El Fuego Secreto De Los Filósofos — Patrick Harpur / The Philosophers’ Secret Fire: A History of the Imagination by Patrick Harpur

Este libro es una continuación de las ideas exploradas en la obra maestra anterior del autor, _ Realidad Daimónica_. Examina el “Otro Mundo”, el Anima Mundi, o alma del mundo. Esta es la Realidad más grande que fue aceptada por todas las culturas tradicionales, pero que ahora es rechazada, reprimida e ignorada por el hombre occidental. Sin embargo, solo porque se ignore no significa que no exista, y no se haga sentir en nuestras vidas.
Mientras que la realidad demoníaca enfatiza los fenómenos modernos que parecen representar “rupturas” del otro mundo (ovnis, especies criptozoológicas, apariciones marianas, ángeles, etc.), este volumen profundiza más en la historia y la filosofía. Es un enfoque indirecto, pero casi tiene que ser para un tema tan complejo e inusual. El lenguaje y la mentalidad modernos son simplemente inadecuados para el propósito. De hecho, el libro refleja adecuadamente un laberinto hermético en su enfoque.
Sin embargo, desacreditar el mundo hiperracional y ultramaterialista del cientificismo moderno no es el objetivo principal aquí. El autor está tratando principalmente de darnos una idea de la mentalidad del hombre tradicional, de un mundo sobrenatural que existió en estrecha comunión con el mundo natural y la sociedad humana. Nuestra tradición religiosa y científica occidental ha creado una brecha entre nosotros y la naturaleza y el cielo. Este es un estado extraño y desequilibrado para una persona o una sociedad. Esta parece ser la razón por la cual los viejos demonios inmortales rompen periódicamente el velo hacia nuestra realidad falsa, superficial y consensuada. Están tratando de despertarnos.

En su diario de 1653, el anticuario inglés Elias Ashmole registra que «cuando William Backhouse yacía enfermo en Fleet Street, frente a la iglesia de St. Dunstan, ante la duda de si viviría o moriría, hacia las once, me transmitió oralmente en sílabas la materia verdadera de la Piedra Filosofal, que me dejó como legado».
Se aludía también a menudo a la «materia verdadera» de Ashmole como el fuego secreto de los filósofos, que es como se llamaban a sí mismos los alquimistas. Era el único ingrediente esencial para fabricar la lapis philosophorum, la piedra filosofal, que transmutaba el metal base en oro y que, como elixir de la vida, confería la inmortalidad. Pero el fuego secreto va mucho más allá de la alquimia. Fue un secreto transmitido desde la antigüedad.
Al igual que la piedra filosofal era conocida como la «piedra que no es piedra», así también el fuego secreto era más que una sustancia, más que un secreto que pudiera ser comunicado «en sílabas». No es una pieza que forme parte de una información más amplia; no es un código que deba descifrarse ni una adivinanza por resolver. No es, ay, un sistema de filosofía o un cuerpo de conocimiento que se pueda expresar directamente. Geber, un alquimista que escribe probablemente en España en torno al año 1300, trató de revelar el secreto con claridad, y, desde entonces, los intentos similares han sido calificados de «geberistas» por pensadores ortodoxos. Gibberish, en otras palabras, es el modo de comunicación favorecido de manera natural por el propio fuego secreto, que subvierte todos los esfuerzos por hablar de él en el estilo habitual del discurso occidental. Cualquier libro sobre el secreto, y sobre la Cadena Áurea que lo preserva.

Hacia el año 1000 uno de los últimos pueblos europeos en convertirse al cristianismo fue el de los escandinavos que más de cien años antes habían poblado Islandia. El Landnámabók (Libro del asentamiento) describe el establecimiento de su nueva sociedad, y nos proporciona una valiosa información sobre lo que las viejas culturas europeas consideraban de importancia fundamental.
Lo primero que hicieron fue encontrar lugares sagrados que sirvieran como conexiones con el Otro Mundo; luego, levantaron santuarios a los dioses que habían llevado consigo, como Tor y Frey, y organizaron fiestas anuales en las que se les ofrecían sacrificios. Finalmente, tuvieron que establecer una relación armoniosa con los espíritus de aquella nueva tierra.
Las montañas, colinas y rocas, los ríos, cascadas y glaciares de Islandia estaban llenos de elfos, habitantes de las rocas, y gigantes, conocidos colectivamente como espíritus de la tierra. Sin embargo, nos equivocaríamos si interpretáramos la expresión «espíritus de la tierra» como si se refiriese a algo etéreo o espectral.
Los espíritus islandeses de la tierra son muy parecidos a otra raza de seres europeos llamados sidhe [gentes de las colinas, pronunciado como la palabra inglesa she]. Parafraseando a Lady Augusta Gregory, que los describía a finales del siglo XIX,los sidhe son seres que cambian de forma: pueden mostrarse pequeños o grandes, o como pájaros, animales o ráfagas de viento. Habitan los recintos y las fortalezas de tierra, los antiguos montículos cubiertos de hierba, pero su propio país es Tir-na-nOg, el País de los Jóvenes. Está bajo la tierra o bajo el mar, o puede no estar lejos de cualquiera de nosotros.
Fuera de Europa, la creencia en diversos tipos de seres feéricos está igualmente extendida. Los chinos, por ejemplo, conocen una raza de seres directamente análoga a los sidhe, cuyo nombre puede transliterarse como kwei shin. Literalmente, kwei significa «lo que pertenece al hombre», y shin, «lo que pertenece al cielo», sugiriendo una fusión de mortal e inmortal. Kwei shin tiene un significado muy amplio, e incluye a los genii de colinas y rocas, a los espíritus que presiden la tierra y el grano, a los espíritus de los antepasados, a la parte más sutil del alma humana y a los seres invisibles en general. Se les suponía «a la vez superiores e inferiores a la forma, o ambas cosas a la vez», y estaban «entre lo material y lo inmaterial».En la Arabia preislámica, los jinn eran «demonios fantasmales que merodeaban por desiertos y lugares solitarios»,Peludos, deformes o con forma de avestruces o serpientes, eran peligrosos para las personas indefensas.
El destierro de los dáimones en Europa empezó con el cristianismo. En los escritos más tempranos del Nuevo Testamento, las epístolas de san Pablo, se reprocha a los gentiles que inmolen «a los diablos, y no a Dios». La palabra que utilizó Pablo para diablos era daimonia, dáimones. El principal delito de los dáimones era su labor de mediación. Todos los paganos reconocían una multitud de dáimones que mediaban entre ellos y sus múltiples dioses. Pero para el cristianismo sólo podía haber un mediador entre la humanidad y el único Dios: Jesucristo.

En las culturas tradicionales, creer que los animales se organizan en sociedades que reflejan la sociedad humana es algo muy normal. También los animales son antepasados: los clanes tribales, desde Canadá hasta Australia, afirman descender de osos y focas, o de canguros y wombats. Sin embargo, esos animales tienden a ser antropomorfizados en la mitología, como seres que no son exactamente animales, ni tampoco completamente humanos; en otras palabras, dáimones. Efectivamente, cualquier animal puede parecer súbitamente not right, como dicen los irlandeses, es decir, puede parecer extraño. El ciervo que conduce a un caballero a través del bosque hasta el castillo encantado es en realidad la princesa que vive en él. Aunque los irlandeses dicen que el ciervo es un ser feérico que ha adoptado la forma de un animal, se cree más habitualmente que es un ser humano, o bien un muerto cuyo espíritu ha adoptado dicha forma.
En Haití, el robo de almas por parte de brujos es un delito que aparece en el Código Penal y está considerado como un crimen. Un boko, o brujo, extrae el alma de una persona mediante magia, o incluso capturándola después de su muerte natural. La guarda en un bote o tarro. Pero también —y ésta es una innovación peculiarmente haitiana— roba el cuerpo de la tumba y lo revive. El cuerpo conserva su principio de animación (gwo bon anj) pero ha perdido su capacidad de acción, su conciencia y su memoria. En pocas palabras, se ha convertido en un zombi que es fácilmente esclavizado y puesto a trabajar en los campos de esclavos de los bokos. Nadie ha visto nunca esos campos, aunque se dice que las montañas están tan llenas de bokos como la naturaleza lo está de dáimones. Nadie tampoco se ha cruzado con ellos, aunque la densidad de población en Haití es muy alta. Sin embargo, se cree que estos campos secretos existen, con un número inmenso de zombis que no pueden escapar a menos que el boko muera o que el tarro que contiene su alma, o zombi astral, se rompa.
La sabiduría de las culturas tradicionales, que sitúan diversameme sus Otros Mundos, como el país de los sidhe, bajo tierra o en el aire, bajo el mar o en tejanas islas hacia el oeste. Muitiespacialidad significa no-espacialidad. Por eso el Otro Mundo es quizá la mejor metáfora para la realidad daimónica: no nos obliga, como la idea del inconsciente, a imaginar ninguna localización literal, y de ese modo excluyente, en nuestro interior.
El Otro Mundo está, por decirlo así, a nuestro alrededor, allí donde nuestro mundo termina. Está más allá de los límites de los mapas, donde «están los dragones», o debajo del umbral de conciencia donde están los arquetipos. Se puede imaginar como un Mundo Inferior subterráneo o como un Cielo empíreo, una Arcadia del pasado o una Utopía futura. Y para un niño, puede empezar en el armario que está debajo de la escalera.
El Otro Mundo existe precisamente para definir este mundo. Podemos situarlo en otra cultura o en otro ámbito, en la ciudad o en el campo, en un libro o en la gota de agua de un charco vista a través del microscopio. En cierto sentido, cada persona es Otro Mundo para las otras. Y todo Otro Mundo puede ser celestial u horrible, pero debe ser absolutamente absorbente, íntegramente hechizante.

Hay un sentido crucial en el que los ritos chamánicos y de pubertad son recíprocamente inversos. Los ritos de pubertad representan la muerte de la infancia y el renacimiento a un estado adulto, que es también el nacimiento del ego, de la individualidad, de la humanidad plena. La iniciación chamánica representa la destrucción del ego, el nacimiento del hombre «dos veces nacido» con poderes sobrehumanos. Es una vuelta a la naturaleza desde la cultura, donde naturaleza significa ahora sobrenaturaleza, el reino de los dáimones y los dioses.
Durante su iniciación al Otro Mundo, los chamanes siberianos son hervidos frecuentemente para que su carne pueda desprenderse de sus huesos, que son forjados de nuevo en hierro por herreros daimónicos. Hervir es el equivalente cultural de la descomposición natural. Mientras que un niño crudo es transformado por el fuego (asado) para convertirse en un hombre (naturaleza transformada en cultura), un adulto cocido es transformado por el agua (hervido) para convertirse en un «superhombre» o chamán (cultura transformada en naturaleza).

Un número sorprendente de personas cree que los seres humanos descienden de hombres del espacio que aterrizaron en la tierra y que, como los misteriosos nefilim del Génesis, «sé unieron a las hijas de los hombres». Podemos sonreír ante este mito, pero no es especialmente ridículo. Todas las culturas tradicionales creen que son descendientes de dioses, humanos divinos como los antepasados o animales divinos, muchos de los cuales vinieron del cielo. Naturalmente, no comprendemos a los clanes que reclaman descender de un leopardo o de un oso, porque pensamos que ellos creen en una descendencia biológica literal, lo que no es cierto. Son los occidentales quienes toman literalmente sus mitos de procedencia, de manera que, cuando dejamos de creer que descendemos literalmente de Adán y Eva, que fueron creados según el arzobispo Ussher de Armagh en el año 4004 a. C., sin demasiado esfuerzo pasamos a creer que descendemos del mono. Los pueblos tribales entenderían por ello antepasados monos divinos.
La búsqueda de «eslabones perdidos» en la cadena evolutiva se puede remontar hasta la doctrina escolástica —axiomática durante más de mil años— de que «la naturaleza no da saltos». Esto a su vez repetía el principio filosófico de continuidad, que afirmaba que no hay ninguna transición abrupta de un orden de realidad a otro. A su vez, este principio era idéntico a la ley del término medio formulada por el filósofo neoplatónico Jámblico, que sostenía que «dos términos disimiles deben estar unidos por otro intermedio que tenga algo en común con cada uno de ellos». Cita como ejemplo el papel de los dáimones que median entre dioses y hombres, e igualmente el papel del alma, mediadora entre la eternidad y el tiempo, y entre el mundo sensible y el inteligible. Oculta en la teoría de la evolución hay, por tanto, una doctrina de los dáimones que debe más a la tradición que al empirismo.
Pero aparte de esta especie de precedente filosófico de los «eslabones perdidos», lo que parece suceder es simplemente que la necesidad de continuidad ejerce tanta fascinación arquetípica sobre la imaginación como pueda ejercer la idea del cambio de forma. Construimos siempre una serie de vínculos entre nosotros y los dioses (o lo que pensemos que es el fondo de nuestro ser), como las emanaciones neoplatónicas, la Cadena del Ser medieval o los santos, los ángeles y la Santísima Virgen del catolicismo romano.

El mercurio rojo apareció en el mercado negro europeo en 1977. Pasaba clandestinamente de la Unión Soviética a Alemania e Italia, y desde allí a países tan volátiles como Líbano, Iraq, Libia, Israel y Sudáfrica. Se rumoreaba que el mercurio rojo era un catalizador de alta energía que aceleraba la reacción en cadena de los ingenios termonucleares. En efecto, hacía más fácil la construcción de bombas atómicas —sueño de todo terrorista— lo bastante pequeñas como para meterlas en una maleta.
Los gobiernos occidentales niegan su existencia. Lo mismo hace la academia rusa. Pero hay rumores de un informe de la KGB que concluye que el mercurio rojo existe; y ciertamente existe una carta, firmada por Boris Yeltsin, que da a cierta compañía el derecho de exportación de mercurio rojo. El ministro portavoz de seguridad ruso, Andrei Chernenko, dijo en agosto de 1992 que «no existe en absoluto»; dos meses después, dijo que no se había producido «ninguna fuga importante» de mercurio rojo.
Sin embargo, de vez en cuando se han interceptado o «recuperado» muestras. Parecen ser de mercurio puro, o mercurio teñido con polvo de ladrillo, o varios compuestos de mercurio. Es decir, no parecen pertenecer a «lo real». No obstante, estas muestras también tienen tanto de rumor como el propio mercurio rojo. Si todo el asunto es un elaborado engaño, ha seguido vivo durante veinticinco años. A veces parece una «leyenda urbana»; en cualquier caso, es un mito auténtico.
El mercurio rojo es una versión moderna de aquella tintura roja, o polvo rojo, mejor conocida como lapis philosophorum, la piedra filosofal. Casi en el momento en que el arte de la alquimia llegó a Europa gracias a los árabes en el siglo XII, empezó a rumorearse que se había fabricado una sustancia milagrosa, posiblemente una «piedra», con el poder de transformar un metal base en oro.

La teoría de la materia oscura nos dice tanto sobre el moderno inconsciente como sobre el cosmos. Jung observó que todo lo que suprimimos de nosotros se reúne en el inconsciente y proyecta una sombra sobre el mundo. La materia oscura es precisamente la sombra de la plenitud imaginativa que hemos negado a nuestro cosmos. Los dáimones, cuya existencia no podemos reconocer, vuelven como oscuras «partículas virtuales». Como la sombra psicológica, la masiva presencia invisible de materia oscura ejerce una influencia inconsciente sobre el universo consciente. Incluso amenaza con disminuir la velocidad de expansión del universo, detenerlo y luego contraerlo en una apocalíptica inversión del Big Bang, el Big Brunch. Aquí hay un mito que actualiza el miedo primordial que tiene el ego inflado al inconsciente, que lo arrastrará de nuevo hacia abajo, allá donde la oscura Madre destructiva lo devorará.
Como un daimon en un cosmos sin alma, un agujero negro sólo se puede manifestar demónicamente, como una diosa devoradora o un monstruo semejante a Caribdis, que hace pasar rápidamente al olvido todo cuanto está en sus proximidades. Es incomparablemente más pequeño que una estrella —incluso más pequeño que una enana blanca—, pero su poder es inconmensurablemente mayor. Es cambiante en su forma; Hawking y otros han propuesto agujeros negros tan pequeños como un núcleo atómico. Es como el sol niger, el sol negro de la alquimia. Es una imagen materialista del Dios de la via negativa, el Dios Desconocido que habita en el abismo insondable. Es una imagen negativa del Uno amado por los neoplatónicos.

La locura —como nos dicen las tragedias griegas— es la manera en que los dioses nos afectan. Los dioses están en las enfermedades, decía Jung. De nosotros depende cómo tratemos esa locura. Como sugerían las Musas en sus observaciones a Hesíodo, tratar la locura como algo metafórico es el camino a la verdad, mientras que tratarla como algo literal es el camino a la falsedad. En efecto, debemos distinguir entre locura y demencia. Cada vez que nos apropiamos de la locura conferida por el dios y la unimos a nuestro ego, nos atribuimos su mérito, es decir, la tomamos literalmente: estamos en peligro de demencia. Empezamos a creer que los pensamientos y revelaciones que nos son enviados son nuestros; o que somos el instrumento único de los dioses, el Elegido.
Hay locura en el mito. Heracles se vuelve loco y mata a sus hijos, por lo que es obligado a cumplir una penitencia de doce trabajos. Odiseo se vuelve loco cuando el oráculo le comunica que embarcarse en la guerra de Troya le llevará veinte años y le dejará desvalido y solo. Frenético y como loco, está arando un terreno cuando le ponen a su hijo pequeño delante del arado. Odiseo se detiene al momento. Heracles estaba enajenado, no loco; Odiseo estaba loco, no enajenado.
Pero si hay locura en el mito, también hay mito en la locura; y en esto radica nuestra fascinación por la locura y nuestra sensación de que oculta una dimensión imaginativa mayor, como el mito de que hay un genio —esto es, un daimon— en su interior.

El corolario de la megalomanía es la paranoia. Fue la paranoia lo que despertó inicialmente la conciencia nacionalista de Hitler y le metió en política; en efecto, veía a los alemanes sitiados por enemigos, y esta visión era compartida por alemanes que también detectaban una conspiración de enemigos invisibles: capitalistas, socialdemócratas, marxistas, bolcheviques, eslavos y judíos. «Una masa de conversos potenciales a la espera de un mesías que liberara y unificara sus energías». Esta creencia en su papel mesiánico ayudó a Hitler en los primeros días, cuando se sintió invulnerable y su brillante intuición le procuró éxito militar. Pero fue también la hibris la que no le permitió examinar lo que realmente estaba sucediendo, y provocó su caída. Fue destruido por su imagen de sí mismo, que le cegó ante cualquier defecto o equivocación.
Stalin fue también un paranoico desde el principio. Su paranoia tomó la forma de «sospecha crónica, ensimismamiento completo, celos, carácter vengativo, hipersensibilidad, megalomanía».
Por absoluto que pueda ser el poder del Hombre-dios, queda siempre la sospecha de que siguen existiendo poderes autónomos, personas que todavía no han caído bajo su esclavitud, personas que aún tienen alma, individuos que conspiran contra él. En realidad, paradójicamente, cuanto más poderoso es él, más fuerte es la sospecha. Pero la conspiración es realmente la literalización del murmullo de los dáimones en su alma marchita. Nunca se les puede suprimir del todo, y siempre regresarán a él, demonizados, como enemigos invisibles. Su única defensa es a través de su propio séquito de dáimones igualmente literalizados: los espías que nutren su necesidad de omnisciencia y la policía secreta que promulga su omnipotencia, secuestrándonos como demonios a altas horas de la noche.

La psicoterapia es un arte de doble visión que ve la metáfora en la historia literal del paciente, el mito detrás de su historia. Trata de disolver los bloqueos y fijaciones en la psique del paciente, reimaginar los traumas que el paciente sólo puede ver de una manera; y esto significa guiarle para que vea a través de los literalismos que están impidiendo el libre vuelo de la imaginación. Una vez que la psique está desbloqueada (una vez que el alma está liberada de su apresamiento por parte de dáimones hostiles, diría un chamán), el paciente puede encontrar un camino de vuelta a su propio sí-mismo más profundo (su alma puede ser recuperada). No está necesariamente curado, pues su sí-mismo más profundo podría estar en la enfermedad o la locura. Éstas podrían ser su vocación.
La debilidad de la psicoterapia es su personalismo, pues no conecta al paciente con mitos que estén más allá de su historia personal; y, en segundo lugar, su individualismo, pues no conecta al paciente con la tribu. Se ha dicho, con justicia, que la psicoterapia en el fondo alienta el egocentrismo: nos sentamos en una pequeña sala «tratando con» nuestra rabia cuando, propiamente, deberíamos dirigirla con justa indignación contra los males de la sociedad.

Revelar un secreto es contraproducente, porque su poder depende del silencio y la oscuridad en que se incuba y crece, hasta que impregna todo nuestro ser y nos descubrimos transmutados. Así, aunque yo pueda descubrir el fuego secreto, el secreto del fuego secreto sigue siendo cuestión del sí-mismo de cada uno.

Libros del autor comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2015/12/03/realidad-daimonica-patrick-harpur/

https://weedjee.wordpress.com/2020/12/01/el-fuego-secreto-de-los-filosofos-patrick-harpur-the-philosophers-secret-fire-a-history-of-the-imagination-by-patrick-harpur/

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This book is a continuation of the ideas explored in the author’s previous masterpiece, _Daemonic Reality_. It examines the “Otherworld”, the Anima Mundi, or soul of the world. This is the larger Reality that was accepted by all traditional cultures, but which is now rejected, suppressed, and ignored by Western man. Yet, just because it is ignored doesn’t mean that it doesn’t exist- and doesn’t make itself felt in our lives.
While _Daemonic Reality_ emphasized the modern phenomena that seem to represent “break-outs” from the otherworld (UFO’s, crypto-zoological species, Marian apparitions, angels, etc.), this volume goes into more historical and philosophical depth. It is a roundabout approach, but then it almost has to be for such a complex and unusual subject. Modern language and mindsets are simply inadequate for the purpose. Indeed, the book appropriately mirrors a hermetic labyrinth in its approach.
Yet debunking the hyper-rational and ultra-materialistic world of modern scientism isn’t the foremost objective here. The author is primarily trying to give us some sense of the mind-set of traditional man, of a supernatural world that existed in close communion with the natural world and human society. Our western religious and scientific tradition has driven a wedge between us and both nature and heaven. This is an alien and unbalanced state for a person, or a society. This seems to be why the old immortal daemons periodically break through the veil into our false, shallow, consensus reality. They are trying to awaken us.

In his 1653 diary, the English antiquarian Elias Ashmole records that “when William Backhouse lay ill on Fleet Street, in front of the Church of St. Dunstan, when in doubt as to whether he would live or die, around eleven o’clock, he transmitted me orally in syllables the true matter of the Philosopher’s Stone, which left me as a legacy ».
Ashmole’s “true matter” was also often referred to as the secret fire of the philosophers, which is what alchemists called themselves. It was the only essential ingredient to make the lapis philosophorum, the philosopher’s stone, which transmuted the base metal into gold and, as the elixir of life, conferred immortality. But the secret fire goes far beyond alchemy. It was a secret passed down from ancient times.
Just as the Philosopher’s Stone was known as the “stone that is not stone,” so too was secret fire more than a substance, more than a secret that could be communicated “in syllables.” It is not a piece that is part of a broader information; It is not a code to crack or a riddle to solve. It is not, alas, a system of philosophy or a body of knowledge that can be expressed directly. Geber, an alchemist who probably writes in Spain around the year 1300, tried to reveal the secret clearly, and since then similar attempts have been labeled “geberists” by orthodox thinkers. Gibberish, in other words, is the mode of communication naturally favored by the secret fire itself, which subverts all efforts to speak of it in the usual style of Western discourse. Any book on the secret, and on the Golden Chain that preserves it.

Towards the year 1000 one of the last European peoples to convert to Christianity was that of the Scandinavians who had populated Iceland more than a hundred years before. The Landnámabók (Book of Settlement) describes the establishment of their new society, and provides us with valuable information about what the old European cultures considered of fundamental importance.
The first thing they did was find sacred places that would serve as connections to the Otherworld; then they built shrines to the gods they had brought with them, such as Tor and Frey, and organized annual feasts in which sacrifices were offered. Finally, they had to establish a harmonious relationship with the spirits of that new land.
The mountains, hills and rocks, the rivers, waterfalls and glaciers of Iceland were full of elves, rock dwellers, and giants, collectively known as spirits of the earth. However, we would be wrong if we interpreted the expression “spirits of the earth” as referring to something ethereal or spectral.
The Icelandic spirits of the earth are very much like another race of European beings called sidhe [hill people, pronounced as the English word she]. Paraphrasing Lady Augusta Gregory, who described them at the end of the 19th century, the sidhe are beings that change shape: they can be small or large, or like birds, animals or gusts of wind. They inhabit the enclosures and the fortresses of land, the ancient grassy mounds, but their own country is Tir-na-nOg, the Country of the Young. It is under land or under the sea, or it may not be far from any of us.
Outside of Europe, belief in various types of faerie is equally widespread. The Chinese, for example, know a race of beings directly analogous to the sidhe, whose name can be transliterated as kwei shin. Literally kwei means “what belongs to man”, and shin means “what belongs to heaven”, suggesting a fusion of mortal and immortal. Kwei shin has a very broad meaning, including the hill and rock genii, the spirits that preside over the earth and the grain, the spirits of the ancestors, the subtlest part of the human soul and invisible beings in general. . They were supposed to be “both superior and inferior to form, or both at the same time,” and were “between the material and the immaterial.” In pre-Islamic Arabia, the jinn were “ghostly demons prowling through deserts and places. solitary ”, Furry, deformed or in the shape of ostriches or snakes, were dangerous for defenseless people.
The banishment of the daimon in Europe began with Christianity. In the earliest writings of the New Testament, the Epistles of Saint Paul, Gentiles are reproached for immolating “the devils, not God.” Paul’s word for devils was daimonia, daimon. The main crime of the daimon was their mediation work. All the pagans recognized a multitude of daimon who mediated between themselves and their multiple gods. But for Christianity there could only be one mediator between humanity and the only God: Jesus Christ.

In traditional cultures, believing that animals organize in societies that reflect human society is very normal. Animals are also ancestors: tribal clans, from Canada to Australia, claim to be descended from bears and seals, or from kangaroos and wombats. However, these animals tend to be anthropomorphized in mythology, as beings that are not exactly animals, nor completely human; in other words, daimon. Indeed, any animal can suddenly seem not right, as the Irish say, that is, it can seem strange. The deer that leads a knight through the forest to the enchanted castle is actually the princess that lives in it. Although the Irish say that the deer is a faerie that has taken the form of an animal, it is more commonly believed to be a human, or a dead man whose spirit has taken the form.
In Haiti, theft of souls by witches is a crime that appears in the Penal Code and is considered a crime. A boko, or warlock, extracts a person’s soul by magic, or even capturing it after their natural death. Store it in a pot or jar. But also — and this is a peculiarly Haitian innovation — it steals the body from the grave and revives it. The body retains its principle of animation (gwo bon anj) but has lost its capacity for action, its consciousness and its memory. Simply put, he has become a zombie that is easily enslaved and put to work in the bokos’ slave camps. No one has ever seen those fields, although it is said that the mountains are as full of bokos as nature is of daimon. No one has crossed paths with them either, although the population density in Haiti is very high. However, these secret fields are believed to exist, with an immense number of zombies that cannot escape unless the boko dies or the jar containing his soul, or astral zombie, is broken.
The wisdom of traditional cultures, which differently situate their Other Worlds, such as the land of the sidhe, underground or in the air, under the sea or on western islands to the west. Muitiespatiality means non-spatiality. That is why the Otherworld is perhaps the best metaphor for daemonic reality: it does not oblige us, like the idea of the unconscious, to imagine any literal, and thus exclusive, location within us.
The Otherworld is, so to speak, around us, where our world ends. It is beyond the limits of the maps, where “the dragons are”, or below the threshold of consciousness where the archetypes are. It can be imagined as an underground Lower World or as an empyrean Heaven, an Arcadia of the past or a future Utopia. And for a child, it can start in the closet under the ladder.
The Otherworld exists precisely to define this world. We can place it in another culture or in another environment, in the city or in the country, in a book or in the drop of water in a puddle seen through a microscope. In a sense, each person is Another World for the others. And every Otherworld can be heavenly or horrible, but it must be absolutely absorbing, completely spellbinding.

There is a crucial sense in which puberty and shamanic rites are reciprocally inverse. The puberty rites represent the death of childhood and the rebirth to an adult state, which is also the birth of the ego, of individuality, of full humanity. Shamanic initiation represents the destruction of the ego, the birth of man “twice born” with superhuman powers. It is a return to nature from culture, where nature now means supernatural, the kingdom of the daimon and the gods.
During their initiation to the Otherworld, Siberian shamans are frequently boiled so that their flesh can be shed from their bones, which are forged back into iron by daemonic blacksmiths. Boiling is the cultural equivalent of natural decomposition. While a raw child is transformed by fire (roasted) to become a man (nature transformed into culture), a cooked adult is transformed by water (boiled) to become a “superman” or shaman (culture transformed into nature).

A surprising number of people believe that human beings are descended from space men who landed on earth and that, like the mysterious Nephilim in Genesis, “they were united to the daughters of men.” We can smile at this myth, but it is not particularly ridiculous. All traditional cultures believe that they are descendants of gods, divine humans like ancestors, or divine animals, many of whom came from heaven. Naturally, we do not understand clans that claim to descend from a leopard or a bear, because we think they believe in literal biological descent, which is not true. It is the Westerners who take literally their myths of origin, so that, when we stop believing that we literally descended from Adam and Eve, who were created according to Archbishop Ussher de Armagh in 4004 BC. C., without too much effort we come to believe that we descend from the monkey. Tribal peoples would therefore understand divine ape ancestors.
The search for “missing links” in the evolutionary chain can be traced back to the scholastic doctrine – axiomatic for more than a thousand years – that “nature does not leap.” This in turn repeated the philosophical principle of continuity, which stated that there is no abrupt transition from one order of reality to another. In turn, this principle was identical to the middle-term law formulated by the Neoplatonic philosopher Iamblichus, who held that “two dissimilar terms must be linked by another intermediate that has something in common with each of them.” He cites as an example the role of the daimon who mediate between gods and men, and also the role of the soul, mediator between eternity and time, and between the sensible and the intelligible world. Hidden in the theory of evolution there is, therefore, a doctrine of the daimon that owes more to tradition than to empiricism.
But aside from this sort of philosophical precedent for the “missing links,” what seems to be happening is simply that the need for continuity exerts as much archetypal fascination on the imagination as the idea of shape change can. We always build a series of links between us and the gods (or what we think is the bottom of our being), such as the Neoplatonic emanations, the medieval Chain of Being or the saints, angels and the Blessed Virgin of Roman Catholicism.

Red mercury appeared on the European black market in 1977. It went clandestinely from the Soviet Union to Germany and Italy, and from there to countries as volatile as Lebanon, Iraq, Libya, Israel and South Africa. Red mercury was rumored to be a high-energy catalyst that accelerated the chain reaction of thermonuclear devices. In effect, it made it easier to build atomic bombs — a terrorist’s dream — small enough to put in a suitcase.
Western governments deny its existence. So does the Russian academy. But there are rumors of a KGB report that red mercury exists; And there certainly is a letter, signed by Boris Yeltsin, giving a certain company the right to export red mercury. Russian Security Spokesperson Minister Andrei Chernenko said in August 1992 that “it does not exist at all”; two months later, he said there had been “no major leakage” of red mercury.
However, samples have been intercepted or “retrieved” from time to time. They appear to be pure mercury, or mercury dyed with brick dust, or various mercury compounds. That is, they do not seem to belong to “the real.” However, these samples also have as much rumor as red mercury itself. If the whole thing is an elaborate hoax, it has been alive for twenty-five years. Sometimes it seems like an “urban legend”; in any case, it is an authentic myth.
Red mercury is a modern version of that red tincture, or red powder, better known as lapis philosophorum, the philosopher’s stone. Almost as soon as the art of alchemy reached Europe thanks to the Arabs in the 12th century, it was rumored that a miracle substance, possibly a ‘stone’, had been made with the power to transform a base metal into gold.

Dark matter theory tells us as much about the modern unconscious as it does about the cosmos. Jung observed that everything we remove from us gathers in the unconscious and casts a shadow on the world. Dark matter is precisely the shadow of the imaginative fullness that we have denied to our cosmos. The daimon, whose existence we cannot recognize, return as dark “virtual particles.” Like the psychological shadow, the massive invisible presence of dark matter exerts an unconscious influence on the conscious universe. It even threatens to slow down the universe’s expansion, stop it, and then contract it in an apocalyptic Big Bang reversal, the Big Brunch. Here is a myth that updates the primordial fear that the inflated ego has of the unconscious, which will drag it down again, where the dark destructive Mother will devour it.
Like a daimon in a soulless cosmos, a black hole can only manifest itself demonically, like a devouring goddess or a monster similar to Charybdis, quickly passing into oblivion everything in its vicinity. It is incomparably smaller than a star – even smaller than a white dwarf – but its power is immeasurably greater. It is changeable in shape; Hawking and others have proposed black holes as small as an atomic nucleus. It is like the niger sun, the black sun of alchemy. It is a materialistic image of the God of the negative way, the Unknown God who lives in the unfathomable abyss. It is a negative image of the One loved by the Neoplatonists.

Madness – as Greek tragedies tell us – is the way the gods affect us. The gods are in disease, Jung said. How we treat this madness depends on us. As the Muses suggested in their observations to Hesiod, treating madness as something metaphorical is the way to truth, while treating it as something literal is the way to falsehood. Indeed, we must distinguish between insanity and insanity. Every time we appropriate the madness conferred by God and unite it with our ego, we take credit for it, that is, we take it literally: we are in danger of insanity. We begin to believe that the thoughts and revelations that are sent to us are ours; or that we are the sole instrument of the gods, the Chosen One.
There is madness in the myth. Heracles goes mad and kills his children, so he is forced to serve a twelve-job penance. Odysseus goes mad when the oracle tells him that embarking on the Trojan War will take him twenty years and leave him helpless and alone. Frantic and crazy, he’s plowing a field when his little son is put in front of the plow. Odysseus stops instantly. Heracles was alienated, not mad; Odysseus was mad, not alienated.
But if there is madness in myth, there is also myth in madness; And therein lies our fascination with madness and our feeling that it hides a larger imaginative dimension, such as the myth that there is a genius – that is, a daimon – within it.

The corollary of megalomania is paranoia. It was paranoia that initially sparked Hitler’s nationalist consciousness and got him into politics; indeed, he saw Germans besieged by enemies, and this vision was shared by Germans who also detected a conspiracy of invisible enemies: capitalists, social democrats, Marxists, Bolsheviks, Slavs, and Jews. “A mass of potential converts waiting for a messiah to release and unify their energies.” This belief in his messianic role helped Hitler in the early days, when he felt invulnerable and his brilliant intuition brought him military success. But it was also the hibris that did not allow him to examine what was really happening, and caused his fall. He was destroyed by his image of himself, which blinded him to any flaw or mistake.
Stalin was also paranoid from the beginning. His paranoia took the form of “chronic suspicion, complete self-absorption, jealousy, a vengeful nature, hypersensitivity, megalomania.”
However absolute the power of the God-man may be, there is always the suspicion that autonomous powers continue to exist, people who have not yet fallen into slavery, people who still have souls, individuals who conspire against him. Actually, paradoxically, the more powerful he is, the stronger the suspicion. But the conspiracy is really the literalization of the murmuring of the daimon in their withered soul. They can never be suppressed entirely, and they will always return to him, demonized, as invisible enemies. Their only defense is through their own retinue of equally literalized daemons: the spies who nurture their need for omniscience and the secret police who enact their omnipotence, kidnapping us like demons late at night.

Psychotherapy is a double-vision art that sees the metaphor in the patient’s literal story, the myth behind his story. It tries to dissolve the blockages and fixations in the patient’s psyche, to reimagine the trauma that the patient can only see in one way; and this means guiding him to see through the literalisms that are preventing the free flight of the imagination. Once the psyche is unlocked (once the soul is released from its grasp by hostile daemons, a shaman would say), the patient can find a way back to his own deepest self (his soul can be recovered). It is not necessarily cured, for its deepest self may lie in sickness or insanity. These could be your vocation.
The weakness of psychotherapy is its personalism, since it does not connect the patient with myths that are beyond his personal history; and, secondly, their individualism, since it does not connect the patient with the tribe. It has been said, with justice, that psychotherapy at heart encourages self-centeredness: we sit in a small room “dealing with” our anger when, properly speaking, we should direct it with just outrage against the ills of society.

Revealing a secret is counterproductive, because its power depends on the silence and darkness in which it incubates and grows, until it permeates our entire being and we discover ourselves transmuted. Thus, although I may discover the secret fire, the secret of the secret fire remains a matter of the self of each one.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2015/12/03/realidad-daimonica-patrick-harpur/

https://weedjee.wordpress.com/2020/12/01/el-fuego-secreto-de-los-filosofos-patrick-harpur-the-philosophers-secret-fire-a-history-of-the-imagination-by-patrick-harpur/

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