Sobrevivir Para Contarla: Una Mirada Personal A La Pandemia Y Al Mundo Que Nos Deja — Antonio Garrigues Walker / Surviving To Tell It: A Personal Look At The Pandemic And The World It Leaves Us by Antonio Garrigues Walker (spanish book edition)

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Este breve libro es claro, concreto y bien estructurado y tras su lectura generará debate lo cual hace su lectura más gratificante.
No nos dejemos anular psicológicamente por ella y sus consecuencias, y, segundo, con idea de extraer lecciones que nos ayuden en el propósito común de hacer un mundo más justo y libre, sostenible medioambientalmente y geopolíticamente más equilibrado. El coronavirus nos pone ante muchas pistas no tanto de por dónde va a ir el mundo obligatoriamente, sino de por dónde puede y debe ir.

El virus SARS-CoV-2 y la enfermedad que provoca, la COVID-19, nos han recordado de forma dramática que no es así. Nos han situado en el mapa en un lugar que creíamos ya superado hace muchas jornadas y nos han vuelto a decir que partimos de una realidad frágil como es un cuerpo humano sometido a múltiples variables, empezando por la del envejecimiento celular. El desconcierto no ha podido ser más fuerte en una sociedad secularizada, presa de constantes incentivos e imágenes que apelan a la negación de ese hecho hasta ahora insoslayable que es el paso del tiempo.

El hartazgo físico y emocional, es más interesante y útil fijarse en el segundo plano de dicha queja: el de la contestación intelectual que muchos blandieron contra un encierro que implicaba la negación de algunas libertades básicas. Haríamos mal en caricaturizar dichas protestas en vez de intentar razonar y persuadir desde la propia razón liberal, razón por muchos aducida para negar la legitimidad de las decisiones de confinar que se decretaron en nuestras democracias.
El debate sobre el agravio al derecho básico de la libertad que se denunció durante el confinamiento es una versión extrema de esos debates previos, porque alude al mismo toma y daca ante el que cabe preguntarse, como lo haría el utilitarista Jeremy Bentham, si hemos conseguido más bien que mal. Es decir, ¿es superior el bien obtenido con el confinamiento al mal causado por la suspensión temporal y tasada de derechos fundamentales? No se trata, por eso, de una cuestión estrictamente racional, sino moral, y por tanto de prioridades esenciales, más aún cuando se trata de un asunto de vida o muerte.

La COVID-19 ha funcionado como una radiografía nítida de muchas patologías sociales que ya padecíamos y que sin este virus se nos aparecían de forma más difusa, sin contornos tan preocupantes. Por ejemplo, no ignorábamos que los servicios públicos aún estaban lejos de recuperar los niveles de dotación y medios previos a la Gran Recesión de 2008, y eso se ha visto en la sanidad y en la educación, especialmente cuando nuestros pequeños y jóvenes tuvieron que volver a los colegios, los institutos y las universidades el pasado mes de septiembre. De la misma forma que tampoco nos era invisible el hecho de que las mujeres se hacían cargo de los trabajos asistenciales familiares no remunerados infinitamente más que los hombres. Son ellas las que han pagado las carencias asistenciales del sistema teniendo que dejar empleos para cuidar a los mayores o a los niños. Y en cuanto a nuestro tejido económico, era conocido que España tenía un problema serio con el tamaño pequeño y mediano de demasiadas de nuestras empresas, por no hablar de la precariedad de tantos autónomos.
Lo que quiero remarcar con esto es que lo que ha hecho la propagación del coronavirus es reforzar tendencias socio-económicas y políticas previas.

El vínculo entre la pandemia y la crisis climática tiene que ver con el propio origen del coronavirus. Según el consenso científico —las dudas aquí son muy escasas, tesis conspirativas aparte—, el virus SARS-CoV-2 que provoca la enfermedad COVID-19 salió desde un mercado de Wuhan, China —de ahí que Trump, astutamente y pensando en la potencia que le planta cara a la hegemonía de Estados Unidos, lo denomine «virus chino»—, y lo hizo a través de la zoonosis. Un proceso que consiste en el salto de un virus de un animal a otro distinto, donde dicho agente infeccioso encuentra un nuevo hogar en el que alojarse y replicarse. Es el caso de varios tipos de coronavirus propios de algunos tipos de murciélagos y otros animales, como es el caso de los pangolines, tan valorados en China para tratamientos de su medicina tradicional, no sólo como alimento. En el mercado de Wuhan —y en tantos otros— se comercializaban sin controles ambas especies, y de ahí que Asia esté más acostumbrada a lidiar con ocasionales brotes epidémicos, tales como el del Síndrome Respiratorio Agudo Grave (SARS) en 2003, con epicentro en la ciudad china de Cantón, o el del Síndrome Respiratorio de Oriente Medio (MERS) en 2012, ambos causados por distintos tipos de coronavirus.
Es cierto que para que dicha epidemia alcanzara las magnitudes que ha alcanzado no sólo han intervenido factores relacionados con la dominación humana de entornos naturales salvajes, donde estas especies eran inofensivas para nuestra supervivencia como humanos. La zoonosis lleva miles de años produciéndose, pero los vínculos humanos entre distintas partes del mundo, y dentro de los propios países, eran menores. No obstante, la higiene era tan precaria que algunas epidemias de cólera y peste de la historia fueron, mucho más devastadoras que la de la COVID-19.
No caigamos en lo que es un constructo interesado, creado por una dictadura donde se reprimen y conculcan derechos humanos básicos. Tenemos y padecemos muchos defectos, pero los defectos en democracia son males pasajeros, reformables, mientras que en las dictaduras suelen ser parte de sus señas de identidad más definitorias.

En cuanto a si vivimos una Nueva Guerra Fría o no, yo creo que sí y que debemos encararla con la misma prudencia y seriedad con la que las sociedades libres contemplaron la anterior, con un papel complejo para Europa, realidad y proyecto en el que me detendré en el capítulo siguiente. Que China no tenga una política exterior tan agresiva en su búsqueda de influencia y cambios de régimen como la URSS no hace que su atractivo no llegue a muchos sitios de otra manera más sutil y hábil, y veremos si más eficaz. En esto, los chinos no tienen menos ambiciones, pero sí, haciendo honor a su cultura, mucha más paciencia estratégica. Además, han aprendido la lección de la última Guerra Fría. Pero lo que finalmente ha terminado de definir el contorno de esta nueva rivalidad ha sido, además del comercio —que viene de atrás—, la rivalidad tecnológica en una era de innovaciones signadas por la inteligencia artificial, y también la propia pandemia, que, como he dicho, actúa más de aceleradora de dinámicas que de creadora de otras nuevas, como hemos podido ver también con el impulso al proyecto comunitario que ha propiciado el desastre económico de la crisis sanitaria.
Lo curioso, y algo paradójico, es que la pandemia acelera la rivalidad y, al mismo tiempo, oculta el motor principal de la misma, que en el presente y en el futuro tiene que ver con el control y el liderazgo de la revolución industrial que anuncia la inteligencia artificial con todas sus aplicaciones potenciales. Por lo tanto, está relacionada con una de las tecnologías básicas a través de la que se extenderá y aplicará, certificando la hegemonía de uno u otro bloque: la infraestructura de conexión ultrarrápida de quinta generación, conocida como el 5G. También está vinculada con el control de los datos masivos, el big data , que está transformando nuestra forma de investigar y predecir los comportamientos y, por lo tanto, el futuro inmediato. Pensemos en que una de las claves para el control de la expansión del virus ha sido y es el rastreo de contactos, que China ha realizado de forma eficaz gracias a los datos que proporcionan teléfonos inteligentes y cámaras omnipresentes, pero con nulo respeto al derecho a la privacidad.
Que el sistema de gobierno global necesitaba una reforma profunda no lo negaba nadie, pero de ahí a deslegitimarlo y deshacerlo de facto había un buen paso, uno en la dirección contraria. Veremos qué pasa en los próximos cuatro años con las instituciones internacionales, pero la rivalidad entre Estados Unidos y China no cambiará en lo sustancial, porque los fundamentos de la misma no son coyunturales.

Es importante que todo este proceso culmine con más armonización fiscal, con una unión bancaria que propicie fusiones transnacionales, aspectos importantes para completar la potencia de fuego de la unión monetaria —ejercida por el BCE—. A este respecto, durante estos meses también hemos podido escuchar o leer la pregunta de si Europa estaba viviendo su «momento Hamilton». Alexander Hamilton fue el primer secretario del Tesoro —ministro de Hacienda— de los recién independizados Estados Unidos, y uno de los padres de la patria. Suya fue la decisión de mancomunar la deuda de las distintas colonias o estados tras la independencia, para que ésta fuera absorbida e integrada en una deuda nacional más fácil de pagar y más sostenible en el tiempo, con el respaldo del Gobierno federal. Un compromiso colectivo que terminó de dar forma a la integración de Estados Unidos en un Estado-nación poderoso. Y es importante resaltar que las peleas, los conflictos y las diferencias entre las entonces colonias eran enormes, y sus intereses muy dispares. De ahí que haya querido encabezar este capítulo con una cita sobre la unidad europea de quien fuera el primer presidente de Estados Unidos.
Estoy convencido de que, más allá de retrocesos y dudas, de intereses contrapuestos y de contradicciones entre socios y corrientes ideológicas, Europa y sus valores e intereses, eso que toma forma en la Unión Europea y las instituciones comunitarias, tienen gran vigencia y futuro.

En términos estrictamente institucionales, de nuevo la pandemia ha revelado carencias ya sabidas pero ahora agravadas, la misma dinámica que hemos comentado en otros ámbitos económicos, geopolíticos o tecnológicos. Nuestro Estado autonómico debe completar su desarrollo en aspectos clave como la coordinación entre comunidades y de éstas con el Gobierno central, ahora demasiado sujeto a voluntades políticas no siempre existentes, o demasiado condicionadas por un debate público divisivo. Por ejemplo, la Conferencia de Presidentes de las comunidades autónomas debe tener una periodicidad fijada por ley, y otros foros e instituciones como el Senado deben ser mucho más operativos a la hora de ordenar y coordinar los distintos niveles de la Administración pública entre sí y con los ciudadanos. Esto lo sabemos desde hace tiempo, y si necesitábamos un impulso definitivo para llevar esas reformas adelante, éste es el momento de hacerlo realidad. También es urgente asegurar, junto a los socios europeos, reservas estratégicas de materiales y productos importantes ante catástrofes sanitarias o medioambientales. Y de ahí quizá se derive también la necesidad de diseñar un impulso industrializador, de la mano, entre otros instrumentos, del fondo europeo en una estrategia concertada para la transformación digital y la transición ecológica. Por no hablar de la urgente dignificación y mejora de los servicios públicos como la sanidad o la educación.
La pandemia nos ha unido socialmente, pero ha agravado la polarización política. Y eso ha tenido su reflejo en la gestión de la primera oleada y de los brotes subsiguientes. Además, ha incrementado la angustia y la inseguridad de una ciudadanía que luchaba por sobrevivir bajo la amenaza de la enfermedad o el paro.
La concatenación de la crisis sanitaria con la crisis económica impondrá un giro realista en las democracias, tras unos años de giro afectivo. Incluso si siguen ganando elecciones los líderes populistas, éstos tendrán que legitimarse a través de resultados. Algo que debe ayudarnos, también, a rebajar la tensión en Cataluña y a encontrar una solución pragmática a nuestra cohesión territorial: el contexto será más favorable a ello.

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This short book is clear, concrete and well structured and after reading it it will generate debate which makes it more rewarding to read.
Let us not allow ourselves to be psychologically annulled by it and its consequences, and secondly, with the idea of drawing lessons that will help us in the common purpose of making a world more just and free, environmentally sustainable and geopolitically more balanced. The coronavirus puts us before many clues, not so much of where the world is necessarily going to go, but of where it can and should go.

The SARS-CoV-2 virus and the disease it causes, COVID-19, have dramatically reminded us that this is not the case. They have placed us on the map in a place that we thought we had overcome many days ago and they have told us once again that we start from a fragile reality such as a human body subjected to multiple variables, starting with that of cellular aging. The confusion could not have been stronger in a secularized society, prey to constant incentives and images that appeal to the denial of that hitherto unavoidable fact that is the passage of time.

The physical and emotional exhaustion, it is more interesting and useful to look at the background of said complaint: that of the intellectual response that many brandished against a confinement that implied the denial of some basic freedoms. We would do wrong to caricature such protests instead of trying to reason and persuade from liberal reason itself, a reason for many adduced to deny the legitimacy of the decisions to confine that were decreed in our democracies.
The debate on the violation of the basic right to freedom that was denounced during confinement is an extreme version of those previous debates, because it refers to the same give and take before which it is worth asking, as the utilitarian Jeremy Bentham would do, if we have achieved more good than bad. In other words, is the good obtained with confinement superior to the evil caused by the temporary and assessed suspension of fundamental rights? It is not, therefore, a strictly rational question, but a moral one, and therefore essential priorities, especially when it is a matter of life and death.

COVID-19 has functioned as a clear X-ray of many social pathologies that we already suffered and that without this virus appeared to us in a more diffuse way, without such worrying contours. For example, we were not unaware that public services were still far from recovering the levels of endowment and means prior to the Great Recession of 2008, and that has been seen in health and education, especially when our children and young people had to return to colleges, institutes and universities last September. In the same way, the fact that women were in charge of unpaid family care work infinitely more than men was invisible to us. They are the ones who have paid for the care deficiencies in the system, having to leave jobs to take care of the elderly or children. And as for our economic fabric, it was known that Spain had a serious problem with the small and medium size of too many of our companies, not to mention the precariousness of so many freelancers.
What I want to emphasize with this is that what the spread of the coronavirus has done is to reinforce previous socio-economic and political trends.

The link between the pandemic and the climate crisis has to do with the origin of the coronavirus itself. According to the scientific consensus – the doubts here are very few, conspiracy theses aside – the SARS-CoV-2 virus that causes the COVID-19 disease came out from a market in Wuhan, China – hence Trump, astutely and thinking about the A power that stands up to the hegemony of the United States, calls it the «Chinese virus» – and did so through zoonosis. A process that consists of the jump of a virus from one animal to another, where said infectious agent finds a new home in which to stay and replicate. This is the case of several types of coronavirus typical of some types of bats and other animals, such as pangolins, so valued in China for traditional medicine treatments, not only as food. In the Wuhan market – and in many others – both species were traded without controls, and hence Asia is more used to dealing with occasional outbreaks, such as the Severe Acute Respiratory Syndrome (SARS) in 2003, with its epicenter in the Chinese city of Canton, or the Middle East Respiratory Syndrome (MERS) in 2012, both caused by different types of coronavirus.
It’s true that for this epidemic to reach the magnitudes it has reached, not only factors related to human domination of wild natural environments have intervened, where these species were harmless to our survival as humans. Zoonosis has been going on for thousands of years, but human links between different parts of the world, and within countries themselves, were minor. However, hygiene was so poor that some cholera and plague epidemics in history were far more devastating than COVID-19.
Let’s not fall into what is an interested construct, created by a dictatorship where basic human rights are repressed and violated. We have and suffer from many defects, but defects in democracy are temporary, reformable evils, while in dictatorships they are usually part of their most defining identity signs.

As for whether we are experiencing a New Cold War or not, I believe that we are and that we must face it with the same prudence and seriousness with which free societies contemplated the previous one, with a complex role for Europe, a reality and a project in which I I’ll stop in the next chapter. That China does not have a foreign policy as aggressive in its search for influence and regime changes as the USSR does not mean that its appeal does not reach many places in a more subtle and clever way, and we will see if it is more effective. In this, the Chinese have no less ambitions, but yes, honoring their culture, much more strategic patience. Furthermore, they have learned the lesson of the last Cold War. But what has finally finished defining the contour of this new rivalry has been, in addition to trade -which comes from behind-, technological rivalry in an era of innovations marked by artificial intelligence, and also the pandemic itself, which, as I have said, it acts more as an accelerator of dynamics than as a creator of new ones, as we have also seen with the boost to the community project that has caused the economic disaster of the health crisis.
What is curious, and somewhat paradoxical, is that the pandemic accelerates rivalry and, at the same time, hides its main engine, which in the present and in the future has to do with the control and leadership of the industrial revolution that heralds artificial intelligence with all its potential applications. Therefore, it is related to one of the basic technologies through which it will be extended and applied, certifying the hegemony of one or another block: the ultra-fast connection infrastructure of the fifth generation, known as 5G. It is also linked to the control of big data, big data, which is transforming the way we investigate and predict behaviors and, therefore, the immediate future. Consider that one of the keys to controlling the spread of the virus has been and is contact tracing, which China has carried out effectively thanks to the data provided by smartphones and ubiquitous cameras, but with no respect for the right to Privacy.
That the global government system needed a profound reform was not denied by anyone, but from there to delegitimize it and de facto undo it there was a good step, one in the opposite direction. We will see what happens in the next four years with international institutions, but the rivalry between the United States and China will not change substantially, because the foundations of it are not conjunctural.

It’s important that this entire process culminates in more fiscal harmonization, with a banking union that encourages transnational mergers, important aspects to complete the firepower of the monetary union – exercised by the ECB. In this regard, during these months we have also been able to hear or read the question of whether Europe was experiencing its ‘Hamilton moment’. Alexander Hamilton was the first Secretary of the Treasury – Minister of Finance – of the newly independent United States, and one of the fathers of the country. His was the decision to pool the debt of the different colonies or states after independence, so that it would be absorbed and integrated into a national debt that is easier to pay and more sustainable over time, with the backing of the federal government. A collective commitment that ultimately shaped the integration of the United States into a powerful nation-state. And it is important to note that the fights, conflicts and differences between the then colonies were enormous, and their interests very disparate. Hence, I wanted to lead this chapter with a quote on the European unity of the former president of the United States.
I am convinced that, beyond setbacks and doubts, opposing interests and contradictions between partners and ideological currents, Europe and its values and interests, that which takes shape in the European Union and the community institutions, have great validity and future.

In strictly institutional terms, once again the pandemic has revealed deficiencies already known but now aggravated, the same dynamics that we have discussed in other economic, geopolitical or technological fields. Our autonomous State must complete its development in key aspects such as coordination between communities and between them and the central government, now too subject to political wills that do not always exist, or too conditioned by a divisive public debate. For example, the Conference of Presidents of the autonomous communities must have a periodicity established by law, and other forums and institutions such as the Senate must be much more operative when it comes to ordering and coordinating the different levels of public administration with each other and with the citizens. We have known this for a long time, and if we needed a definitive push to carry those reforms forward, now is the time to make it happen. It is also urgent to ensure, together with European partners, strategic reserves of important materials and products in the face of health or environmental catastrophes. And this may also lead to the need to design an industrializing impulse, hand in hand, among other instruments, with the European fund in a concerted strategy for digital transformation and ecological transition. Not to mention the urgent dignification and improvement of public services such as health or education.
The pandemic has united us socially, but has exacerbated political polarization. And that has been reflected in the management of the first wave and subsequent outbreaks. Furthermore, it has increased the anguish and insecurity of a citizenry struggling to survive under the threat of illness or unemployment.
The concatenation of the health crisis with the economic crisis will impose a realistic turn in democracies, after a few years of affective turn. Even if populist leaders continue to win elections, they will have to legitimize themselves through results. Something that should also help us to reduce tension in Catalonia and find a pragmatic solution to our territorial cohesion: the context will be more favorable to this.

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