Corona: Política En Tiempos De Pandemia — Pablo Simón / Corona: Politics in the Time of a Pandemic by Pablo Simón (spanish book edition)

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Pablo Simón es una de esas personas con capacidad didáctica por naturaleza y, si a eso le sumas su perfil sobresaliente como analista político, te queda un libro como Corona.
Se trata de una obra que ayuda a analizar cómo la actual pandemia puede tener (o está teniendo) efectos en distintas esferas. Este análisis se precede siempre de una vista al pasado sobre cómo distintos hechos históricos han tenido un impacto político en nuestras sociedades.
Como virtud del libro destaco la información y las herramientas para plantearse a uno mismo hipótesis sobre el futuro que se nos viene encima.

Las pandemias son enfermedades que atacan a la población en un área geográfica extensa. Por tanto, se trata de infecciones que viajan. Sin embargo, no fue hasta el Renacimiento cuando empezó a asumirse el hecho de que las enfermedades podían contagiarse. Aunque Hipócrates, el médico griego, o Ibn Jatima, el pensador andalusí, ya tenían escritos en los que se planteaba tal opción, este supuesto solo fue asumido siglos después. Coincidiendo con el final de la Edad Oscura se produce la que parece ser la primera pandemia que cruza el Atlántico, la de sífilis, ya que una de las hipótesis sobre su origen apunta a que quizá pudo proceder de América provocada por los primeros tránsitos entre continentes. Entretanto, el mundo sigue cambiando, al igual que los males que aquejan a la humanidad. La creciente urbanización de Europa abrió el camino a nuevas enfermedades como el paludismo (ante las aglomeraciones), la gota (entre los burgueses) y el raquitismo (entre los más menesterosos).
Además, al igual que ha pasado a lo largo de la historia, la relación del ser humano con la enfermedad no solo afecta a nuestra concepción del mundo, de la vida o de la salud, sino que también tiene importantes implicaciones de carácter social y político. Los auges y caídas de algunas civilizaciones o los cambios en determinados periodos históricos han estado muchas veces asociados a las enfermedades. Resulta indudable que, en un mundo en donde los desarrollos tecnológicos y médicos son muy superiores a tiempos pasados, la manera en la que la humanidad puede lidiar con la enfermedad también es distinta. Sin embargo, estas situaciones son las que de nuevo nos recuerdan la fragilidad de nuestra presencia en la Tierra.

Por primera vez en la historia, una parte de la humanidad tomó la decisión de detener sus actividades regulares por motivos sanitarios. Es importante incidir en este hecho inédito: nunca se había producido una cuarentena global para frenar una pandemia. Esto trajo consigo que la mayoría de las ciudades del mundo se vaciaran, aunque con una intensidad y severidad variables. Evidentemente, las implicaciones económicas y sociales del confinamiento serían de gran calado y afectarían al mundo entero en lo que se preveía el crac más importante desde 1929. El comercio internacional y el turismo se pararon en seco. La gente, bien por recomendación, bien por obligación, se quedó en su casa, mientras que la actividad y el consumo se desplomaban. Todos los gobiernos tuvieron que lidiar a la vez con una crisis sanitaria y una crisis económica que, incluso cuando la primera se controlara, la segunda seguiría teniendo efectos.

Corona parte de tres premisas fundamentales:
– La primera es que asumo, como punto de arranque, la existencia de un genuino sentido de humanidad en todos los agentes implicados en la gestión de la crisis del coronavirus. Muchísima gente ha perdido la vida. Familiares y seres queridos han tenido que sufrir un daño irreparable. Y, con todo, muchas personas, desde personal sanitario hasta particulares, han dado lo mejor de sí para tratar de evitar los fallecimientos. Por tanto, también doy por hecho que, con independencia del color político o del nivel de responsabilidad, todos los decisores públicos fueron en la misma dirección, todos intentaron salvar el mayor número posible de vidas humanas y minimizar el coste social y económico de la pandemia.
– La segunda premisa es que los cargos públicos que han tenido que gestionar la pandemia lo han hecho en un entorno de información limitada. Es decir, como la enfermedad es un elemento desconocido, del que se ha tenido que aprender a marchas forzadas, la incertidumbre ha sido la tónica general. Tal situación casi siempre ha abocado a tener que tomar decisiones de carácter trágico, esto es, ha obligado a escoger entre dos males de naturaleza diferente.
– La tercera premisa es que esta crisis de la COVID-19 tiene dos caras, como el dios Jano. De un lado, puede servir de túnel del tiempo, acelerando las dinámicas que la antecedían. Del otro, puede servir como una ventana de oportunidad para nuevos equilibrios políticos y sociales.

En 2019 muchos ya daban por inevitable que Occidente seguiría sumiéndose en una lenta decadencia, mientras que China se convertiría en la nueva potencia hegemónica. Sin embargo, más allá de hacia dónde basculara el poder, cada vez era más evidente que la hiperglobalización, sostenible o no, colocaba al mundo ante unos desafíos comunes. Y el problema es que, incluso cuando se identificaban, no había un marco compartido desde el cual abordarlos.
La llegada de la COVID-19 a los países más desarrollados desató una guerra sin cuartel por conseguir el limitado material sanitario que había a nivel global. La fabricación de productos y de equipos para el personal médico, escaso en Europa, no estaba disponible inmediatamente. Había que cambiar cadenas de producción industrial en diversos sectores y, en algunos casos, como Arnedo, hasta fábricas de calzado se dedicaron a producir material para compensar estas deficiencias.
La carrera entre ambas superpotencias por conseguir la vacuna contra el coronavirus. Al margen del esfuerzo mundial por obtenerla, el primer país que lo logre dispondrá de un poderoso instrumento. No solo porque podría servir para acelerar la recuperación económica del país, alejando el riesgo de posibles confinamientos, sino también porque su fabricación y distribución podría destinarse primero a socios preferentes. Por ejemplo, China se comprometió desde el primer momento a distribuirla a países africanos con los que mantiene relaciones privilegiadas y con los que su implicación para adquirir materias primas ha aumentado durante la última década. Por tanto, las rivalidades de carácter comercial o tecnológico han tenido su traslación casi inmediata al ámbito sanitario.
Con todo, este mundo de creciente bipolaridad no impide que algunas potencias regionales sigan siendo claves en la esfera internacional, desde Irán hasta la India, Brasil o Rusia. Sin embargo, este nuevo escenario sí fuerza a la Unión Europea, una potencia «kantiana», basada en sus valores y en el poder de su mercado, un conglomerado que sigue apoyándose en el multilateralismo, a mantener un delicado equilibrio entre Pekín y Washington. De este modo, la crisis de la COVID-19 es muy probable que sirva como un acelerador definitivo de dinámicas previas y que termine de apuntalar un orden global escindido entre las dos superpotencias sazonado de tensiones comerciales y guerras por la hegemonía tecnológica. Un mundo en el que Occidente parece condenado a tener menos protagonismo.

Así pues, la gestión de una crisis pasa por ser capaz de coordinar organizaciones para la aplicación de un plan. Y, si ya resulta complicado ser capaz de dirigir una hacia un objetivo determinado, todavía resulta más complicado dirigir varias. Sin embargo, la coordinación es algo que difícilmente puede imponerse, pues surge como un subproducto gracias a la combinación de reglas claras, buena información y capacidad ejecutiva en el terreno. Este hecho ya da a entender que el liderazgo importa, pero que no es el factor único para entender la respuesta a la crisis. Los líderes siempre serán claves, pero quizá menos como decisores todopoderosos que como encargados de diseñar, facilitar y organizar arreglos institucionales que permitan ejecutar políticas y coordinar a las administraciones.
Durante la crisis de la COVID-19, una de las retóricas que más fácilmente se impuso en España fue la bélica. Casi desde su estallido más crudo se empezó a hablar de «derrotar al virus» y de «salir juntos de la crisis». Como llegó a decir el general Miguel Ángel Villaroya, jefe del Estado Mayor de la Defensa: «En esta guerra irregular y rara que nos ha tocado vivir o luchar, todos somos soldados». Es más que evidente que la crisis sanitaria del coronavirus no puede compararse en su nivel de destrucción y de pérdidas humanas con una conflagración bélica. Sin embargo, la imagen y retórica «churchilliana», la idea de superar este trance con sudor y lágrimas, buscaba evocar la idea de sacrificio. Se apuntaba a un adversario identificable, pese a ser microscópico, y, sobre todo, se incidía en cómo se trataba de un golpe venido desde fuera, igual que un atacante. «El enemigo ha traspasado las murallas», llegó a decir el presidente del Gobierno de España.
Cuando impacta una crisis, un shock, los gobiernos deben hacer frente a situaciones imprevistas.

La gestión de la crisis sanitaria fue, sin duda, un caballo de batalla político fundamental en todos los países del mundo. Ahora bien, y extrapolando de la literatura sobre catástrofes, la clave estará más en la compensación por los daños provocados por la pandemia. Por tanto, al margen de la propia evaluación que hagan los votantes de cómo se gestionó la crisis sanitaria, la tormenta perfecta se desataría con la crisis económica que la acompaña en paralelo. Del crédito que hubieran sabido guardar los gobiernos en la gestión de la primera dependería mucho su capacidad de supervivencia en la segunda.
Además, los estados de bienestar del sur de Europa, y muy en particular España, se caracterizan por ser poco redistributivos. La razón es que, al centrar sus políticas sobre todo en las cotizaciones (pensiones y desempleo), no llegan a los sectores más precarios y a los desempleados, especialmente el 20 por ciento con menos ingresos. Esto hace que la OCDE con frecuencia insista en que, en el sur de Europa, por la disfuncionalidad de su sistema de bienestar, se realizan más transferencias monetarias a los sectores más ricos que a los más pobres de la sociedad. De ahí que muchos expertos insistan en que hacen falta más prestaciones mucho mejor dirigidas para la reducción de la pobreza, políticas por lo general ausentes en España.
La crisis de la COVID-19 trajo inmediatamente consigo un enorme incremento de la desigualdad. De entrada, desde la perspectiva sanitaria, los sectores más vulnerables de la sociedad tuvieron una mayor propensión a contraer la enfermedad. Esto fue una tendencia global; la incidencia del virus fue muy superior en los barrios más modestos que en los acomodados.

La crisis de la COVID-19 encierra todas las paradojas de la globalización y la Unión Europea, el gran experimento de integración supranacional sin violencia, no deja de ser un intento de regularla regionalmente. Quizá por eso la emergencia sanitaria y económica le afectan de una manera mucho más directa: riesgos compartidos necesitan soluciones concertadas, lo que ya era evidente antes de la pandemia. Con todo, las grandes potencias del nuevo siglo, tanto China como Estados Unidos, disponen de margen para desplegar su poder soberano a la hora de afrontar esos retos. Son las naciones europeas, que aún viven al calor de la luz que proyectaron antaño, las que dependerán de la Unión Europea para no terminar cayendo en la irrelevancia, para seguir teniendo una voz este siglo. De sacar ventaja de esta crisis depende que la Unión Europea no tenga el camino expedito hacia una lenta decadencia, como la de aquel Sacro Imperio Romano Germánico que veía con ufana despreocupación cómo las nuevas potencias crecían en su periferia.

Un riesgo que se corre cuando se estudia el impacto de las redes sociales suele ser sobrestimar su efecto en los debates públicos nacionales. Esto suele ser así porque normalmente los más interesados por la política suelen ser sectores sociales que, muchas veces, son más educados, acomodados y conectados, de ahí que traten de extrapolar a partir de la experiencia personal. Que haya periodistas y «opinólogos» en este entorno tampoco ayuda, como el hecho de que muchos consultores hayan hecho carrera en torno a las redes y, por tanto, tengan todo el interés del mundo en que se magnifique aún más su efecto. Por tanto, lo primero que hay que hacer es acercarse a ellas con distancia analítica.

Lo más probable es que la crisis de la COVID-19 sirva para incentivar los procesos tanto de automatización y robotización de determinados sectores (que ya estaban en curso) como de trabajo remoto. Ahora, de nuevo, la magnitud del cambio variará mucho por ocupaciones y, por tanto, también por el nivel formativo y de ingresos. Mientras que se estima que su expansión podría llegar al 60 por ciento de los trabajos de mayor cualificación en España, que podrían alternarlo con actividades presenciales, para el resto de las ocupaciones sería complicado que pasasen del tercio de ocupados de media, especialmente en las empresas de menos de cincuenta trabajadores. Igual que el confinamiento tuvo efectos asimétricos según el tipo de trabajador, algo parecido puede terminar sucediendo con las nuevas formas de trabajar.

Parece indudable que muchos de los efectos psicológicos que nos deja la crisis del coronavirus no podrán constatarse hasta que pase un tiempo. Además, hasta que no haya una vacuna en circulación, serán inevitables más cuarentenas, aunque estas sean de menor escala, en el futuro. Sin embargo, ya sabemos que el Gran Confinamiento sí nos ha afectado a la cabeza. Después de todo, la crisis de la COVID-19 no es una prueba solo para los sistemas de salud y para la economía, sino también para la propia moral de nuestras sociedades.
Todos confiamos en que algún día habrá una vacuna o tratamiento eficaz para la COVID-19. Aunque no sepamos cuándo, esto en algún momento pasará, quizá, por desgracia, solo para una parte del mundo. Tras ello, tan solo tendremos un puñado de certezas: habremos perdido muchas vidas humanas con la pandemia, con familiares y amigos rotos por el dolor. Además, muchas personas estarán sin empleo, habrán visto truncada su inversión o habrá quebrado su negocio. Como consecuencia, los estados se habrán endeudado para tratar de paliar esa situación. Pocas más evidencias tendremos ante nosotros y el resto serán hipótesis aún por validar. Todas, además, sometidas a los vaivenes de esa dictadura del azar que es el devenir de los sucesos humanos. Quizá por eso asumir que la política es contingente, para bien o para mal, es un ejercicio saludable. Ayuda a estar mentalmente equipado para lo cambiantes que son las circunstancias.

Libros del autor comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2019/02/08/el-principe-moderno-democracia-politica-y-poder-pablo-simon-the-modern-prince-democracy-politics-and-power-by-pablo-simon-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2020/12/05/corona-politica-en-tiempos-de-pandemia-pablo-simon-corona-politics-in-the-time-of-a-pandemic-by-pablo-simon-spanish-book-edition/

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Pablo Simón is one of those people with didactic capacity by nature and, if you add to that his outstanding profile as a political analyst, you have a book like Corona.
It is a work that helps to analyze how the current pandemic may have (or is having) effects in different spheres. This analysis is always preceded by a look at the past on how different historical events have had a political impact on our societies.
As a virtue of the book, I highlight the information and tools to pose to yourself hypotheses about the future that is coming our way.

Pandemics are diseases that attack the population over a large geographic area. Therefore, these are infections that travel. However, it was not until the Renaissance that the fact that diseases could be transmitted began to be assumed. Although Hippocrates, the Greek doctor, or Ibn Jatima, the Andalusian thinker, already had writings in which such an option was raised, this assumption was only assumed centuries later. Coinciding with the end of the Dark Ages, what appears to be the first pandemic to cross the Atlantic, that of syphilis, takes place, since one of the hypotheses about its origin points to the fact that it may have come from America caused by the first transits between continents. . Meanwhile, the world continues to change, as do the ills that afflict humanity. The growing urbanization of Europe opened the way to new diseases such as malaria (in the face of crowds), gout (among the bourgeoisie) and rickets (among the most needy).
In addition, as has happened throughout history, the relationship of the human being with the disease not only affects our conception of the world, life or health, but also has important social and political implications . The ups and downs of some civilizations or changes in certain historical periods have often been associated with disease. There is no doubt that, in a world where technological and medical developments are far superior to past times, the way in which humanity can deal with disease is also different. However, these situations are what again remind us of the fragility of our presence on Earth.

For the first time in history, a part of humanity made the decision to stop their regular activities for health reasons. It is important to emphasize this unprecedented fact: there has never been a global quarantine to stop a pandemic. This caused most of the world’s cities to empty out, albeit with varying intensity and severity. Obviously, the economic and social implications of the lockdown would be far-reaching and affect the entire world in what was expected to be the largest crash since 1929. International trade and tourism came to a halt. People, either by recommendation or by obligation, stayed at home, while activity and consumption plummeted. All governments had to deal with both a health crisis and an economic crisis that, even when the former was controlled, the latter would continue to have an effect.

Corona starts from three fundamental premises:
– The first is that I assume, as a starting point, the existence of a genuine sense of humanity in all the agents involved in the management of the coronavirus crisis. Lots of people have lost their lives. Family members and loved ones have had to suffer irreparable damage. And yet many people, from healthcare personnel to individuals, have done their best to try to prevent deaths. Therefore, I also take it for granted that, regardless of political color or level of responsibility, all public decision-makers went in the same direction, they all tried to save as many human lives as possible and minimize the social and economic cost of the pandemic. .
– The second premise is that the public officials who have had to manage the pandemic have done so in an environment of limited information. That is to say, as the disease is an unknown element, which has had to be learned by force, uncertainty has been the general trend. Such a situation has almost always led to having to make decisions of a tragic nature, that is, it has forced a choice between two evils of a different nature.
– The third premise is that this COVID-19 crisis has two faces, like the god Janus. On the one hand, it can serve as a time tunnel, accelerating the dynamics that preceded it. On the other, it can serve as a window of opportunity for new political and social balances.

In 2019, many already took it as inevitable that the West would continue to sink into a slow decline, while China would become the new hegemonic power. However, regardless of where power swung, it was becoming increasingly clear that hyperglobalization, sustainable or not, posed the world with common challenges. And the problem is, even when they were identified, there was no shared framework from which to approach them.
The arrival of COVID-19 in the most developed countries unleashed a war without quarter to get the limited medical supplies that were available globally. The manufacture of products and equipment for medical personnel, scarce in Europe, was not immediately available. Industrial production chains had to be changed in various sectors and, in some cases, like Arnedo, even shoe factories were dedicated to producing material to compensate for these deficiencies.
The race between the two superpowers to get the vaccine against the coronavirus. Regardless of the global effort to obtain it, the first country to achieve it will have a powerful instrument. Not only because it could serve to accelerate the economic recovery of the country, removing the risk of possible confinements, but also because its manufacture and distribution could be destined first to preferred partners. For example, China made a commitment from the outset to distribute it to African countries with which it has privileged relationships and with which its involvement in purchasing raw materials has increased over the last decade. Therefore, rivalries of a commercial or technological nature have had their almost immediate transfer to the health field.
However, this world of growing bipolarity does not prevent some regional powers from remaining key in the international sphere, from Iran to India, Brazil or Russia. However, this new scenario does force the European Union, a «Kantian» power, based on its values and the power of its market, a conglomerate that continues to rely on multilateralism, to maintain a delicate balance between Beijing and Washington. In this way, the COVID-19 crisis is very likely to serve as a definitive accelerator of previous dynamics and to end up propping up a global order divided between the two superpowers seasoned with commercial tensions and wars for technological hegemony. A world in which the West seems doomed to have less prominence.

Thus, crisis management involves being able to coordinate organizations to implement a plan. And, if it is already difficult to be able to direct one towards a certain objective, it is even more difficult to direct several. However, coordination is something that can hardly be imposed, as it arises as a by-product thanks to the combination of clear rules, good information and executive capacity on the ground. This fact already suggests that leadership matters, but that it is not the only factor in understanding the response to the crisis. Leaders will always be key, but perhaps less as all-powerful decision-makers than as those in charge of designing, facilitating and organizing institutional arrangements that allow executing policies and coordinating administrations.
During the COVID-19 crisis, one of the rhetorics that most easily prevailed in Spain was war. Almost from its most crude outbreak, people began to talk about «defeating the virus» and «getting out of the crisis together.» As General Miguel Ángel Villaroya, Chief of the Defense Staff, said: «In this irregular and rare war that we have had to live or fight, we are all soldiers.» It is more than evident that the coronavirus health crisis cannot be compared in its level of destruction and human losses with a warlike conflagration. However, the «Churchillian» image and rhetoric, the idea of overcoming this trance with sweat and tears, sought to evoke the idea of sacrifice. It was aimed at an identifiable adversary, despite being microscopic, and, above all, it stressed how it was a blow from outside, just like an attacker. «The enemy has crossed the walls,» the Prime Minister of Spain said.
When a crisis hits, a shock, governments have to deal with unforeseen situations.

The management of the health crisis was, without a doubt, a fundamental political battle horse in all the countries of the world. Now, and extrapolating from the literature on catastrophes, the key will be more in the compensation for the damages caused by the pandemic. Therefore, regardless of the voters’ own evaluation of how the health crisis was managed, the perfect storm would be unleashed with the economic crisis that accompanies it in parallel. The credit that governments would have managed to keep in managing the former would greatly depend on their ability to survive the latter.
Furthermore, the welfare states of southern Europe, and in particular Spain, are characterized by not being redistributive. The reason is that, by focusing their policies above all on contributions (pensions and unemployment), they do not reach the most precarious sectors and the unemployed, especially the 20 percent with the lowest income. This makes the OECD frequently insist that, in southern Europe, due to the dysfunctionality of its welfare system, more cash transfers are made to the richest sectors than to the poorest in society. Hence, many experts insist that more benefits are needed, much better targeted for poverty reduction, policies generally absent in Spain.
The COVID-19 crisis immediately brought with it a huge increase in inequality. To begin with, from a health perspective, the most vulnerable sectors of society had a greater propensity to contract the disease. This was a global trend; the incidence of the virus was much higher in the more modest neighborhoods than in the well-to-do.

The COVID-19 crisis encompasses all the paradoxes of globalization and the European Union, the great experiment in supranational integration without violence, is still an attempt to regulate it regionally. Perhaps that is why the health and economic emergency affects him in a much more direct way: shared risks need concerted solutions, which was already evident before the pandemic. Still, the great powers of the new century, both China and the United States, have room to deploy their sovereign power in meeting these challenges. It is the European nations, which still live in the warmth of the light that they projected in the past, which will depend on the European Union so as not to end up falling into irrelevance, to continue to have a voice this century. Taking advantage of this crisis depends on the fact that the European Union does not have the clear path towards a slow decline, like that of that Holy Roman Empire that watched with prideful unconcern how the new powers grew in its periphery.

One risk that runs when studying the impact of social media is usually overestimating its effect on national public debates. This is usually the case because normally those most interested in politics are social sectors that, many times, are more educated, well-off and connected, hence they try to extrapolate from personal experience. That there are journalists and «opinionologists» in this environment also does not help, as does the fact that many consultants have made careers around the networks and therefore have all the interest in the world that their effect is further magnified. Therefore, the first thing to do is approach them with analytical distance.

Most likely, the COVID-19 crisis will serve to incentivize both automation and robotization processes in certain sectors (which were already underway) and remote work. Now, again, the magnitude of the change will vary greatly by occupation and, therefore, also by educational level and income. While it is estimated that its expansion could reach 60 percent of the jobs with the highest qualifications in Spain, which could alternate it with face-to-face activities, for the rest of the occupations it would be difficult for them to exceed a third of employed on average, especially in companies less than fifty workers. Just as confinement had asymmetric effects depending on the type of worker, something similar may end up happening with new ways of working.

It seems certain that many of the psychological effects that the coronavirus crisis leaves us will not be able to be verified until some time passes. Furthermore, until there is a vaccine in circulation, more quarantines, albeit on a smaller scale, will be inevitable in the future. However, we already know that the Great Confinement has affected our heads. After all, the COVID-19 crisis is not a test only for health systems and the economy, but also for the very morale of our societies.
We are all confident that one day there will be an effective vaccine or treatment for COVID-19. Although we do not know when, this will happen at some point, perhaps, unfortunately, only for a part of the world. After that, we will only have a handful of certainties: we will have lost many human lives to the pandemic, with family and friends broken by the pain. In addition, many people will be unemployed, have had their investment cut short or their business will have gone bankrupt. As a consequence, the states will have gone into debt to try to alleviate this situation. We will have little more evidence before us and the rest will be hypotheses yet to be validated. All, moreover, subject to the ups and downs of that dictatorship of chance that is the future of human events. Perhaps that is why assuming that politics is contingent, for better or for worse, is a healthy exercise. It helps to be mentally equipped for how changeable circumstances are.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2019/02/08/el-principe-moderno-democracia-politica-y-poder-pablo-simon-the-modern-prince-democracy-politics-and-power-by-pablo-simon-spanish-book-edition/

https://weedjee.wordpress.com/2020/12/05/corona-politica-en-tiempos-de-pandemia-pablo-simon-corona-politics-in-the-time-of-a-pandemic-by-pablo-simon-spanish-book-edition/

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