Cartas Desde El Fin Del Mundo — Toyofumi Ogura / “Zetsugo No Kiroku / Hiroshima Genshi Bakudan No Shuki (Letters from the End of the World: A Firsthand Account of the Bombing of Hiroshima) by Toyofumi Ogura

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Excelente y releído en más de una ocasión. Esta es una serie de cartas escritas por Toyofumi Ogura a su esposa que, en ese momento, estaba muerta por la enfermedad de la radiación de la bomba atómica que cayó sobre Hiroshima. Esta era su forma de superar su dolor.
Este es el tipo de libro que al menos algunos capítulos deberían usarse en las clases de historia de la escuela secundaria y en las clases de la universidad, para mostrar a los jóvenes algunos de los horrores reales de los resultados de una bomba atómica. Toyofumi caminó mucho por Hiroshima, y las vistas que vio son realmente horribles.
Innumerables mujeres y niños murieron en el bombardeo y muchos de los sobrevivientes estaban en una forma física terrible. Su escritura da vida a todo este sufrimiento y es realmente inquietante, pero es algo que no se puede olvidar nunca. La gente debe saber cuáles son realmente los efectos de la guerra nuclear y que, si tal guerra volviera a ocurrir, nadie sería realmente el ganador.
Un trabajo aterrador, pero aún excelente.

Destelló un anillo de luz parecido al halo de la luna cuando anuncia lluvia y el cielo se abrió como un arco iris. La masa de nubes blancas se extendía rápidamente hacia los lados al mismo tiempo que se arremolinaba, como engullida hacia el centro.
Inmediatamente después, por debajo de esa zona apareció una inmensa montaña de nubes, una enorme columna de llamas de color rojo brillante y una gran humareda, como si un volcán suspendido en el aire hubiese entrado en erupción. No sé cómo expresarlo. El indescriptible cumulonimbo hervía con furia, elevándose hacia lo alto. Subía rápidamente, y su volumen era tal que cubría casi todo el cielo. Poco después la parte superior se desparramó hacia los lados, tal como se descompone la nube de un chaparrón. Por encima de la primera masa de nubes se formó un hongo monstruoso del que descendía un pie muy ancho, parecido a un tornado.
Oí un estruendo sordo pero muy fuerte, y al mismo tiempo una presión violenta me cortó de golpe la respiración. Era sin duda la onda expansiva de una bomba.
Me quedé inmóvil en el suelo. Creo que, además del estruendo y la onda expansiva, oí también el tremendo estrépito de los chasquidos, crujidos y estallidos de las casas al ser destruidas y volar por los aires puertas, ventanas y muebles. Me parece que también advertí gritos lastimeros. Pero es posible que todo esto se haya colado en mis recuerdos con posterioridad, o que sea producto de mi imaginación.

«Seguro que ha sido una bomba atómica».
Volví a observar los incendios y los escombros ennegrecidos por toda la ciudad, y a la muchedumbre de mi alrededor que había escapado del peligro. Evoqué los ataques con bombas que había vivido con anterioridad. La diferencia era como entre la noche y el día. Una sola explosión había causado una devastación más terrible que diez o veinte grandes bombardeos.
Mientras pensaba en esto me vino a la memoria un artículo científico que había leído unos años atrás en una revista, tal vez Kagaku Asahi, que reproducía un coloquio sobre la bomba atómica. Un hombre de letras que había estado escuchando lo que decían los científicos sobre la ferocidad de la bomba comentó: «Cuando se consiga la bomba, se acabará la guerra.» Curiosamente, esas palabras me vinieron a la mente con gran claridad.
La multitud de heridos y quemados que se habían amontonado a lo largo y ancho de la carretera ahora formaba una fila. Eran despojos humanos, lo que quedaba de la gente que había sido arrojada al suelo por la violenta sacudida de aire. No parecía que hubieran decidido su rumbo ni huido por voluntad propia, sino que hubieran llegado hasta allí inconsciente e involuntariamente, impulsados por una pertinaz fuerza vital que los sobrepasaba. No encuentro la manera de expresar con precisión lo que vi en aquella carretera, pero me impresionó en lo más profundo.
El sol de pleno verano brillaba implacable. Hasta entonces no me había dado cuenta de que en aquella cuesta en dirección al oeste las hojas de todos los árboles estaban de color marrón tostado. Había gente herida o quemada estirada o acuclillada en la ladera de la montaña, tanto por encima como por debajo de la carretera.
Los edificios en ruinas que veía alineados en la calle que iba de norte a sur parecían las vértebras de un enorme monstruo moderno. Me quedé paralizado, impresionado por lo que se podría llamar una «belleza monstruosa». He aquí el verdadero aspecto de las filas de enormes lápidas fantasmagóricas que había visto desde lo alto del monte Hijiyama.
La cantidad de cadáveres humanos y restos de vehículos que había en las calles era incontable, pero me había vuelto insensible a todo aquello.

El silencio y la desolación no se limitaban a nuestra habitación, sino que reinaban en toda la residencia. Los estudiantes que ya vivían allí, excepto los supervisores, se habían dividido en grupos y habían salido a diferentes puestos de socorro en busca de personas de la fábrica o de la escuela que pudiesen estar heridas. Como medida de ahorro, no se suministraba electricidad, la fábrica estaba parada y muchos de los alumnos y trabajadores se habían ido a la ciudad. De vez en cuando se oía cierta agitación fuera, cuando traían a algún herido en camilla y lo llevaban a la enfermería de la residencia, pero pronto se volvía a imponer el silencio.
Mientras que la mayoría de niños de los primeros cursos no fueron víctimas de la bomba porque estaban refugiados en el campo con sus profesores, los de los cursos superiores fueron empujados a una muerte trágica junto con los estudiantes de secundaria, ya que se les había movilizado como voluntarios.
Las quemaduras que sufrió mucha gente estaban causadas por dichas radiaciones, cuya radiactividad originó a su vez la llamada «enfermedad por radiación». Aunque al principio pensé que solo habías sufrido heridas menores, después resultó que tenías esa enfermedad. Otro día te escribiré sobre ella con calma.
El «escenario de nubes» que vi aquella mañana empezó cuando se elevó la bola de fuego derivada del vapor de agua, adoptó una forma cilíndrica y después la de un hongo, levantando desde el suelo una columna de nubes que en su parte superior se extendía hacia los lados. La bola de fuego se elevó hasta una altura de unos 12.000 metros. Dicen que el motivo por el cual se vieron tantos destellos luminosos, que parecían relámpagos, de la bola de fuego cilíndrica se debe a que la longitud de onda de la luz se acorta a medida que sube la temperatura de la fuente lumínica. Si la temperatura del sol solo es de 6.000 grados, el calor de las radiaciones generadas en la explosión escapa a nuestra imaginación.
Al parecer, el destello de luz que vi desde lejos era la explosión inicial, originada por una cantidad considerable de detonantes, entre los cuales el magnesio. Se produjo a unos 1.500 metros de altura y provocó la fisión del núcleo atómico de uranio 235, el componente principal de la bomba. Al caer formó una columna de fuego y se generó una reacción en cadena hasta el gran estallido final a unos 600 metros del suelo.
El caso es que la verdadera naturaleza de la bomba atómica sigue siendo confidencial incluso en los Estados Unidos.

Con el tiempo el miedo a la enfermedad por radiación irá desapareciendo, e incluso se construirán casas donde ahora están las ruinas. Pero los datos numéricos que dejan constancia de los efectos de la bomba atómica perdurarán como temor colectivo mientras exista la humanidad. Ahora te voy a hablar en líneas generales sobre este miedo que permanecerá para siempre en nuestra memoria histórica.
Los datos numéricos son los más objetivos y los que en teoría tienen más exactitud científica, pero en el caso de Hiroshima no podemos esperar que se lleguen a conocer con exactitud un día, ya que todos los departamentos gubernamentales que supuestamente tenían los documentos básicos se quemaron de golpe.
Según las investigaciones realizadas por la prefectura de Hiroshima el 12 de agosto, poco después de la bomba, el número de muertos era de 30.000, el de desaparecidos de 22.000, el de heridos graves de 24.000 y el de heridos leves de 81.000. Sin embargo, como los heridos se morían sin tregua, al final el número de muertos debió de ascender a los 60.000 o 70.000. Otro informe estimaba los muertos justamente en 60.000 o 70.000, los heridos en más de 10.000 y el total de damnificados en más de 200.000. Por supuesto, todas estas cifras eran aproximadas, y los 30.000 muertos seguramente se basaban en el número aproximado de cadáveres que se habían enterrado o incinerado esos días. En medio del caos de esos días era imposible extraer las cantidades exactas.
Se producían grandes diferencias en el número de muertos según la fecha en que se hubiera realizado la investigación, ya que una altísima cantidad de heridos se iba muriendo a medida que pasaban los días.

El problema no era solo la bomba atómica. Al pensar en el desarrollo ilimitado de las armas científicas, como las bombas de gas tóxico desde antes de la primera guerra mundial, me acordaba siempre de la frase que le gritó Iván a Aliosha en Los hermanos Karamázov: «¡También hay un pequeño diablo en tu corazón!».

* La gente de Hiroshima llamaba Pika-don a la explosión de la bomba atómica: pika se refiere al destello luminoso y don al golpe de la onda expansiva.
¡Qué expresión tan elocuente y dolorosa! Dirige una mirada vacía hacia el cielo, como si hubiésemos recibido un castigo divino. Sin ningún aviso, el demonio nos lanzó el Pika-don en una mañana despejada de verano, cuando nos disponíamos a comenzar nuestras actividades diarias.
Mientras la gente agonizaba, a Estados Unidos llegó la noticia de que el lanzamiento de la bomba nuclear había sido un éxito. Empezando por el presidente Truman, muchos líderes militares que fomentaron el desarrollo de la bomba y científicos como su máximo exponente, Oppenheimer, se alegraron y brindaron por la victoria de la ciencia.
El presidente Truman dijo en su declaración que se había utilizado la bomba atómica por la paz de la humanidad, pero yo me pregunto si realmente fue así.
Paul Tibbets era el comandante del Enola Gay, el B29 que lanzó la bomba atómica sobre Hiroshima. Enola Gay era el nombre de su madre. El comandante bautizó así a su querido avión para que le trajera suerte.

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Excellent I’ve read this book a few times.This is a series of letters written by Toyofumi Ogura to his wife who, by that time, was dead from radiation sickness from the atomic bomb that was dropped on Hiroshima. This was his way of working through his grief.
This is the type of book that at least some chapters should be used in high school history classes, and in college classes, to show young people some of the actual horrors of the results of an atomic bomb. Toyofumi did a lot of walking around Hiroshima, and the sights that he saw are truly horrible.
Innumerable women and children were killed in the bombing and many of the survivors were in terrible physical shape. His writing brings all this suffering to life and it is truly disturbing, but it is something that cannot be forgotten, ever. People must know what the effects of nuclear war really are and that, if a such a war would happen again, no one would truly be the winner.
A frightening, but still excellent work.

A ring of light like the moon’s halo flashed as it announced rain and the sky opened like a rainbow. The mass of white clouds spread rapidly sideways as it swirled, gobbling up the center.
Immediately after, below that area, an immense mountain of clouds appeared, an enormous column of bright red flames, and a great smoke, as if a volcano suspended in the air had erupted. I do not know how to express it. The indescribable cumulonimbus boiled with fury, rising to the top. It was rising rapidly, and its volume was such that it covered almost the entire sky. Shortly thereafter the top spilled sideways, just like the cloud of a downpour breaks down. Above the first mass of clouds a monstrous mushroom formed, from which descended a very broad foot, resembling a tornado.
I heard a muffled but very loud roar, and at the same time a violent pressure cut my breath short. It was undoubtedly the shock wave of a bomb.
I lay motionless on the floor. I think that in addition to the roar and blast wave, I also heard the tremendous crash of the clicks, cracks, and pops of houses as they were destroyed and doors, windows, and furniture were blown up. It seems to me that I also noticed pitiful screams. But it is possible that all this has slipped into my memories later, or that it is the product of my imagination.

«It must have been an atomic bomb.»
I looked again at the fires and blackened rubble throughout the city, and at the crowd around me who had escaped danger. I recalled the bomb attacks I had previously experienced. The difference was like between night and day. A single explosion had caused devastation more terrible than ten or twenty major bombings.
While I was thinking about this, a scientific article that I had read a few years ago in a magazine came to mind, perhaps Kagaku Asahi, which reproduced a colloquium on the atomic bomb. A man of letters who had been listening to what scientists were saying about the ferocity of the bomb commented, «When the bomb is found, the war will end.» Curiously, those words came to mind very clearly.
The crowd of wounded and burned who had piled up the length and breadth of the road now formed a line. They were human remains, what was left of the people who had been thrown to the ground by the violent shaking of air. It did not seem that they had decided their course or fled of their own will, but that they had arrived there unconsciously and involuntarily, driven by a persistent life force that surpassed them. I can’t find a way to accurately express what I saw on that road, but it impressed me deeply.
The mid-summer sun was shining relentlessly. Until then I had not noticed that the leaves of all the trees on this westward slope were tan brown. There were wounded or burned people stretched out or squatting on the side of the mountain, both above and below the road.
The ruined buildings he saw lined up on the north-south street looked like the vertebrae of a huge modern monster. I was paralyzed, impressed by what might be called a «monstrous beauty.» Here is the true aspect of the rows of huge phantasmagoric headstones that I had seen from the top of Mount Hijiyama.
The amount of human corpses and vehicle remains on the streets was uncountable, but I had become insensitive to all this.

Silence and desolation were not limited to our room, but reigned throughout the residence. The students who already lived there, except the supervisors, had divided into groups and had gone to different aid stations in search of people from the factory or school who might be injured. As a saving measure, electricity was not supplied, the factory was stopped and many of the students and workers had gone to the city. Occasionally there was a stirring outside, when they brought a wounded man on a stretcher and took him to the infirmary of the residence, but soon silence reappeared.
While the majority of children in the first grades were not victims of the bomb because they were refugees in the field with their teachers, those in the upper grades were pushed to a tragic death along with the high school students, since they had been mobilized. as volunteers.
The burns that many people suffered were caused by such radiation, whose radioactivity in turn caused the so-called «radiation sickness.» Although at first I thought you had only suffered minor injuries, later it turned out that you had that disease. Another day I will write to you calmly.
The «cloud scene» that I saw that morning began when the fireball derived from the water vapor rose, took a cylindrical shape and then that of a mushroom, raising from the ground a column of clouds that extended at the top sideways. The fireball rose to a height of about 12,000 meters. They say the reason why so many lightning bolts of the cylindrical fireball were seen is because the wavelength of light shortens as the temperature of the light source rises. If the sun’s temperature is only 6,000 degrees, the heat from the radiation generated in the explosion escapes our imagination.
Apparently, the flash of light I saw from afar was the initial explosion, caused by a considerable number of triggers, including magnesium. It occurred at about 1,500 meters above sea level and caused the fission of the atomic nucleus of uranium 235, the main component of the bomb. When it fell, it formed a column of fire and a chain reaction was generated until the final big explosion about 600 meters above the ground.
The thing is, the true nature of the atomic bomb remains confidential even in the United States.

Over time the fear of radiation sickness will fade, and houses will now be built where the ruins are now. But the numerical data that record the effects of the atomic bomb will endure as a collective fear as long as humanity exists. Now I am going to speak to you in general lines about this fear that will remain forever in our historical memory.
Numerical data is the most objective and theoretically most scientifically accurate, but in the case of Hiroshima we cannot expect it to become known exactly one day, as all government departments that allegedly had the basic documents were burned suddenly.
According to investigations carried out by the Hiroshima prefecture on August 12, shortly after the bomb, the death toll was 30,000, the missing 22,000, the seriously injured 24,000 and the lightly injured 81,000. However, as the wounded were dying without respite, in the end the death toll must have risen to 60,000 or 70,000. Another report estimated the deaths at just 60,000 or 70,000, the injured at more than 10,000 and the total number of victims at more than 200,000. Of course, all of these figures were approximate, and the 30,000 deaths surely were based on the approximate number of bodies that had been buried or cremated in those days. In the midst of the chaos of those days it was impossible to extract the exact amounts.
There were large differences in the number of deaths according to the date on which the investigation had been carried out, since a very high number of wounded were dying as the days passed.

The problem was not just the atomic bomb. Thinking about the unlimited development of scientific weapons, such as toxic gas bombs since before the First World War, I always remembered the phrase Ivan shouted to Aliosha in The Karamazov Brothers: «There is also a little devil in your heart!».

* The people of Hiroshima called the explosion of the atomic bomb Pika-don: pika refers to the flash of light and don to the shock of the shock wave.
What an eloquent and painful expression! He casts an empty gaze towards the sky, as if we had received divine punishment. Without warning, the demon threw the Pika-don at us on a clear summer morning as we were preparing to begin our daily activities.
While people were dying, the news reached the United States that the launch of the nuclear bomb had been a success. Starting with President Truman, many military leaders who fostered the development of the bomb and scientists like its greatest exponent, Oppenheimer, were happy and toasted for the victory of science.
President Truman said in his statement that the atomic bomb had been used for the peace of mankind, but I wonder if it really was.
Paul Tibbets was the commander of Enola Gay, the B29 that dropped the atomic bomb on Hiroshima. Enola Gay was his mother’s name. The commander thus named his beloved plane to bring him luck.

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