorientación vivida durante el confinamiento, porque en él conservábamos los instrumentos básicos para entender y explicar el mundo, además de la certeza de lo que somos. El nuestro no fue un bloqueo mental; solo un parón físico.

La crisis económica, las nuevas tecnologías, internet y el cambio de paradigma, a falta de la entrada masiva de la robótica en nuestras vidas, nos dejó tirados en medio de una pista sin orquesta ni salidas de incendios.
El confinamiento nos descubrió el valor de las pequeñas cosas, de todo aquello que teníamos y a lo que nunca dimos importancia. Fue como si, en un mundo en el que no hubiera de repente internet ni PlayStation, tuviéramos que desempolvar los viejos juegos de chapas o el Scalextric, y tirarnos al suelo para disfrutar del tacto de una realidad extraviada.
Será necesario un ejercicio de humildad, de reconstrucción de las creencias sobre las que edificamos el mundo en el que vivíamos, de la manera de consumir, de trabajar, de viajar y de estar en las ciudades y en los barrios. No se trata de iniciar grandes debates sobre lo que somos: bastaría con la rehabilitación de lo concreto. Una apuesta por la sostenibilidad.

El nuevo mundo acelerará las tendencias que estaban entre nosotros, como el declive de Estados Unidos como imperio dominante, la renta básica, la presencia de robots y el teletrabajo que provocará cambios en las relaciones laborales y familiares. También precipitará la desinformación, el universo de las fake news y el uso masivo de las redes sociales para crear estados de opinión ajenos a los hechos probados. Se llama infodemic , y ha venido a quedarse.
En nuestras retinas quedarán impresas las imágenes de los hospitales, los rostros marcados de las enfermeras y las médicas tras turnos eternos sin quitarse las protecciones, la extenuación y el impacto de lo vivido en sus ojos. En nuestros oídos quedarán el silencio mágico de las calles, el piar de los pájaros, los aplausos y las conversaciones desde las ventanas; también, los planes y la esperanza de construir un mundo en el que todos hayamos aprendido la lección. Solo queda un esfuerzo más: no olvidar jamás quiénes fueron los imprescindibles y quiénes son los impostores.

Libros del autor comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2017/07/25/el-autoestopista-de-grozni-y-otras-historias-de-futbol-y-guerra-ramon-lobo/

https://weedjee.wordpress.com/2020/12/16/las-ciudades-evanescentes-miedos-soledades-y-pandemias-en-un-mundo-globalizado-ramon-lobo-evanescent-cities-fears-loneliness-and-pandemics-in-a-globalized-world-by-ramon-lobo-spanish/

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This short book is a chronicle of the author living the pandemic, I liked him to tell us about his experience during the pandemic and at the same time invite us to change things that need to be changed in our society and in our cities, however there are so many books on the subject that the reader may be fed up, although this is not the case.

Nature seemed to regain lost territory. Some argued that the virus had been a ruse by the planet to confine humans and repair the damage done by decades of folly. It is a poetic idea, and dangerous because it deactivates part of the narrative of environmentalism that calls us to action. If the planet had the capacity for self-defense, our responsibility not to attack it would disappear.
Despite social differences, hierarchies were reversed: celebrities, footballers, bankers, mutual fund managers, white-collar thieves were no longer useful. Those that save lives began to import. Those that suffered the most cuts since 2008 made it to the must-have category. Perhaps this revolution of heroes has an impact on post-pandemic society and calls into question some of the dominant values. It will depend on how long the shock lasts and the severity of the economic crisis. Six months are not the same as two years. Time matures consciences.

The English language differentiates between the loneliness sought (solitude) and the imposed (loneliness). The first would be isolation experienced as a gift, silence as an opportunity for inner conversation. The second, a painful response to the absence of human contact, which, in serious cases, when the nostalgia for loss mediates, turns into desolation. Both are linked by very fine threads that wear out over time. An age comes when it is not possible to move from one to another at will, as happened in youth and adulthood, and we get trapped in the second, surrounded by cats and talking devices. The Great Confinement gave birth to a new one, solitudeness. Not being chosen, but imposed by the state of alarm, it ceased to be a gift to become a disturbance. Those who were trained in solitude had a pantry of affections that was recharged every night with applause. There was food inside to withstand months of siege.
We emerged from confinement in such need of company that we became more vulnerable to their absence. At first, the solitudes were suspended, blurred by the joy of freedom, albeit muted, and by the expectations of the Great Transformation that everyone was talking about. With the passage of time they reappeared aggravated in a second and third wave. They will be the cause of death of tens of thousands of people struck by ungovernable sadness that will be camouflaged in cancers, heart attacks, strokes and suicides without giving clues to the real reason: human disconnection.
The abuse of military language to refer to the intangible enemy, beyond the visible and devastating effects on people’s health, was an attempt to anchor public perception in something concrete. COVID-19 lacked weapons, tanks and planes. It had no flags or ideology; Neither spoke languages nor did he know the existence of borders. There was no front, no front line, no trenches. Nothing advanced on our positions. It is not a war if a department store or the neighborhood stores take your purchase home, or it is possible to order Nespresso capsules …

Old age includes the package of deterioration and forgetfulness and, in some cases, the loss of words, phrases and memories. White memory is another form of Saramagonian blindness, a pandemic associated with increased life expectancy. Degenerative diseases like Alzheimer’s are the last loneliness before the ultimate loneliness of death. The progressive loss of experience and stimuli from the outside world breaks the sense of space and time, leaving people stranded in a continuous present that cannot be compared with the disorientation experienced during confinement, because in it we kept the instruments basic to understand and explain the world, in addition to the certainty of what we are. Ours was not a mental block; just a physical stop.

The economic crisis, new technologies, the internet and the paradigm shift, in the absence of the massive entry of robotics into our lives, left us stranded in the middle of a track without an orchestra or fire exits.
Confinement revealed to us the value of little things, of everything we had and never gave importance to. It was as if, in a world where there was suddenly no internet or PlayStation, we had to dust off the old badge sets or Scalextric, and throw ourselves to the ground to enjoy the touch of a lost reality.
An exercise in humility will be necessary, in rebuilding the beliefs on which we build the world in which we lived, in the way we consume, work, travel and be in cities and neighborhoods. It is not about starting great debates about who we are: the rehabilitation of the concrete would suffice. A commitment to sustainability.

The new world will accelerate the trends that were among us, such as the decline of the United States as the dominant empire, basic income, the presence of robots and telecommuting that will cause changes in work and family relationships. It will also precipitate disinformation, the universe of fake news and the massive use of social networks to create states of opinion unrelated to the proven facts. It’s called infodemic, and it has come to stay.
Images of hospitals, the marked faces of nurses and doctors will be imprinted on our retinas after endless shifts without removing the protections, exhaustion and the impact of what they experienced in their eyes. In our ears will remain the magical silence of the streets, the chirping of the birds, the applause and the conversations from the windows; also, the plans and the hope of building a world in which we have all learned our lesson. There is only one more effort left: never to forget who were the essentials and who are the impostors.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2017/07/25/el-autoestopista-de-grozni-y-otras-historias-de-futbol-y-guerra-ramon-lobo/

https://weedjee.wordpress.com/2020/12/16/las-ciudades-evanescentes-miedos-soledades-y-pandemias-en-un-mundo-globalizado-ramon-lobo-evanescent-cities-fears-loneliness-and-pandemics-in-a-globalized-world-by-ramon-lobo-spanish/

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