La Nueva Anormalidad: Por Una Normalidad Nueva — Nicolás Sartorius / The New Abnormality: For A New Normal by Nicolás Sartorius (spanish book edition)

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Un interesante ensayo, que no me aporta grandes ideas nuevas pero siempre interesante lectura para general debate y eso siempre es de agradecer.
El adjetivo «normal» tiene, en nuestra lengua, tres acepciones que vienen al caso. La primera se refiere a «lo que se halla en su natural estado»; la segunda, a lo «que sirve de norma o regla», y la tercera a «lo que por su naturaleza, forma o magnitud se ajusta a ciertas normas fijadas de antemano». Así, el sustantivo normalidad sería la «cualidad o condición de normal». Lo anormal sería lo contrario, lo que accidentalmente se halla fuera de su natural estado o de las condiciones que le son inherentes o, también, infrecuentes.
Soy consciente de que no es sencillo ir creando una normalidad nueva, lo que en el fondo supone caminar hacia un orden nuevo.

La propiedad ha sido, y sigue siendo, una institución nuclear en la historia de la humanidad. Sobre ella se sustenta la riqueza, el poder, la división en clases sociales y, para su conquista, se han declarado guerras y se han cometido los más horrendos atropellos. Al mismo tiempo, la ambición y el deseo por poseer la propiedad de las cosas ha sido un estímulo para el trabajo y la creatividad de los seres humanos. Ello se debe a que la materia prima de la propiedad es la riqueza en cualquiera de sus formas, lo que a su vez proporciona el poder sobre los bienes de la tierra y, en ciertos casos, sobre las personas. A lo largo de los tiempos hemos conocido la propiedad sobre los esclavos, sobre la tierra y los siervos, sobre el oro o la plata.
Lo cierto es que llegados a la época actual nos enteramos con asombro de que la riqueza acumulada por los ocho individuos más acaudalados del mundo equivale a la riqueza que posee más de un tercio de los seres humanos que viven en el planeta tierra.
Esta situación es insostenible y debe corregirse, pues es el fundamento de todas las demás anormalidades que han germinado en nuestro mundo. Veamos algunas cosas que han sucedido, a este respecto, en Europa y en España. La mayoría de los economistas sostiene que la magnitud y la distribución de la riqueza juegan un papel fundamental en el reparto de los ingresos o rentas. Hace tiempo que la OCDE viene advirtiendo, sin mucho éxito, que la brecha entre pobres y ricos estaba alcanzando niveles realmente elevados y preocupantes en los países que pertenecen a dicho organismo, entre ellos, España. De otra parte, es conocido que existe una directa correlación entre la concentración de la riqueza y la desigualdad y también es cierto que la acumulación de la riqueza es mucho mayor que la de la renta. Esto obedece, en mi opinión, a que los impuestos sobre la renta, que gravan sobre todo los ingresos de las clases medias y trabajadoras, son muy superiores a los que se imponen al capital, ya sean los impuestos sobre el patrimonio, sucesiones, donaciones u otros activos en general, mobiliarios o inmobiliarios.

En el sector financiero, la concentración de la riqueza ha sido todavía más espectacular. A través de privatizaciones, quiebras, absorciones y fusiones, tres grandes corporaciones suman del orden del 70 % del sistema bancario (Santander, BBVA y CaixaBank). El último empujón «concentracionario» se verificó recientemente a consecuencia de la crisis de las Cajas de Ahorro, una especie de segunda desamortización, esta vez de activos financieros. La tendencia en la acumulación de la riqueza ha seguido en nuestro país la senda de otras naciones de la OCDE, con la particularidad de que un sistema fiscal muy favorable a los más ricos ha producido el efecto de acentuar la desigualdad. Un informe de Oxfam indicaba que el 10 % de la población española poseía más riqueza que el 90 % restante y que el 1 % se llevaba el 25 % de la tarta. Pero como la riqueza suele ser acumulativa —salvo accidente o mala gestión—, en 2016-2017, el 1 % más rico capturó el 40 % de la nueva riqueza creada.
No es nada fácil transformar la anormalidad en la que vivimos en la normalidad que sería deseable alcanzar. Sin embargo, deberíamos aprovechar esta traumática experiencia de la pandemia y sus efectos, que tantas cosas ha colocado patas arriba, para intentar construir una normalidad nueva. Y eso empieza por replantearnos, una vez más, el trascendental asunto de la propiedad de la gran riqueza, pues si seguimos como hasta ahora será inviable obtener un grado decente de igualdad, sin la cual no hay justicia, ni paz, ni democracia de calidad.

Lo que no podemos hacer es volver a caer en la trampa de que primero hay que crear la riqueza para después repartirla, idea que se plastifica en esa irritante metáfora de que hay que hornear un pastel más grande para que así haya para todos.
Algún día, en fin, tendremos que comprobar si es verdad eso que se dice de que la Covid-19 ha atacado por igual a ricos y a pobres.
En España, el 70 % de las defunciones se han producido en las residencias de la tercera edad. Centros en los que, salvo excepciones, viven personas mayores de rentas escasas, pensionistas, viudas, etc., y esto ha sido así en otros países de Europa y no digamos en Estados Unidos.
Las nuevas brechas que se pueden ir abriendo y su relación con la desigualdad. Me refiero a la inquietante cuestión de la «brecha digital», lo que algunos autores han llamado entre los «inforricos e infopobres». Porque en este asunto no se trata solamente de poseer una amplia y potente infraestructura digital, o contar con todo tipo de artefactos TIC (Tecnología de la Información y la Comunicación), si luego no se saben manejar correctamente y sacarles el rendimiento adecuado. Lo mismo sucede con el equipamiento. España ha logrado una progresión notable en los últimos quince años, pues en el acceso a internet ha pasado de un 30-50 %, según el tipo de hogar, al 70-80 % en 2016, y similar proporción en la posesión de ordenadores.
Las formas antiguas y modernas de la esclavitud no acaban nunca. Hemos puesto tres ejemplos muy diferentes, pero la lista no termina ahí, ni mucho menos. Existen por el esférico globo múltiples variantes que reciben diferentes calificativos: trabajos en servidumbre; trabajos forzosos; trata y explotación sexual de la infancia; tráfico de emigrantes; trabajo infantil, que alcanza unos 170 millones de niños y niñas; comercio de órganos; matrimonios forzados, no me atrevo a incluir los vientres de alquiler… No creo que todo este universo del sufrimiento y la explotación salvaje y una desigualdad radical debamos aceptarlo como normal o como parte de la «nueva normalidad». Es más, debería de ser un objetivo de los poderes públicos que desparecieran de nuestras sociedades y vidas, de esa normalidad nueva que defendemos, pues no son más que excrementos de un sistema que contiene anormalidades hirientes e inaceptables.

No conviene hacerse falsas ilusiones. Nada se conquista solamente por tener buenas razones. En este mundo nuestro casi todo depende de la relación de fuerzas en los diferentes niveles en los que se ventilan los asuntos o negocios públicos. De momento, esta relación no es la más favorable que se haya presentado en los tiempos modernos, pero las situaciones pueden ir cambiando o, mejor dicho, hay que esforzarse para que muden. Como apretada conclusión se podría decir que el futuro se va a ventilar entre dos concepciones de la austeridad: la nueva anormalidad del «austericidio» —la mala austeridad— o la normalidad nueva de la «austerabundancia» —la buena austeridad—. La pugna no va a ser fácil, tal y como se está poniendo el panorama. El resultado dependerá, en buena medida, de cómo vaya evolucionando la pandemia y de que los fondos europeos lleguen a tiempo y sean utilizados con eficacia. El regreso a formas de austeridad del pasado no sería asumible por la ciudadanía y conduciría, de intentarse, a fuertes choques sociales.
Es urgente avanzar hacia una normalidad nueva que supere, de una vez, un capitalismo neoliberal excluyente, que elevemos la sostenibilidad del Estado de bienestar al ámbito europeo y empecemos a construir un orden de derechos sociales a nivel global.
Lo que conviene evitar es que del confinamiento «coronavírico» pasemos al confinamiento «laboravírico», pues en ese caso no estaríamos en la nueva normalidad, sino en una anormalidad realmente asombrosa.

Uno de los principales problemas de la humanidad en su conjunto. Un reparto de la renta y de la riqueza demencialmente injusto, que degrada la libertad y la democracia, con el agravante de que solamente en pocos países el Estado cumple con su función redistributiva y es capaz de atender a las necesidades sociales de las poblaciones. Ante los virus, ya sean sanitarios, racistas, de odio o ecologicidas y feminicidas, el tratamiento más eficaz es alcanzar una mayor igualdad y cohesión social, inviable sin una robusta democracia fiscal. Es decir, esta sería la normalidad nueva y no la nueva anormalidad en la que malvive la mayoría de la población del globo terráqueo. Para el caso de España, la normalidad fiscal supondría pasar del actual 35,5 % de presión fiscal a un 41 % en una legislatura.

Ha sido una lástima, en este sentido, que en la famosa Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno de la Unión Europea, dedicada a la concesión de fondos para la reconstrucción del continente, no se haya dejado más claro que no se puede disfrutar de dichos fondos y de las ventajas de la Unión sin respetar escrupulosamente los derechos democráticos. Si llegaran a buen puerto estos acuerdos, dicha cumbre señalaría un aspecto de lo que en este modesto ensayo calificamos como una normalidad nueva. Sería la primera vez en la historia de la Unión en la que todos los países aceptarían hacer frente en común a una profunda crisis por medio de una asunción mutua de la deuda necesaria para superarla.
Tampoco creo que se pueda alcanzar una liberación completa de la mujer en el actual sistema económico tal y como está configurado, por el complejo motivo de que es un sistema basado en la desigualdad. Es decir, en el caso de que la mujer alcanzase una igualdad total en relación al varón —lo que es imprescindible—, siempre sería una «igualdad en la desigualdad», pues tampoco los hombres gozan de igualdad en el sistema vigente. Siempre supondría un avance con respecto a la situación actual, en la que la mujer se encuentra en una posición de «desigualdad en la desigualdad». Así pues, el primer paso para avanzar hacia una «normalidad nueva» sería que las mujeres conquistaran la completa igualdad, en todos los aspectos, en relación a los hombres. El segundo paso supondría que tanto los hombres como las mujeres vivieran en una sociedad en la que la igualdad entre los seres humanos fuese la norma y no la excepción. Esta segunda etapa me temo que va a costar un poco más.
En conclusión, si ha existido algún momento en la historia de la humanidad en que el internacionalismo se manifiesta más necesario que nunca, es este. Otra cuestión es que las fuerzas sociales y políticas de progreso estén o no a la altura del envite. Esperemos que sí, pues de lo contrario corremos el riesgo de que todo tipo de nacional-populismos se impongan y nos conduzcan a viejas tragedias. El resultado de la Cumbre Europea dedicada a la reconstrucción de los países de la Unión es un motivo para la esperanza. Confiemos en que sigan otros en la misma dirección.

Me temo que mientras la actual mundialización mantenga la misma dirección que ahora, los países pobres continuarán contribuyendo más a los ricos que a la inversa, a pesar de la AOD o de las buenas intenciones. No me parece, sinceramente, que esta situación sea normal, sino más bien una anormalidad o deformación monstruosa de nuestro mundo que convendría remediar. No todo va de la mejor manera en el mejor de los mundos posibles.

Hay una experiencia que yo conozca que haya logrado superar una historia de guerras permanentes, y esta ha sido la construcción de la Unión Europea. No hay en el mundo países que hayan desencadenado tantas guerras, entre ellos y contra otros, como la mayoría de las naciones europeas. Sin embargo, en la actualidad son firmes aliados y nos resultaría inconcebible que guerrearan entre ellos. El método para alcanzar este asombroso resultado es conocido. Han sido capaces, mediante un proceso paulatino e inteligente, de ir creando una serie de intereses e instituciones comunes —integradas—, que han conducido a que la salud de cada uno dependa de los demás y del conjunto, como ha acreditado la Covid-19. Una experiencia, todavía parcial, de gobernanza global, una cierta forma de federalización regional, que apunta a lo que podría ser una gobernanza mundial en beneficio del conjunto. Esa sería, sin duda, una normalidad nueva y, sin embargo, como hemos visto, estamos todavía lejos de alcanzarla, pues seguimos en la anormalidad al uso, basada en las injusticias, los rearmes y las guerras. El esfuerzo por conquistar esa paz justa merece la pena y habrá que intentarlo y lograr que algún día sea una realidad.

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An interesting essay, which does not give me great new ideas but always interesting reading for general discussion and that is always appreciated.
The adjective «normal» has, in our language, three meanings that are relevant. The first refers to «what is in its natural state»; the second, to what «serves as a norm or rule», and the third to «what by its nature, form or magnitude conforms to certain norms fixed in advance.» Thus, the noun normality would be the «quality or condition of normal.» The abnormal would be the opposite, what is accidentally outside its natural state or the conditions that are inherent or, also, infrequent.
I am aware that it is not easy to create a new normality, which basically means walking towards a new order.

Property has been, and continues to be, a nuclear institution in human history. The wealth, the power, the division into social classes are sustained on it and, for its conquest, wars have been declared and the most horrendous outrages have been committed. At the same time, the ambition and desire to own property of things has been a stimulus for the work and creativity of human beings. This is because the raw material of property is wealth in any of its forms, which in turn provides power over the goods of the earth and, in certain cases, over people. Throughout the ages we have known property over slaves, over land and servants, over gold or silver.
The truth is that at the present time we learn with amazement that the wealth accumulated by the eight wealthiest individuals in the world is equivalent to the wealth possessed by more than a third of the human beings living on planet earth.
This situation is unsustainable and must be corrected, as it is the foundation of all the other abnormalities that have germinated in our world. Let’s see some things that have happened, in this regard, in Europe and in Spain. Most economists hold that the magnitude and distribution of wealth play a fundamental role in the distribution of income or income. The OECD has been warning for a long time, without much success, that the gap between rich and poor was reaching really high and worrying levels in the countries that belong to that body, including Spain. On the other hand, it is known that there is a direct correlation between the concentration of wealth and inequality and it is also true that the accumulation of wealth is much greater than that of income. This is due, in my opinion, to the fact that income taxes, which are levied mainly on the income of the middle and working classes, are much higher than those imposed on capital, whether they are taxes on wealth, inheritance, donations or other assets in general, movable or real estate.

In the financial sector, the concentration of wealth has been even more spectacular. Through privatizations, bankruptcies, takeovers and mergers, three large corporations account for around 70% of the banking system (Santander, BBVA and CaixaBank). The last «concentration» push took place recently as a result of the Savings Banks crisis, a kind of second confiscation, this time of financial assets. The trend in wealth accumulation in our country has followed the path of other OECD nations, with the particularity that a very favorable tax system for the richest has had the effect of accentuating inequality. An Oxfam report indicated that 10% of the Spanish population owned more wealth than the remaining 90% and that 1% took 25% of the cake. But since wealth is often cumulative – barring accident or mismanagement – in 2016-2017, the richest 1% captured 40% of the new wealth created.
It is not easy at all to transform the abnormality in which we live into the normality that it would be desirable to achieve. However, we should take advantage of this traumatic experience of the pandemic and its effects, which has turned so much upside down, to try to build a new normality. And that begins by rethinking, once again, the transcendental issue of the ownership of great wealth, because if we continue as we have done until now, it will be unfeasible to obtain a decent degree of equality, without which there is no justice, no peace, and no quality democracy .

What we cannot do is fall back into the trap that wealth must first be created and then distributed, an idea that is plasticized in that irritating metaphor that you have to bake a bigger cake so there is something for everyone.
Someday, in short, we will have to verify if it is true that what is said that Covid-19 has attacked the rich and the poor alike.
In Spain, 70% of deaths have occurred in homes for the elderly. Centers where, with few exceptions, live elderly people with low incomes, pensioners, widows, etc., and this has been the case in other countries in Europe, let alone the United States.
The new gaps that can be opened and their relationship with inequality. I am referring to the disturbing issue of the «digital divide», what some authors have called between the «informatics and info-poor.» Because in this matter it is not only a matter of having a large and powerful digital infrastructure, or having all kinds of ICT (Information and Communication Technology) devices, if then they do not know how to handle them correctly and get the proper performance out of them. The same goes for equipment. Spain has achieved a remarkable progression in the last fifteen years, as in terms of internet access it has gone from 30-50%, depending on the type of household, to 70-80% in 2016, and a similar proportion in the possession of computers.
The ancient and modern forms of slavery never end. We have put three very different examples, but the list does not end there, far from it. There are multiple variants of the spherical globe that receive different qualifications: bonded labor; forced labor; trafficking and sexual exploitation of children; smuggling of emigrants; child labor, which reaches about 170 million boys and girls; organ trade; Forced marriages, I don’t dare to include surrogates… I don’t think that this whole universe of suffering and savage exploitation and radical inequality should be accepted as normal or as part of the «new normal.» Moreover, it should be an objective of the public powers to disappear from our societies and lives, from that new normality that we defend, since they are nothing more than excrement of a system that contains hurtful and unacceptable abnormalities.

Do not have any false illusions. Nothing is conquered only by having good reasons. In this world of ours almost everything depends on the relationship of forces at the different levels at which public affairs or business are aired. At the moment, this relationship is not the most favorable that has been presented in modern times, but situations can change or, rather, you have to make an effort to make them change. As a tight conclusion, it could be said that the future will be aired between two conceptions of austerity: the new abnormality of «austericide» – bad austerity – or the new normality of «austerabundance» – good austerity. The fight is not going to be easy, as the panorama is getting. The outcome will depend, to a large extent, on how the pandemic evolves and whether European funds arrive on time and are used effectively. The return to past forms of austerity would not be acceptable to citizens and would lead, if attempted, to strong social shocks.
It is urgent to move towards a new normality that overcomes, once and for all, an exclusive neoliberal capitalism, that we raise the sustainability of the welfare state to the European level and begin to build an order of social rights at a global level.
What should be avoided is that we go from «coronavirus» confinement to «laboraviral» confinement, because in that case we would not be in the new normal, but in a truly amazing abnormality.

One of the main problems of humanity as a whole. An insanely unfair distribution of income and wealth, which degrades freedom and democracy, with the aggravating factor that only in a few countries does the State fulfill its redistributive function and is capable of meeting the social needs of the populations. In the face of viruses, whether they are health, racist, hateful or ecological and femicide, the most effective treatment is to achieve greater equality and social cohesion, unfeasible without a robust fiscal democracy. In other words, this would be the new normality and not the new abnormality in which the majority of the population of the globe lives. In the case of Spain, fiscal normality would mean going from the current 35.5% tax burden to 41% in one legislature.

It has been a pity, in this sense, that at the famous Summit of Heads of State and Government of the European Union, dedicated to the granting of funds for the reconstruction of the continent, it was not made clearer that it is not possible to enjoy these funds and the benefits of the Union without scrupulously respecting democratic rights. If these agreements come to fruition, this summit would mark an aspect of what in this modest essay we describe as a new normality. It would be the first time in the history of the Union that all the countries would agree to face a profound crisis together by means of a mutual assumption of the debt necessary to overcome it.
Nor do I believe that a complete liberation of women can be achieved in the current economic system as it is configured, for the complex reason that it is a system based on inequality. That is, in the event that women achieve total equality in relation to men – which is essential – it would always be «equality in inequality», since men do not enjoy equality in the current system either. It would always represent an advance with respect to the current situation, in which women find themselves in a position of «inequality in inequality». Thus, the first step in moving towards a «new normality» would be for women to achieve complete equality, in all respects, in relation to men. The second step would assume that both men and women live in a society in which equality among human beings is the norm and not the exception. This second stage I’m afraid is going to cost a little more.
In conclusion, if there has ever been a moment in the history of humanity when internationalism is more necessary than ever, this is it. Another question is whether the social and political forces of progress are up to the task or not. Hopefully so, otherwise we run the risk that all kinds of national populisms will prevail and lead us to old tragedies. The result of the European Summit dedicated to the reconstruction of the countries of the Union is a reason for hope. Let us trust that others will follow in the same direction.

I fear that as long as the current globalization continues in the same direction as it is now, the poor countries will continue to contribute more to the rich than vice versa, despite ODA or good intentions. It does not seem to me, honestly, that this situation is normal, but rather an abnormality or monstrous deformation of our world that should be remedied. Not everything is going for the best in the best of all possible worlds.

There is an experience that I know of that has managed to overcome a history of permanent wars, and this has been the construction of the European Union. There are no countries in the world that have unleashed as many wars, among themselves and against others, as most European nations. Yet today they are staunch allies, and it would be inconceivable for us to war with each other. The method to achieve this amazing result is known. They have been capable, through a gradual and intelligent process, of gradually creating a series of common interests and institutions – integrated – that have led to the fact that the health of each depends on the others and on the whole, as has been accredited by Covid-19 . An experience, still partial, of global governance, a certain form of regional federalization, which points to what could be a world governance for the benefit of the whole. That would undoubtedly be a new normality and, nevertheless, as we have seen, we are still far from reaching it, since we continue in the usual abnormality, based on injustice, rearmament and wars. The effort to conquer that just peace is worth it and it will be necessary to try and make it a reality one day.

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