Es Mi Tipo. Un Libro Sobre Fuentes Tipográficas — Simon Garfield / Just My Type: A Book About Fonts by Simon Garfield

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Ahogo. Peleas. Nazis Bestialidad. Probablemente no temas que esperas encontrar en un libro sobre fuentes. Por supuesto, el ahogamiento era de la fuente Doves (su creador arrojó las matrices y las letras de metal al río Támesis en lugar de dejar su fuente perfecta a otra persona después de su muerte). Y las disputas abarcan desde la reacción pública sobre IKEA cambiando su fuente de Futura a Verdana hasta el movimiento en línea contra Comic Sans (la peor fuente del mundo, supuestamente). Y los nazis orientados a los detalles declararon una fuente oficial, una forma de gótico alemán, antes de prohibirla más tarde debido a sus conexiones con banqueros e impresores judíos.
Es mi tipo no es un libro para todos. Sin embargo, me encantan las fuentes. Soy una de esas raras personas a las que les encanta ver la página en la parte posterior del libro que dice en qué fuente se configuró el libro y proporciona información sobre su origen. Soy el tipo de persona que se sentará frente a la pantalla de la computadora durante una hora probando diferentes tipos y tamaños de fuente hasta que tenga las letras perfectas para transmitir el importante mensaje a mis alumnos de que deben «ir a la biblioteca y trae tu cuaderno «. Puedo ver a Garamond o Courier o Verdana desde cien pasos. Sí, me encanta la fuente del amor. Ergo, realmente disfruté de este libro, aunque no es el tipo de libro que podría sentarme y leer de una vez. En cambio, opté por entrar y salir periódicamente mientras leía otros libros.
Garfield escribe con humor y conocimiento sobre la historia de la impresión y el impacto que tuvo (y sigue teniendo) en el mundo. Es difícil creer el proceso tedioso y lento que lleva crear una fuente, e igualmente difícil de creer es lo importante que es obtener la fuente correcta para las rutinas diarias (como el esfuerzo que se hizo para seleccionar una fuente adecuada para el sistema de metro de Londres) . Mis partes favoritas del libro son los «cortes de fuente» que aparecen entre capítulos; Estas son historias muy cortas sobre los orígenes de algunas de las fuentes más famosas o veneradas del mundo. También es útil que, al mencionar la mayoría de los tipos, el tipo real en el libro cambie para que el lector pueda ver cómo se ve el tipo (aunque esto no se hace de manera consistente y hubiera preferido verlo completo). Si hay una falla en el libro, sería la que encuentro en la mayoría de los libros de no ficción: alguna información se repite hasta la saciedad y ocasionalmente hay cambios abruptos en el tema. Aparte de eso, si está buscando una fuente entretenida y no particularmente técnica de las fuentes, le recomiendo que pruebe esto.
Gran libro divulgativo sobre la tipografía en el contexto de sus autores. No se trata tanto de un libro sobre normas de estilo, términos técnicos o estudio comparativo de fuentes, sino de un libro sobre tipógrafos y su amor por las letras, transmitido al lector. Libro ameno y divertido que además proporciona abundante información.
De forma muy provocativa, su primer capítulo es sobre Vincent Connare y su Comic Sans. A partir de ahí conocemos a Carter, el autor más leído del mundo (¡autor de Verdana y Tahoma!), Frutiger, Baskerville, y muchos más. Vemos sus fuentes en el contexto en que fueron creadas, pero también en acción: el libro es un festín tipográfico en que los párrafos van cambiando de fuente según la tipografía de la que se esté hablando. Cuenta miles de anécdotas, como la infame de Goudy y los actos impúdicos con ovejas, o la fuente Doves que se ahogó, o los foros de What the Font y su rapidez de respuesta. Altamente recomendable.

En idioma inglés, las fonts fueron llamadas en un tiempo founts. Una font o fount, no obstante, no era exactamente lo mismo que un tipo. En el Reino Unido, la transición de fount a font se completó en los años setenta, cuando se terminó por aceptar a regañadientes la grafía estadounidense. Ambas versiones eran intercambiables desde al menos los años veinte, aunque algunos engolados tradicionalistas ingleses seguirán insistiendo en dar a fount una connotación elitista esperando que resuenen en ella ecos de Caxton, el gran impresor británico de la obra de Chaucer. A la mayoría de la gente ha dejado de interesarle. Hay cosas más importantes de las que preocuparse, como, por ejemplo, el verdadero significado de esa palabra.
En el tiempo en que los tipos se colocaban a mano, una fount o «fuente» era un juego completo de letras de un tipo determinado en un tamaño y estilo concretos, juegos en los que se incluían todas las aes, bes y ces en mayúscula y minúscula, los signos de puntuación, el signo del dólar o la libra, etcétera. Muchos eran duplicados y la cantidad exacta en que se producían dependía de lo común de su uso. Siempre había, desde luego, más aes que jotas. La palabra inglesa fount se deriva de fund, que puede traducirse por «fondo» en el sentido de «cantidad», en referencia al juego tipográfico del que se seleccionaban los caracteres. Hoy día, la palabra hace referencia a un tipo de letra en particular, que a su vez puede tener diez o veinte fuentes, cada una de ellas presentada sobre el papel con leves variaciones de grosor o estilo. En nuestro lenguaje diario usamos ambos términos, fuente y tipo de letra, de manera equivalente.
En 1977, The Guardian gastó una elaborada y hoy famosa broma en April Fool’s Day señalando la celebración del décimo aniversario de la independencia de San Serriffe, una república con nombre de orígenes tipográficos. Esta nación encallada en mitad del océano Índico había atravesado un periodo de repentina prosperidad (debido en parte a sus reservas de fosfatos). El suplemento de siete páginas rebosaba intrigantes datos sobre las benévolas medidas antisindicales del general Che Pica, sobre el Puerto Clarendon y sobre la afición al teatro de los nativos de la etnia flong, hablantes del idioma caslon.

Gill Sans apareció en 1928, cuando su creador tenía cuarenta y cuatro años. Era el más británico de los tipos de letra existentes, no solo por su aspecto (sobrio, decoroso y discretamente orgulloso) sino también por su uso, pues la adoptaron la Iglesia de Inglaterra, la BBC, la editorial Penguin —para sus primeras cubiertas— y British Railways, que la utilizó para todo, desde los horarios a las cartas de los coches restaurante. Todo ello demostró que Gill Sans era una fuente tipográfica adaptable y cuidadosamente estructurada para la reproducción en masa. No era la más encantadora o resplandeciente y quizá tampoco la más atrayente para la ficción literaria, pero resultó perfecta para catálogos y documentos académicos. Era una fuente que inspiraba confianza de por sí; nunca daba problemas, siempre resultaba práctica.
A pesar del gran éxito, Gill nunca se consideró tipógrafo.
Gill murió en 1940, justo cuando el más famoso de sus tipos aparecía por primera vez en los anuncios del Ministerio de Información británico, en los que durante la guerra se anunciaban los reclutamientos de la Home Guard (la milicia británica) y se advertía sobre los apagones o sobre el peligro de ser indiscreto ante posibles espías.
Como Gill Sans, Albertus hundía sus raíces no en la mesa de dibujo sino en el mundo real, en este caso en las placas conmemorativas. Wolpe se había formado en una fundición de bronce donde aprendió a componer inscripciones en altorrelieve, retirando el metal que rodeaba a las letras con un cincel para crear un alfabeto básico, sencillo y contundente, caracterizado por lo que él llamaba «agudeza que no pincha».
Si la muestra del Victoria and Albert se te pasó, podrás leer Albertus en la portada de PARACHUTES, el disco de Coldplay, o en el DVD de la reposición de la serie de televisión de culto The Prisoner, la batalla entre el control mental y el individualismo. ¿Por qué elegir Albertus para rotular la serie? Porque provoca un gran impacto visual, porque se ajusta perfectamente al desconcertante paisaje psicológico (atrás queda la antigua Roma) y por una cuestión crucial: incluso en las pequeñas pantallas de televisión de los años sesenta, resultaba decisiva y rotundamente inteligible.
Carter cuenta que una vez acudió a una feria en la que alguien ofrecía un cartel de alrededor de 1840 que anunciaba una venta de esclavos. Supo de inmediato que era falso, pues el tipo de letra utilizado en él databa de los sesenta del siglo XX. Vemos de nuevo cómo el tipo de letra puede contarnos más de lo que nos cuentan las palabras.
¿Dónde se origina la sabiduría de Matthew Carter? En su madre, a quien le encantaban las formas de las letras. Antes de ir a la escuela y aprender a leer y a escribir, su madre le recortó un alfabeto en linóleo. Ella había estudiado arquitectura y dibujaba muy bien. Muchos años después, Carter encontró los restos de esas letras en una caja. «Eran Gill Sans —recuerda Carter—, y tenían marcas de dientes».

Doves es célebre por otro motivo, más allá de su belleza. En 1908, cuando Cobden-Sanderson rompió relaciones con su socio Emery Walker y la imprenta Doves cerró, ambos redactaron un documento legal en virtud del cual Cobden-Sanderson se quedaba el tipo en propiedad (es decir, todas las matrices y punzones tipográficos) hasta su muerte, momento en el que pasarían a Walker. Pero Cobden-Sanderson cambiaría más adelante de parecer. Temiendo que fuesen utilizados en trabajos de mala calidad o que con ellos se imprimiesen textos de temática indeseable, se llevó todo el juego de tipos al puente de Hammersmith y lo arrojó al Támesis.

Frutiger fue diseñada para el aeropuerto de Roissy a principios de los años setenta, antes de que fuera rebautizado París-Charles de Gaulle. Se había encargado un tipo de letra conciso y claro para señales y letreros luminosos con fondo amarillo. Así pues, Frutiger llegó a la vida en forma de recortes de papel negro que decían Départs y Departures. Se prestó especial atención a que los letreros fueran fácilmente inteligibles de soslayo y a los cálculos de sus dimensiones: una letra de diez centímetros debía poderse leer desde veinte metros de distancia. La flecha Frutiger era contundente pero achaparrada, casi cuadrada. Para el autor, el proyecto consistía casi en «crear una máquina de llegadas y salidas».
La estética ocupaba un lugar de importancia en el trabajo de Frutiger, para quien, sin embargo, había otro elemento fundamental. «Si eres capaz de recordar la forma que tiene tu cuchara mientras comes, seguramente esté mal diseñada», aseguró a sus admiradores en una conferencia sobre tipografía, en 1990.
Como Helvetica y Univers, Frutiger es peligrosamente difícil de obviar en la vida diaria, una realidad cada vez más palpable. Se ha convertido en el soporte de información estándar en muchas grandes instituciones, especialmente universitarias. Ha evolucionado hasta formar una gran familia, con una versión serif y diversos grosores y cursivas.
Entre las grandes tipografías modernas, la alemana Walbaum, del siglo XIX, continúa siendo un bombón relleno de romanticismo. Bautizado en honor a su creador, Justus Erich Walbaum, este tipo presenta los habituales caracteres altivos pero también maneras más suaves y accesibles, así como una k muy técnica que parece haberse traspapelado desde otra fuente por error. Fairfield, Fenice y están asimismo en deuda con los que colectivamente se denominan tipos Didone, si bien las variantes digitales han introducido tamaños de texto que han reducido ligeramente el contraste entre las letras.

En Estados Unidos, Gotham ha venido a significar algo más que cambio. Se puede encontrar en la inscripción de la primera piedra de la nueva Torre de la Libertad en la Zona Cero de Nueva York y, pese a que su autor afirmara que Gotham no es más que Gotham, lo cierto es que el tipo ha heredado asociaciones cargadas de victoria y éxito sin cortapisas. Los que se interesan por los tipos de letra que se utilizan en los carteles de cine se han dado cuenta de que Trajan y Gill Sans han topado con un serio rival en lo que respecta a películas con ínfulas de Óscar. Existen muchas otras fuentes notables y emocionantes en el catálogo de Hoefler & Frere-Jones (como Vitesse, Tungsten o su versión clásica de Didot), pero solo una de ellas aparece en los carteles de Un hombre soltero, Desde mi cielo e Invictus que decoran sus oficinas: hemos elegido deletrear la nueva era de la austeridad en Gotham.
Y no podemos dejar de hablar del tributo definitivo, ese momento en el que sabes que tu fuente ha entrado en el panteón de las más grandes: el día en que la gente decide dejar de pagar por ella. Un conjunto de ocho fuentes Gotham cuesta 199 dólares estadounidenses para su uso en un ordenador, con descuentos si se quiere utilizar en más equipos. Resultado: los usuarios han tratado de imitar el tipo lo mejor que han podido, pues siempre será más barato utilizar las fuentes gratuitas de tu ordenador, como descubrió Tobias Frere-Jones el día que decidió buscar suvenires de Obama en eBay. Había carteles con los habituales mensajes de «Esperanza. Manteneos junto a Obama» y «Sé el cambio», con maquetación y colores similares. Sin embargo, lucían sospechosos en Gill Sans y Lucida. Solo consiguieron engañar a unos pocos durante un corto periodo de tiempo.

La bulbosa y psicodélica fuente de Yellow Submarine, diseñada imaginando un viaje submarino de LSD, o el título dibujado a mano de Rubber Soul de 1965, que evocaba el grafismo imposible de las revistas underground de la época. El rotulista Charles Front, que se había inspirado en la idea de un trozo de goma deformado por la fuerza de la gravedad, cobró veinticinco guineas (poco más de treinta euros) por dibujarlo. En 2008, sacó a subasta el borrador original en Bonhams. Se vendió por casi 11.500 euros.
Hoy día, cualquier producto musical que ambicione parecerse a The Beatles no puede dejar de prestar una cuidadosa atención a la tipografía. Pese a los garabatos escolares de McCartney, su grupo musical no tuvo imagen de marca hasta varios años después. La mayor parte de artistas cuentan hoy con un tipo de letra que define su estilo desde sus inicios. Aunque no hayan pisado en su vida una escuela de arte, muchos parecen entender de tipografía. Los hay que hasta cantan sobre ella.

Las nuevas tecnologías nos acercan a fuentes nuevas y otras antaño desconocidas. La BlackBerry presenta BlackBerry Alpha Serif, Clarity y Millbank. El Amazon Kindle utiliza Monotype Caecilia. El iPad maneja las mismas fuentes que otros dispositivos Apple y, si bien su aplicación iBooks posee una gama limitada de fuentes, existe una maravillosa aplicación llamada TypeDrawing que lleva a las fuentes más sosas a un nuevo nivel lleno de emociones. Quizá se convierta en la herramienta que enseñe a los niños lo que es la tipografía, una especie de versión contemporánea del kit de impresión John Bull. Tecleas una frase, o tu nombre, y luego utilizas el dedo para hacer dibujos utilizando dicha frase como trazo. Se pueden elegir color, tamaño y fuente.
De Groot es una de las luminarias del diseño tipográfico contemporáneo, uno de los profesionales que están definiendo el aspecto general que tendrá la palabra escrita en diez o quince años. El interés le nació pronto: su padre cultivaba y vendía tulipanes y él recuerda que utilizaba una Baskerville Italic de Letraset para marcar los bulbos en oferta. Se sentía asimismo fascinado por su máquina de escribir —con Golfball—, por esa facilidad que tenía a la hora de cambiar la apariencia de las palabras que aparecían sobre la página. Creó su primera fuente, «malísima», con seis años.
Fue en 2002, no obstante, cuando De Groot puso en marcha su obra más significativa: un diseño que marcaría otro punto de inflexión en la historia tipográfica. El diseñador recuerda una llamada telefónica de un «intermediario que me pidió diseñar una fuente para un cliente cuya identidad debía quedar en el más absoluto secreto. Luego supe que se trataba de Microsoft. Fue maravilloso, al instante me puse a tirar paredes y a reconvertir la oficina. Pero era un pago a tanto alzado. De haber sabido para qué querían el diseño probablemente habría pedido más dinero».
Microsoft había llamado porque estaba buscando nuevos tipos para su iniciativa ClearType, una nueva tecnología que permitía ofrecer una mayor claridad en la pantalla y que había sido inicialmente desarrollada para el libro electrónico. De Groot les ofreció , una fuente muy estilizada que presentaba la aparente sencillez de una letra de máquina de escribir como Courier combinada con una profundidad y calidez pocas veces asociada a una fuente utilitaria. De un día para otro, el diseño pasó a formar parte del sistema operativo Vista.
Sería, no obstante, el siguiente tipo diseñado por De Groot, Calibri, el que tendría un mayor impacto. De hecho, puede decirse que ha cambiado radicalmente el aspecto de las comunicaciones en masa. Calibri es una sans serif redonda y maleable de gran impacto visual que en 2007 se convirtió en la fuente elegida por Microsoft, no solo en Word (donde reemplazaría a Times New Roman) sino también en Outlook, PowerPoint y Excel (donde sustituyó a Arial).
Esto la convirtió en la fuente más usada del mundo occidental. Pero ¿la hizo también la mejor fuente? ¿O la más versátil? ¿O la más sugerente, sorprendente o hermosa? Por supuesto que no. Esa fuente está aún por llegar.

Libros del autor comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2018/01/22/cronometrados-simon-garfield-timekeepers-how-the-world-became-obsessed-with-time-by-simon-garfield/

https://weedjee.wordpress.com/2020/12/14/postdata-curiosa-historia-de-la-correspondencia-simon-garfield-to-the-letter-a-celebration-of-the-lost-art-of-letter-writing-by-simon-garfield/

https://weedjee.wordpress.com/2020/12/15/en-el-mapa-de-como-el-mundo-adquirio-su-aspecto-simon-garfield-on-the-map-a-mind-expanding-exploration-of-the-way-the-world-looks-by-simon-garfield/

https://weedjee.wordpress.com/2020/12/16/es-mi-tipo-un-libro-sobre-fuentes-tipograficas-simon-garfield-just-my-type-a-book-about-fonts-by-simon-garfield/

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Drowning. Feuds. Nazis. Bestiality. Probably not topics you expect to find in a book about fonts. Granted, the drowning was of the Doves font (its creator threw the matrices and the metal letters into the Thames river instead of bequeathing his perfect font to anyone else after his death). And the feuds range the gamut from public backlash over IKEA changing its font from Futura to Verdana to the online movement against Comic Sans (the world’s worst font, allegedly). And detail-oriented Nazis declared an official font–a form of German gothic–before later outlawing it because of its connections to Jewish bankers and printers.
Just My Type is admittedly not a book for everyone. However, I love fonts. I’m one of those rare people who love to see the page in the back of the book that tells what font the book was set in and provides information about its origin. I’m the type of person who will sit in front of the computer screen for an hour trying out different font types and sizes until I have the perfect lettering for conveying the all important message to my students that they should «Go to the library and bring your notebook.» I can spot Garamond or Courier or Verdana from one hundred paces. Yes, I freaking love font. Ergo, I really enjoyed Just My Type, although it’s not the sort of book I could sit down and read in one sitting. Instead I opted to dip in and out periodically while reading other books.
Garfield writes with humor and knowledge about the history of print and the impact it had (and continues to have) on the world. It’s difficult to believe the tedious and time consuming process that goes into creating a font, and equally difficult to believe is how important getting the right font is for daily routines (such as the effort that went into selecting a proper font for London’s subway system). My favorite parts of the book are the «fontbreaks» that appear between chapters; these are very short stories about the origins of some of the world’s most notorious or revered fonts. Also helpful is that, when mentioning most types, the actual type in the book changes so the reader can see what the type looks like (although this isn’t done consistently and I would have preferred to see it done throughout). If there is a fault with the book, it would be the one I find in most non-fiction books: some information is repeated ad nauseam and there are occasionally abrupt shifts in topic. Other than that, if you’re looking for an entertaining and not particularly technical look at fonts, I’d recommend giving this a go.
Great didactical book on typography in the context of its authors. It is not so much a book on style norms, technical terms or comparative study of fonts, but rather a book on typographers and their love for letters, transmitted to the reader. Amusing and fun book that also provides abundant information.
Very provocatively, its first chapter is about Vincent Connare and his Comic Sans. From there we meet Carter, the world’s most read author (author of Verdana and Tahoma!), Frutiger, Baskerville, and many more. We see its fonts in the context in which they were created, but also in action: the book is a typographical feast in which the paragraphs change their font according to the typeface that is being discussed. It tells thousands of anecdotes, such as the infamous Goudy and the impudent acts with sheep, or the Doves fountain that was drowned, or the forums of What the Font and its rapid response. Highly recommended.

In English, the fonts were called founts at one time. A font or fount, however, was not exactly the same as a type. In the United Kingdom, the transition from fount to font was completed in the 1970s, when it was reluctantly accepted by the American spelling. Both versions have been interchangeable since at least the 1920s, although some bewildered English traditionalists will continue to insist on giving fount an elitist connotation by hoping for echoes of Caxton, the great British printer of Chaucer’s work. Most people have ceased to be interested. There are more important things to worry about, such as the true meaning of that word.
At the time when the fonts were placed by hand, a fount or «font» was a complete set of letters of a certain type in a specific size and style, games that included all aes, bes and ces in capital letters lower case, punctuation, dollar or pound sign, and so on. Many were duplicates and the exact amount in which they were produced depended on the common use. There were, of course, always more aes than jacks. The English word fount is derived from fund, which can be translated by «background» in the sense of «quantity», referring to the typographic game from which the characters were selected. Today, the word refers to a particular typeface, which in turn can have ten or twenty fonts, each presented on paper with slight variations in thickness or style. In our daily language we use both terms, font and font, equivalently.
In 1977, The Guardian played an elaborate and today famous joke on April Fool’s Day signaling the celebration of the tenth anniversary of the independence of San Serriffe, a republic named for typographical origins. This nation stranded in the middle of the Indian Ocean had gone through a period of sudden prosperity (due in part to its phosphate reserves). The seven-page supplement was full of intriguing data on General Che Pica’s benevolent anti-union measures, on Port Clarendon and on the fondness for theater of the natives of the Flong ethnic group, speakers of the Caslon language.

Gill Sans appeared in 1928, when its creator was forty-four years old. It was the most British of the existing typefaces, not only for its appearance (sober, decent and discreetly proud) but also for its use, as it was adopted by the Church of England, the BBC, the Penguin publishing house —for its first covers— and British Railways, which used it for everything from schedules to restaurant car menus. All this showed that Gill Sans was an adaptable and carefully structured typeface for mass reproduction. It was not the most charming or resplendent and perhaps not the most attractive for literary fiction, but it was perfect for catalogs and academic documents. It was a source that inspired self-confidence; it never gave problems, it was always practical.
Despite the great success, Gill was never considered a typesetter.
Gill died in 1940, just as the most famous of his types first appeared in advertisements for the British Ministry of Information, in which during the war recruitments of the Home Guard (the British militia) were announced and warned about blackouts or about the danger of being indiscreet before possible spies.
Like Gill Sans, Albertus had his roots not on the drawing board but in the real world, in this case on commemorative plaques. Wolpe had been trained in a bronze foundry where he learned to compose high-relief inscriptions, removing the metal around the letters with a chisel to create a basic, simple and forceful alphabet, characterized by what he called «sharpness that does not puncture» .
If you missed the Victoria and Albert sample, you can read Albertus on the cover of PARACHUTES, Coldplay’s album, or on the DVD of the revival of the cult television series The Prisoner, the battle between mind control and individualism. Why choose Albertus to label the series? Because it causes a great visual impact, because it fits perfectly into the bewildering psychological landscape (ancient Rome remains behind) and for a crucial question: even on the small television screens of the 1960s, it was decisive and strongly intelligible.
Carter says that he once attended a fair where someone offered a poster from around 1840 announcing a slave sale. He knew immediately that it was false, since the typeface used in it dated from the sixties of the 20th century. We see again how the font can tell us more than the words tell us.
Where does Matthew Carter’s wisdom originate? In his mother, who loved the shapes of the letters. Before going to school and learning to read and write, his mother cut out an alphabet in lino Trudeauleum. She had studied architecture and drew very well. Many years later, Carter found the remains of those letters in a box. They were Gill Sans, Carter recalls, and they had tooth marks.

Doves is famous for another reason, beyond its beauty. In 1908, when Cobden-Sanderson broke relations with his partner Emery Walker and the Doves printing press closed, they both drafted a legal document under which Cobden-Sanderson kept the type owned (i.e., all dies and punches) until his death, at which point they would pass Walker. But Cobden-Sanderson would later change his mind. Fearing that they would be used in poor quality work or that undesirable texts would be printed with them, he took the entire set of types to the Hammersmith Bridge and threw it into the Thames.

Frutiger was designed for Roissy Airport in the early 1970s, before it was renamed Paris-Charles de Gaulle. A concise and clear typeface for signs and illuminated signs with a yellow background had been ordered. So Frutiger came to life in the form of black paper cutouts that Départs and Departures said. Particular attention was paid to making the signs easily understandable by sides and calculations of their dimensions: a letter of ten centimeters should be readable from twenty meters away. The Frutiger arrow was blunt but squat, almost square. For the author, the project consisted almost of «creating an arrival and departure machine».
Aesthetics occupied an important place in Frutiger’s work, for whom, however, there was another fundamental element. «If you can remember the shape of your spoon while you eat, it surely is poorly designed,» he assured his fans at a conference on typography in 1990.
Like Helvetica and Univers, Frutiger is dangerously difficult to ignore in daily life, an increasingly tangible reality. It has become the standard information medium in many large institutions, especially universities. It has evolved into a large family, with a serif version and various thicknesses and italics.
Among the great modern typefaces, the German Walbaum, from the 19th century, continues to be a sweet filled with romanticism. Baptized in honor of its creator, Justus Erich Walbaum, this type features the usual haughty characters but also softer and more accessible ways, as well as a very technical k that seems to have been misplaced from another source by mistake. Fairfield, Fenice and are also indebted to what are collectively called Didone types, although digital variants have introduced text sizes that have slightly reduced the contrast between the letters.

In America, Gotham has come to mean more than change. It can be found in the inscription of the first stone of the new Freedom Tower in Ground Zero of New York and, despite the fact that its author affirmed that Gotham is nothing but Gotham, the truth is that the guy has inherited charged associations of victory and success without hindrance. Those interested in the typefaces used in movie posters have found that Trajan and Gill Sans have run into a serious rival when it comes to Oscar-inflated movies. There are many other notable and exciting sources in the Hoefler & amp; Frere-Jones (like Vitesse, Tungsten, or his classic version of Didot), but only one of them appears on the posters of A Single Man, From My Sky and Invictus that decorate their offices: we have chosen to spell out the new era of austerity in Gotham.
And we cannot stop talking about the definitive tribute, that moment when you know that your source has entered the pantheon of the greatest: the day when people decide to stop paying for it. A set of eight Gotham fonts costs $ 199 to use on a computer, with discounts if you want to use it on more computers. Result: Users have tried to imitate the type as best they can, as it will always be cheaper to use the free fonts on your computer, as Tobias Frere-Jones discovered the day he decided to search Obama’s souvenirs on eBay. There were signs with the usual messages of «Hope. Stay with Obama »and« Be the change », with similar layout and colors. However, they looked suspicious in Gill Sans and Lucida. They only managed to fool a few for a short period of time.

The bulbous and psychedelic Yellow Submarine font, designed imagining an LSD underwater journey, or the hand-drawn title of Rubber Soul from 1965, evoking the impossible graphics of underground magazines of the time. Inspired by the idea of a piece of rubber deformed by the force of gravity, the sign maker Charles Front charged twenty-five guineas (just over thirty euros) to draw it. In 2008, he put the original draft up for auction at Bonhams. It sold for almost 11,500 euros.
Today, any music product that aspires to look like The Beatles can’t help but pay careful attention to typography. Despite McCartney’s school doodles, his band didn’t have a brand image until several years later. Most artists today have a typeface that defines their style from the beginning. Although they have never set foot in an art school, many seem to understand typography. There are some who even sing about it.

New technologies bring us closer to new sources and other previously unknown. The BlackBerry features BlackBerry Alpha Serif, Clarity and Millbank. The Amazon Kindle uses Monotype Caecilia. The iPad handles the same fonts as other Apple devices, and while its iBooks app has a limited range of fonts, there is a wonderful app called TypeDrawing that takes dull fonts to a whole new level of emotion. Maybe it will become the tool that teaches children what typography is, a kind of contemporary version of the John Bull print kit. You type a phrase, or your name, and then use your finger to draw pictures using that phrase as a stroke. Color, size and font can be chosen.
De Groot is one of the luminaries of contemporary typographic design, one of the professionals who are defining the general appearance that the written word will have in ten or fifteen years. The interest was soon born to him: his father grew and sold tulips and he remembers that he used a Baskerville Italic from Letraset to mark the bulbs on offer. He was also fascinated by his typewriter – with Golfball -, by that facility in changing the appearance of the words that appeared on the page. He created his first font, «lousy», at the age of six.
It was in 2002, however, when De Groot launched his most significant work: a design that would mark another turning point in the history of typography. The designer remembers a phone call from an «intermediary who asked me to design a font for a client whose identity had to be kept absolutely secret. Then I found out it was Microsoft. It was wonderful, I instantly started throwing walls and converting the office. But it was a lump sum payment. If I had known what they wanted the design for I would probably have asked for more money. ”
Microsoft had called because it was looking for new types for its ClearType initiative, a new technology that allowed for greater clarity on the screen and that had been initially developed for the e-book. De Groot offered them a very streamlined font that featured the apparent simplicity of a typewriter font like Courier combined with a depth and warmth rarely associated with a utilitarian font. From one day to the next, the design became part of the Vista operating system.
It would, however, be the next type designed by De Groot, Calibri, that would have the greatest impact. In fact, it can be said that the aspect of mass communications has radically changed. Calibri is a round and malleable sans serif of great visual impact that in 2007 became the font chosen by Microsoft, not only in Word (where it would replace Times New Roman) but also in Outlook, PowerPoint and Excel (where it replaced Arial) .
This made it the most widely used source in the western world. But did the best source also make it? Or the most versatile? Or the most suggestive, surprising or beautiful? Of course not. That source is yet to come.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2018/01/22/cronometrados-simon-garfield-timekeepers-how-the-world-became-obsessed-with-time-by-simon-garfield/

https://weedjee.wordpress.com/2020/12/14/postdata-curiosa-historia-de-la-correspondencia-simon-garfield-to-the-letter-a-celebration-of-the-lost-art-of-letter-writing-by-simon-garfield/

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